Al césar, lo suyo

Hamdi Tanpınar (6) Umbrío por la pena y casi bruno, me doy cuenta de que a causa de diversos factores ajenos a la voluntad del autor de los libros puede que las entradas sobre Tanpinar no le hayan hecho justicia. Con la cosa de la guasita, ja, ja, ja, y un poco de complejo de inferioridad por mi parte, la verdad es que me da la impresión de que le pongo un poco verde, pero puedo prometer y prometo que no era mi intención. Y no era mi intención porque Tanpinar es un muy escritor muy grande y muy fino (no en su sentido de delgado). Si no fuera repetirse más que el pepino, volvería a comentar que es el gran maestro del Pabú, digo, del Pamuk, cosa que de hecho estoy haciendo (lo de repetirlo), pero no por eso deja de ser verdad. Él es más serio, formal y exquisito —vid. Paz— y también tiene unas bases estético-filosóficas más sólidas —vid. Cinco ciudades—, pero también sabe tener su mala uva —vid. El instituto para la sincronización de los relojes—.  Me preguntarán ustedes: «¿Y cómo, si tan bueno y tan listo es, fuera de Turquía no lo conocen ni en su casa a la hora de comer?». Y yo les responderé que, primero, fuera de Turquía no es su casa y, segundo, lo que vamos a ver a partir del párrafo siguiente.

Tanpinar ha tenido mala suerte, suerte regular y buenísima suerte («bonísima» según los curas de cuando era chico, que también decían «nono») en sus ediciones en Turquía. Además me da la impresión de que en vida debió de ser bastante insoportable, aunque más fino que un coral, y más arisco que un cactus (una vez muerto, eso no tuvo gran importancia). Es una impresión puramente personal y basada en que me lo he inventado, así que cabe la posibilidad de que no sea cierta. Se consideraba poeta ante todo, pero era tan perfeccionista que publicó bastante poca poesía y además, por mucho que dijera que no, se le notaba, se le debían de llevar los demonios de estar a la sombra de su maestro y mentor, Yahya Kemal, y de que le compararan con él. Así que se dejó de simbolismos parnasianos rimbombantes y de quioscos de malaquita y se pasó al lirismo personalista de qué es la vida un frenesí, un engaño, una ficción o del rincón en el ángulo oscuro. Después de muerto, su discípulo amado, que se había quedado con todos sus archivos, cuadernos, diarios y demás con el beneplácito de sus herederos y no dejaba que los viera casi nadie, basó parte de su carrera en ir publicando y comentando su poesía y en que se le considerara lo buen poeta exquisito que era en plena época de la poesía es un arma cargada de futuro y a las barricadas camaradas. En fin, que para mí que nadie le/lo leía.

(Por la vía, este alumno suyo era un gran defensor del uso de la asociación libre de Jung para analizar textos. Los resultados eran más o menos como sigue y como podrían escribírmelo algunos estudiantes a pesar de mis amenazas de desatar sobre ellos los fuegos del infierno y gritarles hasta que lloran y les rechinan los dientes. «Comente el siguiente poema lírico: “Cuatro esquinitas tiene mi cama // Cuatro angelitos que me la guardan”. Respuesta: Aunque aparentemente el autor habla de su cama y de ángeles custodios, la mención a las cuatro esquinas implica inevitablemente una interpretación de la cama como el mundo. El hecho de que sea la cama la que se usa como símbolo, nos lleva a la conclusión de que trata del viaje de la vida, desde la concepción en el tálamo nupcial hasta la muerte en la cama/túmulo. En ese sentido cabe interpretar a los cuatro ángeles como los cuatro vientos, pero también relacionarlos con los elementos y con los evangelistas, ya que no en vano S. Juan era conocido como el águila de Patmos —de la luz vendrá la luz y lucirá la cruz del águila— y el símbolo de S. Mateo es un ángel. También, dada su posición amenazante en las esquinas de la cama, cabe considerarlos como las cuatro grandes multinacionales que acechan sobre el mundo/cama. Por último, apuntar que es una muestra de paternidad irresponsable dejar a los niños solos al supuesto cuidado de unos seres fantásticos —o, cuando menos, sobrenaturales— como los ángeles, sin olvidar que también fueron ángeles Lucifer y/o Satanás». Cerramos paréntesis.)

Debe de ser duro eso de que te tengas a ti mismo como poeta y el personal te reconozca por tu prosa. Que tampoco mucho, vamos a ver. Él se quejaba de que era víctima de una «conspiración de silencio», lo que es una miaja paranoico. La verdad es que también hay que darle la razón a mi amigo Javier González-Cotta cuando habla de Cinco ciudades: en plena Guerra Mundial (II o 2ª), el tipo se pone a hablar de arquitectura selyuquí en Erzurum, con la que estaba cayendo (la expresión es de Javier); y yo aún diría más, y de poesía mística en Konya, y de paseos en barquita por el Bósforo, y de fuentecitas en Bursa, etc., etc. Y encima, si en poesía estaba la cosa militante, en prosa no veas. Supongo que en gran parte sería por lo de la censura, pero también me da la impresión de que después del sustazo de si entraban en la guerra o no (que es uno de los temas de Paz), con lo bien que les había ido en la última, respiró tranquilo y le importó bastante menos que lo suyo (en el sentido de “¿Y qué hay de lo mío?”). ¿No es también Lluvia de verano en el cuarenta y pocos? Pues eso.

Pero la que le caía por la izquierda —por usar la misma expresión que Javier— por aquello de que no se preocupaba por la lucha del pueblo, que era un preciosista y un escapista y encima no hacía más que decir que a su parescer todo tiempo pasado fue mejor y demás, le caía parecida por la derecha: que si había sido diputado kemalista, que si era un inmoral porque le gustaban mucho las mozas de buen ver, el bebercio y las cartas —me refiero a los naipes de juego, que, según dicen, fueron causa de que no ahorrara como es debido—, que si en su obra las mujeres casadas —vid. Nuran— fumaban y hablaban de tú a los hombres y, para acabar de liarla, fornicaban, etc. Total, que el pobre hombre era como aquel chiste antiguo (tiene que ser de cuando las primeras elecciones) de Forges (s.t.t.l.) en que un hombre con los ojos a la virulé preguntaba si el lector podía adivinar a qué partido político pertenecía y la respuesta era que al centro porque tenía ambos ojos morados. ¡Pobretico! (o desus., u. c. vulg. ¡probetico!)

En resumen, que para mí (y más para él) que no le leía ni el Tato. Así que cuando se murió, menos. Además, el personal se había acostumbrado a la literatura tipo «mi mamá me ama, me mima» y en cuanto la frase se complicaba un poco, ya no la entendían. Para acabarlo de fastidiar, la izquierda era aficionada a usar el turco moderno neoturco y la derecha los palabros arábigo-persianos arcaicos, por lo que se llegaba a la conclusión de que lo vicevérsico era también válido. Así que como en general el personal lector o consumidor de literatura tiende al progresismo izquierdoso —a mi experiencia me remito, si la suya es distinta no me dé la tabarra, plis— y nuestro amigo Tanpinar habría redactado la frase anterior de la siguiente manera: «mi ínclita progenitora me aprecia ubérrima y, por ende, me trata con excesivo regalo, cariño y condescendencia», la conclusión era fácil: «Este tío es un facha». Encima la editorial que le publicaba y que tenía y tiene los derechos de los que hablamos en la entrada anterior no era precisamente de las que ondean banderas colorás al ritmo de los parias del mundo. Así que se leyó todavía menos porque unos lo despreciaban y otros no lo entendían y también lo despreciaban.

Pero se ve que tenía sus lectores subterráneos, por ejemplo el tal Pamuk, que es un poco otro de esos que si todos quieren el café con leche, él lo quiere solo y si todos piden azúcar, él pregunta si no hay sacarina… Y se convirtió una miaja en un autor de o-culto, que seguro que el personal se leía sus libros de noche y no a oscuras porque no verían la letra, pero casi. Y entonces, ¡oh!, ocurrió el milagro y le vino la buena fortuna. Resulta que por un lío de derechos más enrevesado que otro poco, Enis Batur, un conocido poeta y ensayista con un currículum progre impecable —hasta vive por temporadas en Francia— y del que s.s.s. tradujo un librito más raro que un perro verde, publicó en 1992 una antología suya (de Tanpinar) en la editorial Yapı Kredi Yayınları, que a pesar de ser del banco del crédito a la construcción también es bastante progre. ¿Es casualidad que fuera el mismo año que la exposición universal de Sevilla? Hmmm, da que pensar.

A partir de ese momento todo perro pichichi empezó a ir con su Tanpinar debajo del brazo. Para que se hagan una idea: de Paz hubo cuatro ediciones entre 1949 y 1986 (una de ellas de una colección oficial) y doce entre 1992 y 2009 —el año de la edición que yo tengo—, o sea, que se pasa de una por década a casi una por año; y del Instituto para los relojes hubo seis entre 1961 y 1999 en la editorial anterior y actual y ¡trece! entre agosto del 2000 y febrero del 2004 —de nuevo, fecha de la edición que tengo— en Yapi Kredi. Esto sí que da que pensar y no lo de antes.

¿Significaba eso que de repente la gente empezó a entender sus frases enrevesadas (aunque no tanto como las mías), sus palabras arcaicas (aunque prácticamente iguales a las que empleaba la prensa de su época) y sus chistecitos hipercultos sobre poesía y música de aquí (oriente, aunque próximo a medias) y allá (occidente, por ejemplo el finis terrae y non plus ultra)? Tengo mis dudas habida cuenta de que conozco a estudiantes que dicen haber tenido que comprarse un diccionario de otomano para entender su vocabulario —me parece una exageración— y a otros que dicen sentirse elevados en nubes líricas cuando leen sus poéticas páginas pero que he podido comprobar que no entienden ni papa en cuanto la cosa va un poco más allá de «Managua es la capital de Nicaragua», ay, no, que eso era del cuaderno de caligrafía, bueno, se hacen una idea, en cuanto la frase se complica. Y las hay que se complican, que no se hacen idea de lo que suda uno para traducirlas. Pero de repente todo era Tanpinar para arriba y Tanpinar para abajo, de lo cual me congratulo porque es grandísimo escritor y, como además no es un Galdós sino que tiene una obra razonablemente breve, da muy bien para tesis y papers, con lo que no hace sino ponerse más de moda (sin necesidad de leérselo de verdad) entre la intelectualidad académica.

Esa fue la buenísima suerte. ¿Y la regular? Pues la regular fue que después de bastantes años en los juzgados, Yapi Kredi perdió los derechos de explotación de sus obras en favor de la editorial anterior, que por eso vuelve a ser la actual. Y estos últimos da la impresión de que no han hecho mucho más que chupar carrete de la fama que le trajeron los otros y dedicarse a publicar hasta las listas de la compra del buen señor. Esto es más literal de lo que parece porque han publicado sus diarios, que su discípulo amado tenía en custodia bajo siete llaves para que no los leyera nadie.

De todas formas, que le quiten el baile que le dieron a partir de los noventa. Lo que se ha conseguido, y en gran parte gracias a Pamuk y a Paz/Huzur es que se reivindique a este gran autor y se le considere el autor de Estambul por antropofagia, digo, por antonomasia. Del Estambul que fue, de acuerdo, pero no por eso es menos bonito.

Print, Otsu Teahouse Fountain, in The Fifty-Three Stations of the Tokaido Road (Tokaido Gojusan Tsugi-no Uchi), ca. 1834 (CH 18608917)

¿Y tú crees que entenderán el chistecito de la fuente y el amanecer?

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Publicado en Ahmet Hamdi Tanpınar, Estambul, Lengua turca, Libros, Poesía | 2 comentarios

Detallitos molestos

Death of Marat by David

¡Merde alors! Me dijeron que tendría que firmar con sangre, pero ¡tanta…!

Hace más bien poco recibí noticias de la agente que representa a un autor que he traducido. Quería saber cómo andaba la cuestión de los derechos de la traducción de un libro que se publicó en su momento en España para publicarlo ahora, años más tarde, en otro sitio o lugar. Según ella, el contrato debía haber cumplido (o como se diga) y la traducción debía estar más o menos libre, o sea, con su destino en mis manos. Me permití contestarle que muy mucho lo dudaba y me puse a buscar la copia correspondiente del susodicho contrato para comprobarlo. Aprovechemos que la estaba buscando para hacer un inciso necesario para el lego.

Han de saber que esto de los derechos de autor, que tendría que ser la mar de sencillito, se ha convertido en un asunto más complicado de lo que parece. Sin ir más lejos, en una serie inglesa que estábamos viendo, la abogada va a los EE.UU. de A. del N. a un congreso sobre derechos de autor y la detiene la agencia de seguridad nacional (de ellos) y no me la torturan por poquito, pero sí que la deportan. Claro que ella iba a otras cosas y que la serie no trataba de derechos de autor, pero se hacen una idea. Bueno, a lo que íbamos. Lo que pasa es que hay unos derechos (de autor) morales inalienables, inefables e ini…, inigualables, que no se los puedes pasar a nadie ni te los pueden quitar, como el derecho a la integridad de la obra o a que se reconozca tu autoría. No vaya a ser que cualquier Dj te haga un sampling (¿se dice así?) del Guzmán de Alfarache y luego diga que lo ha escrito él. Para que no pasen estas cosas, don Juan Manuel (era tan famoso que no tenía apellido) hizo el correspondiente depósito legal de sus obras en el convento de los dominicos de Peñafiel y luego escribió:

Como don Juan ha visto y comprobado que en los libros hay muchos errores de copia, pues las letras son muy parecidas entre sí y los copistas, al confundirlas, cambian el sentido de muchos pasajes, por lo que luego los lectores le echan la culpa al autor de la obra, pide don Juan a quienes leyeren cualquier copia de un libro suyo que, si encuentran alguna palabra mal empleada, no le culpen a él, hasta que consulten el original que salió de sus manos y que estará corregido, en muchas ocasiones, de su puño y letra.

Es decir, si me tocan el libro, luego a mí no me vengan con cuentos. ¿Ven lo que pasa si se saltan a la torera los derechos inalcanzables? Todo esto se debe al desenfreno que reinaba en los reinos por culpa de inconscientes como su colega Juan Ruiz, que decía en el casi epílogo de su obra:

Qualquier omne que lo oya, si bien trovar sopiere,
puede más y añadir et emendar si quisiere,
ande de mano en mano a quienquier quel’ pidiere,
como pella a las dueñas tómelo quien podiere.

Es decir, dando permiso a que se lo toqueteara cualquier hijo de vecina como si de traductor francés se tratara —en realidad no me estoy metiendo con ellos porque asumo que «bien trovar supieren»—, a que se lo subieran a la nube internetera para su correspondiente pirateo («ande de mano en mano», como la farsa monea), e incluso llegaba al extremo de dejar que se jugara con su obra al foot-ball de entonces, o puede que balón-mano o cesto («como pella a las dueñas…», o como las mozas feacias mientras la pobre Nausícaa se lavaba sus trapitos toda hacendosa). Pero me temo que estoy divagando.

A lo que iba es que estos derechos inmarcesibles no se los puedes dar a nadie porque son como abstractos, invisibles y de Pero Grullo. Si tú has escrito eso, tú has escrito eso. Y si eso es eso, no puede ser aquello, etc. Pero hay otros derechos, como el de explotación o distribución. Vamos a dar un ejemplo. Supongamos que tengo un piso y quiero distribuirlo: aquí el dormitorio del gato, acullá el armario de los zapatos… No, no es buen ejemplo. Vamos a otro. Digamos que como soy Carpintero, he hecho una silla en número de muchas unidades y quiero venderla en san Andrés, Cañero y el Realejo, un poner. Como soy vago y no quiero moverme de casa, que además está en el quinto pino, contrato a unos quillos que me las distribuyan por las tiendas a cambio de un dinerillo. En eso consiste la explotación de la cosa, no en reventarla con artefactos, sino en el sentido de «marditos explotadores, go home». Pues bien, aunque no se lo crean, ese es el principio de este derecho (de autor) y sí que se puede ceder, como han visto en mi ejemplo ejemplar. Técnicamente no es que el editor le pague un dinerillo al autor o al traductor y yastá como pasaba en tiempos de Cervantes, sin ir más lejos, sino que tú le permites que se saque unos duros distribuyendo tu magna obra. Muy técnicamente, claro.

Como el límite espacial y temporal de esta cesión de la explotación consta en el contrato, algunos editores malandrines —muy pocos y, por supuesto, ninguno de los que tienen en mientes contratarme en el futuro (captatio benevolentiae)— han pensado diversas mañas para aprovecharla al máximo. Una de carácter prácticamente universal o incluso más allá es la de blindar en lo posible los derechos de explotación ad aeternum mediante cláusulas que impliquen la renovación automática o, en su defecto, un derecho preferencial en caso de que se quiera transferir a otra editorial. Así, si se te olvida que caduca el contrato o te importa más bien poco porque todavía le debes mil millones de maravedíes a la editorial en concepto de adelanto, artomáticamente se renueva otros ciento cincuenta años y ya está. ¿Que simplemente te importaba un pito (aquel del sereno) y de repente te llega otra oferta para tu traducción por diez duros y un cucurucho de pipas? Pues te encuentras con que la editorial primigenia (vid. Lovecraft) tiene derecho de preferencia, puesto que sale por la derecha, y te ofrecerá cincuenta y una pesetas y un cucurucho de cacahuetes, más saladitos y con canción de Machín.

La estimada agente de la que hablaba en el primer párrafo apenas daba crédito a lo que oían sus ojos sobre aquello de la renovación artomática porque, según ella, «en Europa no se hacen las cosas así». ¡Ah, Europa!  ¡Paraíso edénico y parnásico donde los canes son atados con sartas de embutido, posiblemente de aquel chorizo que de chicos llamábamos «de rosario» por metafórica similitud! ¡No serás tan paradisíaco continente cuando los perros se ven condenados a ser patiatados aunque sea con sabrosas longanizas! Ejem. Decíamos que la agente no se creía lo de la renovación automática e insistía en que el contrato del autor/escritor ya había vencido, por lo que el mío también debía de haber pasado a mejor vida. ¡Pobrecilla, todavía le faltaba saber la segunda y la tercera partes!

La segunda es que las duraciones de los contratos no son iguales para autores que tienen agentes que se dejan la piel y luchan con uñas y dientes por ellos, que para traductores que firman un contrato-plato de lentejas, no porque tengas que renunciar a tu primogenitura, sino porque eso es lo que hay y si quieres lo tomas y si no, lo dejas. Como todo hay que decirlo, es falso que normalmente se incluya que tendrás que ceder una libra de tu carne (que recuerdo que en Castilla era nada menos que dieciséis onzas) en caso de inclumplimiento de contrato. Si para un autor como el que hablamos son cinco años —aunque no sé si es la norma general—, para un traductor como muamem, son diez o quince. No hace falta ser un genio de las matemáticas para darse cuenta de que, como el ámbito geográfico de la traducción es para «todo el mundo», se lo juro, que solo falta poner «y planetas satélites», como el Comecon, el astuto editor tiene pillado el libro de facto por dos o tres veces la duración del contrato del autor. Pero no queda ahí la cosa, porque puede que no sean números tan redondos y que el contrato del autor sea, digamos, por siete años, y el del traductor por quince, por lo que, gracias a la cláusula de la renovación automática del segundo, aquello se va enredando hasta el día del Juicio Final. Como el autor ve que no puede usarse la traducción porque todavía está vigente el acuerdo, renueva. Como el traductor ve que no puede pasar la traducción a otra editorial porque la anterior todavía tiene los derechos de la obra original, renueva. Cuando san Pedro saque la lista, dirá: «Vamos a ver, los que estén libres de derechos, a mi derecha y que tiren la primera piedra; los que todavía están pendientes, que se esperen un momentico». Y adiós muy buenas.

En estos casos, lo único que puede hacerse es intentar una cesión a terceros, que es otra cosa la mar de bonita que viene en estos contratos. En teoría es cojonuda, porque dice que si la editorial cede los derechos a otra (la tercera parte en cuestión) los cofres de oros y joyas y los lingotes de plata van a escote entre ella y el traductor derechohabiente o como se llame. Tú te frotas las manos a modo de tío Gilito cuando te piden permiso para ceder los derechos de explotación hasta que te enteras de que es por un monto de «nueve duros y nueve pesetas por un total de 49Ptas. más un cucurucho de garbanzos tostados (blancos)», a repartir. Con un pequeño inri, que tu porcentaje de royalties pasa, también artomáticamente, a un cero coma cero por ciento (Ø%) porque no es con ellos con quienes has firmado un contrato. Como además la segunda editorial sea hermana o prima de la primera, la verdad es que se te queda la mosca un tanto detrás de la oreja, mismamente hacia el mastoideo. Pero, como diría la agente, esas cosas en Europa no ocurren.

Ahora otra espinita que tengo clavá. Como no viene al caso, no voy a entrar en detalle en lo de que en las liquidaciones anuales (ejemplo de preterición), si te las mandan, que a mí sí, para qué voy a mentir, sueles salir a deber siempre porque el adelanto que te han dado es habitualmente sobre el cero coma cinco por ciento, o sea el medio por ciento, sí, no el cinco, el cero coma cinco, del precio de venta al público del libro, que cuando ves lo que técnicamente todavía les debes te entra un sudor frío que no veas hasta que te acuerdas de que es de mentirijillas… Ni tampoco voy a hablar (otra preterición) de las ventas negativas, sino de algo que parece muy tontorrón, como son los ejemplares justificativos, que son aquellas copias del libro a las que tienes derecho según el mismo contrato del que estamos ahora sí hablando u otro similar.

Otro asunto que el personal tiende a creer que ocurre en los países civilizados es que dispones (o sea, te han dado) ejemplares casi infinitos de los libros que has traducido. Hace un tiempo —ahora hago un paréntesis— me llegó un curioso mensaje en el que un profesor de enseñanzas medias de un colegio con pocos recursos de no me acuerdo qué país de Centroamérica me pedía, tal cual, sin más por favor ni más gracias, que le enviara un ejemplar de cada uno de los libros que había traducido para que los pobres niños pobres pudieran solazarse en su lectura. Muy amablemente le expliqué que se fuera a la mierda no me iba a ser posible porque, por lo general, el número de ejemplares de los que las editoriales tienen a bien proveerme es de dos o, en ocasiones felices, alguno más. Teniendo en cuenta (matemática) que uno me lo quedo yo, otro me lo llevo a España, que la universidad pretende otro para su biblioteca, que le doy alguno a un amigo y otro a alguien a quien quiero hacerle la pelotilla, al final me encuentro que, como en las liquidaciones anuales, tendría entre manos un número negativo de libros. Menos mal que no le doy a nadie más que a mi hermana, ni a mi madre le doy (pero se lo pueden prestar entre ellas). Tampoco esto es así de radical, la verdad, y si lo pides educadamente a la editorial (¿y por qué lo ibas a pedir maleducadamente?) siempre te dan alguno más. Pero también existen las que los racanean y te da la mar de coraje porque te consta que a los autores les dan más. Y, lo peor de todo, que si te has ofrecido a escribir un prólogo o algo así no te dan ni un duro y te pagan en más ejemplares, de lo que deduces que les sobran, y eso antes de que te manden las liquidaciones esas de las ventas nagativas. Curiosamente, cuantos más te dan, menos acabas quedándote, pero eso pasa por ser manirroto. Este de los ejemplares justificativos es otro detallito que, francamente y sin relación con Francisco, también me molesta. ¿Por qué, cuando todos sabemos que comen en vajillas de oro y arrojan perrillas y peladillas a los pobres desde sus carrozas, son tan rácanos con los justificativos (a veces, insisto)?

Lo del alcance del contrato y la escasez de ejemplares justificativos coinciden en una palabra (dos, si contamos el artículo): las REIMPRESIONES. El contrato normalmente viene limitado por un número de ediciones, digamos de una a quinientos millones elevado a n, cada una de diez a tropecientos chiquillones de ejemplares. No es que se vayan a alcanzar esas ventas, pero siempre cabe la posibilidad de que establezcamos contacto con una raza alienígena bondadosa que haya colonizado miles de mundos y, mire usted por dónde, se ponga en contacto con la editorial porque son sumamente fans de ese autor que tú habías traducido y que hasta la presente había vendido catorce libros (cinco devueltos). Más vale prevenir. Mientras tanto, tú has visto que ha salido la edición en rústica y llamas a la editorial para que te manden tus dos ejemplares que te corresponden por edición. Gran chasco, te responden que en realidad no es una edición sino una reimpresión, cosa que habrías visto de haberte preocupado en mirar la página legal, etc. Sí, sí, es la reimpresión quincuagésimo octava de la primera edición, pero es por no andar cambiando cosas inutilmente. Por supuesto que te mandarán unos ejemplares, si insistes, en cuanto llegue el botones Sacarino de su mili en Bosnia, lo primero que hará será ir a Correos, etc., etc. Los libros te llegan, pero te vuelve a quedar la mosca en el mastoideo.

¿Que hay cosas peores? Sin duda, pero se me han venido estas dos a la cabeza con la conversación transcrita supra con la agente de la agencia, así que, como mi mayor aspiración es iluminarles en la medida de lo posible, las comparto con ustedes. Seguro que hay algún colega al que le pasa lo mismo. Lo de que un tercer detalle que me molesta sea la tontería de algunos que se creen que en Europa no pasa …………. (añádase lo que se desee), mejor lo dejamos para otro momento.

An old woman reading. Line engraving by J.G. Wille after G. Wellcome V0015827

¡Uf, qué letra más chiquitilla! A ver qué dice…

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Cinco ciudades/Beş Şehir

Bueno, bueno, bueno, esto son palabras mayores. Aunque yo soy más partidario del Tanpinar de El instituto, Cinco ciudades es jevi, y tendría que serlo más para los fanses de Paz, ya iremos viendo por qué (espero). Con este libro también seguimos a los franceses, aunque no del todo, lo que tiene su parte buena y su parte mala. Me explico, en primer lugar está bastante claro que se publicó en España por la sencilla razón de que previamente se había traducido al francés. Esto da bastante coraje porque siempre hacemos lo mismo más o menos desde que empezó el Camino de Santiago con el breve paréntesis del Renacimiento, que copiamos a los italianos, y ahora, que copiamos a los e,e, punto, u, u, punto. Esa es la parte mala. Pero también es bueno que sigamos a los franceses en esto de traducir a Tanpinar porque si tuviéramos que esperar a las traducciones al inglés iba el pobre hombre bastante aviado porque no parece que les agrade demasiado (además de otras cosillas que, como Lázaro de Tormes, no digo); sin ir más lejos, este libro no habría visto la lus.

Que en algunas cosas no se haya seguido a los franceses tiene su parte buena y su parte mala así mismo o asimismo. Empecemos por lo malo. En un libro como este, que es de ensayos sobre ciudades en las que ha vivido el buen señor (autor) y en unas épocas en las que, no nos engañemos, la vida cultural turca era bastante cutre, como no lo llenes de notas, te enteras de la misa la media. Imagínense que yo escribo: «El Portón Cuatro, uno de los centros de la cultura alternativa de la época de Córdoba, que frecuentaban X e Y»; pues como no sean de mi pueblo y de mis tiempos (aquellos) no tendrán ni idea de qué sitio es ni de quiénes eran X e Y (nombres supuestos para proteger a las víctimas) y muy posiblemente tampoco la tengan de qué época estoy hablando ni de con quién alternaba la cultura. Algo así pasa con el libro del amigo, que a veces se pone en plan guía telefónica y tú ni flores. Para eso están las notas, me dirán ustedes. Para eso están las notas de la edición francesa, me permitiré precisarles, e incluso de la última turca —menos mal, ya era hora de que hicieran una edición anotada, tiene fotos y todo—, pero no de la española. ¿Y eso?, me preguntarán ahora. Y yo les contestaré: Chi lo sa?, en plan políglota. Eso es lo malo, que habría estado mejor con sus notas y su prólogo, como los franceses.

Pero también tiene algo de bueno que no les siguiéramos en todo, como dóciles ovejillas, como el pobre Norit, en suma. Porque los franceses, según su idiosincrasia traductoril, decidieron que el original era notoriamente mejorable en un aspecto, el del orden de las ciudades o dispositio. Por lo menos nuestros estimados traductores —René Giraud y Veda Nedim Örs, con Paul Dumont de cotraductor y prologuista— no decidieron que el pobre autor escribía muy malamente y feo y que aquello había que apañarlo. No, se limitaron al orden de las ciudades-capítulos. Y lo justifican, más o menos. En turco, las cinco ciudades en el libro son (1) Ankara, (2) Erzurum, (3) Konya, (4) Bursa y (5) Estambul, pero en francés son (5) Estambul, (4) Bursa, (3) Konya, (2) Erzurum y (1) Ankara. Uséase, justo al revés. El amigo Dumont no acaba de verle la lógica al orden original, ya digo que lo explica y… O mejor, se lo copio (la pereza como madre de la ciencia) y ustedes mismos opinan:

Mais à vrai dire, aucune des combinaisons possibles n’est totalement satisfaisante. Si l’on prenait pour fil conducteur le déroulement de l’histoire turque, il serait sans doute préférable de placer Konya en tête et de faire suivre l’évocation de cette ville par les textes consacres a Bursa, Istanbul Erzurum et Ankara. La géographie dicte un ordre diffèrent: Istanbul, Bursa, Ankara, Konya, Erzurum (ou l’inverse !). Dans la mesure où les Cinq Villes comportent de nombreux éléments autobiographiques, nous pourrions aussi les lire en suivant l’auteur, étape par étape, dans ses errances a travers le territoire national (Istanbul, Bursa, Erzurum, Konya, Ankara).

No me dirán que no se lo curra. En vista de lo cual, ellos lo hacen a su manera, como el mismísimo Frank. Primero Estambul, que es lo más chuli y el capítulo más largo; después Bursa, que los franceses le tienen bastante afecto a la ciudad (hay/había allí una importantísima fábrica de Peugeot o de Renault o no sé qué, de coches franceses, vaya), hasta la llaman de otra manera: Brousse; luego Konya por lo de que es la capital de los derviches giróvagos o giróscopos, que decía mi primo; Erzurum y Ankara podrían ser perfectamente intercambiables, pero como Ankara es el capítulo más chico y es la capital, pues nada, al final. Este orden alafranga, que es como lo llamarían en turco, tiene la inmensa ventaja de que puedes abrir el libro por el principio, leerte lo de Estambul, cerrarlo, dejarlo en un estante y no volverlo a coger nunca más y todavía presumir de que te lo has leído entero. ¿Que un pariente tuyo viene de vacaciones y se agarra el ferry para darse una vuelta por Bursa? Pues nada, te lees ese otro capítulo. A los otros sitios no va nadie, y si alguien pasa por Ankara camino a Capadocia, le dices: «Uy, madre, lo que ha cambiao eso desde los tiempos del Tanpinar, que no es que cuente mucho, oyes». Y si eres un poco cabroncete le preguntas si ha visto los sitios que menciona en el libro, sobre todo la mezquita de Alâeddin, que nunca la ha visitado nadie, menos un señor que vive por allí, o eso cuentan, y le dices: «Anda, ¿que no la has visto? Pues como si no hubieras ido, no has visto ná».

No es que yo quiera dármelas de más listo que el señor Dumont, lo digo totalmente en serio, pero me parece que se le ha escapado un detalle del orden. Y es que Tanpinar lo que pretende hacer al encuadernar en forma de libro estos ensayos que había ido publicando en la prensa, es ver la evolución de una estética turca particular y propia. Y empieza por Ankara porque es la capital y andaban los tiempos nacionalistas y donde hay patrón no manda marinero, pero también porque le da pie a hablar de los romanos y demás alegres compadres y de la mezcla de lo romano-bizantino con lo turco (como el aceite y el agua, según él). Pasa a Erzurum porque fue de las primeras capitales turcas en Anatolia, sigue por Konya porque fue la capital silyuquí/selyuquí (selyúcida siempre me ha sonado a seléucida, que era otra familia), pasa por Bursa porque fue la primera capital otomana y acaba en Estambul porque, según él, es donde por fin se crea una estética verdaderamente turca-otomana. Y, no, la cronología no le sale tan malamente.

La traducción de este libro fue un poco dolor de muelas, a pesar de la inestimable ayuda de D. Paul et compagnons. Primero por las cosas de siempre de Tanpinar, que si te mete palabras viejas en sentido etimológico que se parece a esos que dicen que «manda huevos» es en realidad «manda uebos» y que en el siglo XI los uebos, bla, bla, bla. O, peor todavía y esto es una teoría mía que no pienso demostrar porque menudo trabajazo, que cuando usa un término árabe no solo lo usa en el sentido original y no en el que tiene ahora la palabra en turco, sino como si ese significado se usara en francés. A ver si me explico… ¿No se han leído la Carta marrueca número 36? Pues, hala, corran, que tiene su gracia. Lo que pasa es que Nuño (un señor) se encuentra una notita de su hermana a una coleguilla y anda todo mosca —el pobre no entiende ni papa— porque dice cosas como:

Hoy no ha sido día en mi apartamiento hasta medio día y medio. Tomé dos tazas de té. Púseme un desabillé y bonete de noche. Hice un tour en mi jardín, y leí cerca de ocho versos del segundo acto de la Zaira. Vino Mr. Lavanda; empecé mi toaleta. No estuvo el abate. Mandé pagar mi modista. Pasé a la sala de compañía. Me sequé toda sola. Entró un poco de mundo; jugué una partida de mediator; tiré las cartas; jugué al piquete. El maître d’hôtel avisó. Mi nuevo jefe de cocina es divino; él viene de arribar de París. […]

Pues a veces con Tanpinar uno se siente como Nuño con la nota de su hermana. Pero con todo el francés de la nota, en árabe o persa. (Me doy cuenta de que el ejemplo no es muy afortunado, pero es que me parto con lo de «hoy no ha sido día», «un poco de mundo» y «viene de arribar».)

Otra de las dificultades trujamaniles es que como son ensayos de ciudades, pues hay un montón de descripciones, que son muy fastidiosas si no ves de qué está hablando e incluso entonces (gracias, santa Internés y san Gogle). Esto el lego no suele entenderlo y te dice: «Pues si en el original pone que hay siete lámparas a la derecha, tú escribes “siete lámparas a la derecha” y adiós muy buenas». El poblema es que no sabes si son lámparas, bombillas, farolas, candilejas o quinqués porque, sencillamente, no es lo mismo pero en turco se dice igual. Pues imagínense con frases del tipo «soberbia pedrería se incrusta en las torcidas pilastras que sustentan la jhgydbs». ¿Eh? ¿Y qué es eso? ¿Las pilastras serán columnas o balaustres? ¿Qué carajo repámpanos quiere decir con «incrustar»? ¿Y qué será «jhgydbs» que no me sale en los diccionarios ni lo saben los más viejos del lugar? ¿Cómo se les queda el cuerpo? Pues eso, que nuestro trabajo nos cuesta que luego quede bien bonito en la traducción. La verdad es que podríamos inventárnoslo, pero… Con esto me he acordado de unos jóvenes compatriotas que se subieron en el mismo autobús que nosotros en Malta (hemos estado unos diíllas/diíyas). Como todos los muros, bueno, todo, casi la gente incluso, son de piedra caliza indígena, el mushasho afirmó ex cathedra: «Las casas son todas de piedra amarilla; es decir, de color ladrillo». Y no «es decir» en el sentido de «borra eso, borra eso», sino de explicación. Pero, alma de Dios, o es amarilla o es color ladrillo; es decir (q.e.d.), el color ladrillo no es el amarillo. Pues imagínense que eso les sale en el original, ¿quién queda mal, ustedes o el autor? Ya les advierto que el autor pasó a mejor vida y le da igual.

El último y peor escollo de la traducción eran/fueron los versos que trae a colación el amigo acá y allá. Que no digo yo que no sean bonitos, pero antiguos una jartá. Para hacerles una comparación en español nos sirve como ejemplo eso de «Arma virumque cano, Troiae qui primus ab oris // Italiam, fato profugus, Laviniaque venit // litora […]» (Troya se lee con «te» como «timeo danaos et dona ferentes»; vid. Astérix legionario). ¿Qué? ¿Que el ejemplo no es español? ¿Pero a que suena bien? Pues así se siente uno cuando tiene que traducir un verso otomano. Tienes que ir palabrica por palabrica a algún diccionario antiguo (preferiblemente el Redhouse edición neanderthal), mirar el significado que podían tener allá por el siglo catapún, compararlo con el etimológico del año de los tiros mengues y formar una especie de nube coctelera a ver si todo aquello tiene algún sentido (que no). El problema más gordo es que tiene que tenerlo (sentido), así que le das vueltas y revueltas hasta que encuentras una manera de que aquello no quede demasiado mal aunque sea en el plano alegórico-simbólico. Como todo hay que decirlo, hay quien no se calienta tanto el tarro y te traduce el ejemplo en plan «Las armas de los virus son el canuto, los troyanos y los primos que [se comen] las oreo» y luego te explican que en épocas antiguas las enfermedades víricas se transmitían sobre todo por el uso de drogas, los piratas informáticos (de entonces) y los parientes gorrones que te dejaban sin merienda. Este tipo de explicaciones exegéticas son especialmente frecuentes en análisis hechos por locales, sobre todo estudiantes de turcología. Sin embargo, es muy fácil darse cuenta de que aquello no tiene ni pies ni cabeza si vemos que el contexto no habla de virus sino de escalas musicales dodecafónicas. Pero, bueno, difícil lo es (para mí) y hay que sudarse la traducción (que también podríamos inventarnos y no se enteraría nadie).

De todas formas, una vez que tuve el libro entre mis manos y lo abrí —algo que me resisto a hacer porque tengo una enfermedad que consiste que cuando abro un libro pillo algún gazapo—, me di cuenta de que no me habían quedado tan mal algunos versicos (los que vi, digo). Me congratulo una jartá.

No se me vayan a creer que el libro es una plasta, oigan. Más tonto sería si lo dijera, pero de verdad que no, palabrita del niño Jesús. Lo que sí le pasa es que no es un libro de viajes, como alguien ha dicho, sino una visión muy personal de esas ciudades. Y así lo que hace es informarnos un poco de su historia —fundamentalmente cotilleos—, de su encuentro con la ciudad y sus impresiones sobre ella —me gustan sobre todo los capítulos de Erzurum y Bursa en eso— y de su importancia para esa evolución del gusto artístico turco de la que hablábamos antes. Y, claro, desbarra un poco, pero eso mismo, que si lo hiciera yo me saldría un churro, a él le queda preciosísimo. A mí me gustó un montón y además me sirvió de mucho en otros asuntillos de los que ya hablaremos otro día, lo que le agradecería muy sinceramente si aún viviera (él; sobre todo porque estaría en el piso de abajo en la facultad, bien cerquita). Eso sí, quien espere un libro de viajes o una novela tipo El corredor del laberinto o Sandokán, va aviado.

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El silbato del vigilante nocturno

Sereno

¿Que toque el pito? Pero, oiga, ¿usted por quién me toma?

Aunque la profesión de traductor tiene sus ventajas —la de ser menos arriesgada que la de, por ejemplo, bombero, que además requiere una forma física que obligaría a hacer deporte, actividad harto desagradable; o ser menos estresante que la de controlador aéreo y, sobre todo, profesor de enseñanzas medias, empleos que requieren un autocontrol de proporciones hercúleas, y me permito recordar que Hércules mató a sus hijos solo después de que le poseyera la locura inducida por Hera, que supongo que las clases de ESO no serían como son si a los profesores Hera les indujera un aire que me los dejara como cabras—, también tiene sus inconvenientes. Uno de los principales es la propensión a las hemorroides, pero no es de esa exquisite little inconvenience, que diría Frank Zappa (s.t.t.l.), de lo que vamos a hablar hoy, sino de cierto tipo de acosos o asaltos inesperados por los, llamémoslos así ya que la traducción tiene mucho de sacerdocio, legos (non vid. el juego de construcción).

Dos o tres veces al año me suele ocurrir algo muy curioso y que no sé si les pasará a los compañeros que traducen de lenguas más «normales» o que residen en España, o allá doquiera que se hable su lengua materna. Suele empezar por una llamada telefónica o, en gran parte de los casos, por un correo emiliano que a su vez suele ser de alguna exestudiante o estudiante en ejercicio con unos mínimos de sensibilidad artística. Obsérvese el uso tan preciso del femenino; se debe a que los estudiantes varones no poseen o demuestran por lo general tanta delicadeza estética —posiblemente a imitación de sus maestros, yo mismo—, o no escriben, o su mensaje podría ser bastante más críptico e incomprensible. Como decía, todo empieza por un correo cuyo texto podría ser más o menos así:

Muy estimado mi profesor usted:
Ayer hemos veído con mi amigo un teatro que ha afectado muy muchísimo en mi espíritu de mí misma. En cuando salimos, hablemos con el muy bueno escritor y decimos que tú estaba el transletor de importante escritores de literatura turca. Él muy contento si usted traduces su teatro por que todos los niños de España son amarán este teatro. Yo doy tu e-mail. Yo quiero muchísimo que amigos españoles ven también este teatro que es tan bien y muy maravilloso.
En espera de sus noticias, se despide atentamente con afeto y muchos abrazos,
Tal de Cual XOXOXO

Este tipo de mensajes me llenan de desazón a pesar de que lo que debería llenarme es el orgullo de tener estudiantes que sean capaces de escribir tan bien con las pocas posibilidades de práctica que tienen (¿Es que no me creen? Ya me gustaría a mí escribir en turco como ellos; bueno, como algunos, no todos) y de tener el morro de (a) irse a hablar con el autor porque la obra les ha gustado mucho; (b) prometer a un ser humano que otro ser humano trabajará para él sin habérselo consultado al segundo interfecto; (c) escribir al profe para informarle de que le han prometido al autor en cuestión que va a traducir su obra. Se pueden imaginar ustedes el brete —palabra tontorrona donde las haya, como «oso»— en que se ve metido uno. Porque a no tardar mucho el susodicho autor teatral se pondrá en contacto contigo más contento que unas pascuas y tú te verás obligado a decirle (a) que no has visto su obra ni piensas verla porque el teatro no es lo tuyo; (b) que traducir una obra cualquiera sin saber si se va a representar o publicar es trabajar bastante en el aire; (c) que, como has insinuado, traducir es trabajar y que, al contrario que muchos autores cuya máxima aspiración es ver su obra publicada y/o representada o al revés (o/y), el traductor medio no se conforma con la íntima satisfacción del deber cumplido sino que espera una retribución monetaria o crematística; (d) que además traducir teatro es algo bastante distinto a traducir novelas y que quizá sería mejor buscarse un traductor con más experiencia en el asunto; (varias letras más); y que (z) encima no tienes tiempo. Con esta última afirmación, la digas o no, estás cavando tu propia tumba porque te aseguras que, pasado un plazo razonable y cuando ya no te acuerdas para nada del asunto, el señor en cuestión reaparezca intentando convencerte de la inmensa ganancia que sería para la literatura universal que tradujeras su trabajo.

Ese es más o menos el esquema básico de la cadena de acontecimientos, pero pueden darse variantes. Por ejemplo, en lugar de una (ex) estudiante decidida puede ser directamente un escritor que ha encontrado tu teléfono Dios sabe dónde y ha optado por llamarte, de noche, a la hora de la cena, entre semana, para asegurarse de que estás. Ahora me dirán ustedes, como me repito yo a menudo, que por qué no invisibilizo mi teléfono en el espacio virtual si no quiero que me molesten y les responderé, como me contesto yo a menudo, que entonces cómo podría encontrarme esa editorial que va a proponerme que traduzca ese libro que cambiará mi vida como se la cambió a la (ex) estudiante la obra susodichamente mencionada (basado en hechos reales). Este tipo de contacto directo autor-traductor es normalmente menos violento porque le puedes contar que has fallecido hace unos meses y no tiene manera de comprobarlo, o bien, y es lo que yo hago, que no trabajas así, sino por encargo de una editorial, lo cual significa (3) que hay que encontrar una editorial allí (dondequiera que sea) dispuesta a publicar tan despampanante libro, pero como ese no parece ser el caso sería conveniente (2) encontrar un agente o similar que se ocupe de semejantes menesteres en ferias de salchichas u otros lugares parecidos donde se pueda encontrar bebercio gratis, siempre y cuando (1) el libro en cuestión, por fascinante que sea, esté escrito y editado convenientemente por alguna casa o imprenta local. Todo esto abate al autor como Messerschmitt perseguido por Spitfire y, con suerte, se quedará balbuciendo un no sé qué, que probablemente sea que le des tu dirección postal para enviarte los libros —misteriosamente en plural— para que al leerlo caigas de hinojos sin tener en cuenta que la luz cegadora que de ellos emana probablemente te ciegue y no puedas traducirlos. Esto último no recomiendo emplearlo como argumento para escaquearse porque, con razón, suena bastante a choteo y la vida da muchas vueltas y arrieritos semos.

La obra de teatro o lo que sea puede ser también una novela, casi siempre bastante tocho y de aires paulocoelhianos tan bonita que es que no se puede aguantar y entonces te escribe una conocida de una conocida (que ha conseguido tu correo electrónico a través de la primera conocida, que quizá te escriba a posteriori para informarte de que se lo ha dado y de que espera que no sea una molestia) para preguntarte cómo es eso de traducir un libro. Y tú, todo educación y buenas maneras, respondes que no solo es traducir —que, al fin y al cabo, decía una compañera mía y suya de ustedes si son traductores, se soluciona cogiendo un diccionario y adiós muy buenas, y para eterno rencor mío se lo decía a mis estudiantes de doctorado— sino que además hay que publicar el libro y que eso es más peliagudo y que hay que tener cuidado con quién tiene los derechos y bla, bla, bla y que para eso es mejor ponerse en contacto con los titulares o su agente para, en resumen, vid. supra lo de los numeritos del autor del teléfono.

Una vez comprendido eso, se pasa al cuánto viene a pedirse por una traducción y cuánto se tarda y si es lo mismo un folio a un espacio que a dos y si febrero cuenta como mes entero aunque solo tiene veinticocho días. Y tú, que entiendes tu trabajo como una vocación que conlleva lo de enseñar al que no sabe, sobre todo al neófito que, deslumbrado por la alta literatura, decide embarcarse en la aventura del traslado entre lenguas y culturas, le explicas que normalmente y por desgracia se cobra por palabras o caracteres y que el tiempo es la cuarta dimensión y demás. Y por fin llega la pregunta de cuál es la editorial a la que hay que enviar la traducción para que sea un éxito inenarrable en España y tú le dices que de eso debería encargarse su propia editorial local o, de nuevo, el agente, tras lo que llega la confesión final de que no existen tales editorial local ni agente, sino que se trata de un maravilloso manuscrito noimpreso aún, pero que la publicación es evidente habida cuenta de su calidad y el pago de la traducción, en sacas de plata, vendrá tan pronto como se venda por millones de ejemplares. Y tú, imbuido de amor al prójimo colega, le adviertes con firmeza que no se le ocurra ponerse a traducir un libro en semejantes condiciones porque es sumamente peligroso.

Y es entonces cuando, entre amistosas risas, el otro se da cuenta de tu confusión y te aclara que se supone que eres tú quien va a traducir la excelsa obra porque la conocida común le había dicho que tú traducías libros. ¡Para atrás el duelo que el muerto cabecea! ¡A los refugios! No, no, no tienes tiempo, tú no trabajas así, el vecino (de la conocida) lo haría mucho mejor… Cualquier excusa es buena para quitarse el muerto de encima. Y para rematar, te piden que por favor pongas todo eso por escrito para comunicárselo al autor, que el pobre se va a llevar un disgusto.

Claramente todo este personal no tiene muy claro cómo funciona la industria editorial y piensa que el traductor es quien decide qué se traduce y qué no y que además hace su trabajo —cobrando, eso (casi) nadie se lo niega, excepto los propios colegas del «lo haría sin cobrar»— basándose en su gusto, supuestamente bueno. Vista mi experiencia (ni uno de los libros que he traducido ha sido a propuesta mía… A ver… No, ni uno) creo que nos dan una importancia que no tenemos. Supongo que me imaginan llamando al Sr. Penguin, o a la Sra. Planeta, y diciéndoles: «Oyes, que aquí un colega ha escrito un libro chachi, así que detén las rotativas y échale un vistazo a las cien primeras páginas, que he traducido en un ratillo en el metro con el teléfono. Eso sí, pídete la tarde libre que te vas a quedar como en trance». Ahora que lo pienso, así, así exactamente, pues no, pero sí que he dado la tabarra a más de uno para que publicaran alguna obra que me interesaba con resultados por completo nulos. Anda que si por mí fuera…

Cuando con la mayor amabilidad que te es posible en esas circunstancias —porque hay gente muy, muy pesada— les explicas todo eso y logras quitarte de encima al entusiasta autor o amante de la literatura, es cuando por fin le rezas a san Venuti para que, si no es molestia, te haga invisible y que así no te tomen por el silbato que llevaban aquellos vigilantes nocturnos de chuzo y manojo de llaves.

Pues eso, lo dicho, a ver si puedo terminar mi ronda sin que me toquen las narices ni el silbato.

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Lluvia de verano/Yaz Yağmuru

Lluvia de verano es la tercera obra que he traducido de Tanpınar —no sé por qué, pero muy poca gente se acuerda del Instituto para la sincronización de los relojes— y, entre otras cosas, una muestra más de cómo en esto de la traducción de literatura turca vamos bastante a carrete de lo que se hace en Francia. No solo en los títulos que se traducen, que se nota mucho con Tanpınar, sino también en cómo se aprecian las obras. Vaya, con tanta vuelta y revuelta me he acordado de un chiste académico: ¿Para qué decir con dos palabras lo que se puede decir con doce? Lo que quiero decir es, en suma, que en España se ha publicado como nouvelle lo que en Turquía se publica como «cuento» o, si nos ponemos muy pijos, «relato». Es cierto que las fronteras entre una novela corta y un cuento largo son una miaja borrosas, pero (a) ¿por qué esta/-e y no otro, por ejemplo, «Los sueños de Abdullah Efendi»?; (b) ¿por qué tanta insistencia en llamarla nouvelle y no «novelita», «novelica» (en Almería) o «novelilla» (en mi tierra, pronúnciese «noveliya»)? Entiendo que no la llamaran «novelucha», pero lo del francés es mucho cante, en mi opinión.

Y mira que la traducción al francés es bien maja, que se nota que la hizo un turco. Esto que suena tan mal, que la traducción estuviera bien precisamente porque no la hizo un nativo, no lo digo por fastidiar ni para que los más nacionalistas de mis compañeros turcos se pongan muy anchos, sino porque en una gran parte de las traducciones francesas de literatura turca con las que me he topado —y que no son muchas porque el francés tampoco es lo mío, para qué me las voy a dar de listo ahora— es bastante evidente que a mis colegas traducteures el texto original les parecía un poco sosón y bastante poco exótico, así que lo arreglaban acá y allá para que quedara más como debía ser, más en plan belle infidèle, ya me entienden. De todas formas, los campeones de esto del embellecimiento a ultranza son algunos reseñistas de dondequiera que sean, que en cuanto ven que la obra es turca se lanzan como halcones peregrinos sobre conejo al topicazo de oriente y occidente aunque el libro en cuestión sea una adaptación del ratón Mickey (que en turco sería Mihailcik, digo yo, o Miho) y a sacar peras del olmo y, si no las hay, a sacárselas de la manga. Bueno, no quiero irme otra vez por los cerros de Úbeda, pero supongo que es porque se publicó previamente en Francia —y a saber por qué— por lo que aquí se lanzó como nouvelle.

Al contrario que con Paz, podrán ver que ahora el nombre de s.s.s. aparece en la cubierta, con los dos apellidos y sin la hache que en cierta ocasión le colocaron al Ortega, que ya hay que ser liante, por muy aristocrática que la encontrara mi cuñado Antonio. Me gustaría creer que esto del ¡nombre a cubierta! (¡por allí resopla!) fue por una especie de revolución mental que favorece la visibilidad de los galeotes traductores, pero sospecho malignamente que se debe a la necesidad de incluir el nombre del ilustrador, no me fuera a mosquear. Para serles sincero (alguien comentaba que cuando un español dice «Te voy a ser sincero» hay que echarse a temblar), las ilustraciones no me acaban de convencer. No tengo duda (¿cómo voy a tenerla si no tengo motivos de juicio?) de la calidad y el valor de los dibujos del Sr. Zahreddine, pero me resultan muy oscuros (que lo son) y muy poco ilustrativos. A ver, es como si me piden que haga unas ilustraciones para, qué sé yo, la Biblia y pongo una puesta de sol y luego un pan y una cebolla (una patata, no, que todavía no habían descubierto América), pues no es que ilustre mucho el texto. Esa misma impresión me dan las del libro por mucho que un crítico —me huelo que mexicano— diga que son «generosas»: que tienen que ver con este texto lo mismo que con cualquier otro. Por cierto, que el crítico también dice que mi traducción es «noble», lo que le agradezco porque está claro que es algo bueno, pero no acabo de entenderlo. Espero que no sea por aquello del «noble bruto».

Si es así lo lamento porque para hablar de este cuento/relato/nouvelle/novelica me gustaría ser menos bruto de lo que soy y poder ascender a alturas líricas que la pongan por las nubes, pero no acaba de salirme. Me gusta, como casi todo lo que escribe, la reseña que le hizo Ilya U. Topper en M’Sur («Escuchando el tocadiscos bajo la lluvia», aunque yo habría escrito «oír») porque insiste en la lectura de la obra/obraza/obrica/œuvrelle como un acto de placer, ya que nos ponemos franceses. La reseña de la editorial dice que es «sutil y preciosista», adjetivos que tuvieron tanto éxito que se repiten con frecuencia en las de la prensa, entre las que se pueden encontrar párrafos tan curiosos como el siguiente:

El lenguaje es mesurado, armonioso y equilibrado, pero sin llegar a ser barroco en ningún momento ni a hacer exibiciones de virtuosismo gramatical, con una contención muy medida.

Que ya me gustaría ser capaz de escribir algo así en un artículo científico manteniendo la cara de póquer porque no entiendo cómo siendo mesurado, armonioso y equilibrado es posible siquiera despertar sospechas de que puedas ser barroco. Pero, en fin, como la verdad debe ir ante todo (liberavit vos), tengo que confesar que, como decía uno, para mí el éxito en la redacción consiste en escribir cuatro párrafos y borrar solo tres al cabo del día, así que me consta que escribo muchas frases semejantes hasta que me las releo en otro momento. Bueno, dejemos estos comentarios de lado o acabaremos con lo del violinista y el puente entre culturas.

Un asunto que se subraya bastante en todas las reseñas críticas de Lluvia de verano es el asunto de la melancolía. Por cierto, hay alguna que dice que el prota, Sabri Bey, llega «a las puertas de la infidelidad», que digo yo que será de ahí de donde viene el dicho «de puertas pa dentro» o es que soy muy malpensado y veo polvorones donde no hay mantecados. Volvamos a lo de la melancolía. Como me repito más que el pepino, he contado varias veces lo del hüzün del Pamuk. Yo, como traductor que soy, lo traduje, pero el publisher insistió en dejarlo en turco porque ya vería yo qué risa (no lo dijo exactamente así) y la verdad es que dio en el clavo porque ahora no se le cae de la boca lo de hüzün a todo el que se haya leído Estambul. Y resulta que, de la misma forma que todos los andaluces somos un poco flamencos, todo turco que se precie tiene que ser una miaja hüzünlü o, en su defecto, melancólico. Esto está bien porque enseguida podemos mezclarlo con lo del Imperio/República y Oriente/Occidente y ya tenemos medio comentario hecho. Como les digo, soy un poco burro, así que no le doy tanta importancia filosófica a la melancolía si un personaje antes vivía como un pachá (traducido quiere decir «como un cura») y ahora no tanto. Es como, no sé, como si hubiera desayunado churros y luego se me repitieran y me acordara con agrado de ellos, que no acabo de verlo una muestra de melancolía sino de necesidad de sales de frutas. O como salir a la carretera y decir: «Antes to esto era campo». El problema, supongo yo, es que en la novela sale el Bósforo y ya tenemos la jugada completa.

Lluvia de verano es una novela (o relato) preciosa, pero no la veo yo muy melancólica y mucho menos oriental, por mucho Bósforo que haya —que además lo pintan bastante sucio—. Tengan en cuenta que está escrita en 1955 aunque la acción se sitúe en 1944, y que ya hacía unos añitos de la República y del ciao imperio. Como es verano y según la novela hace una jartá de calor, qué quieren que diga, yo a la moza, más que con aspecto de odalisca de Ingres ahí toda tirada en pelota o de las de Matisse que a Tanpınar debían de gustarle porque las menciona en Paz, me la imaginaba como a una de esas ilustraciones de moda de los cuarenta o cincuenta —precisamente— como las que dibujaba un tal Sáenz de Tejada según me acabo de enterar mientras buscaba un retrato como el siguiente, que muy bien podría ser ella, que parece bastante pijilla en la novela:

¡Hola! Me llamo Fatma y este es mi caique del Bósforo porque vivo en los años cuarenta más o menos.

Y es que lo cortés no quita lo valiente y no tienes que andar por ahí de faralaes para pensar que todo tiempo pasado fue mejor si, además, fue mejor, ni con esa cara triste como la de la cubierta (del libro). Porque es que además nuestra amiga Fatma —esto quizá haya sido un poco de destripe— no es nada triste, sino más bien lo contrario. De hecho, eso es lo que más me gusta (casi) de Lluvia de verano: mientras que Paz tiene tres días con pasado mañana de melancólica y triste y oriente/imperio/occidente/república, Lluvia, con un ambiente muy parecido en más de un detalle o dos —Bósforo, música, grandes casas (en ambos sentidos) del pasado perdido que nunca más ha de volver y de blanco satén— no es nada tristona; o a mí no me lo pareció, a lo mejor porque es bastante más corta, como hemos estado discutiendo al hablar de la morfología de los diminutivos franceses, y no te da tiempo a que te dé la murria.

Pero lo que más me gusta de verdad de Lluvia de verano es, mire usted por dónde, lo que más me fastidia. Y es que toda la historia que ella le cuenta al gachó, y que igual se la ha inventado de pe a pa, pero, como dicen, è ben trovata, que si está lo bastante pirada como para andar por ahí bajo la lluvia con lo malos que son los resfriados de verano…, pues esa historia, decía, encaja en el resto del relato/nouvelle principal como a un Cristo le sientan dos pistolas, y es una mala costumbre que tiene más de un escritor (turco) como tendremos ocasión de ver sin que pase mucho. Es decir, colega, si tienes dos buenas historias ¿por qué coño no las escribes las dos por separado en vez de todo arrejuntao? Y, además, ¿por qué coño es siempre la historia que más me gusta, o sea, la objetivamente mejor, la que sale perdiendo en el trato? Es que no hay derecho, oiga, ni visión comercial/empresarial. Cómo se nota que eran otros tiempos. Si lo pillan ahora hacen por lo menos cuatro películas.

En fin, que si le gustó Paz… Mejor dicho, si es de los que les gusta Tanpınar y si dentro de ese subgénero humano es de los que prefieren Paz al Instituto, tiene asegurado pasárselo pipa con la Lluvia. Eso sí, le sabrá a poco.

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Autores que cuidan a sus traductores

Después de la cena de la primera noche. Además de los traductores también hay amigos, gente de la editorial, de la agencia y de la universidad donde se celebraba el simposio

Hablábamos de Réquiem por Estambul y de Ahmet Ümit, así que no me queda más remedio que contarles sobre el simposio traductoril organizado el año pasado—¿por él, por la agencia, por la editorial, por la universidad en cuestión? Qui lo  sá y a quién le importa—. Ümit es de esos autores que le tienen verdadero afecto a sus traductores y además le parece estupendo lo que hacen y, en general, lo que hagan. Lo demostró cuando la presentación urbi (Estambul) et orbi (planeta Tierra, así como una serie de editores llegados del extranjero) de su última novela por entonces: Elveda Güzel Vatanım, que si tuviéramos valor y no temiéramos ser tomados por asturianos —que tendría que darnos igual— deberíamos traducir por Adiós, patria querida o Estambul de mis amores. Como es bastante consciente de aquello de que para vender hay que anunciarse, no se limitó a preparar un booktrailer, práctica que ya llevaba un tiempo poniendo en ídem, sino que aquello fue una campaña que nada tenía que envidiar a la de invierno de Napoleón contra la Madre Rusia, exceptuando que sus resultados fueron mucho mejores.

Parte de esta campaña consistió en obsequiarnos a todos los traductores de sus novelas que estuviéramos más o menos a tiro (ojo al «menos», porque también se trajo a algunos). Aparte de una cena suprema —el papeo ha sido una constante en todos los eventos relacionados con él— y otro día un festolín  abierto a parientes y amigos (y ojo también a esto porque no es una cena y después una fiesta, sino que implica varios días de desenfreno), organizó una excursión con los mencionados traductores a la que s.s.s. de Vds. no pudo acudir porque tenía clases, que impartirlas. Por cierto, esto es algo que me molesta enormemente cuando lo hace alguna instancia administrativa o autoridad y no un autor: suponer que, como somos traductores y trabajamos en casa —aunque la amiga Hanneke van der Heijden se alquiló una oficinilla con otros colegas para evitar distracciones, tentaciones y lavadoras—, estamos a disposición de cualquiera que toque el silbato porque no tenemos nada que hacer. Otro tanto puede decirse (otrosí digo) de la comida y demás: he estado en saraos institucionales en los que poco menos que esperaban que cayeras rendido a sus pies gritando alborozado «¡Aleluya, aleluya, aleluya! (si no se canta puede omitirse)» por el mero hecho de que te dieran de comer y, si era necesario, albergue. Claramente estas instituciones no piensan que hay traductores que tienen otros trabajos o empleos y mucho menos se les pasa por la cabeza que aquellos que no lo tienen deberían estar traduciendo si quieren llevarse un mendrugo de pan a la boca en el futuro —quizá lo del mendrugo sea un poco exagerado, pero supongo que se me entiende—, lo que creo que se llama «lucro cesante» y que consiste en que si no trabajas, no cobras. Posiblemente las instituciones piensan, en su infinita compasión y sabiduría, «vamos a darles de comer algo que no sea el mendrugo famoso a estos muertos de hambre, nunca mejor dicho, y que se pongan tan contentos». Pero, bueno, que me caliento y se me va el santo al cielo. Con los autores, insisto, esto no pasa porque siempre hay de por medio una relación de (a) respeto y (b) afecto, o por lo menos algún sentimiento, mismamente de odio, pero sentimiento.

El caso es que cuando un autor como Ahmet Ümit, que además es amigo, me invita a lo que sea, acudo con sumo gusto. Si encima es un sarao con más compañeros traductores, pues mejor, porque de esa forma nos conocemos y, evidentemente, tenemos muchas cosas en común. Y si no las tenemos, mejor, así ampliamos horizontes. Total, que cuando el amigo Ümit me llamó para invitarme a participar en un simposio titulado Traducir a Ahmet Ümit a las lenguas del mundo, acepté de inmediato, porque también tiene uno cierta sensación de obligación (para) con sus autores, que no son suyos, sino que solo los traduce. Con eso de las «lenguas del mundo» no querían decir, por supuesto, que con posterioridad se fuera a celebrar otro simposio sobre la traducción de su obra a lenguas extraterrestres o alienígenas, lo que habría sido mucho más interesante, sin duda, sino que nos íbamos a juntar un alegre grupillo de aquí y allá sin demasiadas exigencias de origen, aunque todos terrestres o terrícolas, eso sí. Pero no solo eso, sino que también nos había reservado habitación a Mª Jesús y a mí en el Pera Palas, que iba a ser el centro organizativo y geográfico del simposio en cuestión.

El Pera Palas —en turco, en otras lenguas es «palace»— es el famoso hotel al que llevaban a los viajeros del Oriente Express una vez llegados a su destino estambuleño. Tuvo unos años que decayó bastante, pero lo arreglaron teniendo la precaución de dejar lo antiguo como estaba y ahora la verdad es que hace honor a su nombre porque es bastante la pera. El chistecito es tan horroroso que de escribirlo me ha dado dolor de los pecados, pero no he podido evitarlo. En fin, que el hotel está estupendamente, pero me parecía un poco absurdo quedarme allí viviendo en la misma ciudad, tonto de mí, así que menos mal que Ümit me convenció con el indiscutible argumento de que no tendríamos que hacernos la cama ni el desayuno durante un par de días. Para que se hagan una idea de lo bueno que es el hotel, cuando el recepcionista me preguntó de dónde venía y, graciosillo de mí, le contesté «Şişli», que es como si en el Palace de Madrid dijera, qué se yo, «Prosperidad», por ejemplo, o en Córdoba «San Lorenzo» o qué sé yo, el tipo, muy sonriente, eso sí, ni se inmutó. Para mí, uno de los detalles que demuestran el lujo y el savoir-faire en un hotel es que los recepcionistas sean inmutables, aunque los huéspedes lleguen mismamente a un simposio de lenguas extraterrestres.

El simposio en sí fue únicamente un día y, si nos ponemos muy puntillosos, una tarde. Por la mañana hubo charlas de los diversos capitostes y discursitos de la universidad donde se hacía (en un edificio antiguo en pleno centro de Beyoğlu, de los discursos deduje que el Sr. Ümit había soltado una cierta cantidad de pasta para mejoras) y una primera mesa con el autor, su agente y no me acuerdo de quién más sobre cómo se había ido difundiendo su literatura por esos mundos de Dios/Alá.

Por la tarde hablábamos los traductores, algo que me fastidia enormemente porque me entra el sopor siestorro y no me encuentro nunca en my finest hour. En la primera mesa estábamos (de izquierda a derecha, no pretenderán que me acuerde, estoy mirando una foto) la rusa, muamem, la alemana, la italiana y el inglés. La segunda me parecía más interesante en principio porque sí tenía tema de verdad, aunque acabaron hablando de lo mismo. Se titulaba «el recuerdo de Estambul y Europa Oriental» porque en principio trataría de la traducción de la novela de la entrada anterior a las lenguas balcánicas, donde el turco, muchas veces a regañadientes, sí que tiene un peso cultural. Venían de Macedonia, Bulgaria, Croacia, Grecia y Serbia (de esta mesa no tengo foto, así que puede que fuera en otro orden). Como decía, al final acabamos hablando todos de lo mismo, es decir, de cómo empezamos a traducir una lengua tan rara, cuáles son las mayores dificultades —por lo general, siempre las mismas y casi nunca las que espera el respetable—, qué interés creemos que tiene el autor en nuestros respectivos países, etc., pero poco etc.

Con Mª Jesús y algunos de los estudiantes que vinieron a oírme hablar en turco. Les puse muy buena nota.

Me resulta muy curioso que lo que de verdad le interesa a la gente que acude a estas cosas sean tus aventurillas personales y no los procesos transformacionales de la estructura profunda en superficial. Es como si prefirieran el ¡Hola! (¡qué va!, ¡el Diez Minutos!) a Syntactic Structures. De verdad que no me entra en la cabeza. Y además que cómo se dice esto o lo otro, que nunca se dice porque no lo hay. Oiga, ¿cómo se dice «bollo preñao» en turco? Pues mire, no se dice, pero hay otra cosa parecida. Oiga, ¿y cuando el personaje de tal dice: «hoy no estoy muy católico y se me ha ido el santo al cielo»? Pues mire, tampoco existe eso en turco, pero yo me he inventado algo que queda tan terne. Por supuesto, a todos nos gustaría saber cómo se dicen un sinfín de guarreridas y palabrotas, pero no es lugar un simposio como para preguntarlas. Por otra parte, a mis estudiantes suele hacerles mucha ilusión (o eso me dicen para hacerme la pelota) oírme hablar en turco, porque la verdad no es que me prodigue con ellos. Les hablo en español para que aprendan y para que tengan una oportunidad de practicar porque soy un profesor muy sacrificado.

Lo que más me gustó de todo el invento fue que, al contrario que en otras ferias de este tipo, éramos muchos traductores de países distintos del mismo autor. Lo normal es que sean/seamos muchos traductores de distintas lenguas pero del mismo país. Fue muy, muy interesante. Por ejemplo, el traductor de griego había nacido en el barrio en que yo vivo porque su familia fue de las que echaron con cajas destempladas del país. De eso trata la película Un toque de canela, que tampoco es la repera, pero que no está mal. Hace poco se hizo aquí una exposición muy interesante sobre el tema titulada 20 dólares, 20 kilos porque era todo lo que se les permitía llevar. Aquí les dejo un enlace en inglés. También me reí mucho con las tribulaciones de la macedonia porque se había lanzado de cabeza de traducir culebrones de televisión o folletos turísticos a autores dificilísimos («Oye, ya que sabes inglés y me has traducido un capítulo de Scandal, ¿por qué no te atreves con este librillo que se llama Finnegans Wake? Total, es más o menos lo mismo»).

Sobre todo me resulta interesantísimo conocer a traductores normales, como eran la mayoría. Me explico, en congresos, simposios y jornadas diversas, en cuanto sean de una lengua «rara» (y el turco lo es, para los extranjeros, claro) la mayoría del personal es académico, como la rusa, por ejemplo, y yo, y tendemos a irnos por los cerros de Úbeda y a hablar de cosas y personas de las que nadie tiene la menor idea y, encima, tampoco les importa. Es bueno y te pone bastante los pies en la tierra encontrarte con colegas que se hinchan a traducir certificados de estudios y de penales para luego ponerse a traducir poesía, o con madres abnegadas que sufren los ataques de sus niños a los folios que acaban de imprimir a limpio, o con otras/-os que alternan la traducción con los grupos turísticos y de empresas, etc. Tuve la suerte de poder compartir con ellas siete y ellos dos las dos cenas y la fiesta final. Siempre me queda la impresión de que es ese tipo de traductor heroico el que se merece los homenajes y los premios y no tanto la gente como yo que luego mete estas reuniones en el informe anual de actividades académicas por aquello de que se celebran en una universidad (cosa que hice, claro).

La foto-finish

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Réquiem por Estambul/İstanbul Hatırası

Me he dado cuenta de que hace ya la mar de tiempo que no escribía en esta bitácora mía y de quien la lea y, entre pitos y flautas, se me iban pasando las publicaciones, que para eso lo hice, para dar propaganda en la medida de lo posible a los libros que traduzco, que se vendan como churros y así poder tumbarme a la bartola a la espera de los royalties. Bueno, una vez arreglado el asunto con esta tan poco captatio benevolentiae, vamos a lo nuestro, que es este libro del amigo Ahmet Ümit. Y discúlpenme, que ando muy falto de práctica.

A Ahmet Ümit lo conocerán por la entrada sobre La tumba negra/Patasana, supongo, y, si no, pues les recomiendo que se la lean (la novela). Por si no lo saben, es con diferencia el autor de novelas policíacas más conocido de Turquía y, en más de un sentido, el gran renovador y casi inventor del género. Hace poco estuve en un homenaje que le hicieron y un crítico literario, quizá fuera Doğan Hızlan, hablaba de la poca y mala consideración que había tenido el género policíaco en Turquía y ponía un ejemplo bastante divertido. Recordaba que el gran crítico Fethi Naci, después de deshacerse en elogios sobre Dashiell Hammett, afirmaba con toda su pachorra que  «lamentablemente, escribía novela policíaca» o que «por desgracia, solo lo podrían apreciar los lectores de novela policíaca», que, la verdad, no me acuerdo muy bien, pero sí recuerdo perfectamente que era un comentario que ponía a parir al género y a los lectores. También habría que ver si el colega Fethi Naci —a quien admiro muchísimo— no hablaba bien de Hammett por aquello de que eran del mismo o parecido palo ideológico y habría que ver qué decía de Raymond Chandler, por ejemplo.

En fin, se hacen ustedes idea de que la novela policíaca no ha sido muy bien considerada. Pues bueno, llega nuestro amigo Ümit en los noventa y se saca unas novelas con bastante sabor local que tienen un éxito casi inmediato y lo convierten en un superventas (me contaba un mozuelo de la editorial que de la última habían hecho una primera tirada de 260.000, que se dice fácil y esperaban llegar al medio millón a no mucho tardar). El salto fue sobre todo a partir de Patasana, pero la verdad es que el hombre se lo curra porque no hay feria del libro donde no esté firmando a larguísimas colas ni programa de televisión en el que no esté promocionando sus libros. Porque no sabe que estoy escribiendo esto, que si no seguro que aparece…

Bueno, vamos a lo nuestro. De entrada, Réquiem por Estambul no se llama así en el original, sino Recuerdo de Estambul, pero a los editores de la traducción no les hizo mucha gracia por eso de que «recuerdo» puede ser lo mismo verbo que sustantivo y, como hay muertos, pues «réquiem» queda mejor y más siniestro. En el original el título recuerda, como su propio nombre indica, a las fotos que se hacía la gente de pueblo (si fuera de Madrid diría «de provincias») con fotógrafos callejeros tiempo ha, que solían poner un fondo con un letrero que rezaba —o sea, decía— «Recuerdo de Estambul», con una «ese» al revés, para que quedara más cutre. En español parece más como souvenir o algo así, de manera que se puso a lo Mozart y adiós muy buenas. Tendrán que leerse el libro para opinar qué título es mejor.

DESCLAMANTE: Ahora viene un muy ligero destripe, así que luego no me lloren. La novela es una de las del comisario jefe Nevzat, el poli recurrente de Ümit, aunque no sale en todas sus novelas. En español no es comisario, sino inspector, porque el escalafón policial no es igual en Turquía y España y los turcos no tienen inspectores sino comisarios y nuestros comisarios son sus jefes/directores. El cambio me lo sugirió el propio Ümit porque en inglés también habían degradado al pobre Nevzat y lo habían hecho DCI (supongo).

No es casualidad que la novela se publicara en el año 2010 porque fue el año en que Estambul fue capital europea de la cultura y Ümit pensó lo siguiente (y ahora viene el destripe): «¿Y si aprovecho lo de la capital cultural y escribo una novela que sea al mismo tiempo policíaca y guía turística?». Digo yo que lo pensaría, que tampoco soy telépata. El caso es que lo hizo siguiendo un método muy práctico que consistía en que los fiambres —los muertos asesinados, vaya— fueran apareciendo en lugares emblemáticos de Estambul según su cronología y nuestros policías no tuvieran más remedio que hablar de la historia de la ciudad. Astuto, ¿verdad? Como he dicho, Ümit se lo curra, y no se le ocurrió nada mejor que montarse unas excursiones guiadas por la ciudad para promocionar el libro como si él mismo fuera guía turístico/ciego de romance sangriento. Yo no pude ir, por desgracia, pero salieron en la prensa, en la tele y demás, lo que no fue malo para la publicidad del libro. Les pongo una foto de Ümit con su muerto de cartulina (juraría que delante de Santa Sofía) y un enlace, que aunque esté en turco siempre pueden darle una pasada por el gúgel transleitor, como hace mi hermana con las instrucciones de la sopa de sobre, que tampoco es alta literatura.

Fin de los destripes.

Hablemos todos juntos y yo el primero por la senda de la traducción, aunque ya he mencionado el detalle del comisario que fue inspector. Como había pasado con Patasana, empezamos la casa por el tejado a pesar de mis siempre sabios consejos. Es decir, Ahmet Ümit me encargó la traducción antes de tener una editorial que la publicara. Como somos amigos —de antes—, me puse a sus órdenes y manos a la obra. Tampoco quiero decir que nos diéramos la mano y adiós, que siempre nos firmamos nuestros contratos como si fuéramos empresarios (y tengo que decir que es más cumplidor en los pagos que más de una y dos editoriales que yo me sé). Esto fue —¡madre mía, cómo pasa el tiempo!— más o menos cuando los follones del parque Gezi porque recuerdo que encontré muchos augurios fastos en la novela que nos aconsejaban mudarnos a donde vivimos ahora. Tempus fugit, que en turco se dice «Hey gidi günler, hey!».

Luego pasa lo que pasa, claro, que no es tan fácil encontrar una editorial que lo publique, pero, como se diría Ümit, ¿para qué están entonces los agentes? Y la agente se portó y encontró una editorial, esta vez en México. Sí, sí queridos compatriotas, eso quiere decir que esta novela no la podrán disfrutar en la madre patria (mía) a no ser que la pidan de importación, ¡qué se le va a hacer! Mala suerte. Y mala no solo —me voy esforzando en quitarle la tilde desde que me convencieron— en ese sentido, sino también en el de los derechos de traducción porque en México ná de ná, como en España antes de la L.P.I., la del derecho romano. La verdad es que luego, al menos en mi caso, que traduzco de lenguas que venden poco, acaba uno saliendo mejor a tanto alzado, pero, qué quieren, ya me había acostumbrado yo a mi copyright y van y me lo quitan. [Paréntesis cuadrado: Consultando mis carpetas, es decir, correos emilios antiguos, veo que en origen la traducción iba a ser para una editorial española que incluso debió de mandarme sus normas de estilo. De todo esto no me ha quedado el menor rastro en la memoria.]

Otro asunto vicevérsico, o sea, algo bueno que acaba siendo no tan bueno, es el de las subvenciones. En Turquía existe un programa de apoyo a la traducción llamado TEDA que consiste en que esta institución asume el monto crematístico de la traducción y todos tan contentos. El problema que se ha creado es que ahora la mayoría de las editoriales se niegan a publicar literatura turca a no ser que tengan pillada la subvención, pero como solo —sin tilde, ¿ven?— se concede a libro publicado, se montan unos líos de esos de pescadilla que se muerde la cola y que a veces acaban muy, muy malamente y con el libro sin publicar. No fue este el caso, por fortuna, pero casi casi.

Lo mejor de todo el proceso de traducción fue que me permitió conocer al editor de mesa, Gerardo de la Cruz, también crítico literario y autor de la novela La inacabada vida y obra de J. Chirgo, que tuvo la inmensa amabilidad de enviármela. Empezamos, como siempre empiezo por si acaso, muy de usted y estimado y atentamente, pero acabamos pasándonoslo la mar de bien. Supongo que porque él me consultaba muchas pijadillas (que si tal o cual iba en mayúscula, que qué significaba una cosa u otra y por qué lo hacía así) y a mí me parecía todo estupendamente. Lo mejor fue lo que él llamó el proceso de «tropicalización» del texto, es decir, y casi en sus propias palabras, hacerlo menos «chocante» al lector mexicano. Veo por nuestros correos que casi todo consistió en algunos cambios de vocabulario que me importaban un pimiento (o chile) como «computadora», «estacionar» y demás; en cambiar muchos de mis «le» por «lo» (lo —este es otro «lo»— que lleva a que algunos colegas llamen a ciertos editores americanos «lolos», que sin duda no está muy bonito); algún problemilla con judías, fríjoles o habas; y muy poco etc. Pero bueno, como me dedico a las lenguas, pues ya sabía que habría diferencias. Y además tenía nociones de mexicano gracias a que en mi más tierna infancia los tebeos de Supermán, Batman, Periquita, la pequeña Lulú y otros (recuerdo con especial espanto terrorífico los del vaquero-cantante Gene Autry y compadritos de parecido pelaje como Hopalong Cassidy, así como unos terribles de historias pías) procedían precisamente de aquel país y decían cosas un tanto raras para nosotros (como la exclamación «sí» en lugar de «ea»). Y no era yo solo, que también Ventura y Nieto lo encontraban curioso, como denota el siguiente fragmento de viñeta de Trinca:

Quizá lo más interesante desde el punto de vista lexicográfico fue el debate sobre el apodo de un personaje y que corresponde al apelativo vulgar del órgano sexual femenino. Probablemente influido por el rigor lingüístico-médico de mi madre que la lleva a criticar inmisericordemente el mal uso de «vagina» por «vulva», yo lo —este sí lo es; por cierto, me dijo Gerardo que la Republicana Academia Mexicana de la Lengua ¿? ordena que se acentúen los pronombres demostrativos— llamé (al personaje) Zeki el Chocho, pese a que Gerardo me comentó que los apodos ya no van en cursiva aunque cada editorial tiene su librillo. En fin, juzguen por el siguiente fragmento:

« [Yo] Entonces no estaba con Cello sino con Chocho —de repente notó la presencia de Zeynep y, cosa extraña, aquel vagabundo se ruborizó como una jovencita—. Perdona, hermana, pero ese era su mote. Zeki el Chocho

Gerardo prefirió cambiarlo por «Panocha», que tampoco suena mal, porque allá lo habrían entendido únicamente en el sentido de «que chochea». Ya le conté yo que por aquí también lo usamos en ese sentido, así como para denominar a los altramuces o saladitos, pero que siempre está latente la connotación anatómico-sexual-basta que nos permite reírnos un rato cuando en el cine de verano decimos: «Voy a trincarme un paquetito de chochos». Tampoco le pareció muy comprensible el elegante sinónimo «chumino», aunque a mí tampoco me volvía loco porque en mi tierra también puede significar puntilloso hasta el extremo de la tontería, por ejemplo, usualmente con un sufijo derivativo, como en «Nene, no me seas chuminoso».

Recientemente puede ser testigo en una red social de caras de libro de un eruditísimo debate sobre el tema, casi de arqueología etimológica, de cuál habría podido ser el término original inglés para que en la serie de televisión Jessica Jones opinara en español —negativamente— sobre el uniforme de superheroína: «Si me pongo ese disfraz se me marcará el chumino». Habida cuenta de la pobreza léxica del inglés en estos temas, la mayoría de los eruditos opinaba que sería «pussy», pero resultó ser «cameltoe», que siempre me ha parecido un término más basto que unas bragas de esparto y nunca mejor dicho.

Volviendo a nuestro libro, otra cosa que hizo Gerardo fue acompañarlo con unos grabados históricos de los lugares relacionados con los crímenes, y que se mencionan en la novela, así en plan cutre-antiguo. Y un mapa, que está como muy histórico y que a mí me habría gustado que se viera mejor, pero siempre pueden hacer lo que mi amiga Pepa Baamonde y leer la novela consultando el gúgelmaps.

En fin, que si piensan venir por Estambul de visitilla y quieren, de paso, leerse algo entretenido, les aconsejo que se pillen como puedan la novela, que de verdad de las buenas que eso sí que es instruir deleitando. O, todavía mejor, si van a Cancún de vacaciones y luego planean pasar por Estambul, se la compran allí mismo.

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Descanse en paz

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La cubierta clásica de Memed el Flaco, con un diseño de Abidin Dino

Ayer falleció Yaşar Kemal. Tenía unos noventa y dos años (no está muy claro si nació el año que su padre hizo constar en el registro civil) y llevaba unos meses muy malito, pero sigue dando pena que se haya muerto. Descanse en paz.

Yaşar Kemal era, sobre todo, una buena persona. Un ser generoso que se pasó la vida luchando contra lo que no le parecía bien, lo que tiene mucho que ver con su idea del héroe como «hombre obligado». Sus protagonistas, probablemente porque él mismo se viera así, no son de esos luchadores incansables que se mencionan en los discursos, sino tipos normales que se cansan pero a los que no les queda más remedio que seguir luchando (por parafrasear a un personaje de Mafalda, quizás ella misma). Y si uno de los conceptos clave de sus monumentales novelas es ése del «hombre obligado», el otro es Çukurova, la Cilicia clásica. Una tierra que, hasta cierto punto, recuerda a Andalucía porque es un valle fértil dominado por terratenientes y rodeado por montañas que desde siempre han sido refugio de bandoleros. Çukurova (pronúnciese «Chukurova») era para Yaşar Kemal una geografía humana que representaba al mundo entero. Como le gustaba repetir, Çukurova es cualquier lugar.

No pienso escribir una biografía suya ni hablar sobre su obra más conocida (Memed el Flaco) porque para eso tienen ustedes en la línea la excelente tesis doctoral de Mª Jesús Horta (aquí), que tiene una versión en francés traducida por el amigo Pablo Moreno (acá y acá). La tesis estudia estos dos puntos que hemos mencionado, el bandido generoso y Çukurova, a partir de la definición de Hobsbawm del bandido social, que ponía como ejemplo a Memed el Flaco. No en vano ambos, Hobsbawm y Yaşar Kemal, eran comunistas (más el primero que el segundo, en mi opinión) y lo que el uno teorizaba, el otro lo convirtió en material literario. Si todavía están leyendo esta entrada en lugar de la tesis, están perdiendo el tiempo. Tampoco pienso entrar en si tendrían que haberle dado el Nobel (que creo que sí, pero no a pesar del otro) ni en su condición de kurdo, medio kurdo, medio turco o turco (escribía en turco y eso es lo que más me importa). También me parece una pérdida de tiempo dedicarse a esas discusiones bizantinas en lugar de leer sus libros.

Yaşar Kemal fue y es uno de los más grandes novelistas en turco, si no el más importante. Para mí, es como el Galdós de Turquía; les podrá gustar o no, les parecerá más o menos popular (“don Benito el garbancero”, dicen que llamaba Valle-Inclán a Galdós), pero no cabe duda de que  hay pocos como él. Sobre todo, y eso no lo digo sólo yo, Yaşar Kemal fue un gran constructor de mundos. Decía alguien que un autor tenía que ser local para lograr ser universal; pocos lo han conseguido de una forma tan impresionante como Yaşar Kemal.

En español se pueden encontrar algunas de sus obras, el cuarteto de Memed el Flaco; la novela corta al estilo de las epopeyas antiguas La furia del monte Ararat (sobre las cinco escribí en su momento en este blog); otra novela corta, Si aplastaran la serpiente; el libro de relatos Calor amarillo; y puede que algunos poemas (no me consta que estén publicados, pero sí que se han traducido). Nada más. Y podrán encontrarlos si tienen suerte en libreros de ocasión y similares porque, al menos los publicados por Ediciones B, se descatalogaron y ahora estarán más que destruidos. Poca fortuna ha tenido en nuestra tierra un autor tan grande en la suya que ni siquiera necesita apellido.

P.D. Les añado un enlace a la entrada en la que contaba cómo le conocí, por si les interesa.

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Paz/Huzur (3-El bar de la mona Juana)

PSM V03 D336 Oriental plane

Aquí no era donde el orangután le vacilaba a la orangutana

En otro lugar de este mismo cuaderno de navegación (en concreto aquí) he hablado de una maldición que nos persigue a los traductores de lenguas raras. Nuestras traducciones, al contrario de aquellas latinas del cole de «La Galia toda está divisa en partes tres», no se juzgan según el original en la lengua que sea, sino según las traducciones al inglés o, en menor medida, al francés. Lo repito porque, sinceramente, no me gustaría que mi traducción de esta novela al castellano se juzgara por su versión anglosajona.

Al contrario que otros colegas, que de todo hay en la viña del Señor (Dios, vaya, y tampoco es una viña de verdad), soy  firme partidario de usar traducciones previas de los libros que me encargan. ¿Para qué voy a meter la pata en la trampa que otro ha eludido antes? Es decir, lo que hago es lo siguiente: yo me pongo a traducir y si de repente escribo algo que suena más a chino que a castellano o a turco, lo miro en la otra traducción si tengo alguna o si la entiendo (las traducciones al ruso o al alemán me resultan bastante inútiles para esto). ¿Qué también ahí el resultado es más raro que un perro verde? Me mosqueo y empiezo a darle vueltas a la cabeza y a veces concluyo que el original es así (no siempre) y mejor que se quede como está. ¿Que resulta que le andaba buscando tres pies a un gato que tiene cuatro patas? Humildemente corrijo la burrada que había tecleado. Verán que falta una tercera opción (la cuarta, que tanto la otra traducción como yo estemos cometiendo un profundo error supone que vivimos en la ignorancia y, por lo tanto, felices): aquella en la que me doy cuenta de que «la otra» está metiendo la pata hasta el corvejón en algo que a mí me mosqueaba ligeramente tan sólo. ¿Y entonces? En ese caso pienso que errar es humano y lo diabólico es perseverar, etc., etc. Sin embargo, si los errores se convierten en barbaridades y dichas barbaridades son hasta cierto punto buscadas y encima aplaudidas, entonces me cabreo.

Cuando me puse a traducir este libro, la agente (literaria) tuvo a bien enviarme la traducción al inglés, que apenas hojee porque estaba en formato letrónico para ordenador, que no me gusta para leer. Sin embargo, no me acuerdo por qué, me puse a mirar por internés y me encontré una entrevista con el traductor que me mosqueó muy mucho. Aparte de un montón de tópicos, decía cosas como que libros como éste «lleva unos pocos de años traducirlos» (se ve que los editores en su pueblo tienen más paciencia que en el nuestro, que ponen el grito en el cielo en cuanto les pides quince días), que Tanpınar usa «el árabe y el persa a lo largo de todo el libro dándole un toque de estilo otomano» (cuando, si se hubiera molestado en hojear un periódico de la época, se habría dado cuenta de que es un vocabulario que no se usa ahora pero bastante corriente entonces) o, quizás lo que más me escandalizó, decía sin cortarse un pelo «traté de embellecer el texto» (¿a cuento de qué?) y «no traduje algunas palabras turcas que había en su poético texto original», palabras como «compuesto» o «clima» (todavía si hubiera dicho «nemoroso» habría tenido un pase, pero ¿«clima»?).

Así que decidí echarle un vistazo al texto inglés con la traducción ya muy empezada y me di cuenta de dos cosas. (A) La lengua que se usa en la traducción al inglés me hizo pensar que mis padres habían tirado el dinero a la basura cuando me mandaron a Irlanda de chico, pero no. En la página Goodreads hay muchos anglosajones que no entienden gran cosa tampoco (síndrome True Detective). Particularmente me resulta conmovedora una señora que lo encuentra insoportablemente barroco y precisa que se ha leído dos veces En busca del tiempo perdido. También hay quien dice que la redacción parece de un siglo antes de que el libro fuera escrito, y una tal Suzy Hansen comenta en una crítica en la New Republic «The major problem with this edition of Tanpinar’s novel is that the translation makes it impossible to know whether or not it is actually a good novel», lo cual no entra en mis estándares de «buena traducción». (B, o sea, segunda cosa de la que me di cuenta) No era que el traductor hubiera adornado una miajilla el texto, es que le ha puesto dorados y lentejuelas y pompones y entorchados y bordados y oropeles. De entrada comienza el texto con un « la ciudad de dos continentes» que en el original no aparece y a partir de ahí, sigue. Eso no es simplemente «embellecer», es sacarse de la manga lo que no hay.

Se me ocurrió poner en la red social del anuario (así lo traducen en las series) algo que me escandalizó y que a Celia Filipetto le hizo mucha gracia porque la tiene: nuestro amigo traducía «un árbol bastante grande» por «a sprawling Platanus orientalis». A mí lo del «sprawling» ya me parece adornar, pero lo del plátano (que no banano) y encima en latín es que me dejó patidifuso. Lo hice público con la (mal-) sana intención de echar unas risas, pero, hoygan, una colega casi me capa emascula por mal compañero y demás y lo dejé correr porque no tenía ganas de follones. Según ella, las únicas formas decentes de criticar a un colega son (a) presentando una ponencia científica en un foro académico o (b) ante el comité (¿cómitre?) de ética de la asociación o colegio de traductores correspondiente. Airear las miserias del gremio en público es una indecencia que debe ser castigada.

Pero ahora han publicado la traducción en español (evidentemente, si no, no estaría escribiendo esto) y anda el personal dando la tabarra con la ciudad de los dos continentes y tal y yo temiéndome que me comparen con el colega. Total, que me acordé de algo que contó Eduardo Mendoza en Tarazona:

Hace poco protesté muchísimo en una editorial a propósito de un libro muy mal traducido. Al editor, que es amigo mío, le dije que tendría que darle cien azotes al traductor. El editor me dijo: “Vaya, tú que siempre defiendes a los traductores”. Y le contesté: “Por eso mismo: ya que no vais a premiar a los buenos, por lo menos castigad a los malos, que será una forma de establecer categorías”. Algo hay que hacer.

y he decidido compartir con ustedes algunos detallicos que me llamaron la atención aparte del plátano latino (en nuestro caso yo soy el bueno no premiado y el otro el malo no castigado). Los he clasificado en las tres categorías de las que hablaba el mismo señor traductor, pero en otro orden: la del embellecimiento, la del turco raro del autor y la de la no traducción (o hípernotraducción). Voy a dar muy poquitos ejemplos de cada porque no tengo paciencia y me aburro, pero si se molestan, cosa que dudo, podrán encontrar muchos más.

a) Embellecimiento. Un poner, donde el texto dice, o yo traduzco: «Lo cierto era que el suyo había sido un matrimonio infeliz desde el principio»; él dice, o adapta: «Truthfully, this had been no union of contentment from its genesis», que a mí me parece rizar el rizo una miaja. O llamar a la amada (en el amado transformada) «dulcinea» o «inamorata» (ambas en inglés en el original, digo, en la traducción). O «La claridad cristalina de la melodía estaba tan llena de reflejos oscuros que, sin quererlo, se unían los dos polos que hacen funcionar el espíritu humano, el amor y la muerte», que se convierte en «The lucid melody was laced with such crepuscular undertones that Eros and Thanatos, the two polarities in which the soul of mankind dwelled, merged involuntarily» (en turco es «Nağmenin billuru öyle karanlık akislerle doluydu ki, insan ruhunun çalıştığı iki uç, aşk ve ölüm ister istemez birleşikti», que no quiero que piensen que me comí lo de Eros y Tánatos).

b) Turco raro (que tampoco lo es tanto). Me limito a un ejemplo. En cierto momento le ocurre una cosa muy curiosa. En un párrafo, muy enrevesado, todo hay que decirlo, hay un personaje «que se paseaba con el orgullo de un toro asirio, convencido de que los antiguos dioses de la fertilidad le habían otorgado su potencia» (insisto en que esta traducción es mía). Pues bien, nuestro colega opina que no es un hombre sino una mujer (recuerden que en turco no hay género gramatical) con lo que se ve obligado a hacer el pino con las orejas para que aquello tenga algo de sentido, aunque tampoco es que le preocupe gran cosa.

c) Hípernotraducción. Lo curioso no es que no traduzca algunas palabras porque no le da la gana, sino que otras que están en turco normal y corriente él las transcribe en árabe. Es el caso de «mirac», «ascensión/elevación», que traduce (¿?) casi impepinablemente por «Mi’raj», aunque no se use en el sentido religioso («Mümtaz, in other words, believed he was living through a Mi’raj of Being and an Exaltation of Eşya»). Y, por si acaso, escribe también en árabe algunas que en el original no están (ni siquiera en turco). Por ejemplo, «La diferencia entre ellos residía…», lo traduce por «The difference between them, aşık and maşuk, was…», con esos aşık y maşuk que quién sabe de dónde habrán salido. Es decir, no está en el texto, pero si estuviera, y debería estar, no lo traduciría.

Hay también un cuarto apartado que podríamos llamar «cagadas generales» en el que no voy a entrar demasiado porque a todo el mundo le puede pasar (aunque ya tiene mérito estar haciendo una traducción con un lenguaje anticuado a propósito y luego soltar un «the hips of the sumptuous girl, which were exposed to the bikini line» en un libro escrito en los años cuarenta, y, sí, el subrayado es mío). Sin embargo, me veo obligado a citar una (otra) porque me parece un bonito ejemplo de equilibrio sobre el alambre cuando no se sabe lo que se está diciendo (podrían aprender muchos políticos). En cierto momento el original dice que el sultán Mehmet II y Descartes eran muy jóvenes cuando, respectivamente, el uno conquistó Constantinopla/Estambul y el otro escribió el Discurso del método. Por desgracia, nos vemos obligados a suponer que nuestro compañero ignoraba que ése era el título de un libro, porque «Estambul sólo se conquista una vez. El discurso del método sólo se escribe una vez» («İstanbul bir kere fethedilir. Usul Üzerinde Konuşma da bir kere yazılır»), lo traduce por «Istanbul was conquered just once. As is customary, a lecture is written only once»; es decir «método»>«as is customary» y «discurso»>«a lecture», que igual no había estado mal en otro contexto. De forma similar, traduce el «liquid splendour» de Shelley por «exquisite effluvia» (sí, ya sé que Shelley escribía en inglés, pero igual se dice de otra forma en EE. UU.-nidense; para comprobarlo he probado a poner en el gúguel Shelley+«exquisite effluvia» pero no me sale ná).

Por supuesto, cualquier universitario de medio pelo (yo mismo, que me lo tengo que cortar, el pelo) puede justificarles todas estas decisiones en dos patadas tirando de Nida por acá y de Venuti por allá, pero no sé si es lo que espera un lector de una edición comercial. ¿Qué? ¿Que da igual porque el lector no va a saber cómo es el original y que mira tú las Rubaiyat? Bueno, es verdad, pero, de todas formas, es mosqueante que sólo a uno de los comentaristas de la obra en Amazon no le parezca mal la traducción. Claro que serán lectores normales y corrientes y no traductólogos de pro.

En fin, me dirán ustedes que chivato, acusica, y que la rabia me pica y demás, y que cómo se me ocurre hablar así de un compañero y que si no será envidia. Pues miren, igual sí, pero lo que no me gustaría es que cualquier pijo que le haya echado una ojeada a la versión en inglés y esté en pleno orgasmo lírico porque no entiende nada lea la mía y piense que es una caca porque sí se entiende. Oiga, que el original también lo entendían los que lo leyeron por entregas en su momento en el periódico. Si lo hiciéramos todos así, acabaríamos traduciendo el latín en, ¿lo adivinan?, en latín, pero adornado por si acaso.

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Paz/Huzur. 2-El tiroriro

«¡Pero no me toques el peşrev en suz-i dilara cuando yo estoy en mahur, quilla!» «No me toques tú otra cosa, harmel favol»

«¡Pero no me toques el peşrev en suz-i dilara cuando yo estoy en mahur, quilla!» «No me toques tú otra cosa, harmel favol»

Bien, sigamos con lo que íbamos, que era la novela ésa que les espera en un anaquel de una librería para que me hagan rico y pueda pagar las mensualidades que les debo a los de SPECTRA.

Uno de los temas importantes del libro y que me puso en un serio brete (palabra ridícula donde las haya, como, en opinión de mis estudiantes «oso») fue el asunto de la música. Obviamente, si la acción se sitúa en 1939 y se publicó en 1948, no va a ser la música de Antonio Molina, ni siquiera la de los Shadows, por muy de moda que estuvieran cuando nací, y mucho menos la de, qué sé yo, Ana Belén o Rocío Jurado, a pesar de su relación con Turquía. Ni siquiera, hoygan, la de Palestrina o Mozart (Beethoven una miaja, pa qué nos vamos a engañar). La música de la que tanto hablan en el libro es lo que aquí llaman «música artística turca» o «música turca artística», que más o menos monta tanto, o «música clásica turca» y me les dan ustedes mismos la vuelta a los adjetivos. En fin, es esa misma música que cuando la pasan por la radio, cambio de emisora porque tiendo a quedarme dormido con dolor de cabeza.

Esto último, por supuesto, es por puro desconocimiento prejuicioso, que de haber sabido de antes, no me habría dedicado a hacer lo que hice. ¿Y qué hice? Pues un momentico y empecemos por el principio. La cosa está en que el libro es la continuación de otro que se llama Mahur Beste (de 1944); como uno (yo) sabe idiomas (que no es lo mismo que «hacerse lenguas») era consciente de que «beste» es «composición» en el sentido musical (no en el de, un poner, «en la composición del hormigón armado…»); pero como los conocimientos de uno tienen un límite, también era consciente de que a saber qué significaba «mahur», que podía ser mismamente un nombre, como «Florinda» o «Fulgencio». Pero resultó que no, que «mahur» es un/-a «makam», que el diccionario de İnci Kut (que sí sabe, y mucho, de música porque para eso es hija de sus padres) me traducía como «tonalidad». Muy bien, estupendo, perfecto, o sea, que «mahur beste» es una «composición en (tonalidad)  mahur». Bueno, ¿y qué coño es una tonalidad?

Me fui a la Wikipedia para ver si conseguía saber algo y, como suele pasar porque ahí escribe todo perro pichichi y es pasto de especialistas en el tema que se trate, no me enteré de nada. Si no me creen, sepan que hay artículos muy sesudos que lo demuestran (que no se entiende) porque al contrario que la Británica o la UTEHA (que era la que andaba por casa) los artículos no están escritos por especialistas en redacción comprensible sino por entes que pretenden ser tan exactos que no hay quien se entere. Como me dé por escribir algo de semiótica cuántica se van a enterar. En fin, que me caliento… Miren lo que me dice la Wikipedia:

Los conceptos de tonalidad (clave) y la escala (diatónica mayor o menor) expresan ambos el mismo conjunto de sonidos. La leve diferencia es que el concepto de escala diatónica se refiere al movimiento conjunto (ascendente o descendente) dentro de estas notas, mientras que en la tonalidad (de una obra) se refiere a las notas en si que las forman, junto a sus relaciones: no importa el orden de presentación: pueden presentarse por movimiento conjunto o disjunto, lo cual obedece a los designios del compositor.

Total, que me quedé igual. Gracias de nuevo a İnci Kut (esta vez a su persona, no al diccionario), supe más o menos que las tonalidades son todos esos rollos del sol mayor y el re menor y que tiene algo que ver con las teclas blancas y las teclas negras (lo importante es que cace ratones) del piano, pero ahí ya me perdí bastante, la verdad. Lo malo es que mis amigos turcos que saben de música saben de música clásica occidental, pero de esta otra no tienen ni pastelera idea. El caso es que la música de la que hablan en la novela es sobre todo la que se usaba en las ceremonias de los derviches giróscopos o giróvagos o mevlevíes y de eso sí sabía algo (yo), así que decidí seguir adelante aunque estuviera totalmente pez en lo de la tonalidad. Sin embargo, me roía el gusanillo de la curiosidad y me compré un par de discos, uno se llama, precisamente, Mahur, para ponerlos mientras traducía a ver si me inspiraban, que no. Y fue una pena, porque me resulta muy interesante que bastantes sultanes fueran compositores de este tipo de música y uno de los discos que me compré era, mire usted por dónde, de sultanes compositores como Selim III. Otra cosa de la que me enteré gracias a mis amigos (y resumo) fue que nosotros, los occidentales, usamos pocas tonalidades y los próximo-medio-orientales usan muchas (no me pregunten por qué, ni en un caso ni en el otro, para mí con que hubiera una…).

Y no sólo eso. Mientras nosotros las nombramos sol mayor y re menor como si fueran puertas de un bloque de pisos, en plan 3º B o 5º D, ellos las bautizan a todas y cada una, como la «mahur», sin ir más lejos, pero tienen mismamente una hartá de tonalidades y subtonalidades y qué sé yo. Uf, cada vez me iba liando más porque también tienen sus escalas y sus tonos y su la madre que los parió a todos; yo, que nunca fui capaz de tocar «Era de latón» en la pajolera flauta dulce y mi madre sigue partiéndose de la risa cuando se acuerda de lo que lloraba porque no me salía (ahora que lo pienso, suena un poco sádico por su parte), teniendo que traducir una cosa de música y con el tiroriro del disco que me había comprado induciéndome profundo sopor. Pa que luego digan que traducir no es sacrificado. Por cierto, se me ha venido a la cabeza aquello del concierto para Bangla Desh cuando Ravi Shankar y su grupo tocaron un rato y la gente les aplaudió muchísimo y dice el tío: «Muchas gracias, si les ha gustado como afinábamos, espero que les guste más cuando toquemos». A mí me pasaba algo parecido con esta música.

Al final me acordé de mi antiguo compañero y coleguilla Antonio Torralba, que se hizo profesor de música y forma parte del excelentísimo grupo Cinco Siglos, que hasta tienen canal en yutub y que como son de música arcaica seguro que sabía de makam y maqams y eso por lo de los sefardíes y los moriscos y los musdejáis (esto es de mi padre) y demás. Y resultó que sí sabía porque su grupo es de los mejores del mundo universal (el jamón me lo mandas a casa de mi madre, Antonio, plis, ya hablaremos de lo que te corresponde de los royalties del libro). Y me explicó que la música a la que estamos acostumbrados, como Pablo Abraira o Mozart, es polifónica y esta otra del mahur y los sultanes, pues no, y por eso a mí, que soy un cateto, me resulta un poco plasta y, sin embargo, Pimpinela, que son dos voces, no. Antonse se arma todo el lío de las armonías, que, por ejemplo, no creo yo que la música turca se pueda tocar con una armónica, para que se den cuenta de que voy aprendiendo.

Total, al fin y al cabo tampoco es que los protagonistas sepan mucho de música «antigua» como la llaman ellos, sino que simplemente les gusta y se dejan llevar por el rollo místico. Tengan en cuenta que por entonces no era de muy buen tono y hasta había estado prohibida en la radio año y pico (técnicamente por cateta). Y nuestros protas, aunque les gusta la música (toda), en esto andan una miaja perdidillos. Como dice el libro (o sea, el señor que lo escribió, el original, no este ejemplar en concreto): «Aunque ambos amaban profundamente la música a la turca, no iban mucho más allá de determinadas tonalidades». En plata: que les gustaba lo que les gustaba y lo demás no les gustaba. Por otra parte, también pueden ustedes darle un sentido simbólico a todo esto de la música, no soy yo quien se lo va a impedir porque lo hago moi-même, que sin duda le habría gustado decir a Tanpınar. Pero, en conclusión, si los protas no se parten la cabeza para enterarse de qué es una tonalidad, ¿por qué va a hacerlo uno?

Y ahora viene la pregunta. ¿Hacía falta tanta movida para traducir «makam» por «tonalidad» y «mahur beste» por «composición en mahur»? Pues oigan, no, pero en algo tiene que entretenerse uno, que la ociosidad es la madre de todos los vicios. Y además así en la piscina tendré otro tema de conversación con mi hermana aparte de Penny Dreadful.

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