Los penalties del segundo árbitro

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Corríjame usted el enfoque del artículo, y la bibliografía me la pone más actual… Ven acá pacá que te voy a dar yo enfoque…

El otro día leí un chiste y me reí mucho. Dice: entra el segundo réferi en un bar y dice que así no debería estar escrito el chiste. Igual ustedes no se ríen nada, pero es que seguro que no se saben el rollo de los réferis o árbitros o pares y entonces, claro, no tiene gracia.

Han de saber que esto del arbitraje es algo que se aplica a las publicaciones académicas con la idea de que no les cuelen goles (con lo cual deberían ser porteros o guardametas, pero esa es otra historia) y para asegurar la excelencia científica. El sistema funciona como sigue: usted envía un artículo cientifiquísimo —tanto que no lo entiende nadie— a alguna revista que da muchos puntos; en la revista no saben si publicarlo o no porque no lo entienden y lo mismo es una tontería muy gorda que le podrían dar el premio Nobel y escapárseles; ergo se lo remiten a unos señores muy especialistas para que emitan un juicio con fundamento. Esos son los referees en inglés, o réferis o referíes (en Am., nos informa la Academia) o árbitros en lo que hablamos nosotros. También se les llama «pares», no porque sean en número par, lo que complicaría las votaciones, sino como en los Pares de Francia (que no sé si eran nones), supongo, o como con el Cola-Cao, un producto sin par. Esto se debe a que la academia científica es muy democrática y lo mismo es un catedrático jefe de departamento que un contratado doctor o un becario de efepei, todos pares (ojo, irónico).

Hasta aquí la teoría. La práctica es un poco más peliaguda. De entrada, este sistema que parece tan lógico para, qué sé yo, cosas que escriba Sheldon Cooper, no lo es tanto para las Humanidades, creo, porque tampoco es tan indescifrable un artículo sobre el Mío Cid, por ejemplo. Otro día si acaso hablamos de ese lenguaje que nos inventamos los de letras para que no nos entiendan los de ciencias, si quieren, pero ahora no es buen momento. Lo que quiero decir es que cualquier editor de una revista de Humanidades con dos dedos de frente (el editor) es capaz de juzgar si lo que dice un artículo es una sarta de sandeces o no, y la mayoría de las veces no habría que mandarlo a un especialista en esa subdisciplina. Vamos, que si a mí, que soy más bien del ala literario-lingüística, me ponen a opinar de un artículo de Historia, más o menos puedo saber hasta qué punto está diciendo pegoletes o no. Pero como lo hacen los de ciencias y algo tendrá el agua cuando la bendicen, pos hala, tos detrás, culito veo, culito deseo, o, en este caso, referí veo, referí pongo.

Hay que decir también que a los árbitros se les llama así mismo reviewers, uséase “revisores” porque se supone que revisas lo que dice el artículo para ver si se les ha escapado alguna gilipollez o algún gazapo, que no hay quien se libre de la fiebre lapina. Sin embargo, muchas revistas —y hay muchas, muchísimas, sobre todo de paganini, pero no de esas que se pagan para tenerlas y leerlas en el metro, la piscina o, ustedes disimulen, el retrete o excusado, sino que hay que pagar para publicar, es decir, paganini vicevérsico que diría Forges (d.e.p.)— se toman al pie de la letra esto de los revisores y con la excusa de que tienen que leerse los artículos y proponer correcciones o mejoras y aprovechando el hecho de que muchos de los referidos referís, como veremos, son grandemente aficionados a meter las narices en todo y a ser el/la novio/a en la boda y el muerto/a en el entierro —aunque quizá fuera más preciso decir que quieren ser el cura—, les mandan los artículos en un estado manifiestamente deplorable, o dicho de otra forma, prácticamente borradores sin repasar, que, hombre, antes de mandar un artículo de estos uno se mira las normas de publicación y lo envía ya arregladito, con la sana intención de que el réferi en cuestión lo corrija todo y así que se ahorran editores/correctores. Esto lo puedo decir de primera mano, no porque me haya dedicado a mandar artículos con una presentación mierdosa, sino porque yo mismo he sido referí más de una vez y no te dan los artículos a lápiz en papel de cuaderno y con churretes de chorizo de milagro. Por no hablar de la redacción, que eso me da acidez na más que de pensarlo. Y cuando se lo comentas al comité editorial, te dicen: «Pues pon en el informe lo que tenga que corregir y se lo pasamos». No, señor o señora comité, que a mí no me pagan para hacer correcciones de formato ni de estilo. De hecho, a los referís es costumbre no pagarles bajo ningún concepto, con lo que el negocio es bastante fino: tu universidad te obliga a publicar en este tipo de revistas; estas revistas no pagan a nadie —es de suponer que sí a su personal fijo— y cobran a los autores de los artículos; por fin, tu misma universidad paga una pasta para estar abonada a esas revistas. Negocio redondo.

Nuestros referís se resumen en dos, como los mandamientos. Están los que pasan bastante y todo les parece de rechupete a no ser que se encuentren con algún pecado mortal (yo ando más bien entre esta fauna); los intermedios, o verdaderamente motivados y responsables (probablemente boy scoutsguides en vidas anteriores), que se arman de lápiz y entusiasmo y hacen críticas constructivas y comentarios proactivos, muy frecuentes entre mis amigos y escasos entre mis conocidos; y por fin están los otros, el réferi nº 2 o número dos del chiste, o el número tres de otros chascarrillos: el horror, el horror…

Estos árbitros más que de “Actuar o intervenir como árbitro, especialmente en un conflicto entre partes o en una competición deportiva” (en este caso es de suponer que interviene entre el autor del paper y la editorial de la revista) o “desus. Discurrir o formar juicio” (esto parece bastante claro), van de “Proceder libremente, según la propia facultad y arbitrio”, y no olvidemos que arbitrio en  este sentido hay que entenderlo como “Voluntad no gobernada por la razón, sino por el apetito o capricho”. En resumidas cuentas, que estos árbitros o revisores (segundos o terceros) hacen de su capa un sayo y dicen lo que les da la real gana porque sí.

Lo normal es que en la primera revisión te echen para atrás el artículo con argumentos sólidos del tipo “no encuentro nada positivo que decir” (“I couldn’t find anything to praise”, es una cita literal) o “el autor podría dedicar su tiempo a otra actividad, por  ejemplo, la jardinería, en lugar de perpetrar artículos contra nuestra sacrosanta subdisciplina”. Si pasan por el aro de aceptar correcciones, lo habitual es que te digan que corrijas (a) el enfoque del artículo; (b) la teoría en la que te basas; (c) el título; (d) el resumen; (e) el cuerpo del artículo; y (f) la bibliografía (no sé si se me olvida algo). Sé de un caso en el que corregían incluso las citas literales de otros autores, que se ve que eran igual de burros que usted o yo. Luego dicen que cómo empezó la reforma protestante, pues seguro que haciéndole a la Biblia las correcciones propuestas por el árbitro número dos.

Y con tantos dimes y diretes la cosa se va prolongando, y prolongando, y prolongando… De hecho, creo que Colón quiso publicar su artículo Discovering of the Indias by the West en St. Basilio’s Parish Leaflet, una revista intergaláctica con un gran índice de impacto, y empezaron a ponerle pegas los revisores pares: que si no estaba tan claro eso del descubrimiento; que si sacaba unas conclusiones un tanto apresuradas; que por qué no lo había escrito desde un punto de vista postcolonial-feminista; que por qué no lo había escrito desde un punto de vista neorretórico-marxista; que por qué no lo había escrito desde un punto de vista psicolacaniano; que por qué estaba escrito en pergamino y con pluma de ave; que la bibliografía no era de los cinco últimos años; que le cambiara el título por el mucho más adecuado de Marinero de luces; que cambiara el APA por el MLA y el MLA por el Chicago y el Chicago por el Harvard; que, por favor, citara a los autores publicados en la revista y a unos parientes de los (anónimos) réferis —esto lo decía el consejo editorial—. Y para cuando casi lo tenía, un tal Américo Vespuccio va y publica otro artículo titulado Not the Indias but Myself y al pobre Colón se le jodió fastidió el invento.

A mí, sin ir más lejos, me pasó algo parecido. Mandé a una revista un artículo en el que hablaba de la necesidad de seguir leyendo los clásicos de la disciplina —Saussure y parientes mártires no se crean que era nada raro— porque se les puede sacar mucho jugo todavía y empiezan a tardar y a tardar en responderme. Por fin me dicen que un revisor decía que vale, que muy bien y muy bonito todo; que un tercero decía que ni hablar, que menudo churro, que tiraran el artículo a la basura y que luego me sacaran los ojos y me echaran plomo fundido en las cuencas; y el segundo decía que quizá se podría publicar siempre y cuando actualizara la bibliografía y cambiara el título. Me pareció una barbaridad porque la gracia del artículo era utilizar bibliografía anciana, precisamente, así que de haber cambiado eso no me habría quedado más remedio que, efectivamente, cambiar el título porque habría sido otro artículo completamente distinto (que es lo que en el fondo quiere el árbitro número dos). Así que lo envié a una segunda revista que también tardaba, y tardaba… hasta que al final la cerraron y adiós. Al final acabé mandándolo a otra revista internacional, el Boletín de la peña Manolete de Kurtuluş, que me da lo mismos puntos que el Scientific American o la Revista Seria de Cosas Interesantes. Al fin y al cabo solo fue año y medio largo, menos mal que no era un artículo descubriendo la cura del cáncer ni nada parecido.

Pero bueno, en todas partes cuecen habas. Miren si no lo que le pasó al Fúrer Giler y mira que tenía enchufe, les dejo con el vídeo correspondiente (por cierto, ¿entienden ya el chiste del principio?):

 

 

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Traducir la ciudad. Espacios de Estambul en español

Me parece que traducir y dar clases tienen mucho en común: repetimos lo que otros han dicho, pero de otra manera (U. Eco dixit). Al principio te cuesta mucho trabajo disentir o alejarte de lo que has leído, sobre todo si son autoridades de las del principio —de autoridad—, pero después vas cogiendo confianza poco a poco y empiezas a plantearte lo que creías que eran dogmas de fe y a darte cuenta de que con un retoquecillo quedarían bastante mejor. «Para mí que esta frase no se entiende del todo bien, ¿y si pongo en plural el complemento directo?»; «Nadie en su sano juicio dice “como eso” ni “¿quieres que hablemos de ello?”»; «Platón será Platón, pero la manía que le tenía a los poetas era un poco exagerada»; «Claramente la bandera de Andalucía es una imposición del centralismo sevillano porque viene directamente de la del Betis, de la misma forma que la existencia del Sevilla como club de fútbol es una demostración de fuerza del imperialismo capitalista madridista». Bueno, puede que esto último sea una exageración.

Adonde quiero llegar es que a partir de cierto momento se ve que todo lo que has ido acumulando de lecturas y experiencias, aunque estas últimas son más engañosas, empieza a rebosarte por las orejas, a perderse y a mezclarse todo en la mollera febril y es entonces cuando, si das clase, comienzas a soltar cosas raras a los estudiantes y, si traduces, a no tratar de justificarte cada decisión que tomas. Ese es el momento en que empiezas a funcionar como es debido. Reconozco que parece bastante escolástico: leo muchas tesis, las hago un gazpacho con un montón de antítesis y con mogollón de síntesis me sale un churro que ni yo me entero. No obstante, también me parece que es cuando uno empieza a decir algo medianamente original, aunque igual no lo es del todo por aquello de que no hay nada nuevo bajo el sol, etc., etc.

O igual es que estoy un poco influido por esa lógica boy-scout de tebeo de la Marvel de que llega un momento en que, después de pasarte la vida absorbiendo cosas más o menos interesantes –bocadillos de jamón, por ejemplo–, debes reintegrar o aportar algo a la sociedad. Es aproximadamente la lógica de los impuestos, vaya, y me la tomo bastante en serio porque trabajo en una universidad pública y, por lo tanto, en parte mi sueldo sale de mis impuestos como si yo mismo fuera D. Juan Palomo, así que tengo derecho a exigirme.

En suma, que cuando llegas a determinada edad, te parece que puedes decir algo que no sea únicamente repetir, o por lo menos eres capaz de hacer un cóctel con lo que repites de varios. Pero no solo eso, no solo crees que puedes decir algo, sino que además, si trabajas en la universidad, te obligan. ¿Cómo? Simplemente por aquello que en inglés dicen de una forma tan bonita: publica o perece (publish or perish). Si quieres llegar a alguna parte, o, dicho de otra forma, si quieres medrar, no te queda más remedio que publicar. Y puedes hacerlo de varias maneras, sobre todo si es a través de nuestros amados papers, siendo la más práctica, al menos en estudios de traducción, pero también en literatura, la de coger cualquier teoría –digamos la heliocéntrica—, aplicarla a la traducción de un texto cuanto más breve y raro posible, mejor –algún poema dadá— y concluir que o bien la teoría o bien la traducción del poema son un excremento empalado. Para literatura, quiten lo de traducción y dejen lo demás igual. No es mal sistema y da mucho de sí, así que no seré yo quien lo critique. No obstante, no sirve para todo, por ejemplo para escritos largos.

Y el problema es que el sistema académico turco exige –exigía—, entre otros requisitos, tener publicado un libro de investigación para ascender a los cielos de lo que en España era ser adjunto o catedrático. En las correspondientes instrucciones normativas te dejan bien clarito que no sirven manuales ni métodos y que el susodicho libro –uno por escalón— no debe estar basado, casi ni inspirado, en la tesis ni en la tesina. En plata, que si quieres que te paguen más –en caso de ser extranjero, o sea, contratado— o que te paguen más y acceder al ansiado funcionariado –si eres turco— tienes que tener un libro publicado por categoría como mínimo. Se supone, como siempre, que funciona un poco al revés, es decir, si tienes un montón de publicaciones, entre ellas libros de investigación, y miles de actividades, se asume que tienes lo que hay que tener (the right stuff) para ser académico de pro y yastá. Por supuesto, todos nos lo tomamos al revés, cogemos la lista de los requisitos mínimos y empezamos a echar cuentas: diez puntos por dar clases, tres por ir a misa, siete por participar en la procesión del Corpus, dos por ser del Atleti, cuatro por ser editor de la hoja parroquial, dos por artículo en Nature y Science. Te faltan cuatro y medio, así que empiezas a mirar qué te puede dar exactamente eso, no cinco, no, cuatro y medio o dos y dos y medio. No, tampoco dos y tres cuartos, así que no vale la pena ponerse a aprender a tocar la bandurria.

Como decía, una de las condiciones mínimas para Humanidades es tener un libro de investigación. Así que se ha llegado a lo que el vulgo llama “la tesis de doçentlik (lo que antes era ser adjunto y ahora titular)”, que en realidad no es una tesis, pero como hay que hacerlo, pues como si lo fuera. Para escribir el libro famoso también se te abren diversas posibilidades —como encargárselo a un negro o copiarlo— en las que no voy a entrar, sino que voy a hablarles de lo mío porque yo he venido aquí a hablar de mi libro.

Encontrábame en dicha tesitura de querer subir en el escalafón (Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura), así que empecé a darle al magín sobre qué tonterías podría decir que dieran de sí un libro. De haber sido cierto compañero mío, habría pensado en términos de páginas, pero no, yo soy más chulo que un ocho. Por supuesto, empecé con ese tema sobre el que todos pensamos escribir en un primer momento: el universo mundo y el ser humano. Sin embargo, lo encontré un tanto poco preciso y decidí concretarlo algo más.

Así que me puse a pensar –lo cierto es que llevaba un tiempo pensando en estos asuntos y de ahí mis dolores de cabeza— en cómo podía aprovechar lo que soy –igo— y lo que abro y cierro –ogo, pero también libro–. Y ya tenemos los dos o tres padres del cordero porque madre no hay más que una. La fusión o fisión entre mi yo-traductor y mi yo-profesor. Como he estado bastantes años dando clase de teoría de la narrativa (a), de comentario de textos (b) y de redacción más o menos académica (c), se me ocurrió que podía integrar todo en un gran sistema retórico, en general, y en concreto escribir algo sobre cómo en las novelas que he traducido (turcas) se pasa de una idea abstracta del espacio (en la esfera de la intellectio) a unos lugares concretos (un procedimiento de la inventio) que, evidentemente, no significan lo mismo para el lector turco que para el lector español.

El impulso inicial me lo dio la traducción de “Aceitunas con pan” para ¡Hjckrrh!, a la que veo que tengo que dedicarle una entrada como es debido. En el cuento pueden verse tres espacios —en realidad alguno más— que para cualquier estambuleño son altamente significativos, como si en el/la Madrid de hace bastantes años hablaras del barrio de Salamanca y de Vallecas o ahora de Chueca. Que no digo que tengan significados ni parecidos, pero sí que significan algo, unos aquí y otros allí. Como es de suponer, en la mayor parte de estos casos, el lector de la traducción se queda a dos velas. Si el autor es medianamente hábil, lo apaña de forma que cualquiera se haga una idea. Ejemplo, la novela fretziabana Bajrn ux kuhdnb dice en cierto momento: «Busgd se compró un pisito en el barrio de Jgbvlain, lo que sin duda representaba un ascenso social para él» y con eso nos quedamos medianamente contentos. Sin embargo, nos estamos perdiendo algo básico para cualquier lector fretziabano que se precie: que en ese barrio son famosos los caracoles en salsa, que como todos sabemos son gran haram para los musulmanes. Y claro, de eso no nos enteramos en la traducción a no ser que estuviera llena de notas y tuviera una introducción más larga que la novela, con lo cual le daría un infarto al publisher o editor-capitoste.

Mi idea era escribir un libriyo (librillo es de papel de fumar) mucho más amplio de como me salió, con los tres espacios básicos de Paz (Estambul, años cuarenta: la península histórica, el Bósforo y Taksim como parte moderna), algunos de Pamuk, quizás de El libro negro y casi seguro El museo de la inocencia (Estambul, años setenta-ochenta, Nişantaşı, Taksim y Cihangir) y también los de Dos chicas de Estambul (Estambul, años noventa, los centros comerciales y el Beşiktaş de las academias de preparación para la selectividad). Me habría quedado canela, pero no me dio tiempo porque tenía que estar publicado antes del verano del año pasado (2017) porque a principios de este (2018) cambiaban los requisitos para aspirar al catedratilicio cielo (que todavía no me ha oído) y la cosa se volvía bastante más peliaguda. No pudo ser por aquello de vísteme despacio que tengo prisa, así que todo se quedó en los espacios de Paz, que dan bastante de sí, no crean.

También me habría gustado que saliera en turco, que me habría sido bastante más fácil de publicar porque aquí conozco a más gente, pero la colega que me lo iba a traducir al final no pudo (en —gran— parte fue culpa mía porque me salió más difícil y largo de lo que parecía en un principio). Así que me vi en un buen brete porque tenía que publicar ya el mardito libro. Estábamos, si mal no recuerdo, en mayo y si quería entregar mi expediente con tranquilidad, el libro tenía que estar listo, como tarde, en julio. De mis escasos contactos en la madre patria a nadie le importaba un bledo (normal, por otra parte) o me contestaban que, como pronto, saldría cuando las ranas criaran pelo. Mientras investigaba, desesperado, posibilidades de autoedición, me acordé de que Mª Jesús había publicado una versión corta en francés de su tesis —La figure du brigand d’honneur dans la saga de Mèmed le Mince de Yaşar Kemal— en la editorial local The Isis Press. Es una editorial que únicamente publica sobre temas turcos y en lenguas extranjeras —tiene colecciones en inglés, francés, italiano y español— y es bastante prestigiosa en lo suyo. Me puse en contacto con el editor, Sinan Kuneralp, al que le pareció requetebién, le mandé el archivo correspondiente, enseguida me envió las galeradas —que, por supuesto, él no tocó mucho porque estaba todo en español, así que eso de que los errores son míos en este caso es mucho más cierto de lo habitual— y más o menos un mes después ya tenía el libro en las manos. De esa forma pude entregar mi expediente en rectorado, aunque en principio no querían aceptarlo porque soy contratado y no de cuadro y luego me lo perdieron (¡qué casualidad!). Menos mal que lo hice con tiempo.

No fue como me habría gustado, en turco en Turquía y, si no era posible, en español en España, sino en español en Turquía, lo que va a dificultar bastante que sea leído y por lo tanto que se convierta en un súperventas, pero a caballo regalado mejor que te des con un canto en los dientes. Por lo menos ahí está para quien le interese y como parte de mi Summa Translaticia, con la que quiero reivindicar la traducción como forma o parte de la Retórica (todavía no lo tengo muy claro). A ver si hay suerte y me citan mucho aunque sea para mal y así salgo en los famosos índices de impacto y la gente me trata de usted y los gatos dejan de bufarme por las calles. ¡Me sentiría como si fuera talmente don Pantuflo Zapatilla, catedrático de filatelia y numismática!

P.D. Unos detalles sobre Sinan Kuneralp, a quien le estaré eternamente agradecido. Es hijo de Zeki Kuneralp, que fue embajador turco en Madrid entre 1972 y 1979, años moviditos. Fue su último destino antes de jubilarse (creo) y poco después escribió un libro de memorias —Sadece Diplomat/Solo diplomático— en el que hablaba bastante de nuestro país y al que Martínez Montávez le dedicó una conferencia en unas jornadas que se celebraron en la UAM. Los Kuneralp tienen un mal recuerdo de Madrid, por desgracia, porque un comando terrorista armenio atacó el coche de la embajada el dos de junio de 1978 matando a Necla Kuneralp, esposa del embajador y madre de Sinan, a un cuñado de Zeki Kuneralp, el embajador jubilado Beşir Balcıoğlu, y al chófer, Antonio Torres Olmedo.

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Tintín, el amargao o el fartusco al que le quirraban los pegoletes

Portrait of a young man standing under a tree, leaning on a halberd in the attitude of a melancholy shepherd, gazing at a suit of black tilting armour, with a fortified city and a battle in progress in the distance. Probably Sir Robert Sidney; possibly Sir Thomas Knollys.

¡Ay, mísero de mí! ¡Ay fartusco! Con el hüzün que tengo me ha dao por los pegoletes y por eso me tengo que apoyar en el abrelatas

En las últimas semanas me he topado varias veces con una palabreja sobre la que tuvimos ocasión de hablar en las entradas correspondientes a Estambul de Orhan Pamuk. Se trata de «hüzün», que traduje en su momento por «amargura». Me permito refrescarles la memoria: poco antes de que se publicara el libro, uno de los jefazos de la editorial me comunicó que el título del capítulo correspondiente —que en turco se llama «Hüzün, melankoli, tristesse», y no creo que tengan dificultad con las dos últimas palabras— lo iban a dejar en turco, más exactamente con la única palabra turca, tal y como habían hecho en la traducción al inglés. Aunque en su momento no me pareció del todo bien, tengo que reconocer que nunca he visto una operación de mercadotecnia parecida. El capítulo se refiere a un sentimiento que según Pamuk es muy propio de Estambul, y la astucia comercial consistió en que al dejarlo en turco todo el mundo puede decir que en su pueblo existe algo muy parecido y que se llama de una forma igualmente extraña —lo cual, entre otras cosas, contradice la idea de que sea un sentimiento propio de Estambul, pero pelillos a la mar—. También podríamos utilizar la técnica contraria y llamar así a cualquier estado de ánimo, mientras no sea de euforia feliz: «¿Quieres una galleta príncipe estrella? —que es lo más exquisito del mundo—. Te veo con una miaja de hüzün»; «No, si yo iba a hacer las cuentas y las oraciones, pero me entró un poco de hüzün y no pude acabar la tarea». Por ejemplo.

De las dos personas que me escribieron con esto de «hüzün», una lo hacía para un curioso proyecto de arte, sí, para crear un archivo audiovisual en el que los traductores habláramos de las dificultades de traducción —evidentemente— de la palabra y de los silencios que oculta, idea que me pareció un tanto curiosa hasta que me acordé de aquel poema de Cernuda titulado «Palabra amada»:

– ¿Qué Palabra es la que más te gusta?
– ¿Una palabra? ¿Tan sólo una?
¿Y quién responde a esa pregunta?
– La prefieres por su sonido?
– Por lo callado de su ritmo,
que deja un eco cuando se ha dicho.
– ¿O la prefieres por lo que expresa?
– Por lo que en ella tiembla,
hiriendo el pecho como saeta.
– Esa palabra dímela tú.
– Esa palabra es: andaluz.

Que también anda con eso de lo que calla la palabra y lo que tiembla en ella y otras zarandajas, así que me callo. No sé si a una compañera que tengo y que opina que mi filología no es «de verdad» le parecerá bien que mencione un poema de un poeta de la literatura, pero me considero capacitado para citar este porque soy andaluz. En fin, la entrevista con la artista fue muy entretenida y espero que les salga muy bien el proyecto, aunque sigo sin entender qué es lo que pretenden hacer.

El otro mensaje era de un lector (del libro) que estaba escribiendo un artículo sobre Estambul (la ciudad) y me preguntaba si mi «amargura» tenía connotaciones parecidas a la melancolía porque en la nueva edición en inglés lo habían traducido por «melancholy». Le tuve que decir que Pamuk especifica que la/el tal «hüzün» no es la melancolía —ni tampoco la tristeza, si vamos a eso—, así que no tenía ni idea de por qué lo habían traducido así. En ambos casos defendí mi postura de haberlo traducido por «amargura», entre otras cosas porque sería un poco estúpido por mi parte (Cipolla, 1988) asumir que lo mío era una defecación como una catedral mientras que lo anglosajón, obviamente inspirado por Traduverte, la musa de la traducción, roza lo sublime. De todas formas, lo más importante es que da igual como lo llames porque en el texto lo explica todo bastante clarito, pero cada cual lo va a llamar a su manera. Aunque para llamarlo melancolía hay que haberse leído el capítulo una miaja deprisa, la verdad.

Esto de que cada hijo de vecino se identifique con la palabreja porque lo que quiere decir es igualico, igualico que lo que hay en su pueblo, es algo que analizaba Scott McCloud en relación con Tintín. Y no porque Tintín sea melancólico, triste, amargado o, ya que estamos, hüzünlü, qué va, todo lo contrario —aunque a veces sí amargue un poco al pobre Milú cuando le impide desarrollar su vocación de catador de Loch Lomond—, sino porque, según McCloud, todos podemos identificarnos con Tintín. La idea es la siguiente: los tebeos de Tintín tienen unos fondos y demás de un increíble detalle y realismo, con lo que no tenemos que hacer demasiado esfuerzo mental para imaginárnoslos (o imaginarnos que estamos allí); por el contrario, las caras de los personajes, y particularmente de Tintín, son de una abstracción que tira de espaldas, unas curvas para las cejas, unos puntos negros para los ojos, otro para la boca y una especie de parábola acostá para la nariz y pare usted de contar. Por supuesto, tiene el tupé, pero la idea es mantener los rasgos distintivos al mínimo, de forma que con un poco de studioline-esculpetuscabellos, puedes parecerte a Tintín en un periquete (siempre y cuando vuelvan a ponerse de moda los bombachos, porque lo de Tintín y los Pícaros fue una puñalada trapera, vamos, hombre).

Y con las palabras se ve que puede pasar lo mismo. Se mantiene un mínimo de significado y cada cual la usa para lo que le dé la gana. Algo así hacían en La carrera de Oklahoma de Lucky Luke (que en Turquía es Red Kit, no sé por qué), cuando el malo emplea en su periódico sin parar las palabras «inicuo» e «iniquidad» (y, como siempre, me acojo al derecho de cita precisando que el autor de Lucky Luke es Morris, como supongo que ya sabían):

El éxito que tiene una palabra que nadie entiende me lleva a pensar si no sería una buena técnica, especialmente vistos muchos artículos académicos. Así que he decidido emplear en mis comunicaciones y escritos más serios palabras más o menos típicas de mi tierra por aquello de colaborar al desarrollo de Andalucía y a su difusión en el mundo. Muchas de ellas son derivaciones de otras que ya existían, pero todo es cuestión de inventarse una etimología más o menos chorra para darle una pátina auténticamente cardabasa (¿ven?). Por ejemplo, qué sé yo, «quiyo», que es evidentemente un apócope de un diminutivo de un término que de por sí significa «pequeño» o «menudo». Pues se puede decir que en realidad viene del latín «illo» con el árabe-persa «ki» y significa «lo ello», pero por evolución peyorativa, «lo ello», es decir los asuntos públicos de la medina, devino en lo poco importante, de ahí en lo minúsculo y posteriormente en lo pequeño, de forma que acabó siendo una forma cariñosa de llamarse los ciudadanos unos a otros en plan vocativo, como si dijéramos: «Oh, pequeño burgués o sacrificado ciudadano; oh, infelice».

A algunas de estas palabras les tengo especial cariño, por ejemplo a «garvana», que he mirado en el diccionario y se escribe «galbana», cualquiera diría que por un proceso de confusión de la lateral y la vibrante, pero posiblemente porque viene del beréber «garv-ana» que significa «estado de extrema abulia (ana), próxima a la actividad vegetal (garv)»  y no, por supuesto y Dios nos libre, «pereza» o «desidia» como nos dice la Academia que significa «galbana». Mientras que la pereza es un pecado capital, la «garv-ana» es ajena a la voluntad propia y viene producida  por el temor insuperable a la «gofetá» (observen qué armónica la velarización de la oclusiva inicial) de «la caló» (así, en femenino, como «la mar» y con una bonita fonologización por apertura de la «o» tónica final). Bueno pues con esos mimbres, abulia, quizá un pelín de poca gana de nada…, podemos hacer no solo un cesto, sino cien. «Cuando en mi pueblo le entra a la gente la garvana…»; «hoy no me viene bien por la de garvana que hay, sabes?», etc.

Otra que me gusta es «jarapiyo», que viene de «harapo», pero que se usa para los faldones de la camisa («¿Aónde va así, nene? Pero métete el jarapillo, padre, que va enseñando el ombligo»). Podríamos usarla con toda facilidad para la vestimenta informal o causal o casual o serendípica (a veces la Academia también se inventa palabras que no entiende nadie). Por ejemplo: «Pues, oyes, como que fue una boda muy hipster, súper de jarapiyo». Y te quedas tan contento. O para la ropa regional: «En Andalucía el traje regional masculino es pantalón, jarapiyo y calañés». ¡Qué bonito!

Pero la que se lleva la palma para mí es «fartusco». Según un diccionario cordobés que tengo por aquí (de la fundación Córdoba, Ciudad Cultural), significa: «tontorrón/-a», lo que, por supuesto, es una valoración muy a la baja del vocablo. El verdadero fartusco no solo es un estúpido en el sentido de necio, sino también en el de desagradable y se trata de una condición sólidamente enraizada en su ser-en-sí. No sé si todos mis paisanos estarán de acuerdo, pero la fartusquez es una cualidad innata, aunque con esfuerzo se puede adquirir también. No tienen más que pensar en Juanillo, sí, sí, ese al que le dieron un carguillo. Obviamente, aquellos que no estén de acuerdo con mi sabio juicio es más que probable que posean cierto grado de fartusquez. Y que ellos opinen lo mismo de mí no implica que lo anterior no sea cierto. Con todo, como nadie más allá de nuestras fronteras sabe lo que es, propongo esta palabra para su uso universal. Por ejemplo, al aceptar el Óscar: «Quiero agradecérselo a mi madre, a mi vecina Julita y a todos los fartuscos que he encontrado a lo largo de mi carrera». O en el banco: «Venía a hacer un ingreso porque ayer estaba su fartusco de usted y no pude». O ligando en la barra de un bar (actividad puramente mitológica): «Hola, ¿cómo te fartuscas? ¿Estudias, diseñas o fartuscas». Aunque, la verdad, esto último suena como lo de los pitufos. Que, de haber sido su guionista Pamuk, igual eran los «pitüzün».

En fin, que tienen ustedes un montón de palabras por ahí que pueden usar a su libre albedrío. Y si no están seguros de cuál emplear, siempre pueden acudir a «pego» o su diminutivo «pegolete», como he hecho yo en el título de esta entrada. Si lo piensan bien, sirve para todo. Y siento haber estado un poco fartusco, pero es que últimamente con tanto pegolete…

P.D. Un artículo de Fruela Fernández me recuerda que también en España alguien escribió sobre lo de Pamuk:

En el corazón de este libro late un sentimiento (hüzün), palabra imposible de traducir, pero que traduciremos como melancolía.

Mientras que en libro del Pamuk dice, un poner (cito por la edición que en este momento tengo en mis manos, aunque ustedes no lo vean):

Ahora llegamos a lo que diferencia la melancolía de la amargura. Nos aproximamos no a la melancolía que siente una persona individualmente, sino a ese sentimiento oscuro compartido por millones, a la amargura. Estoy intentando hablar de la amargura de toda una ciudad, de Estambul. (pág. 114)

O bien:

Pero ahora estoy intentando hablar no de la melancolía, sino de la amargura, que tanto se parece a aquélla […] (pág. 115)

Y donde dice «amargura» me ponen ustedes «hüzün» si me hacen el favor. De lo que se deduce que en ocasiones es conveniente volverse a leer el libro antes de reseñarlo. O volverse a leer la reseña. O que se la lea un vecino antes de publicarla. Buenos pegoletes les deseo con mi mejor fartusco.

 

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Conciertos a cuatro, ocho, o las manos que quieran

Mieris Frans Duet

Así sí que da gusto trabajar, con tu nene que te trae el té, tu ordenador con teclado último modelo, tu loro para la musiquilla…

A lo mejor al leer la entrada anterior se quedaron con la idea de que no me parecen bien las traducciones hechas por más de una persona. Lo de las personas lo digo porque cuando un texto lo traduce más de una máquina sí que me parece francamente mal, aunque no deja de tener su gracia lo de pasar un par de veces un texto por el transleitor. Bueno, a lo que íbamos. No, no me parece mal. Me da bastante igual casi siempre e incluso hay ocasiones en que no queda más remedio, así que lo de Herodes. Pero hay excepciones, claro.

En la historia de la traducción desde Cicerón o así hay grandes parejas artísticas cuyos resultados no tienen nada que envidiarles a Fred Astaire y Ginger Rogers, por ejemplo (iba a decir el Gordo y el Flaco, pero no quiero levantar suspicacias). Se me vienen a la cabeza así de repente la pareja formada por Carmen Francí e Ismael Attrache, que se llevaron el premio Esther Benítez por La pequeña Dorrit, que yo habría traducido por Dorritita, o bien La Dorritín, pero ya saben cómo son las editoriales. De todas formas, en estas lides de la traducción en pareja artística o a cuatro manos se llevan la palma Atalaire, que en realidad son, por orden alfabético, Mercedes Fernández Cuesta y Mario Grande. Juntos han traducido casi toda la literatura universal y me llevé una grata sorpresa cuando un verano descubrí en la piscina del bloque de mi madre que hasta han traducido los diversos volúmenes de la autobiografía de ese gran aventurero que es Gerónimo Stilton. (Paréntesis, evidentemente. No lo descubrí porque en la piscina haya ratones, que no parece, sino porque era la lectura de algún sobrino. De todas formas, los ratones son tan chiquitos que solo se pueden ver con el rabillo del ojo cuando hacen la maratón del zócalo del pasillo o cuando requiescan en paz.)

Otro caso, no necesariamente de parejas sino más bien de ménage à muchos, sucede cuando la editorial quiere tener el manuscrito de mil millones de páginas para el martes porque tienen pensado mandarlo a la imprenta en octubre y así tener un margen. En situaciones parecidas no es raro que el libro se parta en cachos y se mande a varios traductores. Incluso hay quien dice que alguna editorial partía en muchos trocitillos los libros, los iba mandando a traductores diciendo que eran una prueba de traducción, luego decían que no habían quedado satisfechos, juntaban los pedacitos como quien hace un puzzle y a otra cosa mariposa. Cosn este tipo de traducciones puede llevarse uno bonitas sorpresas, como aquella novela en la que a veces traducían los apodos de los personajes y a veces no. Y no es que esté yo en contra de semejante práctica, sino que si se lo encargas a varios, convendría que hubiera alguna persona responsable que le diera un aire unitario o uniato. Creo que el nombre técnico de semejante ente es editor, pero no me hagan mucho caso. Yo lo apunto por el bien de la humanidad, por aquello de que las prisas son malas consejeras y si ya van con bulla… También se le puede encargar el pulido final a un agente externo, como me propusieron una vez que no tenía tiempo para aceptar un encargo que querían urgentísimo: «Eso pillas a unos estudiantes que te lo traduzcan en sucio y luego lo pasas a limpio y ya está». Idea de la que me apoderaría con sumo placer si tuviera más espacio en mi casa. Pensaba llamarlo «traducir a galeras» (en lugar de «galeradas») y a mí mismo «cómitreditor». O bien llamarlo a todo ETT; es decir, «emprendimiento de traducciones temporales».

Conscientes de que esto de la traducción de todos arrejuntaos no es tan fácil, pero que se hace (lo mismo que también se hace eso de encerrar a los traductores en las mazmorras de un castillo para que no filtren el último best-seller, incluso antes de sell nada), un grupo de traductoras crearon el colectivo Anuvela, que no sé si sigue activo (me sale «404 not found»), pero que en su momento explicaron cómo trabajaban en Vasos comunicantes, en el número 42, a partir de la página 99 para ser más exactos, en un artículo titulado «La unión hace la fuerza», que podrán leer en el enlace si es que ustedes son capaces de ver algo en el cacharro este del Calameo. La idea es que siendo algo que se hace de hecho (la traducción conjunta), ¿por qué no hacerlo con gusto y al revés? Es decir, en lugar de buscar un grupo, que el grupo esté ya hecho entre colegas y más o menos amiguetes. ¿Que son traducciones individuales? Pues ahí está el colega para echar una mano, por ejemplo, mirando en ese diccionario tan gordo. ¿Que hace falta un colectivo de traductores? Pues henos de Pravia. Por cierto, que a mí eso del colectivo me sigue sonando a asamblea de la facultad, que tampoco es malo per se.

Cuando se traduce del turco u otra lengua igual de rara todo este lío de la multiplicidad de traductores, sean unos o trinos, es casi necesario. ¿Por qué? Iba a decir que porque hay pocos traductores lenguarara/castellanospañol lo bastante buenos como para no hundir la editorial que los publique, pero no sería demasiado exacto. Hay pocos, por supuesto, pero es que además muchos de los pocos que existen prefieren cobrar espuertas de oro por traducir proyectos de empresas en lugar de unos miserables maravedíes por poemas sublimes (un poner). Pero bueno, en cualquier caso, hay pocos. Así que se suele recurrir al nativo, cuya lengua nativa no es nuestra lengua nativa porque no son nativos de donde nosotros somos nativos. Y además suelen tener más idea del panorama literario de su pueblo. Dicho de otra forma, suele/puede recurrirse a un traductor turco —en el caso que nos ocupa—, pero como el idioma español de suyo no será muy perfestisimo, pues se acude a algún hispanoparlante desde chico para que le dé un repasillo o repasazo. Lo ideal, por supuesto, es que este último sepa turco. Entonces, me preguntarán, ¿para qué hace falta el turco/persona? Pues porque el turco/idioma del español/persona suele/puede ser tan poco muy perfestísimo como el español del turco. Les voy a ofrecer una imagen visual: digamos que, como me aburro, me amputo la pierna izquierda, convenzo a alguien que se ampute la derecha y así, si él se pone a mi izquierda y yo a su derecha, es como si tuviéramos las dos piernas; si queremos andar cada uno por su lado iremos a trancas y barrancas, y si nos ponemos al revés, probablemente nos demos un buen trompazo. Algo así es el sistema. Pero si las dos piernas que quedan son flacas, tampoco funciona muy bien; ambas tienen que tener sus musculitos y alguna idea de cómo se anda.

Y puede producir muy buenos resultados, como demostró desde el principio Fernando García Burillo en Ediciones del Oriente y del Mediterráneo con sus diversos partenaires hasta que decidió traducir él solito. O Irfan Güler y Pepa Baamonde, de profesión artística sus traducciones de poesía. El último libro que publicó está pareja, insisto, artística y no de la Guardia Civil, fue un bonito ejemplo de la cantidad de gente que puede acabar metiendo las narices en una traducción sin que por ello el resultado sea malo. Tradujeron la poesía de Yaşar Kemal, asimismo para la editorial de Fernando García Burillo que, como es natural, editó el texto y el libro —y escribió el postfacio—, pero también intervino Çağla Soykan, que tradujo un par de poemas, Güven Turan, que escribió la presentación… Y los que opinaron, entre otros muamem y un señor que pasaba por allí. En realidad, y ahora que lo pienso, siempre es mejor esto que traducir a través de una lengua interpuesta porque conoces al otro y muchas veces lo tienes delante, no como si tuvieras un libro en, digamos, inglés o francés y tú mismo no tuvieras ni idea de la lengua original del original.

De todas formas, para que el resultado sea óptimo son convenientes unos mínimos. Por ejemplo, que cada cual tenga su ordenador y su lápiz porque si no todo es «aparta la cabeza, que no veo», «punto y coma, no; coma, coma», «déjame a mí, que tú no tienes ni idea de cómo poner unas comillas», «haz el favor de no pringarme la pantalla con los dedos de tu asqueroso bocadillo de caballa con kétchup», «Me gustaría que no chuperretearas mi pluma párker». Y unos mínimos de espacio personal: «¿Podrías echar el humo del cigarro a algún sitio que no fuera mi cara?», «Por el amor de Dios, no me pongas el sobaco delante de las narices», «Hazme el favor de no dejar caer la Enciclopedia Británica en mi pie», «¿Quieres dejar de dar pataditas a la pata de la mesa?», etc. Entre otras cosas porque si no se dan estos mínimos, veo difícil que se repita el tándem, sobre todo si el libro es muy gordo y requiere meses de convivencia. Miren si no, cómo acabaron a la greña Scott y Shackleton o Góngora y Quevedo y eso que no tuvieron que traducir nada juntos.

Si no se presentan problemas de fuerza mayor (divorcio, infanticidio, etc.), la situación no no suele ser tan grave y la traducción llega a buen puerto, como lo prueba el que, si todo va bien (crucen los dedos —de la mano—, pongan cirios a Sta. Rita, hagan un nudo en una servilleta y recen a S. Cucufato aunque eso sea para encontrar cosas), en un futuro próximo los participantes de los segundos talleres de la isla Príncipe (alias Büyükada) vamos a publicar el resultado de unas traducciones en conjunto, que fueron en plan como… cómo les diría yo, como cuando en el colegio les decían —yo soy muy viejo para eso— «formad grupos, que vamos a hacer una actividad con la plastilina», algo así. Y nos pusimos a traducir unos relatos en grupos móviles con peleíllas diverguay y de utile dolci del tipo: «Yo creo que eso habría que traducirlo por “mejillón” y no por “almeja” porque en tu vida te has comido unas almejas si dices “almejas al vapor”», o «pa mí que eso no es “en tiempos de los moros”», o «es que eso es lo que se llama “sujeto” y eso otro lo que llamamos “complemento directo”». En fin, yo quería que se hiciera un ejercicio de traducción destinada al gran público —lo que implica que no te puedes andar con muchas zarandajas de literalismos— y no necesariamente difícil y parece que va a llegar a buen puerto. Mejor tarde que nunca.

Sin embargo, por muy fan que sea de la traducción a varias manos, hay dos ocasiones en que no me hace demasiada gracia. La primera, como ya he dicho, es cuando la editorial anda con prisas y no se molestan en editar como es debido el libro. Como no me canso de repetir a quien no pueda impedir oírme (actualmente, «escucharme»), son los traductores quienes se llevan siempre la culpa de un producto mal presentado. Si el original es un mojón de a kilo (-gramo) escrito con los pies, el lector va a suponer que el autor es inocente porque si no la editorial no habría publicado semejante plasta. Y si al libro final se le notan las costuras, más de uno dirá: «Ya podían haberse puesto de acuerdo los traductores, que no es tan caro mandarse un correo electrónico».

El segundo caso es, como dije en la entrada anterior, cuando unos cardan la lana y otros se llevan la fama. Es lo que podría haber hecho yo de haber montado mi equipo de estudiantes (igual lo he hecho, pero ustedes no lo saben, ¿no?). Y no me parece mal porque el libro/producto esté mal hecho, sino porque me parece de mal compañero no reconocer el trabajo del otro. Entre otras cosas porque la traducción de libros es una actividad que genera derechos de autor, y me refiero a los morales, especialmente, no empiecen a pensar en las pelas, que ya no existen. Mientras que las instrucciones de montaje de una silla forman parte de la propia silla; mientras que un certificado de estudios es un documento que documenta lo que tú has hecho; y mientras que una sentencia judicial no es exactamente el papel donde está escrita; goza instrucciones, certificado y sentencia, ay no, que eso es otra cosa la obra literaria goza del privilegio de ser un ser-en-sí que no puede ser modificado y cuya autoría debe ser reconocida (a menos que sea anónima). No sé en España, pero aquí en Turquía han limitado el número de puntos que un catedrático puede atribuirse anualmente por publicación porque, sobre todo en ciencias, existe la costumbre de que el catedrático firme todo lo que se publica en el departamento como primer autor, aunque ni se lo haya leído. ¿A que les parece muy mal que haga eso? Pues lo mismo pasa con algunas traducciones a varias manos en las que una de las manos es muy decampanillas. ¿El barón por buey tomado? No me gusta, no me gusta.

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Madona con abrigo de piel/Kürk Mantolu Madonna

Antes de meternos del todo en harina, una confesión que hará que los muchos admiradores de esta novela primero me ajusticien, posiblemente por empalamiento, y que luego me linchen. Madona con abrigo de piel me parece un libro muy bonito, e incluso un gran libro, pero no creo que sea una buena novela. Me explico, a mí me gustan las cosas muy sota, caballo y rey, o bien sujeto, verbo y predicado, aunque sí, claro que sé que el verbo es el núcleo del predicado, y esta novela no es así. La historia principal tiene una especie de historia marco que de entrada bien, pero de salida parece que el autor la despacha como si se hubiera hartado de escribir (y la obra no tiene tantas páginas como para eso) y como quiere irse a cenar, más aún si lo que quería era ir a descomer, la liquida en un pis pas. Bueno, pues eso no me parece bien. Si te tiras cuarenta páginas —ahora no sé cuántas son— al principio planteando unos personajes y unas situaciones, pues te fastidias como Herodes y qué menos que otras treinta o cuarenta al final para anudar flequillos sueltos (muy de moda actualmente, los flequillos, y no siempre quedan bien).

Tanto es así que, mires por donde mires —andes lo que andes, nunca andes por los Andes—, todo el mundo se hace lenguas (quiero decir que hablan bien) de la historia de amor entre el apocado y abúlico y aburrido Raif y la dinámica flapper topolino María y se olvidan por completo de la historia-marco o passe-par-tout. Ah, qué bonico que es el amor, «si me enamoro algún día / me desenamoraré / para tener la alegría / de enamorarme otra vez», que decía la famosa sevillana desiderativo-masoquista. Como soy un poco cardo la parte romántica no me fascinó hasta el punto de mantenerme desvelado leyendo como un poseso comiéndome las uñas y suspirando; donde se ponga Corín Tellado… Así que empecé a preguntarme si no sería yo y no ella (la novela) porque ella debería ser lo mejor que me había pasado, y le pregunté a pastores que leyéredes por qué yo no adolecía, ni penaba, ni moría. Y me llevé una buena sorpresa.

Porque resulta que a la mayoría de los que pregunté, que eran casi todos de mi edad, condición y confianza —por lo que si son ustedes sartrianos sabrán que yo intuía la respuesta de antemano—, les gustaba (sin casi) más la historia marco que transcurre en Ankara que la historia romántica en Berlín. Será que no están ustedes ya para eso, me dirán con toda razón, pero no por eso deja de ser verdad y así es natural que nos decepcione un poco que el pobre Sabahattin Ali le dé una patadota al final y adiós muy buenas. Decía alguien (no me acuerdo de quién, creo que Boratav) que le había visto al autor el borrador de la novela como cuento y, suponiendo que la trama del cuento fuera la historia de Raif y María en Berlín, eso explicaría todo lo demás. O es que simplemente a partir de los cincuenta le dices adiós al amor como mi prima  y lo que más te apetece es un puesto de traductor funcionario naintufaif, porque el tal Raif acaba de traductor, que no me lo invento (esto).

La forma de presentar el libro en España en reseñas y demás ha sido un poco lianta porque se ha seguido la prensa anglosajona, que a su vez se ha fiado de la co-traductora al inglés de la novela (la famosa, del que estoy seguro que cardó la lana nadie se acuerda), a la que se le ha calentado bastante la boca en mi opinión. Porque se ve cada cosa que te deja de piedra. En primer lugar que es una especie de novela resistente que poco menos que empieza por aquello de “un fantasma recorre Europa”. Lo que pasa es que al pobre Sabahattin Ali, que sí era socialista de verdad —uséase, filocomunista—, le cayeron tortas de propios y extraños y no solo estuvo en la cárcel, sino que acabaron matándolo mientras trataba de cruzar a Bulgaria de estranjis, en unas circunstancias sumamente extrañas en las que no vamos a entrar porque son de conocimiento público. Por cierto, habrán notado que he incluido a propios además de extraños y lo he hecho porque había quien le echaba en cara ser demasiado pijo como para ser un buen socialista. En fin, que como lo mataron por ser de izquierdas y oponerse al régimen —que no era el de ahora precisamente—, se asume que toda su obra es militante y opositora —que no— y que si esta novela se lee mucho ahora es porque es símbolo de resistencia contra el régimen actual —que no es el de antes—. Esto es más o menos una falacia de generalización apresurada y, que me corrijan los filósofos retóricos, creo que de afirmación del consecuente: (a) Sabahattin Ali era un opositor al régimen y escribió Madona con abrigo de piel; (b) la juventud opositora actual lee Madona con abrigo de piel; (c) ergo (signifique lo que signifique eso, que diría Jessica Jones), Madona con abrigo de piel es una novela de oposición. Para mí que eso es como decir que a las nuevas generaciones de Podemos les gusta el repórter Tribulete (que en todas partes se mete) porque a su guionista, Rafael González lo represaliaron en el franquismo, de lo que cabe deducir que el tal Tribulete, que luego fue compañero de Pepito Magefesa, la identidad que adopta el Hombre Enmascarado en España, es claramente un indignado y Pepito Magefesa/Mr. Walker un héroe de la clase obrera, cosa que no digo yo, sino Gallardo (y que me disculpe por insertar un dibujo suyo sin permiso, pero me amparo en el derecho de cita científica habida cuenta de que me consta que me lee al menos un estudiante, probetico):

Basándose en este razonamiento, nuestra amiga Maureen Freely —la traductora insigne, no el otro— se lanza al vacío sin red, da un triple salto mortal y medio y publica un artículo diciendo que es «the only dissident novel for sale in Turkey», lo que es pasarse mucho, mucho, mucho.

Primero porque no es verdad y segundo porque es mentira. Es mentira que sea la única novela disidente que se publica y se vende en Turquía (si se leen los comentarios del artículo verán que Amy Spangler, agente literaria residente en Turquía y buena conocedora del percal, dice: «I find the title highly misleading, and frankly insulting to existing dissident publishers in Turkey whose dissident books, including novels, can also be found in bookstores»). Y no es verdad que sea disidente. Hombre ya, hasta ahí hemos llegado. El hecho de que al pobre Sabahattin Ali se lo cargaran no implica que esta novela sea precisamente política. ¿Y por qué lo digo? Porque las otras dos que tiene lo son mucho más, tanto İçimizdeki Şeytan (Nuestro demonio interior o El demonio que hay en nosotros, traducida por Mario Grande, que le dedicó un Trujamán al autor, y que está sin publicar, por si a alguien le interesa), que tiene mucho de reflexión sobre el intelectual de izquierdas, y, sobre todo, su primera novela Kuyucaklı Yusuf (Yusuf el de Kuyucak), que es de bandoleros y campesinos oprimidos —pero también de amores y quesos, digo, besos—. Y no acaba aquí la cosa, sino que esta última, y primera, novela está en la lista de cien lecturas recomendadas para las enseñanzas medias preparada por el ministerio de educación nacional. O sea, ¿que las novelas de Sabahattin Ali son tan descaradamente militantes y antisistema que las recomienda el ministerio de educación? Venga ya. Si fueran algunos de los cuentos, no digo que no. Y además, ya que andamos con pobres campesinos pobres y bandoleros que se echan al monte, el gran novelista socio-resistente siempre ha sido Yaşar Kemal, que con él no se metían ni los suyos.

En las reseñas que han salido en España más o menos se limitan a seguir la cantinela y el personal va a comprársela pensando poco menos que es Germinal, que es mucho más larga. Menos mal que ya va habiendo quien se la lee y se da cuenta de que no, de que es otra cosa, y publica presentaciones como esta de RustaDevoradora, que no está mal (vaya, que está bien). De todas formas, como el gachó es turco, como el autor, y la gachí es alemana, siempre sale el rollo de oriente y occidente y condenados a entenderse y el choque de civilizaciones y el puente y qué sé yo, que solo faltan los derviches giróscopos, y llevado (-a) por esta ola de emoción y clichés topicazos hay quien dice que en 1948 Bulgaria formaba parte del Imperio Otomano, que no pongo el enlace porque se dice el pecado pero no el pecador.

Otro cuento que se cuenta sobre el cuento es que se trata poco menos de una novela feminista porque ella es muy lanzada y él bastante pusilánime y un sí es no es gilipichi. Pero el nuevo modelo de mujer republicana, aunque María Puder no sea ni turca, no es precisamente de las que se cortan, y si no, miren ustedes en Paz, que quien lleva la batuta del fornicio es ella, que si es por él, todavía están deshojando margaritas a la luz de la luna. Y sí, también soy consciente de que el amorío de María y Raif se supone que es anterior a la República, pero la novela no, que es lo que importa. Pero, bueno, lo que vale es parecer que se la ha leído uno con mucha profundidad.

La traducción tuvo un punto bastante irritante. La encargaron, se hizo cumpliendo los plazos (lo que no suele ser muy difícil porque insisto en que me los den holgados de sisa), pagóse y, ¡oh!, no se publicaba, no se publicaba y no se publicaba. Que si ahora no es el momento, que si ahora hemos cambiado la orientación del catálogo, que si no tengo ganas, que si me duele la cabeza (hay que tomar pastel de cerezas). Cuando, de repente, ¡oh sorpresa!, s.s.s. se entera, no me acuerdo de si por la prensa, de que por fin va a salir. Supongo que fue porque se les acababa el plazo del contrato de la comercialización (véase no sé qué entrada anterior) y al final publicose. Tengo que reconocerlo, la cubierta quedó bien bonica con una foto o retrato de una señora en un abrigo de pieles bestiajo, que la ven los de Greenpeace y la crucifican y luego la descuartizan y se la comen con patatas de tofu. Gracias, editorial Salamandra, pero tengan cuidado al leer el libro no les vaya a escupir y se queden calvos. (Ah, ¿que no es esa? Pues haberlo dicho.)

Hablando de la cubierta no nos queda más remedio que hablar del título, ligeramente modificado por ellos (Salamanquesa). Yo le puse en principio La madona del abrigo de pieles. Y ahora me dirán ustedes: ¿Y por qué «madona» con una ene? Pues porque miré en el diccionario de la RAE y lo ponían así. ¿Que por qué miré el diccionario? Pues porque con dos enes me parecía que sonaba una jartá a alguna fase peletera de Luisa Verónica Ciccone, de cuando era como una virgen, o más bien de cuando era moza material. Resuelta esta duda, de tal forma que cuando alguien me criticara yo pudiera alegar que donde hay patrón (RAE) no manda marinero (el listillo que critique), me encontré con que la editorial lo había despojado de ambos artículos determinados (la/el) y había transformado la preposición «de» en «con», decisiones ambas que me importaron un pimiento y que supongo que dan mejor la idea de cuadro en una exposición (de Mussorgsky) que es de lo que se trata. En la cubierta, pues, igual habría quedado mejor un cuadro que una foto, pero no nos vamos a pelear por eso. Lo que no tengo del todo claro, pero me importa más o menos lo mismo que antes, digamos un comino o, ya que estamos en Semana Santa, un grano de mostaza, es el cambio de «pieles» por «piel». No sé yo en su pueblo de ustedes, pero para mí un abrigo de visón, marta cibelina, foca, zorro o, mismamente, conejo, es un «abrigo de pieles», puede que porque hay, perdón, había que usar más de un bicho o animalito. (Por cierto, ¿han visto Gorky Park? Uy, pues deberían.) En cambio, en singular, con «piel», me imagino a un nazi con abrigo de cuero como aquel de las gafillas de Indiana Jones, que qué malo que era. De todas formas, como decía, tampoco nos vamos a pelear por eso, que igual ustedes lo llaman «abrigo de cuero» y en eso no nos queda más remedio que estar de acuerdo. Pelillos a la mar.

En fin, aunque parezca que no, que desde luego en casa del herrero, cuchara de palo, les recomiendo encarecidamente que se lean el libro porque es bien bonito y además es corto y en un fin de semana se lo liquidan. Y así me podrán decir si me dan la razón o no.

P.D. El otro traductor al inglés de la novela es Alexander Dawe, de quien me consta porque lo conocí una vez hace años que (a) es perfectamente bilingüe y (b) que ya entonces estaba deseando poder traducir a Tanpinar y nadie le hacía ni maldito el caso. Años después aparece su traducción del Instituto de Tanpinar también con Maureen Freely como primera traductora, como en esta de Sabahattin Ali. Teniendo en cuenta que (a) Freely tiene bastante renombre como escritora y como traductora de Pamuk, pero que (b) ya en su traducción del Museo de la inocencia —según me contaba Michael McGaha— había una misteriosa frase: «Orhan Pamuk expresses his gratitude to Sila Okur for ensuring fidelity to the turkish text», me da en la nariz que al pobre Dawe le han puesto como condición para publicar sus traducciones que se las revise Freely, que vende más, y, como consecuencia, a él nadie le pregunta su opinión. Cosas que pasan.

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¿Que por qué traduzco?

Theodora de Verdion, an eccentric teacher of languages, a bo Wellcome V0016218EL

Con los millones de los royalties me he podido comprar un paraguas y un sombrero

Un comentario de mi amiga Carmen Anisa (que tiene un estupendo blog de literatura) me ha hecho reflexionar sobre algunos aspectos de la profesión y, claro, me ha dado dolor de cabeza. Así que he decidido poner por escrito mis cuitas a ver si me aclaro. El comentario de Carmen era sobre la importancia de los traductores para la literatura universal y puede parecer una perogrullada, pero hay que entenderlo en su contexto (y esto sí que es una perogrullada, aunque muy de traductores; ¿saben el chiste de cuántos traductores hacen falta para cambiar una bombilla? Respuesta: depende del contexto). Contexto: Carmen es profesora de enseñanzas medias, profesión que despierta en mí un temor reverencial; temor, obviamente, a las hordas adolescénticas que me mirarían por debajo de sus ceños fruncidos coloreados por el acné de no ser porque he logrado evitarlas dando clase en una universidad, donde (a) son un año o dos mayores que los anteriores, lo que no es poco a esas edades, y (b) si no quieren, no van a clase. ¿Y qué tiene eso que ver, me dirán? Con las reverencias del temor, no sé, con la afirmación, mucho, porque en esos años de formación, de // formación (separado) y búsqueda del yo-self, o sea, cuando estás en como se llame ahora el B.U.P., uno necesita que sus guías-profesores le confirmen determinadas realidades que ya intuía o que habría intuido de haberlas pensado. Una de ellas es que los escritores escriben en su lengua (usualmente materna) que solo es una en número, de forma que si quiere multiplicar su obra en varias (lenguas) para enriquecer la literatura universal y su propio bolsillo, alguien tendrá que hacerlo. A la persona que se encarga de ello la llamamos ser humano traductor, para distinguirlo del gúgel transleitor.

He estado meditando en cuál será el motivo para que tengamos que ir soltando semejante afirmación y repetírnosla como loros en todo tipo de encuentros profesionales para quedarnos más contentos (de donde se infiere que no es únicamente una perogrullada destinada a adolescentes) y he llegado a una doble conclusión, o a dos conclusiones. La primera es que, como hemos visto, el autor es uno y los traductores múltiples, podríamos decir ex uno plures, aunque no estoy seguro de los casos, por lo que el autor tiene nombre y el traductor no. Bueno, sí tiene, pero no consta, o no tanto porque serían varios nómbrenes, al menos uno por idioma. Así que hay que recordar que existen en realidad y no son entes virtuales. Y de ahí podemos extraer la segunda conclusión: como hay mucha gente sin nombre que lo hace —y cabe pensar que en muchos casos puede que sean máquinas—, tampoco tiene tanto mérito. No digo yo que no me gustara ser una máquina, como aquel intérprete que me contaron que hojeaba el periódico, supuestamente las páginas deportivas, mientras interpretaba simultáneamente, y con esto no quiero decir que actuara y al mismo tiempo leía el periódico, sino que hacía interpretación simultánea de una lengua a otra y al mismo tiempo, o simultáneamente, miraba el resultado del Betis-Atlético de Madrid. Anécdota que no acabo de creerme, todo sea dicho. Con todo, los resultados no son tan satisfactorios con una máquina que con un ser humano, créanme (o eso me dicen).

En suma, que siendo un trabajo anónimo que puede hacer cualquiera que tenga un diccionario a mano, pero que no por ello deja de ser un trabajo o maldición bíblica, me pregunté por qué traduzco, ya que es algo que me ha salido en las escasas ocasiones en que me he visto en la tesitura de hablar con adolescentes y nunca he sabido muy bien qué responderles. Y empecé a repasar las posibles causas. Todo cartesiano, descarté rápidamente el ABURRIMIENTO como causa eficiente ya que entonces me dedicaría a alguna otro entretenimiento, por ejemplo, a matar gente con cualquier Call of Duty (es muy relajante si piensas que son conocidos tipo jefes y colegas), o a leer clásicos (traducidos) de la literatura universal, como Nostradamus, Alex Raymond o Enid Blyton. Así que pasé a la causa que mueve el mundo.

El DINERO: Ah, el vil metal… Poderoso caballero… Causa de todos los males… Vamos a ver, no es que me disguste. La verdad es que es muy útil para comprar corbatas y sopa (Gila dixit) y cosas así, pero no es mi primera motivación para traducir por varios motivos. El primero y principal es que traducir (libros) es mi actividad segunda y secundaria. Quiero decir que lo que me da de comer y cubre mis necesidades básicas (no esas escatológicas, no, otras necesidades) es mi actividad (¿?) como docente (¿?) de enseñanza superior (¿?), mientras que la traducción me ha servido para el lavavajillas y eso (Tahsin Yücel dixit). Con esto no quiero decir que me considere poco profesional o amante aficionado a tan noble arte o artesanía, sino que, habida cuenta de lo que se paga, como dependiera del menos de un libro que traduzco al año, aviado iba. Esto de la escasez del paganini es mal general, como podrán comprobar si asisten a cualquier reunión de traductores (de libros) y es la principal causa de que los publishers nos tilden de quejicas y amenacen con «deslocalizarse», o, dicho en plata, agarrar sus bártulos e irse con la música a otra parte donde los traductores locales los recibirán —según los antedichos publishers— con gritos de «hosanna, hosanna» (vid. Jesucristo Superstar o, mismamente, El día de la bestia). Claro que, ahora que lo pienso, los mismos publishers lloriquean una jartá de que nunca tienen un duro, y los agricultores, y los financieros, y los banqueros (curiosamente), y el vecino, y el señor que pasa vendiendo roscos de pan con ajonjolí (supongo), y…

Lo que verdaderamente me decide a pensar que no es el dinero lo que me motiva es que ganaría mucho más, por carácter, palabra o folio, haciendo otro tipo de traducciones, no digamos ya si son juradas (palabrita del niño Jesús). Sacaría una buena tajada si me dedicara a traducir pasaportes y certificados de penales, títulos de licenciado y certificados de estudios (por ejemplo, a mis exestudiantes), libros de familia y sentencias de divorcio (no se hacen idea del éxito que tienen), etc., etc. Sobre todo si respondiera a los cantos de sirena de esas simpáticas agencias de traducción que a menudo me mandan mensajes como «Oyes, hemos visto no haces juradas pero necesitamos presupuesto urgente en veinte minutos para traducción cien páginas sobre equipación cabezas nucleares para mañana antes ocho» y que cuando les respondes que, efestiviwonder y con gran dolor de corazón (esto no es cierto), no te dedicas a ese tipo de traducciones, te contestan «Sabes quien hace? Urgente», de forma que acabas con cierto complejo de oficina de información para gente que no tiene tiempo para escribir pronombres relativos. Supónganse que a lo mejor cobro, qué sé yo, pocos euros (brutos) por página traduciendo libros (Virgencita, que no me pille el tribunal de la competencia, voy a hacer como en las pelis por si acaso) «hipotéticamente». Pues bueno, «hipotéticamente» podría pedir chiquicientos por folio de certificado de estudios que, total, la agencia le va a cargar al chiquillo chiquicientos y mucho pico. Y encima los textos son casi todos más o menos iguales, que visto uno… Incluso me han propuesto negocios bastante inmorales, como que haga estas traducciones con máquinas de computar en lugar de con pluma de ganso u oca, pero yo sigo incorruptible.

Visto que no es el dinero lo que me mueve a traducir libros, se me ocurre que quizás sea la FAMA, pero me ha dado la risa. Hombre, no es que no podamos llegar a tener cierto renombre, así, entre colegas, especialmente si, como yo, te prestas a ir a darles charlas a sus estudiantes y te das con un canto en los dientes si te regalan un boli y un cuaderno, pero puedes tener por seguro que nunca serás tan famoso como, parafraseando a mi sobrina Sole cuando era chica, David Bisbal, sin ir más lejos. Lo que está claro es que en este negociado el gachó es el autor y que los únicos traductores verdaderamente famosos son los que ya y además son autores de gran renombre. Borges, por poner un poner que todos conocemos. Además, si eres un autor universalmente conocido nadie te va a decir que en tus traducciones no das pie con bola porque no sabes hacer la o con un canuto, sino que te admirarán por tu originalidad y la audacia de tus soluciones a los problemas de traducción. Todos caerán a tus pies si traduces «The Fall of the House of Usher» como «El otoño de la casa del ujier», fijo.

Esto me trae a la mente otra posibilidad de fama inmarcesible: la académica. Si en vez de traducir te dedicas a escribir papers explicando lo chungamente que han traducido otros tal y cual obra y que tendría que ser así y asá, que tú sí que sabes, conseguirás sin duda poca fama (total, nadie se lo va a leer), pero si lo publicas en revistas intergalácticas con alto índice de impacto, por ejemplo, el boletín de la comunidad de vecinos, que siempre citan sus artículos en el boletín del bloque de al lado y viceversa (basado en hechos reales, se lo juro por la memoria de mi gameboy), conseguirás los ansiados puntos para medrar. Esto está muy bien, porque se supone siempre que eres mucho más listo que el criticado, que tampoco tiene forma de contestarte si es que se entera. Me acuerdo de una crítica de una traducción al inglés de un libro que s.s.s. había traducido con anterioridad, que la despachaban como infame partiendo de un par de desacuerdos (sacados de su contexto) en el primer párrafo, ¡de una novela de tropecientas páginas! Pues nada, según el crítico la habían defecado porque ya habían desvirtuado para siempre al protagonista, a pesar de que queda por delante toda la novela.

Total, la fama no va a ser mucha ni buena (había un poema de Nabokov al respecto, creo) porque excepción hecha de algunos lectores y colegas, nadie te va a agradecer el trabajo. De hecho, todo es susceptible de empeorar y que te identifiquen con los autores que has traducido, porque el personal tiene la peregrina idea —y ya puedes explicárselo del derecho y del revés que no te hacen caso— de que eres tú quien elige los libros que traduces. Y como no les gusten, adiós muy buenas. Por ejemplo, un amigo me comentó una vez: «Me han dicho que traduces unos truños que no veas», a lo que le contesté que yo no tenía la culpa. Afortunadamente no se los había leído, que si no… Pero uno tiene su corazoncito y le da coraje que no le doren la píldora de vez en cuando por sí mismo y no por los autores de los libros que ha traducido.

O sea, que la fama tampoco es un elemento motivador para traducir.

Me entran ganas de decir que a lo mejor es mi deseo de ganarme el Cielo en la Otra Vida, pero no sé por qué me parece un poco calvinista. A lo mejor es porque todos los traductores (de libros) somos escritores frustrados, como reza el dicho habitual entre no-traductores. Nosotros, a cambio, tenemos el de que tal o cual compositor era un pésimo y muy mierdoso pianista, con lo que dejamos inferir que hay autores que muy probablemente suspendieron el examen aquél de las oraciones, los complementos directos y los diagramas en árbol, así como la ortografía, o bien es que faltaron el día que lo explicaron, vaya lo uno por lo otro. Pero no creo que sea por eso, porque si quisiera ser autorcreador, preferiría escribir algo yo, por malo que fuera, que hacerle de violinista a otro.

A lo mejor traduzco por aquello del DICHOSO PUENTE y quiero convertirme en la piedra y los arcos que, cual ONG, unen culturas y gentes a uno y otro extremo del bla, bla, bla, para así mejor contribuir al entendimiento entre pueblos, aldeas, villas y burgos, etc., etc., etc. Pero tampoco me lo creo, porque las lenguas como medio de comunicación me parecen una absoluta vulgaridad chapucera comparadas con las antenitas de las hormigas. Por ejemplo, cuando nos vinimos a Estambul, Mª Jesús buscaba escarpias y yo alcayatas y no nos entendíamos y hablamos la misma lengua. En realidad, lo que me parece una vulgaridad es eso de comunicarse, ganas de meterse en líos.

Y entonces caigo en lo que sí que me gusta de verdad de traducir, que es no solo saber qué coño dice ahí (o síndrome de Champollion) sino en lo bonitas que son las frases cuando no anda uno preocupado con lo de la comunicación, con sus verbitos, sus sujetillos, sus subordinadicas… Y sus palabritas que, ¡qué cosa tan curiosa!, quieren decir lo mismo o parecido que las tuyas, pero no son como las tuyas. Y lo bien que te lo pasas intentando pasarlo a lo que hablas o escribes tú mismo, que parece que estás haciendo a la vez un crucigrama y un sudoku. Y me doy cuenta de que eso me pone tan contento y se me pasa el rato sin sentir.

Los adolescentes mencionados supra creen por lo general que te pones a traducir cuando lees un texto que te arrebata poéticamente y, como te quedas balbuciendo un no sé qué, pues intentas poner más claro (o sea, por escrito) lo que balbuces y, envuelto por el aura literaria, ya te da igual que llueva o truene. Sin embargo, por lo menos en mi caso, todo es bastante más simple aunque sea lo mismo: que me gusta saber qué pone ahí (CRUCIGRAMA) y ver cómo puedo ponerlo yo (SUDOKU). Y, por supuesto y porque traduzco de una lengua tan poco conocida como el turco, que nadie pueda saber si me lo he inventado o no.

Teacher and Pupil, Strauss, St. Louis

Cucha, ven acá pacá. Que no me entere yo de que vas por ahí haciendo el puente

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Al césar, lo suyo

Hamdi Tanpınar (6) Umbrío por la pena y casi bruno, me doy cuenta de que a causa de diversos factores ajenos a la voluntad del autor de los libros puede que las entradas sobre Tanpinar no le hayan hecho justicia. Con la cosa de la guasita, ja, ja, ja, y un poco de complejo de inferioridad por mi parte, la verdad es que me da la impresión de que le pongo un poco verde, pero puedo prometer y prometo que no era mi intención. Y no era mi intención porque Tanpinar es un muy escritor muy grande y muy fino (no en su sentido de delgado). Si no fuera repetirse más que el pepino, volvería a comentar que es el gran maestro del Pabú, digo, del Pamuk, cosa que de hecho estoy haciendo (lo de repetirlo), pero no por eso deja de ser verdad. Él es más serio, formal y exquisito —vid. Paz— y también tiene unas bases estético-filosóficas más sólidas —vid. Cinco ciudades—, pero también sabe tener su mala uva —vid. El instituto para la sincronización de los relojes—.  Me preguntarán ustedes: «¿Y cómo, si tan bueno y tan listo es, fuera de Turquía no lo conocen ni en su casa a la hora de comer?». Y yo les responderé que, primero, fuera de Turquía no es su casa y, segundo, lo que vamos a ver a partir del párrafo siguiente.

Tanpinar ha tenido mala suerte, suerte regular y buenísima suerte («bonísima» según los curas de cuando era chico, que también decían «nono») en sus ediciones en Turquía. Además me da la impresión de que en vida debió de ser bastante insoportable, aunque más fino que un coral, y más arisco que un cactus (una vez muerto, eso no tuvo gran importancia). Es una impresión puramente personal y basada en que me lo he inventado, así que cabe la posibilidad de que no sea cierta. Se consideraba poeta ante todo, pero era tan perfeccionista que publicó bastante poca poesía y además, por mucho que dijera que no, se le notaba, se le debían de llevar los demonios de estar a la sombra de su maestro y mentor, Yahya Kemal, y de que le compararan con él. Así que se dejó de simbolismos parnasianos rimbombantes y de quioscos de malaquita y se pasó al lirismo personalista de qué es la vida un frenesí, un engaño, una ficción o del rincón en el ángulo oscuro. Después de muerto, su discípulo amado, que se había quedado con todos sus archivos, cuadernos, diarios y demás con el beneplácito de sus herederos y no dejaba que los viera casi nadie, basó parte de su carrera en ir publicando y comentando su poesía y en que se le considerara lo buen poeta exquisito que era en plena época de la poesía es un arma cargada de futuro y a las barricadas camaradas. En fin, que para mí que nadie le/lo leía.

(Por la vía, este alumno suyo era un gran defensor del uso de la asociación libre de Jung para analizar textos. Los resultados eran más o menos como sigue y como podrían escribírmelo algunos estudiantes a pesar de mis amenazas de desatar sobre ellos los fuegos del infierno y gritarles hasta que lloran y les rechinan los dientes. «Comente el siguiente poema lírico: “Cuatro esquinitas tiene mi cama // Cuatro angelitos que me la guardan”. Respuesta: Aunque aparentemente el autor habla de su cama y de ángeles custodios, la mención a las cuatro esquinas implica inevitablemente una interpretación de la cama como el mundo. El hecho de que sea la cama la que se usa como símbolo, nos lleva a la conclusión de que trata del viaje de la vida, desde la concepción en el tálamo nupcial hasta la muerte en la cama/túmulo. En ese sentido cabe interpretar a los cuatro ángeles como los cuatro vientos, pero también relacionarlos con los elementos y con los evangelistas, ya que no en vano S. Juan era conocido como el águila de Patmos —de la luz vendrá la luz y lucirá la cruz del águila— y el símbolo de S. Mateo es un ángel. También, dada su posición amenazante en las esquinas de la cama, cabe considerarlos como las cuatro grandes multinacionales que acechan sobre el mundo/cama. Por último, apuntar que es una muestra de paternidad irresponsable dejar a los niños solos al supuesto cuidado de unos seres fantásticos —o, cuando menos, sobrenaturales— como los ángeles, sin olvidar que también fueron ángeles Lucifer y/o Satanás». Cerramos paréntesis.)

Debe de ser duro eso de que te tengas a ti mismo como poeta y el personal te reconozca por tu prosa. Que tampoco mucho, vamos a ver. Él se quejaba de que era víctima de una «conspiración de silencio», lo que es una miaja paranoico. La verdad es que también hay que darle la razón a mi amigo Javier González-Cotta cuando habla de Cinco ciudades: en plena Guerra Mundial (II o 2ª), el tipo se pone a hablar de arquitectura selyuquí en Erzurum, con la que estaba cayendo (la expresión es de Javier); y yo aún diría más, y de poesía mística en Konya, y de paseos en barquita por el Bósforo, y de fuentecitas en Bursa, etc., etc. Y encima, si en poesía estaba la cosa militante, en prosa no veas. Supongo que en gran parte sería por lo de la censura, pero también me da la impresión de que después del sustazo de si entraban en la guerra o no (que es uno de los temas de Paz), con lo bien que les había ido en la última, respiró tranquilo y le importó bastante menos que lo suyo (en el sentido de “¿Y qué hay de lo mío?”). ¿No es también Lluvia de verano en el cuarenta y pocos? Pues eso.

Pero la que le caía por la izquierda —por usar la misma expresión que Javier— por aquello de que no se preocupaba por la lucha del pueblo, que era un preciosista y un escapista y encima no hacía más que decir que a su parescer todo tiempo pasado fue mejor y demás, le caía parecida por la derecha: que si había sido diputado kemalista, que si era un inmoral porque le gustaban mucho las mozas de buen ver, el bebercio y las cartas —me refiero a los naipes de juego, que, según dicen, fueron causa de que no ahorrara como es debido—, que si en su obra las mujeres casadas —vid. Nuran— fumaban y hablaban de tú a los hombres y, para acabar de liarla, fornicaban, etc. Total, que el pobre hombre era como aquel chiste antiguo (tiene que ser de cuando las primeras elecciones) de Forges (s.t.t.l.) en que un hombre con los ojos a la virulé preguntaba si el lector podía adivinar a qué partido político pertenecía y la respuesta era que al centro porque tenía ambos ojos morados. ¡Pobretico! (o desus., u. c. vulg. ¡probetico!)

En resumen, que para mí (y más para él) que no le leía ni el Tato. Así que cuando se murió, menos. Además, el personal se había acostumbrado a la literatura tipo «mi mamá me ama, me mima» y en cuanto la frase se complicaba un poco, ya no la entendían. Para acabarlo de fastidiar, la izquierda era aficionada a usar el turco moderno neoturco y la derecha los palabros arábigo-persianos arcaicos, por lo que se llegaba a la conclusión de que lo vicevérsico era también válido. Así que como en general el personal lector o consumidor de literatura tiende al progresismo izquierdoso —a mi experiencia me remito, si la suya es distinta no me dé la tabarra, plis— y nuestro amigo Tanpinar habría redactado la frase anterior de la siguiente manera: «mi ínclita progenitora me aprecia ubérrima y, por ende, me trata con excesivo regalo, cariño y condescendencia», la conclusión era fácil: «Este tío es un facha». Encima la editorial que le publicaba y que tenía y tiene los derechos de los que hablamos en la entrada anterior no era precisamente de las que ondean banderas colorás al ritmo de los parias del mundo. Así que se leyó todavía menos porque unos lo despreciaban y otros no lo entendían y también lo despreciaban.

Pero se ve que tenía sus lectores subterráneos, por ejemplo el tal Pamuk, que es un poco otro de esos que si todos quieren el café con leche, él lo quiere solo y si todos piden azúcar, él pregunta si no hay sacarina… Y se convirtió una miaja en un autor de o-culto, que seguro que el personal se leía sus libros de noche y no a oscuras porque no verían la letra, pero casi. Y entonces, ¡oh!, ocurrió el milagro y le vino la buena fortuna. Resulta que por un lío de derechos más enrevesado que otro poco, Enis Batur, un conocido poeta y ensayista con un currículum progre impecable —hasta vive por temporadas en Francia— y del que s.s.s. tradujo un librito más raro que un perro verde, publicó en 1992 una antología suya (de Tanpinar) en la editorial Yapı Kredi Yayınları, que a pesar de ser del banco del crédito a la construcción también es bastante progre. ¿Es casualidad que fuera el mismo año que la exposición universal de Sevilla? Hmmm, da que pensar.

A partir de ese momento todo perro pichichi empezó a ir con su Tanpinar debajo del brazo. Para que se hagan una idea: de Paz hubo cuatro ediciones entre 1949 y 1986 (una de ellas de una colección oficial) y doce entre 1992 y 2009 —el año de la edición que yo tengo—, o sea, que se pasa de una por década a casi una por año; y del Instituto para los relojes hubo seis entre 1961 y 1999 en la editorial anterior y actual y ¡trece! entre agosto del 2000 y febrero del 2004 —de nuevo, fecha de la edición que tengo— en Yapi Kredi. Esto sí que da que pensar y no lo de antes.

¿Significaba eso que de repente la gente empezó a entender sus frases enrevesadas (aunque no tanto como las mías), sus palabras arcaicas (aunque prácticamente iguales a las que empleaba la prensa de su época) y sus chistecitos hipercultos sobre poesía y música de aquí (oriente, aunque próximo a medias) y allá (occidente, por ejemplo el finis terrae y non plus ultra)? Tengo mis dudas habida cuenta de que conozco a estudiantes que dicen haber tenido que comprarse un diccionario de otomano para entender su vocabulario —me parece una exageración— y a otros que dicen sentirse elevados en nubes líricas cuando leen sus poéticas páginas pero que he podido comprobar que no entienden ni papa en cuanto la cosa va un poco más allá de «Managua es la capital de Nicaragua», ay, no, que eso era del cuaderno de caligrafía, bueno, se hacen una idea, en cuanto la frase se complica. Y las hay que se complican, que no se hacen idea de lo que suda uno para traducirlas. Pero de repente todo era Tanpinar para arriba y Tanpinar para abajo, de lo cual me congratulo porque es grandísimo escritor y, como además no es un Galdós sino que tiene una obra razonablemente breve, da muy bien para tesis y papers, con lo que no hace sino ponerse más de moda (sin necesidad de leérselo de verdad) entre la intelectualidad académica.

Esa fue la buenísima suerte. ¿Y la regular? Pues la regular fue que después de bastantes años en los juzgados, Yapi Kredi perdió los derechos de explotación de sus obras en favor de la editorial anterior, que por eso vuelve a ser la actual. Y estos últimos da la impresión de que no han hecho mucho más que chupar carrete de la fama que le trajeron los otros y dedicarse a publicar hasta las listas de la compra del buen señor. Esto es más literal de lo que parece porque han publicado sus diarios, que su discípulo amado tenía en custodia bajo siete llaves para que no los leyera nadie.

De todas formas, que le quiten el baile que le dieron a partir de los noventa. Lo que se ha conseguido, y en gran parte gracias a Pamuk y a Paz/Huzur es que se reivindique a este gran autor y se le considere el autor de Estambul por antropofagia, digo, por antonomasia. Del Estambul que fue, de acuerdo, pero no por eso es menos bonito.

Print, Otsu Teahouse Fountain, in The Fifty-Three Stations of the Tokaido Road (Tokaido Gojusan Tsugi-no Uchi), ca. 1834 (CH 18608917)

¿Y tú crees que entenderán el chistecito de la fuente y el amanecer?

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Detallitos molestos

Death of Marat by David

¡Merde alors! Me dijeron que tendría que firmar con sangre, pero ¡tanta…!

Hace más bien poco recibí noticias de la agente que representa a un autor que he traducido. Quería saber cómo andaba la cuestión de los derechos de la traducción de un libro que se publicó en su momento en España para publicarlo ahora, años más tarde, en otro sitio o lugar. Según ella, el contrato debía haber cumplido (o como se diga) y la traducción debía estar más o menos libre, o sea, con su destino en mis manos. Me permití contestarle que muy mucho lo dudaba y me puse a buscar la copia correspondiente del susodicho contrato para comprobarlo. Aprovechemos que la estaba buscando para hacer un inciso necesario para el lego.

Han de saber que esto de los derechos de autor, que tendría que ser la mar de sencillito, se ha convertido en un asunto más complicado de lo que parece. Sin ir más lejos, en una serie inglesa que estábamos viendo, la abogada va a los EE.UU. de A. del N. a un congreso sobre derechos de autor y la detiene la agencia de seguridad nacional (de ellos) y no me la torturan por poquito, pero sí que la deportan. Claro que ella iba a otras cosas y que la serie no trataba de derechos de autor, pero se hacen una idea. Bueno, a lo que íbamos. Lo que pasa es que hay unos derechos (de autor) morales inalienables, inefables e ini…, inigualables, que no se los puedes pasar a nadie ni te los pueden quitar, como el derecho a la integridad de la obra o a que se reconozca tu autoría. No vaya a ser que cualquier Dj te haga un sampling (¿se dice así?) del Guzmán de Alfarache y luego diga que lo ha escrito él. Para que no pasen estas cosas, don Juan Manuel (era tan famoso que no tenía apellido) hizo el correspondiente depósito legal de sus obras en el convento de los dominicos de Peñafiel y luego escribió:

Como don Juan ha visto y comprobado que en los libros hay muchos errores de copia, pues las letras son muy parecidas entre sí y los copistas, al confundirlas, cambian el sentido de muchos pasajes, por lo que luego los lectores le echan la culpa al autor de la obra, pide don Juan a quienes leyeren cualquier copia de un libro suyo que, si encuentran alguna palabra mal empleada, no le culpen a él, hasta que consulten el original que salió de sus manos y que estará corregido, en muchas ocasiones, de su puño y letra.

Es decir, si me tocan el libro, luego a mí no me vengan con cuentos. ¿Ven lo que pasa si se saltan a la torera los derechos inalcanzables? Todo esto se debe al desenfreno que reinaba en los reinos por culpa de inconscientes como su colega Juan Ruiz, que decía en el casi epílogo de su obra:

Qualquier omne que lo oya, si bien trovar sopiere,
puede más y añadir et emendar si quisiere,
ande de mano en mano a quienquier quel’ pidiere,
como pella a las dueñas tómelo quien podiere.

Es decir, dando permiso a que se lo toqueteara cualquier hijo de vecina como si de traductor francés se tratara —en realidad no me estoy metiendo con ellos porque asumo que «bien trovar supieren»—, a que se lo subieran a la nube internetera para su correspondiente pirateo («ande de mano en mano», como la farsa monea), e incluso llegaba al extremo de dejar que se jugara con su obra al foot-ball de entonces, o puede que balón-mano o cesto («como pella a las dueñas…», o como las mozas feacias mientras la pobre Nausícaa se lavaba sus trapitos toda hacendosa). Pero me temo que estoy divagando.

A lo que iba es que estos derechos inmarcesibles no se los puedes dar a nadie porque son como abstractos, invisibles y de Pero Grullo. Si tú has escrito eso, tú has escrito eso. Y si eso es eso, no puede ser aquello, etc. Pero hay otros derechos, como el de explotación o distribución. Vamos a dar un ejemplo. Supongamos que tengo un piso y quiero distribuirlo: aquí el dormitorio del gato, acullá el armario de los zapatos… No, no es buen ejemplo. Vamos a otro. Digamos que como soy Carpintero, he hecho una silla en número de muchas unidades y quiero venderla en san Andrés, Cañero y el Realejo, un poner. Como soy vago y no quiero moverme de casa, que además está en el quinto pino, contrato a unos quillos que me las distribuyan por las tiendas a cambio de un dinerillo. En eso consiste la explotación de la cosa, no en reventarla con artefactos, sino en el sentido de «marditos explotadores, go home». Pues bien, aunque no se lo crean, ese es el principio de este derecho (de autor) y sí que se puede ceder, como han visto en mi ejemplo ejemplar. Técnicamente no es que el editor le pague un dinerillo al autor o al traductor y yastá como pasaba en tiempos de Cervantes, sin ir más lejos, sino que tú le permites que se saque unos duros distribuyendo tu magna obra. Muy técnicamente, claro.

Como el límite espacial y temporal de esta cesión de la explotación consta en el contrato, algunos editores malandrines —muy pocos y, por supuesto, ninguno de los que tienen en mientes contratarme en el futuro (captatio benevolentiae)— han pensado diversas mañas para aprovecharla al máximo. Una de carácter prácticamente universal o incluso más allá es la de blindar en lo posible los derechos de explotación ad aeternum mediante cláusulas que impliquen la renovación automática o, en su defecto, un derecho preferencial en caso de que se quiera transferir a otra editorial. Así, si se te olvida que caduca el contrato o te importa más bien poco porque todavía le debes mil millones de maravedíes a la editorial en concepto de adelanto, artomáticamente se renueva otros ciento cincuenta años y ya está. ¿Que simplemente te importaba un pito (aquel del sereno) y de repente te llega otra oferta para tu traducción por diez duros y un cucurucho de pipas? Pues te encuentras con que la editorial primigenia (vid. Lovecraft) tiene derecho de preferencia, puesto que sale por la derecha, y te ofrecerá cincuenta y una pesetas y un cucurucho de cacahuetes, más saladitos y con canción de Machín.

La estimada agente de la que hablaba en el primer párrafo apenas daba crédito a lo que oían sus ojos sobre aquello de la renovación artomática porque, según ella, «en Europa no se hacen las cosas así». ¡Ah, Europa!  ¡Paraíso edénico y parnásico donde los canes son atados con sartas de embutido, posiblemente de aquel chorizo que de chicos llamábamos «de rosario» por metafórica similitud! ¡No serás tan paradisíaco continente cuando los perros se ven condenados a ser patiatados aunque sea con sabrosas longanizas! Ejem. Decíamos que la agente no se creía lo de la renovación automática e insistía en que el contrato del autor/escritor ya había vencido, por lo que el mío también debía de haber pasado a mejor vida. ¡Pobrecilla, todavía le faltaba saber la segunda y la tercera partes!

La segunda es que las duraciones de los contratos no son iguales para autores que tienen agentes que se dejan la piel y luchan con uñas y dientes por ellos, que para traductores que firman un contrato-plato de lentejas, no porque tengas que renunciar a tu primogenitura, sino porque eso es lo que hay y si quieres lo tomas y si no, lo dejas. Como todo hay que decirlo, es falso que normalmente se incluya que tendrás que ceder una libra de tu carne (que recuerdo que en Castilla era nada menos que dieciséis onzas) en caso de inclumplimiento de contrato. Si para un autor como el que hablamos son cinco años —aunque no sé si es la norma general—, para un traductor como muamem, son diez o quince. No hace falta ser un genio de las matemáticas para darse cuenta de que, como el ámbito geográfico de la traducción es para «todo el mundo», se lo juro, que solo falta poner «y planetas satélites», como el Comecon, el astuto editor tiene pillado el libro de facto por dos o tres veces la duración del contrato del autor. Pero no queda ahí la cosa, porque puede que no sean números tan redondos y que el contrato del autor sea, digamos, por siete años, y el del traductor por quince, por lo que, gracias a la cláusula de la renovación automática del segundo, aquello se va enredando hasta el día del Juicio Final. Como el autor ve que no puede usarse la traducción porque todavía está vigente el acuerdo, renueva. Como el traductor ve que no puede pasar la traducción a otra editorial porque la anterior todavía tiene los derechos de la obra original, renueva. Cuando san Pedro saque la lista, dirá: «Vamos a ver, los que estén libres de derechos, a mi derecha y que tiren la primera piedra; los que todavía están pendientes, que se esperen un momentico». Y adiós muy buenas.

En estos casos, lo único que puede hacerse es intentar una cesión a terceros, que es otra cosa la mar de bonita que viene en estos contratos. En teoría es cojonuda, porque dice que si la editorial cede los derechos a otra (la tercera parte en cuestión) los cofres de oros y joyas y los lingotes de plata van a escote entre ella y el traductor derechohabiente o como se llame. Tú te frotas las manos a modo de tío Gilito cuando te piden permiso para ceder los derechos de explotación hasta que te enteras de que es por un monto de «nueve duros y nueve pesetas por un total de 49Ptas. más un cucurucho de garbanzos tostados (blancos)», a repartir. Con un pequeño inri, que tu porcentaje de royalties pasa, también artomáticamente, a un cero coma cero por ciento (Ø%) porque no es con ellos con quienes has firmado un contrato. Como además la segunda editorial sea hermana o prima de la primera, la verdad es que se te queda la mosca un tanto detrás de la oreja, mismamente hacia el mastoideo. Pero, como diría la agente, esas cosas en Europa no ocurren.

Ahora otra espinita que tengo clavá. Como no viene al caso, no voy a entrar en detalle en lo de que en las liquidaciones anuales (ejemplo de preterición), si te las mandan, que a mí sí, para qué voy a mentir, sueles salir a deber siempre porque el adelanto que te han dado es habitualmente sobre el cero coma cinco por ciento, o sea el medio por ciento, sí, no el cinco, el cero coma cinco, del precio de venta al público del libro, que cuando ves lo que técnicamente todavía les debes te entra un sudor frío que no veas hasta que te acuerdas de que es de mentirijillas… Ni tampoco voy a hablar (otra preterición) de las ventas negativas, sino de algo que parece muy tontorrón, como son los ejemplares justificativos, que son aquellas copias del libro a las que tienes derecho según el mismo contrato del que estamos ahora sí hablando u otro similar.

Otro asunto que el personal tiende a creer que ocurre en los países civilizados es que dispones (o sea, te han dado) ejemplares casi infinitos de los libros que has traducido. Hace un tiempo —ahora hago un paréntesis— me llegó un curioso mensaje en el que un profesor de enseñanzas medias de un colegio con pocos recursos de no me acuerdo qué país de Centroamérica me pedía, tal cual, sin más por favor ni más gracias, que le enviara un ejemplar de cada uno de los libros que había traducido para que los pobres niños pobres pudieran solazarse en su lectura. Muy amablemente le expliqué que se fuera a la mierda no me iba a ser posible porque, por lo general, el número de ejemplares de los que las editoriales tienen a bien proveerme es de dos o, en ocasiones felices, alguno más. Teniendo en cuenta (matemática) que uno me lo quedo yo, otro me lo llevo a España, que la universidad pretende otro para su biblioteca, que le doy alguno a un amigo y otro a alguien a quien quiero hacerle la pelotilla, al final me encuentro que, como en las liquidaciones anuales, tendría entre manos un número negativo de libros. Menos mal que no le doy a nadie más que a mi hermana, ni a mi madre le doy (pero se lo pueden prestar entre ellas). Tampoco esto es así de radical, la verdad, y si lo pides educadamente a la editorial (¿y por qué lo ibas a pedir maleducadamente?) siempre te dan alguno más. Pero también existen las que los racanean y te da la mar de coraje porque te consta que a los autores les dan más. Y, lo peor de todo, que si te has ofrecido a escribir un prólogo o algo así no te dan ni un duro y te pagan en más ejemplares, de lo que deduces que les sobran, y eso antes de que te manden las liquidaciones esas de las ventas nagativas. Curiosamente, cuantos más te dan, menos acabas quedándote, pero eso pasa por ser manirroto. Este de los ejemplares justificativos es otro detallito que, francamente y sin relación con Francisco, también me molesta. ¿Por qué, cuando todos sabemos que comen en vajillas de oro y arrojan perrillas y peladillas a los pobres desde sus carrozas, son tan rácanos con los justificativos (a veces, insisto)?

Lo del alcance del contrato y la escasez de ejemplares justificativos coinciden en una palabra (dos, si contamos el artículo): las REIMPRESIONES. El contrato normalmente viene limitado por un número de ediciones, digamos de una a quinientos millones elevado a n, cada una de diez a tropecientos chiquillones de ejemplares. No es que se vayan a alcanzar esas ventas, pero siempre cabe la posibilidad de que establezcamos contacto con una raza alienígena bondadosa que haya colonizado miles de mundos y, mire usted por dónde, se ponga en contacto con la editorial porque son sumamente fans de ese autor que tú habías traducido y que hasta la presente había vendido catorce libros (cinco devueltos). Más vale prevenir. Mientras tanto, tú has visto que ha salido la edición en rústica y llamas a la editorial para que te manden tus dos ejemplares que te corresponden por edición. Gran chasco, te responden que en realidad no es una edición sino una reimpresión, cosa que habrías visto de haberte preocupado en mirar la página legal, etc. Sí, sí, es la reimpresión quincuagésimo octava de la primera edición, pero es por no andar cambiando cosas inutilmente. Por supuesto que te mandarán unos ejemplares, si insistes, en cuanto llegue el botones Sacarino de su mili en Bosnia, lo primero que hará será ir a Correos, etc., etc. Los libros te llegan, pero te vuelve a quedar la mosca en el mastoideo.

¿Que hay cosas peores? Sin duda, pero se me han venido estas dos a la cabeza con la conversación transcrita supra con la agente de la agencia, así que, como mi mayor aspiración es iluminarles en la medida de lo posible, las comparto con ustedes. Seguro que hay algún colega al que le pasa lo mismo. Lo de que un tercer detalle que me molesta sea la tontería de algunos que se creen que en Europa no pasa …………. (añádase lo que se desee), mejor lo dejamos para otro momento.

An old woman reading. Line engraving by J.G. Wille after G. Wellcome V0015827

¡Uf, qué letra más chiquitilla! A ver qué dice…

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Cinco ciudades/Beş Şehir

Bueno, bueno, bueno, esto son palabras mayores. Aunque yo soy más partidario del Tanpinar de El instituto, Cinco ciudades es jevi, y tendría que serlo más para los fanses de Paz, ya iremos viendo por qué (espero). Con este libro también seguimos a los franceses, aunque no del todo, lo que tiene su parte buena y su parte mala. Me explico, en primer lugar está bastante claro que se publicó en España por la sencilla razón de que previamente se había traducido al francés. Esto da bastante coraje porque siempre hacemos lo mismo más o menos desde que empezó el Camino de Santiago con el breve paréntesis del Renacimiento, que copiamos a los italianos, y ahora, que copiamos a los e,e, punto, u, u, punto. Esa es la parte mala. Pero también es bueno que sigamos a los franceses en esto de traducir a Tanpinar porque si tuviéramos que esperar a las traducciones al inglés iba el pobre hombre bastante aviado porque no parece que les agrade demasiado (además de otras cosillas que, como Lázaro de Tormes, no digo); sin ir más lejos, este libro no habría visto la lus.

Que en algunas cosas no se haya seguido a los franceses tiene su parte buena y su parte mala así mismo o asimismo. Empecemos por lo malo. En un libro como este, que es de ensayos sobre ciudades en las que ha vivido el buen señor (autor) y en unas épocas en las que, no nos engañemos, la vida cultural turca era bastante cutre, como no lo llenes de notas, te enteras de la misa la media. Imagínense que yo escribo: «El Portón Cuatro, uno de los centros de la cultura alternativa de la época de Córdoba, que frecuentaban X e Y»; pues como no sean de mi pueblo y de mis tiempos (aquellos) no tendrán ni idea de qué sitio es ni de quiénes eran X e Y (nombres supuestos para proteger a las víctimas) y muy posiblemente tampoco la tengan de qué época estoy hablando ni de con quién alternaba la cultura. Algo así pasa con el libro del amigo, que a veces se pone en plan guía telefónica y tú ni flores. Para eso están las notas, me dirán ustedes. Para eso están las notas de la edición francesa, me permitiré precisarles, e incluso de la última turca —menos mal, ya era hora de que hicieran una edición anotada, tiene fotos y todo—, pero no de la española. ¿Y eso?, me preguntarán ahora. Y yo les contestaré: Chi lo sa?, en plan políglota. Eso es lo malo, que habría estado mejor con sus notas y su prólogo, como los franceses.

Pero también tiene algo de bueno que no les siguiéramos en todo, como dóciles ovejillas, como el pobre Norit, en suma. Porque los franceses, según su idiosincrasia traductoril, decidieron que el original era notoriamente mejorable en un aspecto, el del orden de las ciudades o dispositio. Por lo menos nuestros estimados traductores —René Giraud y Veda Nedim Örs, con Paul Dumont de cotraductor y prologuista— no decidieron que el pobre autor escribía muy malamente y feo y que aquello había que apañarlo. No, se limitaron al orden de las ciudades-capítulos. Y lo justifican, más o menos. En turco, las cinco ciudades en el libro son (1) Ankara, (2) Erzurum, (3) Konya, (4) Bursa y (5) Estambul, pero en francés son (5) Estambul, (4) Bursa, (3) Konya, (2) Erzurum y (1) Ankara. Uséase, justo al revés. El amigo Dumont no acaba de verle la lógica al orden original, ya digo que lo explica y… O mejor, se lo copio (la pereza como madre de la ciencia) y ustedes mismos opinan:

Mais à vrai dire, aucune des combinaisons possibles n’est totalement satisfaisante. Si l’on prenait pour fil conducteur le déroulement de l’histoire turque, il serait sans doute préférable de placer Konya en tête et de faire suivre l’évocation de cette ville par les textes consacres a Bursa, Istanbul Erzurum et Ankara. La géographie dicte un ordre diffèrent: Istanbul, Bursa, Ankara, Konya, Erzurum (ou l’inverse !). Dans la mesure où les Cinq Villes comportent de nombreux éléments autobiographiques, nous pourrions aussi les lire en suivant l’auteur, étape par étape, dans ses errances a travers le territoire national (Istanbul, Bursa, Erzurum, Konya, Ankara).

No me dirán que no se lo curra. En vista de lo cual, ellos lo hacen a su manera, como el mismísimo Frank. Primero Estambul, que es lo más chuli y el capítulo más largo; después Bursa, que los franceses le tienen bastante afecto a la ciudad (hay/había allí una importantísima fábrica de Peugeot o de Renault o no sé qué, de coches franceses, vaya), hasta la llaman de otra manera: Brousse; luego Konya por lo de que es la capital de los derviches giróvagos o giróscopos, que decía mi primo; Erzurum y Ankara podrían ser perfectamente intercambiables, pero como Ankara es el capítulo más chico y es la capital, pues nada, al final. Este orden alafranga, que es como lo llamarían en turco, tiene la inmensa ventaja de que puedes abrir el libro por el principio, leerte lo de Estambul, cerrarlo, dejarlo en un estante y no volverlo a coger nunca más y todavía presumir de que te lo has leído entero. ¿Que un pariente tuyo viene de vacaciones y se agarra el ferry para darse una vuelta por Bursa? Pues nada, te lees ese otro capítulo. A los otros sitios no va nadie, y si alguien pasa por Ankara camino a Capadocia, le dices: «Uy, madre, lo que ha cambiao eso desde los tiempos del Tanpinar, que no es que cuente mucho, oyes». Y si eres un poco cabroncete le preguntas si ha visto los sitios que menciona en el libro, sobre todo la mezquita de Alâeddin, que nunca la ha visitado nadie, menos un señor que vive por allí, o eso cuentan, y le dices: «Anda, ¿que no la has visto? Pues como si no hubieras ido, no has visto ná».

No es que yo quiera dármelas de más listo que el señor Dumont, lo digo totalmente en serio, pero me parece que se le ha escapado un detalle del orden. Y es que Tanpinar lo que pretende hacer al encuadernar en forma de libro estos ensayos que había ido publicando en la prensa, es ver la evolución de una estética turca particular y propia. Y empieza por Ankara porque es la capital y andaban los tiempos nacionalistas y donde hay patrón no manda marinero, pero también porque le da pie a hablar de los romanos y demás alegres compadres y de la mezcla de lo romano-bizantino con lo turco (como el aceite y el agua, según él). Pasa a Erzurum porque fue de las primeras capitales turcas en Anatolia, sigue por Konya porque fue la capital silyuquí/selyuquí (selyúcida siempre me ha sonado a seléucida, que era otra familia), pasa por Bursa porque fue la primera capital otomana y acaba en Estambul porque, según él, es donde por fin se crea una estética verdaderamente turca-otomana. Y, no, la cronología no le sale tan malamente.

La traducción de este libro fue un poco dolor de muelas, a pesar de la inestimable ayuda de D. Paul et compagnons. Primero por las cosas de siempre de Tanpinar, que si te mete palabras viejas en sentido etimológico que se parece a esos que dicen que «manda huevos» es en realidad «manda uebos» y que en el siglo XI los uebos, bla, bla, bla. O, peor todavía y esto es una teoría mía que no pienso demostrar porque menudo trabajazo, que cuando usa un término árabe no solo lo usa en el sentido original y no en el que tiene ahora la palabra en turco, sino como si ese significado se usara en francés. A ver si me explico… ¿No se han leído la Carta marrueca número 36? Pues, hala, corran, que tiene su gracia. Lo que pasa es que Nuño (un señor) se encuentra una notita de su hermana a una coleguilla y anda todo mosca —el pobre no entiende ni papa— porque dice cosas como:

Hoy no ha sido día en mi apartamiento hasta medio día y medio. Tomé dos tazas de té. Púseme un desabillé y bonete de noche. Hice un tour en mi jardín, y leí cerca de ocho versos del segundo acto de la Zaira. Vino Mr. Lavanda; empecé mi toaleta. No estuvo el abate. Mandé pagar mi modista. Pasé a la sala de compañía. Me sequé toda sola. Entró un poco de mundo; jugué una partida de mediator; tiré las cartas; jugué al piquete. El maître d’hôtel avisó. Mi nuevo jefe de cocina es divino; él viene de arribar de París. […]

Pues a veces con Tanpinar uno se siente como Nuño con la nota de su hermana. Pero con todo el francés de la nota, en árabe o persa. (Me doy cuenta de que el ejemplo no es muy afortunado, pero es que me parto con lo de «hoy no ha sido día», «un poco de mundo» y «viene de arribar».)

Otra de las dificultades trujamaniles es que como son ensayos de ciudades, pues hay un montón de descripciones, que son muy fastidiosas si no ves de qué está hablando e incluso entonces (gracias, santa Internés y san Gogle). Esto el lego no suele entenderlo y te dice: «Pues si en el original pone que hay siete lámparas a la derecha, tú escribes “siete lámparas a la derecha” y adiós muy buenas». El poblema es que no sabes si son lámparas, bombillas, farolas, candilejas o quinqués porque, sencillamente, no es lo mismo pero en turco se dice igual. Pues imagínense con frases del tipo «soberbia pedrería se incrusta en las torcidas pilastras que sustentan la jhgydbs». ¿Eh? ¿Y qué es eso? ¿Las pilastras serán columnas o balaustres? ¿Qué carajo repámpanos quiere decir con «incrustar»? ¿Y qué será «jhgydbs» que no me sale en los diccionarios ni lo saben los más viejos del lugar? ¿Cómo se les queda el cuerpo? Pues eso, que nuestro trabajo nos cuesta que luego quede bien bonito en la traducción. La verdad es que podríamos inventárnoslo, pero… Con esto me he acordado de unos jóvenes compatriotas que se subieron en el mismo autobús que nosotros en Malta (hemos estado unos diíllas/diíyas). Como todos los muros, bueno, todo, casi la gente incluso, son de piedra caliza indígena, el mushasho afirmó ex cathedra: «Las casas son todas de piedra amarilla; es decir, de color ladrillo». Y no «es decir» en el sentido de «borra eso, borra eso», sino de explicación. Pero, alma de Dios, o es amarilla o es color ladrillo; es decir (q.e.d.), el color ladrillo no es el amarillo. Pues imagínense que eso les sale en el original, ¿quién queda mal, ustedes o el autor? Ya les advierto que el autor pasó a mejor vida y le da igual.

El último y peor escollo de la traducción eran/fueron los versos que trae a colación el amigo acá y allá. Que no digo yo que no sean bonitos, pero antiguos una jartá. Para hacerles una comparación en español nos sirve como ejemplo eso de «Arma virumque cano, Troiae qui primus ab oris // Italiam, fato profugus, Laviniaque venit // litora […]» (Troya se lee con «te» como «timeo danaos et dona ferentes»; vid. Astérix legionario). ¿Qué? ¿Que el ejemplo no es español? ¿Pero a que suena bien? Pues así se siente uno cuando tiene que traducir un verso otomano. Tienes que ir palabrica por palabrica a algún diccionario antiguo (preferiblemente el Redhouse edición neanderthal), mirar el significado que podían tener allá por el siglo catapún, compararlo con el etimológico del año de los tiros mengues y formar una especie de nube coctelera a ver si todo aquello tiene algún sentido (que no). El problema más gordo es que tiene que tenerlo (sentido), así que le das vueltas y revueltas hasta que encuentras una manera de que aquello no quede demasiado mal aunque sea en el plano alegórico-simbólico. Como todo hay que decirlo, hay quien no se calienta tanto el tarro y te traduce el ejemplo en plan «Las armas de los virus son el canuto, los troyanos y los primos que [se comen] las oreo» y luego te explican que en épocas antiguas las enfermedades víricas se transmitían sobre todo por el uso de drogas, los piratas informáticos (de entonces) y los parientes gorrones que te dejaban sin merienda. Este tipo de explicaciones exegéticas son especialmente frecuentes en análisis hechos por locales, sobre todo estudiantes de turcología. Sin embargo, es muy fácil darse cuenta de que aquello no tiene ni pies ni cabeza si vemos que el contexto no habla de virus sino de escalas musicales dodecafónicas. Pero, bueno, difícil lo es (para mí) y hay que sudarse la traducción (que también podríamos inventarnos y no se enteraría nadie).

De todas formas, una vez que tuve el libro entre mis manos y lo abrí —algo que me resisto a hacer porque tengo una enfermedad que consiste que cuando abro un libro pillo algún gazapo—, me di cuenta de que no me habían quedado tan mal algunos versicos (los que vi, digo). Me congratulo una jartá.

No se me vayan a creer que el libro es una plasta, oigan. Más tonto sería si lo dijera, pero de verdad que no, palabrita del niño Jesús. Lo que sí le pasa es que no es un libro de viajes, como alguien ha dicho, sino una visión muy personal de esas ciudades. Y así lo que hace es informarnos un poco de su historia —fundamentalmente cotilleos—, de su encuentro con la ciudad y sus impresiones sobre ella —me gustan sobre todo los capítulos de Erzurum y Bursa en eso— y de su importancia para esa evolución del gusto artístico turco de la que hablábamos antes. Y, claro, desbarra un poco, pero eso mismo, que si lo hiciera yo me saldría un churro, a él le queda preciosísimo. A mí me gustó un montón y además me sirvió de mucho en otros asuntillos de los que ya hablaremos otro día, lo que le agradecería muy sinceramente si aún viviera (él; sobre todo porque estaría en el piso de abajo en la facultad, bien cerquita). Eso sí, quien espere un libro de viajes o una novela tipo El corredor del laberinto o Sandokán, va aviado.

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El silbato del vigilante nocturno

Sereno

¿Que toque el pito? Pero, oiga, ¿usted por quién me toma?

Aunque la profesión de traductor tiene sus ventajas —la de ser menos arriesgada que la de, por ejemplo, bombero, que además requiere una forma física que obligaría a hacer deporte, actividad harto desagradable; o ser menos estresante que la de controlador aéreo y, sobre todo, profesor de enseñanzas medias, empleos que requieren un autocontrol de proporciones hercúleas, y me permito recordar que Hércules mató a sus hijos solo después de que le poseyera la locura inducida por Hera, que supongo que las clases de ESO no serían como son si a los profesores Hera les indujera un aire que me los dejara como cabras—, también tiene sus inconvenientes. Uno de los principales es la propensión a las hemorroides, pero no es de esa exquisite little inconvenience, que diría Frank Zappa (s.t.t.l.), de lo que vamos a hablar hoy, sino de cierto tipo de acosos o asaltos inesperados por los, llamémoslos así ya que la traducción tiene mucho de sacerdocio, legos (non vid. el juego de construcción).

Dos o tres veces al año me suele ocurrir algo muy curioso y que no sé si les pasará a los compañeros que traducen de lenguas más «normales» o que residen en España, o allá doquiera que se hable su lengua materna. Suele empezar por una llamada telefónica o, en gran parte de los casos, por un correo emiliano que a su vez suele ser de alguna exestudiante o estudiante en ejercicio con unos mínimos de sensibilidad artística. Obsérvese el uso tan preciso del femenino; se debe a que los estudiantes varones no poseen o demuestran por lo general tanta delicadeza estética —posiblemente a imitación de sus maestros, yo mismo—, o no escriben, o su mensaje podría ser bastante más críptico e incomprensible. Como decía, todo empieza por un correo cuyo texto podría ser más o menos así:

Muy estimado mi profesor usted:
Ayer hemos veído con mi amigo un teatro que ha afectado muy muchísimo en mi espíritu de mí misma. En cuando salimos, hablemos con el muy bueno escritor y decimos que tú estaba el transletor de importante escritores de literatura turca. Él muy contento si usted traduces su teatro por que todos los niños de España son amarán este teatro. Yo doy tu e-mail. Yo quiero muchísimo que amigos españoles ven también este teatro que es tan bien y muy maravilloso.
En espera de sus noticias, se despide atentamente con afeto y muchos abrazos,
Tal de Cual XOXOXO

Este tipo de mensajes me llenan de desazón a pesar de que lo que debería llenarme es el orgullo de tener estudiantes que sean capaces de escribir tan bien con las pocas posibilidades de práctica que tienen (¿Es que no me creen? Ya me gustaría a mí escribir en turco como ellos; bueno, como algunos, no todos) y de tener el morro de (a) irse a hablar con el autor porque la obra les ha gustado mucho; (b) prometer a un ser humano que otro ser humano trabajará para él sin habérselo consultado al segundo interfecto; (c) escribir al profe para informarle de que le han prometido al autor en cuestión que va a traducir su obra. Se pueden imaginar ustedes el brete —palabra tontorrona donde las haya, como «oso»— en que se ve metido uno. Porque a no tardar mucho el susodicho autor teatral se pondrá en contacto contigo más contento que unas pascuas y tú te verás obligado a decirle (a) que no has visto su obra ni piensas verla porque el teatro no es lo tuyo; (b) que traducir una obra cualquiera sin saber si se va a representar o publicar es trabajar bastante en el aire; (c) que, como has insinuado, traducir es trabajar y que, al contrario que muchos autores cuya máxima aspiración es ver su obra publicada y/o representada o al revés (o/y), el traductor medio no se conforma con la íntima satisfacción del deber cumplido sino que espera una retribución monetaria o crematística; (d) que además traducir teatro es algo bastante distinto a traducir novelas y que quizá sería mejor buscarse un traductor con más experiencia en el asunto; (varias letras más); y que (z) encima no tienes tiempo. Con esta última afirmación, la digas o no, estás cavando tu propia tumba porque te aseguras que, pasado un plazo razonable y cuando ya no te acuerdas para nada del asunto, el señor en cuestión reaparezca intentando convencerte de la inmensa ganancia que sería para la literatura universal que tradujeras su trabajo.

Ese es más o menos el esquema básico de la cadena de acontecimientos, pero pueden darse variantes. Por ejemplo, en lugar de una (ex) estudiante decidida puede ser directamente un escritor que ha encontrado tu teléfono Dios sabe dónde y ha optado por llamarte, de noche, a la hora de la cena, entre semana, para asegurarse de que estás. Ahora me dirán ustedes, como me repito yo a menudo, que por qué no invisibilizo mi teléfono en el espacio virtual si no quiero que me molesten y les responderé, como me contesto yo a menudo, que entonces cómo podría encontrarme esa editorial que va a proponerme que traduzca ese libro que cambiará mi vida como se la cambió a la (ex) estudiante la obra susodichamente mencionada (basado en hechos reales). Este tipo de contacto directo autor-traductor es normalmente menos violento porque le puedes contar que has fallecido hace unos meses y no tiene manera de comprobarlo, o bien, y es lo que yo hago, que no trabajas así, sino por encargo de una editorial, lo cual significa (3) que hay que encontrar una editorial allí (dondequiera que sea) dispuesta a publicar tan despampanante libro, pero como ese no parece ser el caso sería conveniente (2) encontrar un agente o similar que se ocupe de semejantes menesteres en ferias de salchichas u otros lugares parecidos donde se pueda encontrar bebercio gratis, siempre y cuando (1) el libro en cuestión, por fascinante que sea, esté escrito y editado convenientemente por alguna casa o imprenta local. Todo esto abate al autor como Messerschmitt perseguido por Spitfire y, con suerte, se quedará balbuciendo un no sé qué, que probablemente sea que le des tu dirección postal para enviarte los libros —misteriosamente en plural— para que al leerlo caigas de hinojos sin tener en cuenta que la luz cegadora que de ellos emana probablemente te ciegue y no puedas traducirlos. Esto último no recomiendo emplearlo como argumento para escaquearse porque, con razón, suena bastante a choteo y la vida da muchas vueltas y arrieritos semos.

La obra de teatro o lo que sea puede ser también una novela, casi siempre bastante tocho y de aires paulocoelhianos tan bonita que es que no se puede aguantar y entonces te escribe una conocida de una conocida (que ha conseguido tu correo electrónico a través de la primera conocida, que quizá te escriba a posteriori para informarte de que se lo ha dado y de que espera que no sea una molestia) para preguntarte cómo es eso de traducir un libro. Y tú, todo educación y buenas maneras, respondes que no solo es traducir —que, al fin y al cabo, decía una compañera mía y suya de ustedes si son traductores, se soluciona cogiendo un diccionario y adiós muy buenas, y para eterno rencor mío se lo decía a mis estudiantes de doctorado— sino que además hay que publicar el libro y que eso es más peliagudo y que hay que tener cuidado con quién tiene los derechos y bla, bla, bla y que para eso es mejor ponerse en contacto con los titulares o su agente para, en resumen, vid. supra lo de los numeritos del autor del teléfono.

Una vez comprendido eso, se pasa al cuánto viene a pedirse por una traducción y cuánto se tarda y si es lo mismo un folio a un espacio que a dos y si febrero cuenta como mes entero aunque solo tiene veinticocho días. Y tú, que entiendes tu trabajo como una vocación que conlleva lo de enseñar al que no sabe, sobre todo al neófito que, deslumbrado por la alta literatura, decide embarcarse en la aventura del traslado entre lenguas y culturas, le explicas que normalmente y por desgracia se cobra por palabras o caracteres y que el tiempo es la cuarta dimensión y demás. Y por fin llega la pregunta de cuál es la editorial a la que hay que enviar la traducción para que sea un éxito inenarrable en España y tú le dices que de eso debería encargarse su propia editorial local o, de nuevo, el agente, tras lo que llega la confesión final de que no existen tales editorial local ni agente, sino que se trata de un maravilloso manuscrito noimpreso aún, pero que la publicación es evidente habida cuenta de su calidad y el pago de la traducción, en sacas de plata, vendrá tan pronto como se venda por millones de ejemplares. Y tú, imbuido de amor al prójimo colega, le adviertes con firmeza que no se le ocurra ponerse a traducir un libro en semejantes condiciones porque es sumamente peligroso.

Y es entonces cuando, entre amistosas risas, el otro se da cuenta de tu confusión y te aclara que se supone que eres tú quien va a traducir la excelsa obra porque la conocida común le había dicho que tú traducías libros. ¡Para atrás el duelo que el muerto cabecea! ¡A los refugios! No, no, no tienes tiempo, tú no trabajas así, el vecino (de la conocida) lo haría mucho mejor… Cualquier excusa es buena para quitarse el muerto de encima. Y para rematar, te piden que por favor pongas todo eso por escrito para comunicárselo al autor, que el pobre se va a llevar un disgusto.

Claramente todo este personal no tiene muy claro cómo funciona la industria editorial y piensa que el traductor es quien decide qué se traduce y qué no y que además hace su trabajo —cobrando, eso (casi) nadie se lo niega, excepto los propios colegas del «lo haría sin cobrar»— basándose en su gusto, supuestamente bueno. Vista mi experiencia (ni uno de los libros que he traducido ha sido a propuesta mía… A ver… No, ni uno) creo que nos dan una importancia que no tenemos. Supongo que me imaginan llamando al Sr. Penguin, o a la Sra. Planeta, y diciéndoles: «Oyes, que aquí un colega ha escrito un libro chachi, así que detén las rotativas y échale un vistazo a las cien primeras páginas, que he traducido en un ratillo en el metro con el teléfono. Eso sí, pídete la tarde libre que te vas a quedar como en trance». Ahora que lo pienso, así, así exactamente, pues no, pero sí que he dado la tabarra a más de uno para que publicaran alguna obra que me interesaba con resultados por completo nulos. Anda que si por mí fuera…

Cuando con la mayor amabilidad que te es posible en esas circunstancias —porque hay gente muy, muy pesada— les explicas todo eso y logras quitarte de encima al entusiasta autor o amante de la literatura, es cuando por fin le rezas a san Venuti para que, si no es molestia, te haga invisible y que así no te tomen por el silbato que llevaban aquellos vigilantes nocturnos de chuzo y manojo de llaves.

Pues eso, lo dicho, a ver si puedo terminar mi ronda sin que me toquen las narices ni el silbato.

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