¿Lo mataron o se murió?

El tebeo o cómic de «El florista del burdel», aquí astutamente titulado «La muerte del florista». No lo llamo novela gráfica porque no es de una novela, como mucho sería «relato gráfico», que suena un poco marrano, la verdad, o igual es que soy muy malpensado.

Uno de los temas que salió con el autor invitado a los talleres de traducción fue el del turco. Que cómo es, que si es muy difícil y raro, que si tal y que si cual. Por supuesto, fue con el autor español, porque el turco ya sabía todo eso, exceptuando quizá lo de la dificultad, pues no tengo la menor duda de que a él le resultó tan fácil aprender turco como lo suyo a los niños franceses aquellos que sorprendían al caballero portugués. Bueno, a lo que vamos.

La idea general que tiene todo español que sepa algo de lenguas y lingüística es que el turco es una lengua aglutinante (esto es de nota, la verdad); es decir, que tienes las raíces y les vas pegando cosas, como calcomanías, pero después, al, digamos, culo de la raíz, de forma que te salen palabros muy largos, algo así como en alemán. Es como en español, qué sé yo, «atontolinamiento»: «tonto» (raíz); «atonto» (verbo); «lin» (diminutivo campanillero); «ar» (voz de mando verbalizadora); «miento» (no digo la verdad y formo sustantivos más o menos abstractos de proceso, resultado y acción, como en «regimiento», no, este no, ah, mira, como en «procesamiento», «resultamiento» o «accionamiento»). Espero que haya quedado más o menos claro.

Otra característica es que lleva el verbo al final como el latín de aquello que mencioné del puto, o sea, lo de «homo sum, humani nihil a me alienum puto» y no, un poner, lo de «timeo danaos et dona ferentes» que lo lleva al principio. Vaya, mismamente como el alemán. Así que, a bote pronto, podemos inferir que el turco es como el alemán. Pues no, mire usted.

De hecho, a mí me recuerda más al latín, que me sirvió de mucho para aprender turco aunque no se parecen en nada (me costó mucho enterarme de que la solución al dicho «se parecen como el huevo a la castaña» es «nada», precisamente). ¿Y por qué, si no se parecen? Porque el problemón del turco es la sintaxis. Resulta que en turco-turcazo el concepto de oración compuesta no es como el nuestro, que coges dos oraciones o rezos y los pegas con una conjunción o algo así a modo de pegamento Imedio, ya que es español, pues en el caso del turco sería Uhu. Ejemplo ejemplar: Tómense dos frases en español, digamos «Me llamaban Tutankamón» y «cuadré la hipotenusa en sus catetos»; únase con una conjunción, por ejemplo, «aunque» (adversativa); péguense: «Cuadré la hipotenusa aunque me llamaban Tutankamón».

Pues en turco no. En turco en las subordinadas lo que se usa (y en eso me ayudó el latín) son infinitivos, gerundios y participios presentes, pasados, futuros y otras zarandajas. Además, se les pueden poner sufijos personales y casos, que el turco también tiene su declinacioncita, aunque una y regular, gracias sean dadas a la musa de la gramática. Y todo al revés, además. Si cogiéramos el ejemplo anterior y lo ponemos en hispanoturco macarrónico sería algo así: «a mi Tutankamón llamado (participio pasado+sufijo 3ª persona del plural+sufijo de posesión) aunque…», etc.

Un ejemplo que he usado un par de veces en clase es el principio de un relato de Ahmet Ümit que, miren ustedes por dónde, tradujimos en la segunda convocatoria de los talleres. El relato se llama «El florista del burdel» y, por cierto, de él hicieron un tebeo la mar de chulo con dibujos de Ismail Gülgeç (el guion es, casi obviamente, del propio Ümit; o mejor, como dicen ahora, «literalmente» ya que lo escribió) y veo que lo tradujimos entre Pepa Baamonde, Gaizka Etxeberría y yo. Aquí no cabría decir «literalmente» porque lo tradujimos entendiéndolo y con mucho (buen) gusto según el sentido (común), uséase non verbum e verbo, sed sensum exprimere de sensu porque tampoco es un texto sagrado, no vamos a exagerar. P.D. Veo que en la edición actual del tebeo consta como «adaptado» también por Ismail Gülgeç, en la mía no lo decía, tampoco nos vamos a pelear por eso.

Lo que me interesa es la tercera frase, que en nuestra traducción reza (esto del rezar siempre me ha hecho gracia): «Pensábamos que lo habían matado el sábado por la noche»; y en el original: «Cumartesi gecesi öldürüldüğünü düşünüyorduk». «Pensábamos» y «el sábado por la noche» no tienen ninguna gracia. Lo bonito es «que lo habían matado», que en turco es una palabra, «öldürüldüğünü», que se descompone (algo le habrá sentado mal) como sigue: «öl-», raíz «morir»; «-dür-», factitivo «que lo mueren otros», o sea, «matar»; «-ül-», pasivo «fue muerto por otros»; «-düğ-», participio pasado «sido muerto por otros»; «-ü-», sufijo de tercera persona «sido muerto por otros él»; «-n-», lo que llaman «letra de unión» y debería llamarse «sonido de unión», que aquí solo sirve para pegar dos vocales, que en turco no pueden ir juntas para evitar la consanguineidad; «-ü-» (esta es otra «ü») sufijo de acusativo porque es el objeto directo de «pensábamos».

Así pues, traduciendo literalmente —ahora sí— la frase sería: «Del sábado su noche sido-muerto-por-otros-él pensábamos». Y así es como funciona el turco y no es como el alemán, sin afán de desmerecer. Chuli, ¿eh?

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Más difícil todavía

¿Me permite usté la tarjeta embarque, plis?

Los talleres de traducción de los que hablamos tienen, o tenían, también otras tradiciones aparte de ajuntar a un puñao de traductores traduciendo —como su nombre indica— como posesos (vid. la niña de El exorcista). Por ejemplo, no dar morapio (antiguamente sí, y mucho, en el cóctel de presentación), pero a cambio dar abundancia de comida porque la organización debe de suponer, con razón, que con lo que se paga a los traductores de libros tienen que estar todos como los niños de Biafra, referencia que solo los de mi generación y anterior podrán entender, especialmente si tuvieron la desdicha de que en el cole les plantaran una hucha del Domund y los lanzaran a pedir por esas calles de Dios. Hay que reconocer que existen compañeros que realmente hacen como los osos antes o después de hibernar y aprovechan para ganar unas grasas que les hagan pasar el año.

Otra de las tradiciones, y veo que es igual en talleres parecidos de otros países, es la de traer algunos ínclitos escritores para que viertan perlas de sabiduría y que la audiencia espectadoril se quede boquiabierta y como en éxtasis. Aquí me veo en la obligación de confesar dos cosas: la primera es que el adjetivo «ínclito» lo aprendí leyendo Mortadelos; y la segunda, que por muy interesante que sea el autorescritor, y generalmente lo son, lo que tienen que decirnos a los traductores es, como lo diría sin que sea una burrada, tangencial (un poner) a nuestro oficio. Una tercera confesión, también tangencial, es que me sigue sorprendiendo mucho que los turcos distingan entre «escritor» y «poeta», como si el escritor fuera una especie de evolución del escribano y el poeta un ser poseído por las musas (otra vez la niña exorcizada) que va por ahí gritando y tocando la bandurria. Todo sea dicho, cada vez lo veo más a menudo también en español, a lo mejor porque me fijo más.

Los autores, conscientes del público, suelen tratar el tema de la traducción y suelen asimismo hacerlo siguiendo dos líneas temáticas. Una es que traducir es muy difícil, o debe de serlo, porque hay muchas palabras que a ver cómo se traducen si no. Por ejemplo, la palabra «salmorejo» que además tiene la característica cultural de que no lleva pepino y el gazpacho sí, bla, bla, bla. Tan difícil es traducir que, miren ustedes, me hicieron una chapuza al traducir mi insigne obra del cardabás al castellano septentrional porque me tradujeron «saquito» por «chaleco» cuando todo el mundo sabe que el chaleco no lleva mangas, bla, bla, bla. Eso sí, reconociendo que lo de traducir tiene mucho mérito.

Pues bien, uno de los autores (este sí, porque no era poeta) que nos trajeron este año nos confesó que él se había ganado la vida como traductor. Y uso (yo) el verbo «confesar» con todas las de la ley porque reconoció que traducir no le gustaba nada, nada, nada, pero nada, vamos. Eso sí, como traducía mayormente a una de las lenguas periféricas del estado español (y yo no tengo la culpa de que la periferia no sea el centro) se sacaba unos duros que no habría ganado de hacerlo a la lengua central y centralista. Todo ello tuvo diversos efectos en nosotros, como que el personal le guardara rencor eterno por decir que había ganado lo bastante como para vivir cómodamente haciendo algo que no le gustaba apenas y que es precisamente lo que hacemos los demás y el motivo por el que estábamos allí (traducir), o que mi amigo Miguel lamentara que no hubiera una normalización comilfó del andaluz que nos permitiera llenarnos la faltriquera, algo con lo que yo estuve en completo desacuerdo porque, por supuesto, es una muestra de centralismo hispalense. Como pueden comprender, son reacciones de envidia cochina, pero homo sum et nihil no me acuerdo de más pero acaba en puto.

Más interesante me pareció otra opinión del escritor de hogaño y traductor de antaño que también les puso los pelos de punta a mis compañeros como si les acercaran una varilla de ámbar tras frotarla con un paño. Según él, tanto da la calidad literaria porque, al fin y al cabo, todo es traducir y lo mismo te da Homero (el griego, no el Simpson) que Marcial Lafuente Estefanía porque, total, te van a pagar por caracteres, porque de esa manera les salen mejor las cuentas a las editoriales que antes pagaban por páginas con un montón de blanco, que así de chunga anda la selva tropical amazónica. No solo eso (pelos cada vez más electrificados que casi tocan el cielo raso), sino que lo difícil de verdad es traducir petardos pestosos porque no hay por dónde meterles mano y siempre se le va a echar la culpa al traductor de aquella hez maloliente porque nadie se ha leído/lee el original. Por lo tanto (y esto fue ya el acabose), a una mala novela hay que meterle mucha mano y eso nadie te lo paga, o abona, ya que hablamos de heces.

Muchas de mis compañeras más jóvenes (los varones éramos casi una anomalía estadística) reaccionaron como si hubieran oído una blasfemia tremebunda. ¡Cómo le vas a enmendar la plana al original! A mí, en cambio, quizá por mi fatalismo occidental, me pareció que tenía más razón que un santo, y no santo Tomás apóstol precisamente, que es como ellas reaccionaban. Cierto, como se publique una plasta ilegible, nadie se va a preguntar cómo era el original porque, por el mero hecho de haber sido publicado en su país de origen y haber merecido una traducción, se supone que es bueno, como el valor al soldado (expresión que he visto, pero en mi cartilla no ponía nada de eso, sino rollos de destinos y revistas). Ergo, si el texto es tan ilegible que no se puede leer, la culpa es del traductor, que no sabe que «relative» es «pariente» como se puede ver en que ha traducido «relativity theory» por «teoría de la relatividad» en lugar de «teoría del parentesco», etc. Esto es así.

Últimamente he visto con lágrimas de emoción en los ojos que bastantes de mis colegas veteranos se rebelaban (con be) contra el cliché topicazo de que lo muy dificilisísimo es traducir obras inmarcesibles (este no es del Mortadelo, pero no me acuerdo de dónde lo he sacado) de la literatura universal, mientras que las novelillas de esas que cambias por un duro cuando ya te la has leído en el quiosco del aeropuerto en salidas internacionales las traduce uno como una máquina pensando en otras cosas, por ejemplo, en cómo es posible que mi sobrino lance las pokebolas con el dedo pulgar (únicamente). Puede que sea verdad, pero siempre que la novelilla tenga pies y cabeza y los tenga donde debe tenerlos, que, si no, te va a tocar apañarla, lo quieras o no.

«Era de noche y, sin embargo, llovía. Ella le confesó que no le quería como habría querido que quisiera que la quisiera si su familia hubiera querido. Además, habida cuenta de que estaba amaneciendo, ya era hora de que los fuera tuteando como si no se conocieran. Fue la conclusión a la que llegó siendo jueves como era».

Lo admito, puede que haya exagerado un poco, pero a ver quién traduce algo así y se atreve a entregárselo así a la editorial. Supongamos que no le emasculen y no le denuncien por incumplimiento de contrato y lo publiquen tal cual, el arrojado traductor puede tener por seguro que le señalarán por la calle, los perros le ladrarán y le perseguirán con hoces, guadañas y antorchas como responsable de blasfemia gorda. Eso si es una novelilla; si lo ha escrito, qué sé yo, James Joyce, todos se harán lenguas diciendo lo difícil y meritorio que ha sido transmitir el tono onírico del original (efecto sokal traductoril).

En resumen, que aunque no se lo crean, a menudo traducir un churro y que quede comestible (no como en los bares de Madrid, que los sirven fríos) es más difícil todavía que traducir una obra maestra.

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El diablo está en los detalles

¡No me lo puedo creer! ¿En qué estado de desidia espiritual había caído para que se me olvidara reseñar El diablo está/se oculta en los detalles? ¿Qué habrán pensado ustedes de mí a pesar de que no lo sabían? Además, abúlico y olvidadizo amigo (me estoy hablando a mí mismo, no se den por aludidos, es un retorismo retórico), es un libro que también es resultado de unos talleres de traducción, de los segundos turco-español, para ser precisos, hace nueve años, hay que fastidiarse, y de los cuales supongo que hablé en su momento.

En los primeros había podido darme cuenta de que mis esforzados compañeros españoles en general carecían de una amplia experiencia en cuanto a lo que podríamos llamar traducción comercial. O sea, que sí que podían traducirte lo mismo un prospecto de pomada contra las hemorroides que un poema de, pongamos, Góngora, pero que se me atascaban una miajilla en eso de que una novela aeroportuaria fluyera, que, como todos sabemos es requisito básico para las editoriales.

Es un problema bastante común y que yo veo mucho cuando hablo con estudiantes (no estoy sugiriendo que mis colegas tuvieran nivel de estudiantes, ni mucho menos) y que se manifiesta en dos comentarios modelo: (a) «Pero, pero, es que ahí dice esto (X)», o (b) «Pero, pero, es que ahí no dice eso (Y)», siendo X algo en la lengua del original e Y algo en la lengua de la traducción. Y lo malo es que tienen razón, pero volvemos a lo de la fluidez. Sobre todo fluidez mental y ahora me explico.

La disputa entre el juvenil y heroico traductor menos experto y el retorcido y malsín veterano de mil batallas editoriales con respecto a las ansias líricas de un autor como… Iba a decir algún nombre, pero quedémonos con que tenga ansias líricas y basta. La disputa, decía, se lleva a cabo sobre todo en la palestra del vocabulario. Un poner, pensemos en la siguiente frase u oración: «Poseído de gran sed, el caballero, montado en su brioso corcel, clavó sus ojos verdes como la albahaca en la bella doncella y pidióle un vasito de gazpacho fresquito para calmarla [la sed]». Si yo tuviera que traducir esto al turco para un novelón de quiosco (suelen ser gordos), que espero que no, muy probablemente sustituiría hábilmente el colorido término «gazpacho» por algo más aceptable (vid. Toury) en la cultura terminal (no de autobuses), digamos ayran, que es yogur con agua y un poquito de sal y que viene muy bien para la sed y los desmayos.

Pero, dirá el traductor novel, el ayran no es el gazpacho y en el original dice gazpacho. Toma, claro, ¿y qué vas a hacer? ¿Ponerle un enlace a la güiquipedia al lector medio turco explicándole la receta de tan sabroso almuercillo (vid. merendilla)? Pos no, porque va a llegar el tipo malo y malencarado que tienen en todas las editoriales que se precien y te va a recordar que de notas al pie nada de nada y te hará una oferta que no puedas rechazar, a no ser que un día quieras despertarte con la cabeza de tu gato entre las sábanas.

En fin, que me enrollo. Como lo que quería era la posibilidad de ofrecer a mis colegas textos que fueran comerciales y comercializables (es decir, con posibilidades de publicación), le pedí al amigo Ahmet Ümit, que nunca me ha decepcionado, que por favol, por favol, nos dejara traducir unos cuentos policíacos muy breves que había ido publicando no sé dónde y que luego recopiló en un libro. El protagonista de los relatos es el inspector jefe Nevzat, del que ya había traducido Réquiem por Estambul, publicado en México. Por cierto, ahí había un motivo de discusión porque en el escalafón policial turco el señor Nevzat es comisario, pero corresponde al inspector español. ¿Qué haces? Yo, desde luego, no lo dudo y le planto el inspector (que es un empleo que no existe en Turquía). Sin embargo, leyendo novelas de Rosa Ribas me di cuenta de que su poli Cornelia Weber-Tejedor es también comisaria, de lo que deduje dos cosas: (a) que el escalafón policial alemán es como el turco y (b) como Rosa Ribas es la autora no le importa arriesgarse a que algún pelmazo le diga que Dña. Cornelia manda muy poco para ser comisaria. Si tuviera que traducirla, yo la hacía inspectora y me quedaba tan fresco. ¿Que me arriesgaba a que algún pelmazo me recordara que según la policía alemana debería ser comisaria y no inspectora? Pues no digo que no, pero nadie me lo ha echado en cara de D. Nevzat, igual porque es turco o porque se publicó en México, donde no tengo ni idea de si son inspectores o comisarios.

Aunque eran muy breves, terminamos algún cuento en los talleres de pura chiripa (y porque eran fáciles) porque en esos eventos no es que se corra mucho traduciendo, pero, bueno, los que quedaban nos los repartimos. Y así conseguimos terminar el librito. Yo le preparé un pdf al amigo Ahmet Ümit para que viera que habíamos sido unos niños buenos, pero también con la intención de plantárselo a cuanto editor dispuesto me saliera al paso. Y he aquí que salió.

Pues resulta que Gerardo de la Cruz, que había publicado Réquiem por Estambul en Ediciones B de México, como pueden ver en la correspondiente entrada, dejó la editorial no sé por qué y se metió en un nuevo follón, o, si lo prefieren, se embarcó en un nuevo proyecto editorial, llamado Universo de Libros y se ofreció a publicar algo más de Ahmet Ümit y a que s.s.s. de ustedes escribiera una pequeña introducción explicativa. No voy a entrar en los detalles para no aburrirles, pero el libro se publicó por fin y existe con la única y ligera diferencia de que el título de El diablo se oculta/esconde en los detalles pasó a ser El diablo está en los detalles que, por lo visto, es como se dice en México.

Y no solo se publicó y existe, sino que además alguien se lo leyó en Para qué leer e hizo una vídeocrítica que me gusta tanto que les dejo con ella y no les doy más la tabarra. Hala, no tienen más que presionar aquí.

O aquí: EL DIABLO ESTA EN LOS DETALLES DE AHMET UMIT – YouTube

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¿Estoy escuchando o escucho? ¿Estambul o a Estambul?

Los Garipçiler. He sacado la foto de la Wikipedia y no ponía referencia, así que gracias al autor/propietario. Orhan Veli es el de la izquierda.

Otra vez por aquí. Qué pequeño es el mundo. Bueno, pues vamos a seguir con lo de los talleres de traducción de este año. Se me había olvidado contarles que el miércoles empezó a caernos una nevada intermitente de aquí te espero, que nos va a dar agua para una temporada. Como con la última se lió una buena, a las autoridades correspondientes les entró el canguelo y suspendieron las clases por si acaso, con lo que no me sirvió de mucho haber pedido una comisión de servicio porque las clases presenciales las tengo esos días. Con lo feliz que me hacía escaquearme… Evidentemente, esto no tiene que ver con la traducción ni suspendieron los talleres, pero resulta que nuestro colega/compañero Miguel es sevillano y no había visto nevar nunca, según él, y le hizo muchísima ilusión. Es decir, sabía lo que era la nieve y tiene nevera y eso, pero lo de caer copitos del cielo, como algodoncitos, no. La verdad es que si tienes donde tomarte un café calentito y tal siempre es bonito. Lo de pasarte luego una semana chapoteando como si desembarcaras en Omaha Beach no tanto.

Volvamos a lo de la poesía. En los últimos años me dio por escribir (no teman, no es poesía) unos articulillos relacionando la retórica clásica con la traducción por aquello de los peipers, los puntos y demás. No parece que le haya interesado a nadie, lo que, por otra parte, tampoco me extraña, pero con tan fausto motivo me dio por analizar un poco alguna traducción de algún poema y es bastante entretenido, dentro de lo que cabe. Además, me metieron en un compromiso y me vi obligado so pena de eterna vergüenza a traducir una antología/selección de un señor cuyo nombre no voy a desvelar por si acaso. En suma, que llevo unos años con ese rollo, aparte de que llevo muchos más dando clase de análisis de textos poéticos porque ninguno de mis compañeros quiere meterse en follones de métrica, figuras retóricas y ese tipo de torturas medievales. Gracias a ello he llegado a varias conclusiones bastante inútiles.

La primera es que para traducir poesía tienes que divertirte porque desde luego no es que vayas a cobrar mucho (o nada) y hacerte rico con eso. Lo de divertirse hay que tomárselo en un sentido amplio porque si el poema es de mucho sufrir, como aquel de la perrita Armelinda, pues lo suyo es que sufras, pero si eres un poco masoquista, que tienes que serlo para traducir lo de la perrita Armelinda, pues si sufres te diviertes y miel sobre hojuelas. Lo mismo cabe decir de sutilezas métrico-rítmico-fonéticas; es como hacer un sudoku y hay a quien le divierte mucho hacerlos. O, por lo menos, le entretiene. Bueno, pues para divertirse, mejor hacer una traducción colectiva, que, siempre y cuando no acaben sacándose las navajas, es como jugar al Dungeons & Dragons, que con la compañía adecuada te ríes una jartá.

Volvamos a la traducción de «İstanbul’u dinliyorum, gözlerim kapalı». Pero antes unas palabras de nuestro patrocinador para darles un poco de contexto por si no saben quien fue Orhan Veli. La gracia revolucionaria del amigo, y sus otros dos colegas «garipçi» Melih Cevdet Anday y Oktay Rifat, era que escribían sus poemas con el lenguaje de la calle y trataban temas a veces muy cutre-lumpen. También hay que explicar que el amigo Orhan Veli era una miajilla putero y un muy borrachuzo porque conozco a más de un aborigen a quien le sienta muy mal que tan excelso lírico hable de esas guarradas y barbaridades y no para de dar la tabarra con que hay que interpretarlo alegóricamente. Se ve que yo soy muy pedestre. Bueno, con esto vale de contexto histórico-sociológico.

El primer problema / que tiene el poema (me han salido dos hexasílabos con rima consonante) es el título, que es un verso que se repite más que el pepino. O, para ser más exactos, tiene dos problemas. El primero es «dinliyorum» que generalmente se ha traducido por «estoy escuchando» y nosotros, más chulos que un ocho, tradujimos por «escucho». Ya estoy oyendo a un montón de estudiantes y exestudiantes (que ahora llaman alumni, como si por estar en latín ya se entendiera el «ex-» por aquello de lo antiguo) recordándome que en turco hay un presente-presente (este) y otro presente-amplio (que sería «dinlerim» y no «dinliyorum»). Que ya lo sé, pero todo tiene que ver con el contexto, padre mío. Vamos a ver, a mí me gusta más «escucho» porque precisamente no es ahora mismo y en cuanto suene una bocina dejo de escuchar, sino que estoy sentado como un Buda feliz, con las manos sobre la barriga llena y medio durmiendo la siesta, abro orejas y presto oídos y escucho lo que me rodea. No es que esté escuchando lo que le dice el abuelo de al lado al guardia de seguridad mientras espero mi turno en el banco porque se me ha olvidado llevarme un libro. Inspiro profundamente y escucho a ver qué suena en la ciudad a mi alrededor. Se habrán dado cuenta de que no me he metido en zarandajas de términos gramaticales, ¿eh? De nada. Por cierto, el verbo turco es «escuchar» y no «oír», que no participo yo de la manía moderna universal de odiar tan simpático verbo («oír»).

El segundo problema del título es que si le metemos la preposición «a» como suele hacerse, estamos personificando (a) la ciudad, algo que por aquí gusta mucho precisamente por aquello de que el verbo es «escuchar» y no «oír». Sin embargo, a mí eso de que la ciudad le habla al poeta y bla, bla, bla, me parece un recurso muy de baratillo y kitsch o como coño se escriba y me gusta más la idea del Buda feliz del que hablaba antes. ¿Y por qué tienen ustedes que aceptar eso? Pues porque lo digo yo y es mi traducción y, si no, no les ajunto. También está la cuestión de que si los demás lo han hecho de una forma, yo distinta. Que no me voy a tirar por la ventana porque ellos se tiren. «Escucho Estambul» pues. Además les regalo una aliteración.

Por supuesto, también había problemas culturales (como el nombre del barrio de Mahmutpaşa, que a ustedes no les dirá nada), que no hay otra que arreglarlos con una nota o que el lector lo busque en la güiquipedia. U otros de matiz, en plan ¿viento, brisa, céfiro?, ¿cascabeleo, campanilleo, campanario?, etc., que se resuelven con una buena discusión y, si es posible, acudiendo a los diccionarios de la TDK o la RAE, que las autoridades tienen mucha autoridad, nunca mejor dicho. Siempre es un buen argumento decir: «Ah, ¿sí? Pues toma, que lo dice la RAE y te callas o vienen los académicos a partirte la cara, que saben dónde vives». Lo peligroso con la autoridad de los diccionarios son las diferencias de tono, que no quedan claras y que son casi inevitables cuando no hay nativos de por medio (y de ahí la idea de las parejas mixtas y la traducción colectiva). Si fuera turco, yo mismo podría discutir por qué no se va a decir, qué sé yo, «eres un tío plasta abyecto» si el diccionario de la RAE dice que «abyecto» es «vil en extremo», pero la verdad es que no pega mucho. O, peor, por qué hay palabras que dan risa y quedan fatal en una elegía, por ejemplo «zambomba»: «alimentando lluvias, caracolas / y zambombas mi dolor sin instrumento»; pues no. Pero claro, para notar esas sutilezas tienes que ser aborigen. Además, están las que no vienen en el diccionario y tienes que deducir por el contexto y entonces no te queda más autoridad que la de ser quien grita más o, en caso de apuro, acudir a los sobornos y los puños. Por ejemplo, estoy seguro de que ninguno de nuestros compañeros turcos sabría trasladar la delicadas connotaciones musicales de aquellos inmortales versos que rezaban: «achulipú / apú, apú / achili», cuyos ecos resuenan inmarcesibles y deberían constar en todas las crestomatías escolares (¿?).

Este rollo viene a cuento del gran escollo que planteaba Ertuğrul Önalp, que es la palabra «yosma». Actualmente se usa en el sentido de prostiputa, pero hay dudas sobre si siempre ha sido así porque se dice que antes, o sea, antiguamente, se usaba para las mujeres guapas y yastá. El TDK te lía todavía más la cabeza porque dice (más o menos): «(Mujer joven) alegre, bella, seductora/coqueta». Pues oiga, entre la alegría y la prostitución hay un trecho, ¿eh?, y eso que nosotros mismos decimos eso de «mujer de vida alegre», que no sé dónde le ven la alegría. El problema es otra vez de tono.

La trama es como sigue: una señora (o señorita, digamos «yosma») pasa por la acera y los albañiles (suponemos) la halagan con requiebros (es un decir, ambas cosas), se le cae algo de la mano y el poeta piensa que a lo mejor es una rosa (aunque posiblemente sean los palos del sombrajo con los famosos requiebros). Podemos ver que «pasa por la acera / una bella y jovial señorita / se oyen barbaridades, chiflidos, piropazos», por ejemplo, queda como a un Cristo dos pistolas. Algo que se suele tener en cuenta para la interpretación y traducción de «yosma» es lo que he mencionado de que el lírico poeta era un poco, digamos, yosmero. Sin embargo, que la mujer se gane la vida con esta profesión u otra, para el poema es irrelevante. Bueno, total, que me enrollo, al final dudamos (cada uno de por sí no dudaba de sí mismo) de si decir algo como «hermosura» o «preciosidad»; yo propuse «tía güena», pero hasta yo mismo vi que aquello carecía de aliento poético. Alguien sugirió «bombón» y fue la opción que más le gustó a Mª Jesús, así que lo cambié haciendo uso de mis prerrogativas como amanuense del poema por aquello de que, como decía el de los Luthiers, «donde manda patrón, hay que ir». Y así es como lo hemos dejado, de momento: «pasa por la acera un bombón; / obscenidades, coplas, piropos. / Algo se le cae de la mano, / será una rosa». Espero que se note que lo del bombón es una metáfora y no de esos tan ricos rellenos de licor con una guinda. Ajolá.

Una señorita más contenta que unas pascuas porque le regalan bombones
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Talleres de traducción turco-español pandémicos 2022

Los participantes en el taller turco-español. De izquierda a derecha: Seniz, Gamze, Gülsevim, Miguel, Pepa, mi-mismo-yo y Olcay. Falta Gaizka. Hay quien tiene mascarilla, hay quien sostiene una taza, pero todos llevamos el multipase.

A ver si me acuerdo de cómo era esto del guorpres… Ay, caramba, que me han cambiado la interfaz… Total, tampoco me acuerdo de cómo era la de antes… Mejor lo escribo en el guor normal y luego lo pego.

Ejem, decíamos ayer… Por motivos no ajenos a mi voluntad llevo una temporadilla alejado de estos lares blogueros, pero es que estaba haciendo unos mandados. Hoy regreso momentáneamente sacando renovadas fuerzas de flaqueza para contarles y para ilustración de la juventud que he estado en unos talleres de traducción desos (que dirían mis sobrinos almerienses).

Todo empezó un día en que miraba mi correo electrónico, como todos los días, por otra parte, y vi que las autoridades competentes me mandaban la convocatoria de los talleres de traducción que organiza regularmente la dirección general de publicaciones y bibliotecas [sic, es decir, «así», es decir, que aquí en Turquía se llama así]. Luego supe que tampoco han sido tan regulares porque dejaron de convocarlos unos años, no me enteré bien de por qué, supongo que se hartaron. De todas formas, le hice el mismo caso (a la convocatoria) del que suelo hacerle siempre y mandé el mensaje a la papelera (virtual) junto a los del amable señor nigeriano que quiere compartir su herencia conmigo.

Mi falta de interés por tan grato acontecimiento se debía a que participé como coordinador o algo así los dos primeros años y acabé tarifando una miaja con la organización del segundo (año), como supongo que ya he contado. Nuestro desacuerdo venía de la ambigüedad conceptual de los talleres (por llamarlo de alguna manera que no se entienda muy bien lo que quiero decir) por parte de los supremos capitostes. Me explico: consistían en encerrarnos una semana en un hotel muy bonico de la isla Príncipe (Büyükada) a que tradujéramos a tutiplén (Mª Jesús diría a go-go, lo que me recuerda aquel magnífico disco de las Supremes). Se organizaba el mayor número posible de talleres de todos los idiomas que cupieran en la isla, sin llegar a incluir el klingon y el élfico en sus diversas variantes porque no daba tiempo. Luego nos llevaban a la feria del libro a dar una vuelta, y a escupir a la calle (en el sentido de que cada uno a su casa cuando acababa la semana, no se lo tomen literalmente). A lo largo de aquellos siete días la organización buscaba una fusión sinérgica y empática (es que en la facultad nos obligan a hacer cursillos de formación en línea de ese tipo de cosas, por eso hablo así) entre profesionales curtidos, jóvenes promesas y académicos teorizadores de altura.

Mi distanciamiento con los organizadores era, digamos, ideológico. Primero por eso de la fusión de traductores de distintas procedencias. En mi experiencia, no es una buena idea reunir a profesionales de la traducción de libros con académicos desos (je, je) de la teoría, porque (a) muchos de los mencionados profesionales huyen como el proverbial gato escaldado de los teóricos y están convencidos de que los otros no han traducido en su vida ni un billete de metro; (b) muchos de los académicos piensan que los profesionales son un poco burros y que habría que desasnarlos una miajilla, para lo cual les dan la tabarra con que si el escopo, las normas y la deconstrucción poscolonial; (c) bastantes de los traductores que conozco son ambas cosas a la vez y la esquizofrenia que tienen no se puede ni aguantar. Yo mismo no me soporto cuando por las mañanas (que es cuando traduzco) se me viene a la cabeza algún pensamiento de S. Jerónimo como no sea para rezarle que me quite de encima a ese pesado que me susurra al oído. Tampoco me aguanto en la ducha o fregando la taza del café (que es cuando pienso, poco) cuando se me ocurre un problema de traducción que resuelvo de forma puramente intuitiva sin ninguna referencia bibliográfica. A las jóvenes promesas ambas partes las soportan los demás a condición de que se les caiga la baba con tan sublimes maestros y que vayan escoltándoles cuando salen de paseo y les abaniquen con palmas y ramitas de olivo, hosanna hey, hosanna ho.

A mí me gustaba más la idea de una reunión de profesionales, porque para ir dando clases ya tengo las de la facultad, que además son de otras cosas, y también por aquello de que quien mucho abarca poco aprieta. Sin embargo, la mayoría de los otros talleres lo hacían así, un señor mayor en una punta de una mesa pontificando y los demás, más jóvenes, apuntando todo lo que salía de su boca no se les fuera a escapar algo. Perdí la paciencia cuando en la reunión final de puesta en común evaluadora los coordinadores de otros talleres empezaron a hablar de «los chicos» (y chicas, obviamente, miren si no lo que cantaban los Bravos en otra época y otro siglo). Hasta ahí habíamos llegado. Entonces pregunté algo que no me granjeó la simpatía de los organizadores: que para qué nos tenían allí; que qué querían de nosotros. Porque si era una reunión de profesionales, con un par de días bastaba y lo demás era lucro cesante; si era nivel académico lo que querían, que montaran un congreso; y si lo que pretendían era formar nuevos traductores, que abrieran las puertas a los estudiantes y no exigieran tropecientas obras traducidas. Además, y aquí tenemos el segundo desacuerdo problemático, que me parecía una gilipollez estar traduciendo como posesos (véase El exorcista) si luego aquello no se iba a publicar (que nosotros sí lo hicimos). Total, que decidí no volver y por eso ni miré la convocatoria de este año.

Pero luego me llamaron para convencerme de que volviera a participar y piqué. No crean que me llamaron por mi cara bonita, no, sino porque no se presentaba casi nadie y alguien en el Cervantes les chivó que igual yo tenía contactos. Me juraron y perjuraron que los nuevos talleres eran/iban a ser muy distintos a los anteriores y me enredaron. No entro en los procedimientos que siguieron porque mejor no decir ni el pecado ni los pecadores, pero, por expresarlo de una manera muy fina, visto lo que veía, aposté por reunir un equipo de veteranos de los talleres y personas de confianza para que nuestra sinergia fuera óptima. Total, íbamos a ser cuatro gatos. Luego fuimos ocho en el turco-español porque a las cinco plazas añadieron a la suplente (seis) y como había una coordinadora y un moderador por taller para darle más nivela académico (según ellos), pues ocho, cuatro españoles (de ambos sexos, uno por persona) y cuatro turcas (de uno solo) y casi todos conocidos de todos. Olcay Öztunalı, Seniz Coşkun, Gülsevim Erhan y Gamze Demet por la parte turca y Pepa Baamonde, Gaizka Etxeberría, Miguel Ángel Romero y s.s.s. de Vds. por la española.

Como sigo con la perra de que traducir lo que no has de publicar no es traducir (vid. el tío o el abuelo de Bioy Casares), propuse que hiciéramos las Cartas de la ciudad de Ahmet Rasim porque alguna editorial me había sugerido en tiempos que hiciera una selección antológica por aquello de que Pamuk las cita en Estambul, ciudad y recuerdos. Pero, pensándolo bien, aquello era un poco plasta y mucho mejor lo que sugirió Gülsevim Erhan (creo recordar) de traducir relatos de Sabahattin Ali ya que el pobre es de derecho público porque lo mataron malamente en 1948 y yo había traducido su Madona con abrigo de piel (-es). También pensé que estaría bien y sería útil para la Humanidad que hiciéramos parejas para traducir ya que estábamos a pares y no sería la primera vez que se hacía (así se ahorra en diccionarios) y que las parejas fuéramos rotando para más risa como cantaba Stephen Stills en «Change Partners», pero a lo decente. Bien, la sesión de la mañana averiguá, como dicen en mi tierra.

¿Y por la tarde? Pues no me acuerdo de quién lo propuso (creo que yo), pero decidimos traducir colectivamente ―tampoco éramos tantos― poemas de Orhan Veli, que también es de derecho público porque se cayó en una zanja ―probablemente, ¿cómo dicen en las series?, «bajo la influencia», o sea, con una trompa como la copa de un pino― y al día siguiente se murió de un derrame o algo así, pobretico. Lo de «pobretico» viene porque era uno de los fundadores del grupo de los «garip», que lo mismo te lo traducen «los pobrecillos» que «los raros», que es bastante discutible, por mucho que algunos se empeñen. En fin, en estas sesiones vespertinas de horario europeo o de la siesta del horario español (de 14:00 a 17:00) nos acompañaron algunos compañeros de fatigas del taller español-turco cuando libraban. Cuantos más, mejor.

Ya les contaré más detalles, pero veo que me enrollo en exceso y solo quería compartir con ustedes la versión que nos salió de «İstanbul’u dinliyorum» de Orhan Veli porque se lo prometí a Ertuğrul Önalp. Como es una traducción colectiva, a ninguno acabó de gustarnos del todo, pero nos fastidiamos en pro de la concordia y la tolerancia, para que aprendan otros en estos tiempos. Existen otras versiones en internet para que las comparen y se entretengan si no tienen nada mejor que hacer, que igual sí. Ya hablaremos un poco más de ella en la próxima entrada (Virgencita, dame fuerzas). Me habría gustado poner a dos columnas la versión traducida y la original, pero no sé cómo hacerlo. Aquí las tienen, una debajo de otra:

Escucho Estambul

Escucho Estambul, cerrados los ojos;
primero sopla una brisa suave;
En los árboles, las hojas
se mecen despacio;
a lo lejos, muy a lo lejos,
el campanilleo incesante de los aguadores;
escucho Estambul, cerrados los ojos.

Escucho Estambul, cerrados los ojos;
mientras, pasan los pájaros
en lo alto, en bandadas, graznando.
Recogen las redes de pesca;
rozan el agua los pies de una mujer;
escucho Estambul, cerrados los ojos

Escucho Estambul, cerrados los ojos;
fresco Gran Bazar
bullicioso Mahmutpaşa;
patios llenos de palomas.
suenan martillazos en los muelles;
olor a sudor en la dulce brisa primaveral;
Escucho Estambul, cerrados los ojos.

Escucho Estambul, cerrados los ojos;
en la cabeza la embriaguez de juergas pasadas;
una mansión con su embarcadero en penumbra;
en el susurro del poniente amainando
escucho Estambul, cerrados los ojos.

Escucho Estambul, cerrados los ojos;
pasa por la acera un bombón;
obscenidades, coplas, piropos.
Algo se le cae de la mano,
será una rosa;
escucho Estambul, cerrados los ojos.

Escucho Estambul, cerrados los ojos;
un pájaro revolotea a sus faldas;
Sé si tienes la frente caliente o no.
Sé si tienes los labios húmedos o no.
Una luna blanca nace tras los pinos,
lo noto por el latir de tu corazón;
escucho Estambul.



İstanbul’u Dinliyorum

İstanbul`u dinliyorum, gözlerim kapalı
Önce hafiften bir rüzgar esiyor;
Yavaş yavaş sallanıyor
Yapraklar, ağaçlarda;
Uzaklarda, çok uzaklarda,
Sucuların hiç durmayan çıngırakları
İstanbul`u dinliyorum, gözlerim kapalı.

İstanbul`u dinliyorum, gözlerim kapalı;
Kuşlar geçiyor, derken;
Yükseklerden, sürü sürü, çığlık çığlık.
Ağlar çekiliyor dalyanlarda;
Bir kadının suya değiyor ayakları;
İstanbul`u dinliyorum, gözlerim kapalı.

İstanbul`u dinliyorum, gözlerim kapalı;
Serin serin Kapalıçarşı
Cıvıl cıvıl Mahmutpaşa
Güvercin dolu avlular
Çekiç sesleri geliyor doklardan
Güzelim bahar rüzgarında ter kokuları;
İstanbul`u dinliyorum, gözlerim kapalı.

İstanbul`u dinliyorum, gözlerim kapalı;
Başımda eski alemlerin sarhoşluğu
Loş kayıkhaneleriyle bir yalı;
Dinmiş lodosların uğultusu içinde
İstanbul`u dinliyorum, gözlerim kapalı.

İstanbul`u dinliyorum, gözlerim kapalı;
Bir yosma geçiyor kaldırımdan;
Küfürler, şarkılar, türküler, laf atmalar.
Birşey düşüyor elinden yere;
Bir gül olmalı;
İstanbul`u dinliyorum, gözlerim kapalı.

İstanbul`u dinliyorum, gözlerim kapalı;
Bir kuş çırpınıyor eteklerinde;
Alnın sıcak mı, değil mi, biliyorum;
Dudakların ıslak mı, değil mi, biliyorum;
Beyaz bir ay doğuyor fıstıkların arkasından
Kalbinin vuruşundan anlıyorum;
İstanbul`u dinliyorum.

Lo dicho: multipase
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De premios, clubes y sayos

A ver, con este cachito de capa que le proporciono, se me va al sastre, que le haga un sayo y así no me anda usted en pelota por ahí

Yo ya tenía asumido que el único premio que me iban a dar sería póstumo y, la verdad, si fuera así, a mí, plin. Desde que en el cole me dieron unas medallas por buena conducta y aplicación —no sé por quién me tomaban ustedes—, me han propuesto para algunos, pero a la hora de la verdad, siempre, como decía Gila, se metió por medio algún gachó con recomendaciones y no hubo manera. Y ahora, por fin, por fin, los muy dignos críticos literarios de la bitácora internética de ilustre nombre Estado crítico me han considerado merecedor de tan inmarcesible honor. En un gesto que demuestra su inmensa sabiduría, han decidido que, supongo que dentro de algunos límites, la traducción más notable del año anterior (2018) en todo el universo mundo ha sido la de Madona con abrigo de piel de Sabahattin Ali, llevada a cabo por s.s.s. de ustedes y, especialmente, de ellos, a quienes enviaría gustoso sendos jamones si me fuera posible, que no lo es, pues los impedimentos son muchos.

Para ser sinceros, aparte de que lo que me gustaría de verdad es un Nobel o un Óscar —que lo llevo difícil ya que ninguno se concede en los campos a los que me dedico—, que me den el premio por esta novela me incomoda un poquillo. Hasta cierto punto me siento como si tuviera una etiqueta en el calzoncillo de esas que rozan una miaja y que no va a andar uno pegándose tirones en público habida cuenta del tipo de prenda de la que se trata. Poder, poder, podría, pero no es cosa de ir por ahí colocándose el puñao. En fin, paso a explicárselo. Imagínense un cartelillo de los que salen en las series después de un rato en que estás sin enterarte de nada, désos que dicen: «Unos días antes…» (últimamente lo he visto alguna vez traducido, por aquello de la ultracorrección como «Hace unos días», y no sé qué será peor, sobre todo si la acción principal se sitúa en el pasado).

Unos días antes de la concesión del premio, o hace unas semanas, mi amiga Ana Roca, la eficientísima bibliotecaria del Instituto Cervantes, solicitó mi colaboración física de cuerpo presente —como se diga— en una reunión del club de lectura que se lleva a cabo en la susodicha institución o instituto porque los miembros (me disculparán que no añada «-as») habían propuesto la lectura de la Madona. Era toda una anomalía de tintes revolucionarios porque las sesiones del club se dedican exclusivamente y por motivos evidentes —siendo como es el Cervantes un ente destinado a sacar la pasta que puedan mediante la difusión de la (-s) lengua (-s) y cultura (-s) española (-s) e hispana (-s)— a obras escritas originalmente en español, sea este último castellano o no —técnicamente—. Sin embargo, como la obra de Sabahattin Ali es todo un fenómeno socioeditorial en Turquía, a los lectores hispanos les daba como morbillo leerla y a los turcos también se lo daba criticar la traducción. Conviene explicar que en Turquía casi toda traducción que se haga a otra lengua está sistemáticamente mal, a no ser que el traductor esté presente —como era mi caso— o que sea de Pamuk, en cuyo caso la traducción siempre será infinitamente mejor que el original. Bueno, a lo que vamos, que quedamos en hacer un club de lectura sobre la Madona, pero…

Por una serie de complejísimos motivos burocráticos de concepto, no se podían pedir los ejemplares necesarios a la biblioteca hermana con la que habitualmente trabajan. No hablemos ya de la dificultad de encontrar en Estambul la Madona en español, directamente proporcional a la facilidad que hay para encontrarla en turco. Prueben a ir a cualquier librería de su ciudad —si es que todavía existen semejantes establecimientos— y pregunten si tienen algún clásico, un poner, El Quijote o El enmendador de corazones, y verán cómo es mucho más fácil que lo tengan en español que en turco o en finés, por dar otro ejemplo. Por lo tanto, decidimos (no me acuerdo de quién fue la idea) ponernos en contacto con la editorial Salamandra, que habían sido muy amables conmigo, a ver qué podíamos hacer. No voy a entrar ahora en detalles, pero como resultado de la generosidad de la editorial, los miembros del club de lectura pudieron contar con sus respectivos ejemplares y todos contentos. Desde esta modesta tribuna me gustaría expresar mi agradecimiento a Gemma Oromí, del departamento de derechos de Salamandra, que siempre ha sido más maja que las pesetas, aunque estas últimas no existan desde hace algún tiempo.

Espero que la sesión fuera entretenida, porque el club no es lo que era —un grupo reducido de lectores donde todos participaban en caótica comunión— sino algo un poco más parecido a una clase donde uno expone, o donde se expone por turnos, y los demás escuchan en inquietante silencio. Igual es que las nuevas generaciones son muy educadas. Como  soy un niño responsable, iba bien preparado para cualquier eventualidad, pero de lo que más hablamos fue de (a) que el protagonista de la novela es un poco tonto del culo; (b) que no entendemos muy bien por qué se vende por millones precisamente esta novela de Sabahattin Ali y no otra —siendo las tres bastante breves, en lo que consistía para nosotros gran parte del interés de la juventud por la obra—; (c) que cierta traductora/autora anglosajona se había dejado llevar por su entusiasmo por el libro, se le había calentado la boca y había dicho una serie de gilipolleces de marca mayor que eran repetidas fielmente por algunos, bastantes, muchos medios de prensa española, que por consiguiente (© Felipe González) ofrecen una imagen de la novela que no es del todo cierta y mucho menos justa… Pues de ese tipo de cosas hablamos, pero creo/supongo que ya traté de todo esto en la entrada correspondiente.

De lo que quería tratar aquí —y de ahí el sayo del título, que no es otro sino el que se hicieron con la capa—, es de una sorpresa desagradable que me esperaba al preparar la sesión del club de lectura. Como recordarán si se leyeron la mencionada entrada correspondiente —allá ustedes si no lo hicieron—, en su momento traduje la obra y la editorial tardaba y tardaba en publicarla. Entretanto, resulta que la editora de mesa que llevaba el libro se fue de la editorial y yo perdí todo contacto con ellas (editora y editorial) hasta saber por la prensa o por las redes sociales que por fin el libro se iba a publicar —o peor, que se había publicado—. Al final conseguí hablar y escribirme con la susodicha Gemma Oromí, fuéronme enviados mis ejemplares justificativos (así como otros a mis hermanas, también quedo muy agradecido por esto) y a otra cosa, mariposa. Los libros en sí, como objeto físico, me parecieron muy bonicos, que dicen en Almería, por la alusivísima foto de la cubierta, aunque no tanto porque alguien hubiera despojado a las pieles del título del plural que yo les había puesto. Poco sospechaba nuestro joven traductor que aquello solo sería el comienzo de una larga procesión de…

Una de las curiosidades de los clubes de lectura es que si participas como orador es conveniente que te leas el libro en cuestión. Para cuando me llegan los ejemplares (dos) que mandan las editoriales (a riesgo de arruinarse, aunque en este caso fueron muy rumbosos), yo ya me he leído la obra tropecientas veces: mil setecientas en el original y tres o cuatro (millones) en la traducción, así que mardita la gana de repetir. Además yo tengo un superpoder, como cualquier miembro de la patrulla canina, digo X, que se precie: en cuanto abro un libro, sobre todo si yo he participado en él, consigo que me salte a la cara un gazapo. Total, que me llegaron los libros, los coloqué en una estantería y adiós muy buenas. Sin embargo, con lo del club no me quedó más remedio que volvérmelo a leer y, como pueden suponer, rápidamente encontré una errata/gazapo/metedura de pata. En concreto, un «»¡Déjate estar de libros, hombre!»», que eso de «dejarse estar» tiene la mar de delito, pero supuse que había corregido algo y se me había olvidado borrar el estar (spoiler alert: no, no se me había olvidado). Vaya por Dios, qué vergüenza —me dije en silencio para mí mismo y no como los que van hablando con el cable de los auriculares por la calle, que se parecen a aquellos clochardos de antaño que anunciaban apocalipsis varios pero sin la peste a vino rancio—, qué van a pensar de mí los del club, seguro que por la calle me va a señalar la gente con el dedo y van a ladrarme los perros. Pero según iba leyendo me encontraba más gazapos que me alarmaban un sí es no es porque yo no escribo así. Supongo que en un primer momento casi me sentí orgulloso: «Cucha qué bien traduzco sin traducir en mí, que escribo como no escribo», pero eso no me lo creo ni yo. Empecé a mosquearme cuando noté el verbicidio contemporáneo del verbo «oír» en favor de un «escuchar» urbi et orbe que me fastidia tanto como la imposición falangista del tuteo universal. Quizá más, incluso. Pero lo que hizo saltar todas las alarmas fue encontrarme con un «Jules Verne» así de grande cuando todo el mundo, y yo el primero, sabe que es «Julio», como Romero de Torres, que no en vano pintó a la mujer morena. En ese momento agarré el ordenador, busqué en mis carpetas los correspondientes archivos y empecé a comprobar si todo aquello era cosa mía o no. Y no lo era.

Lo normal es que la editorial te mande las galeradas del libro en un pdf para que veas las correcciones que han hecho —no sé, «mequetrefe» en lugar de «fartusco», digamos—, que pretendan que las mires en un par de días, que tú carezcas de las herramientas informáticas para comparar el texto con el original de la traducción que les mandaste y que te salga todo rojo cada vez que hay un espacio de más o de menos, y que, al final, les digas que todo está la mar de bien y bonito simplemente porque no tienes tiempo ni ganas para revisar las cien mil páginas mientras vas en el metro. En el caso de la Madona —muchísimas menos páginas, la verdad—, las galeradas con las correcciones no se enviaron. Supongo que fue por lo que contaba antes, que si tardaba mucho en publicarse, que si la editora se fue no sé adónde, que si puede que pensaran que yo había sido victima de un apocalipsis zombi… Pero, para qué voy a engañarles, me ha sentado un poco mal lo del «oír/escuchar» y lo del «Jules», que yo no soy ese y a saber qué van diciendo por ahí los enemigos que contubernian contra mí.

De todas formas, como no hay mal que por bien no venga, ahora tengo la ventaja de que puedo hacer lo contrario de lo que se dice en esos prólogos de «cualquier error es responsabilidad única y exclusiva del autor de estas líneas» y echar la culpa a la corrección y a la editorial de todo lo que no guste. Total, como nadie va a saber cómo lo hice yo de verdad…

En resumen, que me encuentro con una situación mental un tanto esquizofrénica: por una parte estoy una miaja mosca con los cambios en el texto, pero por otra le estoy muy agradecido a la editorial porque han sido muy amables con nosotros (vid. club de lectura). Supongo que todo hay que achacarlo a la falta de comunicación que hemos sufrido (yo más) durante los años transcurridos desde que entregué la traducción hasta que se publicó. Aceptemos que ha sido eso, falta de comunicación, nos damos un besito y quedamos como buenos hermanos. Muá, muá.

Un paréntesis final: puede parecer que este escrito se mete con los correctores, pero no, todo lo contrario. De haber corregido el texto alguien comilfó, esto no se habría perpetrado. Caben dos posibilidades: o lo corrigió (a) algún editor de mesa con prisas y ciertas manías (como lo de «escuchar» o «Jules»), que no es ése su trabajo ni su función; o bien (b) algún mozuelo con menos experiencia en el oficio que yo en mulas cuando hice la mili. Hace poco vi en el Tuíster ése o como se llame que una editorial ofrecía a los correctores cincuenta euros por libro. Si limpiando casas te los puedes sacar en media jornada, es de suponer que no le dedicarán a cada libro más de una tarde (contando desde la siesta hasta la hora de la caña). Eso no me lo hace un corrector profesional, sino uno con un atrevimiento suicida propio de la adolescencia. La última posibilidad es que me haya tocado en (mala) suerte un corrector-segundoreferí; es decir, alguien que se ve obligado a corregir algo para que se note que se lo ha currado, corregir lo que sea. Contaba Pilar Ramírez Tello que alguien cambiaba sistemáticamente sus «cuartos» (de los niños, de la plancha) por «habitaciones». ¿Razón? A mí no se me ocurre ninguna, la verdad.

Aquí en el club de lectura haciendo un gesto con la mano que parece un pase de magia
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Una breve reflexión / sobre premios de traducción

«Vengo a comunicarle la grata noticia de que le hemos concedido el premio de nuestra asociación de vecinos» «Pero, buen hombre, ¿no podría haber venido antes de que nos enzarzáramos en fogoso debate sobre a quién debían dárselo?»

Acabo de ser honrado por el blog Estado crítico con el premio de traducción del año 2018. Vistos los nombres que me acompañan —Mona Eltahawy en ensayo, Isaac Rosa en narrativa y Felipe Benítez Reyes en poesía— y los de quienes me han precedido —me limito a citar a Malika Embarek el año pasado por aquello de que también obtuvo el premio nacional a la obra de una traductora—, está claro que es algo serio, de lo cual me congratulo profundamente. Un galardón de esta categoría obliga a un humilde examen de conciencia y según lo voy haciendo se me ocurren algunas tonterías sobre los premios en general y los de traducción en particular.

La primera es que gusta que te den un premio. Esta mañana, sin ir más lejos, me he dado cuenta de que me habían tocado tres en una de las loterías primitivas de aquí y me he puesto tan contento. No es lo mismo que cuando te toca un premio en un huevo Kinder, por mucha ilusión que te haga, porque no has hecho nada para merecerlo (aunque ahora dicen que los van a quitar o que van a ir por fuera del huevo). Para que te toque el par de eurillos que me he llevado con la loto (a) te tienes que acordar de comprarla, (b) luego de mirar si te ha tocado o no y, last but not least, (c) tienes que acordarte también de recoger las perrillas que te has llevado. No es que pretenda comparar la lotería primitiva con el premio de traducción —entre otras cosas porque este último no tiene dotación económica—, ya que la lotería tiene un componente bastante más azaroso que la traducción por mucho que digan algunos. La traducción tiene mucho más mérito porque tiene mucho más trabajo, dónde vamos a parar, ya que consiste, en última instancia, en copiar un libro, que además está escrito en otra cosa, en lo que decimos nosotros. Y en copiarlo a mano o tecla desnuda, sin que valgan fotoxerocopias. Es decir, además del gusto del premio en sí (placer básico tipo huevo Kinder), se le añade el componente de azar (placer semievolucionado tipo «¿me lo darán? ¿no me lo darán? ¡me lo dieron!») y, por fin, el mérito al trabajo (placer evolucionado tipo «íntima satisfacción del deber cumplido»). O sea, que gusta que te lo den.

Por el mismo motivo, disgusta que se lo den a otros. No es simplemente la decepción «¿me lo darán? ¿no me lo darán? ¡NO me lo dieron!», sino también la profunda angustia existencial del «¿qué tiene él que yo no?». Estoy hablando de la envidia, simple y llanamente, no de la mala-mala que te gustaría que al otro le salieran unas almorranas en los ojos de coraje de que le hayan dado un premio, ni tampoco de la sana envidia que te mueve a emular a quienes se convertirán para ti en modelo de comportamiento en el futuro (menuda gilipollez), sino de la envidia normalita de «¿y por qué yo no?». Si hay jamones de por medio, es muy distinto, pero si no hay nada, ¿por qué se lo dan a ese, con lo que me he currado yo lo mío? Rápidamente se darán cuenta de lo débil del argumento, que hayas trabajado mucho no significa que tu resultado sea mejor. Supongo que esto es bastante más normal en autores de obras derivadas, como veremos más adelante y consúltese la LPI, porque en las originales parece como un poco menos subjetivo. Supongamos que yo he escrito una obra literaria digna del Parnaso como cualquiera de las inmarcesibles novelas de Corín Tellado o Marcial Lafuente Estefanía costándome sudores de sangre y millones de horas de trabajo y se me cuela un recomendado como Cervantes o Pérez Galdós y le dan el premio. Bueno, pues te jodes como Herodes te fastidias porque no es que tú seas malo, sino que el otro es ligeramente mejor, mala suerte, y da igual a quién le cueste más trabajo. Sin embargo, cuando la novela que yo he copiado es más larga que la de ese de ahí, es bastante injusto que no te premien a ti, sobre todo porque tú no has escrito originalmente esa caca.

Ambas cosas, gusto o disgusto, van en proporción directa con lo gordo que sea el premio, en el sentido de premio gordo. Si lo que te dan es una reproducción en metacrilato del Sagrado Corazón de Jesús (un poner) en tu parroquia, pues te pones muy contento, le regalas el bibelot a tu primo el heavy por su santo, lo pones en el currículum y adiós muy buenas. Pero si te dan pasta como para comprarte por fin el lavavajillas o incluso más, entonces son palabras mayores. Te llena de gozo no contribuir a la contaminación del mar fregando a mano y más todavía el mero hecho de no tener que fregar a mano. Y si no te lo dan, ¡qué decepción, qué profundos pozos de negra depresión cuando ves cómo crece la montaña de platos grasientos del fregadero!

Por supuesto, si no tienes bien cubierto el riñón. Si sí lo tienes, o quizá ambos riñones, entonces te puedes permitir el lujazo de rechazar el supuesto honor que pretendidamente quería hacerte una institución fascista y caduca que conculca en todos sus actos la libertad de expresión y bla, bla, bla. Además tienes la ventaja de que igual te premia otra institución opuesta y te quedas con lo servido por lo comido. Y si no te honra nadie, bueno, pues lo de la zorra y las uvas…

El problema con los premios de traducción es que nunca puedes estar seguro de hasta qué punto te lo han dado a ti o a los autores originales. Volviendo al ejemplo anterior, igual tu traducción de El mejor colt de Texas (título elegido al azar) al turdetano es la repanocha y recoge y refleja todos los matices poéticos del original, pero tengo mis dudas de que te premien por la traducción. En cambio, si traduces cualquier chorrada de un enchufado en boga, por ejemplo, Las soledades del tal Góngorilla, es más que probable que llames positivamente la atención de unos jurados más dados a cumplir con la moda de turno que a honrar valores eternos. De hecho, unos colegas (un colega y una colega) y s.s.s. tienen en proyecto traducir al turco aquel poema de Cirlot que dice «Geirn / ne / Nreig / re / Irgen / ge…», ya saben cuál, ¿no? O ese otro tan espiritual de:

Pues le metemos un buen prologazo sobre deconstrucción, relativismo cultural, puentes interculturales fluidos y otras zarandajas, unas buenas notas que ocupen tres cuartas partes de la página y seguro que tenemos premio al canto.

Lo cierto es que la mayoría de las veces te podrías inventar lo que traduces porque nadie se va a leer el original. Del turco ni te cuento. Igual hay gente que se lee el libro en inglés, pero puedes dar por seguro que esos no van a estar en el jurado del premio de traducción que te lo dé (si no te lo dan, puede que sí). Y, de todas formas, ya sería mala suerte. Si te pillan y peligra tu premio empiezas a hablar de escopos y canibalización y estás atento a ver si ponen caras raras. Si las ponen les puedes soltar un clásico: «Si no sabes, mejor que te calles». Adonde quiero llegar es que en realidad los premios no se dan a cómo de buena es la traducción, sino a lo bien que suena en lo nuestro. Y para que suene bien, en mi opinión es condición, sin la cual no y con un granito de sal [ejemplo de traducción chunga que suena muy mal], que el original sea, por lo menos, decente.

Se me viene a la cabeza lo del Pamuk. Saben que le dieron un premio, ¿no? (no, de traducción, no; de lo otro, de lo de escribir él). Bueno, pues aquí en Turquía hay mucha gente que opina que escribe como si lo hiciera con las nalgas, o sea, muy mal, porque se hace líos con el predicado y los complementos y las concordancias y los tiempos de verbo (en parte porque no me lo entienden, probetico mío) y achacan que le dieran el premio a que al traducirlo queda muy bien. Pero es lo que yo digo, entiendo que en mi traducción quede muy bien porque es casi inevitable (vean si no el premio que me han dado), pero que quede bien en todas las lenguas del mundo y que el original sea malo… Menuda coincidencia, tú, que esté mal escrito y que suene bonico en japonés y en gallego y en persa y en alemán. Me parece que se pasan un poco… Me entienden ustedes, ¿verdad? O sea, que para que una traducción esté fetén fetén (a) tiene que quedar chuli en lo nuestro y (b) conviene que tenga un buen original. Y ahora me dicen ustedes dónde se ha perdido aquello de que sea una buena traducción, es decir, adecuada al original comilfó y como un guante si en lo único que nos fijamos es en que sea aceptable y presentable.

En mi caso dicen que me han dado el premio por ser «veterano trasladador», que no en vano soy alférez de infantería —aunque quizá con lo de «trasladador» quieran decir que me he mudado varias veces de casa—, porque tengo currículum y porque no traduzco del inglés. Todo ello es cierto y tiene su mérito. Prueben si no, a ver si tienen ustedes el currículum actualizado, que seguro que no. También me lo han dado porque «pone [yo] de relieve su [mi] capacidad de traernos a casa una literatura que no nos debería ser ajena», y así queda más claro lo del trasladador y lo de no traducir del inglés. Es decir, se supone que yo traigo una literatura no en inglés y que tendríamos/tenemos que conocer, como aquello del Terencio de «humani nihil a nos alienum puto» [yo, es decir, «yo considero/opino/creo», no me sean mal pensados]; y que «casa» es una metáfora por «España» o «lengua española». Y no se crean que llevo la literatura a sus casas físicamente vendiéndola en fascículos a cómodos plazos, no, que es todo una alegoría alegórica. Pues también es verdad y encima tienen el detalle de no llamarme «puente» (D.g.).

Agradezco sinceramente a los miembros de Estado crítico que me hayan tenido en cuenta y me hayan premiado y espero no haber soltado ningún pegolete molesto (captatio benevolentiae, mangas verdes). Supongo que algo habrá tenido que ver Ilya U. Topper, a quien aprovecho para enviar un saludo (¿afectuoso?, ¿cordial?, siempre me hago un lío, lo que sea más). No me pasaba algo así desde que en el colegio me dieron una medalla por buena conducta y aplicación.

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De títulos y titulillos universitarios

«Veamos a ver. Como puede comprobarse por el grabado adjunto, un profesor es un docente y sí es profesor, pero no es doçent; y un doçent es docente, pero no es profesor, aunque también lo es y lo son ambos. ¿Me sentiende?» «La gallina, profe.»

Muy a menudo me cuesta bastante trabajo explicar qué soy en la universidad turca. Se me llevan un poco los demonios cuando veo que en mi tierra nadie entiende que tengo una categoría X en una universidad pública, pero que no soy funcionario porque soy extranjero —esa es harina de otro costal, parecido, pero otro—. Me recuerda a cierto empleado de banca que era incapaz de comprender cómo era posible que yo tuviera deneí si tenía una cuenta de no residente; y cuando le contestaba que tenía deneí porque era español entonces me preguntaba cómo era posible que tuviera una cuenta de no residente; y cuando le contestaba que la tenía porque no era —no soy— residente en España, me preguntaba cómo era posible que tuviera deneí; etc. Lo único que me consuela es que aquí, en Turquía, tampoco se enteran. Debo de ser muy, muy tonto si me consuelo con eso.

Por otra parte, este verano tuvimos una conversación muy sabrosa los tres cuñados, nuestro amigo Manolo y un par o tres de sobrinos/hijos con el fin de iluminar y confundir, casi deslumbrar, a estos últimos, sobre cómo era el sistema de profesorado universitario en nuestros respectivos tiempos y carreras. He de confesar que es un tema que me resulta bastante más divertido que el fútbol, posiblemente por mi ignorancia de tan importante deporte, o viceversa (es decir, que no sé de fútbol porque no me interesa). Todo acabó con que antiguamente existían unos seres terribles llamados catedráticos que tenían unos secuaces llamados adjuntos y unos esbirros o asistentes. Hasta ahí llegaban mi madre y Manolo; los tres cuñados éramos más bien de la generación de los penenes, en la que los catedráticos eran unos entes abstractos suspendedores de unas asignaturas que impartían los mencionados penenes. Mis sobrinos, no demasiado aficionados a asistir a clase para qué nos vamos a engañar, simplificaban y diferenciaban sobre todo entre estudiantes —en silla, antiguamente banco— y profesores —en tarima tras mesa, de pie o sentados—.

El esquema es bastante simple para los que estamos en el ajo. Hace mucho, mucho tiempo, antes de la primera/segunda trilogía de la Guerra de las Galaxias, cada una de las facultades estaba dividida en «cátedras», que es un nombre raro para llamar al «sillón» desde el que peroraba el capitoste correspondiente (por eso el Papa habla «ex cathedra», uséase «desde su sillita»), y de ahí que le dieran el nombre de «catedrático» (al Papa, no; al capitoste). Como en las sillas solo puede sentarse una persona —sema que las diferencia de los bancos—, únicamente había un catedrático por asignatura. Los que le seguían en sabiduría y categoría eran los «adjuntos» (a la susodicha cátedra), en este caso, un poner, «persona que acompaña a otra para entender con ella en algún negocio, cargo o trabajo». O sea, que los adjuntos acompañaban al catedrático sin sentarse en su silla. No obstante, a los adjuntos no les faltaban ganas de tener su propia silla, como al Gran Visir Iznogud, aunque usualmente tenía que ser en otro sitio porque eran plazas contadas y con nombre casi. A ambos cargos (¿empleos?) se accedía por oposición porque eran funcionarios, llamados «numerarios», quizá por aquello que decía de que eran habas contadas. Tenemos, pues, un primer conjunto de profesores numerarios por oposición, que es lo que los anglos vienen a llamar «tenure track». Sigamos.

En mis tiempos de cuando estudiaba la carrera había tropecientos mil profesores que, por el momento, no habían aprobado las oposiciones y que, por lo tanto, eran P[-rofesores] N[-o] N[-umerarios], vulgo «penenes». Como no eran funcionarios, supongo que tendrían algún tipo de contrato. Los había que tenían terminada y defendida ya la tesis y otros que no. Aparte de ellos y un poco más abajo solo estaban los (escasísimos) becarios de investigación y los de la limpieza. Los bedeles constituyen un cuerpo aparte, solo por debajo de los catedráticos más veteranos.

Al convertirse las cátedras en departamentos —todo esto es un poco más lioso, pero es que si no resumimos nos dan las tantas—, había más disponibilidad de sillas y, por lo tanto, podía haber más catedráticos por departamento. Con lo que —ahora sí que damos un salto casi sideral—, alguien se dio cuenta de que una cosa era lo que eras —humano/alienígena, varón/mujer, alto/bajo, moreno/pelirrojo, catedrático/adjunto, sin que el orden suponga un juicio de valor por mi parte— y otra cómo existías y dónde —silla/tarima, en/junto a ella—, de forma que ahora la categoría no dependía de la plaza que ocupabas, sino de que demostraras, oposición o concurso-oposición mediante, que cumplías una serie de condiciones mínimas. Para evitar la endogamía o enchufismo, esto lo lleva una agencia o ente externo a la propia universidad que te «acredita» (en otros sitios dicen «habilitar») de tal —catedrático— o cual —adjunto—. Por cierto, con la silla o cátedra, desaparecieron los adjuntos, que pasaron a llamarse «titulares», supongo que por aquello de que «adjunto» suena a subordinado y con «titular» no hay quien te tosa. Miren si no los titulares de los periódicos, qué letras más grandes.

Los penenes también desaparecieron y fueron más o menos absorbidos por una categoría, la de profesores asociados, que se suponía reservada a personal ajeno a la universidad cuya experiencia y conocimientos pudieran ser útiles para los estudiantes. Fue algo que le pasó, sin ir más lejos, a mi padre. También ellos tuvieron que acreditarse y encima, con la excusa de que los asociados podían tener contratos por horas, conformarse con unos contratos mierdosos. Hay también profesores «ayudantes», «contratados» y categorías intermedias o mixtas con la característica básica de un sueldo nivel escatológico o la mierdez en general. Por lo menos, de funcionario no te echan. Pero no vamos a profundizar, sino que únicamente queremos tener un contexto para la comparación.

En Turquía el sistema no era demasiado distinto. Los nombres de cada cosa se tomaron en principio del alemán: el títular de una cátedra («kürsü», del árabe «kursi», «silla») era el «profesör». El que le seguía en sabiduría y experiencia era el «doçent» (pronúnciese «dochent»). Por debajo estaba la legión general de «asistentes», que lo mismo te daban una clase que iban a la tintorería a recoger la toga del catedrático, que en verano olía que no veas. También los llamaban «çömez», que en las madrasas era algo así como el discípulo amado (no me sean mal pensados, hombre ya) y que ahora podríamos traducir como «chavalín» si tuviéramos mucha mala leche. La diferencia básica y fundamental era —es— que los profesör y los doçent, aparte de funcionarios, podían dirigir tesis y tesinas, mientras que los demás no. Pasando el tiempo, a los asistentes pasó a llamárseles «investigadores» y se supone que están liados con sus cosas de doctorado y no pueden dar clases, pero no solo las dan, sino que además se ocupan de la burrocracia de los departamentos, y no se hacen ustedes idea de la de papeles que es capaz de generar la universidad, no únicamente papers. Hay otra categoría interesante de profesores, que son los «okutman», literalmente «lectores», que en teoría se limitan a dar tropecientas mil horas de clase, supuestamente de temas más generales. Y existe alguna más, pero también pasamos. Por supuesto, un «okutman» no es para nada lo que en España entendemos por «lector», pero explíqueselo usted a los diplomáticos que firman los acuerdos bilaterales. Yo lo hice y la entonces agregada cultural me colgó el teléfono entre gritos (suyos). Pena que no podía amenazarme con el fusilamiento o el garrote vil.

El problema básico era que entre el investigador/asistente y el doçent funcionario por oposición no existía nada, te quedabas en la calle y no había nadie con doctorado a quien se le pudieran encargar las asignaturas más feas. Esto se solucionó creando la figura del «yardımcı doçent», o sea, el «doçent ayudante». Lo del «ayudante» ha sido y es ocasión de frecuentes dolores de cabeza, sobre todo al traducirlo con malicia. El problema es que en turco «yardımcı» se usa exactamente igual que nosotros usamos «sub-»; pero, claro, no tiene esa idea de «por debajo» que tiene, un poner, «submarino», así que es mucho más fino decir «director ayudante» que «subdirector», otro ejemplo. Ojo, sí que hay formas de decir «sub-», y más de una, pero como en la universidad todos somos hermanos y democráticos, somos iguales dentro de lo que cabe en una estructura jerárquica, cada uno en su sitio y el catedrático en el de todos, pero educadamente. ¿Qué pasaba? Que muchos de estos «doçent ayudante» en cuanto salían por la puerta de la facultad se apeaban rápidamente del «ayudante», lo que fastidiaba enormemente a los «doçent» fetén. Total, que al final le han cambiado de nombre a la categoría y ahora se llaman «doctores miembros del profesorado».

Como comprenderán, lo que acabo de hacer es una traducción bastante chapucera, porque lo suyo habría sido llamarlos «doctores docentes» o algo así, pero, claro, «doçent» viene precisamente de «docente», que no es lo mismo en español y en turco. A mí me fastidiaba enormemente cuando era «doçent» que dijeran en español que era «docente en la Universidad de Estambul» porque en español también lo eran (docentes) mis compañeros que no lo eran en turco (doçent). ¿Para qué hablar de profesor/profesör? Conozco a más de uno que, como era profesor en España —igual sin doctorado ni nada, al menos en su momento— aquí decía que era profesör, o sea, catedrático, y se quedaba tan ancho cuando en Turquía lo recibían con grandes alharacas. Si allí era asistente chavalín, aquí iba de catedrático catedralicio. Para que vean la diferencia que pueden provocar una cedilla o una diéresis.

Como todo se puede liar aún más, todas estas categorías suelen traducirse al inglés de los Estados Unidos de América del Norte, donde, más o menos, «professor» es todo aquel que da clases en la universidad. Claro que diferencian entre el «assistant», el «associate» y el «full», pero qué más da, todos son «professor». Lo normal, pues, es que si en Turquía eres de aquellos «subdoçent» y en España lo que menos se despache, en la tarjeta de visita siempre puedes poner «professor» y que te echen un galgo, a ver si es mentira.

¡Madre mía, qué lío! Pues ahora nos toca tratar con los extranjeros. Hasta el año 2002 o así, no me acuerdo exactamente, los extranjeros únicamente podíamos ser «okutman» porque los demás puestos eran de funcionarios o casi casi (los yardımcı doçent eran un caso muy especial) y los extranjeros no pueden ser funcionarios, ni aquí ni allí. Pero entonces, posiblemente por aquello del espacio (común) europeo de enseñanza superior y demás y con el rollo de las acreditaciones/habilitaciones, empezó a diferenciarse entre el rango o grado y lo que en el ejército llamarían «empleo» (aunque tanto monten, monten tanto las tres cosas). Es decir, que tú, extranjero, puedes obtener perfectamente el título de catedrático, pongamos por caso, siempre y cuando alcances o superes las oportunas condiciones, pero eso no implica que tengas la plaza, para lo cual tendrías que enfrentarte a un concurso-oposición público al que solo pueden presentarse nacionales. Eso nos abrió el camino a los extranjeros a ser «doçent» y «profesör» sin que tengamos la plaza en propiedad, sin ser funcionarios y con nuestro contrato anual de siempre, eso sí, mejor pagado que el de «okutman».

Y en eso estamos. Claro que ahora ponte tú a explicar a la gente que eres —en caso de ser doçent— como un profesor titular pero sin ser titular de nada o —si eres profesör— que eres catedrático pero sin cátedra. Todo quisqui empieza a hablarte de derechos adquiridos, sexenios, plazas, moscosos y otros términos no menos misteriosos que te suenan a música celestial porque tú, como cualquier asociado/chavalín tienes tu contrato y ya está, y tanto aquí como allí te miran como si fueras tonto si no cobras dietas o extras por formar parte de un tribunal o dirigir una tesis, a lo que no tenemos derecho. Mucho peor lo tienes, por supuesto, si dices en España que eres docente o profesor, porque todos los del gremio lo son y no entienden a cuento de qué te das tanto bombo.

En fin, que otra más con eso de ser extranjero, que como el de la canción ni somos de allí ni somos de allá. Pero encima ni somos (funcionarios) ni dejamos de ser (titulares/adjuntos o catedráticos). Y, por supuesto, tampoco cobramos lo que en Europa.

 

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¿Vergüenza propia o modestia aparte?

Baudouin, Pierre Antoine - The Honest Model - 1769
«¡Ay, qué vergüenza que me da que me vean así, al natural!» «¡Que no, que no, que ya verás cómo nadie le da importancia! Lo que se han de comer los gusanos…»

Me piden que escriba (una vez más) un artículo sobre la literatura turca que hay traducida al español y, como siempre, me encuentro con el mismo problema: cómo hablar de mí (mismo) sin enrojecer como un tierno doncel cuando le preguntan quién le gusta más, si Marfisa o Choni, y, al mismo tiempo, sin dejar de mencionar mi contribución al asunto. Porque, ¡aparta, modestia molesta!, lo cierto es que he aportado más que un granito de arena o, mismamente mostaza, a esto de la literatura traducida en español. Y eso que no sé, qué sé yo, quichua, que si no…

Para hacer este tipo de artículos es conveniente mirar qué es lo que hay traducido y no inventárselo por aquello de que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo (por mucho que grites lo de «no corráis, que es peor»). Para ello lo más práctico es buscar en la página web del ISBN y hacerse una idea más o menos completa. También se lo puedes preguntar al librero de tu barrio, si aún existe —el librero—, o, en su defecto, al del bar, que seguro que continúa existiendo, aunque los resultados serán más dudosos, por mucho que puedas saciar tu sed y tomarte una tapita. En fin, que vas a mirar al ISBN en búsqueda avanzada o como se diga, pones «turco» en «del» y «castellano» (o «español») en «al», y con eso ya tienes para estar entretenido un ratillo.

Pues bien, resulta que una buena parte de las obras que salen, eliminando repeticiones de títulos en distintos formatos y colecciones, reediciones, círculos de lectores y demás zarandajas, las ha traducido s.s.s. de ustedes. Más o menos una cuarta —parte—, si no me equivoco (algo que suele ocurrirles a quienes tienen boca). Pues no es poco, hoygan. Antonse me vienen las dudas de cómo expresar por escrito eso, así como lo demás que haya podido hacer más o menos pioneramente.

Pongamos por caso que a Napoleón cuando estaba en Santa Elena le pidieran un artículo para la revista International Review of the Guerras and sus Cosillas and Curiosidades sobre «grandes generalotes conquistadores» en formato APA y con un máximo de veinte mil caracteres con espacios, pero sin contar puntos y coma y dos puntos. Total, que mi amigo Napo (si hay gente que a García Márquez le llama «Gabo» talmente como si fueran primos carnales suyos, ¿por qué no voy a poder yo con el pequeño gran corso?) acepta alegremente y se pone a escribir la historia de los grandes generalotes empezando por Alejandro (a mis sobrinos les gustó mucho el «İskender kebab», que siendo «İskender» «Alejandro» en turco, resulta que no tiene nada que ver, no obstante), siguiendo por César (el del plátano del Alcázar de los Reyes Cristianos), después… El que sea, que no se me ocurre. Luego el de Prusia, el de los bigotes no, el de antes; sí, también era Káiser pero no el del plátano. Y por fin llega a brumario y demás y se da cuenta de que lo suyo no estuvo tan mal de no ser por el advenedizo del Güelinton («The history book on the shelf /is always repeating itself/la, la, la,/promise to love forever»), así que decide hablar de suámem.

Pero, horrible duda, ¿cómo hacerlo? ¿En tercera persona, como el César de los bellos, pero con un granito de modestia? «No es de despreciar la contribución al arte de la masacre del entonces emperador de Francia, Sr. D. Napoleón», pero queda como muy cursi, y además todo el mundo sabe que es él quien lo escribe porque lo pone más arriba. No digamos ya si la frase fuera más rimbombante y presumida: «Ares se despoja del tremolante casco y cae de hinojos deslumbrado por las olímpicas gestas del Caudillo de Francia, Generalísimo de los Ejércitos de la república imperial». Eso pega un cante que no veas. Para eso, mejor contratarse unos flamencos que le toquen las palmas cuando va por el pasillo. Por otra parte, en una obra de estas características, más analítica que otra cosa, no pega ponerse en plan numérico si con los demás has estado más bien lírico, por muy objetivo que pretendas ser porque queda bastante chocante:

«Las impresionantes hazañas de Alejandro demuestran un genio que pa qué y que venía anunciándose desde la juventud del macedonio, lo que ya notara en su momento el Estagirita, […, mucho bla, bla, bla]. Tanto en la conquista de las Galias como en la Bella Civil, César supo, en su inconmensurable sabiduría estratégica, táctica y pragmática, utilizar magistralmente los recursos […]. Napoleón, por su parte, tuvo no sé cuántas batallas, otras poquillas batallotas, algunas escaramuzas y tal, donde palmaron tantos infantes y otros pocos de los tíos esos del gorro con plumero y la chaquetilla de lao, sin olvidar a los de la coraza, con el calor que pega».

Qué quieren que les diga, no me negarán que queda muy deslucido lo propio y no es demasiado justo (ni necesario). Pero casi peor es hacerlo en primera persona (en segunda sería totalmente tonto). Sin ir más lejos miren ustedes la de tonterías que utilizo en esta noble tribuna para no decir «yo» ni «mí», desde el «muamem» que le copié a Celia Filipetto al «s.s.s.» que no sé de dónde me habré sacado, pero probablemente de un libro de modelos de cartas de antes de la Revolución Francesa («Muy mi amadísima amiga: En ésta que le escribo, letra, le besa los pies y demás, su esclavo, que lo es…»). Y es que me da mucho corte echarme flores en público, aunque no sean ni flores sino fríos datos. O sea, que hablo del pionero de esto de las traducciones del turco (D. Solimán Salom), le dedico un rato a los otros que me precedieron o contemporizaron —contemporáneos míos, en suma—, ¿y qué hago conmigo?: «Una tercera etapa es la caracterizada por la aparición del primer español que hizo traducciones comerciales directamente del turco, YO». No me queda muy bonito, sobre todo lo de las comerciales, que parece uno un representante con el muestrario. ¿Algo más seco, en plan filete que hace bola?: «Importante aportación es la del Carpin Traductor, que…», ¿que qué?

Me dirán ustedes que lo haga como si estuviera hablando de otro y yastá, pero es que me sigue dando reparo. Lo que pasa es que no es lo mismo traducir del turco que del inglés. Del inglés hay tropecientos (sin ánimo de despreciar) y es muy fácil diluirse en la masa: «A partir de los años XXX puede verse un importante incremento en traductores del inglés, lo que repercute en lo que sea». Pero es que del turco somos tres y antes prácticamente era yo solo, así que es muy fácil ser importante. «Soy el mejor del mundo haciendo pajaritas con papel de aluminio mientras toco La internacional con un matasuegras», pues claro, hombre, a quién se le ocurre.

¿Qué hacer? ¡Qué angustia vital! ¡Cómo adolezco, peno y muero sin vivir en mí! ¿Y si digo que no puedo escribir el artículo porque he perdido la movilidad del brazo en una batalla naval de nombre de coñac? ¿Y si mato al que me hizo el encargo? ¿Cómo puedo hacerlo para no desmerecerme y no sujetar mi valor sin que suene presuntuoso y feo (y, ya puestos, tampoco torcer mi rumbo)? ¿No tendrán ustedes algún consejillo útil que no sea el de «tú no te cortes, que otros no lo hacen»? Y mucho menos lo de «la íntima satisfacción del deber cumplido», que ya hace que terminé la mili.

Y ahora que me doy cuenta, ¿qué hago escribiendo esto en vez de meterle mano al articulillo?

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Hogueras de san Juan, quitan libros y no dan pan

A ver, Juanillo, veamos a ver si abrimos un poco de espacio aquí, que no nos caben los chinos de la suerte

Estos últimos días he leído varios artículos gracias a Mariana Eguaras que insisten en una idea temática con la que doy la tabarra remática a quienquiera que se me ponga a tiro. El primero era sobre la destrucción de libros. El artículo en sí era bastante interesante, pero en esta cuestión lo mejor son siempre los comentarios. Aunque aquí no fuera el caso, el personal suele echarse de inmediato las manos a la cabeza en cuanto se les dice que los libros se destruyen. Talmente parece que las editoriales se hubieran convertido en nidos secretos de la federación nazi de estudiantes y hubiesen decidido que gran parte de su catálogo antiguo iba contra el espíritu alemán del fúrer. ¡Pobrecitos libros! ¡Con lo bien que huelen! ¡Con la de bellos recuerdos de antaño que me acuden en tropel cual madalena proustiana en cuanto los acaricio suavemente entre mis manos! ¡Cómo el aroma que dejan en mis manos me recuerda años vividos con ilusión, el aroma del heno fresco recién cortado, etc., etc., incluidos los frescos que no se cortaban entre el heno; en suma, el aroma de mi hogar! Para impedir semejante atropello, ¡henos de Pravia! (© Don Mendo).

Estos son los del tipo uno o 1, que podríamos llamar del tipo romántico-melancólico-llorica-sensible. Lo último porque nunca se habla de la lectura de las letras que contienen los libros, sino de su peso, olor, tacto, apariencia visual, el susurro de las páginas y, en rarísimas ocasiones, sabor. No sé yo si se leerán los libros o los sacan de paseo al parque y los llevan al cine. Luego están los del tipo dos o 2, que son los socio-engagé-utilitarios: ¡Por Dios santo del madero! ¿Nos hemos vuelto locos? Pero, ¿en qué mundo vivimos? (Por si sienten curiosidad por las preguntas, la respuesta a la primera es «los demás sí, yo no» y a la segunda «en este, porque hay otros mundos pero están en este».) ¡Como si no hubiera bibliotecas medio vacías a las que acuden los niños ansiosos de saber y de engancharse gratis a internet! ¿Y los pobres sin techo? ¿Es que no les vendría bien un poco de lectura para olvidar su  triste situación? ¿Por qué no los mandan a países del Tercer Mundo y nos ahorrábamos sueldos del Instituto Manco de Lepanto (qué buen coñac)?

Lo que olvidan ambos tipos de comentaristas es que, exceptuando algunos casos muy puntuales, como los libros cuyos derechos han pasado a otra editorial o los que tienen problemas legales, a las editoriales tanto les da destruir los libros como tirarlos a la basura y que se los lleve cualquiera, como por ejemplo hizo mi hermana con unas autobiografías de Belén Esteban, caso real y auténtico, pero no tanto regalarlos y menos a las bibliotecas, como podrán leer en el artículo correspondiente. Para ellos ―para los publishers― todo es cuestión de pasta, y no de papel. Si el gasto de mantener almacenado el libro en cuestión es superior a las previsiones de ganancias ―y lo es porque está almacenado y no en las librerías―, que lo guarde Rita (la cantaora, famosa porque en su casa tenía mucho sitio). Que esa es otra, toda esa gente que grita, ¡que me los den a mí! ―¿quién decía eso?― parece que vivieran en el castillo de Wındsor, asumiendo que ahí tengan mucho espacio. Seguro que si se los regalan al militar ese inglés que se casó con la secre de la serie de los trajes, no los quieren ni benditos, bueno, benditos igual sí, porque no les cabrían en el pisito, que los recién casados ya se sabe que andan justillos, y más si él es funcionario y ella ama de casa. Desde luego, por lo que a nosotros respecta, cuando nos mudamos a un piso más chico tuvimos que deshacernos de media biblioteca con gran dolor de nuestro corazón, con el cosquilleo que nos producía el polvo que acumulaban.

Pero es que además, otras que no quieren los libros ni benditos son las bibliotecas. ¿Han intentado donar algo a una biblioteca? Pues inténtenlo, ya verán qué risa. No van a perder nada porque no se los van a aceptar, pero les aseguro unos días de turismo por su ciudad biblioteca arriba, biblioteca abajo. Por lo menos harán ejercicio. ¿Y por qué no quieren libros las bibliotecas? Por lo mismo que no los quieren en la estación espacial internacional ―un poner―: porque los libros ocupan sitio y este último no es infinito a no ser que sea en el espacio exterior, donde ya hay cien mujeres rusas. De hecho, las bibliotecas de vez en cuando se quitan de en medio parte del fondo como mejor pueden. Esto me recuerda a una curiosa práctica, anterior a la neumonía vírica, llamada «desconeje». Consistía en que, cuando había demasiados conejos, se permitía cazar unos cuantos aunque fuera la veda. Pues bien, también las bibliotecas tienen que someterse a periódicos desconejes porque los libros se reproducen todavía más que nuestros simpáticos y ahora escasos lapinos y no les caben ―en mi tierra dirían «cogen»― en las estanterías ni en el armario de las fregonas. Piensen que, a más libros, menos estudiantes con apuntes cabrán. Por cierto, ¿hace mucho que no van a una biblioteca? Porque gran parte de la parroquia que las frecuenta son eso, estudiantes con apuntes que no van a sacar libros para leer, precisamente.

Y menos mal que existen las bibiotecas, porque si no aviados estábamos. Les cuento una historieta anecdótica que me ocurrió a mí mismo en persona. Por aquel entonces traducía para Alfaguara y me pasaba por allí en verano a saludar porque estaban razonablemente cerca de casa de mis suegros y me regalaban libros (no olviden que antes vivía en un piso más grande). Me sorprendió mucho ver los poquitos que eran ―luego pude ver que en todas las editoriales grandes son cuatro gatos, los fijos por lo menos― y que si este despacho era Alfaguara, el de más allá era Taurus. Para que se hagan una idea, como si en el pisito de los recién casados de antes pusiéramos una editorial en la cocina y otra en el ofis, si ha lugar. Yo andaba buscando un libro de Taurus publicado en los ochenta muy citado por el mundillo y que no podía encontrar en las librerías ni patrás porque estaba descatalogado, palabra mágica que usaban los libreros para decir que abandonasen toda esperanza quienes aquel libro pidieran. Como soy de natural listillo, me dije: «¿Y si les digo a los de la cocina, que tengo mano, que se lo pidan a los del ofis?» Porque entonces yo era inocente y no conocía esto de la práctica destructora. Mi gozo en un pozo, no solo estaba des-catalogado, sino que todos los que quedaban habían sido des-truidos. Hala, a escupir a la calle.

Y, oigan (ahora es «escuchen»), no se crean que esto de la destrucción masiva se lleva a cabo siglos después de la publicación, no, ni hablar. Como se descuiden, en un par de años tienen a los del cuatrocientos cincuenta y uno grados de Mr. Farenheit (451 no es el número de teléfono, espero) llamándole a la puerta para meterle un mixto a todos los ejemplares que todavía tuviera debajo de colchón de su magnifico ensayo Desconejes y ecología editorial. ¡Ah, amigo! Puede que hace dos años y dos meses fuera un best-seller, pero como no ha sido un long-seller, ahora a comérselo con patatas. Eso es verdad, porque antes exageré una miaja. Según la ley, los del farenheit no van a casa del autor con las juventudes hitlerianas, sino que le avisan ―en teoría― por si quiere los que quedan, gratuitamente pero sin que pueda venderlos. Por supuesto, vaya usted a buscarlos. En fin, por lo menos así podrá regalarlos. Y cualquiera sabe, miren si no al señor de Almería que regaló un libro. Pero seguro que ya tenía detrás a los de los cerillos echando humo.

Como les decía, todo es problema de espacio y pasta, porque el papel se recicla para más libros que vuelvan a ocupar el espacio que dejaron los que se van y así sucesivamente. Miren si no cómo los libros electrónicos no los borran, o eso espero, que cualquiera sabe.

En el fondo, y en la superficie también, no se vayan a creer, todo se debe a que en España se publican libros a tutiplén y a ningún publisher le importa si existen lectores o no —que no, o no en cantidad suficiente— porque tienen unos sistemas de comercialización que parecen un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma. Y si no, busquen en el gúgel a ver en qué consiste colocar los libros y me lo cuentan. Pero bueno, creo que esto da para otra entrada, que así tengo más material y no me canso.

Ya verás como te dé con la cultura en la cabeza. Tanto libro, tanto libro, ¡qué hartura, Madre del amor hermoso!

 

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