Las que las adornan

«To pa ti el jarrón, por haber sido buena». «¿Por qué te has molestao? Muchísimas gracias». «Las que te adornan».

Empieza el curso y con el desempolve de plumieres y cuadernos, el forrado de libros, las gomas de nata, los rotuladores de colores que dejarán una huella indeleble en tu camisa y/o pantalón, o, si eres profe como yo, el desempolve de cuadernos de programaciones y cuadernillos de notas, bolis rojos porque los estudiantes te tomaban el pelo por corregir con verdes, rotuladores de pizarra que dejarán una huella indeleble en tu camisa y/o pantalón, etc., que ya me estoy hartando… Empieza el curso, decía, y antes de que quieras darte cuenta ya tienes encima S. Jerónimo.

¿Y a mí qué S. Jerónimo?, me dirán ustedes los que no sean del gremio. Caramba, pues que S. Jerónimo es el patrón de los traductores y es santo porque se fue al desierto a traducir la Biblia al latín y un león le hacía la compra diaria o algo así, que no me acuerdo muy bien y lo pueden mirar en la güiquipedia, si me hacen el favor. Como es el santo de los traductores, se celebra en todo el orbe, no solo católico, sino, un poner, también aquí en Turquía, aunque no creo que tengan muy en cuenta lo de la santidad, la Vulgata y todo eso, que más bien les importa un pito (de los de soplar, y no me sean mal pensados).

La verdad es que los musulmanes llevan muy mal lo de entender el día del santo, o el santo del día, y eso que al final se ha llegado a una especie de compromiso con los cristianos locales llamándolo «día del nombre». Los que tienen cierta idea saben que un día del año celebramos cómo nos llamamos, pero no tienen muy claro por qué nos ha dado por ponerles nombres a los días, que ya los tienen, como lunes, martes, etc., e incluso un número, del uno al treinta en septiembre, con abril, junio y noviembre, los demás treinta y uno, menos febrerillo loco, ya saben (espero no dejarme ninguno). Bueno, vas tú y les explicas que la Iglesia, que tiene sus doctores, en su sabiduría va dedicando días a distintos santos y mártires para que ninguno se cabree y para que así la gente, si no sabe qué nombre ponerle al niño, le ponga el santo del día y sigan vivos nombres tan bonitos como Fulgencio, Acisclo, Domiciana, Indalecia, o, en mi familia, Felicidad, Hilario y varios Desiderios, en lugar de Hugos o Yusnabys a la moda. El problema es que entonces se creen que es algo muy religioso y te preguntan si va toda la familia junta a misa o algo así, como me han preguntado varias veces, y te ves en la obligación de decepcionarles y confesarles (verbo usado a propósito) que el día de tu santo no solo no vas a misa, sino que ni te pones cilicio ni quemas unos herejes ni nada.

Uy, con tanto rollo el santo se me ha ido al cielo totalmente, miren por dónde. Vuelvo a encarrilarme. El día de S. Jerónimo, también llamado treinta de septiembre, los traductores celebramos que lo somos, aprovechamos para quejarnos de las tarifas y de la falta de visibilidad y nos congratulamos de serlo; de ser traductores, no invisibles, que tendría sus ventajas, pero que se dice en plan más bien metafórico. Y, ya puestos, nos damos premios entre nosotros. De hecho, este año más o menos por esa fecha se anunciaron los premios nacionales en España y, aparte del que le han dado a Paco Sordo por ese tebeazo que es El pacto, me ha alegrado mucho el de Juan Gabriel López Guix, que para eso es amiguete y tal. Por cierto, me ha sorprendido mucho ver la cantidad de obras traducidas y escritas que tiene —por ahí dicen que más de ciento veinte— y encima no todas son variantes de Alicia en el País de las Maravillas. Enhorabuena, amigo.

El premio de Juan Gabriel es el que dan a la obra de un traductor, así en singular lo de la obra, opus y no ópera, por aquello de que es el conjunto de todo lo que has hecho desde que naciste como si fuera un todo, como lo del totus tuus, o sea, como el Óscar honorífico. Lo malo de estos premios es que hasta cierto punto te están llamando momia prehistórica o que sugieren que ya tienes un pie en el otro lado: «Vamos a darle un premio ya, que como nos descuidemos, tenemos que dárselo a la viuda y los premios póstumos no valen según las normas y quedaríamos peor que la Mohosa». La verdad es que no lo hacen por eso, pero, qué quieren que les diga, se te queda la mosca detrás de la oreja.

Les cuento todo esto porque a mí me han dado uno parecido aquí en Turquía. Un día me llamó una colega para decirme que quería proponerme para el premio honorario u honorable de la Asociación de Traducción, que en turco no rima tan malamente porque se llama Çeviri Derneği. Esta asociación es como nuestra Asetrad o así, es decir, que agrupa a todo tipo de traductores y no solo de libros —la que corresponde a nuestra Acett se llama Çevbir— y por eso dan un porrón de premios cada año, desde especialidades de traducción técnica hasta interpretación en lenguaje de signos (¿es eso interpretación o traducción?), pasando por interpretación de conferencias, traducción audiovisual, localización y un montonazo de cosas más que no me voy a poner ahora a enumerar. El premio honroso u honorífico tiene en este caso más delito porque tienen otro para traductores jóvenes, así que tienen uno para aquellos que están empezando en la vida profesional y otro para los que ya no van a dar más de sí porque les queda poco, como yo.

Por supuesto, cuando me llamó la colega para avisarme de que iba a proponerme se lo agradecí mucho y al rato se me olvidó porque no se me pasó por la cabeza que se lo fueran a dar a un extranjero —la otra asociación no lo hace, como (casi) todas—. Así que cuál no sería mi sorpresa cuando tiempo después me llama la presidenta de la asociación —otra colega— para comunicarme que me lo habían concedido. Ya se habrán dado cuenta de que los tres nos conocíamos, como seguro que conozco a bastantes de los demás miembros de la asociación que en algún momento hayan tenido relación con el departamento de traducción de nuestra facultad. Yo pertenezco al de lenguas occidentales, pero me llevo bastante bien con ellas y bastantes /-os, aunque ahora nos tratemos menos por cuestión de horarios incompatibles. Pero entonces, me dirán ustedes, prácticamente jugabas en casa… Pues es peor todavía porque la primera compañera había traducido al turco un artículo mío sobre la literatura turca existente en español y había visto que yo había traducido, si no la mitad, sí casi un tercio del total de obras. O sea, que se lo había metido por los ojos como quien dice. Pero bueno, no es de eso de lo que quería hablar.

De lo que sí quería hablar porque fue lo que más me impresionó, es de que ambas en sus sendas llamadas telefónicas me daban las gracias a mí y además por mi servicio como si hubiera hecho una especie de larguísima mili por la literatura turca en castellano. Ya sé que en turco lo dicen así y probablemente yo lo tradujera por otra palabra si tuviera que hacerme una traducción jurada, que posiblemente escribiría «trabajo», «esfuerzo» o algo parecido. Me emocionó un montón, oyes, porque es muy fuerte que unas colegas te agradezcan tu servicio a la literatura de su país, y tú por ahí diciendo que eres un traductor mercenario porque traduces lo que te echan. A partir de ahora no lo digo más, por estas. En fin, que lo único que me salía decir era algo que repetía mi hermana Carmen cuando le dábamos las gracias por algo: «Gracias las que te adornan». Luego vi una versión reducida en un fragmento de una película mexicana: «Las que lo [la/los/las] adornan», que es igual de hortera. Pues es verdad, aunque sea hortera: ¿Gracias? Las que os adornan, compañeras.

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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4 respuestas a Las que las adornan

  1. Teresa Oliver dijo:

    Enhorabuena por el merecido premio.
    Esperando su traducción de la última novela de Zeffirelli.

    • Muchas gracias. Me temo que Zeffirelli era el del cine; el mío es Livaneli, que es cantante. EL libro saldrá dentro de poco, pero no sé cuándo. Habría mucho que hablar de él, me temo. Salud.

      • Teresa Oliver dijo:

        Por supuesto quería decir Livaneli, 😂😂

        Si lo me lo pongo todos los días, me encanta su voz.

        Tengo el libro en inglés, pero esperando su traducción

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