Good cop, bad compadre

Monsó_Esquilache

¡Capadlo! Digo… ¡Cortadle la capa!

Estoy la mar de preocupado porque la pobre Vic Moretti, la ayudanta del jerife Walt Longmire, de Guallomín, se ha metido en un lío de agárrate y no te menees no sé si por ser buena o mala policía. Me explico: en su momento (illo tempore) denunció una situación ilegal e inmoral, lo que debería ser función de una buena policía, pero fue interpretado por sus compañeros como mal comportamiento, propio de mala policía,  puesto que el tipo a quien denunció era un colega y entre colegas te callas la boca (aunque igual de poco te sirve, vid. Serpico).

Bueno, pues algo parecido en esencia pero no en extensión o gravedad me ha ocurrido a mí. Y, como me suele suceder, la experiencia me ha conducido a la reflexión (la experiencia es la madre de la maledicencia, dicen). Les pongo en antecedentes. Me di cuenta de que no había compartido con mis amigos turcos la bonita anécdota del señor que traducía «árbol bastante grande» por «extenso Platanus orientalis» que tanto éxito había tenido entre mis coleguillas hispanoparlantes, así que, ni corto ni perezoso, colgué la frasecita en el muro del feisbuq y estábamos echando unas risas cuando una señora (o señorita) me acusó de a) chismoso y b) carente de ética profesional por hacerlo. Según ella, no se puede juzgar una traducción por una frase, algo en lo que estamos todos completamente de acuerdo, pero le precisé que a) toda la traducción es un despropósito y b) que una cosa es una cagada (que te equivoques, vaya) y otra que te saques de la manga lo que no existe. No voy a entrar en más detalles porque la señora se airó (de airarse) bastante y yo me cansé enseguida, pero me quedaron claras dos cosas: 1) nadie es quién para decir que una traducción es mala a no ser que haya publicado un extenso informe de cada uno de los presuntos errores de acuerdo con las normas éticas de la asociación de traductores correspondiente; 2) ironizar sobre el producto del esfuerzo de un compañero es de cotilla y poco ético, como dije antes. Y, claro, no le llaman a uno esas cosas todos los días, así que me puse a pensar y llegué a algunas conclusiones.

La primera es que el esfuerzo no está en relación directa con la calidad del resultado. Es decir, puedo estar mucho tiempo esforzándome en algo y que me salga un churro. Es, por ejemplo, mi experiencia con la flauta dulce y la canción «Era de latón»; de hecho, cuanto más me esforzaba, peor me salía. Así que nada, si algo me parece malo o feo, me parece malo o feo por muchos sudores que les hayan costado a quienes lo hicieron. Sé que en esto hay mucho susceptible (yo mismo), pero no todos somos iguales y hay gente a la que todo le sale estupendamente sin que les cueste trabajo y no por eso los resultados son malos por muy dignos de (insana) envidia que sean ellos o los frutos de su poco esfuerzo. Qué se le va a hacer. Lo siento mucho, la vida es así y hay que saber aceptar las críticas con deportividad. Yo, por ejemplo, soy muy abierto a la autocrítica y siempre tomo buena nota de lo que me critico a mí mismo. Curiosamente, cuando me critican otros (para mal) me gustaría coger un cuchillo mellado y mohoso y arrancarles los ojos y llenarles las cuencas con plomo fundido (ideas que me ofreció mi capitán de la mili) pero me fastidio y no lo hago por simple convivencia ciudadana.

Lo segundo y principal es sobre quién puede decidir si una traducción es buena o mala. Y esto es la mar de peliagudo porque, si como sugería la señora, sólo los traductores asociados son capaces de emitir el informe pericial pertinente, pero luego resulta que denunciar en público que el fruto del esfuerzo de un compañero es una puerta miércoles (tengo el mismo corrector ortográfico que el Hematocrítico) es de poca ética, va a hacerlo Rita la Cantaora. Ella me sugería que escribiera directamente al autor del desaguisado y le expusiera todo lo que me había parecido mal, pero no sé qué haría si recibiera una carta mía con un «Estimado colega: Me es grato comunicarle que, en mi modesta opinión, su traducción de la obra TAL me parece una hez fecal por las razones que a continuación le detallo» incluyendo cuarenta folios de burradas. Estoy seguro de que sólo le quitarían el sueño la magnitud de la empresa y el hecho de que yo demostrara una carencia tan absoluta de vida social, personal, profesional, sentimental, etc., como para dedicarme a semejante tontería porque, además, una vez publicada la obra, ¿a cuento de qué le escribo? ¿Para que haga examen de conciencia y con dolor de los pecados y propósito de enmienda le diga al editor que retire todos los ejemplares de su traducción del mercado? Me da en la nariz que no.

Este último detalle elimina la posibilidad de que, a toro pasado, sea el editor quien juzgue si una traducción es mala o no. Una vez que la ha puesto en la calle no se va a andar con remilgos. Por lo menos, escribirle a éste sí que tendría más lógica. (Paréntesis. Se preguntarán ustedes cómo es posible que un editor publisher comilfó ponga una traducción chunga en circulación. Pues a mí no me miren, pero alguna vez he tenido que dejar de leer un libro porque la [mala] calidad de la traducción me distraía en exceso de la trama. Sólo una vez, eso sí, pero me ha pasado. ¿De quién es la culpa? ¿Del traductor jovencísimo, muy probablemente, al que hacen trabajar a toda pastilla y que confía en una corrección inexistente por aquello de la crisis?) 

Otros tipos típicos a los que se suele pedir opinión son los académicos, pero son capaces de enredarles con cualquier discusión bizantina de forma que al final no sepan ustedes a qué carta quedarse (yo mismo lo soy, ahora que me doy cuenta, no carta, académico). «Esta traducción no es un churro, sino genial, porque según Venuti… ¿No se ha leído Vd. a Venuti? Pues entonces, ¿para qué habla?» Y si sí te has leído a Venuti, pues se coge a otro intelestuás que haya escrito algún libro densísimo (por ejemplo, Sergio Viaggio, que tiene un libro que me encanta y les recomiendo pero que dudo que se hayan leído más allá del millón de personas). Con uno de ésos fundes a quien se atreva a querer mojarte la oreja. Ay, madre mía, cuánto daño han hecho estos lectores de Venuti y, en menor medida, Eco… Más o menos vienen a justificar que hagas de tu capa un sayo y te defiendas diciendo que los demás son unos catetos que no te entienden. Y así pasa lo que pasa, claro. Y si encima el autor te apoya (véase la tontería de García Márquez sobre la traducción de Cien años de soledad de Rabassa, y no digo que la traducción sea mala; no me la he leído porque me parece una majadería leerme una traducción a una lengua extranjera de un libro escrito originalmente en mi lengua materna), pues miel sobre hojuelas. Y si además de traductor trabajas en la universidad, les aseguro que prácticamente puedes hacer lo que te dé la gana y salir bien librado. Sólo en un congreso alguien tuvo el valor de preguntar a la ponente: «Y si la traducción no hubiera sido de tal-autor-famoso, ¿también la habrían considerado genial?» Y la ponente tuvo el valor también de contestar: «No, todo lo contrario», y casi le damos todos de besos.

Supongo que se irán dando cuenta de por dónde van los tiros. Si no eres traductor, no eres quién para opinar, por supuesto; sería como decir que la aspirina te sienta mal si no eres médico (¿Eh? ¿Que puedes decirlo? Vaya, no lo sabía). Si eres traductor, cualquier opinión negativa es de mal compañero. Si eres editor, no vas a opinar mal de un producto que estás vendiendo. Si eres académico, da igual lo que digas porque otro (o tú mismo) puede decir lo contrario. Si eres juez, te tienes que limitar a si hay plagio o no. Entonces, ¿quiénes pueden opinar sobre la calidad de una traducción? Pues, IMHO, los fruteros, conductores de autobuses, enfermeros, enfermos, bomberos, toreros, peones camineros, camareros, niños y niñas, capitanes y sargentos, damas y caballeros, proxenetas, monjas, merceros, farmacéuticos, carreros, acemileros, camelleros, agricultores y, en suma, cualquiera que se lea un libro traducido y tenga algo que opinar de la traducción, sepa o no la lengua original porque para eso se está leyendo esa traducción. Es decir, cuando yo digo que una traducción me parece mala, no lo digo como traductor, ni como universitario, ni como cordobés, ni como ex alférez de infantería, lo digo como lector, que ya es bastante. ¿Y no tendría que justificarlo o qué sé yo, escribir al traductor? Les voy a contar un secreto profesional: cuando voy a una heladería pido helado de chocolate y no le justifico al heladero (que igual está leyendo un libro traducido por mí) por qué no lo quiero de mantecado; si el helado no me gusta, lo tiro y no vuelvo a comprar en esa heladería, no redacto un pliego de agravios.

¿Y a mí qué me va ni qué me viene en todo esto? Pues muy sencillo: los editores españoles van a juzgar los libros que me van a encargar y mis traducciones por las que se leen en otros idiomas más conocidos internacionalmente. Y eso sí que me importa si el otro traductor se ha inventado la mitad de la novela.

P. D. Mesocurre que muchas veces pagamos pecadores (traductores) por otros pecadores (autores) y ahí tenemos una buena defensa: «Es que eso es lo que dice el autor en el original». Pero si nos inventamos cosas que el pecador original no dijo… chungo.

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Pal taller que voy

De dorpstimmerman by Tony Lodewijk George Offermans (1854-1911)

¡Jo! Yo me creía que lo de los talleres era otra cosa y me tienen aquí que parezco el Gepoetto.

Pues nada, lo dicho, que se van acercando los talleres de traducción de la isla Príncipe o Isla Gansa (o Grande) y se me ha ocurrido pensar un poco en ellos aunque, se lo juro, tengo cosas mucho mejores que hacer como seguir dándole vueltas a la cabeza a lo del plural de Pokémon o cómo hacen para meter la Fanta en las latas y luego cerrarlas.

Lo primero que he pensado ha sido que no entiendo lo de la moda de que ahora haya tantísimo taller para arriba y para abajo. Taller de escritura creativa, taller de cuentos para niños, taller de traducción, taller de lectura de novelas cuyos protagonistas masculinos sean rusos de mediana edad, etc., cuando antes sólo eran mecánico, de carpintería y tal. Da la impresión de que te tienes que ir a estas cosas con el mono azul lleno de grasa, algo que me parecería una excelente idea, por otra parte, puesto que soy maoísta sólo por lo que me gustaría ir siempre vestido igual y del mismo color sin tener que pensar jamás en qué ponerte o si en los zapatos de la boda no pegan con los pantalones del chándal y los calcetines de rayas de ejecutivo. Lo de las manchas de grasa disimularía las de yema de huevo (frito), de espaguetis napolitana y, mi especialidad, las de ensalada, así que todo son ventajas. Pero resulta que no, y mi gozo en un pozo, mire usted por dónde, que hay que ir como siempre aunque quizás un poco más desenfadado porque estamos entre colegas y tienen que darse cuenta de lo guay que soy, que somos, y así mirar por encima del hombro a los de otros talleres.

Tampoco sé muy bien qué esperan los organizadores que hagamos. Es decir, da la impresión de que piensan lo siguiente: «Angelicos, no hacen más que lloriquear que si no ganan un duro, que si las condiciones de trabajo son malas, que si los plazos, que si los contratos, y venga a dar la murga. Vamos a invitarles unos días a un sitio donde les demos de comer, puedan dormir con calefacción y ducharse con agua caliente y no tengan que hacerse la cama y que hagan lo que les dé la gana.» Pues mire, oiga, no le voy a decir que no soy quejica, además tengo más razón que un santo, y tampoco le voy a mandar a freír espárragos que a equino obsequiado no le examines la dentición (no recuerdo el origen de la cita, pero creo que era de Mortadelo, o de Pumby, o algún filósofo así), pero la verdad es que de eso ya tengo en mi casa. Bueno, sí que tengo que hacerme la cama y no se imaginan lo negativamente que afecta a mi rendimiento laboral (indirecta, indirecta). Pero bueno, a cambio de su amabilidad y del rancho, me gustaría hacer algo que a ustedes les interese, a ser posible relacionado con lo mío, pero no, no te dicen ni mú y te tienes que inventar tú el trabajo.

Fíjense si estaríamos agradecidos por el papeo el año pasado, que los de español (directa e inversa) teníamos a los demás talleres alucinados porque nos pasábamos el día y los días currando. Lo cual, visto lo que hacían ellos, tampoco tenía mucho mérito. La mitad de los del taller X se piraron a la ciudad (eis ten polin) en cuanto vieron que ni se pasaba lista ni te castigaban si no hacías la tarea (que tampoco es que hubiera) y los del taller Y se pasaban el día de paseo en grupo porque tampoco es que hablaran con mucha fluidez la lengua local, que se diga.

Igualmente ignoro qué es lo que esperan, esperamos, muchos de los participantes, porque hay quien llega con las manos en los bolsillos dispuesto a lo que le echen (por ejemplo, comida) pero sin una actitud proactiva (que no sé qué carajo es pero que lo uso para reírme de algunos comentarios en feisbuh del tipo «levántate con energía y verás cómo puedes», que a veces parece que son para estreñidos) o quien hace más o menos lo mismo pero con una miaja de pelotilleo como pasaba con los de la lengua Z, que tenían un señor mayor que parecía que por su boca salía leche y miel (muy rica con galletas maría) porque había tres o cuatro que no hacían más que tomar notas de sus doctos comentarios, supongo que los demás estarían escaqueaos. «En un lugar de la Mancha» se traduse «In a locate of the Spot» y todos venga a tomar apuntes con mucho oh y ah como si estuvieran viendo a, qué sé yo, a Tamariz, por ejemplo.

Por cierto, me reí mucho porque el coordinador del taller de A y s.s.s. de Vds. estábamos bastante moscas con toda la organización y el de B (pongamos árabe, por ejemplo) comentó que ellos estaban muy agradecidos a la organización porque habían traído a unos traductores legendarios épicos (sé que son unos anglicismos que más bien podríamos llamar videojueguismos, pero no he podido resistirme aunque suene un poco bizarro), uno de los cuales había traducido casi cuarenta libros. Mi colega de A (pongamos francés) no pudo aguantarse y le contestó que él mismo, sin ir más lejos, había traducido más de ciento cuarenta. Yo me callé, claro, pero me alegré.

¿Y yo? ¿Qué espero yo de unos talleres aparte de lo de pasarme una semana sin hacerme la cama? Teniendo en cuenta que me supone tener que afeitarme todos los días, no sé si salgo ganando, la verdad. Voy a pensar un par de cosas en contra y otro par a favor, a ver si me compensa. En contra: que dejo el trabajo que estoy haciendo y que trabajo en campos, modos y tenores (los tres tenores no) que a lo mejor (a lo peor) no me interesan. Ambas cosas son chungas, sí señor. A favor: que puedo aprender cosillas y que puedo conocer a nuevos amigüitos aparte de encontrarme con otros antiguos. La verdad es que pesa más lo favorable porque te lo pasas muy bien y echas muchas risas, pero se me hace muy cuesta arriba ponerme a pensar en coger el barco y todo eso… Supongo que todo saldrá bien, pero yo es que siempre he sido muy apocado, que diría Ortega.

(Escrito después de lo escrito pero en la misma fecha, es decir P.S. pero no P.D., por desgracia otro anglicismo, éste ortotipográfico, supongo):

Se me ocurre que a lo mejor algún compañero podría esperar algo de mí. No soy capaz de adivinar qué extraña enfermedad mental podría conducirles a esa conclusión tan peregrina pero se lo agradezco con lágrimas en los ojos. A cambio, les contaré mi gran secreto de traductor insigne, que a su vez me transmitió un profesor de la facultad y que yo he adaptado a mis circunstancias lingüísticas: Hay que empezar el texto por arriba y por la izquierda.

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Alirongo, alirongo, el premio yo lo quito y yo lo pongo

Echo_and_Narcissus

«Dime, espejito mágico: ¿por qué la envidia impide que me den el Óscar al mejor traductor?» «Vaya morro que tiene el colega éste, tú»

Honda inquietud ha producido en círculos traductoriles (¿A que parezco el ABC?) la reciente decisión del bedel ministerial encargado del asunto de cancelar el premio nacional a la obra (hasta dicho momento) de un traductor (el mismo) y, ya de paso, el de poesía joven, por motivos económicos puesto que los recursos empleados en ellos tendrían que desviarse, es un suponer, a los más recientes premios nacionales de diseño de moda y de tauromaquia, diseñado este último a efectos de generar fastidio en catalanes, separatistas, y franceses, apuntadores a bombardeos, y su posterior restitución al olimpo de los premios (Óscar/Nobel/Nacional) al objeto de evitar suspicacias y una vez ingerido el reglamentario carajillo de anís «Machaquito» por el anteriormente mencionado bedel en la propia cantina del ministerio y con el beneplácito del director general de dimes y diretes del ramo (no de flores).

O sea, que se han traído un trae pacá lleva pallá con el premio de aquí tespero, ocasión que yo he aprovechado para refrescar algunas de mis habituales meditaciones sobre los premios, especialmente los de traducción. Me van a permitir que se las cuente a ustedes porque pueden ser de una utilidad vital para las nuevas generaciones (¿eh?), quiero decir, la juventud en general (¡ah!).

a) Los premios de traducción son siempre compartidos: Condición que comparten (mire usted por dónde) con los Oscars u Óscares a los actores. Por la vía, con respecto al plural de dicho premio, es conveniente consultar el debate, me temo que apócrifo, entre la FUNDEU y la RAE sobre el plural de Pokémon: ¿Pokémons, Pokemones o «los Pokémon»? (Claramente, la única opción válida es la primera puesto que: 1) esa tilde tan mal paría ya nos indica que es un término extranjero; y 2) siendo un acrónimo de «pocket-monster», el plural es con «monsters»). Bien, esta claro que a ningún actor o actriz, conste el primero o el último en el reparto, sea o no éste en orden alfabético, le van a dar ni el Óscar ni el Pepe con un papel mierdoso. Así pues, la concesión del premio depende de lo lucido del papel+el lucimiento del actor.  Lo mismo más o menos ocurre con los premios de traducción: nunca jamás verán ustedes que les den un premio al o a los traductores de, un poner, Stephen King, autor demonizado injustísimamente por quienes reparten estos y otros premios pero que empieza a ser reivindicado. Si a él no le dan el Nobel, no le van dar el nacional al traductor, hombre. Da igual que la traducción sea fastidiosísima y laboriosísima y luego quede lucidísima y fluidísima, que te darán morcilla (si vas al cóctel y se sirve tan sabroso embutido, cosa que dudo). En cambio, si traduces a un poeta camboyano que logró huir de los campos de la muerte y se refugió en un templo budista de Madagascar desde donde contribuye a la recuperación y al mejor conocimiento internacional de los makis, premio fijo aunque su poema más difícil y hermético sea: «Te amo y te hallo/como la loro al papagayo/en el mes de mayo». Para ello es conveniente dar una entrevista en cualquier Babelia o Babia en la que se resalte la dificultad de la rima yeísta «-allo»/«-ayo», la cuasi-imposibilidad de diferenciar entre «loro» y «papagayo» (por instancia, en turco), y el esfuerzo realizado al transferir del camboyano al cardabás (digamos) como un artesano que trabaja el cobre el ritmo de las pausas en los significativos silencios intervocálicos.

De aquí podemos extraer un subpunto un poco traído por los pelos:

a bis) No hay que permitir que el original estropee una buena traducción: Especialmente si se trata de lenguas raras que nadie puede comprobar. Condición compartida con el Nobel de física (que nadie entiende) y con el de economía (en el que no se permite que la realidad estropee una buena teoría). De verdad, hombre, ¿se creen que alguien va a ponerse a mirar si la traducción del camboyano de antes está más o menos bien (y la medida de la bondad estaría en su cercanía/adecuación al original)? Vamos, si es premio seguro, échale un poco de morro y puedes hacer lo que te dé la gana; un poner: «Encuentro tu amor/entre aves del paraíso/porque siento el calor/de la estufa de mi piso», con las aves en vez del loro y el piso en vez de mayo y nadie se atreverá a decirte ni mú sobre todo si el autor es de prestigio y mucho menos en cuanto te den el premio (puedes acusar de envidiosos y catetos a quienes te critiquen).

b) Los premios tendrían que darse mucho antes: Condición ésta única del premio a la obra (general) de un traductor y del Óscar honorífico ése que dan a algún carcamal. Es decir, en estos casos se suele tratar de personas reconocidas e incluso conocidas en el mundillo y además más pallá que pacá, entonces, ¿qué sentido tiene el premio? ¿No ser los últimos en reconocer que el tipo (o tipa) tenía su aquél para no quedar peor que la Mohosa? Y digo yo, ¿no habría sido mejor no darle nada a, por ejemplo, Paul Newman, ya que nunca le habían oscardado? Resulta que te has pasado la vida currando, que tus colegas te contemplan con afecto ahora que ya no representas ninguna amenaza, que has traducido setecientos ochenta y tres libros o protagonizado ochenta y cuatro pelis o filmes, que creías que jubilado venía de júbilo pero estás para sopitas y buen vino como mucho, que los ahorros de tu vida te permiten que el vino de las sopitas sea Don Simón pero del etiqueta negra, etc. ¿Y ahora viene todo quisqui a darte la tabarra con premios para que tengas que ponerte la corbata y estar un rato de pie oyendo discursos de tíos pelmas? Anda y que les den, con lo a gusto que estás con la mesa camilla y el brasero.

En cambio, si estos premios se te concedieran cuando eres un estudiante joven y prometedor, te llenarían de ilusión y te enfrentarías a la vida profesional con la frente bien alta, con lo cual, además, sería mucho más fácil explotarte porque en los momentos de desconsuelo podrías abrazarte a tu estatuilla (no la dan en los premios nacionales, creo) y consolarte pensando en la confianza que depositaron en ti. ¿Y cómo elegir a esos jóvenes prometedores?, me preguntarán ustedes. Pues da igual, les contesto yo, como verán por el siguiente punto (en realidad letra).

c) No pretendas que te nominen si no saben cómo te denominas: Condición típica de los premios literarios y en ocasiones del Nobel de la paz, por ejemplo, aunque la verdad es que no lo sé. Dejemos de lado lo de que los premios se concedan o no más o menos a dedo porque esto es más terreno de la literatura creativa, pero como no tengas padrinos, aquí tampoco te bautizas (válido para no cristianos también). O sea, yo puedo haber descubierto la mayor revolución de la física desde Tolomeo, que si nadie se entera, de poco me vale para el Nobel. Lo mismo se puede decir para el de literatura en este caso: como no te hayan traducido (y mejor al sueco), como mucho te dan un accésit en los juegos florales de tu barrio. En el mundillo de la traducción cabe la posibilidad de que pase menos gracias al punto a), es decir, que tú seas un don nadie, pero que tu autor sea más famoso que, por ejemplo, Pikachu, por seguir con lo de antes, y entonces tienes chance, que dirían también en turco pero escribiéndolo «şans». Es decir, primero alguien del jurado tiene que saber que existes, y luego ya veremos. O sea, que como al camboyano de antes lo publique tu vecino de abajo y se gaste lo que se suelen gastar todas las editoriales hispanas en promoción, vas aviado porque nadie se enterará. La única ventaja es que tanto tu vecino como tú podréis echarle la culpa a la piratería de que no vendéis ni os dan premios (el camboyano igual ni se ha enterado de nada porque nadie le ha informado, que ésa es otra).

De todas formas y volviendo al punto anterior (c)), ¿qué mejor forma de darse a conocer que recibiendo un premio en la juventud? ¿Qué más da a quién sea el joven que se le dé si luego igual no vuelve a hacer nada en la vida? ¿Por qué no concedérselo a algún sobrino en quien se pueda confiar? 

d) En general, sería mucho mejor que me dieran el premio a mí: Condición compartida por todos los premios, incluidos los sorteos de muñecas chochonas o juego de cuchillos del cocinero Tony (¡ojalá me tocaran esos cuchillos!, me digo siempre, pero luego resulta que no es un sorteo sino la teletienda). Es decir, me parece muy bien que les den premios a otros, pero después de que me los den a mí. ¿Por qué a ellos sí y a mí no, vamos a ver? ¿Qué pasa? Seguro que los premios están amañados y son todos unos enchufados, algo que cambiaría de inmediato si me los dieran a mí. Esto es curioso, si a alguien que te cae gordo le dan un premio, el comentario es «Todos sabemos que este tipo de premios están concedidos de antemano» y tal y cual, pero si el premiado te cae bien (no digamos ya si eres tú) todo son «Se trata de un premio de gran prestigio internacional y justamente otorgado» y bla, bla, bla, que parece que te hubieran puesto en el cuadro de honor de los Maristas. Y si no me los dan a mí, por lo menos que se los den a un pariente o amigo que invite. O mejor no, a mí y que además me inviten mis parientes y amigos para hacerme la pelotilla y se mueran por estar conmigo y yo pueda amenazarles con un «ya no te ajunto» que les haga temblar de pavor. Tengo que precisar que este último punto d) no tiene nada que ver con ese pecado llamado envidia sino con una justa retribución de los bienes del estado (en el caso de los premios nacionales). Y de aquí derivamos otro subpunto:

d bis) Si el premio no me lo dan a mí, hay que interpretarlo en clave de mi lucha antiimperialista: Condición compartida con todos los premios, exceptuada la muñeca chochona. Todos sabemos que los premios no son sino el reconocimiento que el capitalismo internacional hace a los sicarios del imperialismo, si el premiado es de un país en vías de desarrollo o del tercer mundo, o a uno de los representantes del capitalismo imperialista directamente. Véanse Tagore y Churchill respectivamente. También se conceden a agentes antirrevolucionarios que pretenden minar los logros del socialismo (Solzhenitsyn) o con ellos se intenta sobornar y pervertir a quienes no tienen los ojos cerrados ante los peligros de la reacción (Shólojov). Es decir, nunca me darán un premio debido a mi posicionamiento junto a los colectivos sociales que se resisten ante la injusticia que representa la lucha de clases planteada por el imperialismo capitalista que pretende imponer una globalización que pervierte la lucha del proletariado para conseguir espacios de libertad… Y si antes de que acabe de hablar (puedo estar bastante rato, en la facu iba a muchas asambleas) me dan algún premio, puedo asegurar sin temor a equivocarme que algo empieza a cambiar en el establisment cultural en este país, etc., o ser tan chulo como para vacilar con que ya era hora de que me lo dieran a mí si se lo han dado a Juanillo.

Total, que no está muy bien pensado esto de los premios, no, y además (y esto es verdad) no entiendo muy bien para qué sirven. ¿Para que pensemos que si nos esforzamos nos darán unas palmaditas y un muy bienvenido cheque con una paga extra? Si te dan un premio porque has hecho algo bien, ¿significa que el resto del género humano es chapucero? Si se lo dan a alguien que ha hecho algo excepcional, ¿significa que el resto del género humano es mediocre? ¿Es mejor una condecoración al mérito que una medalla con el Sagrado Corazón de Jesús si esta última es milagrosa? Preguntas candentes que puede utilizar en cualquier momento en una barra de un bar si se le ha acabado ya el tema del fútbol y no quiere meterse en líos de política.

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Cevdet Bey e hijos/Cevdet Bey ve Oğulları

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«Cuchi qué bonico el afoto en colores y tó del puente de Gálata» «¿Esos son los de San Pablo?»

Por fin, hombre, por fin salió la primera novela del Pamuk, traducida por s.s.s. de ustedes que sus manos besa llevándoselas luego a la frente como mandan los cánones turcos para de paso ver si cae alguna perrilla aunque sea en forma de royalties. Y me congratulo tanto porque, oigan, que a los de Mondadori les tengo yo un afecto afectísimo (pelotilleo descarado), pero van, te meten una jartá de bulla para que les tengas la traducción cuanto antes e incluso intentan arañarte unos diíllas cuando redactan el contrato (algo que, por lo menos a mí, me hacen todas las editoriales grandes o pequeñas, dicho sea de paso) y luego tienen el manuscrito en un cajón (según todas las editoriales grandes o pequeñas es culpa de la imprenta) dos años (dato verídico, palabrita del niño Jesús), que me parece a mí una barbaridad, aunque tampoco es que un libro vaya a ponerse malo o pasarse de fecha.

A lo nuestro, a hablar del libro como le habría gustado a Umbral (que, por cierto, tenía más razón que un santo). Cevdet Bey e hijos es la primera novela de Pamuk, de la que luego renegó un sí es no es pero que hizo que su padre le profetizara (supongo que sólo por cariño de padre, que tampoco creo que tuviera poderes sibilinos) que un día acabarían dándole el Nobel (de literatura, no será otro, ¿no?). La presentó al premio Milliyet de novela de 1979 y lo ganó ex aequo (que no tiene nada que ver con caballos) con otro señor que no viene al caso, y quiso la mala suerte que al año siguiente los militares dieran un golpe de estado tremebundo y la novela se quedó sin publicar por aquello de que había problemas más urgentes y porque, no sé el motivo, la verdad, el papel se puso carísimo, tanto que me llamaba mucho la atención los primeros años después de venir que mis amigos turcos cuando veían un libro español lo primero que hacían era manosear las hojas y hacerse lenguas de la calidad del papel y les daba igual que lo de dentro, o sea, lo que decían las letras, fuera bueno o malo. No sé yo si no sería eso un augurio de la fortuna que ha corrido la traducción, pero si lo es, mejor, porque cuando por fin pudo publicarla en 1982 le dieron otro premio, el Orhan Kemal del año siguiente, esta vez para él solito.

Como digo, luego renegó un tanto de esta novela cuando empezó a escribir cosas raras de ésas que naidentiende. Aquí en Turquía lo típico es que si no te gustan las novelas de Pamuk (que no tienen por qué gustarte, vamos, un poquito de personalidad) digas que la mejor que nunca jamás escribió es ésta, la hayas leído o no porque, total, nadie se ha leído las otras y ésta por lo menos es sota, caballo y rey, con su sujeto, su verbo y sus complementos en el orden correspondiente y sus tres partes: inicio/presentación, desarrollo/nudo, final/desenlace, aunque digo yo que tendría que ser desnudaze porque la parte central no es un lazo. Y con todo y con eso no es tampoco en plan «Era de noche y sin embargo llovía», no señor, que hace sus pinitos con el tiempo y tal. Si en realidad lo que pasa es que te cae gordo Pamuk y no te has leído sus novelas ni por el forro o cubierta (lo que hace un importantísimo porcentaje del personal opinador, según mi experiencia), lo que tienes que decir es que las ha copiado/plagiado a alguien, en este caso a Thomas Mann y Los Buddenbrook, como hace un conocido mío (para mi desgracia) y por mucho que la saga familiar de Pamuk sea más o menos descaradamente la de la propia familia Pamuk y no la de Mann: ¿No es una saga familiar? ¿No dice y ha dicho el propio Pamuk a quien quiera preguntarle que se inspiró en el novelón de Mann? Pues eso, copiao y plagiao. Como me copia y me plagia a mí mismo, que uso las cinco vocales al escribir y él también. La verdad es que estas cosas me animan un montón y me hacen recuperar la fe en el ser humano porque me demuestran que en todas partes del universo mundo hay tontos del culo.

Bueno, vamos a hablar una miaja de la traducción. Lo primero es el título, que me trajo un poco por la calle de la amargura (c/ Amargura, 3º izqda., más exactamente) porque a ustedes les parecerá una tontería, oigan (vid. última frase del párrafo anterior), pero ¿Cevdet Bey y sus hijosCevdet Bey e hijos? Al final opté por la segunda opción (óptima) porque es nombre de empresa y es lo que le habría gustado hacer a Cevdet Bey y me acordaba de D. Vito cuando le cuenta sus proyectos frustrados a su hijo Miguelito («juez Corleone, senador Corleone», etc., etc.), aunque no tengan nada que ver la novela y la peli que se me vino a la memoria probablemente fregando o en el tranvía si iba agarrado a la barra. Y la verdad es que poco más hay que hablar de la traducción porque, como habrán podido deducir a estas alturas, la novela es, con diferencia, la más fácil de Pamuk y por eso gusta a cierto tipo de gente que, como está permanentemente cabreada, no tiene tiempo para calentarse la cabeza. Por contarles algo, me acuerdo de que yo sí que me calenté la cabeza viendo a ver cómo traducía de forma distinta los términos que Nusret, el hermano de Cevdet, dice en francés y traduce a la palabra árabe que se usaba en turco. Un poner, «révolution» e «ihtilâl», como verán suenan de forma completamente distinta, pero ningún español se quedaría ojiplático si le descubrieran que «révolution» significa nada menos que… ¡revolución!, como sí se supone que se queda nuestro personaje.

Me da la impresión de que ese fragmento tiene una alusión muy bonita a los enormes problemas que se encontraban los revolucionarios o ihtilalciler de entonces al intentar traducir palabras francesas como «libertad» (para lo cual ellos usaron «condición de horro»), «república» (aquí hubo que recurrir a un término cuasi-religioso, como comunidad), o «revolución». Recuerdo haber leído por ahí la aventura del término «libertad» y tenía su miga la cosa; y, para más INRI, ahora tampoco se dice así en turco moderno. Cosas que pasan, oiga.

Repaso mis subrayados del libro y unos folios (tres) que tenía metidos en él con lo que debían de ser las (tres) últimas dudas insolubles y no sé por qué eran tan insolubles, la verdad. Una son unos juegos infantiles, que supongo que le pregunté a algún colega y vuelvo a suponer que me dio igual porque lo malo no es saber cómo se juega, sino si se juega/jugaba en Córdoba y si yo lo jugué alguna vez como para saberme el nombre. Sinceramente, saber cómo se llaman este tipo de cosas en, pongamos, Tegucigalpa me importa un bledo porque me quedaría igual que si me lo dijeran en turco. Otra duda es una especie de chiste sobre una referencia cultural que desconozco porque me faltan datos y no me acuerdo como resolví y no me apetece ponerme a mirarlo (es un fragmento de una conversación, como si oyes sólo el final. Imagínense que un turco lee la siguiente línea: «Y yo le dije: ¿Isabel como Fernando? Ja, ja, ja», ¿a que se queda a dos velas?, pues algo así). El tercero es una duda doble sobre si poner una cosa u otra (un poner: ¿«Ferrocarril» o «vía férrea»? En parte dependía de cómo se llamara la asignatura correspondiente en Ingeniería, si es que existe). Entre los subrayados y notas encuentro una frase (mía) que ahora me resulta sumamente intrigante: «porque era una gilipollez». ¿Que me llevó a semejante conclusión? Misterio. ¿A qué me refería? Otro misterio. A juzgar por la caligrafía, aún peor de lo habitual, debí de escribirlo en mala postura, por ejemplo de pie, y seguro que en ese momento me pareció que quedaba clarísimo. Si alguna vez alguien hace una tesis sobre mis manuscritos, le compadezco desde ya.

Pues bueno, eso es más o menos todo lo que se me ocurre ahora sobre la traducción de la novela. Tengan en cuenta que llevo en planta desde la seis de la mañana y comprenderán que no esté muy ocurrente. Lo más importante es que no olviden recomendar a todos sus amigos y familiares que compren la novela para regalarla a todos sus amigos y familiares. Si ustedes o ellos la quieren leer también, miel sobre hojuelas, pero que no se diga que les estoy obligando.

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Es que el original es feo…

Quentin Matsys - A Grotesque old woman

Más feo es el original éste que pegarle a un padre

Afortunadamente el rientro no ha sido sólo a las clases sino también a la traducción. Curso nuevo, libro nuevo; no está mal, que los traductores somos como los fontaneros, que si a nadie se le rompe una tubería no tenemos nada que hacer y lo malo de estar mano sobre mano es que te mueres de hambre. Menos mal que tengo otro oficio paralelo, que si no iba a pasar más hambre quel perro un maestro…

En fin, que les decía que libro nuevo, pues sí. La agente que lleva los derechos del difunto autor me llamó muy animada porque a cierto editor español le había encantado la obra y estaba deseando publicarla. Hasta aquí todo bien, aunque supuse (acertadamente) que la habría leído en inglés y eso me mosquea sobremanera porque los editores, críticos, académicos, porteros, carpinteros, neurocirujanos y quiosqueros tienen la maldita manía de creer que todos los originales están en inglés, como ya mencionamos en cierto momento. Y quien dice inglés, dice francés, que a un amigo mío le dejaron en la mitad las tropecientas páginas de la novela que había traducido porque la versión francesa (la que había encantado al editor) era una especie de versión a la Selecciones del Readers’ Digest, con aquellos resúmenes tan prácticos. Ahora que lo pienso, visto el formato y el anuncio, estoy seguro de que lo que aparento leer en la foto que adorna mi perfil feisbuquero es un Selecciones (que les mandaban a mis padres por médicos, con su publicidad específica para la profesión, como, por ejemplo, el Minilip para adelgazar, que eran anfetaminas y que con el tiempo resultaron ser drogas malísimas más propias de facineroso que de mocita preocupada por el sobrepeso).

Pues bueno, lo malo que tiene que el editor se lea una traducción al anglofrancés de un librote cuya versión castellana va a encargarte a ti es que en muchas ocasiones cualquier semejanza con el original (turco, en el caso que nos ocupa) puede ser mera coincidencia e igual luego una traducción más ajustada al original no le gusta y la hemos fastidiado. ¿Que por qué hacen eso los (algunos) traductores anglofranceses? Pues qué sé yo, aunque tengo mis teorías, claro. En fin que la mencionada agente tuvo a bien enviarme la versión inglesa de la novela por si me servía de ayuda y fui lo bastante tonto como para ni echarle una ojeada en aquel momento.

Me permito hacer una digresión para los legos: usar una traducción a otra lengua no es hacer trampa ni copiar. O, si es hacer trampa, lo es tanto como si el neurocirujano de antes le operara a usted el cerebro verle bueno mirando un libro que detalla el procedimiento. ¿O preferiría usted que no copiara? Pues usar una traducción previa nos permite evitar meteduras de pata, bien porque el otro las evitó previamente, bien porque vemos las que ha cometido y las evitamos solitos. Y eso sin innecesarias pérdidas de tiempo. ¿Ven qué práctico?

¡Uf! Como escribo esto a ratillos, en «las colillas del tiempo» como los llamaba mi profe de lengua D. Jose Mª Peñuelas, se me va la olla cantidá. ¿Por dónde íbamos? Por la parte en que la primera vez que miro la traducción al inglés es cuando me dispongo a empezar a traducir la española y, como se pueden imaginar, me encuentro con que el laureadísimo traductor (aunque sólo haya traducido dos o tres libros en su vida) ha hecho de su capa un sayo y, muy a la Venutti, ha dejado el original como le ha dado la real gana, reescribiéndolo en un inglés que para sí querría cualquier mal imitador gongorino de Antonio Gala (observen que he dicho «mal imitador de»; y si he puesto como ejemplo a D. Antonio es porque me he acordado de una conocida que me decía que le encantaba El manuscrito carmesí porque era «pura poesía», por lo que me permití sugerirle que leyera directamente poesía en vez de novelas larguísimas; ahora creo que fui bastante grosero). Pensándolo bien, igual los laureles se los han dado al traductor en cuestión precisamente por eso. Es decir, el crítico medio anglosajón no sabe turco ni falta que le hace, ¿no?, y si ve una traducción supone que es fiel al original, ¿no?, antonse creerá que si la traducción está escrita en un lenguaje muy alambicado es porque el original será la Bianca Castafiore de las novelas y será complicadísimo traducirla, ¿no? ¿Me siguen?

A mi traductor le ha parecido que el original no hacía justicia a su fama (ni la propia del original ni a la suya como traductor) y ha decidido embellecerlo. ¿Que como lo sé? Toma, porque tengo los dos textos delante. Pero no sólo eso, sino que además lo dice con toa su boca en una entrevista. Por ejemplo, no se corta en afirmar: « I tried to embellish the text just like an artisan shaping copper by pushing the limits of the English language» (lo dejo en inglés, no para presumir de que lo sé, sino pa que vean). De la misma forma que confiesa que ha decidido no traducir términos como «terkip» («componente», etc.) o «iklim» («clima») supongo que porque la tiene más grande que el traductor medio. Y claro: «Some readers and critics may find it difficult to understand», que a juzgar por los comentarios en Goodreads ha sido exactamente lo que ha pasado [Una lectora/crítica dice: «I put this aside after I had read 70 or so pages. The language was so overwrought as to be unbearable (and I’ve read Proust’s Rememberance twice, so I have a high tolerance for baroque writing)» y ahora igual me quieren llevar la contraria ustedes con que a lo mejor es el original, pero esperen, esperen.]

Les voy a dar algún ejemplillo para que vean que la culpa no la tiene el original, o no siempre, que tampoco es una obra maestra como Crepúsculo o Nosécuántas sombras del Gris, sino que tiene pretensiones. Usaré ejemplos cortitos para no aburrirles y no cansarme, pero hay todos los que quieran encontrar. Un poner, el original dice «gürültücü çocuk», que significa «niño ruidoso» o «nene follonero» en cordobés, y el colega pone en inglés «boisterous sylph», que no sé en qué siglo se diría eso. En lugar de una palabra más normal para «enfermo» («hasta») me usa «infirm». «Grande» se convierte en «epic proportions», «inquilino» en «bête noire» y, lo mejón de lo mejón, redoble de tambores, prrrrrrrum, «un árbol bastante grande» («büyükçe bir ağaç») se convierte, por arte de birlibirloque, en «a sprawling Platanus orientalis», que no sólo se inventa el tipo de árbol que es porque sí, porque le da la gana, sino que además decide escribir el nombre en latín, pa que veamos… ¿qué? ¿Qué es lo que tenemos que ver? ¿Que los del tranvía lo contrataron a él para en lugar de «beware of pickpockets» decir aquello de «probable incidences of larceny»?

Y así frase tras frase y página tras página. ¿Y eso?, me preguntarán ustedes a mí en vez de a él, que está más lejos. Pues qué sé yo, pero tengo una teoría. Mi teoría es que, en general, pocos hacen tanto daño a la traducción como los traductores académicos. ¿Por qué? Porque además de traducir les gusta teorizar (en realidad no les queda más remedio si quieren publicar artículos que luego les den puntos) y se sacan cada cosa de la manga que más les valdría haberse quedado callados. En este sentido pocos han sido tan dañinos como el mencionado Venutti con su idea de que una traducción debe parecer una traducción (es decir, notarse; es decir, justo lo contrario de lo que pide el lector medio/normal: que no se note). Los traductores académicos no sólo se permiten el lujo de hacer lo que les dé la gana con los originales porque luego afirmarán que ése es el resultado de sus teorías, sino que además  lloriquean, como nuestro amigo:

The time I had to translate the book was very limited because I instructed classes at X University. Classes, book projects and analytical writings consumed most of my time. Lengthy and sophisticated books such as “X” and “X” take a few years to translate. Moreover, novels of writers who are known to use complex and intense language such as X and X require even more effort.

¿Cómo? ¿Unos pocos años para traducir un libro? ¿En qué afortunado mundo vive usted, hombre? (Respuesta: En la Universidad X. A todo esto, ya se habrán dado cuenta de que he cambiado los nombres por X y que no todos son el mismo, no se me líen.) ¡Venga ya! ¡No me sea tan llorica! ¡Esto vir! (En latín viene a significar lo de esta copla)

Y ahora alguno de ustedes alzará una ceja (derecha o izquierda, a su gusto) y me recordará que yo mismo soy académico y traductor y escribo artículos puntuables sobre mis traducciones y que estoy tirando piedras sobre mi propio tejado y que tal y que cual. Pues es verdad, pero no soy traductor y académico a la vez, sino que sufro una curiosa esquizofrenia profesional y soy o una cosa, u otra, según el trabajo que esté haciendo en ese momento (también soy hijo y hermano, pero no es lo mismo). Por otra parte, no me imagino lo que me contestarían los de las editoriales (españolas) si les dijera que para traducir un libro, por difícil y extenso que sea, necesito «a few years». Me parece oír las carcajadas desde aquí.

Sinceramente, no me gusta criticar a los colegas (en público), pero es que hay quien se pasa, caramba. Seguro que, conociendo el original, no tendrían muy buena opinión de mí como traductor si escribiera algo así:

En un diminuto villorrio de aquella pintoresquísima región de Castilla la Nueva denominada con el nombre de «La Mancha», el apelativo habitual del cual no desearía revivir en mi memoria, en tiempos no muy cercanos pero tampoco muy lejanos habitaba un fijodalgo…

Pues eso.

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Costumbrismos veraniegos: Las tres culturas de los mil rayos

2013-09-09 13.33.01

En Prosperidad la cuarta cultura es la caribeña

De vuelta al tajo y en casita tras el periplo francés de las maletas y nuestra tradicional estancia en tierras patrias. Se han quedado en mi retina imágenes imborrables de nuestra tierra… No, mejor será decir que ha habido varias cosas que me han llamado la atención a pesar de mi habitual falta de ella. La primera ha sido (en la frente) que la crisis se nota una barbaridad, sobre todo, o eso me ha parecido a mí, en Almería (Cthulhu fhtagn!, por otros motivos y sin que deba considerarse una toma de postura por mi parte). No obstante, y no olviden que resido en ese amplio mundo llamado extranjero, lo anterior no ha sido óbice para que las terrazas de los bares (eso sí, en Córdoba) estuvieran rebosantes de vida (masculina encorbatada y femenina enfaldada) a esa misteriosa hora llamada «del desayuno», y no pretendo sugerir que estuvieran holgazaneando ociosamente porque todos mascaban a dos carrillos poniendo en funcionamiento sus mandíbulas. A los extranjeros (en general) ya les cuesta, ya, entender nuestros horarios comerciales, pero, a juzgar por mis estudiantes, aún les cuesta más entender nuestros hábitos alimenticios.

Con las legañas puestas nos tomamos el famoso café bebío (recuerden: café y cigarro, muñeco de barro; si el cigarrillo es un «Bisonte», es el mejor remedio contra el estreñimiento) y nos vamos a trabajar (caso de no estar en paro) o a seguir durmiendo en clase (según la hora). Mis estudiantes también lo hacen, porque Estambul es ciudad inmensa e ir de un sitio a otro requiere bastante tiempo y paciencia y además aquí la idea platónica de desayuno no es tomarse una madalena o unas galletas con sólo media nalga en una silla, sino una mesa puesta como para saciar el apetito más recio (o los apetitos, caso de que caigamos en el pecado de la gula [recuerden, templanza]) con su pan, su mantequilla, quesos, tomate, pepino, mortadela y, lo más necesario y sine qua non, aceitunas negras (las verdes son optativas), pero el resto del día son más templados (de templanza). Los españoles desayunamos (lo sólido) a media mañana interrumpiendo la jornada de trabajo, lo cual tampoco está mal teniendo en cuenta la maldición divina. A la hora a la que se almuerza en los demás países del mundo (y se almorzaba aquí) nos tomamos un aperitivo que no se lo salta un torero (tipo enormísima cuña de tortilla) y luego nuestras madres nos riñen. Almorz(-áb-)amos un primero y un segundo de insorribles platos indigestos (véase fabada de primero y manitas de cerdo de segundo, etc.) poco antes de emprender la segunda parte de la jornada laboral. Si eres menor de edad, a media tarde tienes la merienda y si no lo eres, pues te tomas otras tapichuelas al salir del trabajo (albóndigas, ¿por qué no?). Y por fin, a la hora en que los europeos, africanos, asiáticos, americanos y oceánicos se acuestan, nos embaulamos nuestro par de huevos fritos con lo que haya sobrado de ayer, sean habichuelillas verdes, filetes empanados o pescada rebozada. A mis estudiantes, que son jóvenes, les cuesta entenderlo, y tampoco entienden que todo (menos el Corte Inglés) cierre a mediodía, pero a ver quién es el guapo que no se echa una cabezadita después de la fabada y las manitas.

Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención este verano ha sido lo siguiente: Estaba yo sentado en una terracita con unos compañeros de colegio (dato verídico) a los que veo cada cuarenta años (modismo turco) y poco a poco fui oyendo como un tumulto a mis espaldas, como si estuviera paseando por la Casbah del anuncio de Patrick’s. Me doy la vuelta, miro, y me habría caído de la sorpresa de no haber estado convenientemente sentado: ¡Un enorme paso de Semana Santa en fecha tan alejada de esta última como la primera semana de septiembre! ¡Y con los mádelman tapados con trapos ad-hoc! ¿Qué de foco (mala traducción)? Pos resulta que mis amigos (algunos) tuvieron a bien explicarnos al resto (para nuestra estupefacción) que se trataba de una especie de entrenamiento para un via crucis que se iba a llevar a cabo en breve. Teniendo en cuenta que dicho entrenamiento no sólo se realizaba en pleno siglo XXI sino también en la céntrica plaza de las Tendillas (que tiene una estatua ecuestre del Gran Capitán en extremo conveniente para indicar direcciones: «para donde mira el caballo», «para donde mira el culo del caballo»), me atreví a proponer que se celebraran también autos de fe en la plaza de la Corredera («para donde mira el culo del caballo»), donde antaño se hacían, a modo de festividad lúdico-turística. Mi propuesta agradó a mis compañeros, pero la vieron poco realista, no sé por qué, quizás porque la mayoría de los turistas son extranjeros y, por lo tanto, herejes y quizás no les guste el olor a chamusquina.

Pero bueno, no me voy a poner radical, que lo fundamental es ser tolerante y para eso nos hemos inventado el rollo de las tres culturas. Como lo de ser tolerante es una virtud, hay que serlo por narices y si alguien lo pone en duda, partirle la cara. «¿Que no soy tolerante yo? ¿A que no me lo dices en la calle?». Hombre, es que es como que duden de tu heterosexualidad, aunque haya multitud de homosexuales infinitamente más viriles que tú («tú» soy yo); delgadito y poca cosa pero hetero a marchamartillo y tolerante hasta la muerte (del otro). Lo malo es que tanto españoles como turcos tenemos ciertos momentos más o menos oscuros en nuestra historia de la tolerancia (por ejemplo, ni judíos ni moriscos acabaron de comprender que los reyes españoles les enviaran al extranjero para completar su formación, como diría no sé qué señora del gobierno) así que lo mejor es demostrar que somos tolerantes ahora. ¿Y cómo lo hacemos? Pues nos inventamos lo de las tres culturas y ya está y vamos dando la tabarra a todas horas, que ni en España (al menos en Córdoba y en Toledo) ni en Turquía se nos cae de la boca en todo el día. En realidad, como ustedes habrán podido darse cuenta, son tres religiones, pero pelillos a la mar. También es cierto que en las edades medias (España) y modernas (Turquía) dos de las culturas/religiones andaban generalmente a la greña o a estacazo limpio y la tercera de vez en cuando cobraba de ambas, mal asunto. En fin, lo bueno del pasado es que pasado está, y lo bueno del pasado lejano es que nadie se acuerda, así que podemos dar rienda suelta a nuestra tolerancia.

En mi tierra esto se lleva a cabo sobre todo con dos adjetivos que acaban en «i» acentuada: sefardí y andalusí. Casi cualquier cosa puede ser sefardí o andalusí; por ejemplo, por ejemplo, por ejemplo, la música, el acento, el pelo, los diseños y, con ellos, cualquier objeto, desde un cuaderno hasta una camiseta. Con que tenga unos cuadrados que se cruzan formando estrellas de ocho puntas, ya está, se le ponen unas letras árabes y andalusí al canto; con triángulos, estrellas de seis puntas y letras en hebreo, sefardí. Por supuesto, lo que ponga en dichas letras da absolutamente igual y podría ser una cita de algún libro sagrado, «viva el Betis manque pierda» (no olvidemos que el Betis ha proporcionado la bandera a nuestra comunidad autónoma. ¿Qué? ¿Que es al revés? Lo dudo munchísimo), o «zoy españó y andalú, cazi ná», frase esta última que nos serviría para aprovecharnos de la confusión habitual que tienen los extranjeros entre andalusí y andaluz.

No obstante, lo sefardí y lo andalusí lucen sobre todo en la comida. Supongamos que hace usted un gazpacho de chuparse los dedos (algo muy difícil de hacer con un gazpacho, o no quiero pensar en el nivel de guarrería necesaria para lograrlo) pero el nombre le parece soso; pues le echa unas uvas pasas, por ejemplo, y ya lo puede bautizar (chiste muy, muy malo) con el bonito nombre de «gazpacho sefardí». Si alguien le recuerda que los tomates vienen de América (caso de añadirle pimiento, pues también), descubierta, uy, perdón, mutuamente encontrada el mismo año en que se les dio la patada a los sefardíes, no caiga usted en el error de tirarlo por el fregadero y preparar un gazpacho blanco, sino oféndase violenta pero tolerantemente y vocifere: «¿Y las uvas qué? ¡So listo!». ¿Que prepara usted la fabada de la que habíamos hablado previamente? No problemo. Se le echa un poco de miel y ya está la fabada andalusí. Si el pelmazo de antes empieza a darle la tabarra con que aquello lleva chorizo, morcilla, tocino y demás productos puercos, replíquele que su plato es, ante todo, tolerante y por eso fusiona la cultura cristiana (carne de cerdo) con la musulmana (miel) y que si usted se toma la puerca miel, bien podría la otra parte soportar el cochino cerdo, caramba.

Además, en nuestro caso es extraordinariamente cómodo ser tolerante porque echamos a las otras culturas años ha (bueno, las echaron unos antiguos) y no opinan, de forma que todo consiste en que el prójimo (no necesariamente de las otras dos culturas) tiene que ser tolerante con lo nuestro. Por ejemplo, supongamos que a mí me molesta sobremanera que hagan prácticas de procesiones en periodos no procesionales (Semana Santa) y manifiesto en voz alta mi incomodidad; siempre se me puede reconvenir de la manera siguiente: «¡Qué intolerante eres! Seguro que si fueran moros o judíos no protestabas tanto». Por supuesto, es inútil recordar que moros y judíos no hacen procesiones o que también protestaría en caso de que las hicieran, porque como no hay, pues nada… «Sí, sí, seguro que no protestabas». Y aquí conviene recordar ese uso correcto de la palabra «moro» que se refiere al emigrante pobre. «Árabe», en cambio, es el ricachón de los petrodólares y/o el andalusí, culto, rico, guapo, alto y listo, que no en vano eran antepasados nuestros. No me consta que se dé el mismo caso con los judíos porque el uso de «israelita» por «israelí» no tiene nada de peyorativo, que digamos, pero da igual.

En fin, que podemos andar por ahí dando el tostonazo con lo de las tres culturas, que nadie se atreverá a decirnos ni mú para no quedar de intolerante. De paso, podemos cobrar más por el gazpacho gracias al añadido de la miel o pedirle a los Reyes Magos (no sé si atreverme a espoilear quiénes son los RR. MM., verbo, por cierto, que me da mucha más risa que «destripar» o «reventar», infinitamente más sanguinarios) una Barbi andalusí y un Ken sefardí (¡enamorados como corderos a la miel!) y un aifón v.5 FW. 7.01 «Tres Culturas» con tres alfabetos de distintos colores.

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Costumbrismos veraniegos: Si emigras, inmigras (digo yo)

Los niños infieles

Los niños infieles agradecen su atención. No olviden pasar por caja.

Una de las ventajas que, en mi opinión, ha tenido la crisis económica ha sido que ahora vuelve a haber gente que se va a trabajar a Alemania. Como tampoco se van en plan Vente a Alemania, Pepe, espero que a partir de ahora los empleados de la función pública y privada se enteren un poquito más de lo que es la emigración, que hasta la presente, y una vez olvidados los años del antedicho Pepe, parecía que les sonaba todo a chino porque en España atábamos a los perros con longanizas (más hacia la parte de Cataluña, que en mi tierra serían chorizos, llamados “de rosario”, no por los misterios dolorosos y tal, sino porque los chorizos, atados consecutivamente, recordaban las cuentas de tan piadoso adminículo) y «emigrante», quizás por la rima, se tomaba como sinónimo de «currante» en su sentido más proletario, o de «extranjero pobretón» aunque no rime.

La confusión estaba, en primer lugar, en el mismo término «emigrante». Según el DRAE, significa: «Dicho de una persona: Que se traslada de su propio país a otro, generalmente con el fin de trabajar en él de manera estable o temporal», y yastá, que tampoco es pa tanto y parecía que mentaras a la madre cada vez que lo decías. «¿Has visto qué temporada ha hecho el Rayo Vallecano?» «No, es que soy emigrante y no vivo aquí.» «No, hombre, ¿cómo vas a ser tú emigrante?» «Porque me he trasladado a otro país para trabajar (generalmente) de forma estable.» «Pero, ¿no eres profesor?» Y esto era lo más grasioso, que los profesores no podíamos ser emigrantes porque los emigrantes, como todos sabemos, van en expresos nocturnos y llevan boina y maletas de cartón y fuman «Celtas». Pues miren ustedes, conocí a un agregado cultural que hacía que le mandaran los Celtas cortos por valija diplomática y ése sí que no era emigrante porque era diplomático (también era el colmo del pijerío porque, vamos, que te manden los Celtas por valija, con lo buenos que están los Ducados…). Además, quien esto suscribe no sabría ponerse una boina con un mínimo de donoso rumbo y las maletas que tenemos no son de cartón porque ya no las hacen, so listos. A cambio, como buenos emigrantes, para que vean que lo somos, a la vuelta al país en que residimos, las llevamos rebosantes de chorizos y demás embutidos y porque las madalenas y las tortas se harían miguitas, que si no… Todo se basa en eso, en los chorizos y en residir en otro país porque trabajas allí, pero es como si dijéramos: «Las golondrinas son aves migratorias.» «Como las cigüeñas.»  «No, hombre, ¿cómo van a ser migratorias las cigüeñas con esas patas y ese pico tan largos y lo blanquitas que son?» Pues una gilipollez semejante. Todo lo que no sea estar apretando tornillos en una cadena de montaje o, si se usa el término más «in», recolectando pepinos en un invernadero, no es ser emigrante. Me recuerda a eso de que lo que comes a gusto, no engorda.

Otro asunto bastante cansino es que el funcionario medio (público o privado) no acaba de entender que vivas en el extranjero (de manera estable) si no eres ídem, con lo bien que se está Enespaña. A ello colabora un maquiavélico invento, en el caso de los bancos, llamado «pela (euro)-no-residente». Resulta que si quieres tener una cuenta en tu país, como, obviamente, no resides en él, tu dinero tampoco reside en él, algo menos obvio. Totás, que vas de vacaciones a la pedanía donde vive tu hermana (un poner) y quieres sacar pasta del banco en que tienes tus ahorrillos en tu país porque en el chiringuito te dan unos palos de no te menees por una cocacola y una bolsa de patatas (algo en lo que el banco no tiene nada que ver, al menos de forma directa), y se producen diálogos de besugos como el que sigue (caso real): «A las güenas, que quería sacar unos duros de mi cuenta, pero, ojo, ques de norresidente.» «¿Mande?» «De norresidente.» «¿Me permite el permiso residencia, harme ustél favol?» «No tengo, mejón le doy el dení.» «¿El dení? ¿Pero no es usted emigrante?» «Efestiviwonder, emigré a un otro país, pero soy español, casi ná, y por eso tengo dení.» «Pero, pero, usté no es residente.» «Pero soy español.» «Antonse no puede usté tener una cuenta de no residente.» «Sí, porque no resido aquí.» «Pero tiene usté dení.» «Porque soy español.» «Pero, pero, usté no es residente», and so on, y empezamos con el círculo vicioso de por qué tiene usted D.N.I. si no es residente y si no es residente por qué tiene D.N.I. Aquí el lío se monta al confundir «norresidente» con «astranjero» cuando uno sólo es extranjero en su país de acogida y no de origen; y además los extranjeros con cuenta corriente en un país lo más normal es que residan en él. Yo mismo soy nacional de un país en el que no resido (de forma permanente) y resido en un país en el que soy extranjero. Tampoco es para tanto, digo yo, 2+2=4 y tal.

También están los que confunden el e(x)- con el in-, cuando lo primero indica pafuera y lo segundo paentro. Especialmente en la seguridad social, no sé por qué, o cuando hablas de la seguridad social. Resulta que los e-migrantes teníamos un régimen para cuando veníamos de vacaciones según el cual pagabas los meses que estuvieras. Ahora ha cambiado y constamos como indigentes, lo que tiene bastante relación con lo que hablábamos de la boina y la maleta de cartón, lógico. Bueno, vas a explicar tu complicadísima situación (que estás de vacaciones en tu pueblo pero trabajas en otro sitio) y ya se te hacen un lío porque el país otro no tiene convenio (en general) con el país tuyo (de origen). «¿Turquía es de la Unión Europea?» «No.» «¿Entonces tiene un convenio especial, como Suiza?» «No.» «¿Entonces es como Estados Unidos?» «No.» «Entonces es de la Unión Europea.» «No.» «Pues tendrá un convenio especial, como Suiza.» «No.» A partir de ese momento es cuando deciden que eres idiota y te explican con mucha paciencia lo del convenio de Suiza. Por desgracia, la cruda realidad es que Turquía, y la mayor parte del mundo, no es Suiza ni está en la Unión Europea, lo que no es óbice para que se piensen que eres persona lerda y espesa (en lo que no les falta razón, pero no la tienen en lo otro; insisto: Turquía no es Suiza, creo).

Entonces se pasa a la segunda fase. «Tenga usted en cuenta que aquí en España se puede presentar en urgencias cualquier senegalés y lo atienden.» (No sé qué tiene el personal con los senegaleses, o quizás sea sólo en la famosa pedanía.) «Ya, pero yo no soy senegalés.» «Ya, pero reside usted en el extranjero.» «Ya, pero soy español.» «Ya, pero reside usted en el extranjero y a cualquier senegalés que vaya a urgencias se le atiende.» «Ya, pero no soy senegalés y no quiero ir a urgencias.» «Ya, pero reside usted en el extranjero…», etc., como se pueden ustedes imaginar. Y luego está lo de la pasta: «Es que tiene que entender usted que está muy mal la cosa y que hay que atender a cualquier senegalés que llega a urgencias.» «Pero si yo quiero pagar, oiga… Que estaba mucho mejor pagando que gratis de indigente, de hecho.» «Ya, pero es que tiene que entender que está muy mal la cosa y se mira mucho el euro.» «¡Que quiero pagar porque no indigo, oiga (¿los indigentes indigan?)! ¡Quiero pagar como los demás niños!» «Si yo le entiendo, pero es que con la crisis todo está muy mal y si llega a urgencias cualquier senegalés hay que atenderle y se mira mucho el euro y…». Lo dejo porque me da acidez y no me apetece ir a urgencias a departir con mis amigos senegaleses, que ya nos lo tenemos todo dicho.

La verdad es que cuando Franco y Pepe-Landa todo estaba mucho más claro. En el extranjero: a) pasaban cosas malas; b) eran protestantes (ricos) o infieles (pobres); c) los infieles estaban deseando ver la luz y en el Domund se pedía para mandarles arroz (a los chinitos), arroz (a los negritos) o arroz (a los inditos, tanto de piel roja como cobriza o como se llamara en los álbumes Maga). El hambre de los infieles servía para que te dieran la tabarra cuando no querías tomarte las lentejas y te recordaban lo mal que lo pasaban los chinitos de África o Biafra (me parece que me estoy liando) y cómo disfrutarían ellos las putas lentejas, que te entraban ganas de mandárselas por correo certificado de haber tenido la dirección de alguno.

Y como los españoles no éramos protestantes ni infieles, pues allá donde fuéramos servíamos de luz y guía para la Humanidad y no había confusión alguna y cuando dos coches con la E se cruzaban en el extranjero se pitaban a modo de saludo. De paso, pues los emigrantes servían para los anuncios de Navidad de Nescafé, el Almendro y esas cosas como la canción de Antonio Molina o Juanito Valderrama, pero nadie confundía emigrante con inmigrante. Igual porque de éstos había pocos y más bien éramos los españoles quienes nos pirábamos de forma estable o temporal, oyes.

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Costumbrismos veraniegos: La banda del tuerto

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Munchísimo ojito, oyesss

Manuel y su hijo avanzan por la calle apenas iluminada. A esas horas del anochecer está prácticamente desierta puesto que es la hora de la cena. Charlan alegres llevando bajo el brazo el pan que acaban de comprar en el horno de la esquina. Todo parece tranquilo y apacible. Mientras caminan pueden ver a las familias sentadas a la mesa, charlando y viendo algún programa de televisión. Apenas hay tráfico y no se oyen otros pasos que los suyos. Un oído atentísimo quizás podría percibir un suave roce, pero su condición de extranjeros les hace ajenos al peligro que les acecha.

Cuando llegan al portal se encuentran de repente con la enorme mole del rubio tuerto apoyado en el zaguán y mirándoles con aire chulesco con su único ojo. Intentan dar media vuelta pero comprueban sorprendidos que varios secuaces del capo les bloquean el paso. Lo mismo ocurre a izquierda y derecha. Varias percantas amuradas, evidentes concubinas del jefe, maúllan provocativamente. El rubio tuerto va sacando sus filosas con chasquidos de adamianto: una, dos, tres, cuatro… Manuel y su hijo comprenden que están rodeados y que no tienen escapatoria.

Los protagonistas de este relato son mi cuñado y mi sobrino (supongamos que mi cuñada estaba ya en nuestra casa y a ellos los habíamos mandado a por pan) y cualquier habitante de Estambul sabrá identificar en los malencarados facinerosos que les asaltan a esos felinos callejeros a los que llamamos vulgarmente gatos (Felis silvestris catus). Los gatos son unos animalillos muy queridines que han visto algún capítulo del Discovery Channel o algo así sobre los leones del Serengeti y se creen la repera cuando deciden desperezarse un poco  y perseguir una cucaracha o una mosca o una hoja o algo así (o sea, cuando son chiquitillos). Los gatos gustan porque son independientes (no te andan babeando como los perros), no hay riesgo apenas de que te muerdan (como los perros) y porque, como en Estambul son peludos como el oso de Mimosín (en Turquía, Yumoş) particularmente en invierno, y si les pasas la mano por la pelambrera (que no huele a rayos podridos como la de los perros) producen iones negativos (cat-iones), que resultan muy relajantes. Ya sé que el chiste de los cationes es malo, pero échenle la culpa a Julian May y no a mí. Ya saben, de mis pasos en la Tierra responda Julian May, y no yo. Por cierto, la Sra. May es autora grandemente recomendable pero ha sido publicada muy a salto de mata en España, qué se le va a hacer. Los gatos callejeros, además y por motivos que se me escapan como explicaré más adelante si no se me olvida, tienen bastante mejor fama que los perros homónimos. Especialmente por estas tierras turcas, porque hasta hay un hadiz sobre una gata y tal. Mientras, los pobres perros sufren en silencio.

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En la acera de enfrente, el perro sufre en arresto domiciliario. De todas formas, me apuesto lo que quieran a que no se atrevería con el tuerto

Como encima a los gatos les gusta más la calle que a una adolescente en edad de merecer (no sé por qué, pero me he acordado de mis sobrinas, a quienes me gustaría enviar un afectuoso saludo), no tienes que sufrirlos en casa, ni llevarlos al veterinario, ni comprarles tierra de retrete (o sea, que les sirva de tal, la tierra), ni pelotillas para comer, ni caparlos, ni otros cuidados no por cariñosos menos molestos. (Un paréntesis con información respecto a la entrada anterior: que me dice mi madre que les informe de que la flautilla del afilador, de nombre trénico “siringa” o “chiflo”, en su pueblo la usaban también los capaores; dicho queda, aunque me inquieta la idea de un gremio de capadores ambulantes.) Total, que como son monos, queridines y peludos y no tienes que llevártelos a casa si no quieres, pues el personal se dedica a darles de comer y de beber. Y de beber, les dan agua; pero de comer no se crean que pieles de chorizo y restos de la paella de ayer, no, no (además sería absurdo en un país como Turquía, donde no hay chorizo y comen el arroz blanco mayormente), sino pienso del específico con auténtico sabor a ratoncito, bateas de embutido pensado para el consumo humano, carne picada y tal. Y, claro, venga a papear y sin necesidad de sudar la frente, pues se reproducen como conejos porque no tienen otra cosa que hacer y a más velocidad que los zombies de la Guerra Mundial Z (el libro, claro). Y, como son muchos y comen y beben tanto, pues mean y cagan que huele que tira patrás y rompen las bolsas de la basura probablemente buscando palillos de dientes porque la comida que les ponen las almas cándidas les sobra y parte de ella acaba pudriéndose. Por ejemplo: una señora les bajó una bateita de macarrones (lo juro) y un vecino de arriba les da auténticos trozos de pollo; ¿qué creen que se comerán los gatos y qué será de los macarrones? Así las ratas campan por sus respetos, porque los gatos no les hacen ni caso, ¿pa qué?

¿Y qué me dicen de las fornicaciones que se traen para ser tantos, que más parecen violaciones en grupo, pobres gatas? Estás dormitando tan guapamente una merecida siesta y te despierta el aullido de ultratumba de la niña del Exorcista (the movie) mezclado con un llanto infantil y te levantas de un salto con el corazón en un puño diciéndote: “Vaya por Dios, ya atropellaron al chiquillo de enfrente”; y resulta que te ves a una pobre gata encaramada a un árbol y a un montón de pretendientes debajo rondándole que se debe de sentir como Penélope y maullándole: “en cuanto bajes, date por invitada al cine y a cenar”, en versión felina. Y qué zarpazos que se pegan, madre mía, que si supieran leer seguro que también para ellos sería un best-seller lo de las sombras de Grey. En fin, que lamenta uno que no haya en su calle un ofisial Matute que ponga orden en todo esto aunque visto lo que le luce el pelo, no sé yo.

Pero no se crean que soy un ser sin sentimientos que odia a los gatos, no señor. No es que me gusten para comerlos, pero tampoco me molesta observarlos. De hecho, creo que hasta me agrada. También me agrada ver a las modelos de Victoria’s Secret, para que se hagan una idea de mi aprecio por los gatos desde un punto de vista cuantitativo. Por ejemplo, en la facultad tenemos una gata (recuerden, tres colores o capas, siempre gata) que me cae la mar de bien, quizás porque la encuentro bastante filósofa, lo cual no tiene nada de extraño. O el de mi hermana Carmen (técnicamente de mi sobrino Jose), de acertadísimo nombre Barrabás por cómo trataba al pobre perro (viejo, ciego, sordo y demás desastres, aprovechaba para pegarle buenos zarpazos como quien no quiere la cosa) pero agradable y simpático. O el de nuestros antiguos vecinos, de nombre Tobi (y eso que todos sabemos que es nombre de perro), que se pasaba a nuestro balcón a que le diera el aire y no me extraña, con la dueña que tenía. O tantos otros que no recuerdo ahora…

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La gata filosofa sobre la esencia de la nieve (foto en petardodefinición)

Sin embargo, no obstante, pero, etc., como trinque al que se nos metió en casa y se meó en a) la puerta por dentro y b) el felpudo por fuera, o aunque sean dos distintos, que se preparen, que estoy muy loco y me voy a poner a mirar en el gúgel recetas de liebre.

P.D. Anoche, cuando dormía, soñé, ¡bendita ilusión!, que se podría hacer un interesante carré sémiotique con las categorías de “gato callejero asesino” y “gata callejera violada” como opuestas y “gato capón rollizo” y “gata casera más salida que el pico de una plancha” como sus respectivos contradictorios para completar las cuatro categorías básicas. Si quieren, pueden hacerlo como ejercicio para el rientro vacacional, pero no se lo recomiendo.

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Costumbrismos veraniegos: La ambulancia de la venta

¡Patataaas! ¡Cebollaaas!

Con la cosa del fin del ramadán pasó por delante de nuestra ventana, no hay que olvidar que, estando en un bajo alto (oxímoron lógico pero no empírico) vivimos prácticamente en la puta calle, un camión o vehículo similar sobre el que iban unos señores saludando mientras de un megáfono surgía una voz rugiente que berreaba algo así como ¡¡¡KFYJHTDGDCGHSHGJW!!! Dedujimos que sería alguna especie de alcalde, pedáneo o no, y seguimos viendo en la tele a una ardilla engañando a una serpiente malvada (o bicha). Días más tarde, o sea, esta misma mañana, encontrándome en la pedanía de Aguadulce, sita en la otra punta del Mar Blanco, ay, del Mediterráneo (chiste este último dedicado a mis amigos turcos), he podido oír una voz melodiosa ampliada por la megafonía que anunciaba: “Señora, ha llegado a su localidad el camión del tapicero” y pasaba a describir una serie de bondades de la buena tapicería, o eso supongo porque no le he hecho ni pastelero caso.

Todo ello me ha llevado a reflexionar sobre el fenómeno de la venta ambulante, tanto en mi país de origen como de residencia. Aquí en España es menos corriente ver vendedores ambulantes por las calles de las grandes ciudades (o eso creo) mientras que en Estambul es espectáculo (en lo que tiene de “Cosa que se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual y es capaz de atraer la atención y mover el ánimo”) más corriente aunque no, por supuesto, en las grandes avenidas. Supongo que tendrá que ver con el hecho de que en esta ciudad cualquier establecimiento tiene servicio a domicilio, así que tienes que espabilar y llevar el producto al cliente. Además el cliente tiene que saber que ofreces un producto a la venta, para lo cual lo mejor es que montes un bonito escándalo.

A modo de ejemplo, les voy a explicar cómo funciona un clásico existente en todos los barrios de Estambul en los que he residido/vivido: el camión de las patatas (patatesçi). En realidad no es un camión (y mucho menos el mismo camión) sino una camioneta con la caja descubierta. Tampoco vende sólo patatas, puesto que en Turquía las patatas se venden habitualmente con las cebollas (blancas) en un conjunto casi tan armonioso como el uno y trino formante de nuestra tortilla nacional (huevo/patata/cebolla). Cuando es temporada, también se anuncian tomates, acompañados ahora de pimientos (verdes). Pues bien, está uno en su casa tan tranquilo traduciendo y oye como un clamor lejano distorsionado por un altoparlante a todo volumen. Le presta atención por si es un aviso de evacuación por ataque nuclear o epidemia zombie y distingue algo así como “IEEESSS AAANNN” de lo que deduce que se trata del patatero anunciando su/-s producto/-s (“patates soğan”). Más tranquilo espera a que el bramido se vaya acercando lentamente hasta hacer que las ventanas vibren como en poderoso sismo, señal de que la camioneta se acerca. Aún no se debe actuar, no obstante, puesto que a la camioneta con los altavoces la sigue a unos metros un hombre a pie, en este caso desprovisto de megáfono pero con una capacidad pulmonar como para vender bombones helados en la Scala de Milán, que es a quien hay que realizar los pedidos ya que el conductor de la camioneta está buscando un huequillo en el que apartarse.

El europeo (occidental)  nuevo por estos lares pensaría en bajar las escaleras, asomarse a la puerta, acercarse al vendedor a pie y comprarle lo que desea. Craso error. Por supuesto le venderán las patatas (y las cebollas), pero la sonrisa de suficiencia del patatero le hará sentir su condición de pipiolo. Los veteranos sabemos que las ventanas de las que están provistos la mayor parte de los hogares tienen tres usos principales: 1) dejar que entre la luz; 2) permitir que te asomes a fumar para mirar a la gente que pasa (especialmente para saber a qué hora entran y salen los vecinos); y 3) como medio de comunicación oral (a voces) con los vecinos de la acera de enfrente y con los vendedores ambulantes. Así que te asomas y aúllas el nombre de su oficio para que se dé por enterado: “¡PATATESÇİİİ!”, o sea, “patatero”. Él te responderá con un “a la orden de vuecencia, hermano/-a mayor” (“buyur abi/abla”). Y entonces puedes hacer alegremente tu pedido. Ahora ustedes pensarán que el patatero sube las escaleras, usted abre la puerta y se lleva a cabo el intercambio patatas-moneda de curso legal. Craso error también. Todo hogar bien provisto cuenta con una cesta o cesto al que se ata una cuerda o guitilla para hacerla/-o descender por la ventana anteriormente mencionada. Baja usted la cesta, el patatero pone las patatas (y las cebollas) en ella, sube usted la cesta, la vuelve a bajar con el importe correspondiente mientras protesta por algo (las patatas son pequeñas o tienen peor aspecto que la última vez, que ya eran bastante malas), el patatero deja la vuelta en la cesta mientras se quita el muerto de encima (es que ya no hay patatas como las de antes con lo de las hormonas y los invernaderos), sube usted la cesta con su vuelta y aquí paz y después gloria. O mejor todavía si se le ocurre en ese momento que no estaría de más echarle unos pimientitos a las patatas e inicia de nuevo todo el proceso.

En nuestro anterior barrio vendían así cualquier cosa: desde zapatillas (el terlikçi) o palanganas de plástico (el nayloncu) hasta bollos para desayunar (poğaçacı), la repugnante boza las noches de invierno o, por supuesto, bombonas de gas. Las empresas vendedoras de estas últimas llegaron a tal libre y escandalosa competencia que las autoridades municipales tuvieron que intervenir (D. g.) para que redujeran los decibelios de sus reclamos comerciales. En el nuevo todavía no me tengo muy controlado este asunto, pero aparte del patatero (cebollero y en estos meses tomatero también), he podido detectar que pasan asiduamente: a) un señor mayor que vende limones tal y como lo hacía durante los imperios otomano e hitita; b) un vendedor de ajos (¿ajero?) que se atreve a afirmar que son “necesarios en todos los hogares”; y c) un rosquero (simitçi) con un pesadísimo refrán (anglicismo, anglicismo, como en “with a happy refrain”) que reza “calentitos, calentitos, que queman”.

Conviene explicar que estos roscos (en turco “simit” sirve para todo tipo de roscos, incluidos los salvavidas de los barcos y los flotadores infantiles), constituyen (cita culta) “la piedra angular de todo nutritivo desayuno” trabajador o proletario, debo añadir, como lo demuestra el hecho de que en nuestro anterior barrio, más burgués,  se vendieran más los bollitos (poğaça) a esas horas. Este desayuno pobre pero honrado nos lo explica muy bien Sait Faik en este texto (que incluyo en inglés para que ustedes se enteren si no son turcófonos o turcógrafos). Se trata de unos roscos de pan con ajonjolí y adiós muy buenas y si están recientes, es decir, si han salido hace poco del horno, resultan exquisitamente deliciosisísimos, pero si pasan unas horas recuerdan a esos cacharros de piel de búfalo que se les dan a los perros de compañía para que los masquen y tengan los dientes limpios y bien cuidados (creo, porque no los he probado, la verdad). En cualquier caso el vendedor los anunciará como “calientes” y “que queman” aunque estén fríos como pingüinos emperadores y más tiesos que la mojama.

Supongo que, tratándose de un barrio más populá, este invierno podré gozar de los berridos de muchos otros vendedores, aunque cualquiera sabe porque, siendo la población más joven, capaz es el personal de desplazarse físicamente a los comercios correspondientes. Menos mal que siempre queda el colmado (aunque los diccionarios traducen “bakkal” por “abacería”, quien esto suscribe nunca había oído la palabreja, por ignorancia, claro) que lo mismo te pone en la cestita tabaco y el periódico que pan y unas cebollas, o yogur y una sandía, o te cortan la calle amablemente para que hagas la mudanza con tranquilidad (caso verídico que nunca agradeceré lo suficiente). Con levantar el teléfono y bajar la cesta, tienes en casa lo que quieras. Y a nosotros no nos hace falta ni la cesta, pa que vean.

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Costumbrismos veraniegos: aquellos ramadanes de antaño

Lige for Lige

«Como lo oyes, oyes. Abre la puerta y me da un caramelito» «Sería un pederasta» «No, es que era la fiesta de fin de Ramadán, pero yo habría preferido cien euros» «Toma, y yo»

Como este blog me permite la posibilidad de programar la publicación de las entradas, para cuando ustedes lean esto hará ya unos días que pasamos nuestra primera pascua de los confites en nuestro nuevo barrio. ¿Que no saben qué fiesta es esa? Natural, teniendo en cuenta que le he traducido el nombre como me ha dado la gana… A la fiesta que celebra el final del mes de ramadán (como los meses en español van con minúscula, he pensado que es lo correcto también con el calendario musulmán) se la llama en Turquía de dos formas distintas: «fiesta de ramadán» («Ramazan Bayramı») si tocan ustedes el palo más religioso-conservador, o «pascua de los confites» («Şeker Bayramı») si van más del rollo laico-republicano. Lo de «pascua» por «bayram» lo he puesto porque el DRAE afirma que la palabra alude a la terminación del ayuno, así que, en este caso, miel sobre hojuelas. Por otro lado, la palabra «şeker» significa «azúcar», pero se aplica también a los caramelos y demás, así que he decidido traducirla por «confites», en plural, porque me aburría y no tenía nada mejor que hacer y porque el DRAE dice de confite: «Pasta hecha de azúcar y algún otro ingrediente, ordinariamente en forma de bolillas de varios tamaños», que es una definición que me viene al pelo y me cae como un guante, como anillo al dedo, aunque no estoy del todo de acuerdo con lo de las bolillas porque me recuerdan a las pelotillas.

No estoy del todo de acuerdo además porque los auténticos caramelos que en turco (en realidad en árabe) llaman «akide» son de ésos pseudo-piramidales de colores chillones que puedes estar chuperreteando una semana. Como dice el diccionario (ahora el TDK): «confite hecho de azúcar cocida y endurecida, de (¿intensos/diversos?) colores y aromas y que se deshace con dificultad en la boca». La traducción me ha salido bastante manga por hombro, entre otras cosas porque el turco a veces no pone adjetivos donde a mí me pega que en español tendría que haberlos. ¿Qué quiere decir, así tal cual, «de colores y aromas» («renkli ve kokulu»)? Bah, mejor lo dejamos.

La fiesta se llama así porque es tradicional que los niños vayan dando el coñazo felicitando alegres la pascua a los vecinos, que les ofrecen confites aunque a ellos les gustaría más y respectivamente un buen aguinaldo (opinión de los niños) o acogotarlos (opinión de los vecinos sobre los niños). ¡Ah, aquellas fiestas de antaño cuando los niños eran niños y no monstruitos cegados por el vil metal y aún existía el concepto de buena vecindad y la gente se interesaba por las entradas y salidas de su prójimo con la única intención de ponerles verdes o de robarles la ropa puesta a tender! Como dicen en turco: «Ey (Hey) gidi günler», que quiere decir: «¿Que se hizo de aquellos días de antaño que ya no volverán en los que todavía existían unos valores hoy perdidos y del todo irrecuperables, cuando el calor humano reconfortaba el alma en los malos momentos y permitía la alegría de compartir los buenos y no como ahora por culpa de ……………………… (rellénese con lo que proceda; por ejemplo, la tele, internet o las drogas)». Es una traducción libre, claro.

Los árabes llaman a esta fiesta «eid al-fitr». Como antiguo estudiante de árabe, me fastidia bastante que la ‘ayn se transcriba como una «e», pero qué le vamos a hacer, como a la angla lo escriben así en vez de «‘id», pues ajo y agua. ¿Qué estaba contando yo? Ah, sí, que «eid/ ‘id» significa «fiesta» y lo otro no tiene nada que ver con el azúcar ni los caramelos sino con la ruptura del ayuno. Según el diccionario de Corriente, la raíz significa «romper», «rasgar» y tal y seguro que a ustedes les entran ganas de traducirlo por «fiesta de rompe y rasga», pero no, yo les voy a proponer algo munchísimo mejón como es «pascua del des-ayuno», así, con guión entre «des» y «ayuno» por si algún despistado todavía no se ha enterado del chiste. Además se puede traducir al inglés «break-fast» y al francés «de-generado», ay, no, «de-jeûner», ahora sí, y no sé si a otras lenguas, aunque desde luego al turco no porque en turco «desayuno» se dice «kahvaltı» que según el diccionario etimológico que tengo es una deformación de «café au lait», que, como todos sabemos, se dice «olé» y no tiene nada que ver con el ayuno y me temo que me he perdido con las comas.

Otro que viene a pedir al empezar la fiesta es el terrible tío del tambor, casi tan pesado como el de las famosas sevillanas pero no tanto como las famosas sevillanas en sí mismas. Como ustedes sabrán, el ayuno de ramadán consiste en abstenerse (en este caso ayuno y abstinencia son lo mismo) de comer, beber, fumar, mantener relaciones sexuales y no me acuerdo de si alguna cosa más desde la salida hasta la puesta del sol. Aquí en Turquía es tradicional celebrar la comida de la puesta del sol («iftar») como nosotros celebramos la Nochebuena en España, es decir comiendo hasta casi reventar. De hecho, las celebraciones de ramadán, como fiestas familiares, tienen muchos puntos en común con las navidades, incluidos los anuncios de la Coca-Cola, que la pela no entiende de religiones. Pues bien, esperar a la puesta del sol con el estómago rugiente es fácil porque se está sediento y hambriento, pero ¿cómo despertarnos antes de la salida del sol para tomar un refrigerio que nos permita afrontar el día con las debidas energías? Porque, se lo advierto, dormir de día y velar de noche es trampa y no está bien visto (algunos turcos lo llaman «dejar que ayune el sueño» y, como digo, puede que valga pero no tiene ningún mérito). Lo más fácil sería ponerse el despertador, pero todas las fiestas tienen un importante componente tradicional, así que ¿por qué no hacerlo como viene haciéndose desde hace siglos? Que consiste en que un señor pase tocando el tambor por la calle a las tantas de la mañana despertando a todo perro pichichi, creyente o descreído, musulmán, ateo, cristiano o lo que sea. Como podrán intuir, la práctica no es del gusto de todos y cuando nuestro buen tamborilero (otro punto en común con las navidades: el tamborilero, uno u otro) llama a las puertas para pedir su aguinaldo, no siempre se encuentra con buenas caras. Como la mía.

Lo de las relaciones sexuales me trae a las mientes otra cosa que seguro que no había en los ramadanes de antaño: los programas de televisión religiosos que se emiten en tan sagrado mes. Lo bueno de estos programas es que también da igual la religión porque todos tienen una estética bastante kitsch, con flores y arroyos (no sé a qué viene tanta agua). Cuando yo era muy, muy chico había un programa en la tele con un cura que tenía unas macetas, pero no sé si tendrá algo que ver. A lo que íbamos. En estos programas los espectadores llaman para preguntarle a algún señor, normalmente catedrático de teología, profundas cuestiones del tipo: «Si me pinto los labios y me entra pintura en el interior de la boca pero la escupo y entonces aspiro el hilillo, ¿rompo el ayuno?» Normalmente los catedráticos éstos son la mar de educados (porque también está feo ponerse de mal humor por ayunar) y responden muy pacientemente a las preguntas («Y si los bastoncillos de limpiarse los oídos me meten el cerumen pa dentro, ¿rompo el ayuno?» «No, querido teleespectador, porque no se come/bebe por las orejas»), pero recuerdo que a uno le dio la risa cuando alguien le hizo una pregunta sobre las relaciones sexuales como forma de romper el ayuno. Su respuesta vino a ser: «Si después de pasarse usted el día sin echarse al coleto un miserable vasito de agua lo primero que se le ocurre es echar un polvete, por mí adelante, pero no me parece lo más aconsejable». Porque yo también creo que no todo es igual de difícil: es decir, ¿para qué quieres mantener relaciones sexuales si luego no te puedes fumar un cigarrito? ¿Cómo vas a fumar si no puedes comer (te puedes marear)? ¿Cómo vas a comer con la boca seca (se te haría una bola)? Así que lo más importante es beber, creo yo, y ésa sí que es una abstinencia difícil. Porque, como dice mi madre, que no se te permita comer pollo de supermercado pero sí una ración de langostinos ni es abstinencia ni es ná.

Veo que no he hablado mucho de los ramadanes de antaño y que el título de la entrada puede llamar a engaño (horrorosa cacofonía «antaño-engaño», qué le vamos a hacer), pero, la verdad y por lo que cuentan de otros países e incluso ciudades, en Estambul (Turquía), o por lo menos en los barrios por los que me muevo, tampoco se nota tantísimo. Casi ningún establecimiento cierra (la verdad es que me parece feo que cierren, es como «dejar que ayune el sueño») y la mayoría de la gente con la que me relaciono no ayuna o, si lo hace, lo hace de aquella manera cuando, como, y si les viene bien. Alguno hay que decide no beber alcohol o dejar de fumar como forma de ayuno porque, al fin y al cabo, también es un sacrificio. Como les digo, los ramadanes de hogaño son más bien del tipo reunión familiar, cuando se suelta a la chiquillería a la calle a ver si les pilla un coche o se los lleva algún pervertido. Pena que esa concuñada ya sea tan talludita y no se la pueda mandar a pedir caramelos. A juzgar por las redacciones de mis estudiantes (como comprenderán, en mi casa no se celebraba mucho, a lo mejor por lo de ser católicos), todo sigue más o menos igual:

Los padres van a la mezquita para rezar los rezos de la mañana de la fiesta por la mañana con los chicos (algunos van en serio, otros para escaquearse porque…). Las madres limpian la casa y cocinan comidas deliciosas (o sea, se pasan una semana preparando dolmas y börek para que luego la suegra diga «No está mal»). Todos visten sus vestidos mejores y más nuevísimos (se endomingany van a visitar a sus parientes y relativos. Los chicos besan las manos de sus ancianos para les pedir dinero (sin disimulo ninguno).La familia toda come las comidas deliciosas y se desean buenos deseos unos con otros (hasta la próxima tregua familiar).

Como ven en este ejemplo que me he sacado de la manga en un periquete gracias a la experiencia (madre de la Ciencia) pero que podría ser auténtico, mucho panta rei, pero en el fondo siempre es lo mismo. Felices fiestas a toro pasado. Ojo con los dulces.

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