De premios, clubes y sayos

A ver, con este cachito de capa que le proporciono, se me va al sastre, que le haga un sayo y así no me anda usted en pelota por ahí

Yo ya tenía asumido que el único premio que me iban a dar sería póstumo y, la verdad, si fuera así, a mí, plin. Desde que en el cole me dieron unas medallas por buena conducta y aplicación —no sé por quién me tomaban ustedes—, me han propuesto para algunos, pero a la hora de la verdad, siempre, como decía Gila, se metió por medio algún gachó con recomendaciones y no hubo manera. Y ahora, por fin, por fin, los muy dignos críticos literarios de la bitácora internética de ilustre nombre Estado crítico me han considerado merecedor de tan inmarcesible honor. En un gesto que demuestra su inmensa sabiduría, han decidido que, supongo que dentro de algunos límites, la traducción más notable del año anterior (2018) en todo el universo mundo ha sido la de Madona con abrigo de piel de Sabahattin Ali, llevada a cabo por s.s.s. de ustedes y, especialmente, de ellos, a quienes enviaría gustoso sendos jamones si me fuera posible, que no lo es, pues los impedimentos son muchos.

Para ser sinceros, aparte de que lo que me gustaría de verdad es un Nobel o un Óscar —que lo llevo difícil ya que ninguno se concede en los campos a los que me dedico—, que me den el premio por esta novela me incomoda un poquillo. Hasta cierto punto me siento como si tuviera una etiqueta en el calzoncillo de esas que rozan una miaja y que no va a andar uno pegándose tirones en público habida cuenta del tipo de prenda de la que se trata. Poder, poder, podría, pero no es cosa de ir por ahí colocándose el puñao. En fin, paso a explicárselo. Imagínense un cartelillo de los que salen en las series después de un rato en que estás sin enterarte de nada, désos que dicen: «Unos días antes…» (últimamente lo he visto alguna vez traducido, por aquello de la ultracorrección como «Hace unos días», y no sé qué será peor, sobre todo si la acción principal se sitúa en el pasado).

Unos días antes de la concesión del premio, o hace unas semanas, mi amiga Ana Roca, la eficientísima bibliotecaria del Instituto Cervantes, solicitó mi colaboración física de cuerpo presente —como se diga— en una reunión del club de lectura que se lleva a cabo en la susodicha institución o instituto porque los miembros (me disculparán que no añada «-as») habían propuesto la lectura de la Madona. Era toda una anomalía de tintes revolucionarios porque las sesiones del club se dedican exclusivamente y por motivos evidentes —siendo como es el Cervantes un ente destinado a sacar la pasta que puedan mediante la difusión de la (-s) lengua (-s) y cultura (-s) española (-s) e hispana (-s)— a obras escritas originalmente en español, sea este último castellano o no —técnicamente—. Sin embargo, como la obra de Sabahattin Ali es todo un fenómeno socioeditorial en Turquía, a los lectores hispanos les daba como morbillo leerla y a los turcos también se lo daba criticar la traducción. Conviene explicar que en Turquía casi toda traducción que se haga a otra lengua está sistemáticamente mal, a no ser que el traductor esté presente —como era mi caso— o que sea de Pamuk, en cuyo caso la traducción siempre será infinitamente mejor que el original. Bueno, a lo que vamos, que quedamos en hacer un club de lectura sobre la Madona, pero…

Por una serie de complejísimos motivos burocráticos de concepto, no se podían pedir los ejemplares necesarios a la biblioteca hermana con la que habitualmente trabajan. No hablemos ya de la dificultad de encontrar en Estambul la Madona en español, directamente proporcional a la facilidad que hay para encontrarla en turco. Prueben a ir a cualquier librería de su ciudad —si es que todavía existen semejantes establecimientos— y pregunten si tienen algún clásico, un poner, El Quijote o El enmendador de corazones, y verán cómo es mucho más fácil que lo tengan en español que en turco o en finés, por dar otro ejemplo. Por lo tanto, decidimos (no me acuerdo de quién fue la idea) ponernos en contacto con la editorial Salamandra, que habían sido muy amables conmigo, a ver qué podíamos hacer. No voy a entrar ahora en detalles, pero como resultado de la generosidad de la editorial, los miembros del club de lectura pudieron contar con sus respectivos ejemplares y todos contentos. Desde esta modesta tribuna me gustaría expresar mi agradecimiento a Gemma Oromí, del departamento de derechos de Salamandra, que siempre ha sido más maja que las pesetas, aunque estas últimas no existan desde hace algún tiempo.

Espero que la sesión fuera entretenida, porque el club no es lo que era —un grupo reducido de lectores donde todos participaban en caótica comunión— sino algo un poco más parecido a una clase donde uno expone, o donde se expone por turnos, y los demás escuchan en inquietante silencio. Igual es que las nuevas generaciones son muy educadas. Como  soy un niño responsable, iba bien preparado para cualquier eventualidad, pero de lo que más hablamos fue de (a) que el protagonista de la novela es un poco tonto del culo; (b) que no entendemos muy bien por qué se vende por millones precisamente esta novela de Sabahattin Ali y no otra —siendo las tres bastante breves, en lo que consistía para nosotros gran parte del interés de la juventud por la obra—; (c) que cierta traductora/autora anglosajona se había dejado llevar por su entusiasmo por el libro, se le había calentado la boca y había dicho una serie de gilipolleces de marca mayor que eran repetidas fielmente por algunos, bastantes, muchos medios de prensa española, que por consiguiente (© Felipe González) ofrecen una imagen de la novela que no es del todo cierta y mucho menos justa… Pues de ese tipo de cosas hablamos, pero creo/supongo que ya traté de todo esto en la entrada correspondiente.

De lo que quería tratar aquí —y de ahí el sayo del título, que no es otro sino el que se hicieron con la capa—, es de una sorpresa desagradable que me esperaba al preparar la sesión del club de lectura. Como recordarán si se leyeron la mencionada entrada correspondiente —allá ustedes si no lo hicieron—, en su momento traduje la obra y la editorial tardaba y tardaba en publicarla. Entretanto, resulta que la editora de mesa que llevaba el libro se fue de la editorial y yo perdí todo contacto con ellas (editora y editorial) hasta saber por la prensa o por las redes sociales que por fin el libro se iba a publicar —o peor, que se había publicado—. Al final conseguí hablar y escribirme con la susodicha Gemma Oromí, fuéronme enviados mis ejemplares justificativos (así como otros a mis hermanas, también quedo muy agradecido por esto) y a otra cosa, mariposa. Los libros en sí, como objeto físico, me parecieron muy bonicos, que dicen en Almería, por la alusivísima foto de la cubierta, aunque no tanto porque alguien hubiera despojado a las pieles del título del plural que yo les había puesto. Poco sospechaba nuestro joven traductor que aquello solo sería el comienzo de una larga procesión de…

Una de las curiosidades de los clubes de lectura es que si participas como orador es conveniente que te leas el libro en cuestión. Para cuando me llegan los ejemplares (dos) que mandan las editoriales (a riesgo de arruinarse, aunque en este caso fueron muy rumbosos), yo ya me he leído la obra tropecientas veces: mil setecientas en el original y tres o cuatro (millones) en la traducción, así que mardita la gana de repetir. Además yo tengo un superpoder, como cualquier miembro de la patrulla canina, digo X, que se precie: en cuanto abro un libro, sobre todo si yo he participado en él, consigo que me salte a la cara un gazapo. Total, que me llegaron los libros, los coloqué en una estantería y adiós muy buenas. Sin embargo, con lo del club no me quedó más remedio que volvérmelo a leer y, como pueden suponer, rápidamente encontré una errata/gazapo/metedura de pata. En concreto, un «”¡Déjate estar de libros, hombre!”», que eso de «dejarse estar» tiene la mar de delito, pero supuse que había corregido algo y se me había olvidado borrar el estar (spoiler alert: no, no se me había olvidado). Vaya por Dios, qué vergüenza —me dije en silencio para mí mismo y no como los que van hablando con el cable de los auriculares por la calle, que se parecen a aquellos clochardos de antaño que anunciaban apocalipsis varios pero sin la peste a vino rancio—, qué van a pensar de mí los del club, seguro que por la calle me va a señalar la gente con el dedo y van a ladrarme los perros. Pero según iba leyendo me encontraba más gazapos que me alarmaban un sí es no es porque yo no escribo así. Supongo que en un primer momento casi me sentí orgulloso: «Cucha qué bien traduzco sin traducir en mí, que escribo como no escribo», pero eso no me lo creo ni yo. Empecé a mosquearme cuando noté el verbicidio contemporáneo del verbo «oír» en favor de un «escuchar» urbi et orbe que me fastidia tanto como la imposición falangista del tuteo universal. Quizá más, incluso. Pero lo que hizo saltar todas las alarmas fue encontrarme con un «Jules Verne» así de grande cuando todo el mundo, y yo el primero, sabe que es «Julio», como Romero de Torres, que no en vano pintó a la mujer morena. En ese momento agarré el ordenador, busqué en mis carpetas los correspondientes archivos y empecé a comprobar si todo aquello era cosa mía o no. Y no lo era.

Lo normal es que la editorial te mande las galeradas del libro en un pdf para que veas las correcciones que han hecho —no sé, «mequetrefe» en lugar de «fartusco», digamos—, que pretendan que las mires en un par de días, que tú carezcas de las herramientas informáticas para comparar el texto con el original de la traducción que les mandaste y que te salga todo rojo cada vez que hay un espacio de más o de menos, y que, al final, les digas que todo está la mar de bien y bonito simplemente porque no tienes tiempo ni ganas para revisar las cien mil páginas mientras vas en el metro. En el caso de la Madona —muchísimas menos páginas, la verdad—, las galeradas con las correcciones no se enviaron. Supongo que fue por lo que contaba antes, que si tardaba mucho en publicarse, que si la editora se fue no sé adónde, que si puede que pensaran que yo había sido victima de un apocalipsis zombi… Pero, para qué voy a engañarles, me ha sentado un poco mal lo del «oír/escuchar» y lo del «Jules», que yo no soy ese y a saber qué van diciendo por ahí los enemigos que contubernian contra mí.

De todas formas, como no hay mal que por bien no venga, ahora tengo la ventaja de que puedo hacer lo contrario de lo que se dice en esos prólogos de «cualquier error es responsabilidad única y exclusiva del autor de estas líneas» y echar la culpa a la corrección y a la editorial de todo lo que no guste. Total, como nadie va a saber cómo lo hice yo de verdad…

En resumen, que me encuentro con una situación mental un tanto esquizofrénica: por una parte estoy una miaja mosca con los cambios en el texto, pero por otra le estoy muy agradecido a la editorial porque han sido muy amables con nosotros (vid. club de lectura). Supongo que todo hay que achacarlo a la falta de comunicación que hemos sufrido (yo más) durante los años transcurridos desde que entregué la traducción hasta que se publicó. Aceptemos que ha sido eso, falta de comunicación, nos damos un besito y quedamos como buenos hermanos. Muá, muá.

Un paréntesis final: puede parecer que este escrito se mete con los correctores, pero no, todo lo contrario. De haber corregido el texto alguien comilfó, esto no se habría perpetrado. Caben dos posibilidades: o lo corrigió (a) algún editor de mesa con prisas y ciertas manías (como lo de “escuchar” o “Jules”), que no es ése su trabajo ni su función; o bien (b) algún mozuelo con menos experiencia en el oficio que yo en mulas cuando hice la mili. Hace poco vi en el Tuíster ése o como se llame que una editorial ofrecía a los correctores cincuenta euros por libro. Si limpiando casas te los puedes sacar en media jornada, es de suponer que no le dedicarán a cada libro más de una tarde (contando desde la siesta hasta la hora de la caña). Eso no me lo hace un corrector profesional, sino uno con un atrevimiento suicida propio de la adolescencia. La última posibilidad es que me haya tocado en (mala) suerte un corrector-segundoreferí; es decir, alguien que se ve obligado a corregir algo para que se note que se lo ha currado, corregir lo que sea. Contaba Pilar Ramírez Tello que alguien cambiaba sistemáticamente sus “cuartos” (de los niños, de la plancha) por “habitaciones”. ¿Razón? A mí no se me ocurre ninguna, la verdad.

Aquí en el club de lectura haciendo un gesto con la mano que parece un pase de magia
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Una breve reflexión / sobre premios de traducción

«Vengo a comunicarle la grata noticia de que le hemos concedido el premio de nuestra asociación de vecinos» «Pero, buen hombre, ¿no podría haber venido antes de que nos enzarzáramos en fogoso debate sobre a quién debían dárselo?»

Acabo de ser honrado por el blog Estado crítico con el premio de traducción del año 2018. Vistos los nombres que me acompañan —Mona Eltahawy en ensayo, Isaac Rosa en narrativa y Felipe Benítez Reyes en poesía— y los de quienes me han precedido —me limito a citar a Malika Embarek el año pasado por aquello de que también obtuvo el premio nacional a la obra de una traductora—, está claro que es algo serio, de lo cual me congratulo profundamente. Un galardón de esta categoría obliga a un humilde examen de conciencia y según lo voy haciendo se me ocurren algunas tonterías sobre los premios en general y los de traducción en particular.

La primera es que gusta que te den un premio. Esta mañana, sin ir más lejos, me he dado cuenta de que me habían tocado tres en una de las loterías primitivas de aquí y me he puesto tan contento. No es lo mismo que cuando te toca un premio en un huevo Kinder, por mucha ilusión que te haga, porque no has hecho nada para merecerlo (aunque ahora dicen que los van a quitar o que van a ir por fuera del huevo). Para que te toque el par de eurillos que me he llevado con la loto (a) te tienes que acordar de comprarla, (b) luego de mirar si te ha tocado o no y, last but not least, (c) tienes que acordarte también de recoger las perrillas que te has llevado. No es que pretenda comparar la lotería primitiva con el premio de traducción —entre otras cosas porque este último no tiene dotación económica—, ya que la lotería tiene un componente bastante más azaroso que la traducción por mucho que digan algunos. La traducción tiene mucho más mérito porque tiene mucho más trabajo, dónde vamos a parar, ya que consiste, en última instancia, en copiar un libro, que además está escrito en otra cosa, en lo que decimos nosotros. Y en copiarlo a mano o tecla desnuda, sin que valgan fotoxerocopias. Es decir, además del gusto del premio en sí (placer básico tipo huevo Kinder), se le añade el componente de azar (placer semievolucionado tipo «¿me lo darán? ¿no me lo darán? ¡me lo dieron!») y, por fin, el mérito al trabajo (placer evolucionado tipo «íntima satisfacción del deber cumplido»). O sea, que gusta que te lo den.

Por el mismo motivo, disgusta que se lo den a otros. No es simplemente la decepción «¿me lo darán? ¿no me lo darán? ¡NO me lo dieron!», sino también la profunda angustia existencial del «¿qué tiene él que yo no?». Estoy hablando de la envidia, simple y llanamente, no de la mala-mala que te gustaría que al otro le salieran unas almorranas en los ojos de coraje de que le hayan dado un premio, ni tampoco de la sana envidia que te mueve a emular a quienes se convertirán para ti en modelo de comportamiento en el futuro (menuda gilipollez), sino de la envidia normalita de «¿y por qué yo no?». Si hay jamones de por medio, es muy distinto, pero si no hay nada, ¿por qué se lo dan a ese, con lo que me he currado yo lo mío? Rápidamente se darán cuenta de lo débil del argumento, que hayas trabajado mucho no significa que tu resultado sea mejor. Supongo que esto es bastante más normal en autores de obras derivadas, como veremos más adelante y consúltese la LPI, porque en las originales parece como un poco menos subjetivo. Supongamos que yo he escrito una obra literaria digna del Parnaso como cualquiera de las inmarcesibles novelas de Corín Tellado o Marcial Lafuente Estefanía costándome sudores de sangre y millones de horas de trabajo y se me cuela un recomendado como Cervantes o Pérez Galdós y le dan el premio. Bueno, pues te jodes como Herodes te fastidias porque no es que tú seas malo, sino que el otro es ligeramente mejor, mala suerte, y da igual a quién le cueste más trabajo. Sin embargo, cuando la novela que yo he copiado es más larga que la de ese de ahí, es bastante injusto que no te premien a ti, sobre todo porque tú no has escrito originalmente esa caca.

Ambas cosas, gusto o disgusto, van en proporción directa con lo gordo que sea el premio, en el sentido de premio gordo. Si lo que te dan es una reproducción en metacrilato del Sagrado Corazón de Jesús (un poner) en tu parroquia, pues te pones muy contento, le regalas el bibelot a tu primo el heavy por su santo, lo pones en el currículum y adiós muy buenas. Pero si te dan pasta como para comprarte por fin el lavavajillas o incluso más, entonces son palabras mayores. Te llena de gozo no contribuir a la contaminación del mar fregando a mano y más todavía el mero hecho de no tener que fregar a mano. Y si no te lo dan, ¡qué decepción, qué profundos pozos de negra depresión cuando ves cómo crece la montaña de platos grasientos del fregadero!

Por supuesto, si no tienes bien cubierto el riñón. Si sí lo tienes, o quizá ambos riñones, entonces te puedes permitir el lujazo de rechazar el supuesto honor que pretendidamente quería hacerte una institución fascista y caduca que conculca en todos sus actos la libertad de expresión y bla, bla, bla. Además tienes la ventaja de que igual te premia otra institución opuesta y te quedas con lo servido por lo comido. Y si no te honra nadie, bueno, pues lo de la zorra y las uvas…

El problema con los premios de traducción es que nunca puedes estar seguro de hasta qué punto te lo han dado a ti o a los autores originales. Volviendo al ejemplo anterior, igual tu traducción de El mejor colt de Texas (título elegido al azar) al turdetano es la repanocha y recoge y refleja todos los matices poéticos del original, pero tengo mis dudas de que te premien por la traducción. En cambio, si traduces cualquier chorrada de un enchufado en boga, por ejemplo, Las soledades del tal Góngorilla, es más que probable que llames positivamente la atención de unos jurados más dados a cumplir con la moda de turno que a honrar valores eternos. De hecho, unos colegas (un colega y una colega) y s.s.s. tienen en proyecto traducir al turco aquel poema de Cirlot que dice «Geirn / ne / Nreig / re / Irgen / ge…», ya saben cuál, ¿no? O ese otro tan espiritual de:

Pues le metemos un buen prologazo sobre deconstrucción, relativismo cultural, puentes interculturales fluidos y otras zarandajas, unas buenas notas que ocupen tres cuartas partes de la página y seguro que tenemos premio al canto.

Lo cierto es que la mayoría de las veces te podrías inventar lo que traduces porque nadie se va a leer el original. Del turco ni te cuento. Igual hay gente que se lee el libro en inglés, pero puedes dar por seguro que esos no van a estar en el jurado del premio de traducción que te lo dé (si no te lo dan, puede que sí). Y, de todas formas, ya sería mala suerte. Si te pillan y peligra tu premio empiezas a hablar de escopos y canibalización y estás atento a ver si ponen caras raras. Si las ponen les puedes soltar un clásico: «Si no sabes, mejor que te calles». Adonde quiero llegar es que en realidad los premios no se dan a cómo de buena es la traducción, sino a lo bien que suena en lo nuestro. Y para que suene bien, en mi opinión es condición, sin la cual no y con un granito de sal [ejemplo de traducción chunga que suena muy mal], que el original sea, por lo menos, decente.

Se me viene a la cabeza lo del Pamuk. Saben que le dieron un premio, ¿no? (no, de traducción, no; de lo otro, de lo de escribir él). Bueno, pues aquí en Turquía hay mucha gente que opina que escribe como si lo hiciera con las nalgas, o sea, muy mal, porque se hace líos con el predicado y los complementos y las concordancias y los tiempos de verbo (en parte porque no me lo entienden, probetico mío) y achacan que le dieran el premio a que al traducirlo queda muy bien. Pero es lo que yo digo, entiendo que en mi traducción quede muy bien porque es casi inevitable (vean si no el premio que me han dado), pero que quede bien en todas las lenguas del mundo y que el original sea malo… Menuda coincidencia, tú, que esté mal escrito y que suene bonico en japonés y en gallego y en persa y en alemán. Me parece que se pasan un poco… Me entienden ustedes, ¿verdad? O sea, que para que una traducción esté fetén fetén (a) tiene que quedar chuli en lo nuestro y (b) conviene que tenga un buen original. Y ahora me dicen ustedes dónde se ha perdido aquello de que sea una buena traducción, es decir, adecuada al original comilfó y como un guante si en lo único que nos fijamos es en que sea aceptable y presentable.

En mi caso dicen que me han dado el premio por ser «veterano trasladador», que no en vano soy alférez de infantería —aunque quizá con lo de «trasladador» quieran decir que me he mudado varias veces de casa—, porque tengo currículum y porque no traduzco del inglés. Todo ello es cierto y tiene su mérito. Prueben si no, a ver si tienen ustedes el currículum actualizado, que seguro que no. También me lo han dado porque «pone [yo] de relieve su [mi] capacidad de traernos a casa una literatura que no nos debería ser ajena», y así queda más claro lo del trasladador y lo de no traducir del inglés. Es decir, se supone que yo traigo una literatura no en inglés y que tendríamos/tenemos que conocer, como aquello del Terencio de «humani nihil a nos alienum puto» [yo, es decir, «yo considero/opino/creo», no me sean mal pensados]; y que «casa» es una metáfora por «España» o «lengua española». Y no se crean que llevo la literatura a sus casas físicamente vendiéndola en fascículos a cómodos plazos, no, que es todo una alegoría alegórica. Pues también es verdad y encima tienen el detalle de no llamarme «puente» (D.g.).

Agradezco sinceramente a los miembros de Estado crítico que me hayan tenido en cuenta y me hayan premiado y espero no haber soltado ningún pegolete molesto (captatio benevolentiae, mangas verdes). Supongo que algo habrá tenido que ver Ilya U. Topper, a quien aprovecho para enviar un saludo (¿afectuoso?, ¿cordial?, siempre me hago un lío, lo que sea más). No me pasaba algo así desde que en el colegio me dieron una medalla por buena conducta y aplicación.

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De títulos y titulillos universitarios

«Veamos a ver. Como puede comprobarse por el grabado adjunto, un profesor es un docente y sí es profesor, pero no es doçent; y un doçent es docente, pero no es profesor, aunque también lo es y lo son ambos. ¿Me sentiende?» «La gallina, profe.»

Muy a menudo me cuesta bastante trabajo explicar qué soy en la universidad turca. Se me llevan un poco los demonios cuando veo que en mi tierra nadie entiende que tengo una categoría X en una universidad pública, pero que no soy funcionario porque soy extranjero —esa es harina de otro costal, parecido, pero otro—. Me recuerda a cierto empleado de banca que era incapaz de comprender cómo era posible que yo tuviera deneí si tenía una cuenta de no residente; y cuando le contestaba que tenía deneí porque era español entonces me preguntaba cómo era posible que tuviera una cuenta de no residente; y cuando le contestaba que la tenía porque no era —no soy— residente en España, me preguntaba cómo era posible que tuviera deneí; etc. Lo único que me consuela es que aquí, en Turquía, tampoco se enteran. Debo de ser muy, muy tonto si me consuelo con eso.

Por otra parte, este verano tuvimos una conversación muy sabrosa los tres cuñados, nuestro amigo Manolo y un par o tres de sobrinos/hijos con el fin de iluminar y confundir, casi deslumbrar, a estos últimos, sobre cómo era el sistema de profesorado universitario en nuestros respectivos tiempos y carreras. He de confesar que es un tema que me resulta bastante más divertido que el fútbol, posiblemente por mi ignorancia de tan importante deporte, o viceversa (es decir, que no sé de fútbol porque no me interesa). Todo acabó con que antiguamente existían unos seres terribles llamados catedráticos que tenían unos secuaces llamados adjuntos y unos esbirros o asistentes. Hasta ahí llegaban mi madre y Manolo; los tres cuñados éramos más bien de la generación de los penenes, en la que los catedráticos eran unos entes abstractos suspendedores de unas asignaturas que impartían los mencionados penenes. Mis sobrinos, no demasiado aficionados a asistir a clase para qué nos vamos a engañar, simplificaban y diferenciaban sobre todo entre estudiantes —en silla, antiguamente banco— y profesores —en tarima tras mesa, de pie o sentados—.

El esquema es bastante simple para los que estamos en el ajo. Hace mucho, mucho tiempo, antes de la primera/segunda trilogía de la Guerra de las Galaxias, cada una de las facultades estaba dividida en «cátedras», que es un nombre raro para llamar al «sillón» desde el que peroraba el capitoste correspondiente (por eso el Papa habla «ex cathedra», uséase «desde su sillita»), y de ahí que le dieran el nombre de «catedrático» (al Papa, no; al capitoste). Como en las sillas solo puede sentarse una persona —sema que las diferencia de los bancos—, únicamente había un catedrático por asignatura. Los que le seguían en sabiduría y categoría eran los «adjuntos» (a la susodicha cátedra), en este caso, un poner, «persona que acompaña a otra para entender con ella en algún negocio, cargo o trabajo». O sea, que los adjuntos acompañaban al catedrático sin sentarse en su silla. No obstante, a los adjuntos no les faltaban ganas de tener su propia silla, como al Gran Visir Iznogud, aunque usualmente tenía que ser en otro sitio porque eran plazas contadas y con nombre casi. A ambos cargos (¿empleos?) se accedía por oposición porque eran funcionarios, llamados «numerarios», quizá por aquello que decía de que eran habas contadas. Tenemos, pues, un primer conjunto de profesores numerarios por oposición, que es lo que los anglos vienen a llamar «tenure track». Sigamos.

En mis tiempos de cuando estudiaba la carrera había tropecientos mil profesores que, por el momento, no habían aprobado las oposiciones y que, por lo tanto, eran P[-rofesores] N[-o] N[-umerarios], vulgo «penenes». Como no eran funcionarios, supongo que tendrían algún tipo de contrato. Los había que tenían terminada y defendida ya la tesis y otros que no. Aparte de ellos y un poco más abajo solo estaban los (escasísimos) becarios de investigación y los de la limpieza. Los bedeles constituyen un cuerpo aparte, solo por debajo de los catedráticos más veteranos.

Al convertirse las cátedras en departamentos —todo esto es un poco más lioso, pero es que si no resumimos nos dan las tantas—, había más disponibilidad de sillas y, por lo tanto, podía haber más catedráticos por departamento. Con lo que —ahora sí que damos un salto casi sideral—, alguien se dio cuenta de que una cosa era lo que eras —humano/alienígena, varón/mujer, alto/bajo, moreno/pelirrojo, catedrático/adjunto, sin que el orden suponga un juicio de valor por mi parte— y otra cómo existías y dónde —silla/tarima, en/junto a ella—, de forma que ahora la categoría no dependía de la plaza que ocupabas, sino de que demostraras, oposición o concurso-oposición mediante, que cumplías una serie de condiciones mínimas. Para evitar la endogamía o enchufismo, esto lo lleva una agencia o ente externo a la propia universidad que te «acredita» (en otros sitios dicen «habilitar») de tal —catedrático— o cual —adjunto—. Por cierto, con la silla o cátedra, desaparecieron los adjuntos, que pasaron a llamarse «titulares», supongo que por aquello de que «adjunto» suena a subordinado y con «titular» no hay quien te tosa. Miren si no los titulares de los periódicos, qué letras más grandes.

Los penenes también desaparecieron y fueron más o menos absorbidos por una categoría, la de profesores asociados, que se suponía reservada a personal ajeno a la universidad cuya experiencia y conocimientos pudieran ser útiles para los estudiantes. Fue algo que le pasó, sin ir más lejos, a mi padre. También ellos tuvieron que acreditarse y encima, con la excusa de que los asociados podían tener contratos por horas, conformarse con unos contratos mierdosos. Hay también profesores «ayudantes», «contratados» y categorías intermedias o mixtas con la característica básica de un sueldo nivel escatológico o la mierdez en general. Por lo menos, de funcionario no te echan. Pero no vamos a profundizar, sino que únicamente queremos tener un contexto para la comparación.

En Turquía el sistema no era demasiado distinto. Los nombres de cada cosa se tomaron en principio del alemán: el títular de una cátedra («kürsü», del árabe «kursi», «silla») era el «profesör». El que le seguía en sabiduría y experiencia era el «doçent» (pronúnciese «dochent»). Por debajo estaba la legión general de «asistentes», que lo mismo te daban una clase que iban a la tintorería a recoger la toga del catedrático, que en verano olía que no veas. También los llamaban «çömez», que en las madrasas era algo así como el discípulo amado (no me sean mal pensados, hombre ya) y que ahora podríamos traducir como «chavalín» si tuviéramos mucha mala leche. La diferencia básica y fundamental era —es— que los profesör y los doçent, aparte de funcionarios, podían dirigir tesis y tesinas, mientras que los demás no. Pasando el tiempo, a los asistentes pasó a llamárseles «investigadores» y se supone que están liados con sus cosas de doctorado y no pueden dar clases, pero no solo las dan, sino que además se ocupan de la burrocracia de los departamentos, y no se hacen ustedes idea de la de papeles que es capaz de generar la universidad, no únicamente papers. Hay otra categoría interesante de profesores, que son los «okutman», literalmente «lectores», que en teoría se limitan a dar tropecientas mil horas de clase, supuestamente de temas más generales. Y existe alguna más, pero también pasamos. Por supuesto, un «okutman» no es para nada lo que en España entendemos por «lector», pero explíqueselo usted a los diplomáticos que firman los acuerdos bilaterales. Yo lo hice y la entonces agregada cultural me colgó el teléfono entre gritos (suyos). Pena que no podía amenazarme con el fusilamiento o el garrote vil.

El problema básico era que entre el investigador/asistente y el doçent funcionario por oposición no existía nada, te quedabas en la calle y no había nadie con doctorado a quien se le pudieran encargar las asignaturas más feas. Esto se solucionó creando la figura del «yardımcı doçent», o sea, el «doçent ayudante». Lo del «ayudante» ha sido y es ocasión de frecuentes dolores de cabeza, sobre todo al traducirlo con malicia. El problema es que en turco «yardımcı» se usa exactamente igual que nosotros usamos «sub-»; pero, claro, no tiene esa idea de «por debajo» que tiene, un poner, «submarino», así que es mucho más fino decir «director ayudante» que «subdirector», otro ejemplo. Ojo, sí que hay formas de decir «sub-», y más de una, pero como en la universidad todos somos hermanos y democráticos, somos iguales dentro de lo que cabe en una estructura jerárquica, cada uno en su sitio y el catedrático en el de todos, pero educadamente. ¿Qué pasaba? Que muchos de estos «doçent ayudante» en cuanto salían por la puerta de la facultad se apeaban rápidamente del «ayudante», lo que fastidiaba enormemente a los «doçent» fetén. Total, que al final le han cambiado de nombre a la categoría y ahora se llaman «doctores miembros del profesorado».

Como comprenderán, lo que acabo de hacer es una traducción bastante chapucera, porque lo suyo habría sido llamarlos «doctores docentes» o algo así, pero, claro, «doçent» viene precisamente de «docente», que no es lo mismo en español y en turco. A mí me fastidiaba enormemente cuando era «doçent» que dijeran en español que era «docente en la Universidad de Estambul» porque en español también lo eran (docentes) mis compañeros que no lo eran en turco (doçent). ¿Para qué hablar de profesor/profesör? Conozco a más de uno que, como era profesor en España —igual sin doctorado ni nada, al menos en su momento— aquí decía que era profesör, o sea, catedrático, y se quedaba tan ancho cuando en Turquía lo recibían con grandes alharacas. Si allí era asistente chavalín, aquí iba de catedrático catedralicio. Para que vean la diferencia que pueden provocar una cedilla o una diéresis.

Como todo se puede liar aún más, todas estas categorías suelen traducirse al inglés de los Estados Unidos de América del Norte, donde, más o menos, «professor» es todo aquel que da clases en la universidad. Claro que diferencian entre el «assistant», el «associate» y el «full», pero qué más da, todos son «professor». Lo normal, pues, es que si en Turquía eres de aquellos «subdoçent» y en España lo que menos se despache, en la tarjeta de visita siempre puedes poner «professor» y que te echen un galgo, a ver si es mentira.

¡Madre mía, qué lío! Pues ahora nos toca tratar con los extranjeros. Hasta el año 2002 o así, no me acuerdo exactamente, los extranjeros únicamente podíamos ser «okutman» porque los demás puestos eran de funcionarios o casi casi (los yardımcı doçent eran un caso muy especial) y los extranjeros no pueden ser funcionarios, ni aquí ni allí. Pero entonces, posiblemente por aquello del espacio (común) europeo de enseñanza superior y demás y con el rollo de las acreditaciones/habilitaciones, empezó a diferenciarse entre el rango o grado y lo que en el ejército llamarían «empleo» (aunque tanto monten, monten tanto las tres cosas). Es decir, que tú, extranjero, puedes obtener perfectamente el título de catedrático, pongamos por caso, siempre y cuando alcances o superes las oportunas condiciones, pero eso no implica que tengas la plaza, para lo cual tendrías que enfrentarte a un concurso-oposición público al que solo pueden presentarse nacionales. Eso nos abrió el camino a los extranjeros a ser «doçent» y «profesör» sin que tengamos la plaza en propiedad, sin ser funcionarios y con nuestro contrato anual de siempre, eso sí, mejor pagado que el de «okutman».

Y en eso estamos. Claro que ahora ponte tú a explicar a la gente que eres —en caso de ser doçent— como un profesor titular pero sin ser titular de nada o —si eres profesör— que eres catedrático pero sin cátedra. Todo quisqui empieza a hablarte de derechos adquiridos, sexenios, plazas, moscosos y otros términos no menos misteriosos que te suenan a música celestial porque tú, como cualquier asociado/chavalín tienes tu contrato y ya está, y tanto aquí como allí te miran como si fueras tonto si no cobras dietas o extras por formar parte de un tribunal o dirigir una tesis, a lo que no tenemos derecho. Mucho peor lo tienes, por supuesto, si dices en España que eres docente o profesor, porque todos los del gremio lo son y no entienden a cuento de qué te das tanto bombo.

En fin, que otra más con eso de ser extranjero, que como el de la canción ni somos de allí ni somos de allá. Pero encima ni somos (funcionarios) ni dejamos de ser (titulares/adjuntos o catedráticos). Y, por supuesto, tampoco cobramos lo que en Europa.

 

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¿Vergüenza propia o modestia aparte?

Baudouin, Pierre Antoine - The Honest Model - 1769
«¡Ay, qué vergüenza que me da que me vean así, al natural!» «¡Que no, que no, que ya verás cómo nadie le da importancia! Lo que se han de comer los gusanos…»

Me piden que escriba (una vez más) un artículo sobre la literatura turca que hay traducida al español y, como siempre, me encuentro con el mismo problema: cómo hablar de mí (mismo) sin enrojecer como un tierno doncel cuando le preguntan quién le gusta más, si Marfisa o Choni, y, al mismo tiempo, sin dejar de mencionar mi contribución al asunto. Porque, ¡aparta, modestia molesta!, lo cierto es que he aportado más que un granito de arena o, mismamente mostaza, a esto de la literatura traducida en español. Y eso que no sé, qué sé yo, quichua, que si no…

Para hacer este tipo de artículos es conveniente mirar qué es lo que hay traducido y no inventárselo por aquello de que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo (por mucho que grites lo de «no corráis, que es peor»). Para ello lo más práctico es buscar en la página web del ISBN y hacerse una idea más o menos completa. También se lo puedes preguntar al librero de tu barrio, si aún existe —el librero—, o, en su defecto, al del bar, que seguro que continúa existiendo, aunque los resultados serán más dudosos, por mucho que puedas saciar tu sed y tomarte una tapita. En fin, que vas a mirar al ISBN en búsqueda avanzada o como se diga, pones «turco» en «del» y «castellano» (o «español») en «al», y con eso ya tienes para estar entretenido un ratillo.

Pues bien, resulta que una buena parte de las obras que salen, eliminando repeticiones de títulos en distintos formatos y colecciones, reediciones, círculos de lectores y demás zarandajas, las ha traducido s.s.s. de ustedes. Más o menos una cuarta —parte—, si no me equivoco (algo que suele ocurrirles a quienes tienen boca). Pues no es poco, hoygan. Antonse me vienen las dudas de cómo expresar por escrito eso, así como lo demás que haya podido hacer más o menos pioneramente.

Pongamos por caso que a Napoleón cuando estaba en Santa Elena le pidieran un artículo para la revista International Review of the Guerras and sus Cosillas and Curiosidades sobre “grandes generalotes conquistadores” en formato APA y con un máximo de veinte mil caracteres con espacios, pero sin contar puntos y coma y dos puntos. Total, que mi amigo Napo (si hay gente que a García Márquez le llama «Gabo» talmente como si fueran primos carnales suyos, ¿por qué no voy a poder yo con el pequeño gran corso?) acepta alegremente y se pone a escribir la historia de los grandes generalotes empezando por Alejandro (a mis sobrinos les gustó mucho el «İskender kebab», que siendo «İskender» «Alejandro» en turco, resulta que no tiene nada que ver, no obstante), siguiendo por César (el del plátano del Alcázar de los Reyes Cristianos), después… El que sea, que no se me ocurre. Luego el de Prusia, el de los bigotes no, el de antes; sí, también era Káiser pero no el del plátano. Y por fin llega a brumario y demás y se da cuenta de que lo suyo no estuvo tan mal de no ser por el advenedizo del Güelinton («The history book on the shelf /is always repeating itself/la, la, la,/promise to love forever»), así que decide hablar de suámem.

Pero, horrible duda, ¿cómo hacerlo? ¿En tercera persona, como el César de los bellos, pero con un granito de modestia? «No es de despreciar la contribución al arte de la masacre del entonces emperador de Francia, Sr. D. Napoleón», pero queda como muy cursi, y además todo el mundo sabe que es él quien lo escribe porque lo pone más arriba. No digamos ya si la frase fuera más rimbombante y presumida: «Ares se despoja del tremolante casco y cae de hinojos deslumbrado por las olímpicas gestas del Caudillo de Francia, Generalísimo de los Ejércitos de la república imperial». Eso pega un cante que no veas. Para eso, mejor contratarse unos flamencos que le toquen las palmas cuando va por el pasillo. Por otra parte, en una obra de estas características, más analítica que otra cosa, no pega ponerse en plan numérico si con los demás has estado más bien lírico, por muy objetivo que pretendas ser porque queda bastante chocante:

«Las impresionantes hazañas de Alejandro demuestran un genio que pa qué y que venía anunciándose desde la juventud del macedonio, lo que ya notara en su momento el Estagirita, […, mucho bla, bla, bla]. Tanto en la conquista de las Galias como en la Bella Civil, César supo, en su inconmensurable sabiduría estratégica, táctica y pragmática, utilizar magistralmente los recursos […]. Napoleón, por su parte, tuvo no sé cuántas batallas, otras poquillas batallotas, algunas escaramuzas y tal, donde palmaron tantos infantes y otros pocos de los tíos esos del gorro con plumero y la chaquetilla de lao, sin olvidar a los de la coraza, con el calor que pega».

Qué quieren que les diga, no me negarán que queda muy deslucido lo propio y no es demasiado justo (ni necesario). Pero casi peor es hacerlo en primera persona (en segunda sería totalmente tonto). Sin ir más lejos miren ustedes la de tonterías que utilizo en esta noble tribuna para no decir «yo» ni «mí», desde el «muamem» que le copié a Celia Filipetto al «s.s.s.» que no sé de dónde me habré sacado, pero probablemente de un libro de modelos de cartas de antes de la Revolución Francesa («Muy mi amadísima amiga: En ésta que le escribo, letra, le besa los pies y demás, su esclavo, que lo es…»). Y es que me da mucho corte echarme flores en público, aunque no sean ni flores sino fríos datos. O sea, que hablo del pionero de esto de las traducciones del turco (D. Solimán Salom), le dedico un rato a los otros que me precedieron o contemporizaron —contemporáneos míos, en suma—, ¿y qué hago conmigo?: «Una tercera etapa es la caracterizada por la aparición del primer español que hizo traducciones comerciales directamente del turco, YO». No me queda muy bonito, sobre todo lo de las comerciales, que parece uno un representante con el muestrario. ¿Algo más seco, en plan filete que hace bola?: «Importante aportación es la del Carpin Traductor, que…», ¿que qué?

Me dirán ustedes que lo haga como si estuviera hablando de otro y yastá, pero es que me sigue dando reparo. Lo que pasa es que no es lo mismo traducir del turco que del inglés. Del inglés hay tropecientos (sin ánimo de despreciar) y es muy fácil diluirse en la masa: «A partir de los años XXX puede verse un importante incremento en traductores del inglés, lo que repercute en lo que sea». Pero es que del turco somos tres y antes prácticamente era yo solo, así que es muy fácil ser importante. «Soy el mejor del mundo haciendo pajaritas con papel de aluminio mientras toco La internacional con un matasuegras», pues claro, hombre, a quién se le ocurre.

¿Qué hacer? ¡Qué angustia vital! ¡Cómo adolezco, peno y muero sin vivir en mí! ¿Y si digo que no puedo escribir el artículo porque he perdido la movilidad del brazo en una batalla naval de nombre de coñac? ¿Y si mato al que me hizo el encargo? ¿Cómo puedo hacerlo para no desmerecerme y no sujetar mi valor sin que suene presuntuoso y feo (y, ya puestos, tampoco torcer mi rumbo)? ¿No tendrán ustedes algún consejillo útil que no sea el de «tú no te cortes, que otros no lo hacen»? Y mucho menos lo de «la íntima satisfacción del deber cumplido», que ya hace que terminé la mili.

Y ahora que me doy cuenta, ¿qué hago escribiendo esto en vez de meterle mano al articulillo?

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Hogueras de san Juan, quitan libros y no dan pan

A ver, Juanillo, veamos a ver si abrimos un poco de espacio aquí, que no nos caben los chinos de la suerte

Estos últimos días he leído varios artículos gracias a Mariana Eguaras que insisten en una idea temática con la que doy la tabarra remática a quienquiera que se me ponga a tiro. El primero era sobre la destrucción de libros. El artículo en sí era bastante interesante, pero en esta cuestión lo mejor son siempre los comentarios. Aunque aquí no fuera el caso, el personal suele echarse de inmediato las manos a la cabeza en cuanto se les dice que los libros se destruyen. Talmente parece que las editoriales se hubieran convertido en nidos secretos de la federación nazi de estudiantes y hubiesen decidido que gran parte de su catálogo antiguo iba contra el espíritu alemán del fúrer. ¡Pobrecitos libros! ¡Con lo bien que huelen! ¡Con la de bellos recuerdos de antaño que me acuden en tropel cual madalena proustiana en cuanto los acaricio suavemente entre mis manos! ¡Cómo el aroma que dejan en mis manos me recuerda años vividos con ilusión, el aroma del heno fresco recién cortado, etc., etc., incluidos los frescos que no se cortaban entre el heno; en suma, el aroma de mi hogar! Para impedir semejante atropello, ¡henos de Pravia! (© Don Mendo).

Estos son los del tipo uno o 1, que podríamos llamar del tipo romántico-melancólico-llorica-sensible. Lo último porque nunca se habla de la lectura de las letras que contienen los libros, sino de su peso, olor, tacto, apariencia visual, el susurro de las páginas y, en rarísimas ocasiones, sabor. No sé yo si se leerán los libros o los sacan de paseo al parque y los llevan al cine. Luego están los del tipo dos o 2, que son los socio-engagé-utilitarios: ¡Por Dios santo del madero! ¿Nos hemos vuelto locos? Pero, ¿en qué mundo vivimos? (Por si sienten curiosidad por las preguntas, la respuesta a la primera es «los demás sí, yo no» y a la segunda «en este, porque hay otros mundos pero están en este».) ¡Como si no hubiera bibliotecas medio vacías a las que acuden los niños ansiosos de saber y de engancharse gratis a internet! ¿Y los pobres sin techo? ¿Es que no les vendría bien un poco de lectura para olvidar su  triste situación? ¿Por qué no los mandan a países del Tercer Mundo y nos ahorrábamos sueldos del Instituto Manco de Lepanto (qué buen coñac)?

Lo que olvidan ambos tipos de comentaristas es que, exceptuando algunos casos muy puntuales, como los libros cuyos derechos han pasado a otra editorial o los que tienen problemas legales, a las editoriales tanto les da destruir los libros como tirarlos a la basura y que se los lleve cualquiera, como por ejemplo hizo mi hermana con unas autobiografías de Belén Esteban, caso real y auténtico, pero no tanto regalarlos y menos a las bibliotecas, como podrán leer en el artículo correspondiente. Para ellos ―para los publishers― todo es cuestión de pasta, y no de papel. Si el gasto de mantener almacenado el libro en cuestión es superior a las previsiones de ganancias ―y lo es porque está almacenado y no en las librerías―, que lo guarde Rita (la cantaora, famosa porque en su casa tenía mucho sitio). Que esa es otra, toda esa gente que grita, ¡que me los den a mí! ―¿quién decía eso?― parece que vivieran en el castillo de Wındsor, asumiendo que ahí tengan mucho espacio. Seguro que si se los regalan al militar ese inglés que se casó con la secre de la serie de los trajes, no los quieren ni benditos, bueno, benditos igual sí, porque no les cabrían en el pisito, que los recién casados ya se sabe que andan justillos, y más si él es funcionario y ella ama de casa. Desde luego, por lo que a nosotros respecta, cuando nos mudamos a un piso más chico tuvimos que deshacernos de media biblioteca con gran dolor de nuestro corazón, con el cosquilleo que nos producía el polvo que acumulaban.

Pero es que además, otras que no quieren los libros ni benditos son las bibliotecas. ¿Han intentado donar algo a una biblioteca? Pues inténtenlo, ya verán qué risa. No van a perder nada porque no se los van a aceptar, pero les aseguro unos días de turismo por su ciudad biblioteca arriba, biblioteca abajo. Por lo menos harán ejercicio. ¿Y por qué no quieren libros las bibliotecas? Por lo mismo que no los quieren en la estación espacial internacional ―un poner―: porque los libros ocupan sitio y este último no es infinito a no ser que sea en el espacio exterior, donde ya hay cien mujeres rusas. De hecho, las bibliotecas de vez en cuando se quitan de en medio parte del fondo como mejor pueden. Esto me recuerda a una curiosa práctica, anterior a la neumonía vírica, llamada «desconeje». Consistía en que, cuando había demasiados conejos, se permitía cazar unos cuantos aunque fuera la veda. Pues bien, también las bibliotecas tienen que someterse a periódicos desconejes porque los libros se reproducen todavía más que nuestros simpáticos y ahora escasos lapinos y no les caben ―en mi tierra dirían «cogen»― en las estanterías ni en el armario de las fregonas. Piensen que, a más libros, menos estudiantes con apuntes cabrán. Por cierto, ¿hace mucho que no van a una biblioteca? Porque gran parte de la parroquia que las frecuenta son eso, estudiantes con apuntes que no van a sacar libros para leer, precisamente.

Y menos mal que existen las bibiotecas, porque si no aviados estábamos. Les cuento una historieta anecdótica que me ocurrió a mí mismo en persona. Por aquel entonces traducía para Alfaguara y me pasaba por allí en verano a saludar porque estaban razonablemente cerca de casa de mis suegros y me regalaban libros (no olviden que antes vivía en un piso más grande). Me sorprendió mucho ver los poquitos que eran ―luego pude ver que en todas las editoriales grandes son cuatro gatos, los fijos por lo menos― y que si este despacho era Alfaguara, el de más allá era Taurus. Para que se hagan una idea, como si en el pisito de los recién casados de antes pusiéramos una editorial en la cocina y otra en el ofis, si ha lugar. Yo andaba buscando un libro de Taurus publicado en los ochenta muy citado por el mundillo y que no podía encontrar en las librerías ni patrás porque estaba descatalogado, palabra mágica que usaban los libreros para decir que abandonasen toda esperanza quienes aquel libro pidieran. Como soy de natural listillo, me dije: «¿Y si les digo a los de la cocina, que tengo mano, que se lo pidan a los del ofis?» Porque entonces yo era inocente y no conocía esto de la práctica destructora. Mi gozo en un pozo, no solo estaba des-catalogado, sino que todos los que quedaban habían sido des-truidos. Hala, a escupir a la calle.

Y, oigan (ahora es «escuchen»), no se crean que esto de la destrucción masiva se lleva a cabo siglos después de la publicación, no, ni hablar. Como se descuiden, en un par de años tienen a los del cuatrocientos cincuenta y uno grados de Mr. Farenheit (451 no es el número de teléfono, espero) llamándole a la puerta para meterle un mixto a todos los ejemplares que todavía tuviera debajo de colchón de su magnifico ensayo Desconejes y ecología editorial. ¡Ah, amigo! Puede que hace dos años y dos meses fuera un best-seller, pero como no ha sido un long-seller, ahora a comérselo con patatas. Eso es verdad, porque antes exageré una miaja. Según la ley, los del farenheit no van a casa del autor con las juventudes hitlerianas, sino que le avisan ―en teoría― por si quiere los que quedan, gratuitamente pero sin que pueda venderlos. Por supuesto, vaya usted a buscarlos. En fin, por lo menos así podrá regalarlos. Y cualquiera sabe, miren si no al señor de Almería que regaló un libro. Pero seguro que ya tenía detrás a los de los cerillos echando humo.

Como les decía, todo es problema de espacio y pasta, porque el papel se recicla para más libros que vuelvan a ocupar el espacio que dejaron los que se van y así sucesivamente. Miren si no cómo los libros electrónicos no los borran, o eso espero, que cualquiera sabe.

En el fondo, y en la superficie también, no se vayan a creer, todo se debe a que en España se publican libros a tutiplén y a ningún publisher le importa si existen lectores o no —que no, o no en cantidad suficiente— porque tienen unos sistemas de comercialización que parecen un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma. Y si no, busquen en el gúgel a ver en qué consiste colocar los libros y me lo cuentan. Pero bueno, creo que esto da para otra entrada, que así tengo más material y no me canso.

Ya verás como te dé con la cultura en la cabeza. Tanto libro, tanto libro, ¡qué hartura, Madre del amor hermoso!

 

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Alístate y te harás hombre

Alístate y verás mundo, decían. Ya me avisaba mi abuelita de que no tenía edad para esto

Últimamente (cuando digo últimamente por lo general me refiero a los últimos treinta años o, como poco, al desplome de la Unión Soviética o URSS, aunque los Beatles lo decían al revés, USSR, vete tú a saber por qué), últimamente, decía, no hago más que ver la etiqueta «young adult» por aquí y por allá, e incluso por acullá, aplicada a determinado (sub-) género de novelas.

De entrada me mosquea el hecho de que sean dos adjetivos juntos y que con el repajolero inglés no sepa uno cuál va primero, o sea, cuál funciona como sustantivo. ¿Es un adulto joven, úsease no maduro para que se lo coma alguien cronológicamente hablando (vid. Mafalda)? Porque ahora no está muy claro eso de ser joven, y menos según vas entrando en la edad provecta. Antes había formas muy fáciles de calcular la adultez juvenil, que era en cuanto entrabas en quintas. Igual era al revés, que entrabas en quintas cuando llegabas a la adultez, pero a nosotros nos da igual para el argumento, total, es por discutir. La cosa era que con dieciocho años ya se te consideraba mayor de edad, pero todavía no eras un hombre porque no habías hecho el servicio militar: a eso se le llamaba «mozo», palabra que podría sustituir perfectamente a la tontuna del «young adult» si lo entendemos en ese sentido. Para las mujeres era todo mucho más confuso desde que quitaron el servicio social ―que yo no llegué a conocer, no se crean que soy tan viejo― y además no sé si las llamaban «mozas». Teniendo en cuenta que el número quince era «la niña bonita», es decir, que con quince años todavía era niña mientras que sus compañeros varones entrarían ya ―lo sé por experiencia personal― en la clasificación de «cretinos», igual sí que a los dieciocho años les daban el carnet de moza. Lo que sí sé seguro era que las adultas jóvenes de mi entorno no tenían que pedir prórroga ni hacerse un pasaporte todos los años.

La otra posibilidad es que se trate de un «joven adulto». Esto es mucho más subjetivo porque se refiere a la adultez mental, ahora sí la madurez, es decir a esos muchachitos prematuramente viejunos que en lugar de ir por ahí pegándose cantazos con los demás mozos ―era un rito de paso para acostumbrarte a sufrir descalabros― o jugando al fútbol como en El rey Lear ―para ir preparando tu espíritu patriótico—, preferían hacer calceta sentaditos a la mesa camilla ―como Fernando VII, por ejemplo― u otras actividades inútiles y parasitarias como la lectura (de libros o, aún peor, de novelas, porque, evidentemente, solo puedo darle el nombre de «libros» a los provechosos, como el catecismo o el manual de cocina de la sección femenina). Claramente, a estos jóvenes cabría llamarlos «adultos» en su acepción de ―y a la RAE me remito― «ser vivo», llegado a «la plenitud de crecimiento» (¡Qué crecidito está el niño! ¡Y cuánto lee!), o «a cierto grado de perfección» (pongamos noventa grados), porque la de «que posee plena capacidad reproductora» no nos sirve de mucho si hablamos de literatura, a no ser que el mozo en cuestión se dedique a reproducir y compartir libros en pdf u otros formatos.

En cualquier caso, fue un tema que abordamos muy ligera y tangencialmente (me gusta mucho esto de no poner «-mente» en la primera palabra y en la segunda sí, aunque me temo que no es muy normativo) en una charla terturial entre amigos. No sé a cuento de qué surgió la cuestión de si los mozuelos leían más o menos y qué leían. Como pueden ver, estábamos bastante aburridos y cuando el diablo se aburre, con el rabo mata moscas. Tampoco me acuerdo de cómo, le indiqué a mi amigo Pepe que él, con quince o dieciséis años, es decir, con la edad del «niño feíto» (porque ninguno de nosotros hemos sido nunca precisamente «bonitos»), se tragaba lo mismo a Proust que a Joyce, por no hablar de Kafka o Dylan Thomas, por los extranjeros, y lo mismo a Quevedo que a Clarín o Lorca por los nacionales. Y estamos hablando de antes de ser mozo siquiera. Dicho de otro modo, antes de que se inventaran lo de literatura «young adult» lo que leía un «young adult» o «adult young» era literatura. De hecho, estoy convencido de que para leerte plomos como Dostoyevski, o eres joven o no lo lees (porque tienes mejores cosas que hacer). ¿A quién que haya hecho la mili se le ocurre cargarse a una vieja más o menos porque sí? ¿Y luego te arrepientes, capullito de alhelí? Pos claro…

Y aquí conviene hacer otra precisión. Como uno es un intelestuás y se mueve en círculos muy leídos y escribidos, en cuanto dices que te gusta algún clásico que no esté de moda como, un poner, Corín Tellado, rápidamente alguien te suelta que eso no es literatura. Y aquí viene mi precisión: sí que es literatura, sí, pero mala. Es decir, de la misma forma que hay malas películas y que yo pinto mal, o que está mal no ceder el asiento en el metro a las jóvenes trabajadoras, también hay literatura buena o mala. Quitarte de un plumazo todo lo que no te gusta diciendo «Esto no es literatura» me recuerda ciertas prácticas muy desagradables. ¿Que no te gusta? Bueno, puedo aceptar que sea «mala», pero no que no sea.

Como habrán podido apreciar si han leído alguna entrada anterior, a mí siempre me gustó lo que en tiempos se llamaba «literatura juvenil», sin adulteces ni tonterías. No toda, claro. Han de tener en cuenta que cuando yo leía literatura juvenil no se había inventado todavía lo de la igualdad de géneros y a mí solo de pensar en leer libros de Enid Blyton —una clásica del género, literario— me daba una alferecía o el sarampión menudito, aunque esto último da más cuando hace calor y sudas mucho. Había sobre todo unos libros de un colegio que se llamaba Torres de Malory que las pobres niñas nunca acababan los estudios, oyes, que si primer curso en Torres de Malory, que si segundo, que si tercero, al final nunca llegaban al COU, yo creo que porque no estudiaban y tenían que repetir, pero no lo sé porque no me leí los libros, entre otras razones porque me parecía masoquista estar tú estudiando y leer novelas de gente que está estudiando, a no ser que te alegres de que suspendan y repitan, que esa es otra. A mí me gustaban más las novelas de Salgari, todas llenas de piratas, sea en los mares de la Malasia o en el Caribe, en los del sur o en los del norte, este u oeste. Estranguladores por aquí y por allá, a la derecha un tigre, a la izquierda un inglés, o un indio occidental u oriental o un sarraceno, y los protagonistas mata que mata, pero no sin razón, que siempre era posible encontrar alguna, como que el tigre en cuestión le había mirado mal. Pues bien, en mi vida se me ocurririría llamar a eso «literatura para adultos» por muy jóvenes que sean, ni a dar la tabarra con que eso sí que es literatura de la buena.

Esta literatura «young adult» de hogaño se parece sospechosamente a lo que yo leía entonces. Quiero decir que no me parece que sea… no sé, La Eneida en latín, por ejemplo. Vamos, que no quiero decir que sea literatura pestosa, pero que tampoco está orientada a lectores muy estrictos ni exigentes en eso del arte retórico-poético. La diferencia más grande que veo entre Sandokán y cualquier novela joven y adulta es que esta última siempre es una distopía ciencia-cientificosa o de anticipación mala follá (si no, sería una utopía), mientras que Sandokán vivía en una entropía colonial-imperialista y, como decía Savater, era el padre del capitán Nemo. Supongo, no lo sé seguro porque Julio Verne, a pesar de mi padre, siempre me resultó bastante plasta exceptuando algunas novelas como, gracias a mi madre, Las Indias negras. A lo que íbamos. El adolescente que yo era estaba (si vieran mis estudiantes ese «era estaba», me mataban) claramente sediento de aventuras sanguinarias y había llegado a la conclusión de que, mejor que estudiar física o ingenería —requisito para ser astronauta—, era hacerse pirata y saquear un par de barcos. El joven de ahora, en cambio, lo ve todo bastante más negro con la crisis y aspira a matar a todo el mundo para quedar él y a los demás que les den morcilla. Ella en el caso de Los juegos del hambre.

Y esta es otra diferencia: los roles de género como constructo cultural holístico y los modos de producción de poder. En mi literatura (mala) non-adult, las mujeres (o mozas, quizá) no pintaban mucho más que meterse en líos. Bueno, también eran hijas de alguien, o amadas del bueno, al que embobaban innecesariamente, pero adolecían de cierta pavisosez. En cambio, ahora no hay quien les tosa, lo que me parece muy bien, que para matar al vecino no te hace falta ser una cosa ni otra. La presencia femenina en la literatura jovenesca adulta tiene también la ventaja de que puede haber sexo si se tercia. Con Sandokán y demás compañeros mártires todo era de un platónico y un relamido que espantaba —no es de extrañar que los adolescentes odiáramos las escenas románticas— y así pasaba lo que pasaba. Miren si no La Regenta, que va el gachó y le da un toquecito con el pie y ella se desmaya de la emoción y lo siguiente que sabemos es que andan como locos retozando por los pajares. Del toquecito en el pie al polvo y al lodo y al fango, ¡qué represión, madre mía! Sin embargo, ahora todo es más natural; dentro de lo que cabe en una distopía horrorosa, naturalmente.

Observarán ustedes que aunque hablo de young adult y ahora de romanticismo no menciono a los vampiritos enamorados e incomprendidos. Dejémoslo así que no estoy de humor.

Otra de las grandes diferencias con la literatura juvenil de aventuras (pues eso es) de antaño es que ahora todo son trilogías. Trilogías de las que, curiosamente, se sacan cuatro películas. ¿Y por qué no seis o nueve? Pues no, cuatro, para fastidiarte las cuentas. De hecho, ¿por qué trilogías? ¿Son ahora los libros más chicos o la letra más grande? Sandokanes había tropecientos, y otros tantos corsarios de colores, pero no recuerdo trilogías en sí. Igual es por aquello de la presentación-nudo-desenlace, pero no lo tengo demasiado claro tampoco. La verdad es que los juegos del apetito podían haberse quedado en una única novela (en el fondo, eso es un elogio) y las de la de convergente-detergente, pues no lo sé porque me harté y dejé de leerlas, por no decir el tío del laberinto. Pero, eso sí, ahora hay trilogías hasta en la sopa: The Soup Eater 1) Menudillos, 2) Letras, 3) Cocido. Igual es que ha tenido éxito internacional una política que se seguía aquí en España: cuando el libro era un bestsellerazo y gordo que no veas, pues se partía en tres y se iba sacando poco a poco para que a los enganchados les diera el mono. Véase esa obra de arte que es el Criptonomicón, que nunca me atrevería a calificar de young adult aunque perfectamente pueden leerla jóvenes y adultos, como si fuera un Tintín, de siete a setenta y siete años.

Pero tampoco calificaría yo al Criptonomicón de alta literatura sublime. Así que quienes pretenden convencerme de que Crepúsculo es comparable a, sin ir más lejos, La Regenta, no lo van a conseguir. Insisto, literatura sí que lo es, como las novelas de Corín Tellado o las de Marcial Lafuente Estefanía, que no eran precisamente buenas. Entonces, ¿por qué hay adults por muy young que sean que se las leen con tanto entusiasmo? Pues se me ocurren varias posibilidades. La primera es que no sean adultos sino quinceañeros y, de paso, sus hermanos mayores y padres. Eso no está mal, pero entonces que lo llamen literatura juvenil de todas todas. La segunda es que los que se han leído libros bestiajos de chicos, como yo, han crecido y ya son adults mayorcitos y, como dice mi cuñado, quien nació lechón morirá cochino. O igual es porque los que crecieron leyendo el lobito bueno y el tigre generoso en lugar de las barbaridades de Mowgli (el de los libros, no el petardo, más Sabú que Disney), se han hartado y reclaman su porción de sangre.

Uniforme_de_los_Tercios_en_el_siglo_XVII

—¿Que se ha puesto de moda la canción del legionario? ¡No me forniques! —Como lo oyes, ya me gustaría verlos en Flandes. —O con Flanders.

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La buena, la fea, la mala y el original

El hombre y el mono, cuanto más feo, más hermoso. Y más original, oiga

Un par de comentarios leídos en las redes sociales me han llamado la atención. En realidad han sido bastantes más ―como por ejemplo el interesantísimo caso del perro que observaba fijamente un teléfono móvil sin dar crédito a sus ojos―, pero voy a hablar únicamente de estos dos porque tratan de traducción, tienen que ver con asuntos que repito más que el pepino y, en última instancia, porque me da la gana, si a ustedes no les importa.

El primero era de una compañera que protestaba de algo que ignoro pero que estaba claramente relacionado con ciertos comentarios exagerados sobre el oficio de traducir, o bien, pero posiblemente tam-bién, con la traducción como proceso o producto. Como podrán intuir, escribo esto desde un aula, gracias a que mis estudiantes han tenido a bien enviarme un guásap informándome de que llegarán una miaja tarde, más exactamente un miajón. Por eso es posible que se me escape alguna palabra rara como epistemológico o heurístico, pero no me hagan caso. Por lo menos empleo la palabra «aula» como es debido y no como sinónimo perpetuo de «clase», como la gente que dice «el uso de tareas lúdicas en el aula de matemáticas», que cuando lo oigo me pone malo.

A lo que íbamos. Han de saber que esto de traducir libros de literatura literaria te imbuye de un espíritu un tanto lírico que te lleva a elevar tu discurso todo lo que den de sí las musas; además, tiendes a darle una pátina de hermetismo gnóstico al oficio, así como a subrayar sus dificultades. Esto de parecer recién salidos de Nueva Necrópolis se debe a un único motivo ya tratado previamente: que acabas hasta la coronilla de que te tomen por el pito del sereno, en dos sentidos fundamentales: (me gusta esto de los dos puntos después o dentro de otros dos puntos)

(a) Que el personal piense y, si lo hace, crea, que traducir es todo cuestión de agarrarte un buen diccionario y adiós, o, todavía peor y como decía Larra, que un buen traductor puede y debe prescindir de diccionarios, como aquel de Kundera que, sin saber checo, traducía con el corazón. En suma, que haces lo mismo que el Gúguel Transleitor o que sabiendo el idioma no te hace falta nada más. A esto nosotros oponemos el argumento de que traducir es como un parto mejorado (® Quevedo) y que cuesta más que yo qué sé qué y que necesitas tener más arte que Curro Romero a riesgo de que te salga un churro. O sea, que para que la traducción te quede bien, primero tienes que entrar en un trance que para sí lo quisiera un maestro zen de los del i ching y la túnica azafrán de esos que no tienen un pelo de tontos.

(b) Que el personal opine que lo mismo es traducirte un certificado de estudios que, qué sé yo, el Cantar de los Cantares, porque al fin y al cabo traducir es traducir y hay que hacerlo motamot porque si no te estás saltando la mitad y no vale y si no, pues entonces es un jeringo, que ya hemos usado la palabra churro. Y entonces nosotros contestamos que no es lo mismo, no, que hay cosas que es mejor traducir para que quede bonito y que por mucho que en español exclamemos con épica nobleza castellana y ansia altiva de grandes hechos: “¡Defeco en la leche, otra vez me han dejado la mesa manga por hombro!”, es más que probable que una traducción literal a las lenguas de nuestro entorno o más allá no produzca el efecto artístico pretendido. Y entonces empezamos a hablar de la cultura y los puentes y los violinistas.

Lo malo es que tampoco es tan difícil, la verdad. Aunque a veces te atranques, otras coges el piloto automático y te pones a traducir como una máquina y te queda de rebién que tú mismo te quedas boquiabierto en onanista admiración. Otras, en cambio, no das pie con bola por muy fácil que parezca y la traducción te queda como para usarla en un foro de esos donde se comenta lo mal traducidos que están los títulos de las pelis —delito en el que no suelen participar los traductores—. Lo que quiero decir es que, como con todo, te hace falta saber y aprender lo que no sabes, pero también un pelín de talento porque si no mejor te dedicas a los certificados de estudios y encima ganarás bastante más.

Porque, ¿en qué consiste una buena traducción y cómo se diferencia de una mala? Pues miren, se me ocurren los tres criterios que proponía el Sr. García Yebra: Decir todo lo que dice el original; no decir nada que el original no diga; y hacerlo con gracia y salero para que quede bonito. Hasta aquí todo muy bien. Pero entonces llega el tipo ese del que hablaba Mª Teresa Gallego al que le cabreaba que ella tradujera «Il le visita» por «Fue a verlo» porque se había comido la visita y se ve que el hombre ya había preparado el té y las pastas y lo de ir a verlo le supo a poco. O sea, que lo de decirlo todo, todo, todo, regular, que a veces es mejor saltarse la visita. Y no digamos ya lo de decir lo que el original no dice, que hay cada uno que se dispara y no hay quien lo pare, que sé yo de gente que te pillan el Quijote y empezarían:

En un lugar de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme porque no me da la gana, pero que me parece que es Motilla del Palancar, que una vez pasamos con el coche y nos tomamos un pisto que no te menees y luego un queso para reventar, hace bastante vivía un señorito de tronío y olé…

Y así podríamos seguir, pero me canso. En cuanto a lo de hacerlo con mayor o menor gracia —o corrección y naturalidad—, depende bastante del duende de uno, pero desde el punto de vista del lector y el publisher medio aquí nos topamos con la iglesia de la mardita fluidez, y ahora defeco en la mar océana. Llegamos al punto verdaderamente crucial: el criterio más importante a la hora de juzgar una traducción como buena es que sea bonita, como ya decían los franceses, aunque tampoco es necesario que sea infiel. Como sea fea, por más feo que pegarle a un padre que sea el original, mejor que te busques otro oficio.

En el fondo, y sobre todo si traduces de lenguas que no sabe nadie, al lector le importan un comino, un pimiento y un pepino cómo sea el original. Él lo que quiere es quirrarse leyendo en español y lo demás le da igual. Ya lo decía el amigo Lefevere, para el lector de la traducción, la traducción es el original, y eso tiene mucha miga. Para el lector español el texto turco siempre dirá «guachi, guachi, guachi» y si lo traduces por «con la cara lavada y recién peiná», le va a parecer la mar de horroroso (ergo mala traducción), mientras que si traduces «en tanto que de rosa y de azucena se muestra la color en vuestro gesto» alucina en colores y le entra un tembleque que la gente del metro se le va a quedar mirando (buena traducción).

El otro comentario que he visto en las redes sociales fue uno de Celia Filipetto, a quien le sorprendía haber encontrado el enunciado sintagmático «el autor original», como si hubiera un autor que no lo fuera. Legalmente los hay, por supuesto, y los mismos traductores lo somos. Autores de obra derivada, si no me equivoco, y, por lo tanto, autores derivados. Y esta es otra cuestión que a los traductores nos sienta como un cabezazo en la barriga o una coz en las gónadas. Resulta que a cualquier perro pichichi que derive una obra todo el mundo le ríe las gracias. le reconoce como autor y nadie se acuerda ya del autor original. ¿O es que alguien se acuerda del autor original de las Variaciones Goldberg de Glenn Gould, o de las Sinfonías del Karajan, o del Señor de los Anillos de Peter Jakson, o del Drácula del Coppola? Y en algunas cambian lo que les da la gana, además, que el Drácula pasa de ser la encarnación del mal a un pobretico enamorao al que la gente no comprende, que desde luego menuda decepción, como si a la niña del Exorcista me la sacan con la Julie Andrews en plan Sonrisas y lágrimas… A mí me gustaba el Drácula de siempre, más malo que un rajón y que permitía que en congresos diversos se hicieran ponencias diciendo que sale la Santísima Trinidad porque Van Helsing es como Dios padre y Quincey Morris como Jesucristo (el Espíritu Santo debe de ser alguno de los murciélagos, y de los demás personajes, si te he visto no me acuerdo), o que es una muestra del imperialismo europeo como lo prueba el que la gachí se llame Mina, diminutivo de Guillermina, clara alusión al Káiser, y el «malo» (entre comillas) sea un emigrante del levante oriental. Ambos ejemplos son verdaderos como puños y no me dirán que no tienen gracia.

Bueno, al grano, pues eso no pasa con los traductores de libros, que nadie se acuerda del derivado y sí del original, por muy petardo que sea. Y en esto se me viene a las mientes una de las grandes decepciones que sufrí de adulto. Resulta que como siempre he sido un gran amante de la alta literatura, tanto epopéyica como lírica, de adolescente me gustaban una jartá las novelas de Tarzán (sí, sí, las novelas), que andaban por casa en edición del año de los tiros mengues en traducción de Emilio Martínez Amador, de quien no se acuerda nadie. ¡Madre mía, qué cosa más bonita y más artística! ¡Qué traducción más buena (más buena=mejor)! Pues bien, en un momento crucial de mi vida —estaba en la playa y no sabía qué leer—, decidí leerme el original del autor original en la lengua original. ¡Qué decepción! ¡Qué poco arte y qué falta de duende (no tiene nada de extraño)! ¡Qué mal fluía aquello! En suma, ¡qué original más malo de una traducción más buena! Y, para que vean ustedes, tooodo quisqui se acuerda del autor original, sí, ese mismo, que lo tengo en la punta de la lengua, ¿no fue nadador olímpico? Ah, que ese no era, ¿seguro?

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Aceitunas con pan/Zeytin Ekmek

Ay, ay, ay, pero qué cabeza la mía. ¿Pues no se me había olvidado hablar de una de las experiencias traductoriles más curiosas/interesantes que he tenido? Desde luego… Cría cuervos… Si hasta me entrevistaron desde la China y si mal no recuerdo incluso me pagaron por la entrevista. Tengo que confesar que no me entrevistaron por ser vos quien sois, traductor infinito, sino que era parte de un proyecto, tesis o similar, que nos entrevistaba a todos los que habíamos participado en el invento.

¿Y cuál era el invento? Pues érase una vez un dulce niño llamado Juan Gabriel López Guix (supongo que en cierto momento de su vida fue un dulce niño) que se juntó con unos coleguillas y colegas y junticos crearon el ente llamado ¡Hjckrrh! («Jáquer» o «Hácker» para amigos y conocidos), una editorial güeb o como quieran llamarlo, con la intención de traducir y publicar textos que fueran de dominio público —a eso tendríamos que dedicarle otra entrada, aunque evitando polémicas—, venderlos en la línea —incluso en La Línea— y enriquecer prudentemente a los traductores implicados evitando intermediarios.

Mi relación con Juan Gabriel, pero no de las de casarse, de las de mutuo aprecio sin más, se inició gracias a un profundo agradecimiento por mi parte por haberme mencionado sin ponerme verde, él y su compañera Pilar Orero, en un artículo en el que creaban el término «pentecostismo», que aplícase a los críticos literarios, preferiblemente de prensa, que parecen poseer el don de lenguas pues leyendo la traducción son capaces de opinar sobre la lengua del original. El artículo debo de tenerlo en fotocopias en alguna carpeta —eran otros tiempos— pero como no me voy a poner a buscarlo, les dejo un enlace a un Trujamán con los ejemplos que usaban (por lo menos López Guix).

Más tarde nos e-milieamos, no me acuerdo de quién disparó primero, porque me propuso que escribiera un artículo sobre la literatura turca traducida en español para la revista de historia de la traducción 1611. Era un tema sobre el que ya había hecho un par de cosas, pero parece que tenía cierto gancho, así que me subí al carro. 1611 es una revista en (la) línea y de acceso abierto y era mi primera experiencia con este tipo de publicaciones. Estas cosas se agradecen en un mundillo en el que muchos académicos se aferran al papel como a un clavo ardiendo, o caen de hinojos ante él como ante una zarza ardiente, o simplemente lo idolatran porque el olor del papel viejo y mohoso nunca se podrá comparar al de los píxeles de una pantalla y bla, bla, bla —los píxeles no huelen a nada—, sobre todo si la revista en cuestión se coloca en un estante para que haga bulto y nadie la lea. Ejem, disculpen, que me enciendo como el clavo y la zarza (-mora, que a todas horas…).

Y por fin llegamos a «Aceitunas con pan», aunque esté publicado como Aceitunas con pan. La idea de López Guix era publicar en Hácker —no me obliguen a mirar cómo se escribe, plis— una colección de relatos de distintos países sobre la Primera Guerra Mundial o Gran Guerra, simplemente. Como además se quería que fueran autores de dominio público —es decir, que hubieran pasado a mejor fiambre hace setenta años o más, menos en España que son ochenta si se alargó la pierna antes de 1986 u 1987, no me acuerdo— eso limitaba bastante las posibilidades de autores turcos, que, además y como veo que le comenté en algún mensaje, solían ser más dados a escribir sobre la Guerra de Liberación, inmediatamente posterior a la otra y que encima ganaron.

Ajá, pero el astuto López Guix había encontrado este Zeytin Ekmek de Ömer Seyfettin que, aunque no hablaba estrictamente de la guerra, sí lo hacía de sus consecuencias, y su autor cumplía con las condiciones requeridas. Antes de leerme el cuento yo tenía mis dudas, porque Ömer Seyfettin (a quien no le dio tiempo a tener apellido) es cosa seria en Turquía. Aquí se le considera el padre de la narrativa turca contemporánea y el gran pionero del turco moderno, así que, como además escribía cuentos/relatos, es lectura obligada en todos los colegios, logrando que muchas generaciones de niños turcos hayan sufrido pesadillas durante años, no porque sus cuentos sean malos, sino todo lo contrario. Lo que pasa es que nuestro autor también era un nacionalista de tomo y lomo y tiene algunos cuentos de un truculento que te pone los pelos de punta, y más si piensas que se los hacen leer a pobres tiernos infantitos que pasan prácticamente de un semestre a otro de la nube rosa y el lagarto risueño a la Gloria Fuertes al mártir decapitado o a la gente a la que casi matan a palos sometiéndolos a la falaka, falanga o bastinado, castigo antiguamente (o eso espero) muy popular por esta geografía consistente en zurrarte con una vara en las plantas de los pies y que no es cosa de risa. Yo ya había propuesto traducir algunos cuentos suyos para los talleres de TEDA y por el mismo motivo de que eran de derecho público, pero la sensibilidad comprensible y herida de algunos compañeros nos hizo decidirnos por autores menos peliagudos.

No obstante, junto a sus relatos sanguinarios, belicistas y, ¿por qué no decirlo?, racistas, Ömer Seyfettin tiene otros preciosos, muy delicados y francamente bonitos, además de que, como buen pionero del realismo turco que era, reflejan muy bien la época en que vivió, o las épocas. Y Aceitunas con pan es uno de ellos, lo que me sorprendió muy agradablemente. López Guix se encargó de la edición y me permitió que le escribiera una pequeña introducción para que el lector hispano pudiera situarse un poco. Creo que nos quedó precioso, sobre todo con ese detalle del cuadro de la cubierta, de Osman Hamdi Bey, un arqueólogo y pintor orientalista otomano, que no sé por qué siempre resulta muy curioso eso de un otomano pintor orientalista cuando tampoco es para tanto.

En cuanto a la traducción, no fue particularmente complicada porque, como digo, Ömer Seyfettin es el gran pionero de la sencillez del turco contemporáneo, pero sí tuvo algunos detalles interesantes. Como la de vueltas mentales que le dí a la ventana de la casa de la protagonista porque no acababa de hacerme una idea de lo que podía verse desde la calle y así tendría que traducir de una forma u otra palabras que en turco significan únicamente «cobertor» o «revestimiento». O que pude usar la expresión «camino de fieltro» porque solo hacía unos meses nuestra amiga Inci Kut nos había pedido que le buscáramos un camino de mesa, invento absolutamente inútil cuya existencia conocía, pero que no tenía ni pajolera idea de que tuviera un nombre específico, habiéndolo llamado en mi inocencia hasta ese momento «el trapillo ese» o, si tenía el día bueno, «pañito». Hubo más cosas, como la cuestión de pesos y medidas, pero de lo que estoy más orgulloso es del título. En turco es «Aceitunas, pan» y lo lógico es que lo hubiéramos titulado «Aceitunas y pan» o al revés, no «Al revés», sino «Pan y aceitunas». Sin embargo, yo pensaba (quizás López Guix también) que quedaba algo flojo y soso, de forma que, anticipándome a la polémica de las reclamaciones que los o algunos panaderos le hicieron a la Sacrosanta Academia del Lenguaje, quise ofrecer este título a la lengua española o castellana para que se creara espontáneamente el refrán «Aceitunas con pan, comida de pobres», pero, curiosamente, hasta ahora no he tenido éxito. «Pan con aceitunas» es, obviamente, lo que uno compra en panaderías moernas y, por ende, de todo menos de pobres.

También le estoy profundamente agradecido al relato porque me permitió disponer de un ejemplo perfecto para la idea que quería desarrollar en el libro de Traducir la ciudad del que hablé hace un par de entradas. Como me dé la ventolera igual lo publico como artículo académico-coñazo, que estoy mu loco.

Les recomiendo que se pasen por la página güeb del relato, para ver si el material les hace la boca agua, pero también que no se queden solo en esa, sino que visiten el proyecto entero, el de la Gran Guerra y el de ¡Hjckrrh! en general porque me parece una idea buenísima y con mucho futuro.

 

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Los penalties del segundo árbitro

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/d/d5/StateLibQld_1_135619_Referee_on_and_off_the_field.jpg/512px-StateLibQld_1_135619_Referee_on_and_off_the_field.jpg

Corríjame usted el enfoque del artículo, y la bibliografía me la pone más actual… Ven acá pacá que te voy a dar yo enfoque…

El otro día leí un chiste y me reí mucho. Dice: entra el segundo réferi en un bar y dice que así no debería estar escrito el chiste. Igual ustedes no se ríen nada, pero es que seguro que no se saben el rollo de los réferis o árbitros o pares y entonces, claro, no tiene gracia.

Han de saber que esto del arbitraje es algo que se aplica a las publicaciones académicas con la idea de que no les cuelen goles (con lo cual deberían ser porteros o guardametas, pero esa es otra historia) y para asegurar la excelencia científica. El sistema funciona como sigue: usted envía un artículo cientifiquísimo —tanto que no lo entiende nadie— a alguna revista que da muchos puntos; en la revista no saben si publicarlo o no porque no lo entienden y lo mismo es una tontería muy gorda que le podrían dar el premio Nobel y escapárseles; ergo se lo remiten a unos señores muy especialistas para que emitan un juicio con fundamento. Esos son los referees en inglés, o réferis o referíes (en Am., nos informa la Academia) o árbitros en lo que hablamos nosotros. También se les llama «pares», no porque sean en número par, lo que complicaría las votaciones, sino como en los Pares de Francia (que no sé si eran nones), supongo, o como con el Cola-Cao, un producto sin par. Esto se debe a que la academia científica es muy democrática y lo mismo es un catedrático jefe de departamento que un contratado doctor o un becario de efepei, todos pares (ojo, irónico).

Hasta aquí la teoría. La práctica es un poco más peliaguda. De entrada, este sistema que parece tan lógico para, qué sé yo, cosas que escriba Sheldon Cooper, no lo es tanto para las Humanidades, creo, porque tampoco es tan indescifrable un artículo sobre el Mío Cid, por ejemplo. Otro día si acaso hablamos de ese lenguaje que nos inventamos los de letras para que no nos entiendan los de ciencias, si quieren, pero ahora no es buen momento. Lo que quiero decir es que cualquier editor de una revista de Humanidades con dos dedos de frente (el editor) es capaz de juzgar si lo que dice un artículo es una sarta de sandeces o no, y la mayoría de las veces no habría que mandarlo a un especialista en esa subdisciplina. Vamos, que si a mí, que soy más bien del ala literario-lingüística, me ponen a opinar de un artículo de Historia, más o menos puedo saber hasta qué punto está diciendo pegoletes o no. Pero como lo hacen los de ciencias y algo tendrá el agua cuando la bendicen, pos hala, tos detrás, culito veo, culito deseo, o, en este caso, referí veo, referí pongo.

Hay que decir también que a los árbitros se les llama así mismo reviewers, uséase “revisores” porque se supone que revisas lo que dice el artículo para ver si se les ha escapado alguna gilipollez o algún gazapo, que no hay quien se libre de la fiebre lapina. Sin embargo, muchas revistas —y hay muchas, muchísimas, sobre todo de paganini, pero no de esas que se pagan para tenerlas y leerlas en el metro, la piscina o, ustedes disimulen, el retrete o excusado, sino que hay que pagar para publicar, es decir, paganini vicevérsico que diría Forges (d.e.p.)— se toman al pie de la letra esto de los revisores y con la excusa de que tienen que leerse los artículos y proponer correcciones o mejoras y aprovechando el hecho de que muchos de los referidos referís, como veremos, son grandemente aficionados a meter las narices en todo y a ser el/la novio/a en la boda y el muerto/a en el entierro —aunque quizá fuera más preciso decir que quieren ser el cura—, les mandan los artículos en un estado manifiestamente deplorable, o dicho de otra forma, prácticamente borradores sin repasar, que, hombre, antes de mandar un artículo de estos uno se mira las normas de publicación y lo envía ya arregladito, con la sana intención de que el réferi en cuestión lo corrija todo y así que se ahorran editores/correctores. Esto lo puedo decir de primera mano, no porque me haya dedicado a mandar artículos con una presentación mierdosa, sino porque yo mismo he sido referí más de una vez y no te dan los artículos a lápiz en papel de cuaderno y con churretes de chorizo de milagro. Por no hablar de la redacción, que eso me da acidez na más que de pensarlo. Y cuando se lo comentas al comité editorial, te dicen: «Pues pon en el informe lo que tenga que corregir y se lo pasamos». No, señor o señora comité, que a mí no me pagan para hacer correcciones de formato ni de estilo. De hecho, a los referís es costumbre no pagarles bajo ningún concepto, con lo que el negocio es bastante fino: tu universidad te obliga a publicar en este tipo de revistas; estas revistas no pagan a nadie —es de suponer que sí a su personal fijo— y cobran a los autores de los artículos; por fin, tu misma universidad paga una pasta para estar abonada a esas revistas. Negocio redondo.

Nuestros referís se resumen en dos, como los mandamientos. Están los que pasan bastante y todo les parece de rechupete a no ser que se encuentren con algún pecado mortal (yo ando más bien entre esta fauna); los intermedios, o verdaderamente motivados y responsables (probablemente boy scoutsguides en vidas anteriores), que se arman de lápiz y entusiasmo y hacen críticas constructivas y comentarios proactivos, muy frecuentes entre mis amigos y escasos entre mis conocidos; y por fin están los otros, el réferi nº 2 o número dos del chiste, o el número tres de otros chascarrillos: el horror, el horror…

Estos árbitros más que de “Actuar o intervenir como árbitro, especialmente en un conflicto entre partes o en una competición deportiva” (en este caso es de suponer que interviene entre el autor del paper y la editorial de la revista) o “desus. Discurrir o formar juicio” (esto parece bastante claro), van de “Proceder libremente, según la propia facultad y arbitrio”, y no olvidemos que arbitrio en  este sentido hay que entenderlo como “Voluntad no gobernada por la razón, sino por el apetito o capricho”. En resumidas cuentas, que estos árbitros o revisores (segundos o terceros) hacen de su capa un sayo y dicen lo que les da la real gana porque sí.

Lo normal es que en la primera revisión te echen para atrás el artículo con argumentos sólidos del tipo “no encuentro nada positivo que decir” (“I couldn’t find anything to praise”, es una cita literal) o “el autor podría dedicar su tiempo a otra actividad, por  ejemplo, la jardinería, en lugar de perpetrar artículos contra nuestra sacrosanta subdisciplina”. Si pasan por el aro de aceptar correcciones, lo habitual es que te digan que corrijas (a) el enfoque del artículo; (b) la teoría en la que te basas; (c) el título; (d) el resumen; (e) el cuerpo del artículo; y (f) la bibliografía (no sé si se me olvida algo). Sé de un caso en el que corregían incluso las citas literales de otros autores, que se ve que eran igual de burros que usted o yo. Luego dicen que cómo empezó la reforma protestante, pues seguro que haciéndole a la Biblia las correcciones propuestas por el árbitro número dos.

Y con tantos dimes y diretes la cosa se va prolongando, y prolongando, y prolongando… De hecho, creo que Colón quiso publicar su artículo Discovering of the Indias by the West en St. Basilio’s Parish Leaflet, una revista intergaláctica con un gran índice de impacto, y empezaron a ponerle pegas los revisores pares: que si no estaba tan claro eso del descubrimiento; que si sacaba unas conclusiones un tanto apresuradas; que por qué no lo había escrito desde un punto de vista postcolonial-feminista; que por qué no lo había escrito desde un punto de vista neorretórico-marxista; que por qué no lo había escrito desde un punto de vista psicolacaniano; que por qué estaba escrito en pergamino y con pluma de ave; que la bibliografía no era de los cinco últimos años; que le cambiara el título por el mucho más adecuado de Marinero de luces; que cambiara el APA por el MLA y el MLA por el Chicago y el Chicago por el Harvard; que, por favor, citara a los autores publicados en la revista y a unos parientes de los (anónimos) réferis —esto lo decía el consejo editorial—. Y para cuando casi lo tenía, un tal Américo Vespuccio va y publica otro artículo titulado Not the Indias but Myself y al pobre Colón se le jodió fastidió el invento.

A mí, sin ir más lejos, me pasó algo parecido. Mandé a una revista un artículo en el que hablaba de la necesidad de seguir leyendo los clásicos de la disciplina —Saussure y parientes mártires no se crean que era nada raro— porque se les puede sacar mucho jugo todavía y empiezan a tardar y a tardar en responderme. Por fin me dicen que un revisor decía que vale, que muy bien y muy bonito todo; que un tercero decía que ni hablar, que menudo churro, que tiraran el artículo a la basura y que luego me sacaran los ojos y me echaran plomo fundido en las cuencas; y el segundo decía que quizá se podría publicar siempre y cuando actualizara la bibliografía y cambiara el título. Me pareció una barbaridad porque la gracia del artículo era utilizar bibliografía anciana, precisamente, así que de haber cambiado eso no me habría quedado más remedio que, efectivamente, cambiar el título porque habría sido otro artículo completamente distinto (que es lo que en el fondo quiere el árbitro número dos). Así que lo envié a una segunda revista que también tardaba, y tardaba… hasta que al final la cerraron y adiós. Al final acabé mandándolo a otra revista internacional, el Boletín de la peña Manolete de Kurtuluş, que me da lo mismos puntos que el Scientific American o la Revista Seria de Cosas Interesantes. Al fin y al cabo solo fue año y medio largo, menos mal que no era un artículo descubriendo la cura del cáncer ni nada parecido.

Pero bueno, en todas partes cuecen habas. Miren si no lo que le pasó al Fúrer Giler y mira que tenía enchufe, les dejo con el vídeo correspondiente (por cierto, ¿entienden ya el chiste del principio?):

 

 

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Traducir la ciudad. Espacios de Estambul en español

Me parece que traducir y dar clases tienen mucho en común: repetimos lo que otros han dicho, pero de otra manera (U. Eco dixit). Al principio te cuesta mucho trabajo disentir o alejarte de lo que has leído, sobre todo si son autoridades de las del principio —de autoridad—, pero después vas cogiendo confianza poco a poco y empiezas a plantearte lo que creías que eran dogmas de fe y a darte cuenta de que con un retoquecillo quedarían bastante mejor. «Para mí que esta frase no se entiende del todo bien, ¿y si pongo en plural el complemento directo?»; «Nadie en su sano juicio dice “como eso” ni “¿quieres que hablemos de ello?”»; «Platón será Platón, pero la manía que le tenía a los poetas era un poco exagerada»; «Claramente la bandera de Andalucía es una imposición del centralismo sevillano porque viene directamente de la del Betis, de la misma forma que la existencia del Sevilla como club de fútbol es una demostración de fuerza del imperialismo capitalista madridista». Bueno, puede que esto último sea una exageración.

Adonde quiero llegar es que a partir de cierto momento se ve que todo lo que has ido acumulando de lecturas y experiencias, aunque estas últimas son más engañosas, empieza a rebosarte por las orejas, a perderse y a mezclarse todo en la mollera febril y es entonces cuando, si das clase, comienzas a soltar cosas raras a los estudiantes y, si traduces, a no tratar de justificarte cada decisión que tomas. Ese es el momento en que empiezas a funcionar como es debido. Reconozco que parece bastante escolástico: leo muchas tesis, las hago un gazpacho con un montón de antítesis y con mogollón de síntesis me sale un churro que ni yo me entero. No obstante, también me parece que es cuando uno empieza a decir algo medianamente original, aunque igual no lo es del todo por aquello de que no hay nada nuevo bajo el sol, etc., etc.

O igual es que estoy un poco influido por esa lógica boy-scout de tebeo de la Marvel de que llega un momento en que, después de pasarte la vida absorbiendo cosas más o menos interesantes –bocadillos de jamón, por ejemplo–, debes reintegrar o aportar algo a la sociedad. Es aproximadamente la lógica de los impuestos, vaya, y me la tomo bastante en serio porque trabajo en una universidad pública y, por lo tanto, en parte mi sueldo sale de mis impuestos como si yo mismo fuera D. Juan Palomo, así que tengo derecho a exigirme.

En suma, que cuando llegas a determinada edad, te parece que puedes decir algo que no sea únicamente repetir, o por lo menos eres capaz de hacer un cóctel con lo que repites de varios. Pero no solo eso, no solo crees que puedes decir algo, sino que además, si trabajas en la universidad, te obligan. ¿Cómo? Simplemente por aquello que en inglés dicen de una forma tan bonita: publica o perece (publish or perish). Si quieres llegar a alguna parte, o, dicho de otra forma, si quieres medrar, no te queda más remedio que publicar. Y puedes hacerlo de varias maneras, sobre todo si es a través de nuestros amados papers, siendo la más práctica, al menos en estudios de traducción, pero también en literatura, la de coger cualquier teoría –digamos la heliocéntrica—, aplicarla a la traducción de un texto cuanto más breve y raro posible, mejor –algún poema dadá— y concluir que o bien la teoría o bien la traducción del poema son un excremento empalado. Para literatura, quiten lo de traducción y dejen lo demás igual. No es mal sistema y da mucho de sí, así que no seré yo quien lo critique. No obstante, no sirve para todo, por ejemplo para escritos largos.

Y el problema es que el sistema académico turco exige –exigía—, entre otros requisitos, tener publicado un libro de investigación para ascender a los cielos de lo que en España era ser adjunto o catedrático. En las correspondientes instrucciones normativas te dejan bien clarito que no sirven manuales ni métodos y que el susodicho libro –uno por escalón— no debe estar basado, casi ni inspirado, en la tesis ni en la tesina. En plata, que si quieres que te paguen más –en caso de ser extranjero, o sea, contratado— o que te paguen más y acceder al ansiado funcionariado –si eres turco— tienes que tener un libro publicado por categoría como mínimo. Se supone, como siempre, que funciona un poco al revés, es decir, si tienes un montón de publicaciones, entre ellas libros de investigación, y miles de actividades, se asume que tienes lo que hay que tener (the right stuff) para ser académico de pro y yastá. Por supuesto, todos nos lo tomamos al revés, cogemos la lista de los requisitos mínimos y empezamos a echar cuentas: diez puntos por dar clases, tres por ir a misa, siete por participar en la procesión del Corpus, dos por ser del Atleti, cuatro por ser editor de la hoja parroquial, dos por artículo en Nature y Science. Te faltan cuatro y medio, así que empiezas a mirar qué te puede dar exactamente eso, no cinco, no, cuatro y medio o dos y dos y medio. No, tampoco dos y tres cuartos, así que no vale la pena ponerse a aprender a tocar la bandurria.

Como decía, una de las condiciones mínimas para Humanidades es tener un libro de investigación. Así que se ha llegado a lo que el vulgo llama “la tesis de doçentlik (lo que antes era ser adjunto y ahora titular)”, que en realidad no es una tesis, pero como hay que hacerlo, pues como si lo fuera. Para escribir el libro famoso también se te abren diversas posibilidades —como encargárselo a un negro o copiarlo— en las que no voy a entrar, sino que voy a hablarles de lo mío porque yo he venido aquí a hablar de mi libro.

Encontrábame en dicha tesitura de querer subir en el escalafón (Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura), así que empecé a darle al magín sobre qué tonterías podría decir que dieran de sí un libro. De haber sido cierto compañero mío, habría pensado en términos de páginas, pero no, yo soy más chulo que un ocho. Por supuesto, empecé con ese tema sobre el que todos pensamos escribir en un primer momento: el universo mundo y el ser humano. Sin embargo, lo encontré un tanto poco preciso y decidí concretarlo algo más.

Así que me puse a pensar –lo cierto es que llevaba un tiempo pensando en estos asuntos y de ahí mis dolores de cabeza— en cómo podía aprovechar lo que soy –igo— y lo que abro y cierro –ogo, pero también libro–. Y ya tenemos los dos o tres padres del cordero porque madre no hay más que una. La fusión o fisión entre mi yo-traductor y mi yo-profesor. Como he estado bastantes años dando clase de teoría de la narrativa (a), de comentario de textos (b) y de redacción más o menos académica (c), se me ocurrió que podía integrar todo en un gran sistema retórico, en general, y en concreto escribir algo sobre cómo en las novelas que he traducido (turcas) se pasa de una idea abstracta del espacio (en la esfera de la intellectio) a unos lugares concretos (un procedimiento de la inventio) que, evidentemente, no significan lo mismo para el lector turco que para el lector español.

El impulso inicial me lo dio la traducción de “Aceitunas con pan” para ¡Hjckrrh!, a la que veo que tengo que dedicarle una entrada como es debido. En el cuento pueden verse tres espacios —en realidad alguno más— que para cualquier estambuleño son altamente significativos, como si en el/la Madrid de hace bastantes años hablaras del barrio de Salamanca y de Vallecas o ahora de Chueca. Que no digo que tengan significados ni parecidos, pero sí que significan algo, unos aquí y otros allí. Como es de suponer, en la mayor parte de estos casos, el lector de la traducción se queda a dos velas. Si el autor es medianamente hábil, lo apaña de forma que cualquiera se haga una idea. Ejemplo, la novela fretziabana Bajrn ux kuhdnb dice en cierto momento: «Busgd se compró un pisito en el barrio de Jgbvlain, lo que sin duda representaba un ascenso social para él» y con eso nos quedamos medianamente contentos. Sin embargo, nos estamos perdiendo algo básico para cualquier lector fretziabano que se precie: que en ese barrio son famosos los caracoles en salsa, que como todos sabemos son gran haram para los musulmanes. Y claro, de eso no nos enteramos en la traducción a no ser que estuviera llena de notas y tuviera una introducción más larga que la novela, con lo cual le daría un infarto al publisher o editor-capitoste.

Mi idea era escribir un libriyo (librillo es de papel de fumar) mucho más amplio de como me salió, con los tres espacios básicos de Paz (Estambul, años cuarenta: la península histórica, el Bósforo y Taksim como parte moderna), algunos de Pamuk, quizás de El libro negro y casi seguro El museo de la inocencia (Estambul, años setenta-ochenta, Nişantaşı, Taksim y Cihangir) y también los de Dos chicas de Estambul (Estambul, años noventa, los centros comerciales y el Beşiktaş de las academias de preparación para la selectividad). Me habría quedado canela, pero no me dio tiempo porque tenía que estar publicado antes del verano del año pasado (2017) porque a principios de este (2018) cambiaban los requisitos para aspirar al catedratilicio cielo (que todavía no me ha oído) y la cosa se volvía bastante más peliaguda. No pudo ser por aquello de vísteme despacio que tengo prisa, así que todo se quedó en los espacios de Paz, que dan bastante de sí, no crean.

También me habría gustado que saliera en turco, que me habría sido bastante más fácil de publicar porque aquí conozco a más gente, pero la colega que me lo iba a traducir al final no pudo (en —gran— parte fue culpa mía porque me salió más difícil y largo de lo que parecía en un principio). Así que me vi en un buen brete porque tenía que publicar ya el mardito libro. Estábamos, si mal no recuerdo, en mayo y si quería entregar mi expediente con tranquilidad, el libro tenía que estar listo, como tarde, en julio. De mis escasos contactos en la madre patria a nadie le importaba un bledo (normal, por otra parte) o me contestaban que, como pronto, saldría cuando las ranas criaran pelo. Mientras investigaba, desesperado, posibilidades de autoedición, me acordé de que Mª Jesús había publicado una versión corta en francés de su tesis —La figure du brigand d’honneur dans la saga de Mèmed le Mince de Yaşar Kemal— en la editorial local The Isis Press. Es una editorial que únicamente publica sobre temas turcos y en lenguas extranjeras —tiene colecciones en inglés, francés, italiano y español— y es bastante prestigiosa en lo suyo. Me puse en contacto con el editor, Sinan Kuneralp, al que le pareció requetebién, le mandé el archivo correspondiente, enseguida me envió las galeradas —que, por supuesto, él no tocó mucho porque estaba todo en español, así que eso de que los errores son míos en este caso es mucho más cierto de lo habitual— y más o menos un mes después ya tenía el libro en las manos. De esa forma pude entregar mi expediente en rectorado, aunque en principio no querían aceptarlo porque soy contratado y no de cuadro y luego me lo perdieron (¡qué casualidad!). Menos mal que lo hice con tiempo.

No fue como me habría gustado, en turco en Turquía y, si no era posible, en español en España, sino en español en Turquía, lo que va a dificultar bastante que sea leído y por lo tanto que se convierta en un súperventas, pero a caballo regalado mejor que te des con un canto en los dientes. Por lo menos ahí está para quien le interese y como parte de mi Summa Translaticia, con la que quiero reivindicar la traducción como forma o parte de la Retórica (todavía no lo tengo muy claro). A ver si hay suerte y me citan mucho aunque sea para mal y así salgo en los famosos índices de impacto y la gente me trata de usted y los gatos dejan de bufarme por las calles. ¡Me sentiría como si fuera talmente don Pantuflo Zapatilla, catedrático de filatelia y numismática!

P.D. Unos detalles sobre Sinan Kuneralp, a quien le estaré eternamente agradecido. Es hijo de Zeki Kuneralp, que fue embajador turco en Madrid entre 1972 y 1979, años moviditos. Fue su último destino antes de jubilarse (creo) y poco después escribió un libro de memorias —Sadece Diplomat/Solo diplomático— en el que hablaba bastante de nuestro país y al que Martínez Montávez le dedicó una conferencia en unas jornadas que se celebraron en la UAM. Los Kuneralp tienen un mal recuerdo de Madrid, por desgracia, porque un comando terrorista armenio atacó el coche de la embajada el dos de junio de 1978 matando a Necla Kuneralp, esposa del embajador y madre de Sinan, a un cuñado de Zeki Kuneralp, el embajador jubilado Beşir Balcıoğlu, y al chófer, Antonio Torres Olmedo.

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