Paz/Huzur (3-El bar de la mona Juana)

PSM V03 D336 Oriental plane

Aquí no era donde el orangután le vacilaba a la orangutana

En otro lugar de este mismo cuaderno de navegación (en concreto aquí) he hablado de una maldición que nos persigue a los traductores de lenguas raras. Nuestras traducciones, al contrario de aquellas latinas del cole de «La Galia toda está divisa en partes tres», no se juzgan según el original en la lengua que sea, sino según las traducciones al inglés o, en menor medida, al francés. Lo repito porque, sinceramente, no me gustaría que mi traducción de esta novela al castellano se juzgara por su versión anglosajona.

Al contrario que otros colegas, que de todo hay en la viña del Señor (Dios, vaya, y tampoco es una viña de verdad), soy  firme partidario de usar traducciones previas de los libros que me encargan. ¿Para qué voy a meter la pata en la trampa que otro ha eludido antes? Es decir, lo que hago es lo siguiente: yo me pongo a traducir y si de repente escribo algo que suena más a chino que a castellano o a turco, lo miro en la otra traducción si tengo alguna o si la entiendo (las traducciones al ruso o al alemán me resultan bastante inútiles para esto). ¿Qué también ahí el resultado es más raro que un perro verde? Me mosqueo y empiezo a darle vueltas a la cabeza y a veces concluyo que el original es así (no siempre) y mejor que se quede como está. ¿Que resulta que le andaba buscando tres pies a un gato que tiene cuatro patas? Humildemente corrijo la burrada que había tecleado. Verán que falta una tercera opción (la cuarta, que tanto la otra traducción como yo estemos cometiendo un profundo error supone que vivimos en la ignorancia y, por lo tanto, felices): aquella en la que me doy cuenta de que «la otra» está metiendo la pata hasta el corvejón en algo que a mí me mosqueaba ligeramente tan sólo. ¿Y entonces? En ese caso pienso que errar es humano y lo diabólico es perseverar, etc., etc. Sin embargo, si los errores se convierten en barbaridades y dichas barbaridades son hasta cierto punto buscadas y encima aplaudidas, entonces me cabreo.

Cuando me puse a traducir este libro, la agente (literaria) tuvo a bien enviarme la traducción al inglés, que apenas hojee porque estaba en formato letrónico para ordenador, que no me gusta para leer. Sin embargo, no me acuerdo por qué, me puse a mirar por internés y me encontré una entrevista con el traductor que me mosqueó muy mucho. Aparte de un montón de tópicos, decía cosas como que libros como éste «lleva unos pocos de años traducirlos» (se ve que los editores en su pueblo tienen más paciencia que en el nuestro, que ponen el grito en el cielo en cuanto les pides quince días), que Tanpınar usa «el árabe y el persa a lo largo de todo el libro dándole un toque de estilo otomano» (cuando, si se hubiera molestado en hojear un periódico de la época, se habría dado cuenta de que es un vocabulario que no se usa ahora pero bastante corriente entonces) o, quizás lo que más me escandalizó, decía sin cortarse un pelo «traté de embellecer el texto» (¿a cuento de qué?) y «no traduje algunas palabras turcas que había en su poético texto original», palabras como «compuesto» o «clima» (todavía si hubiera dicho «nemoroso» habría tenido un pase, pero ¿«clima»?).

Así que decidí echarle un vistazo al texto inglés con la traducción ya muy empezada y me di cuenta de dos cosas. (A) La lengua que se usa en la traducción al inglés me hizo pensar que mis padres habían tirado el dinero a la basura cuando me mandaron a Irlanda de chico, pero no. En la página Goodreads hay muchos anglosajones que no entienden gran cosa tampoco (síndrome True Detective). Particularmente me resulta conmovedora una señora que lo encuentra insoportablemente barroco y precisa que se ha leído dos veces En busca del tiempo perdido. También hay quien dice que la redacción parece de un siglo antes de que el libro fuera escrito, y una tal Suzy Hansen comenta en una crítica en la New Republic «The major problem with this edition of Tanpinar’s novel is that the translation makes it impossible to know whether or not it is actually a good novel», lo cual no entra en mis estándares de «buena traducción». (B, o sea, segunda cosa de la que me di cuenta) No era que el traductor hubiera adornado una miajilla el texto, es que le ha puesto dorados y lentejuelas y pompones y entorchados y bordados y oropeles. De entrada comienza el texto con un « la ciudad de dos continentes» que en el original no aparece y a partir de ahí, sigue. Eso no es simplemente «embellecer», es sacarse de la manga lo que no hay.

Se me ocurrió poner en la red social del anuario (así lo traducen en las series) algo que me escandalizó y que a Celia Filipetto le hizo mucha gracia porque la tiene: nuestro amigo traducía «un árbol bastante grande» por «a sprawling Platanus orientalis». A mí lo del «sprawling» ya me parece adornar, pero lo del plátano (que no banano) y encima en latín es que me dejó patidifuso. Lo hice público con la (mal-) sana intención de echar unas risas, pero, hoygan, una colega casi me capa emascula por mal compañero y demás y lo dejé correr porque no tenía ganas de follones. Según ella, las únicas formas decentes de criticar a un colega son (a) presentando una ponencia científica en un foro académico o (b) ante el comité (¿cómitre?) de ética de la asociación o colegio de traductores correspondiente. Airear las miserias del gremio en público es una indecencia que debe ser castigada.

Pero ahora han publicado la traducción en español (evidentemente, si no, no estaría escribiendo esto) y anda el personal dando la tabarra con la ciudad de los dos continentes y tal y yo temiéndome que me comparen con el colega. Total, que me acordé de algo que contó Eduardo Mendoza en Tarazona:

Hace poco protesté muchísimo en una editorial a propósito de un libro muy mal traducido. Al editor, que es amigo mío, le dije que tendría que darle cien azotes al traductor. El editor me dijo: “Vaya, tú que siempre defiendes a los traductores”. Y le contesté: “Por eso mismo: ya que no vais a premiar a los buenos, por lo menos castigad a los malos, que será una forma de establecer categorías”. Algo hay que hacer.

y he decidido compartir con ustedes algunos detallicos que me llamaron la atención aparte del plátano latino (en nuestro caso yo soy el bueno no premiado y el otro el malo no castigado). Los he clasificado en las tres categorías de las que hablaba el mismo señor traductor, pero en otro orden: la del embellecimiento, la del turco raro del autor y la de la no traducción (o hípernotraducción). Voy a dar muy poquitos ejemplos de cada porque no tengo paciencia y me aburro, pero si se molestan, cosa que dudo, podrán encontrar muchos más.

a) Embellecimiento. Un poner, donde el texto dice, o yo traduzco: «Lo cierto era que el suyo había sido un matrimonio infeliz desde el principio»; él dice, o adapta: «Truthfully, this had been no union of contentment from its genesis», que a mí me parece rizar el rizo una miaja. O llamar a la amada (en el amado transformada) «dulcinea» o «inamorata» (ambas en inglés en el original, digo, en la traducción). O «La claridad cristalina de la melodía estaba tan llena de reflejos oscuros que, sin quererlo, se unían los dos polos que hacen funcionar el espíritu humano, el amor y la muerte», que se convierte en «The lucid melody was laced with such crepuscular undertones that Eros and Thanatos, the two polarities in which the soul of mankind dwelled, merged involuntarily» (en turco es «Nağmenin billuru öyle karanlık akislerle doluydu ki, insan ruhunun çalıştığı iki uç, aşk ve ölüm ister istemez birleşikti», que no quiero que piensen que me comí lo de Eros y Tánatos).

b) Turco raro (que tampoco lo es tanto). Me limito a un ejemplo. En cierto momento le ocurre una cosa muy curiosa. En un párrafo, muy enrevesado, todo hay que decirlo, hay un personaje «que se paseaba con el orgullo de un toro asirio, convencido de que los antiguos dioses de la fertilidad le habían otorgado su potencia» (insisto en que esta traducción es mía). Pues bien, nuestro colega opina que no es un hombre sino una mujer (recuerden que en turco no hay género gramatical) con lo que se ve obligado a hacer el pino con las orejas para que aquello tenga algo de sentido, aunque tampoco es que le preocupe gran cosa.

c) Hípernotraducción. Lo curioso no es que no traduzca algunas palabras porque no le da la gana, sino que otras que están en turco normal y corriente él las transcribe en árabe. Es el caso de «mirac», «ascensión/elevación», que traduce (¿?) casi impepinablemente por «Mi’raj», aunque no se use en el sentido religioso («Mümtaz, in other words, believed he was living through a Mi’raj of Being and an Exaltation of Eşya»). Y, por si acaso, escribe también en árabe algunas que en el original no están (ni siquiera en turco). Por ejemplo, «La diferencia entre ellos residía…», lo traduce por «The difference between them, aşık and maşuk, was…», con esos aşık y maşuk que quién sabe de dónde habrán salido. Es decir, no está en el texto, pero si estuviera, y debería estar, no lo traduciría.

Hay también un cuarto apartado que podríamos llamar «cagadas generales» en el que no voy a entrar demasiado porque a todo el mundo le puede pasar (aunque ya tiene mérito estar haciendo una traducción con un lenguaje anticuado a propósito y luego soltar un «the hips of the sumptuous girl, which were exposed to the bikini line» en un libro escrito en los años cuarenta, y, sí, el subrayado es mío). Sin embargo, me veo obligado a citar una (otra) porque me parece un bonito ejemplo de equilibrio sobre el alambre cuando no se sabe lo que se está diciendo (podrían aprender muchos políticos). En cierto momento el original dice que el sultán Mehmet II y Descartes eran muy jóvenes cuando, respectivamente, el uno conquistó Constantinopla/Estambul y el otro escribió el Discurso del método. Por desgracia, nos vemos obligados a suponer que nuestro compañero ignoraba que ése era el título de un libro, porque «Estambul sólo se conquista una vez. El discurso del método sólo se escribe una vez» («İstanbul bir kere fethedilir. Usul Üzerinde Konuşma da bir kere yazılır»), lo traduce por «Istanbul was conquered just once. As is customary, a lecture is written only once»; es decir «método»>«as is customary» y «discurso»>«a lecture», que igual no había estado mal en otro contexto. De forma similar, traduce el «liquid splendour» de Shelley por «exquisite effluvia» (sí, ya sé que Shelley escribía en inglés, pero igual se dice de otra forma en EE. UU.-nidense; para comprobarlo he probado a poner en el gúguel Shelley+«exquisite effluvia» pero no me sale ná).

Por supuesto, cualquier universitario de medio pelo (yo mismo, que me lo tengo que cortar, el pelo) puede justificarles todas estas decisiones en dos patadas tirando de Nida por acá y de Venuti por allá, pero no sé si es lo que espera un lector de una edición comercial. ¿Qué? ¿Que da igual porque el lector no va a saber cómo es el original y que mira tú las Rubaiyat? Bueno, es verdad, pero, de todas formas, es mosqueante que sólo a uno de los comentaristas de la obra en Amazon no le parezca mal la traducción. Claro que serán lectores normales y corrientes y no traductólogos de pro.

En fin, me dirán ustedes que chivato, acusica, y que la rabia me pica y demás, y que cómo se me ocurre hablar así de un compañero y que si no será envidia. Pues miren, igual sí, pero lo que no me gustaría es que cualquier pijo que le haya echado una ojeada a la versión en inglés y esté en pleno orgasmo lírico porque no entiende nada lea la mía y piense que es una caca porque sí se entiende. Oiga, que el original también lo entendían los que lo leyeron por entregas en su momento en el periódico. Si lo hiciéramos todos así, acabaríamos traduciendo el latín en, ¿lo adivinan?, en latín, pero adornado por si acaso.

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Paz/Huzur. 2-El tiroriro

«¡Pero no me toques el peşrev en suz-i dilara cuando yo estoy en mahur, quilla!» «No me toques tú otra cosa, harmel favol»

«¡Pero no me toques el peşrev en suz-i dilara cuando yo estoy en mahur, quilla!» «No me toques tú otra cosa, harmel favol»

Bien, sigamos con lo que íbamos, que era la novela ésa que les espera en un anaquel de una librería para que me hagan rico y pueda pagar las mensualidades que les debo a los de SPECTRA.

Uno de los temas importantes del libro y que me puso en un serio brete (palabra ridícula donde las haya, como, en opinión de mis estudiantes «oso») fue el asunto de la música. Obviamente, si la acción se sitúa en 1939 y se publicó en 1948, no va a ser la música de Antonio Molina, ni siquiera la de los Shadows, por muy de moda que estuvieran cuando nací, y mucho menos la de, qué sé yo, Ana Belén o Rocío Jurado, a pesar de su relación con Turquía. Ni siquiera, hoygan, la de Palestrina o Mozart (Beethoven una miaja, pa qué nos vamos a engañar). La música de la que tanto hablan en el libro es lo que aquí llaman «música artística turca» o «música turca artística», que más o menos monta tanto, o «música clásica turca» y me les dan ustedes mismos la vuelta a los adjetivos. En fin, es esa misma música que cuando la pasan por la radio, cambio de emisora porque tiendo a quedarme dormido con dolor de cabeza.

Esto último, por supuesto, es por puro desconocimiento prejuicioso, que de haber sabido de antes, no me habría dedicado a hacer lo que hice. ¿Y qué hice? Pues un momentico y empecemos por el principio. La cosa está en que el libro es la continuación de otro que se llama Mahur Beste (de 1944); como uno (yo) sabe idiomas (que no es lo mismo que «hacerse lenguas») era consciente de que «beste» es «composición» en el sentido musical (no en el de, un poner, «en la composición del hormigón armado…»); pero como los conocimientos de uno tienen un límite, también era consciente de que a saber qué significaba «mahur», que podía ser mismamente un nombre, como «Florinda» o «Fulgencio». Pero resultó que no, que «mahur» es un/-a «makam», que el diccionario de İnci Kut (que sí sabe, y mucho, de música porque para eso es hija de sus padres) me traducía como «tonalidad». Muy bien, estupendo, perfecto, o sea, que «mahur beste» es una «composición en (tonalidad)  mahur». Bueno, ¿y qué coño es una tonalidad?

Me fui a la Wikipedia para ver si conseguía saber algo y, como suele pasar porque ahí escribe todo perro pichichi y es pasto de especialistas en el tema que se trate, no me enteré de nada. Si no me creen, sepan que hay artículos muy sesudos que lo demuestran (que no se entiende) porque al contrario que la Británica o la UTEHA (que era la que andaba por casa) los artículos no están escritos por especialistas en redacción comprensible sino por entes que pretenden ser tan exactos que no hay quien se entere. Como me dé por escribir algo de semiótica cuántica se van a enterar. En fin, que me caliento… Miren lo que me dice la Wikipedia:

Los conceptos de tonalidad (clave) y la escala (diatónica mayor o menor) expresan ambos el mismo conjunto de sonidos. La leve diferencia es que el concepto de escala diatónica se refiere al movimiento conjunto (ascendente o descendente) dentro de estas notas, mientras que en la tonalidad (de una obra) se refiere a las notas en si que las forman, junto a sus relaciones: no importa el orden de presentación: pueden presentarse por movimiento conjunto o disjunto, lo cual obedece a los designios del compositor.

Total, que me quedé igual. Gracias de nuevo a İnci Kut (esta vez a su persona, no al diccionario), supe más o menos que las tonalidades son todos esos rollos del sol mayor y el re menor y que tiene algo que ver con las teclas blancas y las teclas negras (lo importante es que cace ratones) del piano, pero ahí ya me perdí bastante, la verdad. Lo malo es que mis amigos turcos que saben de música saben de música clásica occidental, pero de esta otra no tienen ni pastelera idea. El caso es que la música de la que hablan en la novela es sobre todo la que se usaba en las ceremonias de los derviches giróscopos o giróvagos o mevlevíes y de eso sí sabía algo (yo), así que decidí seguir adelante aunque estuviera totalmente pez en lo de la tonalidad. Sin embargo, me roía el gusanillo de la curiosidad y me compré un par de discos, uno se llama, precisamente, Mahur, para ponerlos mientras traducía a ver si me inspiraban, que no. Y fue una pena, porque me resulta muy interesante que bastantes sultanes fueran compositores de este tipo de música y uno de los discos que me compré era, mire usted por dónde, de sultanes compositores como Selim III. Otra cosa de la que me enteré gracias a mis amigos (y resumo) fue que nosotros, los occidentales, usamos pocas tonalidades y los próximo-medio-orientales usan muchas (no me pregunten por qué, ni en un caso ni en el otro, para mí con que hubiera una…).

Y no sólo eso. Mientras nosotros las nombramos sol mayor y re menor como si fueran puertas de un bloque de pisos, en plan 3º B o 5º D, ellos las bautizan a todas y cada una, como la «mahur», sin ir más lejos, pero tienen mismamente una hartá de tonalidades y subtonalidades y qué sé yo. Uf, cada vez me iba liando más porque también tienen sus escalas y sus tonos y su la madre que los parió a todos; yo, que nunca fui capaz de tocar «Era de latón» en la pajolera flauta dulce y mi madre sigue partiéndose de la risa cuando se acuerda de lo que lloraba porque no me salía (ahora que lo pienso, suena un poco sádico por su parte), teniendo que traducir una cosa de música y con el tiroriro del disco que me había comprado induciéndome profundo sopor. Pa que luego digan que traducir no es sacrificado. Por cierto, se me ha venido a la cabeza aquello del concierto para Bangla Desh cuando Ravi Shankar y su grupo tocaron un rato y la gente les aplaudió muchísimo y dice el tío: «Muchas gracias, si les ha gustado como afinábamos, espero que les guste más cuando toquemos». A mí me pasaba algo parecido con esta música.

Al final me acordé de mi antiguo compañero y coleguilla Antonio Torralba, que se hizo profesor de música y forma parte del excelentísimo grupo Cinco Siglos, que hasta tienen canal en yutub y que como son de música arcaica seguro que sabía de makam y maqams y eso por lo de los sefardíes y los moriscos y los musdejáis (esto es de mi padre) y demás. Y resultó que sí sabía porque su grupo es de los mejores del mundo universal (el jamón me lo mandas a casa de mi madre, Antonio, plis, ya hablaremos de lo que te corresponde de los royalties del libro). Y me explicó que la música a la que estamos acostumbrados, como Pablo Abraira o Mozart, es polifónica y esta otra del mahur y los sultanes, pues no, y por eso a mí, que soy un cateto, me resulta un poco plasta y, sin embargo, Pimpinela, que son dos voces, no. Antonse se arma todo el lío de las armonías, que, por ejemplo, no creo yo que la música turca se pueda tocar con una armónica, para que se den cuenta de que voy aprendiendo.

Total, al fin y al cabo tampoco es que los protagonistas sepan mucho de música «antigua» como la llaman ellos, sino que simplemente les gusta y se dejan llevar por el rollo místico. Tengan en cuenta que por entonces no era de muy buen tono y hasta había estado prohibida en la radio año y pico (técnicamente por cateta). Y nuestros protas, aunque les gusta la música (toda), en esto andan una miaja perdidillos. Como dice el libro (o sea, el señor que lo escribió, el original, no este ejemplar en concreto): «Aunque ambos amaban profundamente la música a la turca, no iban mucho más allá de determinadas tonalidades». En plata: que les gustaba lo que les gustaba y lo demás no les gustaba. Por otra parte, también pueden ustedes darle un sentido simbólico a todo esto de la música, no soy yo quien se lo va a impedir porque lo hago moi-même, que sin duda le habría gustado decir a Tanpınar. Pero, en conclusión, si los protas no se parten la cabeza para enterarse de qué es una tonalidad, ¿por qué va a hacerlo uno?

Y ahora viene la pregunta. ¿Hacía falta tanta movida para traducir «makam» por «tonalidad» y «mahur beste» por «composición en mahur»? Pues oigan, no, pero en algo tiene que entretenerse uno, que la ociosidad es la madre de todos los vicios. Y además así en la piscina tendré otro tema de conversación con mi hermana aparte de Penny Dreadful.

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Paz/Huzur (1-Pax vobiscum)

paz

Dirán ustedes con más razón que sendos santos que hace la mar de tiempo que no me dignaba aparecer por aquí. Podría darles mil millones de explicaciones y ninguna satisfactoria, así que me quedaré con la que me parece más válida: durante la mudanza nos deshicimos del sillón en el que escribía estas entradas y ahora, como diría aquél, «no ez lo mizmo». ¿Entonces a qué vengo ahora a molestarles con tonterías? Pues resulta (de) que se acaba de publicar Paz, el último libro que he traducido y me gustaría que lo compraran para ver si me dan royalties, ande, armus telfavol, lo pueden regalar y no hace falta que se lo lean si no quieren.

Bueno, vamos a otra cosa, que van a pensar que soy un interesado cuando en realidad tengo alma de artista. El libro en cuestión, cuya presiosisísima ilustración de cubierta, obra de Ernest Descals pueden ver en la foto (espero), es una jartá de famoso en Turquía, pero ya lo era antes de que lo dijera Pamuk mal que le pese a más de uno en España. De Tanpınar había traducido s.s.s. de Vds. El instituto para la sincronización de los relojes, pero a los turcos tanpinaristas de pro (incluido Pamuk) el que les priva es este otro. ¿Y por qué?, se preguntarán, pues porque trata de (a) de un Estambul del pasado (1938-1939) en el que los personajes recuerdan (b) un Estambul del pasado (de ellos). Es decir, tiene todas las ventajas. Imagínense que viven ustedes en Barcelona (es un poner, por la amiga Celia Filipetto) y se leen un libro (pongamos  Últimas tardes con Nuran) en el que los personajes pasean por las Ramblas de los años sesenta hablando cómo eran antes de, qué sé yo, la guerra de Cuba, todo en plan abuelo Cebolleta, mientras escuchan habaneras y hacen lo que hagan los barceloneses en esos menesteres.

Pues bien, nuestros protagonistas, Mümtaz y Nuran, se pegan buenas vueltas por el Estambul de las mezquitas (resulta que la casa del primo de Mümtaz estaba al ladito de donde tenemos la facultad, miren ustedes por dónde), por el Bósforo antes de que hicieran carreteras y accesos por tierra (así que no hablemos de torres de hormigón y urbanizaciones de cementazo) y hasta se montan una garçonnière y se van de cañas (sobre todo él) por la parte moderna. Lo de poner en francés lo que en mi tierra, obviamente, NO se llama un  «pie a tierra», se debe a que me encontré con que al prota alguien lo llamaba un «flâneur», que, para mi sorpresa, no es un hacedor de flanes, con lo cual no tiene nada que ver con aquel amable mandarín de nuestra infancia, polo opuesto de Fú Manchú. Y, qué quieren que les diga, a mí lo de un pisito de soltero para compartir con la novia me suena más guarro, es decir, mejor, en francés. Por cierto, la palabra garçonnière la he aprendido traduciendo este libro.

El primer problema con la novela me vino gracias a la traducción al inglés (como casi todos, y más adelante hablaremos de eso) porque en turco se llama Huzur y en inglés la titularon A Mind at Peace, por lo que en España se conoce (no gracias a mí, desde luego) como Una mente en paz. Si son ustedes de ciencias se habrán dado cuenta de que mientras en turco el título consta de una (1) palabra, en inglés y, por ende (expresión que me da la risa) en español, está compuesto de cuatro (4). Hummm, vaya… Qué cosa más rara… O puede que no sea tan rara si tenemos en cuenta que más de un diccionario turco-inglés traduce «huzur» como «peace of mind». Sospecho que el responsable del título inglés puede ser el mismo traductor, puesto que en ocasiones parece ser partidario de rizar el rizo y eso de la paz mental (que a mí me recuerda a una canción de Billy Joér simplemente por el «of mind») debió de parecerle muy trillado y como de tirar por lo facilón y le dio la vuelta y en vez de «peace of mind» queda «mind at peace». Creo que podemos estar de acuerdo en que, en principio, sobra lo de la mente. Bien, prosigamos.

Veamos a ver. En turco hay varias palabras que pueden traducirse por «paz» y similares. Lo contrario a la guerra es «barış» o, si eres de antes de la guerra (primera, mundial, gran), «sulh». Por eso uno se puede encontrar el libro del Tolstonoi como Harp ve Sulh, antaño, o Savaş ve Barış, hogaño. La peli aquélla del baile de Audrey Hepburn con Mel Ferrer, acabo de comprobar que era Harp ve Sulh, a la antigua. Otra acepción de paz, como nos indica la SMA (Santa Madre Academia), es «virtud que pone en el ánimo tranquilidad y sosiego, opuestos a la turbación y las pasiones», que parece algo muy santo y muy bueno y alejado del demonio, el mundo y la carne. Que es un poco a lo que van los protagonistas de la novela, exceptuando lo de la carne en ambos sentidos (o, ya puestos, el bebercio). Ésta es bastante parecida a la que nos toca de «huzur», que según el diccionario grande de Petete, digo, la TDK, es (traducido un poco así como manga por hombro a la buena de Dios) «salud, vigor, tranquilidad de corazón, comodidad, descanso» y todo en el sentido de «paz y tranquilidad» como en expresiones: «¡Déjame de una vez en paz, so pelmazo!», o «Pa ti la perra gorda y tengamos la fiesta en paz». También significa, no quiero ocultarlo, «presencia» o «estar» en el sentido de «ante mi presencia se encuentran…». O la presencia de la autoridad por antofagasta, es decir, el sultán. La raíz árabe (la palabra lo es) es la de estar presente, establecerse y tal (de ahí los segundos significados, que no nos interesan), pero también nos dice el diccionario (el normal y Corriente), que significa «presencia de ánimo, serenidad».

A mí me habría gustado mucho traducirlo por «sosiego» porque hay un artículo muy interesante de Berna Moran sobre la novela que se titula: «Bir Huzursuzluk Romanı: Huzur», o sea «Huzur: novela de un desasosiego». Ven el juego de palabras, ¿no? Tampoco hay que ser muy listo. Ahora que lo pienso, tampoco habría estado mal «vivir» y que fuera «Huzur: novela de un sinviví». Ambos títulos habrían sido la mar de chulis porque el truco es que el prota (el de los flanes) es un poco culillo de mal asiento y, sobre todo, está de morros porque la novia le ha mandado a tomar viento (esto no es ningún espoileo [del inglés «disembowel» o, más en general, «rip»] porque lo dicen al principio de la novela) y al muchacho le gustaría tener un poco de paz y tranquilidad opuestas a la turbación y a las pasiones, uséase, sosiego, y poder sentarse al lado de la ventana a que le diera el aire sin peligro de que, en lugar de fresco, los niños le dieran la tabarra con el baloncito de las gónadas masculinas.

Pero la acción se sitúa el día antes de que se declare la Segunda Guerra Mundial y no hay que ser excepcionalmente listo para darse cuenta de que hay ciertas similitudes paralelísticas entre el desasosiego del prota y el de Europa. Así que aquí «paz» y después guerra. Por lo tanto, fuera lo de la «mente en paz» porque (a) se carga el paralelo comparativo y (b) lo mires como lo mires la mente del chiquillo no está en paz, más le gustaría a él, como mucho estará en busca dehacia. Pues bien, por una vez en la vida y desesperando que sirva de precedente, la editorial no hizo caso omiso de la humilde propuesta del traductor y el título en español, como pueden ver, es Paz sin más nada. ¡Ay, qué alegría y qué contento! En fin, les dejo en paz, pax vobiscum et cum espíritu suyo.

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Miguelón Saavedra, el manco del coñac

Battle of Lepanto 1571

Y todo porque se llamaron “Felipillo” y “Selo”

No sé si sabrán que se ha muerto un escritor sudamericano, o hispanoamericano, o latinoamericano, o iberoamericano (no tengo muy claro de qué país era) bastante importante porque le dieron el Óscar mundial de literatura en su momento y el tío no se puso un frac para besarle el anillo al rey ése de Noruega o no sé dónde tampoco, que yo me creí que el anillo sólo se les besaba a los obispos y a los coroneles.

Bueno, pues resulta que si te mueres, a todo el mundo le da por llamarte por como te llamaban tus amigos, probablemente a tus espaldas, y los josés se vuelven repentinos pepes; los franciscos, pacos y así sucesivamente hasta llegar a los gabrieles, gabos como el de fifí y moloko (Gaby era el de Fofó y Miliki, por supuesto). A todo esto, como aquí no se enteran de lo de los dos apellidos, todo el mundo le llama «marcues», menos mis estudiantes que le llaman «marqués», que para eso han estudiado. Y mira que lo de los apellidos tiene lío, porque a, digamos, Cervantes, le llamamos por el primer apellido, a Galdós por el segundo, a Garcilaso por el nombre y a García Marcués por los dos apellidos. Y los estudiantes se me lían, claro, y te hablan de Vega o de Pérez y tú no tienes ni idea de qué te están hablando, menos mal que suele dar igual.

De todas formas, es curioso que todo quisqui de repente sea tan amigo del difunto, es como eso de que todo el mundo tiene un amigo que vio  salir de una discoteca al rey con una rubia. ¿Se imaginan que yo le llamara «Miguelín» a D. Miguel de Unamuno por el mero hecho de que está muerto y no puede darme un capón? ¿O qué me dicen de Miguelón, el manco de la batalla ésa que ganamos para hacer un  coñac carísimo? ¡Qué falta de respeto! Y a D. Pío Baroja, ¿cómo le voy a llamar? ¿Póo, como el teletubi? ¿Piolín? Pues no tenía cara de mala uva con la boina y la bufanda. Todo esto me recuerda a un cura que nos decía que los santos tenían que ser nuestros amigos y que debíamos hablar con ellos apeándolos del título (de san) y tal. En plan, «Oyes, Antoñillo, que me encuentres novia», o «Jerónimo, a ver si haces que me paguen esta traducción sin que se entere la autoridad vasca de la competencia», o «Cucufato, ves y me encuentras las gafas o le hago un nudo a una servilleta y aplícate el cuento». Muy irreverente todo.

A mí Ahmet Ümit me llama Rafo, así que si me muero para todo el mundo seré Rafortega, que no es que me haga muy feliz, pero como estaré muerto, que me echen un galgo. Por cierto, me contaba un colega que en la facultad de letras de Granada a Lorca (segundo apellido), también llamado «Fede» por los entendidos, le llamaban «el Muerto», por antropofagia, o paronomasia (es que ahora no me sale la palabra y eso que la tengo en la punta de la lengua). Lo que puede que no me sentara tan bien sería que me recordaran mayormente por una carta que escribí pero que resulta que no escribí yo, o sea, que la escribió otro señor pero que como resulta que es cursi (y no lo digo yo) gusta mucho más que mis novelas, que son muy largas y con pocos santos y además más raras que sendos perros verdes. Con ocasión del fallecimiento, vuelve a rodar por internés la carta de marras, que está muy bien porque es mega-súper-profunda porque todo lo dice en un par de frases sin que tengan mucha conexión unas con otras. Como no me gustaría que mi carta fuera escrita por otro, voy a intentar pergeñar (este verbo me gusta mucho no sé por qué, como el sustantivo «artilugio») una yo mismo, así más o menos, para que luego no digan. A ver… Ejem, ejem:

«Si el Supremo Hacedor de los Espacios Infinitos Interestelares [es importante citar a Dios aunque seas más ateo que paqué, porque le da un tufillo de trascendencia a tu carta. Todos sabemos que los ateos se van al hoyo mientras los más vivos se comen sus bollos; jo, qué mal suena eso] tuviera a bien concederme un retazo del Tiempo Intemporal [que no lo tendrá] emplearía todas mis fuerzas en cruzar fuentes y fronteras y ser más amable con mis semejantes y, en suma, feliz [esto es importante también, no le pides tiempo al Señor, con lo ocupado que estará para ser un cabrón y encima pasarlo mal].

»Trataría de despertarme más tarde para soñar más [aunque no lo lograría porque me despierto pronto y entonces tendría que acostarme tarde pero me da sueño, y si los sueños son pesadillas, andamos listos]. O soñaría despierto mientras camino por vereditas alegres con luz de luna o de sol [y sin farolas].

»Suspendería menos para tener que corregir menos exámenes [idea que le debo a mi amigo Miguel, a quien puedo llamar Miguel, y no Miguelín o Miguelón, porque de verdad es amigo mío y no un escritor muerto].

»Trataría de levantarme temprano [¿?] para disfrutar de placeres como el de sentarme en una terraza [en primavera-verano] a tomar chocolate con un buen pegotón de nata en lo alto y churros mojados en azúcar para luego poder comprarme pantalones con la cinturilla elástica.

»Aprobaría más para tener que corregir menos.

»Corregiría mis errores y a los demás que les den.

»Le pediría al Altísimo Sacramento [¿pues no se me olvidaba el Señor?] que me infundiera amor [¡fundamental!] para amar a los que amo y a los que amaría amar en el amor amada en el amado transformada.

»Si el Señor me diera valor para expresar mis sentimientos no dudaría en proclamar que Pablo Abraira es el mejón cantante del mundo, y el Puma también, con su pelito; que el mejor poeta es Perales y que los after eight de naranja no están mal. Y dejaría que el odio mese conviltiera en amol por mi prójimo, amén.

»¡Oh, Supermán (© Homero Simpson), haz que los hombres sean lo que son, estén donde estén, sin que parezcan lo que no son porque entonces no sería parecer sino ser y no es así como debería estar [me parece que me he liado, pero bueno]. Mañana es mañana porque es el día después de hoy, nunca lo olvides, porque si mañana afirmas que ayer sabías lo que iba a pasar hoy, serías un economista [si mal no recuerdo].

»Recuerda que cuando la espiches, nadie te recordará, así que no te líes mucho la cabeza sobre si te llamarán Pepe o Juanillo. Allá se pudran.

Podría seguir, claro, pero ya me estoy hartando porque me fallan las fuerzas y creo que he cubierto los puntos fundamentales (felicidad, amor, Señor). También porque tengo exámenes que corregir. A ver si encuentro pirata la peli de «Cien años de Soledad» (aunque mi hermana no tiene tantos años, ni mucho menos, y no sé por qué ese señor tenía que mentarme a la hermana, que mira lo que le pasó al del Martín Fierro) y me la veo para hablar con base del escritor de la carta filosófica.

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Laurentius de Voltolina 001

A ver, los del fondo, no me hablen que como los catee ni Erasmus ni leches…

Últimamente me llevo unas broncas de agárrate y no te menees y más o menos todas por el mismo motivo: mi condición general de intruso. Lo cual, posiblemente, no deje de ser cierto. Es como con mis estudiantes (o empezando por mis estudiantes) cuando me dicen que, como soy español, no entiendo su país. No importa que yo lleve en Turquía más tiempo del que ellos llevan en el mundo: entender un país sólo se logra por derecho de nacimiento. Posiblemente también haya que pertenecer a una raza concreta o haber estudiado la carrera correspondiente.

En primer lugar, soy intruso porque trabajo en un departamento de filología española no siendo de hispánicas. Ser de hispánicas siempre ha sido algo que, como el orden sacerdotal, imprime carácter. No sólo te permite dar clases de lo tuyo, sino también de todo lo que suene a general o teórico y los demás siempre serán unos advenedizos. Vamos a poner un ejemplo para que quede más claro. Jorgito y Pepito estudiaron, respectivamente, filología inglesa e hispánica a principios de los años setenta. Jorgito, que dominaba la lengua inglesa, se fue a hacer el doctorado a Nueva Zelanda (no siempre va a ser EE. UU.) y presentó una tesis calificada con muchas sumas, multiplicaciones, laudes y maitines sobre el reflejo en la estructura profunda de la métrica cualitativa de unos cánticos sobre las ovejas de los aborígenes de allí, entró en el departamento de lingüística universal de la universidad de Aotearoa, de allí pasó a la de Kartoffel en Liechtenstein donde era muy admirado por la aplicación de sus descubrimientos a los tanguillos de Cádiz, y luego a la de Sancta Sanctórum en el Vaticano para traducir a las lenguas angélicas (Corintios, 13, 1) Los siete infantes de Lara, etc., etc., etc. En los cuarenta años de amistad que les unen, Pepito, que nunca ha salido de Villamelonillos de Abajo, donde trabaja en el Instituto de Enseñanzas Mediocres, siempre, pero siempre, siempre, le echa en cara que tenga el morro de trabajar sobre la estructura tonal de los tanguillos cuando no es de hispánicas y él, en cambio, sí, así que sabe de qué está hablando.

Otra intrusión que se me critica es cuando me da por hablar de esa cosa que la gente llama «mundo real» siendo, como soy, profesor. Se produce en dos variantes. La primera es la de los estudiantes, que están convencidos de que no tienes ni idea de lo que ocurre en el «mundo real» por el mero hecho de ser profesor. Es decir, da igual que Juan, además de su actividad como profesor, tenga que pagar un alquiler, lidiar con bancos y hordas de fontaneros, electricistas y demás, que tenga un firme compromiso político que le conduce a un posicionamiento vinculante y dialéctico con los colectivos de los más desfavorecidos, que los domingos vea er fúrbos con los amigos, etc., etc., etc., que Juanillo, que vive con sus padres y repite por cuarta vez segundo de hispánicas, siempre le mirará por encima del hombro porque no sabe lo que pasa «de verdad» «en la calle», que es su lugar de residencia desde el viernes por la tarde hasta la madrugada del domingo. La segunda variante es la del «traductor profesional» (aunque lamento decir que muchas veces no les falta razón). Ya puedes haber traducido cienes y cienes de libros, que como das clases en la universidad, no importa de qué y bien podría ser de derecho laboral, no estás al tanto de lo que supone discutir los contratos con los editores y demás. Tú, supuestamente, te limitas a tu Virgilio y a tu Terencio (aunque luego resulte que traduces las sombras del gris y los códigos leonardos) y te dan igual los aspectos crematísticos (aunque en realidad dependas de los royalties para comprarte un termo nuevo, que hace meses que no te ves la pichilla de tanto ducharte con agua fría).

Esto último se relaciona con la tercera intrusión, la de ser filólogo y osar traducir, manque sean libros de la literatura y también se da en dos variantes. La primera, más rara pero en ocasiones más molesta, es la de los profesores de traducción que te leen la cartilla porque no te preocupas demasiado (o das la impresión de no preocuparte demasiado) por la teoría de la traducción. Es prácticamente la otra cara de la del «profesional» de la que hablaba hace un instante. En la última reunión del gremio a la que fui me llevé un buen rapapolvo de un compañero, al que tengo en alta estima, que me recordó la necesidad que tienen los profesionales de unos mínimos conocimientos de teoría para un mejor desempeño de la profesión, «especialmente los filólogos», añadió sonriéndome amablemente. La verdad, sigo sin creer que para ser un buen artesano tengas que estudiar teoría, pero eso tampoco implica que la desconozca. De la misma forma, no creo que lo que pueda saber de teoría me ayude a traducir mejor, sino a publicar tediosísimos artículos que nadie se lee pero que me dan puntos para cuando me pueda presentar a catedrático. Por cierto, el compañero mencionado (que de verdad que me cae muy bien, palabrita del niño Jesús) es filólogo de formación aunque trabaje en un departamento de traducción.

Y esto nos lleva a la segunda variante de esta crítica de la intrusión pura y práctica y más habitual, la de los (por lo general recién) licenciados en Traducción e Interpretación que inevitablemente te ven como un intruso porque no tienes la titulación que te permitiría traducir impunemente. En esto yo observo un par de puntos discutibles. El primero es que difícilmente podría haber estudiado Traducción e Interpretación si dichos estudios no existían cuando me planteé estudiar una carrera allá por los siglos pasados. Es como si a Arquímedes lo criticaran por no ser licenciado en física cuando en su época no había ni universidades ni casi mundo conocido (ni formatos MLA o APA). A esto se debe el que una simpática lectora de este blog me llamara ladrón de profesión. Es decir, no es que mi profesión sea la de ladrón, sino que, al ejercerla sin estar titulado, le estoy robando su profesión y, es de suponer, su trabajo. Esta idea se debe al segundo punto, que es el que he dejado intuir con el adverbio «impunemente». Sólo los licenciados en Traducción e Interpretación están capacitados para traducir. Pues, oiga, que no estamos hablando de neurocirugía, e incluso así. Es decir, cuando pillan a un neurocirujano falso muchas veces los pacientes están tan contentos y supongo que el problema de la falta de titulación es la ausencia de garantías (que no sé si darán los colegios profesionales), más que los malos resultados, que en neurocirugía pueden ser más graves que en traducción. Porque en el caso de un libro, el editor no se muere como consecuencia de una mala traducción, sino que se atiene al contrato, no la paga y santas pascuas. (Inciso: admito que puede ser más lioso de lo que digo, pero no se muere nadie a no ser que editor y traductor lleguen a las manos y saquen las navajas.)

Por otra parte, tampoco el que el traductor sea licenciado de lo suyo asegura que la traducción sea buena. Por suerte o por desgracia, que de todo hay en la viña del señor, en la traducción de literatura (buena o mala, no importa) hay un cierto componente, digamos, artístico que no tiene nada que ver con una fidelidad exacta al texto original, que es lo que suelen buscar los traductores menos avezados y los críticos de periódicos. Es más una cuestión de swing o de duende flamenco que de exactitud, correspondencia o, ya puestos, de teoría. Muchas veces, al empezar en esto uno no se da cuenta (a todos nos ha pasado) de que una novela (buena o mala, insisto) no es un certificado de estudios ni una sentencia de divorcio. Es decir, no es un objeto que sirve para un fin más o menos específico sino algo cuya misión principal es entretenernos, distraernos y divertirnos en la acepción más básica que tienen estas palabras que es la de hacernos olvidar dónde estamos. Yo leo en el metro para olvidar que estoy en el metro (que tiene un paisaje muy confuso y relativo, como le dijo a su padre un niño que iba a mi lado: «¡Papá, las paredes se mueven!», pero no, nos movíamos nosotros) y para ignorar las miradas de odio que me lanzan los envidiosos porque estoy sentado y ellos de pie. A la literatura hay que darle cierto aire para conseguir del lector ese nivel de abstracción, y a identificar ese duende flamenco sólo se aprende leyendo (literatura y no teoría). De algo así es de lo que habla el amigo David Paradela en un interesantísimo Trujamán que da para mucho más que para esta breve mención, por lo que me disculpo en la esperanza de tratarlo en más profundidad.

Sinceramente, me preocupa bastante que licenciados en Traducción e Interpretación que pueden dedicarse a la traducción de literatura no hayan leído nada de, por ejemplo, Pérez Galdós, que sería más o menos garbancero, allá ustedes, pero es de ésos que hay que leer, y se crean que con un ligero conocimiento de la cultura del país de la lengua de la que traducen ya les vale. Porque, oiga, al fin y al cabo va a tener usted que reescribir un libro y que le quede bonito y ¿cómo carajo va a aprender a escribir bonito en su lengua si no lee a sus autores más clásicos? Cierto, mis estudiantes tienen serias dudas de que para aprender a escribir haya que leer puesto que se trata de actividades (y verbos) distintas, pero es que es una verdad como un templo (de Salomón, digamos). Como decía mi padre: «cortando cojones se aprende a capar». O bien: «leyendo se aprende a escribir». Y ningún título universitario asegura que sepas escribir de forma por lo menos agradable.

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Magma

Fil and Filippa - Chapter 2

No metas el deo que te quemas, ten cuidao.

Existe en este país una especie de magdalena industrial llamada «magma» porque promete un corazón como de nocilla a modo de (y mezclo definiciones del DRAE) sustancia espesa en el interior de la magdalena cual masa ígnea en fusión (aunque habría que meterla en el microondas). La verdad es que decepciona bastante a pesar de que la combinación magdalena+chocolate es infinítamente superior a la conocida de magdalena+té.

No les cuento esto porque tenga hambre, que un poco sí, la verdad, sino porque es una palabra (magma, no magdalena) que se me viene bastante a las mientes cuando traduzco libros como el de ahora. ¿Por qué? Porque lo que ocurre es que entiendes más o menos lo que quiere decir el autor pero no es nada tan claro como aquí te pillo, aquí te mato, cambio esta palabra por esta otra del diccionario y ya está, no señor. Supongo que cuando las lenguas en cuestión están bastante alejadas es más normal que ocurra eso. Es decir, tú te coges en inglés Sense and Sensibility y lo puedes traducir alegremente por Sentido y sensibilidad sin que te importe un comino qué puede querer decir ahí con (especialmente) «sentido».  Muy distinto sería el caso si la obra se titulara, un poner, Bjlomnarl pardtz Lkjioñlid por mucho que supongamos que «pardtz» es «y». Igual significa lo mismo, pero ahí tenemos el magma del que les hablaba.

Es decir, te encuentras con que «Bjlomnarl» quiere decir «sentido», sí, pero tanto el de la vista como el de la visita (chiste familiar que ustedes no comprenderán), y además «sensatez», «sentimiento», «sentina» y «asentamiento». Si la frase es «Pepe se disculpó por sus palabras, no había querido decirlo en ese bjlomanrl. Así que, como demostración de la prudencia y la bjlomanrl que le caracterizaban, expresó sus bjlomanrls más profundos», pues tampoco tiene mucho problema. Lo malo es cuando el libro va de poético. Ojo, no me meto con la poesía, que para mi gusto es una forma de comunicación muy económica (¿quién da más por menos?) sino que hablo (en realidad, escribo) de esa concepción rococó de lo literario que cree que lo más bonito es lo más a) incomprensible y b) hortera o repipi. Veamos un ejemplo: «Pepe vio ante sí el pan chorreante de nocilla (ya puestos…) y egresó en un mimbar de resolutos contraltos que sundrían los amordes de la zolandra matutina en sus más profundos bjlomanrls». Pues te hacen los ojos chiribitas, claro. A saber qué carajo (ustedes disimulen) a) quiere decir todo eso; b) qué quería decir el autor con todo eso; c) si a alguien le importa lo que pueda querer decir todo eso; y d) querrá decir «bjlomanrl» en ese contexto. Si por lo menos hubiera algún falso amigo, te quedaba la posibilidad de traducirlo aunque fuera (¿manque juera?) mal, pero así…

Con el turco me pasa eso a menudo porque muchas veces no tienen un vocabulario tan específico como nosotros (cuando es específicamente específico, uséase técnico, es igual) y las palabras pueden significar varias cosas en español, cosas distintas, añado. Lo normal es tener un poco de sentido (¿?) común y resolverlo de la mejor manera posible. Pero, claro, para eso hay que enterarse de lo que quiere decir, y no siempre es tan fácil por mucho que quiera mi amiga Carmen Francí, a quien pueden felicitar porque le han dado el premio Esther Benítez de este año (a ella con su partenaire artístico Ismael Attrache   y a Mª Teresa Gallego con la doña Bovary). Sobre todo si no te importa no enterarte o bien si lo retuerces todo de forma que parezca que tiene sentido. A ver… Pensemos en una frase como: «Homo sum, humani nihil a me alienum puto». Si me entero y lo traduzco bien, pues no pasa nada. Puedo enterarme y traducirlo mal o feo (caso escolar o traducción cuasi-poética) «Hombre soy, de lo humano nada a mí ajeno considero». También puedo no enterarme y fumarme un puro «Hombre, en suma, los humanos nihilistas a mí, alienígenas putas» en la confianza de que o bien no tiene sentido en el original, o bien algún lector listo se lo encontrará. Por último (casi) está la posibilidad de no enterarse pero aparentar que sí poniéndolo todo la mar de bonico: «La suma de lo humano, que no deja de ser, en mi opinión, nihilista, es una forma de prostitución proveniente del extranjero». Luego está la traducción Lin-Shu, que consiste en enterarte de lo que quiere decir el autor y ponerlo en lo tuyo sin tener ni idea de idiomas y como Dios te dé a entender: «Como soy tío, me gustan las titis», que es una traducción que igual Terencio habría aprobado.

Ahora ando liado con un párrafo más pesado que una vaca en brazos en el que se habla de a) las personalidades particulares de los presentes; b) una frase musical de un caramillo (esto es otra broma familiar); c) la unión mística; d) recuerdos y valles de sombras. Es decir, más o menos intuyes que las almas de los presentes se unen místicamente con la frase musical, pero ¿quién cruza el valle de las sombras, las almas, la frase, los recuerdos, el padre que los parió (el autor es varón)? ¿O es que la música hace que las almas se unan entre ellas en una orgía mística en el valle de las sombras? ¿Ven qué lío? Como el turco no se parece para nada al cristiano, te armas unos follones de no te menees.

Meso curre un poné del libro de ahora que discutí en su momento con Dña. Celia Filipetto. Supongamos un, digamos para no liarla, sintagma nominal de tres palabras. Vamos a ver los equivalentes que nos da de cada una Dña. İnci Kut en su diccionario gordo:

1) X: método, procedimiento, ritmo en la música turca. Me permito añadir que también es «estilo» como en «pollo al estilo de Kiev», por ejemplo.

2) Y (en locativo): encima de, sobre, acerca de. En otra forma: para, como, con el fin de que…

3) Z (en infinitivo como sustantivo a partir de un verbo): habla, conversación, discusión, discurso, conferencia.

Bueno, como ven, podemos hacer bastantes virguerías. «Discusión acerca del ritmo en la música turca», o «Charla con el fin [de establecer] el procedimiento», o «La tertulia como procedimiento», etc. Tengo que avisarles de que las últimas dos posibilidades (no así la primera) contienen amplias dosis de invento traductoril.

El sintagma verbal del predicado dice: «Sólo se escribe una vez», sin demasiados problemas de interpretación. Vale, ¿y qué hago? (Piensen que tenemos a nuestro favor que el editor ignora por completo la lengua turca). Pues menos mal que podemos echar mano del contexto, ver que está hablando de un tal Descartes (un francés de antaño, creo) y, tras una consulta a la wikipedia, intuir que a lo mejor se refiere a un librillo titulado Discurso del método y no tiene nada que ver con tertulias ni charlas. Menos mal, porque igual podíamos haber traducido: «As is customary, a lecture is written only once», que tampoco está tan mal, oigan.

¡Ay, qué disgusto, qué sufrimiento! Con lo bien que están los textos de sota, caballo y rey. Aunque a ésos también hay que meterles un poco de mano con el rollo de la fluidez. Como el magma mental se me ponga tonto, igual entro en erupción (no en regüeldo), me lo invento todo y santas pascuas.

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OMG (y 2, espero)

Amphitheatrum sapientiae aeternae - The cosmic rose

No pretendía que la entrada anterior tuviera una segunda parte, pero cierta suspicacia por parte de mi amigo Pepe Zafra me impulsa a escribir estas líneas (frase que siempre me ha parecido un poco chorra, qué quieren que les diga, aunque menos que “estas letras”) puesto que asume, erróneamente, que pretendía lanzarle una pullita (o dos) por decir que, en su opinión y en la mía, escribir «dios» con minúscula supone una «toma de postura ontológica» mientras que, y esto es cosa mía, para las gentes de mi generación etcétera, etcétera, la mayúscula sería el término no marcado. Uséase, que si lo escribo con mayúscula da más o menos igual, mientras que si lo escribo con minúscula (yo, u otros como yo) estamos pretendiendo exponer públicamente una circunstancia que, en parte, nos define. Es decir (explicación sobre la explicación), que puedo escribir «Dios» y ser tremendamente ateazo, pero si escribo «dios» es poco probable que sea creyente de misa y comunión, si no diaria, sí semanal.

A esto habría que añadirle mi acendrada convicción de que cuando escribimos «Dios» con mayúscula estamos usando un nombre propio y por eso la mayúscula. Es decir, una excusa (no vamos a engañarnos) más gramatical que filosófica. Para ello me van a permitir que recurra al turco, que para eso es lo que domino dentro de lo que cabe. En turco dios/Dios es tanrı/Tanrı y el diccionario del ramo nos informa de que la forma minúscula es nombre sustantivo común y la mayúscula nombre propio. Por otra parte, como sabrán, gran parte de la población turca es musulmana. Esto no tendría mayor importancia si no fuera bastante importante para comprender una anécdota que un amigo me contaba de la mili. Al parecer, la costumbre castrense turca impone el término propiamente turco cuando hay que referirse al s/Ser s/Supremo y t/Tal (no se pongan así, que vengo de la última generación que rindió armas ante el Santísimo Sacramento), pero la tropa, es decir los soldados o chorchis (por Mambrú y sucesores) turcos (a los que llaman «Mehmetcito»), decían que cualquier cosa puede ser «T/tanrı» mientras que sólo hay un Alá verdadero, porque ése es el nombre que se le da entre muslimes agarenos. Es decir, interpretaban el sustantivo en su categoría de nombre común (no hará falta que les recuerde que la escritura y, por lo tanto, las mayúsculas, no dejan de ser algo convencional) y mantenían que sólo la palabra árabe tenía dignidad de nombre propio.

El pequeño problema es que en árabe la palabra significa exactamente «el Dios» (lo pongo con mayúscula para no molestar y evitar suspicacias) y los cristianos árabes dicen Alá para referirse a lo suyo, no tanto porque se metan en berenjenales metafísicos sobre la unicidad del ser en-sí para-sí, sino porque es la única palabra que hay para eso. Y, por cierto, se toma como nombre propio. La Wikipedia tiene la amabilidad de informarnos de que está relacionado con el hebreo Elohim, que es más de lo mismo. Y ahí empieza mi argumentación sobre la condición propia del sustantivo (qué mal dicho está esto, si se han dado cuenta no hay quien me entienda). Es decir, si Alá, Elohim, Adonai (que tiene hasta premio de poesía) y tal significan D/dios y son nombres propios, ¿por qué no va a serlo «Dios»? Cierto es que mis estudiantes tienden a identificarla como palabra plural (como en italiano) o le plantan un artículo determinado para que no quepan dudas (variantes: «los Dios/el Dio») pero no les cabe mucha duda de la mayúscula. Si escribimos las versiones árabe y hebrea con mayúscula cuando usamos el alfabeto latino, ¿por qué no la versión latina, mire usted por dónde?

Y no se crean, no, que eso de Dios/Alá puede dar muchos quebraderos de cabeza a los traductores. Si escribes «Dios» te dicen que estás domesticando el texto e ignorando la identidad cultural del otro bla, bla, bla. Si escribes «Alá/Allah» te acusan de presentar una realidad exótica y tener una actitud imperialista que blah, blah, blah (exótico, por eso lleva hache). Total, que hagas lo que hagas, la defecas. De todas formas, qué quieren que les diga, no me gusta lo que hace el amigo del platanus orientalis, que pone en boca de un pordiosero (palabra muy self-explanatory) la frase pedigüeña siguiente: «For the sake of Allah». Iba a decir que a mí ese «Allah» me suena a chino, pero sería poco exacto (e imperialista), así que lo dejo en «poco natural». Cuánto más natural sería un «Daaame argo, harmustél favol, que Dios se lo pague», que tanto en turco como en español podría responderse con un casticísimo: «Pues que Dios te lo dé». Les juro que en turco se dice, aunque no está muy bien visto, eso sí.

Por supuesto, ya es mala suerte que uno se llame como su empleo (yo me apellido como uno que no ejerzo). Imagínense lo mal que quedaría en el carnet de identidad ahora que no hay casilla para la profesión (no la hay, ¿verdad?). Tanto esfuerzo para quitarla y ahora va uno y se llama como lo que es. Pero en el caso que nos ocupa, es que no tenemos mucha información más por falta de interés de la ¿persona? en cuestión. A la documentación disponible me remito:

Moisés contestó a Dios: «Si voy a los hijos de Israel y les digo que el Dios de sus padres me envía a ellos, si me preguntan: ¿Cuál es su nombre?, yo ¿qué les voy a responder?» Dios dijo a Moisés: «Yo soy: YO-SOY.» «Así dirás al pueblo de Israel: YO-SOY me ha enviado a ustedes.Y también les dirás: YAVÉ, el Dios de sus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado. Este será mi nombre para siempre, y con este nombre me invocarán de generación en generación.»

Reconozco que podría haber sido menos ambiguo, pero qué se le va a hacer. Al fin y al cabo no necesita deeneí ni nada como la mayoría de los mortales. Imagínense la conversación:

A) –¡Hola! ¿Qué haces? [No he podido impedirlo]

B) –Yo soy.

A) –¿Y en qué trabajas?

B) –Yo soy.

A) –Y tú, ¿de quién eres?

B) –Yo soy. Mi hijo de la Virgen María y del Espíritu Santo.

Tampoco es que diga que tiene un nombre distinto a lo que es, como los dioses romanos, por ejemplo, que tenían dos, uno para cuando eran romanos y otro para cuando eran griegos. Pero bueno, lo importante es que deja bien claro eso de «Este será mi nombre», así que para qué me voy a liar más la cabeza. Nombre propio al canto. Además, ¿cómo nos íbamos a apañar con las blasfemias si no pudiéramos pecar contra el segundo mandamiento? O, mejor dicho, si pecar contra el segundo mandamiento no fuera pecado, ¿qué gracia tendrían las blasfemias? Bueno, les dejo, que luego me dice mi madre que soy irreverente. Que tengan ustedes unas felices fiestas y cuidado con lo que comen, que luego tienen que traerles pantalones SS. MM. los RR. MM. (¿a que con éstos no hay problemas de mayúsculas?)

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Oig, por Dios (¿?)

Robespierre

¿Que cómo se escribe «Ser supremo»? Pues con ese, digo yo

En los famosos talleres de la traducción ésa de los libros literarios, mi amigo Miguel y yo protagonizamos un intenso y tenso debate que duró quizás unos diez segundos y que tuvo su miga aunque, bueno, no fue tenso ni intenso como habrán podido juzgar por la duración, pero es que así suena más emocionante, que tampoco los asuntos de los traductores son como los de Indiana Jones (ni lo son los de los arqueólogos, ya puestos). Un debate que sólo podría haber sido resuelto acudiendo a la sacrosanta autoridad de la ACADEMIA, pero que tampoco hizo falta de poco que duró, miren ustedes, pero que he aprovechado para usarlo en clase como ejemplo de no sé qué, que no tendrá tanta importancia si se me ha olvidado, digo yo.

La situación era la siguiente: Yo tenía a mi amigo Miguel a babor, a barlovento, para ser más precisos, y yo era el Keyboard Master, el «Amo del teclado», uséase, el que escribía lo que íbamos traduciendo y podía hacer trampas si quería. Entonces en no se qué frase, pongamos «Vaya por Dios», mecanografié «Dios» tal y como acabo de hacerlo, con mayúscula. Miguel me hizo notar que quizás debería ir con minúscula y yo le respondí que me parecía un nombre propio y que si no de poco nos valen las blasfemias y ahí quedó la cosa (pues vaya mierda de debate, dirán ustedes, y yo les contestó que por eso le di un poco de vidilla en el primer párrafo y además les avisé, así que no me sean quejicas). Si hubiéramos acudido al DRAE, éste habría venido a darme la razón más entoavía:

1. m. Ser supremo que en las religiones monoteístas es considerado hacedor del universo.

ORTOGR. Escr. con may. inicial.

2. m. Deidad a que dan o han dado culto las diversas religiones.

Es decir, con minúscula la expresión es «Vaya por cualquier deidad en número de una» y con mayúscula «Vaya por el ser supremo o Ser supremo de mi religión» porque «supremo» es adjetivo por mucho que nos empeñemos. Como verán, la fuerza ilocutiva robespierrana de la segunda es muy superior. De todas formas, el debate ocultaba algo, por supuesto. En mi caso que la educación religiosa que recibí en mis colegios (ídem) todavía me pesa (esto se lo pueden tomar como un juego de palabras, la verdad es que tiene su gracia) y me resulta raro lo del dios minúsculo. Por otra parte, como decía antes, ¿qué sentido tendrían nuestras entrañables blasfemias españolas si las dirigiéramos a cualquier Mercurio, Hermes, Osiris o Tutatis? En el caso de Miguel, revelaba una toma de postura en favor del laicismo de una lengua más secularizada. O sea, que la ortografía debería ser imparcial en estos asuntos metafísicos y sobrenaturales.

Yo creo que mi amigo Miguel tiene razón, pero, qué quieren que les diga, escribir dios con minúscula me resulta tan feo como escribir sólo sin acento. «Es que la Academia dice…» Y si la Academia se tira por la ventana, ¿ustedes también se tiran? Mira que forzarme a ejercer de madre a estas alturas… Que yo no les obligo a hacerlo, oigan, pero llevo toda la vida (mía) escribiéndolo con mayúscula. Además hay otra cosilla. Si lo escribo con mayúscula nadie lo verá especialmente raro, pero si lo hago con minúscula siempre habrá algún malpensado, como yo, que se diga: «Cucha tú éste [con acento], dándoselas de progre». La verdad es que he soportado a muchos progres que lo son porque lo dicen (incluido yo mismo) y estoy un poco harto. De esos que no toman Coca-Cola porque es imperialista y tal y que… Oh, esto necesita que me explaye un poco (y otro párrafo).

Que no ven «cine estadounidense». Porque habrán ustedes de saber que lo de escribir dios o Dios lo puede hacer (o no) cualquier hijo de vecino (e irse al infierno, con minúscula según Martínez de Sousa, si lo escribe con minúscula, por pecador), pero sólo los traductores usamos la palabra «estadounidense» y sólo hasta que (figuradamente) nos caemos del caballo en el camino de nuestro Damasco particular o, mucho mejor dicho, de un pino o guindo. Es decir, mientras el resto del mundo dice «cine americano» (será porque lo ven) tan ricamente y no se les caen los anillos, los traductores, cada vez que vemos «americano» en un texto, nos apresuramos a traducirlo por «estadounidense» y no porque nos paguen por caracteres, no me sean malpensados ahora ustedes, sino porque asumimos plenamente la responsabilidad social de enseñar al que no sabe o burro.  Se trata de un tema que ya trató en su momento Maite Gallego, así que no insistiré más.

Pero me temo que no tengo muy claro lo de esa misión evangelizadora nuestra. Si a todo perro pichichi le han enseñado a escribir «Dios» y dice «americano», ¿a cuento de qué vengo yo a enmendarle la plana y demostrar que soy la mar de listo? Si alguien me suelta dándose mucho pisto: «Estos vaqueros americanos me los trajo de América mi primo el que vive en América y tiene un coche americano y fuma tabaco americano», ¿le voy a preguntar si se refiere al Perú, a la Argentina o a los Estados Unidos de México? ¿No pensaría que soy un poco capullito de alhelí o, más propiamente imbécil? Últimamente me ha dado por decir que una mala traducción es la que me interrumpe la lectura haciéndome ser consciente de que es una traducción (y no, por ejemplo, un original best-seller español cuya trama se sitúa en, digamos, Escocia o Suecia) y, qué quieren, a mí lo de «estadounidense» o «dios» me da la impresión de que el traductor (o el autor, o el editor, o el corrector, o el conserje) está intentando demostrar algo que no tiene mucha relación con quién es el asesino.

Creo que no soy quién para ponerme a darle lecciones al lector, que se apunte a unos cursos CCC si quiere. En fin, no me digan que cuando Escarlata O’Hara (que ésa sí era del sur de «Estados Unidos», región política, y no de América del Sur, subcontinente geográfico) justo antes del intermedio, para que pasemos la vergüenza de tener que salir con el moco colgando, grita «a dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre» lo hace con minúscula, porque si ahí no hay una mayúscula, que venga Dios y lo vea.

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Ilustrísimo maestro pingüino

Dragón con helado de la Puerta de Ramos de la Catedral Nueva de Salamanca

El diablo del rechupeteo. ¿O es el emperador de los helados?

Espero que me disculpen el abandono al que les tengo sometidos, pero es que estoy muy agobiado porque tengo varias cosas distintas que hacer y como los hombres (varones) somos mononoséqué, al contrario que las mujeres (debería ser «varonesas», pero no) que son pluriopolialgo, pues me aturrullo y ya no doy pie con bola, que además siempre se me dio mal el football (pie-bola). No es que sean cosas malas, entiéndanme, sino que son varias casi simultáneas en vez de primero una, luego otra, etc. Así que he decidido (aviso) suspender la periodicidad de estos escritos y publicarlos cuando buenamente me venga en gana hasta que me desagobie.

Parte de la culpa de este agobio la han tenido los famosos talleres de traducción. O quizás fuera al revés y sufrieran por culpa de mis líos mentales. De todas formas salí muy orgulloso, porque con una sola pregunta logré cabrear a un montón de gente sin proponérmelo. Parafraseándola bastante, la pregunta era: «¿Qué quieren hacer ustedes?» e iba dirigida más o menos a la organización, aunque no sólo a ellos sino también a nosotros mismos, los traductores presentes. Pero antes de seguir con esto, me van a permitir una explicación un tanto prolija en el sentido más castellano y, a juzgar por Mafalda, menos porteño. ¿Se acuerdan de lo que nos reímos los españoles de los italianos con sus títulos? ¿Todos esos  illustrissimo-dottore-professore que tanta risa nos dan? Pues aquí en Turquía, siempre y cuando sean títulos académicos, les privan. De doctor pabajo no te comes un rosco (metafórico), pero de Dr. parriba ¡Virgen Santa del Perpetuo Socorro! (exclamación hiperbólica, no hiperbórea). ¡Qué respeto más respetuoso! ¡Cuánto sombrerazo limpiando el polvo del suelo (antaño), cuánta chaqueta abrochada (hogaño)! Cuánto pelotilleo y chupeterreo de salvas sean las partes, en suma.

En Turquía, sin embargo, no se produce esa multiplicación titular que tan graciosa resulta en italiano (es de suponer que no para ellos), sino que todo se basa en la voz «hoca» (pronúnciese más o menos como «joya» y suéltese como quien no quiere la cosa a ver si cuela) que significa «maestro», pero no el de enseñanza primaria o «maeztto» (el femenino es irregular: «seño») o el de torería y menesteres similares o «Maehtrooo». La verdad es que tiene algo de este último en frases como «Estás hecho un maehtro», pero nunca en contextos como «Desde luego, es que estás hecho un maehtro» que, como todos sabemos es negativo. En turco la palabra «hoca» tiene un origen religioso, de esos maestros de «el Corán, con sangre entra» y varazo o estacazo y tente tieso, que vi un documental que también a los budistas zen les dan unos palos que da grima, pobrecillos, tan calvorotas como están con el frío que pasan allí en el extranjero. Me acuerdo yo (no iba a ser otro) de que en mi primer cole los hermanos (los curas, vaya, no hermanos de sangre ni nada así) tenían un curioso instrumento llamado «chasca» que técnicamente servía para producir unos ruiditos que llamaban al recogimiento silencioso, pero que, como contaba con una bola de madera dura como ella sola, también servía de rompecabezas amateur. Y como en internet se encuentran todo tipo de cosas raras, pues les pongo un enlace. Bueno, pues de ese tipo de «hocas» viene el término y el caso es que se usa para hablarle a cualquier profesor en plan desde «seño» hasta «don X» pasando por «profe». Señor Hoca pacá, señor Hoca pallá; mirusté, Hoca mío, yo es que tenía una preguntilla; Hoca, Hoca, yo prímen; Hoca, no acabo de entender cómo cree que he copiado la tesis; etc. A mí me da mucho coraje que me lo llamen porque me parece que soy un torero, pero me aguanto desde que una exalumna a la que le tengo mucho aprecio me dijo que a ella le resultaba más cómodo así. Como a mí también me resultaba más cómodo hablarles de usted a muchos profesores de la facultad porque nunca me gustó el tuteo universal falangista, me callo y sufro en silencio.

Bueno, pues lo suyo es que no sólo te lo llamen tus estudiantes, sino también los demás profesores, y esperan que tú hagas lo mismo, especialmente si están por encima de ti en el escalafón. En cuanto nos juntamos tres o cuatro me da la impresión de estar viendo un documental de pingüinos emperadores asintiendo violentamente y todos haciéndose la pelota mutuamente. Maestro, Maestro, Maestro… Me pone de una mala uva… Y todavía me lo pone más si está fuera de lugar, que fue lo que pasó en los famosos talleres. Resulta que de tropecientos mil moderadores, sólo dos no eran (o habían sido) profesores universitarios y la inmensa mayoría del resto tenía un currículum muy discutible como profesionales de la traducción. O sea, igual tenían un montón de publicaciones del tipo «Traducciones alternativas a un dístico de Sta. Teresita en el ámbito de los estudios poscoloniales transmodernos globalizados» de la Lead and Plumbeing Studies of Futilities Review con muchos «referees» y que aparece en todas las bases de datos norteamericanas, pero traducir libros de los que la gente se compra pagando dinero incluso y luego las mujeres se leen en el metro (los hombres leen el Marca), de eso muy poquito.

Y todo porque a la organización le gustaría tener simultáneamente dos tipos de entes que en la vida real son tan incompatibles como la teta y la sopa o la asistencia a los sagrados oficios de la santa misa y estar dando la tabarra con la campana de la torre (campanario): profesionales batidos en el fuego de las trincheras editoriales y, por otra parte, un elevadísimo rigor académico para que nadie entienda de qué se habla. De hecho, la representante de la subdirección general correspondiente pretendía convencernos de que los informes que enviamos los moderadores serían de gran utilidad futura para los departamentos de lingüística. O bien no ha hecho un informe en su vida, o bien no sabe de qué van los departamentos de lingüística (esto último es más probable). Lo cierto es que, y lo sabrán si han acudido a un par de saraos de éstos, existe una palabra que levanta ampollas de terror y rencor entre los profesionales cuando la pronuncia un «hoca» y esa palabra es… Lo han adivinado: «teoría». Y eso era lo que pedían muchos de los moderadores: más teoría. Y, claro, los profesionales como mi colega Irfan en ese momento te preguntan: «¿Y para qué vulva sirven entonces las facultades?» y tú no sabes qué responderle. O lo sabes y te callas.

Y ésa era, y sigue siendo, la cruz de la galleta (que diría el colega Zappa) de mi pregunta. Teniendo en cuenta que los traductores de (no «al») turco no somos ni cuatro gatos (por lo menos al español), ¿qué quieren de nosotros las autoridades correspondientes? ¿Que traductores veteranos se reúnan a hablar de problemas profesionales? Antonse deberíamos dejar de lado los temas académicos y las teorías (por mucho que me gusten). ¿Formar nuevos traductores (que, en mi opinión, tendría que ser lo principal)? Antonse habría que extender la convocatoria a estudiantes y recién licenciados de lo que sea en lugar de montarse un concurso-oposición y exigir no sé cuántas traducciones publicadas. ¿Una reunión de alto nivel académico? Antonse que se limite a universitarios y no se haga perder el tiempo a profesionales que están dejando de trabajar y, por lo tanto, dejando de ganar dinero. Y, en este último caso, que se exija vestir frac para que ya nos parezcamos del todo a los pingüinos: «Maestro, Maestro, Maestro» (siempre con mayúsculas).

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Good cop, bad compadre

Monsó_Esquilache

¡Capadlo! Digo… ¡Cortadle la capa!

Estoy la mar de preocupado porque la pobre Vic Moretti, la ayudanta del jerife Walt Longmire, de Guallomín, se ha metido en un lío de agárrate y no te menees no sé si por ser buena o mala policía. Me explico: en su momento (illo tempore) denunció una situación ilegal e inmoral, lo que debería ser función de una buena policía, pero fue interpretado por sus compañeros como mal comportamiento, propio de mala policía,  puesto que el tipo a quien denunció era un colega y entre colegas te callas la boca (aunque igual de poco te sirve, vid. Serpico).

Bueno, pues algo parecido en esencia pero no en extensión o gravedad me ha ocurrido a mí. Y, como me suele suceder, la experiencia me ha conducido a la reflexión (la experiencia es la madre de la maledicencia, dicen). Les pongo en antecedentes. Me di cuenta de que no había compartido con mis amigos turcos la bonita anécdota del señor que traducía «árbol bastante grande» por «extenso Platanus orientalis» que tanto éxito había tenido entre mis coleguillas hispanoparlantes, así que, ni corto ni perezoso, colgué la frasecita en el muro del feisbuq y estábamos echando unas risas cuando una señora (o señorita) me acusó de a) chismoso y b) carente de ética profesional por hacerlo. Según ella, no se puede juzgar una traducción por una frase, algo en lo que estamos todos completamente de acuerdo, pero le precisé que a) toda la traducción es un despropósito y b) que una cosa es una cagada (que te equivoques, vaya) y otra que te saques de la manga lo que no existe. No voy a entrar en más detalles porque la señora se airó (de airarse) bastante y yo me cansé enseguida, pero me quedaron claras dos cosas: 1) nadie es quién para decir que una traducción es mala a no ser que haya publicado un extenso informe de cada uno de los presuntos errores de acuerdo con las normas éticas de la asociación de traductores correspondiente; 2) ironizar sobre el producto del esfuerzo de un compañero es de cotilla y poco ético, como dije antes. Y, claro, no le llaman a uno esas cosas todos los días, así que me puse a pensar y llegué a algunas conclusiones.

La primera es que el esfuerzo no está en relación directa con la calidad del resultado. Es decir, puedo estar mucho tiempo esforzándome en algo y que me salga un churro. Es, por ejemplo, mi experiencia con la flauta dulce y la canción «Era de latón»; de hecho, cuanto más me esforzaba, peor me salía. Así que nada, si algo me parece malo o feo, me parece malo o feo por muchos sudores que les hayan costado a quienes lo hicieron. Sé que en esto hay mucho susceptible (yo mismo), pero no todos somos iguales y hay gente a la que todo le sale estupendamente sin que les cueste trabajo y no por eso los resultados son malos por muy dignos de (insana) envidia que sean ellos o los frutos de su poco esfuerzo. Qué se le va a hacer. Lo siento mucho, la vida es así y hay que saber aceptar las críticas con deportividad. Yo, por ejemplo, soy muy abierto a la autocrítica y siempre tomo buena nota de lo que me critico a mí mismo. Curiosamente, cuando me critican otros (para mal) me gustaría coger un cuchillo mellado y mohoso y arrancarles los ojos y llenarles las cuencas con plomo fundido (ideas que me ofreció mi capitán de la mili) pero me fastidio y no lo hago por simple convivencia ciudadana.

Lo segundo y principal es sobre quién puede decidir si una traducción es buena o mala. Y esto es la mar de peliagudo porque, si como sugería la señora, sólo los traductores asociados son capaces de emitir el informe pericial pertinente, pero luego resulta que denunciar en público que el fruto del esfuerzo de un compañero es una puerta miércoles (tengo el mismo corrector ortográfico que el Hematocrítico) es de poca ética, va a hacerlo Rita la Cantaora. Ella me sugería que escribiera directamente al autor del desaguisado y le expusiera todo lo que me había parecido mal, pero no sé qué haría si recibiera una carta mía con un «Estimado colega: Me es grato comunicarle que, en mi modesta opinión, su traducción de la obra TAL me parece una hez fecal por las razones que a continuación le detallo» incluyendo cuarenta folios de burradas. Estoy seguro de que sólo le quitarían el sueño la magnitud de la empresa y el hecho de que yo demostrara una carencia tan absoluta de vida social, personal, profesional, sentimental, etc., como para dedicarme a semejante tontería porque, además, una vez publicada la obra, ¿a cuento de qué le escribo? ¿Para que haga examen de conciencia y con dolor de los pecados y propósito de enmienda le diga al editor que retire todos los ejemplares de su traducción del mercado? Me da en la nariz que no.

Este último detalle elimina la posibilidad de que, a toro pasado, sea el editor quien juzgue si una traducción es mala o no. Una vez que la ha puesto en la calle no se va a andar con remilgos. Por lo menos, escribirle a éste sí que tendría más lógica. (Paréntesis. Se preguntarán ustedes cómo es posible que un editor publisher comilfó ponga una traducción chunga en circulación. Pues a mí no me miren, pero alguna vez he tenido que dejar de leer un libro porque la [mala] calidad de la traducción me distraía en exceso de la trama. Sólo una vez, eso sí, pero me ha pasado. ¿De quién es la culpa? ¿Del traductor jovencísimo, muy probablemente, al que hacen trabajar a toda pastilla y que confía en una corrección inexistente por aquello de la crisis?) 

Otros tipos típicos a los que se suele pedir opinión son los académicos, pero son capaces de enredarles con cualquier discusión bizantina de forma que al final no sepan ustedes a qué carta quedarse (yo mismo lo soy, ahora que me doy cuenta, no carta, académico). «Esta traducción no es un churro, sino genial, porque según Venuti… ¿No se ha leído Vd. a Venuti? Pues entonces, ¿para qué habla?» Y si sí te has leído a Venuti, pues se coge a otro intelestuás que haya escrito algún libro densísimo (por ejemplo, Sergio Viaggio, que tiene un libro que me encanta y les recomiendo pero que dudo que se hayan leído más allá del millón de personas). Con uno de ésos fundes a quien se atreva a querer mojarte la oreja. Ay, madre mía, cuánto daño han hecho estos lectores de Venuti y, en menor medida, Eco… Más o menos vienen a justificar que hagas de tu capa un sayo y te defiendas diciendo que los demás son unos catetos que no te entienden. Y así pasa lo que pasa, claro. Y si encima el autor te apoya (véase la tontería de García Márquez sobre la traducción de Cien años de soledad de Rabassa, y no digo que la traducción sea mala; no me la he leído porque me parece una majadería leerme una traducción a una lengua extranjera de un libro escrito originalmente en mi lengua materna), pues miel sobre hojuelas. Y si además de traductor trabajas en la universidad, les aseguro que prácticamente puedes hacer lo que te dé la gana y salir bien librado. Sólo en un congreso alguien tuvo el valor de preguntar a la ponente: «Y si la traducción no hubiera sido de tal-autor-famoso, ¿también la habrían considerado genial?» Y la ponente tuvo el valor también de contestar: «No, todo lo contrario», y casi le damos todos de besos.

Supongo que se irán dando cuenta de por dónde van los tiros. Si no eres traductor, no eres quién para opinar, por supuesto; sería como decir que la aspirina te sienta mal si no eres médico (¿Eh? ¿Que puedes decirlo? Vaya, no lo sabía). Si eres traductor, cualquier opinión negativa es de mal compañero. Si eres editor, no vas a opinar mal de un producto que estás vendiendo. Si eres académico, da igual lo que digas porque otro (o tú mismo) puede decir lo contrario. Si eres juez, te tienes que limitar a si hay plagio o no. Entonces, ¿quiénes pueden opinar sobre la calidad de una traducción? Pues, IMHO, los fruteros, conductores de autobuses, enfermeros, enfermos, bomberos, toreros, peones camineros, camareros, niños y niñas, capitanes y sargentos, damas y caballeros, proxenetas, monjas, merceros, farmacéuticos, carreros, acemileros, camelleros, agricultores y, en suma, cualquiera que se lea un libro traducido y tenga algo que opinar de la traducción, sepa o no la lengua original porque para eso se está leyendo esa traducción. Es decir, cuando yo digo que una traducción me parece mala, no lo digo como traductor, ni como universitario, ni como cordobés, ni como ex alférez de infantería, lo digo como lector, que ya es bastante. ¿Y no tendría que justificarlo o qué sé yo, escribir al traductor? Les voy a contar un secreto profesional: cuando voy a una heladería pido helado de chocolate y no le justifico al heladero (que igual está leyendo un libro traducido por mí) por qué no lo quiero de mantecado; si el helado no me gusta, lo tiro y no vuelvo a comprar en esa heladería, no redacto un pliego de agravios.

¿Y a mí qué me va ni qué me viene en todo esto? Pues muy sencillo: los editores españoles van a juzgar los libros que me van a encargar y mis traducciones por las que se leen en otros idiomas más conocidos internacionalmente. Y eso sí que me importa si el otro traductor se ha inventado la mitad de la novela.

P. D. Mesocurre que muchas veces pagamos pecadores (traductores) por otros pecadores (autores) y ahí tenemos una buena defensa: «Es que eso es lo que dice el autor en el original». Pero si nos inventamos cosas que el pecador original no dijo… chungo.

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