Delenda est libro

No se hace usted idea de lo que me cobran por el almacenaje de los libros

Hablaba mi admirada Lorzagirl de cómo las pequeñas editoriales independientes lo llevan muy malamente sobre todo si publican a autores poco o nada conocidos. Ignoro si existen editoriales independientes grandes, pero supongo que sí, si lo que quiere decir es que no pertenecen a ningún grupo internacional tipo Spectra o Los Pollos Hermanos.

El problema, y supongo que ya habré hablado de él unas cincuenta mil veces porque me repito más que el pepino, es que las grandes editoriales ocupan el espacio en las mesas de novedades de las librerías, bueno, digamos gran parte del espacio, como si fueran niños grandullones que pegan codazos y hombrazos a los otros en la cola del autocar para llevarse el mejor sitio o confabularse en el asiento de atrás para planear sus maldades, relegando a los otros niños a los asientos de delante, más próximos al conductor, con el riesgo de que les vea, y a los libros más debiluchos a alguna estantería que no por ser de novedades deja de ser estantería, con el riesgo de que no se les vea.

Las estanterías, aunque parezca una perogrullada, obligan a poner los libros verticales, es decir, de canto, con lo que el sufrido visitante de la librería tiene que ir torciendo el cuello de un lado para otro porque hay libros que siguen la costumbre y el uso europeo de poner el título de abajo arriba y otros los anglosajones de arriba para abajo. Por cierto, por una vez estoy más de acuerdo con los pérfidoalbioneses porque, como da más o menos igual para arriba que para abajo, su sistema permite leer el lomo (no adobado) del libro tanto en posición vertical como horizontal a no ser que lo pongan boca abajo.

Sin embargo, un libro en una mesa, o libro en mesa que diría un refrán, muestra la cubierta con sus dibujicos y sus fajas y llama mucho más la atención sin necesidad de desnucarse. He de confesar que yo me he comprado más de un libro por la cubierta y a veces me he llevado una sorpresa la mar de agradable, como me pasó con Los desposeídos de Ursula K. Le Guin y Hierba de Sheri S. Tepper, que me compré aquí en Estambul en inglés y luego en español varias veces para ir regalándolos. Sin embargo, si cualquiera de ellos hubiera estado en una estantería no le habría visto el dibujico e igual no me lo compro, especialmente Hierba, que con ese título habría pensado que se trataba de alienígenas (era una colección de ciencia-ficción) mariguanos.

Pero si lo pones de canto en un estante entre otros cuarenta, a ver quién es el guapo que se compra, digamos, un libro con un título tan poco atractivo como El flexo de la mesa de un tal Marcelino Panicirco, que no lo conoce ni su madre y nunca mejor dicho porque es un seudónimo. Pues quizá (-s) resulta que te has perdido la nueva revelación del siglo, oyes, o ni eso porque, como nadie se lo lee, ¿quién lo va a revelar? A lo mejor/peor al pobre Marcelino le pasa como a John Kennedy Toole con el agravante de que a él sí lo han publicado (a Marcelino). ¿Cómo los libros de mi editorial, Lágrimas de cocodrilo, van a competir en las mesas de novedades con los de grandes editoriales como Tyrell Corporation o Skynet, que regalan mecheros y mantecaos en Navidad a los libreros y además dan ejemplares a importantes periódicos como el Hola, es lunes para que se los critiquen (positivamente) y así los hipotéticos lectores puedan ir a tiro hecho? La prueba es que todos los libreros tienen anécdotas del tipo: «El otro día vino un señor y me pidió el libro ese azul boniato que sale en el periódico». Pues si no sale en los media misa (mass media), al estante de patas. Y seguro que los mismos libreros no tienen anécdotas de clientes que se compraron un libro porque tenía el lomo bonito. Porque lo tenía de un color que pegaba con las cortinas, sí, pero es dudoso que dicho libro sea susceptible de ser leído.

La solución, por llamarla de alguna manera, que proponía Lorzagirl es que vayan ustedes a la librería del barrio y les pidan opinión e información, que para eso son vecinos. Pero, claro, ¿qué pasa cuando en tu barrio no hay librerías? ¿O cuando, como yo, vives en el quinto pino de otro sitio y no estás al día y quieres comprarte algo de tu país de origen? Menos mal que existen las redes sociales y así puedes oír los consejos de otros friquis con los mismos gustos que tú (a los otros, los bloqueas) y enterarte un poco. Si no, ¿cómo habría sabido yo de la existencia de Lorzagirl, sin ir más lejos?

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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