Hogueras de san Juan, quitan libros y no dan pan

A ver, Juanillo, veamos a ver si abrimos un poco de espacio aquí, que no nos caben los chinos de la suerte

Estos últimos días he leído varios artículos gracias a Mariana Eguaras que insisten en una idea temática con la que doy la tabarra remática a quienquiera que se me ponga a tiro. El primero era sobre la destrucción de libros. El artículo en sí era bastante interesante, pero en esta cuestión lo mejor son siempre los comentarios. Aunque aquí no fuera el caso, el personal suele echarse de inmediato las manos a la cabeza en cuanto se les dice que los libros se destruyen. Talmente parece que las editoriales se hubieran convertido en nidos secretos de la federación nazi de estudiantes y hubiesen decidido que gran parte de su catálogo antiguo iba contra el espíritu alemán del fúrer. ¡Pobrecitos libros! ¡Con lo bien que huelen! ¡Con la de bellos recuerdos de antaño que me acuden en tropel cual madalena proustiana en cuanto los acaricio suavemente entre mis manos! ¡Cómo el aroma que dejan en mis manos me recuerda años vividos con ilusión, el aroma del heno fresco recién cortado, etc., etc., incluidos los frescos que no se cortaban entre el heno; en suma, el aroma de mi hogar! Para impedir semejante atropello, ¡henos de Pravia! (© Don Mendo).

Estos son los del tipo uno o 1, que podríamos llamar del tipo romántico-melancólico-llorica-sensible. Lo último porque nunca se habla de la lectura de las letras que contienen los libros, sino de su peso, olor, tacto, apariencia visual, el susurro de las páginas y, en rarísimas ocasiones, sabor. No sé yo si se leerán los libros o los sacan de paseo al parque y los llevan al cine. Luego están los del tipo dos o 2, que son los socio-engagé-utilitarios: ¡Por Dios santo del madero! ¿Nos hemos vuelto locos? Pero, ¿en qué mundo vivimos? (Por si sienten curiosidad por las preguntas, la respuesta a la primera es «los demás sí, yo no» y a la segunda «en este, porque hay otros mundos pero están en este».) ¡Como si no hubiera bibliotecas medio vacías a las que acuden los niños ansiosos de saber y de engancharse gratis a internet! ¿Y los pobres sin techo? ¿Es que no les vendría bien un poco de lectura para olvidar su  triste situación? ¿Por qué no los mandan a países del Tercer Mundo y nos ahorrábamos sueldos del Instituto Manco de Lepanto (qué buen coñac)?

Lo que olvidan ambos tipos de comentaristas es que, exceptuando algunos casos muy puntuales, como los libros cuyos derechos han pasado a otra editorial o los que tienen problemas legales, a las editoriales tanto les da destruir los libros como tirarlos a la basura y que se los lleve cualquiera, como por ejemplo hizo mi hermana con unas autobiografías de Belén Esteban, caso real y auténtico, pero no tanto regalarlos y menos a las bibliotecas, como podrán leer en el artículo correspondiente. Para ellos ―para los publishers― todo es cuestión de pasta, y no de papel. Si el gasto de mantener almacenado el libro en cuestión es superior a las previsiones de ganancias ―y lo es porque está almacenado y no en las librerías―, que lo guarde Rita (la cantaora, famosa porque en su casa tenía mucho sitio). Que esa es otra, toda esa gente que grita, ¡que me los den a mí! ―¿quién decía eso?― parece que vivieran en el castillo de Wındsor, asumiendo que ahí tengan mucho espacio. Seguro que si se los regalan al militar ese inglés que se casó con la secre de la serie de los trajes, no los quieren ni benditos, bueno, benditos igual sí, porque no les cabrían en el pisito, que los recién casados ya se sabe que andan justillos, y más si él es funcionario y ella ama de casa. Desde luego, por lo que a nosotros respecta, cuando nos mudamos a un piso más chico tuvimos que deshacernos de media biblioteca con gran dolor de nuestro corazón, con el cosquilleo que nos producía el polvo que acumulaban.

Pero es que además, otras que no quieren los libros ni benditos son las bibliotecas. ¿Han intentado donar algo a una biblioteca? Pues inténtenlo, ya verán qué risa. No van a perder nada porque no se los van a aceptar, pero les aseguro unos días de turismo por su ciudad biblioteca arriba, biblioteca abajo. Por lo menos harán ejercicio. ¿Y por qué no quieren libros las bibliotecas? Por lo mismo que no los quieren en la estación espacial internacional ―un poner―: porque los libros ocupan sitio y este último no es infinito a no ser que sea en el espacio exterior, donde ya hay cien mujeres rusas. De hecho, las bibliotecas de vez en cuando se quitan de en medio parte del fondo como mejor pueden. Esto me recuerda a una curiosa práctica, anterior a la neumonía vírica, llamada «desconeje». Consistía en que, cuando había demasiados conejos, se permitía cazar unos cuantos aunque fuera la veda. Pues bien, también las bibliotecas tienen que someterse a periódicos desconejes porque los libros se reproducen todavía más que nuestros simpáticos y ahora escasos lapinos y no les caben ―en mi tierra dirían «cogen»― en las estanterías ni en el armario de las fregonas. Piensen que, a más libros, menos estudiantes con apuntes cabrán. Por cierto, ¿hace mucho que no van a una biblioteca? Porque gran parte de la parroquia que las frecuenta son eso, estudiantes con apuntes que no van a sacar libros para leer, precisamente.

Y menos mal que existen las bibiotecas, porque si no aviados estábamos. Les cuento una historieta anecdótica que me ocurrió a mí mismo en persona. Por aquel entonces traducía para Alfaguara y me pasaba por allí en verano a saludar porque estaban razonablemente cerca de casa de mis suegros y me regalaban libros (no olviden que antes vivía en un piso más grande). Me sorprendió mucho ver los poquitos que eran ―luego pude ver que en todas las editoriales grandes son cuatro gatos, los fijos por lo menos― y que si este despacho era Alfaguara, el de más allá era Taurus. Para que se hagan una idea, como si en el pisito de los recién casados de antes pusiéramos una editorial en la cocina y otra en el ofis, si ha lugar. Yo andaba buscando un libro de Taurus publicado en los ochenta muy citado por el mundillo y que no podía encontrar en las librerías ni patrás porque estaba descatalogado, palabra mágica que usaban los libreros para decir que abandonasen toda esperanza quienes aquel libro pidieran. Como soy de natural listillo, me dije: «¿Y si les digo a los de la cocina, que tengo mano, que se lo pidan a los del ofis?» Porque entonces yo era inocente y no conocía esto de la práctica destructora. Mi gozo en un pozo, no solo estaba des-catalogado, sino que todos los que quedaban habían sido des-truidos. Hala, a escupir a la calle.

Y, oigan (ahora es «escuchen»), no se crean que esto de la destrucción masiva se lleva a cabo siglos después de la publicación, no, ni hablar. Como se descuiden, en un par de años tienen a los del cuatrocientos cincuenta y uno grados de Mr. Farenheit (451 no es el número de teléfono, espero) llamándole a la puerta para meterle un mixto a todos los ejemplares que todavía tuviera debajo de colchón de su magnifico ensayo Desconejes y ecología editorial. ¡Ah, amigo! Puede que hace dos años y dos meses fuera un best-seller, pero como no ha sido un long-seller, ahora a comérselo con patatas. Eso es verdad, porque antes exageré una miaja. Según la ley, los del farenheit no van a casa del autor con las juventudes hitlerianas, sino que le avisan ―en teoría― por si quiere los que quedan, gratuitamente pero sin que pueda venderlos. Por supuesto, vaya usted a buscarlos. En fin, por lo menos así podrá regalarlos. Y cualquiera sabe, miren si no al señor de Almería que regaló un libro. Pero seguro que ya tenía detrás a los de los cerillos echando humo.

Como les decía, todo es problema de espacio y pasta, porque el papel se recicla para más libros que vuelvan a ocupar el espacio que dejaron los que se van y así sucesivamente. Miren si no cómo los libros electrónicos no los borran, o eso espero, que cualquiera sabe.

En el fondo, y en la superficie también, no se vayan a creer, todo se debe a que en España se publican libros a tutiplén y a ningún publisher le importa si existen lectores o no —que no, o no en cantidad suficiente— porque tienen unos sistemas de comercialización que parecen un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma. Y si no, busquen en el gúgel a ver en qué consiste colocar los libros y me lo cuentan. Pero bueno, creo que esto da para otra entrada, que así tengo más material y no me canso.

Ya verás como te dé con la cultura en la cabeza. Tanto libro, tanto libro, ¡qué hartura, Madre del amor hermoso!

 

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Alístate y te harás hombre

Alístate y verás mundo, decían. Ya me avisaba mi abuelita de que no tenía edad para esto

Últimamente (cuando digo últimamente por lo general me refiero a los últimos treinta años o, como poco, al desplome de la Unión Soviética o URSS, aunque los Beatles lo decían al revés, USSR, vete tú a saber por qué), últimamente, decía, no hago más que ver la etiqueta «young adult» por aquí y por allá, e incluso por acullá, aplicada a determinado (sub-) género de novelas.

De entrada me mosquea el hecho de que sean dos adjetivos juntos y que con el repajolero inglés no sepa uno cuál va primero, o sea, cuál funciona como sustantivo. ¿Es un adulto joven, úsease no maduro para que se lo coma alguien cronológicamente hablando (vid. Mafalda)? Porque ahora no está muy claro eso de ser joven, y menos según vas entrando en la edad provecta. Antes había formas muy fáciles de calcular la adultez juvenil, que era en cuanto entrabas en quintas. Igual era al revés, que entrabas en quintas cuando llegabas a la adultez, pero a nosotros nos da igual para el argumento, total, es por discutir. La cosa era que con dieciocho años ya se te consideraba mayor de edad, pero todavía no eras un hombre porque no habías hecho el servicio militar: a eso se le llamaba «mozo», palabra que podría sustituir perfectamente a la tontuna del «young adult» si lo entendemos en ese sentido. Para las mujeres era todo mucho más confuso desde que quitaron el servicio social ―que yo no llegué a conocer, no se crean que soy tan viejo― y además no sé si las llamaban «mozas». Teniendo en cuenta que el número quince era «la niña bonita», es decir, que con quince años todavía era niña mientras que sus compañeros varones entrarían ya ―lo sé por experiencia personal― en la clasificación de «cretinos», igual sí que a los dieciocho años les daban el carnet de moza. Lo que sí sé seguro era que las adultas jóvenes de mi entorno no tenían que pedir prórroga ni hacerse un pasaporte todos los años.

La otra posibilidad es que se trate de un «joven adulto». Esto es mucho más subjetivo porque se refiere a la adultez mental, ahora sí la madurez, es decir a esos muchachitos prematuramente viejunos que en lugar de ir por ahí pegándose cantazos con los demás mozos ―era un rito de paso para acostumbrarte a sufrir descalabros― o jugando al fútbol como en El rey Lear ―para ir preparando tu espíritu patriótico—, preferían hacer calceta sentaditos a la mesa camilla ―como Fernando VII, por ejemplo― u otras actividades inútiles y parasitarias como la lectura (de libros o, aún peor, de novelas, porque, evidentemente, solo puedo darle el nombre de «libros» a los provechosos, como el catecismo o el manual de cocina de la sección femenina). Claramente, a estos jóvenes cabría llamarlos «adultos» en su acepción de ―y a la RAE me remito― «ser vivo», llegado a «la plenitud de crecimiento» (¡Qué crecidito está el niño! ¡Y cuánto lee!), o «a cierto grado de perfección» (pongamos noventa grados), porque la de «que posee plena capacidad reproductora» no nos sirve de mucho si hablamos de literatura, a no ser que el mozo en cuestión se dedique a reproducir y compartir libros en pdf u otros formatos.

En cualquier caso, fue un tema que abordamos muy ligera y tangencialmente (me gusta mucho esto de no poner «-mente» en la primera palabra y en la segunda sí, aunque me temo que no es muy normativo) en una charla terturial entre amigos. No sé a cuento de qué surgió la cuestión de si los mozuelos leían más o menos y qué leían. Como pueden ver, estábamos bastante aburridos y cuando el diablo se aburre, con el rabo mata moscas. Tampoco me acuerdo de cómo, le indiqué a mi amigo Pepe que él, con quince o dieciséis años, es decir, con la edad del «niño feíto» (porque ninguno de nosotros hemos sido nunca precisamente «bonitos»), se tragaba lo mismo a Proust que a Joyce, por no hablar de Kafka o Dylan Thomas, por los extranjeros, y lo mismo a Quevedo que a Clarín o Lorca por los nacionales. Y estamos hablando de antes de ser mozo siquiera. Dicho de otro modo, antes de que se inventaran lo de literatura «young adult» lo que leía un «young adult» o «adult young» era literatura. De hecho, estoy convencido de que para leerte plomos como Dostoyevski, o eres joven o no lo lees (porque tienes mejores cosas que hacer). ¿A quién que haya hecho la mili se le ocurre cargarse a una vieja más o menos porque sí? ¿Y luego te arrepientes, capullito de alhelí? Pos claro…

Y aquí conviene hacer otra precisión. Como uno es un intelestuás y se mueve en círculos muy leídos y escribidos, en cuanto dices que te gusta algún clásico que no esté de moda como, un poner, Corín Tellado, rápidamente alguien te suelta que eso no es literatura. Y aquí viene mi precisión: sí que es literatura, sí, pero mala. Es decir, de la misma forma que hay malas películas y que yo pinto mal, o que está mal no ceder el asiento en el metro a las jóvenes trabajadoras, también hay literatura buena o mala. Quitarte de un plumazo todo lo que no te gusta diciendo «Esto no es literatura» me recuerda ciertas prácticas muy desagradables. ¿Que no te gusta? Bueno, puedo aceptar que sea «mala», pero no que no sea.

Como habrán podido apreciar si han leído alguna entrada anterior, a mí siempre me gustó lo que en tiempos se llamaba «literatura juvenil», sin adulteces ni tonterías. No toda, claro. Han de tener en cuenta que cuando yo leía literatura juvenil no se había inventado todavía lo de la igualdad de géneros y a mí solo de pensar en leer libros de Enid Blyton —una clásica del género, literario— me daba una alferecía o el sarampión menudito, aunque esto último da más cuando hace calor y sudas mucho. Había sobre todo unos libros de un colegio que se llamaba Torres de Malory que las pobres niñas nunca acababan los estudios, oyes, que si primer curso en Torres de Malory, que si segundo, que si tercero, al final nunca llegaban al COU, yo creo que porque no estudiaban y tenían que repetir, pero no lo sé porque no me leí los libros, entre otras razones porque me parecía masoquista estar tú estudiando y leer novelas de gente que está estudiando, a no ser que te alegres de que suspendan y repitan, que esa es otra. A mí me gustaban más las novelas de Salgari, todas llenas de piratas, sea en los mares de la Malasia o en el Caribe, en los del sur o en los del norte, este u oeste. Estranguladores por aquí y por allá, a la derecha un tigre, a la izquierda un inglés, o un indio occidental u oriental o un sarraceno, y los protagonistas mata que mata, pero no sin razón, que siempre era posible encontrar alguna, como que el tigre en cuestión le había mirado mal. Pues bien, en mi vida se me ocurririría llamar a eso «literatura para adultos» por muy jóvenes que sean, ni a dar la tabarra con que eso sí que es literatura de la buena.

Esta literatura «young adult» de hogaño se parece sospechosamente a lo que yo leía entonces. Quiero decir que no me parece que sea… no sé, La Eneida en latín, por ejemplo. Vamos, que no quiero decir que sea literatura pestosa, pero que tampoco está orientada a lectores muy estrictos ni exigentes en eso del arte retórico-poético. La diferencia más grande que veo entre Sandokán y cualquier novela joven y adulta es que esta última siempre es una distopía ciencia-cientificosa o de anticipación mala follá (si no, sería una utopía), mientras que Sandokán vivía en una entropía colonial-imperialista y, como decía Savater, era el padre del capitán Nemo. Supongo, no lo sé seguro porque Julio Verne, a pesar de mi padre, siempre me resultó bastante plasta exceptuando algunas novelas como, gracias a mi madre, Las Indias negras. A lo que íbamos. El adolescente que yo era estaba (si vieran mis estudiantes ese «era estaba», me mataban) claramente sediento de aventuras sanguinarias y había llegado a la conclusión de que, mejor que estudiar física o ingenería —requisito para ser astronauta—, era hacerse pirata y saquear un par de barcos. El joven de ahora, en cambio, lo ve todo bastante más negro con la crisis y aspira a matar a todo el mundo para quedar él y a los demás que les den morcilla. Ella en el caso de Los juegos del hambre.

Y esta es otra diferencia: los roles de género como constructo cultural holístico y los modos de producción de poder. En mi literatura (mala) non-adult, las mujeres (o mozas, quizá) no pintaban mucho más que meterse en líos. Bueno, también eran hijas de alguien, o amadas del bueno, al que embobaban innecesariamente, pero adolecían de cierta pavisosez. En cambio, ahora no hay quien les tosa, lo que me parece muy bien, que para matar al vecino no te hace falta ser una cosa ni otra. La presencia femenina en la literatura jovenesca adulta tiene también la ventaja de que puede haber sexo si se tercia. Con Sandokán y demás compañeros mártires todo era de un platónico y un relamido que espantaba —no es de extrañar que los adolescentes odiáramos las escenas románticas— y así pasaba lo que pasaba. Miren si no La Regenta, que va el gachó y le da un toquecito con el pie y ella se desmaya de la emoción y lo siguiente que sabemos es que andan como locos retozando por los pajares. Del toquecito en el pie al polvo y al lodo y al fango, ¡qué represión, madre mía! Sin embargo, ahora todo es más natural; dentro de lo que cabe en una distopía horrorosa, naturalmente.

Observarán ustedes que aunque hablo de young adult y ahora de romanticismo no menciono a los vampiritos enamorados e incomprendidos. Dejémoslo así que no estoy de humor.

Otra de las grandes diferencias con la literatura juvenil de aventuras (pues eso es) de antaño es que ahora todo son trilogías. Trilogías de las que, curiosamente, se sacan cuatro películas. ¿Y por qué no seis o nueve? Pues no, cuatro, para fastidiarte las cuentas. De hecho, ¿por qué trilogías? ¿Son ahora los libros más chicos o la letra más grande? Sandokanes había tropecientos, y otros tantos corsarios de colores, pero no recuerdo trilogías en sí. Igual es por aquello de la presentación-nudo-desenlace, pero no lo tengo demasiado claro tampoco. La verdad es que los juegos del apetito podían haberse quedado en una única novela (en el fondo, eso es un elogio) y las de la de convergente-detergente, pues no lo sé porque me harté y dejé de leerlas, por no decir el tío del laberinto. Pero, eso sí, ahora hay trilogías hasta en la sopa: The Soup Eater 1) Menudillos, 2) Letras, 3) Cocido. Igual es que ha tenido éxito internacional una política que se seguía aquí en España: cuando el libro era un bestsellerazo y gordo que no veas, pues se partía en tres y se iba sacando poco a poco para que a los enganchados les diera el mono. Véase esa obra de arte que es el Criptonomicón, que nunca me atrevería a calificar de young adult aunque perfectamente pueden leerla jóvenes y adultos, como si fuera un Tintín, de siete a setenta y siete años.

Pero tampoco calificaría yo al Criptonomicón de alta literatura sublime. Así que quienes pretenden convencerme de que Crepúsculo es comparable a, sin ir más lejos, La Regenta, no lo van a conseguir. Insisto, literatura sí que lo es, como las novelas de Corín Tellado o las de Marcial Lafuente Estefanía, que no eran precisamente buenas. Entonces, ¿por qué hay adults por muy young que sean que se las leen con tanto entusiasmo? Pues se me ocurren varias posibilidades. La primera es que no sean adultos sino quinceañeros y, de paso, sus hermanos mayores y padres. Eso no está mal, pero entonces que lo llamen literatura juvenil de todas todas. La segunda es que los que se han leído libros bestiajos de chicos, como yo, han crecido y ya son adults mayorcitos y, como dice mi cuñado, quien nació lechón morirá cochino. O igual es porque los que crecieron leyendo el lobito bueno y el tigre generoso en lugar de las barbaridades de Mowgli (el de los libros, no el petardo, más Sabú que Disney), se han hartado y reclaman su porción de sangre.

Uniforme_de_los_Tercios_en_el_siglo_XVII

—¿Que se ha puesto de moda la canción del legionario? ¡No me forniques! —Como lo oyes, ya me gustaría verlos en Flandes. —O con Flanders.

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La buena, la fea, la mala y el original

El hombre y el mono, cuanto más feo, más hermoso. Y más original, oiga

Un par de comentarios leídos en las redes sociales me han llamado la atención. En realidad han sido bastantes más ―como por ejemplo el interesantísimo caso del perro que observaba fijamente un teléfono móvil sin dar crédito a sus ojos―, pero voy a hablar únicamente de estos dos porque tratan de traducción, tienen que ver con asuntos que repito más que el pepino y, en última instancia, porque me da la gana, si a ustedes no les importa.

El primero era de una compañera que protestaba de algo que ignoro pero que estaba claramente relacionado con ciertos comentarios exagerados sobre el oficio de traducir, o bien, pero posiblemente tam-bién, con la traducción como proceso o producto. Como podrán intuir, escribo esto desde un aula, gracias a que mis estudiantes han tenido a bien enviarme un guásap informándome de que llegarán una miaja tarde, más exactamente un miajón. Por eso es posible que se me escape alguna palabra rara como epistemológico o heurístico, pero no me hagan caso. Por lo menos empleo la palabra «aula» como es debido y no como sinónimo perpetuo de «clase», como la gente que dice «el uso de tareas lúdicas en el aula de matemáticas», que cuando lo oigo me pone malo.

A lo que íbamos. Han de saber que esto de traducir libros de literatura literaria te imbuye de un espíritu un tanto lírico que te lleva a elevar tu discurso todo lo que den de sí las musas; además, tiendes a darle una pátina de hermetismo gnóstico al oficio, así como a subrayar sus dificultades. Esto de parecer recién salidos de Nueva Necrópolis se debe a un único motivo ya tratado previamente: que acabas hasta la coronilla de que te tomen por el pito del sereno, en dos sentidos fundamentales: (me gusta esto de los dos puntos después o dentro de otros dos puntos)

(a) Que el personal piense y, si lo hace, crea, que traducir es todo cuestión de agarrarte un buen diccionario y adiós, o, todavía peor y como decía Larra, que un buen traductor puede y debe prescindir de diccionarios, como aquel de Kundera que, sin saber checo, traducía con el corazón. En suma, que haces lo mismo que el Gúguel Transleitor o que sabiendo el idioma no te hace falta nada más. A esto nosotros oponemos el argumento de que traducir es como un parto mejorado (® Quevedo) y que cuesta más que yo qué sé qué y que necesitas tener más arte que Curro Romero a riesgo de que te salga un churro. O sea, que para que la traducción te quede bien, primero tienes que entrar en un trance que para sí lo quisiera un maestro zen de los del i ching y la túnica azafrán de esos que no tienen un pelo de tontos.

(b) Que el personal opine que lo mismo es traducirte un certificado de estudios que, qué sé yo, el Cantar de los Cantares, porque al fin y al cabo traducir es traducir y hay que hacerlo motamot porque si no te estás saltando la mitad y no vale y si no, pues entonces es un jeringo, que ya hemos usado la palabra churro. Y entonces nosotros contestamos que no es lo mismo, no, que hay cosas que es mejor traducir para que quede bonito y que por mucho que en español exclamemos con épica nobleza castellana y ansia altiva de grandes hechos: “¡Defeco en la leche, otra vez me han dejado la mesa manga por hombro!”, es más que probable que una traducción literal a las lenguas de nuestro entorno o más allá no produzca el efecto artístico pretendido. Y entonces empezamos a hablar de la cultura y los puentes y los violinistas.

Lo malo es que tampoco es tan difícil, la verdad. Aunque a veces te atranques, otras coges el piloto automático y te pones a traducir como una máquina y te queda de rebién que tú mismo te quedas boquiabierto en onanista admiración. Otras, en cambio, no das pie con bola por muy fácil que parezca y la traducción te queda como para usarla en un foro de esos donde se comenta lo mal traducidos que están los títulos de las pelis —delito en el que no suelen participar los traductores—. Lo que quiero decir es que, como con todo, te hace falta saber y aprender lo que no sabes, pero también un pelín de talento porque si no mejor te dedicas a los certificados de estudios y encima ganarás bastante más.

Porque, ¿en qué consiste una buena traducción y cómo se diferencia de una mala? Pues miren, se me ocurren los tres criterios que proponía el Sr. García Yebra: Decir todo lo que dice el original; no decir nada que el original no diga; y hacerlo con gracia y salero para que quede bonito. Hasta aquí todo muy bien. Pero entonces llega el tipo ese del que hablaba Mª Teresa Gallego al que le cabreaba que ella tradujera «Il le visita» por «Fue a verlo» porque se había comido la visita y se ve que el hombre ya había preparado el té y las pastas y lo de ir a verlo le supo a poco. O sea, que lo de decirlo todo, todo, todo, regular, que a veces es mejor saltarse la visita. Y no digamos ya lo de decir lo que el original no dice, que hay cada uno que se dispara y no hay quien lo pare, que sé yo de gente que te pillan el Quijote y empezarían:

En un lugar de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme porque no me da la gana, pero que me parece que es Motilla del Palancar, que una vez pasamos con el coche y nos tomamos un pisto que no te menees y luego un queso para reventar, hace bastante vivía un señorito de tronío y olé…

Y así podríamos seguir, pero me canso. En cuanto a lo de hacerlo con mayor o menor gracia —o corrección y naturalidad—, depende bastante del duende de uno, pero desde el punto de vista del lector y el publisher medio aquí nos topamos con la iglesia de la mardita fluidez, y ahora defeco en la mar océana. Llegamos al punto verdaderamente crucial: el criterio más importante a la hora de juzgar una traducción como buena es que sea bonita, como ya decían los franceses, aunque tampoco es necesario que sea infiel. Como sea fea, por más feo que pegarle a un padre que sea el original, mejor que te busques otro oficio.

En el fondo, y sobre todo si traduces de lenguas que no sabe nadie, al lector le importan un comino, un pimiento y un pepino cómo sea el original. Él lo que quiere es quirrarse leyendo en español y lo demás le da igual. Ya lo decía el amigo Lefevere, para el lector de la traducción, la traducción es el original, y eso tiene mucha miga. Para el lector español el texto turco siempre dirá «guachi, guachi, guachi» y si lo traduces por «con la cara lavada y recién peiná», le va a parecer la mar de horroroso (ergo mala traducción), mientras que si traduces «en tanto que de rosa y de azucena se muestra la color en vuestro gesto» alucina en colores y le entra un tembleque que la gente del metro se le va a quedar mirando (buena traducción).

El otro comentario que he visto en las redes sociales fue uno de Celia Filipetto, a quien le sorprendía haber encontrado el enunciado sintagmático «el autor original», como si hubiera un autor que no lo fuera. Legalmente los hay, por supuesto, y los mismos traductores lo somos. Autores de obra derivada, si no me equivoco, y, por lo tanto, autores derivados. Y esta es otra cuestión que a los traductores nos sienta como un cabezazo en la barriga o una coz en las gónadas. Resulta que a cualquier perro pichichi que derive una obra todo el mundo le ríe las gracias. le reconoce como autor y nadie se acuerda ya del autor original. ¿O es que alguien se acuerda del autor original de las Variaciones Goldberg de Glenn Gould, o de las Sinfonías del Karajan, o del Señor de los Anillos de Peter Jakson, o del Drácula del Coppola? Y en algunas cambian lo que les da la gana, además, que el Drácula pasa de ser la encarnación del mal a un pobretico enamorao al que la gente no comprende, que desde luego menuda decepción, como si a la niña del Exorcista me la sacan con la Julie Andrews en plan Sonrisas y lágrimas… A mí me gustaba el Drácula de siempre, más malo que un rajón y que permitía que en congresos diversos se hicieran ponencias diciendo que sale la Santísima Trinidad porque Van Helsing es como Dios padre y Quincey Morris como Jesucristo (el Espíritu Santo debe de ser alguno de los murciélagos, y de los demás personajes, si te he visto no me acuerdo), o que es una muestra del imperialismo europeo como lo prueba el que la gachí se llame Mina, diminutivo de Guillermina, clara alusión al Káiser, y el «malo» (entre comillas) sea un emigrante del levante oriental. Ambos ejemplos son verdaderos como puños y no me dirán que no tienen gracia.

Bueno, al grano, pues eso no pasa con los traductores de libros, que nadie se acuerda del derivado y sí del original, por muy petardo que sea. Y en esto se me viene a las mientes una de las grandes decepciones que sufrí de adulto. Resulta que como siempre he sido un gran amante de la alta literatura, tanto epopéyica como lírica, de adolescente me gustaban una jartá las novelas de Tarzán (sí, sí, las novelas), que andaban por casa en edición del año de los tiros mengues en traducción de Emilio Martínez Amador, de quien no se acuerda nadie. ¡Madre mía, qué cosa más bonita y más artística! ¡Qué traducción más buena (más buena=mejor)! Pues bien, en un momento crucial de mi vida —estaba en la playa y no sabía qué leer—, decidí leerme el original del autor original en la lengua original. ¡Qué decepción! ¡Qué poco arte y qué falta de duende (no tiene nada de extraño)! ¡Qué mal fluía aquello! En suma, ¡qué original más malo de una traducción más buena! Y, para que vean ustedes, tooodo quisqui se acuerda del autor original, sí, ese mismo, que lo tengo en la punta de la lengua, ¿no fue nadador olímpico? Ah, que ese no era, ¿seguro?

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Aceitunas con pan/Zeytin Ekmek

Ay, ay, ay, pero qué cabeza la mía. ¿Pues no se me había olvidado hablar de una de las experiencias traductoriles más curiosas/interesantes que he tenido? Desde luego… Cría cuervos… Si hasta me entrevistaron desde la China y si mal no recuerdo incluso me pagaron por la entrevista. Tengo que confesar que no me entrevistaron por ser vos quien sois, traductor infinito, sino que era parte de un proyecto, tesis o similar, que nos entrevistaba a todos los que habíamos participado en el invento.

¿Y cuál era el invento? Pues érase una vez un dulce niño llamado Juan Gabriel López Guix (supongo que en cierto momento de su vida fue un dulce niño) que se juntó con unos coleguillas y colegas y junticos crearon el ente llamado ¡Hjckrrh! («Jáquer» o «Hácker» para amigos y conocidos), una editorial güeb o como quieran llamarlo, con la intención de traducir y publicar textos que fueran de dominio público —a eso tendríamos que dedicarle otra entrada, aunque evitando polémicas—, venderlos en la línea —incluso en La Línea— y enriquecer prudentemente a los traductores implicados evitando intermediarios.

Mi relación con Juan Gabriel, pero no de las de casarse, de las de mutuo aprecio sin más, se inició gracias a un profundo agradecimiento por mi parte por haberme mencionado sin ponerme verde, él y su compañera Pilar Orero, en un artículo en el que creaban el término «pentecostismo», que aplícase a los críticos literarios, preferiblemente de prensa, que parecen poseer el don de lenguas pues leyendo la traducción son capaces de opinar sobre la lengua del original. El artículo debo de tenerlo en fotocopias en alguna carpeta —eran otros tiempos— pero como no me voy a poner a buscarlo, les dejo un enlace a un Trujamán con los ejemplos que usaban (por lo menos López Guix).

Más tarde nos e-milieamos, no me acuerdo de quién disparó primero, porque me propuso que escribiera un artículo sobre la literatura turca traducida en español para la revista de historia de la traducción 1611. Era un tema sobre el que ya había hecho un par de cosas, pero parece que tenía cierto gancho, así que me subí al carro. 1611 es una revista en (la) línea y de acceso abierto y era mi primera experiencia con este tipo de publicaciones. Estas cosas se agradecen en un mundillo en el que muchos académicos se aferran al papel como a un clavo ardiendo, o caen de hinojos ante él como ante una zarza ardiente, o simplemente lo idolatran porque el olor del papel viejo y mohoso nunca se podrá comparar al de los píxeles de una pantalla y bla, bla, bla —los píxeles no huelen a nada—, sobre todo si la revista en cuestión se coloca en un estante para que haga bulto y nadie la lea. Ejem, disculpen, que me enciendo como el clavo y la zarza (-mora, que a todas horas…).

Y por fin llegamos a «Aceitunas con pan», aunque esté publicado como Aceitunas con pan. La idea de López Guix era publicar en Hácker —no me obliguen a mirar cómo se escribe, plis— una colección de relatos de distintos países sobre la Primera Guerra Mundial o Gran Guerra, simplemente. Como además se quería que fueran autores de dominio público —es decir, que hubieran pasado a mejor fiambre hace setenta años o más, menos en España que son ochenta si se alargó la pierna antes de 1986 u 1987, no me acuerdo— eso limitaba bastante las posibilidades de autores turcos, que, además y como veo que le comenté en algún mensaje, solían ser más dados a escribir sobre la Guerra de Liberación, inmediatamente posterior a la otra y que encima ganaron.

Ajá, pero el astuto López Guix había encontrado este Zeytin Ekmek de Ömer Seyfettin que, aunque no hablaba estrictamente de la guerra, sí lo hacía de sus consecuencias, y su autor cumplía con las condiciones requeridas. Antes de leerme el cuento yo tenía mis dudas, porque Ömer Seyfettin (a quien no le dio tiempo a tener apellido) es cosa seria en Turquía. Aquí se le considera el padre de la narrativa turca contemporánea y el gran pionero del turco moderno, así que, como además escribía cuentos/relatos, es lectura obligada en todos los colegios, logrando que muchas generaciones de niños turcos hayan sufrido pesadillas durante años, no porque sus cuentos sean malos, sino todo lo contrario. Lo que pasa es que nuestro autor también era un nacionalista de tomo y lomo y tiene algunos cuentos de un truculento que te pone los pelos de punta, y más si piensas que se los hacen leer a pobres tiernos infantitos que pasan prácticamente de un semestre a otro de la nube rosa y el lagarto risueño a la Gloria Fuertes al mártir decapitado o a la gente a la que casi matan a palos sometiéndolos a la falaka, falanga o bastinado, castigo antiguamente (o eso espero) muy popular por esta geografía consistente en zurrarte con una vara en las plantas de los pies y que no es cosa de risa. Yo ya había propuesto traducir algunos cuentos suyos para los talleres de TEDA y por el mismo motivo de que eran de derecho público, pero la sensibilidad comprensible y herida de algunos compañeros nos hizo decidirnos por autores menos peliagudos.

No obstante, junto a sus relatos sanguinarios, belicistas y, ¿por qué no decirlo?, racistas, Ömer Seyfettin tiene otros preciosos, muy delicados y francamente bonitos, además de que, como buen pionero del realismo turco que era, reflejan muy bien la época en que vivió, o las épocas. Y Aceitunas con pan es uno de ellos, lo que me sorprendió muy agradablemente. López Guix se encargó de la edición y me permitió que le escribiera una pequeña introducción para que el lector hispano pudiera situarse un poco. Creo que nos quedó precioso, sobre todo con ese detalle del cuadro de la cubierta, de Osman Hamdi Bey, un arqueólogo y pintor orientalista otomano, que no sé por qué siempre resulta muy curioso eso de un otomano pintor orientalista cuando tampoco es para tanto.

En cuanto a la traducción, no fue particularmente complicada porque, como digo, Ömer Seyfettin es el gran pionero de la sencillez del turco contemporáneo, pero sí tuvo algunos detalles interesantes. Como la de vueltas mentales que le dí a la ventana de la casa de la protagonista porque no acababa de hacerme una idea de lo que podía verse desde la calle y así tendría que traducir de una forma u otra palabras que en turco significan únicamente «cobertor» o «revestimiento». O que pude usar la expresión «camino de fieltro» porque solo hacía unos meses nuestra amiga Inci Kut nos había pedido que le buscáramos un camino de mesa, invento absolutamente inútil cuya existencia conocía, pero que no tenía ni pajolera idea de que tuviera un nombre específico, habiéndolo llamado en mi inocencia hasta ese momento «el trapillo ese» o, si tenía el día bueno, «pañito». Hubo más cosas, como la cuestión de pesos y medidas, pero de lo que estoy más orgulloso es del título. En turco es «Aceitunas, pan» y lo lógico es que lo hubiéramos titulado «Aceitunas y pan» o al revés, no «Al revés», sino «Pan y aceitunas». Sin embargo, yo pensaba (quizás López Guix también) que quedaba algo flojo y soso, de forma que, anticipándome a la polémica de las reclamaciones que los o algunos panaderos le hicieron a la Sacrosanta Academia del Lenguaje, quise ofrecer este título a la lengua española o castellana para que se creara espontáneamente el refrán «Aceitunas con pan, comida de pobres», pero, curiosamente, hasta ahora no he tenido éxito. «Pan con aceitunas» es, obviamente, lo que uno compra en panaderías moernas y, por ende, de todo menos de pobres.

También le estoy profundamente agradecido al relato porque me permitió disponer de un ejemplo perfecto para la idea que quería desarrollar en el libro de Traducir la ciudad del que hablé hace un par de entradas. Como me dé la ventolera igual lo publico como artículo académico-coñazo, que estoy mu loco.

Les recomiendo que se pasen por la página güeb del relato, para ver si el material les hace la boca agua, pero también que no se queden solo en esa, sino que visiten el proyecto entero, el de la Gran Guerra y el de ¡Hjckrrh! en general porque me parece una idea buenísima y con mucho futuro.

 

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Los penalties del segundo árbitro

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/d/d5/StateLibQld_1_135619_Referee_on_and_off_the_field.jpg/512px-StateLibQld_1_135619_Referee_on_and_off_the_field.jpg

Corríjame usted el enfoque del artículo, y la bibliografía me la pone más actual… Ven acá pacá que te voy a dar yo enfoque…

El otro día leí un chiste y me reí mucho. Dice: entra el segundo réferi en un bar y dice que así no debería estar escrito el chiste. Igual ustedes no se ríen nada, pero es que seguro que no se saben el rollo de los réferis o árbitros o pares y entonces, claro, no tiene gracia.

Han de saber que esto del arbitraje es algo que se aplica a las publicaciones académicas con la idea de que no les cuelen goles (con lo cual deberían ser porteros o guardametas, pero esa es otra historia) y para asegurar la excelencia científica. El sistema funciona como sigue: usted envía un artículo cientifiquísimo —tanto que no lo entiende nadie— a alguna revista que da muchos puntos; en la revista no saben si publicarlo o no porque no lo entienden y lo mismo es una tontería muy gorda que le podrían dar el premio Nobel y escapárseles; ergo se lo remiten a unos señores muy especialistas para que emitan un juicio con fundamento. Esos son los referees en inglés, o réferis o referíes (en Am., nos informa la Academia) o árbitros en lo que hablamos nosotros. También se les llama «pares», no porque sean en número par, lo que complicaría las votaciones, sino como en los Pares de Francia (que no sé si eran nones), supongo, o como con el Cola-Cao, un producto sin par. Esto se debe a que la academia científica es muy democrática y lo mismo es un catedrático jefe de departamento que un contratado doctor o un becario de efepei, todos pares (ojo, irónico).

Hasta aquí la teoría. La práctica es un poco más peliaguda. De entrada, este sistema que parece tan lógico para, qué sé yo, cosas que escriba Sheldon Cooper, no lo es tanto para las Humanidades, creo, porque tampoco es tan indescifrable un artículo sobre el Mío Cid, por ejemplo. Otro día si acaso hablamos de ese lenguaje que nos inventamos los de letras para que no nos entiendan los de ciencias, si quieren, pero ahora no es buen momento. Lo que quiero decir es que cualquier editor de una revista de Humanidades con dos dedos de frente (el editor) es capaz de juzgar si lo que dice un artículo es una sarta de sandeces o no, y la mayoría de las veces no habría que mandarlo a un especialista en esa subdisciplina. Vamos, que si a mí, que soy más bien del ala literario-lingüística, me ponen a opinar de un artículo de Historia, más o menos puedo saber hasta qué punto está diciendo pegoletes o no. Pero como lo hacen los de ciencias y algo tendrá el agua cuando la bendicen, pos hala, tos detrás, culito veo, culito deseo, o, en este caso, referí veo, referí pongo.

Hay que decir también que a los árbitros se les llama así mismo reviewers, uséase “revisores” porque se supone que revisas lo que dice el artículo para ver si se les ha escapado alguna gilipollez o algún gazapo, que no hay quien se libre de la fiebre lapina. Sin embargo, muchas revistas —y hay muchas, muchísimas, sobre todo de paganini, pero no de esas que se pagan para tenerlas y leerlas en el metro, la piscina o, ustedes disimulen, el retrete o excusado, sino que hay que pagar para publicar, es decir, paganini vicevérsico que diría Forges (d.e.p.)— se toman al pie de la letra esto de los revisores y con la excusa de que tienen que leerse los artículos y proponer correcciones o mejoras y aprovechando el hecho de que muchos de los referidos referís, como veremos, son grandemente aficionados a meter las narices en todo y a ser el/la novio/a en la boda y el muerto/a en el entierro —aunque quizá fuera más preciso decir que quieren ser el cura—, les mandan los artículos en un estado manifiestamente deplorable, o dicho de otra forma, prácticamente borradores sin repasar, que, hombre, antes de mandar un artículo de estos uno se mira las normas de publicación y lo envía ya arregladito, con la sana intención de que el réferi en cuestión lo corrija todo y así que se ahorran editores/correctores. Esto lo puedo decir de primera mano, no porque me haya dedicado a mandar artículos con una presentación mierdosa, sino porque yo mismo he sido referí más de una vez y no te dan los artículos a lápiz en papel de cuaderno y con churretes de chorizo de milagro. Por no hablar de la redacción, que eso me da acidez na más que de pensarlo. Y cuando se lo comentas al comité editorial, te dicen: «Pues pon en el informe lo que tenga que corregir y se lo pasamos». No, señor o señora comité, que a mí no me pagan para hacer correcciones de formato ni de estilo. De hecho, a los referís es costumbre no pagarles bajo ningún concepto, con lo que el negocio es bastante fino: tu universidad te obliga a publicar en este tipo de revistas; estas revistas no pagan a nadie —es de suponer que sí a su personal fijo— y cobran a los autores de los artículos; por fin, tu misma universidad paga una pasta para estar abonada a esas revistas. Negocio redondo.

Nuestros referís se resumen en dos, como los mandamientos. Están los que pasan bastante y todo les parece de rechupete a no ser que se encuentren con algún pecado mortal (yo ando más bien entre esta fauna); los intermedios, o verdaderamente motivados y responsables (probablemente boy scoutsguides en vidas anteriores), que se arman de lápiz y entusiasmo y hacen críticas constructivas y comentarios proactivos, muy frecuentes entre mis amigos y escasos entre mis conocidos; y por fin están los otros, el réferi nº 2 o número dos del chiste, o el número tres de otros chascarrillos: el horror, el horror…

Estos árbitros más que de “Actuar o intervenir como árbitro, especialmente en un conflicto entre partes o en una competición deportiva” (en este caso es de suponer que interviene entre el autor del paper y la editorial de la revista) o “desus. Discurrir o formar juicio” (esto parece bastante claro), van de “Proceder libremente, según la propia facultad y arbitrio”, y no olvidemos que arbitrio en  este sentido hay que entenderlo como “Voluntad no gobernada por la razón, sino por el apetito o capricho”. En resumidas cuentas, que estos árbitros o revisores (segundos o terceros) hacen de su capa un sayo y dicen lo que les da la real gana porque sí.

Lo normal es que en la primera revisión te echen para atrás el artículo con argumentos sólidos del tipo “no encuentro nada positivo que decir” (“I couldn’t find anything to praise”, es una cita literal) o “el autor podría dedicar su tiempo a otra actividad, por  ejemplo, la jardinería, en lugar de perpetrar artículos contra nuestra sacrosanta subdisciplina”. Si pasan por el aro de aceptar correcciones, lo habitual es que te digan que corrijas (a) el enfoque del artículo; (b) la teoría en la que te basas; (c) el título; (d) el resumen; (e) el cuerpo del artículo; y (f) la bibliografía (no sé si se me olvida algo). Sé de un caso en el que corregían incluso las citas literales de otros autores, que se ve que eran igual de burros que usted o yo. Luego dicen que cómo empezó la reforma protestante, pues seguro que haciéndole a la Biblia las correcciones propuestas por el árbitro número dos.

Y con tantos dimes y diretes la cosa se va prolongando, y prolongando, y prolongando… De hecho, creo que Colón quiso publicar su artículo Discovering of the Indias by the West en St. Basilio’s Parish Leaflet, una revista intergaláctica con un gran índice de impacto, y empezaron a ponerle pegas los revisores pares: que si no estaba tan claro eso del descubrimiento; que si sacaba unas conclusiones un tanto apresuradas; que por qué no lo había escrito desde un punto de vista postcolonial-feminista; que por qué no lo había escrito desde un punto de vista neorretórico-marxista; que por qué no lo había escrito desde un punto de vista psicolacaniano; que por qué estaba escrito en pergamino y con pluma de ave; que la bibliografía no era de los cinco últimos años; que le cambiara el título por el mucho más adecuado de Marinero de luces; que cambiara el APA por el MLA y el MLA por el Chicago y el Chicago por el Harvard; que, por favor, citara a los autores publicados en la revista y a unos parientes de los (anónimos) réferis —esto lo decía el consejo editorial—. Y para cuando casi lo tenía, un tal Américo Vespuccio va y publica otro artículo titulado Not the Indias but Myself y al pobre Colón se le jodió fastidió el invento.

A mí, sin ir más lejos, me pasó algo parecido. Mandé a una revista un artículo en el que hablaba de la necesidad de seguir leyendo los clásicos de la disciplina —Saussure y parientes mártires no se crean que era nada raro— porque se les puede sacar mucho jugo todavía y empiezan a tardar y a tardar en responderme. Por fin me dicen que un revisor decía que vale, que muy bien y muy bonito todo; que un tercero decía que ni hablar, que menudo churro, que tiraran el artículo a la basura y que luego me sacaran los ojos y me echaran plomo fundido en las cuencas; y el segundo decía que quizá se podría publicar siempre y cuando actualizara la bibliografía y cambiara el título. Me pareció una barbaridad porque la gracia del artículo era utilizar bibliografía anciana, precisamente, así que de haber cambiado eso no me habría quedado más remedio que, efectivamente, cambiar el título porque habría sido otro artículo completamente distinto (que es lo que en el fondo quiere el árbitro número dos). Así que lo envié a una segunda revista que también tardaba, y tardaba… hasta que al final la cerraron y adiós. Al final acabé mandándolo a otra revista internacional, el Boletín de la peña Manolete de Kurtuluş, que me da lo mismos puntos que el Scientific American o la Revista Seria de Cosas Interesantes. Al fin y al cabo solo fue año y medio largo, menos mal que no era un artículo descubriendo la cura del cáncer ni nada parecido.

Pero bueno, en todas partes cuecen habas. Miren si no lo que le pasó al Fúrer Giler y mira que tenía enchufe, les dejo con el vídeo correspondiente (por cierto, ¿entienden ya el chiste del principio?):

 

 

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Traducir la ciudad. Espacios de Estambul en español

Me parece que traducir y dar clases tienen mucho en común: repetimos lo que otros han dicho, pero de otra manera (U. Eco dixit). Al principio te cuesta mucho trabajo disentir o alejarte de lo que has leído, sobre todo si son autoridades de las del principio —de autoridad—, pero después vas cogiendo confianza poco a poco y empiezas a plantearte lo que creías que eran dogmas de fe y a darte cuenta de que con un retoquecillo quedarían bastante mejor. «Para mí que esta frase no se entiende del todo bien, ¿y si pongo en plural el complemento directo?»; «Nadie en su sano juicio dice “como eso” ni “¿quieres que hablemos de ello?”»; «Platón será Platón, pero la manía que le tenía a los poetas era un poco exagerada»; «Claramente la bandera de Andalucía es una imposición del centralismo sevillano porque viene directamente de la del Betis, de la misma forma que la existencia del Sevilla como club de fútbol es una demostración de fuerza del imperialismo capitalista madridista». Bueno, puede que esto último sea una exageración.

Adonde quiero llegar es que a partir de cierto momento se ve que todo lo que has ido acumulando de lecturas y experiencias, aunque estas últimas son más engañosas, empieza a rebosarte por las orejas, a perderse y a mezclarse todo en la mollera febril y es entonces cuando, si das clase, comienzas a soltar cosas raras a los estudiantes y, si traduces, a no tratar de justificarte cada decisión que tomas. Ese es el momento en que empiezas a funcionar como es debido. Reconozco que parece bastante escolástico: leo muchas tesis, las hago un gazpacho con un montón de antítesis y con mogollón de síntesis me sale un churro que ni yo me entero. No obstante, también me parece que es cuando uno empieza a decir algo medianamente original, aunque igual no lo es del todo por aquello de que no hay nada nuevo bajo el sol, etc., etc.

O igual es que estoy un poco influido por esa lógica boy-scout de tebeo de la Marvel de que llega un momento en que, después de pasarte la vida absorbiendo cosas más o menos interesantes –bocadillos de jamón, por ejemplo–, debes reintegrar o aportar algo a la sociedad. Es aproximadamente la lógica de los impuestos, vaya, y me la tomo bastante en serio porque trabajo en una universidad pública y, por lo tanto, en parte mi sueldo sale de mis impuestos como si yo mismo fuera D. Juan Palomo, así que tengo derecho a exigirme.

En suma, que cuando llegas a determinada edad, te parece que puedes decir algo que no sea únicamente repetir, o por lo menos eres capaz de hacer un cóctel con lo que repites de varios. Pero no solo eso, no solo crees que puedes decir algo, sino que además, si trabajas en la universidad, te obligan. ¿Cómo? Simplemente por aquello que en inglés dicen de una forma tan bonita: publica o perece (publish or perish). Si quieres llegar a alguna parte, o, dicho de otra forma, si quieres medrar, no te queda más remedio que publicar. Y puedes hacerlo de varias maneras, sobre todo si es a través de nuestros amados papers, siendo la más práctica, al menos en estudios de traducción, pero también en literatura, la de coger cualquier teoría –digamos la heliocéntrica—, aplicarla a la traducción de un texto cuanto más breve y raro posible, mejor –algún poema dadá— y concluir que o bien la teoría o bien la traducción del poema son un excremento empalado. Para literatura, quiten lo de traducción y dejen lo demás igual. No es mal sistema y da mucho de sí, así que no seré yo quien lo critique. No obstante, no sirve para todo, por ejemplo para escritos largos.

Y el problema es que el sistema académico turco exige –exigía—, entre otros requisitos, tener publicado un libro de investigación para ascender a los cielos de lo que en España era ser adjunto o catedrático. En las correspondientes instrucciones normativas te dejan bien clarito que no sirven manuales ni métodos y que el susodicho libro –uno por escalón— no debe estar basado, casi ni inspirado, en la tesis ni en la tesina. En plata, que si quieres que te paguen más –en caso de ser extranjero, o sea, contratado— o que te paguen más y acceder al ansiado funcionariado –si eres turco— tienes que tener un libro publicado por categoría como mínimo. Se supone, como siempre, que funciona un poco al revés, es decir, si tienes un montón de publicaciones, entre ellas libros de investigación, y miles de actividades, se asume que tienes lo que hay que tener (the right stuff) para ser académico de pro y yastá. Por supuesto, todos nos lo tomamos al revés, cogemos la lista de los requisitos mínimos y empezamos a echar cuentas: diez puntos por dar clases, tres por ir a misa, siete por participar en la procesión del Corpus, dos por ser del Atleti, cuatro por ser editor de la hoja parroquial, dos por artículo en Nature y Science. Te faltan cuatro y medio, así que empiezas a mirar qué te puede dar exactamente eso, no cinco, no, cuatro y medio o dos y dos y medio. No, tampoco dos y tres cuartos, así que no vale la pena ponerse a aprender a tocar la bandurria.

Como decía, una de las condiciones mínimas para Humanidades es tener un libro de investigación. Así que se ha llegado a lo que el vulgo llama “la tesis de doçentlik (lo que antes era ser adjunto y ahora titular)”, que en realidad no es una tesis, pero como hay que hacerlo, pues como si lo fuera. Para escribir el libro famoso también se te abren diversas posibilidades —como encargárselo a un negro o copiarlo— en las que no voy a entrar, sino que voy a hablarles de lo mío porque yo he venido aquí a hablar de mi libro.

Encontrábame en dicha tesitura de querer subir en el escalafón (Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura), así que empecé a darle al magín sobre qué tonterías podría decir que dieran de sí un libro. De haber sido cierto compañero mío, habría pensado en términos de páginas, pero no, yo soy más chulo que un ocho. Por supuesto, empecé con ese tema sobre el que todos pensamos escribir en un primer momento: el universo mundo y el ser humano. Sin embargo, lo encontré un tanto poco preciso y decidí concretarlo algo más.

Así que me puse a pensar –lo cierto es que llevaba un tiempo pensando en estos asuntos y de ahí mis dolores de cabeza— en cómo podía aprovechar lo que soy –igo— y lo que abro y cierro –ogo, pero también libro–. Y ya tenemos los dos o tres padres del cordero porque madre no hay más que una. La fusión o fisión entre mi yo-traductor y mi yo-profesor. Como he estado bastantes años dando clase de teoría de la narrativa (a), de comentario de textos (b) y de redacción más o menos académica (c), se me ocurrió que podía integrar todo en un gran sistema retórico, en general, y en concreto escribir algo sobre cómo en las novelas que he traducido (turcas) se pasa de una idea abstracta del espacio (en la esfera de la intellectio) a unos lugares concretos (un procedimiento de la inventio) que, evidentemente, no significan lo mismo para el lector turco que para el lector español.

El impulso inicial me lo dio la traducción de “Aceitunas con pan” para ¡Hjckrrh!, a la que veo que tengo que dedicarle una entrada como es debido. En el cuento pueden verse tres espacios —en realidad alguno más— que para cualquier estambuleño son altamente significativos, como si en el/la Madrid de hace bastantes años hablaras del barrio de Salamanca y de Vallecas o ahora de Chueca. Que no digo que tengan significados ni parecidos, pero sí que significan algo, unos aquí y otros allí. Como es de suponer, en la mayor parte de estos casos, el lector de la traducción se queda a dos velas. Si el autor es medianamente hábil, lo apaña de forma que cualquiera se haga una idea. Ejemplo, la novela fretziabana Bajrn ux kuhdnb dice en cierto momento: «Busgd se compró un pisito en el barrio de Jgbvlain, lo que sin duda representaba un ascenso social para él» y con eso nos quedamos medianamente contentos. Sin embargo, nos estamos perdiendo algo básico para cualquier lector fretziabano que se precie: que en ese barrio son famosos los caracoles en salsa, que como todos sabemos son gran haram para los musulmanes. Y claro, de eso no nos enteramos en la traducción a no ser que estuviera llena de notas y tuviera una introducción más larga que la novela, con lo cual le daría un infarto al publisher o editor-capitoste.

Mi idea era escribir un libriyo (librillo es de papel de fumar) mucho más amplio de como me salió, con los tres espacios básicos de Paz (Estambul, años cuarenta: la península histórica, el Bósforo y Taksim como parte moderna), algunos de Pamuk, quizás de El libro negro y casi seguro El museo de la inocencia (Estambul, años setenta-ochenta, Nişantaşı, Taksim y Cihangir) y también los de Dos chicas de Estambul (Estambul, años noventa, los centros comerciales y el Beşiktaş de las academias de preparación para la selectividad). Me habría quedado canela, pero no me dio tiempo porque tenía que estar publicado antes del verano del año pasado (2017) porque a principios de este (2018) cambiaban los requisitos para aspirar al catedratilicio cielo (que todavía no me ha oído) y la cosa se volvía bastante más peliaguda. No pudo ser por aquello de vísteme despacio que tengo prisa, así que todo se quedó en los espacios de Paz, que dan bastante de sí, no crean.

También me habría gustado que saliera en turco, que me habría sido bastante más fácil de publicar porque aquí conozco a más gente, pero la colega que me lo iba a traducir al final no pudo (en —gran— parte fue culpa mía porque me salió más difícil y largo de lo que parecía en un principio). Así que me vi en un buen brete porque tenía que publicar ya el mardito libro. Estábamos, si mal no recuerdo, en mayo y si quería entregar mi expediente con tranquilidad, el libro tenía que estar listo, como tarde, en julio. De mis escasos contactos en la madre patria a nadie le importaba un bledo (normal, por otra parte) o me contestaban que, como pronto, saldría cuando las ranas criaran pelo. Mientras investigaba, desesperado, posibilidades de autoedición, me acordé de que Mª Jesús había publicado una versión corta en francés de su tesis —La figure du brigand d’honneur dans la saga de Mèmed le Mince de Yaşar Kemal— en la editorial local The Isis Press. Es una editorial que únicamente publica sobre temas turcos y en lenguas extranjeras —tiene colecciones en inglés, francés, italiano y español— y es bastante prestigiosa en lo suyo. Me puse en contacto con el editor, Sinan Kuneralp, al que le pareció requetebién, le mandé el archivo correspondiente, enseguida me envió las galeradas —que, por supuesto, él no tocó mucho porque estaba todo en español, así que eso de que los errores son míos en este caso es mucho más cierto de lo habitual— y más o menos un mes después ya tenía el libro en las manos. De esa forma pude entregar mi expediente en rectorado, aunque en principio no querían aceptarlo porque soy contratado y no de cuadro y luego me lo perdieron (¡qué casualidad!). Menos mal que lo hice con tiempo.

No fue como me habría gustado, en turco en Turquía y, si no era posible, en español en España, sino en español en Turquía, lo que va a dificultar bastante que sea leído y por lo tanto que se convierta en un súperventas, pero a caballo regalado mejor que te des con un canto en los dientes. Por lo menos ahí está para quien le interese y como parte de mi Summa Translaticia, con la que quiero reivindicar la traducción como forma o parte de la Retórica (todavía no lo tengo muy claro). A ver si hay suerte y me citan mucho aunque sea para mal y así salgo en los famosos índices de impacto y la gente me trata de usted y los gatos dejan de bufarme por las calles. ¡Me sentiría como si fuera talmente don Pantuflo Zapatilla, catedrático de filatelia y numismática!

P.D. Unos detalles sobre Sinan Kuneralp, a quien le estaré eternamente agradecido. Es hijo de Zeki Kuneralp, que fue embajador turco en Madrid entre 1972 y 1979, años moviditos. Fue su último destino antes de jubilarse (creo) y poco después escribió un libro de memorias —Sadece Diplomat/Solo diplomático— en el que hablaba bastante de nuestro país y al que Martínez Montávez le dedicó una conferencia en unas jornadas que se celebraron en la UAM. Los Kuneralp tienen un mal recuerdo de Madrid, por desgracia, porque un comando terrorista armenio atacó el coche de la embajada el dos de junio de 1978 matando a Necla Kuneralp, esposa del embajador y madre de Sinan, a un cuñado de Zeki Kuneralp, el embajador jubilado Beşir Balcıoğlu, y al chófer, Antonio Torres Olmedo.

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Tintín, el amargao o el fartusco al que le quirraban los pegoletes

Portrait of a young man standing under a tree, leaning on a halberd in the attitude of a melancholy shepherd, gazing at a suit of black tilting armour, with a fortified city and a battle in progress in the distance. Probably Sir Robert Sidney; possibly Sir Thomas Knollys.

¡Ay, mísero de mí! ¡Ay fartusco! Con el hüzün que tengo me ha dao por los pegoletes y por eso me tengo que apoyar en el abrelatas

En las últimas semanas me he topado varias veces con una palabreja sobre la que tuvimos ocasión de hablar en las entradas correspondientes a Estambul de Orhan Pamuk. Se trata de «hüzün», que traduje en su momento por «amargura». Me permito refrescarles la memoria: poco antes de que se publicara el libro, uno de los jefazos de la editorial me comunicó que el título del capítulo correspondiente —que en turco se llama «Hüzün, melankoli, tristesse», y no creo que tengan dificultad con las dos últimas palabras— lo iban a dejar en turco, más exactamente con la única palabra turca, tal y como habían hecho en la traducción al inglés. Aunque en su momento no me pareció del todo bien, tengo que reconocer que nunca he visto una operación de mercadotecnia parecida. El capítulo se refiere a un sentimiento que según Pamuk es muy propio de Estambul, y la astucia comercial consistió en que al dejarlo en turco todo el mundo puede decir que en su pueblo existe algo muy parecido y que se llama de una forma igualmente extraña —lo cual, entre otras cosas, contradice la idea de que sea un sentimiento propio de Estambul, pero pelillos a la mar—. También podríamos utilizar la técnica contraria y llamar así a cualquier estado de ánimo, mientras no sea de euforia feliz: «¿Quieres una galleta príncipe estrella? —que es lo más exquisito del mundo—. Te veo con una miaja de hüzün»; «No, si yo iba a hacer las cuentas y las oraciones, pero me entró un poco de hüzün y no pude acabar la tarea». Por ejemplo.

De las dos personas que me escribieron con esto de «hüzün», una lo hacía para un curioso proyecto de arte, sí, para crear un archivo audiovisual en el que los traductores habláramos de las dificultades de traducción —evidentemente— de la palabra y de los silencios que oculta, idea que me pareció un tanto curiosa hasta que me acordé de aquel poema de Cernuda titulado «Palabra amada»:

– ¿Qué Palabra es la que más te gusta?
– ¿Una palabra? ¿Tan sólo una?
¿Y quién responde a esa pregunta?
– La prefieres por su sonido?
– Por lo callado de su ritmo,
que deja un eco cuando se ha dicho.
– ¿O la prefieres por lo que expresa?
– Por lo que en ella tiembla,
hiriendo el pecho como saeta.
– Esa palabra dímela tú.
– Esa palabra es: andaluz.

Que también anda con eso de lo que calla la palabra y lo que tiembla en ella y otras zarandajas, así que me callo. No sé si a una compañera que tengo y que opina que mi filología no es «de verdad» le parecerá bien que mencione un poema de un poeta de la literatura, pero me considero capacitado para citar este porque soy andaluz. En fin, la entrevista con la artista fue muy entretenida y espero que les salga muy bien el proyecto, aunque sigo sin entender qué es lo que pretenden hacer.

El otro mensaje era de un lector (del libro) que estaba escribiendo un artículo sobre Estambul (la ciudad) y me preguntaba si mi «amargura» tenía connotaciones parecidas a la melancolía porque en la nueva edición en inglés lo habían traducido por «melancholy». Le tuve que decir que Pamuk especifica que la/el tal «hüzün» no es la melancolía —ni tampoco la tristeza, si vamos a eso—, así que no tenía ni idea de por qué lo habían traducido así. En ambos casos defendí mi postura de haberlo traducido por «amargura», entre otras cosas porque sería un poco estúpido por mi parte (Cipolla, 1988) asumir que lo mío era una defecación como una catedral mientras que lo anglosajón, obviamente inspirado por Traduverte, la musa de la traducción, roza lo sublime. De todas formas, lo más importante es que da igual como lo llames porque en el texto lo explica todo bastante clarito, pero cada cual lo va a llamar a su manera. Aunque para llamarlo melancolía hay que haberse leído el capítulo una miaja deprisa, la verdad.

Esto de que cada hijo de vecino se identifique con la palabreja porque lo que quiere decir es igualico, igualico que lo que hay en su pueblo, es algo que analizaba Scott McCloud en relación con Tintín. Y no porque Tintín sea melancólico, triste, amargado o, ya que estamos, hüzünlü, qué va, todo lo contrario —aunque a veces sí amargue un poco al pobre Milú cuando le impide desarrollar su vocación de catador de Loch Lomond—, sino porque, según McCloud, todos podemos identificarnos con Tintín. La idea es la siguiente: los tebeos de Tintín tienen unos fondos y demás de un increíble detalle y realismo, con lo que no tenemos que hacer demasiado esfuerzo mental para imaginárnoslos (o imaginarnos que estamos allí); por el contrario, las caras de los personajes, y particularmente de Tintín, son de una abstracción que tira de espaldas, unas curvas para las cejas, unos puntos negros para los ojos, otro para la boca y una especie de parábola acostá para la nariz y pare usted de contar. Por supuesto, tiene el tupé, pero la idea es mantener los rasgos distintivos al mínimo, de forma que con un poco de studioline-esculpetuscabellos, puedes parecerte a Tintín en un periquete (siempre y cuando vuelvan a ponerse de moda los bombachos, porque lo de Tintín y los Pícaros fue una puñalada trapera, vamos, hombre).

Y con las palabras se ve que puede pasar lo mismo. Se mantiene un mínimo de significado y cada cual la usa para lo que le dé la gana. Algo así hacían en La carrera de Oklahoma de Lucky Luke (que en Turquía es Red Kit, no sé por qué), cuando el malo emplea en su periódico sin parar las palabras «inicuo» e «iniquidad» (y, como siempre, me acojo al derecho de cita precisando que el autor de Lucky Luke es Morris, como supongo que ya sabían):

El éxito que tiene una palabra que nadie entiende me lleva a pensar si no sería una buena técnica, especialmente vistos muchos artículos académicos. Así que he decidido emplear en mis comunicaciones y escritos más serios palabras más o menos típicas de mi tierra por aquello de colaborar al desarrollo de Andalucía y a su difusión en el mundo. Muchas de ellas son derivaciones de otras que ya existían, pero todo es cuestión de inventarse una etimología más o menos chorra para darle una pátina auténticamente cardabasa (¿ven?). Por ejemplo, qué sé yo, «quiyo», que es evidentemente un apócope de un diminutivo de un término que de por sí significa «pequeño» o «menudo». Pues se puede decir que en realidad viene del latín «illo» con el árabe-persa «ki» y significa «lo ello», pero por evolución peyorativa, «lo ello», es decir los asuntos públicos de la medina, devino en lo poco importante, de ahí en lo minúsculo y posteriormente en lo pequeño, de forma que acabó siendo una forma cariñosa de llamarse los ciudadanos unos a otros en plan vocativo, como si dijéramos: «Oh, pequeño burgués o sacrificado ciudadano; oh, infelice».

A algunas de estas palabras les tengo especial cariño, por ejemplo a «garvana», que he mirado en el diccionario y se escribe «galbana», cualquiera diría que por un proceso de confusión de la lateral y la vibrante, pero posiblemente porque viene del beréber «garv-ana» que significa «estado de extrema abulia (ana), próxima a la actividad vegetal (garv)»  y no, por supuesto y Dios nos libre, «pereza» o «desidia» como nos dice la Academia que significa «galbana». Mientras que la pereza es un pecado capital, la «garv-ana» es ajena a la voluntad propia y viene producida  por el temor insuperable a la «gofetá» (observen qué armónica la velarización de la oclusiva inicial) de «la caló» (así, en femenino, como «la mar» y con una bonita fonologización por apertura de la «o» tónica final). Bueno pues con esos mimbres, abulia, quizá un pelín de poca gana de nada…, podemos hacer no solo un cesto, sino cien. «Cuando en mi pueblo le entra a la gente la garvana…»; «hoy no me viene bien por la de garvana que hay, sabes?», etc.

Otra que me gusta es «jarapiyo», que viene de «harapo», pero que se usa para los faldones de la camisa («¿Aónde va así, nene? Pero métete el jarapillo, padre, que va enseñando el ombligo»). Podríamos usarla con toda facilidad para la vestimenta informal o causal o casual o serendípica (a veces la Academia también se inventa palabras que no entiende nadie). Por ejemplo: «Pues, oyes, como que fue una boda muy hipster, súper de jarapiyo». Y te quedas tan contento. O para la ropa regional: «En Andalucía el traje regional masculino es pantalón, jarapiyo y calañés». ¡Qué bonito!

Pero la que se lleva la palma para mí es «fartusco». Según un diccionario cordobés que tengo por aquí (de la fundación Córdoba, Ciudad Cultural), significa: «tontorrón/-a», lo que, por supuesto, es una valoración muy a la baja del vocablo. El verdadero fartusco no solo es un estúpido en el sentido de necio, sino también en el de desagradable y se trata de una condición sólidamente enraizada en su ser-en-sí. No sé si todos mis paisanos estarán de acuerdo, pero la fartusquez es una cualidad innata, aunque con esfuerzo se puede adquirir también. No tienen más que pensar en Juanillo, sí, sí, ese al que le dieron un carguillo. Obviamente, aquellos que no estén de acuerdo con mi sabio juicio es más que probable que posean cierto grado de fartusquez. Y que ellos opinen lo mismo de mí no implica que lo anterior no sea cierto. Con todo, como nadie más allá de nuestras fronteras sabe lo que es, propongo esta palabra para su uso universal. Por ejemplo, al aceptar el Óscar: «Quiero agradecérselo a mi madre, a mi vecina Julita y a todos los fartuscos que he encontrado a lo largo de mi carrera». O en el banco: «Venía a hacer un ingreso porque ayer estaba su fartusco de usted y no pude». O ligando en la barra de un bar (actividad puramente mitológica): «Hola, ¿cómo te fartuscas? ¿Estudias, diseñas o fartuscas». Aunque, la verdad, esto último suena como lo de los pitufos. Que, de haber sido su guionista Pamuk, igual eran los «pitüzün».

En fin, que tienen ustedes un montón de palabras por ahí que pueden usar a su libre albedrío. Y si no están seguros de cuál emplear, siempre pueden acudir a «pego» o su diminutivo «pegolete», como he hecho yo en el título de esta entrada. Si lo piensan bien, sirve para todo. Y siento haber estado un poco fartusco, pero es que últimamente con tanto pegolete…

P.D. Un artículo de Fruela Fernández me recuerda que también en España alguien escribió sobre lo de Pamuk:

En el corazón de este libro late un sentimiento (hüzün), palabra imposible de traducir, pero que traduciremos como melancolía.

Mientras que en libro del Pamuk dice, un poner (cito por la edición que en este momento tengo en mis manos, aunque ustedes no lo vean):

Ahora llegamos a lo que diferencia la melancolía de la amargura. Nos aproximamos no a la melancolía que siente una persona individualmente, sino a ese sentimiento oscuro compartido por millones, a la amargura. Estoy intentando hablar de la amargura de toda una ciudad, de Estambul. (pág. 114)

O bien:

Pero ahora estoy intentando hablar no de la melancolía, sino de la amargura, que tanto se parece a aquélla […] (pág. 115)

Y donde dice «amargura» me ponen ustedes «hüzün» si me hacen el favor. De lo que se deduce que en ocasiones es conveniente volverse a leer el libro antes de reseñarlo. O volverse a leer la reseña. O que se la lea un vecino antes de publicarla. Buenos pegoletes les deseo con mi mejor fartusco.

 

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Conciertos a cuatro, ocho, o las manos que quieran

Mieris Frans Duet

Así sí que da gusto trabajar, con tu nene que te trae el té, tu ordenador con teclado último modelo, tu loro para la musiquilla…

A lo mejor al leer la entrada anterior se quedaron con la idea de que no me parecen bien las traducciones hechas por más de una persona. Lo de las personas lo digo porque cuando un texto lo traduce más de una máquina sí que me parece francamente mal, aunque no deja de tener su gracia lo de pasar un par de veces un texto por el transleitor. Bueno, a lo que íbamos. No, no me parece mal. Me da bastante igual casi siempre e incluso hay ocasiones en que no queda más remedio, así que lo de Herodes. Pero hay excepciones, claro.

En la historia de la traducción desde Cicerón o así hay grandes parejas artísticas cuyos resultados no tienen nada que envidiarles a Fred Astaire y Ginger Rogers, por ejemplo (iba a decir el Gordo y el Flaco, pero no quiero levantar suspicacias). Se me vienen a la cabeza así de repente la pareja formada por Carmen Francí e Ismael Attrache, que se llevaron el premio Esther Benítez por La pequeña Dorrit, que yo habría traducido por Dorritita, o bien La Dorritín, pero ya saben cómo son las editoriales. De todas formas, en estas lides de la traducción en pareja artística o a cuatro manos se llevan la palma Atalaire, que en realidad son, por orden alfabético, Mercedes Fernández Cuesta y Mario Grande. Juntos han traducido casi toda la literatura universal y me llevé una grata sorpresa cuando un verano descubrí en la piscina del bloque de mi madre que hasta han traducido los diversos volúmenes de la autobiografía de ese gran aventurero que es Gerónimo Stilton. (Paréntesis, evidentemente. No lo descubrí porque en la piscina haya ratones, que no parece, sino porque era la lectura de algún sobrino. De todas formas, los ratones son tan chiquitos que solo se pueden ver con el rabillo del ojo cuando hacen la maratón del zócalo del pasillo o cuando requiescan en paz.)

Otro caso, no necesariamente de parejas sino más bien de ménage à muchos, sucede cuando la editorial quiere tener el manuscrito de mil millones de páginas para el martes porque tienen pensado mandarlo a la imprenta en octubre y así tener un margen. En situaciones parecidas no es raro que el libro se parta en cachos y se mande a varios traductores. Incluso hay quien dice que alguna editorial partía en muchos trocitillos los libros, los iba mandando a traductores diciendo que eran una prueba de traducción, luego decían que no habían quedado satisfechos, juntaban los pedacitos como quien hace un puzzle y a otra cosa mariposa. Cosn este tipo de traducciones puede llevarse uno bonitas sorpresas, como aquella novela en la que a veces traducían los apodos de los personajes y a veces no. Y no es que esté yo en contra de semejante práctica, sino que si se lo encargas a varios, convendría que hubiera alguna persona responsable que le diera un aire unitario o uniato. Creo que el nombre técnico de semejante ente es editor, pero no me hagan mucho caso. Yo lo apunto por el bien de la humanidad, por aquello de que las prisas son malas consejeras y si ya van con bulla… También se le puede encargar el pulido final a un agente externo, como me propusieron una vez que no tenía tiempo para aceptar un encargo que querían urgentísimo: «Eso pillas a unos estudiantes que te lo traduzcan en sucio y luego lo pasas a limpio y ya está». Idea de la que me apoderaría con sumo placer si tuviera más espacio en mi casa. Pensaba llamarlo «traducir a galeras» (en lugar de «galeradas») y a mí mismo «cómitreditor». O bien llamarlo a todo ETT; es decir, «emprendimiento de traducciones temporales».

Conscientes de que esto de la traducción de todos arrejuntaos no es tan fácil, pero que se hace (lo mismo que también se hace eso de encerrar a los traductores en las mazmorras de un castillo para que no filtren el último best-seller, incluso antes de sell nada), un grupo de traductoras crearon el colectivo Anuvela, que no sé si sigue activo (me sale «404 not found»), pero que en su momento explicaron cómo trabajaban en Vasos comunicantes, en el número 42, a partir de la página 99 para ser más exactos, en un artículo titulado «La unión hace la fuerza», que podrán leer en el enlace si es que ustedes son capaces de ver algo en el cacharro este del Calameo. La idea es que siendo algo que se hace de hecho (la traducción conjunta), ¿por qué no hacerlo con gusto y al revés? Es decir, en lugar de buscar un grupo, que el grupo esté ya hecho entre colegas y más o menos amiguetes. ¿Que son traducciones individuales? Pues ahí está el colega para echar una mano, por ejemplo, mirando en ese diccionario tan gordo. ¿Que hace falta un colectivo de traductores? Pues henos de Pravia. Por cierto, que a mí eso del colectivo me sigue sonando a asamblea de la facultad, que tampoco es malo per se.

Cuando se traduce del turco u otra lengua igual de rara todo este lío de la multiplicidad de traductores, sean unos o trinos, es casi necesario. ¿Por qué? Iba a decir que porque hay pocos traductores lenguarara/castellanospañol lo bastante buenos como para no hundir la editorial que los publique, pero no sería demasiado exacto. Hay pocos, por supuesto, pero es que además muchos de los pocos que existen prefieren cobrar espuertas de oro por traducir proyectos de empresas en lugar de unos miserables maravedíes por poemas sublimes (un poner). Pero bueno, en cualquier caso, hay pocos. Así que se suele recurrir al nativo, cuya lengua nativa no es nuestra lengua nativa porque no son nativos de donde nosotros somos nativos. Y además suelen tener más idea del panorama literario de su pueblo. Dicho de otra forma, suele/puede recurrirse a un traductor turco —en el caso que nos ocupa—, pero como el idioma español de suyo no será muy perfestisimo, pues se acude a algún hispanoparlante desde chico para que le dé un repasillo o repasazo. Lo ideal, por supuesto, es que este último sepa turco. Entonces, me preguntarán, ¿para qué hace falta el turco/persona? Pues porque el turco/idioma del español/persona suele/puede ser tan poco muy perfestísimo como el español del turco. Les voy a ofrecer una imagen visual: digamos que, como me aburro, me amputo la pierna izquierda, convenzo a alguien que se ampute la derecha y así, si él se pone a mi izquierda y yo a su derecha, es como si tuviéramos las dos piernas; si queremos andar cada uno por su lado iremos a trancas y barrancas, y si nos ponemos al revés, probablemente nos demos un buen trompazo. Algo así es el sistema. Pero si las dos piernas que quedan son flacas, tampoco funciona muy bien; ambas tienen que tener sus musculitos y alguna idea de cómo se anda.

Y puede producir muy buenos resultados, como demostró desde el principio Fernando García Burillo en Ediciones del Oriente y del Mediterráneo con sus diversos partenaires hasta que decidió traducir él solito. O Irfan Güler y Pepa Baamonde, de profesión artística sus traducciones de poesía. El último libro que publicó está pareja, insisto, artística y no de la Guardia Civil, fue un bonito ejemplo de la cantidad de gente que puede acabar metiendo las narices en una traducción sin que por ello el resultado sea malo. Tradujeron la poesía de Yaşar Kemal, asimismo para la editorial de Fernando García Burillo que, como es natural, editó el texto y el libro —y escribió el postfacio—, pero también intervino Çağla Soykan, que tradujo un par de poemas, Güven Turan, que escribió la presentación… Y los que opinaron, entre otros muamem y un señor que pasaba por allí. En realidad, y ahora que lo pienso, siempre es mejor esto que traducir a través de una lengua interpuesta porque conoces al otro y muchas veces lo tienes delante, no como si tuvieras un libro en, digamos, inglés o francés y tú mismo no tuvieras ni idea de la lengua original del original.

De todas formas, para que el resultado sea óptimo son convenientes unos mínimos. Por ejemplo, que cada cual tenga su ordenador y su lápiz porque si no todo es «aparta la cabeza, que no veo», «punto y coma, no; coma, coma», «déjame a mí, que tú no tienes ni idea de cómo poner unas comillas», «haz el favor de no pringarme la pantalla con los dedos de tu asqueroso bocadillo de caballa con kétchup», «Me gustaría que no chuperretearas mi pluma párker». Y unos mínimos de espacio personal: «¿Podrías echar el humo del cigarro a algún sitio que no fuera mi cara?», «Por el amor de Dios, no me pongas el sobaco delante de las narices», «Hazme el favor de no dejar caer la Enciclopedia Británica en mi pie», «¿Quieres dejar de dar pataditas a la pata de la mesa?», etc. Entre otras cosas porque si no se dan estos mínimos, veo difícil que se repita el tándem, sobre todo si el libro es muy gordo y requiere meses de convivencia. Miren si no, cómo acabaron a la greña Scott y Shackleton o Góngora y Quevedo y eso que no tuvieron que traducir nada juntos.

Si no se presentan problemas de fuerza mayor (divorcio, infanticidio, etc.), la situación no no suele ser tan grave y la traducción llega a buen puerto, como lo prueba el que, si todo va bien (crucen los dedos —de la mano—, pongan cirios a Sta. Rita, hagan un nudo en una servilleta y recen a S. Cucufato aunque eso sea para encontrar cosas), en un futuro próximo los participantes de los segundos talleres de la isla Príncipe (alias Büyükada) vamos a publicar el resultado de unas traducciones en conjunto, que fueron en plan como… cómo les diría yo, como cuando en el colegio les decían —yo soy muy viejo para eso— «formad grupos, que vamos a hacer una actividad con la plastilina», algo así. Y nos pusimos a traducir unos relatos en grupos móviles con peleíllas diverguay y de utile dolci del tipo: «Yo creo que eso habría que traducirlo por “mejillón” y no por “almeja” porque en tu vida te has comido unas almejas si dices “almejas al vapor”», o «pa mí que eso no es “en tiempos de los moros”», o «es que eso es lo que se llama “sujeto” y eso otro lo que llamamos “complemento directo”». En fin, yo quería que se hiciera un ejercicio de traducción destinada al gran público —lo que implica que no te puedes andar con muchas zarandajas de literalismos— y no necesariamente difícil y parece que va a llegar a buen puerto. Mejor tarde que nunca.

Sin embargo, por muy fan que sea de la traducción a varias manos, hay dos ocasiones en que no me hace demasiada gracia. La primera, como ya he dicho, es cuando la editorial anda con prisas y no se molestan en editar como es debido el libro. Como no me canso de repetir a quien no pueda impedir oírme (actualmente, «escucharme»), son los traductores quienes se llevan siempre la culpa de un producto mal presentado. Si el original es un mojón de a kilo (-gramo) escrito con los pies, el lector va a suponer que el autor es inocente porque si no la editorial no habría publicado semejante plasta. Y si al libro final se le notan las costuras, más de uno dirá: «Ya podían haberse puesto de acuerdo los traductores, que no es tan caro mandarse un correo electrónico».

El segundo caso es, como dije en la entrada anterior, cuando unos cardan la lana y otros se llevan la fama. Es lo que podría haber hecho yo de haber montado mi equipo de estudiantes (igual lo he hecho, pero ustedes no lo saben, ¿no?). Y no me parece mal porque el libro/producto esté mal hecho, sino porque me parece de mal compañero no reconocer el trabajo del otro. Entre otras cosas porque la traducción de libros es una actividad que genera derechos de autor, y me refiero a los morales, especialmente, no empiecen a pensar en las pelas, que ya no existen. Mientras que las instrucciones de montaje de una silla forman parte de la propia silla; mientras que un certificado de estudios es un documento que documenta lo que tú has hecho; y mientras que una sentencia judicial no es exactamente el papel donde está escrita; goza instrucciones, certificado y sentencia, ay no, que eso es otra cosa la obra literaria goza del privilegio de ser un ser-en-sí que no puede ser modificado y cuya autoría debe ser reconocida (a menos que sea anónima). No sé en España, pero aquí en Turquía han limitado el número de puntos que un catedrático puede atribuirse anualmente por publicación porque, sobre todo en ciencias, existe la costumbre de que el catedrático firme todo lo que se publica en el departamento como primer autor, aunque ni se lo haya leído. ¿A que les parece muy mal que haga eso? Pues lo mismo pasa con algunas traducciones a varias manos en las que una de las manos es muy decampanillas. ¿El barón por buey tomado? No me gusta, no me gusta.

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Madona con abrigo de piel/Kürk Mantolu Madonna

Antes de meternos del todo en harina, una confesión que hará que los muchos admiradores de esta novela primero me ajusticien, posiblemente por empalamiento, y que luego me linchen. Madona con abrigo de piel me parece un libro muy bonito, e incluso un gran libro, pero no creo que sea una buena novela. Me explico, a mí me gustan las cosas muy sota, caballo y rey, o bien sujeto, verbo y predicado, aunque sí, claro que sé que el verbo es el núcleo del predicado, y esta novela no es así. La historia principal tiene una especie de historia marco que de entrada bien, pero de salida parece que el autor la despacha como si se hubiera hartado de escribir (y la obra no tiene tantas páginas como para eso) y como quiere irse a cenar, más aún si lo que quería era ir a descomer, la liquida en un pis pas. Bueno, pues eso no me parece bien. Si te tiras cuarenta páginas —ahora no sé cuántas son— al principio planteando unos personajes y unas situaciones, pues te fastidias como Herodes y qué menos que otras treinta o cuarenta al final para anudar flequillos sueltos (muy de moda actualmente, los flequillos, y no siempre quedan bien).

Tanto es así que, mires por donde mires —andes lo que andes, nunca andes por los Andes—, todo el mundo se hace lenguas (quiero decir que hablan bien) de la historia de amor entre el apocado y abúlico y aburrido Raif y la dinámica flapper topolino María y se olvidan por completo de la historia-marco o passe-par-tout. Ah, qué bonico que es el amor, «si me enamoro algún día / me desenamoraré / para tener la alegría / de enamorarme otra vez», que decía la famosa sevillana desiderativo-masoquista. Como soy un poco cardo la parte romántica no me fascinó hasta el punto de mantenerme desvelado leyendo como un poseso comiéndome las uñas y suspirando; donde se ponga Corín Tellado… Así que empecé a preguntarme si no sería yo y no ella (la novela) porque ella debería ser lo mejor que me había pasado, y le pregunté a pastores que leyéredes por qué yo no adolecía, ni penaba, ni moría. Y me llevé una buena sorpresa.

Porque resulta que a la mayoría de los que pregunté, que eran casi todos de mi edad, condición y confianza —por lo que si son ustedes sartrianos sabrán que yo intuía la respuesta de antemano—, les gustaba (sin casi) más la historia marco que transcurre en Ankara que la historia romántica en Berlín. Será que no están ustedes ya para eso, me dirán con toda razón, pero no por eso deja de ser verdad y así es natural que nos decepcione un poco que el pobre Sabahattin Ali le dé una patadota al final y adiós muy buenas. Decía alguien (no me acuerdo de quién, creo que Boratav) que le había visto al autor el borrador de la novela como cuento y, suponiendo que la trama del cuento fuera la historia de Raif y María en Berlín, eso explicaría todo lo demás. O es que simplemente a partir de los cincuenta le dices adiós al amor como mi prima  y lo que más te apetece es un puesto de traductor funcionario naintufaif, porque el tal Raif acaba de traductor, que no me lo invento (esto).

La forma de presentar el libro en España en reseñas y demás ha sido un poco lianta porque se ha seguido la prensa anglosajona, que a su vez se ha fiado de la co-traductora al inglés de la novela (la famosa, del que estoy seguro que cardó la lana nadie se acuerda), a la que se le ha calentado bastante la boca en mi opinión. Porque se ve cada cosa que te deja de piedra. En primer lugar que es una especie de novela resistente que poco menos que empieza por aquello de “un fantasma recorre Europa”. Lo que pasa es que al pobre Sabahattin Ali, que sí era socialista de verdad —uséase, filocomunista—, le cayeron tortas de propios y extraños y no solo estuvo en la cárcel, sino que acabaron matándolo mientras trataba de cruzar a Bulgaria de estranjis, en unas circunstancias sumamente extrañas en las que no vamos a entrar porque son de conocimiento público. Por cierto, habrán notado que he incluido a propios además de extraños y lo he hecho porque había quien le echaba en cara ser demasiado pijo como para ser un buen socialista. En fin, que como lo mataron por ser de izquierdas y oponerse al régimen —que no era el de ahora precisamente—, se asume que toda su obra es militante y opositora —que no— y que si esta novela se lee mucho ahora es porque es símbolo de resistencia contra el régimen actual —que no es el de antes—. Esto es más o menos una falacia de generalización apresurada y, que me corrijan los filósofos retóricos, creo que de afirmación del consecuente: (a) Sabahattin Ali era un opositor al régimen y escribió Madona con abrigo de piel; (b) la juventud opositora actual lee Madona con abrigo de piel; (c) ergo (signifique lo que signifique eso, que diría Jessica Jones), Madona con abrigo de piel es una novela de oposición. Para mí que eso es como decir que a las nuevas generaciones de Podemos les gusta el repórter Tribulete (que en todas partes se mete) porque a su guionista, Rafael González lo represaliaron en el franquismo, de lo que cabe deducir que el tal Tribulete, que luego fue compañero de Pepito Magefesa, la identidad que adopta el Hombre Enmascarado en España, es claramente un indignado y Pepito Magefesa/Mr. Walker un héroe de la clase obrera, cosa que no digo yo, sino Gallardo (y que me disculpe por insertar un dibujo suyo sin permiso, pero me amparo en el derecho de cita científica habida cuenta de que me consta que me lee al menos un estudiante, probetico):

Basándose en este razonamiento, nuestra amiga Maureen Freely —la traductora insigne, no el otro— se lanza al vacío sin red, da un triple salto mortal y medio y publica un artículo diciendo que es «the only dissident novel for sale in Turkey», lo que es pasarse mucho, mucho, mucho.

Primero porque no es verdad y segundo porque es mentira. Es mentira que sea la única novela disidente que se publica y se vende en Turquía (si se leen los comentarios del artículo verán que Amy Spangler, agente literaria residente en Turquía y buena conocedora del percal, dice: «I find the title highly misleading, and frankly insulting to existing dissident publishers in Turkey whose dissident books, including novels, can also be found in bookstores»). Y no es verdad que sea disidente. Hombre ya, hasta ahí hemos llegado. El hecho de que al pobre Sabahattin Ali se lo cargaran no implica que esta novela sea precisamente política. ¿Y por qué lo digo? Porque las otras dos que tiene lo son mucho más, tanto İçimizdeki Şeytan (Nuestro demonio interior o El demonio que hay en nosotros, traducida por Mario Grande, que le dedicó un Trujamán al autor, y que está sin publicar, por si a alguien le interesa), que tiene mucho de reflexión sobre el intelectual de izquierdas, y, sobre todo, su primera novela Kuyucaklı Yusuf (Yusuf el de Kuyucak), que es de bandoleros y campesinos oprimidos —pero también de amores y quesos, digo, besos—. Y no acaba aquí la cosa, sino que esta última, y primera, novela está en la lista de cien lecturas recomendadas para las enseñanzas medias preparada por el ministerio de educación nacional. O sea, ¿que las novelas de Sabahattin Ali son tan descaradamente militantes y antisistema que las recomienda el ministerio de educación? Venga ya. Si fueran algunos de los cuentos, no digo que no. Y además, ya que andamos con pobres campesinos pobres y bandoleros que se echan al monte, el gran novelista socio-resistente siempre ha sido Yaşar Kemal, que con él no se metían ni los suyos.

En las reseñas que han salido en España más o menos se limitan a seguir la cantinela y el personal va a comprársela pensando poco menos que es Germinal, que es mucho más larga. Menos mal que ya va habiendo quien se la lee y se da cuenta de que no, de que es otra cosa, y publica presentaciones como esta de RustaDevoradora, que no está mal (vaya, que está bien). De todas formas, como el gachó es turco, como el autor, y la gachí es alemana, siempre sale el rollo de oriente y occidente y condenados a entenderse y el choque de civilizaciones y el puente y qué sé yo, que solo faltan los derviches giróscopos, y llevado (-a) por esta ola de emoción y clichés topicazos hay quien dice que en 1948 Bulgaria formaba parte del Imperio Otomano, que no pongo el enlace porque se dice el pecado pero no el pecador.

Otro cuento que se cuenta sobre el cuento es que se trata poco menos de una novela feminista porque ella es muy lanzada y él bastante pusilánime y un sí es no es gilipichi. Pero el nuevo modelo de mujer republicana, aunque María Puder no sea ni turca, no es precisamente de las que se cortan, y si no, miren ustedes en Paz, que quien lleva la batuta del fornicio es ella, que si es por él, todavía están deshojando margaritas a la luz de la luna. Y sí, también soy consciente de que el amorío de María y Raif se supone que es anterior a la República, pero la novela no, que es lo que importa. Pero, bueno, lo que vale es parecer que se la ha leído uno con mucha profundidad.

La traducción tuvo un punto bastante irritante. La encargaron, se hizo cumpliendo los plazos (lo que no suele ser muy difícil porque insisto en que me los den holgados de sisa), pagóse y, ¡oh!, no se publicaba, no se publicaba y no se publicaba. Que si ahora no es el momento, que si ahora hemos cambiado la orientación del catálogo, que si no tengo ganas, que si me duele la cabeza (hay que tomar pastel de cerezas). Cuando, de repente, ¡oh sorpresa!, s.s.s. se entera, no me acuerdo de si por la prensa, de que por fin va a salir. Supongo que fue porque se les acababa el plazo del contrato de la comercialización (véase no sé qué entrada anterior) y al final publicose. Tengo que reconocerlo, la cubierta quedó bien bonica con una foto o retrato de una señora en un abrigo de pieles bestiajo, que la ven los de Greenpeace y la crucifican y luego la descuartizan y se la comen con patatas de tofu. Gracias, editorial Salamandra, pero tengan cuidado al leer el libro no les vaya a escupir y se queden calvos. (Ah, ¿que no es esa? Pues haberlo dicho.)

Hablando de la cubierta no nos queda más remedio que hablar del título, ligeramente modificado por ellos (Salamanquesa). Yo le puse en principio La madona del abrigo de pieles. Y ahora me dirán ustedes: ¿Y por qué «madona» con una ene? Pues porque miré en el diccionario de la RAE y lo ponían así. ¿Que por qué miré el diccionario? Pues porque con dos enes me parecía que sonaba una jartá a alguna fase peletera de Luisa Verónica Ciccone, de cuando era como una virgen, o más bien de cuando era moza material. Resuelta esta duda, de tal forma que cuando alguien me criticara yo pudiera alegar que donde hay patrón (RAE) no manda marinero (el listillo que critique), me encontré con que la editorial lo había despojado de ambos artículos determinados (la/el) y había transformado la preposición «de» en «con», decisiones ambas que me importaron un pimiento y que supongo que dan mejor la idea de cuadro en una exposición (de Mussorgsky) que es de lo que se trata. En la cubierta, pues, igual habría quedado mejor un cuadro que una foto, pero no nos vamos a pelear por eso. Lo que no tengo del todo claro, pero me importa más o menos lo mismo que antes, digamos un comino o, ya que estamos en Semana Santa, un grano de mostaza, es el cambio de «pieles» por «piel». No sé yo en su pueblo de ustedes, pero para mí un abrigo de visón, marta cibelina, foca, zorro o, mismamente, conejo, es un «abrigo de pieles», puede que porque hay, perdón, había que usar más de un bicho o animalito. (Por cierto, ¿han visto Gorky Park? Uy, pues deberían.) En cambio, en singular, con «piel», me imagino a un nazi con abrigo de cuero como aquel de las gafillas de Indiana Jones, que qué malo que era. De todas formas, como decía, tampoco nos vamos a pelear por eso, que igual ustedes lo llaman «abrigo de cuero» y en eso no nos queda más remedio que estar de acuerdo. Pelillos a la mar.

En fin, aunque parezca que no, que desde luego en casa del herrero, cuchara de palo, les recomiendo encarecidamente que se lean el libro porque es bien bonito y además es corto y en un fin de semana se lo liquidan. Y así me podrán decir si me dan la razón o no.

P.D. El otro traductor al inglés de la novela es Alexander Dawe, de quien me consta porque lo conocí una vez hace años que (a) es perfectamente bilingüe y (b) que ya entonces estaba deseando poder traducir a Tanpinar y nadie le hacía ni maldito el caso. Años después aparece su traducción del Instituto de Tanpinar también con Maureen Freely como primera traductora, como en esta de Sabahattin Ali. Teniendo en cuenta que (a) Freely tiene bastante renombre como escritora y como traductora de Pamuk, pero que (b) ya en su traducción del Museo de la inocencia —según me contaba Michael McGaha— había una misteriosa frase: «Orhan Pamuk expresses his gratitude to Sila Okur for ensuring fidelity to the turkish text», me da en la nariz que al pobre Dawe le han puesto como condición para publicar sus traducciones que se las revise Freely, que vende más, y, como consecuencia, a él nadie le pregunta su opinión. Cosas que pasan.

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¿Que por qué traduzco?

Theodora de Verdion, an eccentric teacher of languages, a bo Wellcome V0016218EL

Con los millones de los royalties me he podido comprar un paraguas y un sombrero

Un comentario de mi amiga Carmen Anisa (que tiene un estupendo blog de literatura) me ha hecho reflexionar sobre algunos aspectos de la profesión y, claro, me ha dado dolor de cabeza. Así que he decidido poner por escrito mis cuitas a ver si me aclaro. El comentario de Carmen era sobre la importancia de los traductores para la literatura universal y puede parecer una perogrullada, pero hay que entenderlo en su contexto (y esto sí que es una perogrullada, aunque muy de traductores; ¿saben el chiste de cuántos traductores hacen falta para cambiar una bombilla? Respuesta: depende del contexto). Contexto: Carmen es profesora de enseñanzas medias, profesión que despierta en mí un temor reverencial; temor, obviamente, a las hordas adolescénticas que me mirarían por debajo de sus ceños fruncidos coloreados por el acné de no ser porque he logrado evitarlas dando clase en una universidad, donde (a) son un año o dos mayores que los anteriores, lo que no es poco a esas edades, y (b) si no quieren, no van a clase. ¿Y qué tiene eso que ver, me dirán? Con las reverencias del temor, no sé, con la afirmación, mucho, porque en esos años de formación, de // formación (separado) y búsqueda del yo-self, o sea, cuando estás en como se llame ahora el B.U.P., uno necesita que sus guías-profesores le confirmen determinadas realidades que ya intuía o que habría intuido de haberlas pensado. Una de ellas es que los escritores escriben en su lengua (usualmente materna) que solo es una en número, de forma que si quiere multiplicar su obra en varias (lenguas) para enriquecer la literatura universal y su propio bolsillo, alguien tendrá que hacerlo. A la persona que se encarga de ello la llamamos ser humano traductor, para distinguirlo del gúgel transleitor.

He estado meditando en cuál será el motivo para que tengamos que ir soltando semejante afirmación y repetírnosla como loros en todo tipo de encuentros profesionales para quedarnos más contentos (de donde se infiere que no es únicamente una perogrullada destinada a adolescentes) y he llegado a una doble conclusión, o a dos conclusiones. La primera es que, como hemos visto, el autor es uno y los traductores múltiples, podríamos decir ex uno plures, aunque no estoy seguro de los casos, por lo que el autor tiene nombre y el traductor no. Bueno, sí tiene, pero no consta, o no tanto porque serían varios nómbrenes, al menos uno por idioma. Así que hay que recordar que existen en realidad y no son entes virtuales. Y de ahí podemos extraer la segunda conclusión: como hay mucha gente sin nombre que lo hace —y cabe pensar que en muchos casos puede que sean máquinas—, tampoco tiene tanto mérito. No digo yo que no me gustara ser una máquina, como aquel intérprete que me contaron que hojeaba el periódico, supuestamente las páginas deportivas, mientras interpretaba simultáneamente, y con esto no quiero decir que actuara y al mismo tiempo leía el periódico, sino que hacía interpretación simultánea de una lengua a otra y al mismo tiempo, o simultáneamente, miraba el resultado del Betis-Atlético de Madrid. Anécdota que no acabo de creerme, todo sea dicho. Con todo, los resultados no son tan satisfactorios con una máquina que con un ser humano, créanme (o eso me dicen).

En suma, que siendo un trabajo anónimo que puede hacer cualquiera que tenga un diccionario a mano, pero que no por ello deja de ser un trabajo o maldición bíblica, me pregunté por qué traduzco, ya que es algo que me ha salido en las escasas ocasiones en que me he visto en la tesitura de hablar con adolescentes y nunca he sabido muy bien qué responderles. Y empecé a repasar las posibles causas. Todo cartesiano, descarté rápidamente el ABURRIMIENTO como causa eficiente ya que entonces me dedicaría a alguna otro entretenimiento, por ejemplo, a matar gente con cualquier Call of Duty (es muy relajante si piensas que son conocidos tipo jefes y colegas), o a leer clásicos (traducidos) de la literatura universal, como Nostradamus, Alex Raymond o Enid Blyton. Así que pasé a la causa que mueve el mundo.

El DINERO: Ah, el vil metal… Poderoso caballero… Causa de todos los males… Vamos a ver, no es que me disguste. La verdad es que es muy útil para comprar corbatas y sopa (Gila dixit) y cosas así, pero no es mi primera motivación para traducir por varios motivos. El primero y principal es que traducir (libros) es mi actividad segunda y secundaria. Quiero decir que lo que me da de comer y cubre mis necesidades básicas (no esas escatológicas, no, otras necesidades) es mi actividad (¿?) como docente (¿?) de enseñanza superior (¿?), mientras que la traducción me ha servido para el lavavajillas y eso (Tahsin Yücel dixit). Con esto no quiero decir que me considere poco profesional o amante aficionado a tan noble arte o artesanía, sino que, habida cuenta de lo que se paga, como dependiera del menos de un libro que traduzco al año, aviado iba. Esto de la escasez del paganini es mal general, como podrán comprobar si asisten a cualquier reunión de traductores (de libros) y es la principal causa de que los publishers nos tilden de quejicas y amenacen con «deslocalizarse», o, dicho en plata, agarrar sus bártulos e irse con la música a otra parte donde los traductores locales los recibirán —según los antedichos publishers— con gritos de «hosanna, hosanna» (vid. Jesucristo Superstar o, mismamente, El día de la bestia). Claro que, ahora que lo pienso, los mismos publishers lloriquean una jartá de que nunca tienen un duro, y los agricultores, y los financieros, y los banqueros (curiosamente), y el vecino, y el señor que pasa vendiendo roscos de pan con ajonjolí (supongo), y…

Lo que verdaderamente me decide a pensar que no es el dinero lo que me motiva es que ganaría mucho más, por carácter, palabra o folio, haciendo otro tipo de traducciones, no digamos ya si son juradas (palabrita del niño Jesús). Sacaría una buena tajada si me dedicara a traducir pasaportes y certificados de penales, títulos de licenciado y certificados de estudios (por ejemplo, a mis exestudiantes), libros de familia y sentencias de divorcio (no se hacen idea del éxito que tienen), etc., etc. Sobre todo si respondiera a los cantos de sirena de esas simpáticas agencias de traducción que a menudo me mandan mensajes como «Oyes, hemos visto no haces juradas pero necesitamos presupuesto urgente en veinte minutos para traducción cien páginas sobre equipación cabezas nucleares para mañana antes ocho» y que cuando les respondes que, efestiviwonder y con gran dolor de corazón (esto no es cierto), no te dedicas a ese tipo de traducciones, te contestan «Sabes quien hace? Urgente», de forma que acabas con cierto complejo de oficina de información para gente que no tiene tiempo para escribir pronombres relativos. Supónganse que a lo mejor cobro, qué sé yo, pocos euros (brutos) por página traduciendo libros (Virgencita, que no me pille el tribunal de la competencia, voy a hacer como en las pelis por si acaso) «hipotéticamente». Pues bueno, «hipotéticamente» podría pedir chiquicientos por folio de certificado de estudios que, total, la agencia le va a cargar al chiquillo chiquicientos y mucho pico. Y encima los textos son casi todos más o menos iguales, que visto uno… Incluso me han propuesto negocios bastante inmorales, como que haga estas traducciones con máquinas de computar en lugar de con pluma de ganso u oca, pero yo sigo incorruptible.

Visto que no es el dinero lo que me mueve a traducir libros, se me ocurre que quizás sea la FAMA, pero me ha dado la risa. Hombre, no es que no podamos llegar a tener cierto renombre, así, entre colegas, especialmente si, como yo, te prestas a ir a darles charlas a sus estudiantes y te das con un canto en los dientes si te regalan un boli y un cuaderno, pero puedes tener por seguro que nunca serás tan famoso como, parafraseando a mi sobrina Sole cuando era chica, David Bisbal, sin ir más lejos. Lo que está claro es que en este negociado el gachó es el autor y que los únicos traductores verdaderamente famosos son los que ya y además son autores de gran renombre. Borges, por poner un poner que todos conocemos. Además, si eres un autor universalmente conocido nadie te va a decir que en tus traducciones no das pie con bola porque no sabes hacer la o con un canuto, sino que te admirarán por tu originalidad y la audacia de tus soluciones a los problemas de traducción. Todos caerán a tus pies si traduces «The Fall of the House of Usher» como «El otoño de la casa del ujier», fijo.

Esto me trae a la mente otra posibilidad de fama inmarcesible: la académica. Si en vez de traducir te dedicas a escribir papers explicando lo chungamente que han traducido otros tal y cual obra y que tendría que ser así y asá, que tú sí que sabes, conseguirás sin duda poca fama (total, nadie se lo va a leer), pero si lo publicas en revistas intergalácticas con alto índice de impacto, por ejemplo, el boletín de la comunidad de vecinos, que siempre citan sus artículos en el boletín del bloque de al lado y viceversa (basado en hechos reales, se lo juro por la memoria de mi gameboy), conseguirás los ansiados puntos para medrar. Esto está muy bien, porque se supone siempre que eres mucho más listo que el criticado, que tampoco tiene forma de contestarte si es que se entera. Me acuerdo de una crítica de una traducción al inglés de un libro que s.s.s. había traducido con anterioridad, que la despachaban como infame partiendo de un par de desacuerdos (sacados de su contexto) en el primer párrafo, ¡de una novela de tropecientas páginas! Pues nada, según el crítico la habían defecado porque ya habían desvirtuado para siempre al protagonista, a pesar de que queda por delante toda la novela.

Total, la fama no va a ser mucha ni buena (había un poema de Nabokov al respecto, creo) porque excepción hecha de algunos lectores y colegas, nadie te va a agradecer el trabajo. De hecho, todo es susceptible de empeorar y que te identifiquen con los autores que has traducido, porque el personal tiene la peregrina idea —y ya puedes explicárselo del derecho y del revés que no te hacen caso— de que eres tú quien elige los libros que traduces. Y como no les gusten, adiós muy buenas. Por ejemplo, un amigo me comentó una vez: «Me han dicho que traduces unos truños que no veas», a lo que le contesté que yo no tenía la culpa. Afortunadamente no se los había leído, que si no… Pero uno tiene su corazoncito y le da coraje que no le doren la píldora de vez en cuando por sí mismo y no por los autores de los libros que ha traducido.

O sea, que la fama tampoco es un elemento motivador para traducir.

Me entran ganas de decir que a lo mejor es mi deseo de ganarme el Cielo en la Otra Vida, pero no sé por qué me parece un poco calvinista. A lo mejor es porque todos los traductores (de libros) somos escritores frustrados, como reza el dicho habitual entre no-traductores. Nosotros, a cambio, tenemos el de que tal o cual compositor era un pésimo y muy mierdoso pianista, con lo que dejamos inferir que hay autores que muy probablemente suspendieron el examen aquél de las oraciones, los complementos directos y los diagramas en árbol, así como la ortografía, o bien es que faltaron el día que lo explicaron, vaya lo uno por lo otro. Pero no creo que sea por eso, porque si quisiera ser autorcreador, preferiría escribir algo yo, por malo que fuera, que hacerle de violinista a otro.

A lo mejor traduzco por aquello del DICHOSO PUENTE y quiero convertirme en la piedra y los arcos que, cual ONG, unen culturas y gentes a uno y otro extremo del bla, bla, bla, para así mejor contribuir al entendimiento entre pueblos, aldeas, villas y burgos, etc., etc., etc. Pero tampoco me lo creo, porque las lenguas como medio de comunicación me parecen una absoluta vulgaridad chapucera comparadas con las antenitas de las hormigas. Por ejemplo, cuando nos vinimos a Estambul, Mª Jesús buscaba escarpias y yo alcayatas y no nos entendíamos y hablamos la misma lengua. En realidad, lo que me parece una vulgaridad es eso de comunicarse, ganas de meterse en líos.

Y entonces caigo en lo que sí que me gusta de verdad de traducir, que es no solo saber qué coño dice ahí (o síndrome de Champollion) sino en lo bonitas que son las frases cuando no anda uno preocupado con lo de la comunicación, con sus verbitos, sus sujetillos, sus subordinadicas… Y sus palabritas que, ¡qué cosa tan curiosa!, quieren decir lo mismo o parecido que las tuyas, pero no son como las tuyas. Y lo bien que te lo pasas intentando pasarlo a lo que hablas o escribes tú mismo, que parece que estás haciendo a la vez un crucigrama y un sudoku. Y me doy cuenta de que eso me pone tan contento y se me pasa el rato sin sentir.

Los adolescentes mencionados supra creen por lo general que te pones a traducir cuando lees un texto que te arrebata poéticamente y, como te quedas balbuciendo un no sé qué, pues intentas poner más claro (o sea, por escrito) lo que balbuces y, envuelto por el aura literaria, ya te da igual que llueva o truene. Sin embargo, por lo menos en mi caso, todo es bastante más simple aunque sea lo mismo: que me gusta saber qué pone ahí (CRUCIGRAMA) y ver cómo puedo ponerlo yo (SUDOKU). Y, por supuesto y porque traduzco de una lengua tan poco conocida como el turco, que nadie pueda saber si me lo he inventado o no.

Teacher and Pupil, Strauss, St. Louis

Cucha, ven acá pacá. Que no me entere yo de que vas por ahí haciendo el puente

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