Variedades culturales (o cultismos variacionales o variétés culturetas)

Como le cuento, oiga, estaba al pie del altar con mi mantilla de encaje y ahí mismo le mandé a tomar viento fresco

Hace unos días les contaba lo del proyecto que estamos haciendo con unos estudiantes y hoy me gustaría hablarles un poquillo más del asunto. No de qué va el proyecto en sí, que lo dejo para otro momento, que ya se lo contaré, palabrita del niño Jesús, cuyo aniversario cumpleañesco celebramos hace unos días, concretamente dos o tres porque vivo en un barrio multicultural donde, aparte de musulmanes y judíos, que no lo celebran ni siquiera conmemoran, habitan también griegos ortodoxos (pocos), extranjeros católicos (incluyendo árabes, no se crean) y protestantes (sobre todo africanos) que lo festejan el veinticinco de diciembre, y armenios gregorianos (bastantes) que lo hacen nuestro día de SS. MM. los RR. MM., e incluso rusos y ucranianos recién llegados (más o menos) que creo que lo celebran el siete, es decir nuestro boxing day, fecha amarga donde las haya porque al otro día hay cole. Bueno, la verdad es que nosotros hemos tenido cole todos los días o, más concretamente, exámenes, pero eso es harina de otro costal. En suma, que ya les contaré lo del proyecto en otro momento.

Como pueden suponerse, va de traducir. Y, también como pueden suponerse siendo ellos estudiantes y nosotros sus venerados maestros, tanto en el sentido de quien enseña una ciencia, arte u oficio, que de todo tiene la traducción, como en el de «seño, seño», aunque no creo que todavía se siga diciendo, porque también ejercemos un poco de paño de lágrimas u hombro en el que apoyar sus cabecitas, como decía aquella canción tan melosa, pero no en el sentido taurino o musical de inclinar la testuz exclamando «¡Bravo, maestro!». Jo, me pierdo con tanta tontería. Se pueden suponer, decía, que quienes traducen son ellos y nosotros opinamos, sobre todo porque más sabe el diablo por viejo que por diablo. Hummm, me pregunto si ahí «Diablo» irá con mayúscula por ese artículo determinado… Como también se supondrán, si son más o menos del gremio, como (ellas y ellos) son jóvenes y sin experiencia editorial, sus traducciones son bastante, cómo diría yo, fundamentalistas por aquello de literales. «Es que según el diccionario Linneorouse el pájaro zwcfgx en español se llama «avecilla catacrás»», te dicen, y entonces les explicas que nadie sabe lo que es el catacrás fuera de la asociación friquista de ornitólogos y que, según el contexto, sería mejor cambiarlo por, pongamos por caso, «pájaro chogüí». Lo malo es que pueden apostarse lo que quieran a que tan desconocido para ellos es el chogüí como el catacrás. No digamos ya el Pájaro Loco. Bueno, con nuestros estudiantes es al revés, del español al turco, pero se hacen ustedes una idea. Y no me meto en la sintaxis.

Aunque no se lo crean, porque realmente es difícil de creer, todos los pegoletes anteriormente mencionados están relacionados porque uno de los temas más peliagudos es, ¡ay!, el de la religión y las costumbres. Estaban los pobreticos míos traduciendo «El encaje roto» de Emilia Pardo Bazán por aquello de que está de moda (la autora) y es de derecho público (su obra) —cuento, por cierto, que les recomiendo leer porque además es muy cortito—, y nada más empezar nos topamos con una boda tan de postín que la celebra nada menos que el obispo de San Juan de Acre. ¡Toma ya, la primera en la frente! ¿Traducir o no traducir «San Juan de Acre»? Hubo quien no lo tradujo porque pensó que sería algún sitio de, probablemente, Galicia; quien sí lo tradujo («Akka») porque se llama así en turco; y quien no lo tradujo por motivos más filosófico-profundos. El debate se planteó ahí porque los defensores de la no-traducción opinaban —no sin razón— que el lector turco medio se iba a quedar un poco turulato si en una boda en, un poner, Pontevedra, Spain aparece de repente el obispo de una ciudad de Israel. Por supuesto, esta opinión presupone una falta de culturilla un tanto seria por parte del susodicho lector, como si un español no supiera lo que es el Decreto de Gülhane, ah, ¿que no? ¿Y la batalla de Manzikert? Bueno, como ven tenían su razón.

No acababa ahí la cosa porque también tuvimos una discusión bastante bizantina (no deja de ser chistoso) con el sintagma «al pie mismo del altar». Primero por la palabra «altar»; ¿traducirla por «mihrab» o por «sunak»? «Mihrab» es el término que se suele usar en arquitectura y que emplean los propios cristianos en turco, pero a parte de los estudiantes les sonaba a mezquita, y no a altar propiamente dicho sino a huequecillo en el muro. Como ven, también tenían su razón en esto. En cambio, «sunak», que es la palabra turca para altar, tiene ciertas connotaciones de sacerdote mexica extrayendo el corazón todavía palpitante del pecho un sufrido tlaxcalteca florido, lo que probablemente habría manchado el vestido de novia de Micaelita Aránguiz, la heroína del cuento. Mal asunto. También hay en esto un problemilla de registro entre el turco-turco y el turco-arabista del que ya hablaré algún día.

El otro escollo era la expresión «al pie de» (-l altar). ¿Realmente se dice así en turco («-in dibinde»)? Porque había quien creía que sonaba como «al pie de las escaleras» o «a sus pies, señora» (eso es cosa mía y está mal) y optaba por un simple «ante» («önünde») o soluciones parecidas. Incluso había radicales que proponían dejarse de pegoletes de altares y pies y traducir por algo así como «ya en la iglesia» o «en medio de la boda», que, qué quieren que les diga, tampoco me parecía muy mal porque se entendía estupendamente.

Había muchos más problemas que nos tuvieron bastante entretenidos. Se me viene a las mentes el tema de los padrinos, que nuestros estudiantes, inocentes ellos y un poco perdidos con lo del obispo de San Juan de Acre, pensaban que eran los padrinos del bautizo de ambos (¿sendos?) contrayentes que siguiendo una tradición católico-pija les acompañaban hasta el pie del altar; o las mantillas de las señoras, que una de las participantes insistió en explicar en nota porque le parecía un elemento cultural de primer orden, que no digo yo que no. Lo importante es que creo que aprendieron varias cosas. Primero, que puede haber varias traducciones igual de buenas del mismo original. O igual de malas, ya puestos. Segundo, que el lector medio no es tan tonto como su medianía podría hacer pensar, así que sabe que está leyendo una traducción de una lengua que se habla en otro pueblo, ergo que los personajes pueden hacer cosas raras, como que les case un obispo de Israel o que celebren la boda con sacrificios humanos y comiendo jamón de prójimo. Tercero, que lo importante es que su traducción sea coherente y que, si no lo digo reviento, fluya. Cuarto, que puedan defender razonablemente su traducción para que cuando cualquier botarate del tuíter les diga «LOL, ke trad. + chunga la de X por Y» o como se diga en la germanía actual, ellos puedan explicar que lo han traducido así por esto y por lo otro y bla, bla, bla, de forma que el imbécil de turno les replique a su vez: «No te agas el ofendidito. Kién t as creído. Zasca!» y entonces lo bloqueen y aquí paz y después gloria.

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El descanso del can

Can dudando de si para la derecha o para izquierda antes de echarse una merecida siestecillla

Llevo una temporada dando más vueltas que un perro para echarse y de ahí que tenga este cuaderno de bitácora, mudo testigo de mis cuitas y tribulaciones, un tanto descuidadillo. O «excusa no solicitada, acusación manifiesta», que decía mi amigo Antonio y que hay quien lo dice en latín también, que es más elegante y curil preconciliar.

La cosa es que me he metido en uno de esos proyectos que nos obligan a hacer en la universidad so pena de fusilamiento inmediato seguido de ahorcamiento parcial, destripe, descuartizamiento, escarnio y privación de uso de toga en las solemnes aperturas y clausuras de curso y es un mareo que no veas. Lo de preparar el proyecto, digo, lo del descuartizamiento debe de ser hasta peor.

Lo normal en mi facultad es que uno se apunte a algo que ya están haciendo otros. Otros que, si no te deben algo como Bonasera a Vito Corleone (don), no ven con muy buenos ojos tus aproximaciones. «Oyes, que como soy del departamento de español y estáis haciendo un proyecto de jardinería hidropónica en naves a Marte, que si puedo echaros una mano en algo y me apuntáis como investigador en el proyecto». Que no me extraña si te mandan a tomar viento fresco. Así que tienes que replantearte la forma de pedírselo: «¿Tú no querías que tu niño fuera de Erasmus a la Autónoma de Benidorm? Pues te advierto que traducir toda la documentación en una agencia te va a salir por una pasta y vas a tener que olvidarte de cambiar el lavavajillas y del implante de pelo. A lo mejor yo podría solucionártelo». Y con tan amable sugerencia igual consigues que te dejen echar agua con un fufú (Mª Jesús dice «frús-frús» que, evidentemente, no es lo normativo) a las florecillas que le llevan en mayo a la Virgen de Marte.

Otra posibilidad es que pienses tú algo. Y, claro, lo primero que tienes es que pensarlo. «Me gustaría hacer un proyecto en colaboración con la ONU para lograr la paz mundial y erradicar el hambre». Mal asunto si empiezas con objetivos tan ambiciosos porque en los formularios que tienes que rellenar te piden que pongas plazos y que definas los objetivos y tal. Y como igual te dan tres años, es, digamos, peliagudo que pongas fechas muy concretas: «fecha prevista para la declaración de la paz a escala planetaria: 28 de febrero de 2024». No sé que opinará el funcionario de turno, aunque al final a nadie le importa un pito si cumples los objetivos o no. Y ¿qué entiendes por «paz»? ¿Eso que te tumbas debajo de un olivo oyendo a las chicharras y piensas «¡qué paz y qué caló!»? ¿O la ausencia de conflictos armados entre países o comunidades de vecinos?

Mejor que seas más modesto: «Análisis de resultados del uso de aislamientos que apaguen los gritos del niño de los vecinos de arriba en la paz mental de los vecinos del inmueble sito en mi casa del 15 al 16 de diciembre de 2022». Eso está mucho mejor y tendría visos de que te lo aceptaran, pero te queda mucho camino por andar. Lo primero es meterte en la página web de la universidad para ver qué necesitas para que te lo admitan como proyecto. Se comenta que si entiendes todo lo que piden a la primera aparece una ventana secreta que te informa de que te han concedido una beca en el MIT con Chomsky, pero que nadie lo ha conseguido hasta ahora.

Total, que te vas a preguntar y te encuentras como Astérix, mandándote de información al centurión de calendas, de allí al sargento de guardia, al guardia de la porra, a la porra directamente, a la dirección que no consta abajo, etc. En la universidad, por lo menos, tienes la suerte de que los que llevan este tipo de servicios suelen ser profesores (también), así que puedes tenderles una celada al salir de clase. Lo malo es que la mayor parte de lo que te diga será sistemáticamente desmentido por el funcionario al que le tienes que llevar luego los papeles.

«¿Cómo? ¿Que no trae la partida de bautismo ni la cartilla militar? Pues me parece que no se lo voy a poder aceptar. Y tiene que firmar los formularios con tinta roja, es decir, sangre, pero que sea de virgen, extraída en noche de luna llena y tipo AB con errehache negativo. Traiga también una fe de vida y una declaración jurada, mínimo por Dios y por la Virgen porque se necesitan dos avalistas. Además, se requiere que vaya a empadronarse a Belén montado en una burra. No sé cómo no le ha explicado todo esto el profesor responsable, si es de conocimiento general y mandamos el otro día una circular en sánscrito por el sistema en clave de Enigma». Etc.

Se me había olvidado que, antes de llegar a ese punto, tus compañeros, incluido el profesor ese al que has pillado al salir de clase (él) te dan grandes ánimos para que no desfallezcas. Lo mínimo que puedes oír es «ese tipo de proyectos nunca lo aceptan». Otros comentarios motivadores son: «ni se te ocurra presentar eso así si no quieres que te den capones por los pasillos»; «nunca en la Historia de la Humanidad, ni en la Prehistoria de los grandes paquidermos tampoco, se había oído tal cúmulo de despropósitos»; «ja, ja, ja»; «no digas gilipolleces, por favor», etc. También hay quien se echa a llorar, de pena por ti o porque ya intentaron hacer algo parecido en su momento.

Digamos que ya lo tienes todo y decides que participe un número limitado de estudiantes porque si solo eres tú y, con suerte, un doctorando al que has pillado desprevenido no queda muy bien, pues tienes que volver a hacer más papeles y rellenar más formularios, por ejemplo pedir permiso a la comisión de ética para no sé qué rollo de protección de datos, no los tuyos (ejemplo rigurosamente cierto; por cierto, ignoraba que en la universidad hubiera una comisión de ética), y otras tropecientas mil cosas. Cuando por fin lo tienes todo, bueno, en realidad, antes de tener nada, les expones tu idea a los estudiantes, que responden entusiastas. Eso sí, el día de la primera reunión aparecen los cinco de siempre: la que se apunta a un bombardeo y sus dos enamorados absortos en semejante belleza, los dos jevis que necesitan unos créditos extra y la otra que es la única que al final responde a las encuestas (me han salido seis, pero eso también es normal). Pero, bueno, tampoco a los de las plantas de Marte les hacían cola para participar, así que no está tan mal. Por lo menos hay un número impar de participantes para los desempates (tú, el doctorando despistado y la realizadora entusiasta de encuestas).

En fin, ya les iré informando impuntualmente de cómo va el asunto (y de qué es, que no lo he dicho). Eso sí, cuando deje de dar vueltas como perro para echarse, me voy a quedar como si me quitaran pulgas.

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Un folio holandés

Jo, pesan más las resmas estas que una vaca en brazos

Como guardo como borradores las chorradas que se me ocurren, a veces me encuentro con cosillas que se me habían olvidado; un poner, esta que sigue. Se ve que estaba un poco molesto con alguna editorial:

Leer el trujamán de David Paradela «Traducir a la letra: Q de querella», aparte de que me trajo a la memoria Querelle, película plasta donde las haya, al menos cuando la vi porque, como podrán imaginar, no se me ha ocurrido volver a verla, me hizo pensar en cuánta razón tiene el amigo Paradela al comentar cómo muchas veces los traductores nos quejamos injustamente de críticos, editores y correctores. No siempre es cierto que nos falte razón, sin embargo.

Por ejemplo, yo solo recuerdo quejarme de un crítico, precisamente porque su crítica fue muy injusta. Tampoco me hace falta recordarlo mucho porque lo saco a relucir cada poco tiempo con una insistencia rayana en la pesadez. Los críticos que me han alabado me parecen personas de muy acertada apreciación estética, justos y objetivos, todo hay que decirlo, porque sin duda soy un traductor muy bueno, medianamente alto y ahora encima ya no uso gafas, que me dejé una pasta en la operación de cataratas, que se debieron de creer que era yo el Niágara ese. El resto, la mayoría, me da más o menos igual porque ni me mencionan y yo, a pesar de lo que se dice, prefiero que no hablen de mí a no ser que sea bien.

En cuanto a correctores y editores (en el sentido de editors), creo que siempre que he podido me he llevado bastante bien con ellos. Y digo lo de «siempre que he podido» refiriéndome sobre todo a los correctores porque las editoriales ocultan su identidad (sus identidades) como si fueran testigos protegidos de esos que componen gran parte de la población de los pueblitos del los EE.UU. de América, aunque luego siempre los pillan por llamar a su anciana madre o a cualquier otro familiar. Muchos de los correctores que he conocido, casi todos por correo electrónico intermedio, es decir a través de la editor (-a, no tengo yo la culpa de que en inglés no tenga género) para preservar su localización geográfica, han resultado ser, además, traductores, así que todo quedaba en casa. Además, que los correctores, por lo que veo, suelen ser unos profesionales de tomo y lomo (aunque no tengan nada que ver con los títulos, que es lo que aparece en el lomo de los tomos) de los que he podido aprender muchísimo por lo general, es decir, cuando te dan la posibilidad de ver las correcciones (no siempre: «no te preocupes, son sólo unos errores de tipografía y tal») o tiempo para verlas con tranquilidad (creo que nunca). Lo normal es que si has traducido un tocho de, digamos, tropocientas páginas a lo largo de quince años y seis meses y un día, la editorial te mande las galeradas para que le eches un vistazo a las correcciones sin indicártelas en un plazo máximo de tres días porque andan un poco retrasadillos, porfaplis.

Lo mismo puedo decir de las editors con las que he trabajado y pongo el artículo en femenino porque casi siempre han sido mujeres con alguna honrosa excepción. Estoy seguro de que el futuro de la especie humana descansa en manos de las editoras (y las excepciones varoniles) porque tienen una paciencia que debe de hacer de ellas excelentes progenitoras. Cuando yo ya estuviera a punto de estampar al niño en la pared como una calcamonía, ellas (y ellos) se las apañarían para templar gaitas. Pasa como con casi todo: tú estás traduciendo un único libro y para ti es la mar de importante, así que no tienes muy en cuenta que ellas igual están editando dos mil quinientos al semestre, pobreticas mías. Y estoy convencido de que tiene que haber bastantes autores (fíjense cómo me desmarco) bastante plastas.

El gallo canta ligeramente distinto cuando se trata de algunos editores en el sentido de publishers porque pueden ser la repera. En los últimos días he estado manteniendo un trato epistolar con varios y sus comunicaciones, dentro de la más exquisita educación y las mejores formas, podrían resumirse en el siguiente mensaje-modelo, y no me digan que exagero porque ya lo sé, pero es a modo de ejemplo, para que todos los niños lo entiendan:

Hola! (Nombre del traductor),

Queríamos consultarte sobre tu disponibilidad porque es posible que tengamos una novela de novecientas páginas para traducir. No es del todo seguro, pero sólo nos falta concretar unos detalles. Es decir, nos gustaría que dejaras todo lo que estés haciendo y te sientes a esperar a que contratemos el libro. Querríamos tener la traducción lo antes posible, es decir, para antes de Navidades, pero no nos la mandes después del puente de la Constitución/Inmaculada (táchese lo que no proceda según se sea más seglar o infante religioso) porque estaremos muy liados. Sabemos que, como estamos a mediados de noviembre, no es mucho tiempo, pero pensamos sacarla para Semana Santa del año próximo, así que necesitaríamos que estuviera lista, como tarde, el uno de diciembre. Como el autor todavía no ha terminado de escribirla, podemos ir mandándote unos post-it en los que está apuntando lo que se le ocurre; también tenemos unos tickets del supermercado detrás de los cuales hay un esquema de la estructura, o igual es una lista de la compra.

Como queremos que nos den unas subvenciones para la edición, la traducción, el papel, el material de oficina y unos bocadillos de mortadela, te mandamos unos contratos para que nos los devuelvas firmados con sangre a la mayor brevedad posible. Notarás que la fecha de entrega de la traducción aparece como pasado mañana, pero no te preocupes, que es sólo para cumplir con el plazo de presentación de solicitud de las subvenciones a la UE, la UNESCO, la ONU, la FAO y más abecedarios. Tampoco te preocupes por la cláusula en la que dice que el incumplimiento de la fecha de entrega será castigado con treinta años de trabajos forzados en la Guayana Francesa porque es del contrato estándar.

En cuanto a los honorarios, hemos pensado pagarte mil pelas por cada folio u holandesa DIN A4 de 2.100 caracteres. Es decir, cada 2.100 caracteres del cuenta cuentos del Word, lo consideraremos un folio u holandesa, que hay quien llama de las dos formas a una hoja de papel. Habrá que excluir los espacios en blanco, los márgenes y los signos de puntuación, puesto que no se considera traducción estrictamente (un punto es siempre un punto). Éste es el recuento estándar también. Lo mejor es que así la novela se queda sólo en unas setecientas páginas de las novecientas previstas y podrás tenerla sin problemas para la semana que viene, como hemos hablado. Tendremos que deducirte los gastos de emisión de contrato, las pólizas, el papel timbrado y otros gastos administrativos, por supuesto, así como los famosos bocadillos de mortadela. El pago se realizará en el trimestre posterior a la primera luna llena del solsticio de verano en caso de coincidencia con las calendas griegas de termidor, y el noventa por ciento restante en cómodos plazos si podemos y nos viene bien.

Te rogamos que tengas en cuenta la situación de crisis en que nos encontramos. Sin ir más lejos, en el ejercicio pasado no pudimos cumplir las expectativas de venta de chiquicientos millones previstas por el cuñado de nuestro CEO y sólo vendimos por valor de ochocientos mil trillones, lo cual supone unas pérdidas en contabilidad de muchicientos quilos. La culpa de todo es de la piratería porque todo el mundo piratea. Eso supone que, a una media de libro por mes, en un país como España, de unos cuarenta millones de habitantes, hemos dejado de vender cuatrocientos ochenta millones de ejemplares porque, como he dicho, todo el mundo piratea. Este año está previsto que nuestras ganancias netas no superen las previsiones, lo cual supone grandes pérdidas. Nuestra única oportunidad de recuperarnos y de que, por lo tanto, la industria cultural española en su conjunto pueda sobrevivir, consiste en que tengas la traducción para este viernes a ser posible y renuncies a tus exigencias de que te extendamos los plazos. En caso contrario, no nos quedará más remedio que deslocalizar los servicios de traducción y llevarlos a Taiwan, con lo cual serías cómplice del aumento del paro juvenil en nuestro país.

Un afectuoso saludo,

Fú Manchú

Como he dicho, exagero, pero la idea es ésa. No es raro que se te pidan plazos absurdos y que se hagan los cálculos de folio por caracteres, con lo que es como si todas las páginas de la novela que estás traduciendo estuvieran replenas de letruja chiquitilla sin un maldito blanco. Es lo que el personal llama contrato-lentejas, porque no suele haber mucho margen de negociación. Y, si no vendes tu primogenitura y lo dejas, tendrás tú la culpa. Tendrías que estar satisfecho de tener la posibilidad de ser un agente cultural, que muchos otros niños no la tienen.

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Las que las adornan

«To pa ti el jarrón, por haber sido buena». «¿Por qué te has molestao? Muchísimas gracias». «Las que te adornan».

Empieza el curso y con el desempolve de plumieres y cuadernos, el forrado de libros, las gomas de nata, los rotuladores de colores que dejarán una huella indeleble en tu camisa y/o pantalón, o, si eres profe como yo, el desempolve de cuadernos de programaciones y cuadernillos de notas, bolis rojos porque los estudiantes te tomaban el pelo por corregir con verdes, rotuladores de pizarra que dejarán una huella indeleble en tu camisa y/o pantalón, etc., que ya me estoy hartando… Empieza el curso, decía, y antes de que quieras darte cuenta ya tienes encima S. Jerónimo.

¿Y a mí qué S. Jerónimo?, me dirán ustedes los que no sean del gremio. Caramba, pues que S. Jerónimo es el patrón de los traductores y es santo porque se fue al desierto a traducir la Biblia al latín y un león le hacía la compra diaria o algo así, que no me acuerdo muy bien y lo pueden mirar en la güiquipedia, si me hacen el favor. Como es el santo de los traductores, se celebra en todo el orbe, no solo católico, sino, un poner, también aquí en Turquía, aunque no creo que tengan muy en cuenta lo de la santidad, la Vulgata y todo eso, que más bien les importa un pito (de los de soplar, y no me sean mal pensados).

La verdad es que los musulmanes llevan muy mal lo de entender el día del santo, o el santo del día, y eso que al final se ha llegado a una especie de compromiso con los cristianos locales llamándolo «día del nombre». Los que tienen cierta idea saben que un día del año celebramos cómo nos llamamos, pero no tienen muy claro por qué nos ha dado por ponerles nombres a los días, que ya los tienen, como lunes, martes, etc., e incluso un número, del uno al treinta en septiembre, con abril, junio y noviembre, los demás treinta y uno, menos febrerillo loco, ya saben (espero no dejarme ninguno). Bueno, vas tú y les explicas que la Iglesia, que tiene sus doctores, en su sabiduría va dedicando días a distintos santos y mártires para que ninguno se cabree y para que así la gente, si no sabe qué nombre ponerle al niño, le ponga el santo del día y sigan vivos nombres tan bonitos como Fulgencio, Acisclo, Domiciana, Indalecia, o, en mi familia, Felicidad, Hilario y varios Desiderios, en lugar de Hugos o Yusnabys a la moda. El problema es que entonces se creen que es algo muy religioso y te preguntan si va toda la familia junta a misa o algo así, como me han preguntado varias veces, y te ves en la obligación de decepcionarles y confesarles (verbo usado a propósito) que el día de tu santo no solo no vas a misa, sino que ni te pones cilicio ni quemas unos herejes ni nada.

Uy, con tanto rollo el santo se me ha ido al cielo totalmente, miren por dónde. Vuelvo a encarrilarme. El día de S. Jerónimo, también llamado treinta de septiembre, los traductores celebramos que lo somos, aprovechamos para quejarnos de las tarifas y de la falta de visibilidad y nos congratulamos de serlo; de ser traductores, no invisibles, que tendría sus ventajas, pero que se dice en plan más bien metafórico. Y, ya puestos, nos damos premios entre nosotros. De hecho, este año más o menos por esa fecha se anunciaron los premios nacionales en España y, aparte del que le han dado a Paco Sordo por ese tebeazo que es El pacto, me ha alegrado mucho el de Juan Gabriel López Guix, que para eso es amiguete y tal. Por cierto, me ha sorprendido mucho ver la cantidad de obras traducidas y escritas que tiene —por ahí dicen que más de ciento veinte— y encima no todas son variantes de Alicia en el País de las Maravillas. Enhorabuena, amigo.

El premio de Juan Gabriel es el que dan a la obra de un traductor, así en singular lo de la obra, opus y no ópera, por aquello de que es el conjunto de todo lo que has hecho desde que naciste como si fuera un todo, como lo del totus tuus, o sea, como el Óscar honorífico. Lo malo de estos premios es que hasta cierto punto te están llamando momia prehistórica o que sugieren que ya tienes un pie en el otro lado: «Vamos a darle un premio ya, que como nos descuidemos, tenemos que dárselo a la viuda y los premios póstumos no valen según las normas y quedaríamos peor que la Mohosa». La verdad es que no lo hacen por eso, pero, qué quieren que les diga, se te queda la mosca detrás de la oreja.

Les cuento todo esto porque a mí me han dado uno parecido aquí en Turquía. Un día me llamó una colega para decirme que quería proponerme para el premio honorario u honorable de la Asociación de Traducción, que en turco no rima tan malamente porque se llama Çeviri Derneği. Esta asociación es como nuestra Asetrad o así, es decir, que agrupa a todo tipo de traductores y no solo de libros —la que corresponde a nuestra Acett se llama Çevbir— y por eso dan un porrón de premios cada año, desde especialidades de traducción técnica hasta interpretación en lenguaje de signos (¿es eso interpretación o traducción?), pasando por interpretación de conferencias, traducción audiovisual, localización y un montonazo de cosas más que no me voy a poner ahora a enumerar. El premio honroso u honorífico tiene en este caso más delito porque tienen otro para traductores jóvenes, así que tienen uno para aquellos que están empezando en la vida profesional y otro para los que ya no van a dar más de sí porque les queda poco, como yo.

Por supuesto, cuando me llamó la colega para avisarme de que iba a proponerme se lo agradecí mucho y al rato se me olvidó porque no se me pasó por la cabeza que se lo fueran a dar a un extranjero —la otra asociación no lo hace, como (casi) todas—. Así que cuál no sería mi sorpresa cuando tiempo después me llama la presidenta de la asociación —otra colega— para comunicarme que me lo habían concedido. Ya se habrán dado cuenta de que los tres nos conocíamos, como seguro que conozco a bastantes de los demás miembros de la asociación que en algún momento hayan tenido relación con el departamento de traducción de nuestra facultad. Yo pertenezco al de lenguas occidentales, pero me llevo bastante bien con ellas y bastantes /-os, aunque ahora nos tratemos menos por cuestión de horarios incompatibles. Pero entonces, me dirán ustedes, prácticamente jugabas en casa… Pues es peor todavía porque la primera compañera había traducido al turco un artículo mío sobre la literatura turca existente en español y había visto que yo había traducido, si no la mitad, sí casi un tercio del total de obras. O sea, que se lo había metido por los ojos como quien dice. Pero bueno, no es de eso de lo que quería hablar.

De lo que sí quería hablar porque fue lo que más me impresionó, es de que ambas en sus sendas llamadas telefónicas me daban las gracias a mí y además por mi servicio como si hubiera hecho una especie de larguísima mili por la literatura turca en castellano. Ya sé que en turco lo dicen así y probablemente yo lo tradujera por otra palabra si tuviera que hacerme una traducción jurada, que posiblemente escribiría «trabajo», «esfuerzo» o algo parecido. Me emocionó un montón, oyes, porque es muy fuerte que unas colegas te agradezcan tu servicio a la literatura de su país, y tú por ahí diciendo que eres un traductor mercenario porque traduces lo que te echan. A partir de ahora no lo digo más, por estas. En fin, que lo único que me salía decir era algo que repetía mi hermana Carmen cuando le dábamos las gracias por algo: «Gracias las que te adornan». Luego vi una versión reducida en un fragmento de una película mexicana: «Las que lo [la/los/las] adornan», que es igual de hortera. Pues es verdad, aunque sea hortera: ¿Gracias? Las que os adornan, compañeras.

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Delenda est libro

No se hace usted idea de lo que me cobran por el almacenaje de los libros

Hablaba mi admirada Lorzagirl de cómo las pequeñas editoriales independientes lo llevan muy malamente sobre todo si publican a autores poco o nada conocidos. Ignoro si existen editoriales independientes grandes, pero supongo que sí, si lo que quiere decir es que no pertenecen a ningún grupo internacional tipo Spectra o Los Pollos Hermanos.

El problema, y supongo que ya habré hablado de él unas cincuenta mil veces porque me repito más que el pepino, es que las grandes editoriales ocupan el espacio en las mesas de novedades de las librerías, bueno, digamos gran parte del espacio, como si fueran niños grandullones que pegan codazos y hombrazos a los otros en la cola del autocar para llevarse el mejor sitio o confabularse en el asiento de atrás para planear sus maldades, relegando a los otros niños a los asientos de delante, más próximos al conductor, con el riesgo de que les vea, y a los libros más debiluchos a alguna estantería que no por ser de novedades deja de ser estantería, con el riesgo de que no se les vea.

Las estanterías, aunque parezca una perogrullada, obligan a poner los libros verticales, es decir, de canto, con lo que el sufrido visitante de la librería tiene que ir torciendo el cuello de un lado para otro porque hay libros que siguen la costumbre y el uso europeo de poner el título de abajo arriba y otros los anglosajones de arriba para abajo. Por cierto, por una vez estoy más de acuerdo con los pérfidoalbioneses porque, como da más o menos igual para arriba que para abajo, su sistema permite leer el lomo (no adobado) del libro tanto en posición vertical como horizontal a no ser que lo pongan boca abajo.

Sin embargo, un libro en una mesa, o libro en mesa que diría un refrán, muestra la cubierta con sus dibujicos y sus fajas y llama mucho más la atención sin necesidad de desnucarse. He de confesar que yo me he comprado más de un libro por la cubierta y a veces me he llevado una sorpresa la mar de agradable, como me pasó con Los desposeídos de Ursula K. Le Guin y Hierba de Sheri S. Tepper, que me compré aquí en Estambul en inglés y luego en español varias veces para ir regalándolos. Sin embargo, si cualquiera de ellos hubiera estado en una estantería no le habría visto el dibujico e igual no me lo compro, especialmente Hierba, que con ese título habría pensado que se trataba de alienígenas (era una colección de ciencia-ficción) mariguanos.

Pero si lo pones de canto en un estante entre otros cuarenta, a ver quién es el guapo que se compra, digamos, un libro con un título tan poco atractivo como El flexo de la mesa de un tal Marcelino Panicirco, que no lo conoce ni su madre y nunca mejor dicho porque es un seudónimo. Pues quizá (-s) resulta que te has perdido la nueva revelación del siglo, oyes, o ni eso porque, como nadie se lo lee, ¿quién lo va a revelar? A lo mejor/peor al pobre Marcelino le pasa como a John Kennedy Toole con el agravante de que a él sí lo han publicado (a Marcelino). ¿Cómo los libros de mi editorial, Lágrimas de cocodrilo, van a competir en las mesas de novedades con los de grandes editoriales como Tyrell Corporation o Skynet, que regalan mecheros y mantecaos en Navidad a los libreros y además dan ejemplares a importantes periódicos como el Hola, es lunes para que se los critiquen (positivamente) y así los hipotéticos lectores puedan ir a tiro hecho? La prueba es que todos los libreros tienen anécdotas del tipo: «El otro día vino un señor y me pidió el libro ese azul boniato que sale en el periódico». Pues si no sale en los media misa (mass media), al estante de patas. Y seguro que los mismos libreros no tienen anécdotas de clientes que se compraron un libro porque tenía el lomo bonito. Porque lo tenía de un color que pegaba con las cortinas, sí, pero es dudoso que dicho libro sea susceptible de ser leído.

La solución, por llamarla de alguna manera, que proponía Lorzagirl es que vayan ustedes a la librería del barrio y les pidan opinión e información, que para eso son vecinos. Pero, claro, ¿qué pasa cuando en tu barrio no hay librerías? ¿O cuando, como yo, vives en el quinto pino de otro sitio y no estás al día y quieres comprarte algo de tu país de origen? Menos mal que existen las redes sociales y así puedes oír los consejos de otros friquis con los mismos gustos que tú (a los otros, los bloqueas) y enterarte un poco. Si no, ¿cómo habría sabido yo de la existencia de Lorzagirl, sin ir más lejos?

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Tumbarse a la bartola

Ya te digo, traduje un libro la mar de entretenido y no he vuelto a dar un palo al agua. También soy rico, pero no tiene nada que ver

Hace unos días una colega (no me acuerdo de quién) decía que se las había hecho muy felices porque el libro que tenía que traducir era muy cortito, pero que resultó ser un plomazo —quizá dijera «un tostón»— y su traducción una tortura fumanchunesca. Sí me acuerdo de que Pilar Ramírez Tello, muy diplomática, comentaba que no todo lo que tenemos que traducir nos gusta. Pues sí, así es, señores míos. No todo lo que tenemos que traducir nos gusta siempre porque a veces son unos tostones de a quilo y traducirlos es como un parto chungo, bueno un parto no sé cómo es, pero lo he visto en la serie esa de las comadronas, y, si no, como un duro estreñimiento. Eso sí, como somos grandes profesionales, por muy estreñidos que estemos traductológicamente, el resultado nunca es una caca, sino que huele a gloria bendita, que ya me había dado cuenta de que se podía hacer un chistecito.

No sé por qué la gente, especialmente en su vertiente juvenil de estudiantes, piensa, cree, supone, etc., que todo consiste en que te lees un libro que cambia tu vida radicalmente, digamos que te conviertes al harekrishna, y que entonces lo traduces lleno de entusiasmo para transmitir a todo quisqui urbietorbi la buena nueva y se pasen al harehare. De entrada, debería quedar muy claro que el entusiasmo se enfría una miaja a las trescientas páginas. Por eso estaba tan feliz la colega que mencionaba al principio. De todas formas, si traduces un libro porque te gusta y no porque te lo han encargado, o tienes una editorial y te lo publicas tú después de buscar a los agentes o herederos del Sr. Krishna, o cuando acabes, lo imprimes y lo metes en un cajón para que coja moho mientras escribes a cuatrocientas ochenta y tres editoriales que, sistemáticamente, te lo rechazarán. Eso sí, luego le publican el libro al primo de un pariente del agente literario que les invitó a unos gin-tonics en Frankfurt. Gin-tonics como es debido, claro, y no esos globos llenos de hielo que los anglos, dicen, llaman Spanish gin-tonic. Ahora bien, si después de leer con fervor el libro y antes de traducirlo, esto último es muy importante, eres tú el que invita a los gin-tonics al editor y, como son de los antiguos, de Larios, al segundo ya está la mar de contento y al tercero trompa perdido, entonces sí que tienes posibilidades de que te lo encarguen y andespués lo publiquen.

Lo normal es que estés mano sobre mano entre libro y libro, si no tienes otra profesión como la de profesor, que entonces aprovechas para corregir ejercicios y preparar programaciones y esas cosas, o de, qué sé yo, que tu padre tiene una casquería y te entretienes en colocar bien los ojos de las cabezas de cordero y en colocar las asaduras, blancas a un lado, negras al otro. Entonces, como de sopetón, una editorial te propone que traduzcas un libro. Como te dicen las páginas para que no te hagas ilusiones con el pago, ya sabes si es gordo o no. A partir de ese momento pueden pasar muchas cosas, pero lo más normal es que, si no conoces de antemano el autor o la obra, te informes un poquillo. O no, si te gustan las sorpresas, aunque yo no lo haría. Si ya te suena el libro de algo, igual hasta lo has leído, la cosa tiene menos emoción: si te ha gustado, estupendo (relativamente); si no, o rechazas la oferta o, si quieres comer caliente, te fastidias y te armas de valor. Si te ha gustado mucho, cabe la posibilidad de que cuando lleves quinientas páginas traducidas que has leído cinco o seis veces cada una, ya no te guste tanto.

El caso ideal es que te mandan el libro, te lo lees, te encanta, lo traduces en éxtasis, encima es corto, la traducción te queda como para cantarle una saeta y además te pagan unos pluses por entregarla el día de tu santo. Esto último nunca me ha ocurrido, pero no pierdo las esperanzas. Es algo que pasa, ojo, ¿eh?, que no es que me lo esté inventado, no lo del santo, que te apasione lo que traduces. Yo, por si acaso y al contrario de lo que siempre digo cuando tengo que darles una charla sobre traducción a los estudiantes, nunca me leo el libro con antelación. ¿Por qué? Porque si es un tostonazo, voy a empezar a traducir malamente, todo amargao, en plan ¿y cuánto queda? Además, si es policiaco, un poner, te enteras de quién es el asesino y pierde mucha gracia. De todas maneras, recuerden que soy de familia de médicos y «del médico, lo que dice (y no lo que hace)».

Lo malo es cuando el libro, además de aburrido, está bien escrito. ¿Cómo?, se preguntarán ustedes con toda razón. ¿Pues no será mayor la tortura cuanto peor escrito esté? Bueno, por lo menos, cuando está mal escrito te entretienes cabreándote, resoplando y enmendándole la plana. Esto es importante porque, total, todo el mundo te va a echar la culpa de que esté mal escrito porque ¿cómo iba a publicar nadie en su sano juicio semejante adefesio? Ojo, no olviden el poder de los gin-tonics. O sea, que como van a decir que es culpa del traductor, es moralmente lícito que le eches un apañiyo y así te entretienes. Pero si está bien escrito, todo es «¿Cuánto queda? Quiero hacer pipí».

¿Y qué me dicen de las víctimas colaterales? En otro lugar he contado lo del amigo que me soltó en tolmorro que le habían dicho que yo traducía unos plomos de impresión, con lo cual estaba confesando que no los había visto ni por el forro ni por la cubierta. Sin embargo, la pobre Mª Jesús, a modo de bienes gananciales, se ha convertido en mi correctora (es muy prudente en eso) y primera lectora y se traga cada tostonazo sin comérselo ni bebérselo que no veas. Menos mal que con lo que me pagan la invito a pipas. Cuando tú eres el traductor, en general el libro acaba interesándote por aquello de que los árboles no dejan ver el bosque. Pero cuando pasabas por allí y te obligan a contemplar el bosque en tida su exuberante naturaleza no precisamente amena…

En fin, no quiero aburrirles demasiado a ustedes, así que voy terminando. Había alguien que nos acusaba a los traductores de copiar un librillo y tumbarnos a la bartola a cobrar los royalties para no dar un palo al agua para siempre jamás en lugar de hacer un trabajo aburrido de nueve a cinco, y no andaba muy fino el buen señor, porque también nosotros nos aburrimos y hacemos trabajos que no nos gustan, aunque quizá no de nueve a cinco. A veces más y a veces menos. Y, desde luego, demostraba no haber cobrado un medio por ciento de regalías en su vida.

Pero nadie te dice que traduces cosas muy aburridas si lo que haces son partidas de bautismo, fes de vida y cartillas militares, sobre todo si las juras por tu madre y por la autoridad que te concede el ministerio del ramo y por las que puedes cobrar un pastón. Se ve que las penas con pan son menos, y los tostones con pasta de por medio, también.

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Una conferencia solo se da una vez (como es costumbre)

Les voy a dar una charlica que ya he impartido en otros sitios, que no es cosa de ponerme a hacer otro pógüerpoin.

Leía hace unos días un Trujamán de Pablo Ingberg sobre la traducción de citas («La traducción de citas» 7/IX/2022) donde, más que si sí o si no, se comentaba sobre el cómo. El cómo sí, claro, si es el cómo no, no la traduces. Lo del cómo no, por cierto, es bastante habitual en escritos académicos de todo pelaje y yo mismo lo no hago (o no lo hago o lo hago no) cuando son lenguas de las que me entero. Sin embargo, cuando me encuentro una cita en ruso, árabe, élfico o alemán, sin ir más lejos, se me llevan los demonios. Lo cual me recuerda una edición de Freud del año catapún que tenía mi madre y que dejaba en alemán los pasajes más escabrosos. Yo los habría puesto en latín, que queda como más morboso. O igual estaban en latín, no me acuerdo. Otras personas, por ejemplo Mª Jesús, opinan que si el texto está en lo que está, las citas habría que traducirlas y dejarse de pegoletes de ir cambiando de una lengua a otra por aquello de quedar de polígamo, poliédrico, no, políglota (polígloto me suena muy mal, como a primera persona del presente).

Nuestro colega Ingberg se hacía la pregunta en los casos en que estás traduciendo, tralalá, y te encuentras una cita de alguna obra escrita originalmente en la misma lengua que la obra que estás traduciendo. ¿Qué hago? ¿La traduzco yo o busco si está ya traducida? Él no parecía partidario de salir a buscar la traducción de la cita como gallina sin cabeza. Como gallina con cabeza tampoco, o sea, que no parecía muy entusiasmado con la idea de ponerse a rebuscar algo que a saber dónde lo ha guardado tu madre, por ejemplo (en su sitio, seguro, donde siempre) que encima, como es de otro, te fastidia el estilo de la traducción, el tono y todo. Tiene razón, claro, porque es un poco como mis estudiantes cuando se copian en un examen y te das cuenta y les maravilla muchísimo que lo hayas visto. Tampoco es que sirva de mucho porque no nos dejan ponerles un rosco, pero bueno. Un poner, piensen en el párrafo siguiente de un examen de comentario de texto:

El autora de la poema está muy bien en su escribido. Mucho gusto a me. La reflexión que provoca en el lector, que habría sido muy distinta de haber empleado isotopías anacreónticas, es muy bien. También usa adjetivos para explicar bien su idea.

¿Pueden ustedes diferenciar el fragmento copiado (hipotéticamente) del escrito por el estudiante? Pues esa es un poco más o menos la idea de Pablo Ingberg, que si le metes un pegote a tu traducción a lo peor le queda como a un Cristo dos pistolas. Y claro, no es cuestión. Para más inri, ya que estamos con Cristos, puede que seas tú quien deje como una zapatilla cochambrosa al colega que tradujo la cita porque el marco en que se enmarca es mucho más bonito que la cita en sí, dónde vamos a parar.

De todas formas, lo que a mí me suele pasar es que me encuentre citas originalmente en otro idioma, es decir, que no estaban en turco en el original, eso que se pone en las notas de «en español en el original» cuando algún personaje de, por ejemplo, Hemingway dice un taco. Bueno, los tacos sí se traducen y no son citas, aunque son jodidísimos fastidiosísimos de traducir porque mismamente en turco son bastante sosos y, de la misma forma que no estaría bien que tradujeras un «joder» por «cáspita», tampoco es cosa de que te pases, que igual te vas al infierno (por cierto, lo que yo he hecho no es pecado porque lo he puesto entre comillas, «cantar es sin pecado ca va en comillas», que decía el Libro de Alexandre).

¿Por dónde iba? Ah, sí, por las citas en otro idioma. Yo suelo hacer lo que decía Mario Grande en otro Trujamán Traducir citas literarias [y 2]» 7/III/2015), a saber:

Cuando la cita provenga de un texto consagrado, del que exista una sola traducción al español, utilizarla y no retraducir, pues confundiría, pero habría que dejar constancia siempre de la traducción utilizada, bien en los créditos, bien en la introducción o mediante notas.

Me gusta buscar los originales de las citas, que muchas veces son más escurridizas que la anguila que compraba mi suegra y que no me gustaba nada, nada, nada, supongo que por cuestiones culturales porque los ingleses de las series de época bien que se las comen, o igual es una forma de insinuar que los personajes son pobres y solo pueden comer esa asquerosidad (aunque el mero es peor). Lo que decía, tú estás traduciendo algo del español al qwenya, encuentras una cita que dice, veamos, «espectáculo diáfano» y no tienes ni puñetera idea de dónde ha salido y no quieres meter la pata porque igual en Rivendell es muy conocida, pues te pones a buscar y te encuentras que en inglés es «liquid splendour», que en qwenya siempre, pero siempre, siempre, siempre, traducen a lo pedestre por «esplendor líquido». Anda, anda, tira pallá, que si llegas a poner lo del espectáculo diáfano habría quedado más feo que pegarle a un padre. Ojo, esto no quiere decir que una traducción sea la buena y otra la mala, que para todos los gustos hay en la viña de un señor y además depende del contexto, sino que una es ya la forma consagrada y sonaría raro. Véase lo de Juicio y sentimiento de Jane Austen, que nadie sabe de qué película es. Por cierto, la cita que he usado es del Prometeo desatao de Shelley en muy meritoria traducción de Alejandro Valero (lo acabo de buscar). Uso esta cita porque en la traducción al inglés de un libro en turco donde se citaba el verso, lo tradujeron por «exquisite effluvia», que ni el libro (que venía a decir «fluido esplendor») ni, por supuesto, Shelley lo decían.

Algo que me ha pasado últimamente ha sido tener que buscar (infructuosamente) una cita de un poema de Goethe que hacía Ernst E. Hirsch en sus memorias. Este señor fue uno de los académicos alemanes (judíos) que huyeron del nazismo a Turquía y colaboraron en la modernización de la universidad turca. Hisrch era profesor de derecho y fue muy importante en la creación de las facultades de derecho y en la redacción y desarrollo del código mercantil. Pero nosotros, a lo nuestro. Resulta que en una novela dice que Hirsch en sus memorias, traducidas al turco por Fatma Suphi, cita unos versos de Goethe. Como no me fio ni de mi abuela, fui a buscar el original en alemán, pero no tenía manera de encontrarlo teniendo en cuenta el esfuerzo que pensaba dedicarle a la búsqueda (podría haber ido a la biblioteca del centro cultural alemán, que seguro que tienen el libro, pero tendría que haberme levantado del sillón, posiblemente afeitarme, ponerme unos zapatos y una camisa, etc.). Al final encontré los versos en no sé dónde, pero, y aquí está el truco del almendruco, cuando quise comprobarlos en las obras de Goethe, no aparecían ni patrás. O Hirsch se equivocaba o el sitio web donde lo encontré lo citaba mal.

¿Qué hacer? ¿Armarme de valor y salir a la calle con lo malo que hacía? Porque lo que no pensaba era pagar una pequeña fortuna a Amazonas teutona para comprar un libro que no iba a entender. Así que, como se pueden suponer, tiré por la calle de enmedio, como aconseja nuestro amigo Ingberg, y los traduje yo mismo de la versión turca con estas manitas. Espero que no lo lean colegas germanistas y me riñan porque los versitos no son así exactamente o porque ya los había traducido fray Luis de León (que no creo).

En resumen, que a mí, cuando en un libro escrito en turco aparece una cita originalmente en otra lengua, me gusta buscar el texto original y ver si alguien lo ha traducido ya o, si no, que me lo traduzcan bonito porque muy probablemente no tengo ni idea de esa lengua, o muy poca. De hecho, en alemán le he pedido ayuda más de una vez a Isabel García Adánez, que lo hace requetebién. Si no, que le den morcilla a la cita y la traduzco directamente de la versión turca confiando en que sea más o menos fiel y ahí me las den todas. Sobre cómo el traductor al inglés de Shelley citaba cómo es costumbre dar una conferencia solo una vez ya hablé en otro lugar.

Recuerdos a la familia. Al llegar escríbanme.

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Que no es que lo diga yo…

Bla, bla, bla, cada día más plasta la Tostonen Übersetzung Zeytung. No trae ni santos.

El otro día me encontré un artículo sobre la traducción al portugués brasileño de Estambul. Ciudad y recuerdos de Orhan Pamuk que me dio la alegría de ver que no estoy solo en el mundo sin perrito que me ladre. (Stella, Paulo y Daniel Cruz [2022]: “Orhan Pamuk’s Reception in Brazil: A Matter of Translation” en Studies in Humanities Conference Proceedings / Spring 2022. Estambul: Dakam Books) Lo del portugués brasileño es cosa de ellos, que lo dejan bien clarito. No es la edición brasileña de la traducción al portugués, no, sino la traducción al portugués brasileño, hecha en Brasil, es de suponer.

No me voy a meter en el cachondeo de las publicaciones académicas en Turquía, que desde que exigen publicar en revistas internacionales todas lo son, hasta las hojas parroquiales más pestosas. ¿Que te exigen también participar en un libro colectivo? No problemo, te montamos un congresillo (internacional) en línealain sobre todo tipo de dimes y diretes porque no eres el único en esa situación, publicamos como libro lo que de toda la vida habían sido las actas y listo. El congreso puede llamarse fácilmente Estudios internacionales de cosas y sucesos y así lo mismo cabe algo de enología sumillerística que de xenoentomología cultural. Todo publicado en una editorial internacional, que así lo piden las instituciones y que consiste en que la susodicha editorial tenga libros en lengua extranjera disponibles en otros países. Total, mandamos unos ejemplares al colegio de las ursulinas de Andorra y otros al IES (lo que sea eso) del Pozo del Tío Raimundo y averiguao, como dicen en mi tierra.

Volvamos al artículo. Para mí que los autores son un poco rojos porque la tesis subyacente, bueno, bastante en la superficie, es que Brasil está subordinado a los dictados culturales imperialistas de los EE. UU. de A. y como prueba presentan la traducción de este libro, que se hizo a partir de la versión inglesa y no del original turco. Esto en sí mismo no tiene nada de raro, ni siquiera de malo, porque igual es que en Brasil no hay traductores de turco. Y no es de guasa o, si quieren, lo reformulo: igual es que los posibles traductores de turco a portugués brasileño que hubiere (traducturus) prefieren dedicarse a los certificados de penales y no meterse en berenjenales que no les den ni para un disco de Vinicius de Moraes y Tonquinho. Entonces, si no es malo, ¿de qué se quejan los autores del artículo?

Pues se quejan, miren ustedes, de que existiendo una traducción al castellano bien bonica y fielmente adecuada al original, se tome la versión inglesa, que hace de su capa un sayo. es decir, más o menos lo que les da la gana. Y uso el plural porque, más allá de la traductora, clarísimamente han metido mano los publishers. Les cortopego un par de cosillas que dicen los autores del artículo. Una:

This cross-cultural interference is also present in the translation of the book to Brazilian Portuguese as it is based on the American English translation. It is worth mentioning here that Portuguese and Spanish are very close languages. And the Spanish version of Istanbul was translated directly from the Turkish language as we can read in the Spanish copyright. Besides that, Spanish translations are well-known for their extremely good quality. The question that stands here is why not using the Spanish edition as basis for the Brazilian translation? The answer may be simple. It is because a Spanish translation does not add so much value to the book as the American one does.

Y esta otra:

If we consider that the Spanish translation is closer to the original Turkish and as we know Portuguese and Spanish are really close languages, why not using the Spanish translation as the basis for the Portuguese one? We also know that Spanish translations are very well made and so one can really trust them. The answer to this question relies exactly in the expected average Brazilian reader. This reader believes that what comes from the USA should be trusted and is certainly well-made so a translation that is based on the American English can only be good and trustworthy.

Que vamos, que no es porque la traducción sea de s.s.s., es que, según ellos, las traducciones al español son en general como para ponerles un piso. Ergo el preferir la traducción inglesa es únicamente por (a) prejuicios y (b) esnobismo tontorrón. Pero no crean que solo ocurre en Brasil. Ya habré contado cómo en la presentación de Me llamo Rojo en el Cervantes de Estambul, con presencia participativa del autor, una lectora turca dijo con toda su boca que se estaba leyendo el libro en inglés. El autor, of course, le recomendó que se lo leyera en turco. O sea, como diría el amigo Carlos Mayor, para esa lectora la traducción al inglés era más original que el original, por mucho que este estuviera en su lengua materna. Esto también tiene que ver con que muchos lectores turcos opinan que Pamuk escribe fatal y no se le entiende, mientras que en inglés todo está mucho más correcto y claro. A mí me mosquea porque (a) no se explica uno cómo el traductor/-a al inglés sí ha entendido algo que los nativos no entienden y (b) es inevitable sospechar que a lo mejor a la traducción inglesa le han metido un buen planchado que elimine todas las irregularidades, como si de sábana de hilo se tratara, porque si el original es difícil de entender y la traducción no, ahí hay algo raro.

En nuestro país también se da bastante eso. No es demasiado inusual la gente que se lee a los clásicos rusos, o a Pamuk, en las traducciones al inglés (curiosamente, no tanto al francés). La idea general es que las traducciones españolas no son de fiar por el mero hecho de ser españolas y cualquiera sabe si no te están dando gato por liebre. Y ahora vienen unos brasileños y te sueltan que no, que es lo contrario, que las traducciones al español suelen ser «very well made and so one can really trust them» y te quedas con dos palmos de narices y sin saber qué decir. A lo mejor están pagados por el lobby de la industria editorial madridista, cualquiera sabe.

A mí me ha dicho un pajarito (esto es una especie de metáfora, claro, porque si un pajarito tipo Piolín me habla de verdad me voy cagando leches a un psiquiatra) que parece ser costumbre en ciertas editoriales anglosajonas hacer ediciones que ellos llaman pomposamente «internacionales» y que con más propiedad podrían llamarse para burros un poco tontos y vagos. Lo voy a explicar más finamente no vaya a ser que alguien se dé por aludido con lo de tontos y vagos, que nada más lejos de mi intención.

Parece ser, bueno no parece ser, es así, porque no solo me lo ha dicho el avecilla que me cantaba el albor, sino que lo he visto yo mismo con estos mis ojos, que existe alguna editorial anglosajona que opina que sus lectores no se van a enterar cuando lean una obra escrita por un extranjero, por muy traducida que esté, porque los extranjeros, siendo ya de suyo bastante raros, no hacen más que hablar de cosas que nadie ha oído mencionar en su vida y así, claro, te quedas totalmente in albis, te pones a pensar en otra cosa, como, por ejemplo, si tendrá bragueta el traje de Spiderman, se te va el santo al cielo, te pierdes, te aburres, dejas el libro y no compras más ni de la editorial esa ni de autores extranjeros, por no hablar de franceses. Por lo tanto, la editorial, asumiendo su compromiso como agente cultural y decidida a desasnar a sus amados lectores, agarra el original y explica lo que haya que explicar en el mismo texto, porque las notas también distraen una jartá, y, claro, como el libro quedaría muy largo, pues no le queda más remedio que cortar algunos detalles de otros lados, por otra parte perfectamente prescindibles. Un poner, seguro que saben qué libro es (o sería):

Vetusta, palabra que significa «viejuna» y a la que irónicamente podríamos describir como una «heroica ciudad», dormía la siesta, costumbre secular del país consistente en dormir un poco después del almuerzo para hacer la digestión de los platos más habituales de la época: el cocido, a base de garbanzos, o la olla podrida, de frijoles.

Así desde luego está todo mucho más claro. Fíjense además que digo «frijoles» porque el público objetivo es de los EE.UU. y de esa manera lo pueden relacionar culturalmente con la comida tex-mex, como si fueran unos tacos de puchero, de tal forma que la imagen que se hacen en la mente, con tanta siesta y tanto fréjol (que también se dice así, que diría Shin-chan), es como la de una introducción de Speedy Gonzales, que daría yo algo por ver al Magistral en plan ratón Pérez, aunque lo de «arriba, arriba» sí que le pega. ¿Ven? Esto en una traducción al español no pasaría porque somos gente seria y formal y nos atenemos a lo que cuenta el original, por muy pegoso que sea.

Pues eso, que no es que lo diga yo, también unos señores brasileños opinan que las traducciones al español son que te defecas, mientras que las de otros (y no estoy mirando a nadie) son, como diría yo, menos ajustadas a la intención, la redacción, la letra, el espíritu, el estilo, la redacción, la ortotipografía y tal del original. Que tampoco digo que no haya lectores que las prefieran y me parece muy bien (eso no es del todo verdad), que igual son más comprensibles, sobre todo en el caso de cierto premio Nobel y otros compañeros suyos, pero que, como decía el tipo del anuncio «No ez lo mizmo».

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Un sagüen de potas

Me va a poner en un bocata tu agüela

Hala, ya está s.s.s. otra vez amarrado al duro banco, montando guardia en la facultad y todo, por estas que son cruces, por si igual nos atacan unos alienígenas o viene un estudiante a preguntar si hay que poner alguna póliza en los impresos del erasmus o si el papel del estado lo siguen vendiendo en los estancos, qué sé yo. Aprovechando la circunstancia, procedo a comentar un par de cosillas que me he encontrado perdiendo el tiempo en internés, o sea, plocastillando, que por fin me lo he aprendido.

La primera (la segunda la guardo para otro día) es algo que me recordó a mi abuela porque nunca jamás conseguimos que dijera «sandwich» como «sándgüich» o ni siquiera como «sangüis», a la madrileña, que para eso era de Valladolid y luego había vivido en la capital del reino y la república. Igual es porque había sido de francés y eso imprime carácter, pero lo más que llegaba a decir era «sagüen», y mira que le gustaban los mixtos de cafetería, con su abundante mantequilla, jo, qué hambre me está entrando. Como buenos nietos, nosotros intentábamos enseñar al que no sabe y le decíamos: «A ver, abuela, dí «san»»; y ella: «San»; «Di «güis»»; «Güis»; «Ahora todo junto: «san+güis»»; «Sa-güen». Y no había manera.

Se me vino a la cabeza porque alguien compartió, creo que en lo del pajarito azul, una reflexión de un traductor inglés sobre los bocadillos de calamares y era muy elogiado por reflexionar sobre ello/ellos. Según nuestro colega, el inglés nunca recogería todas las connotaciones que tiene un bocadillo de calamares en un texto sobre el Madrid de los setenta, o los ochenta, no me acuerdo. Es decir, la cutrería, la Plaza Mayor, la Movida etc. Me hizo gracia, además, porque hacía unos días que Mª Jesús y yo nos habíamos tomado un bocata (¿diría «bocata» el original para añadir leña al fuego?) precisamente en la Plaza Mayor porque se nos había antojado y porque la mayoría de los sitios estaban petados, verbo utilísimo que he aprendido en los últimos años y que como «rollo/enrollarse» sirve para casi todo, bueno, malo o regular. ¿Que estas fuerte? Petado. ¿Que está lleno? Petado. ¿Que está bien hecho? Petado. ¿Que está mal y contrahecho? Petardo. ¿Que tiene colores de malaquita iridiscente y un perfume a lirios del campo? No lo sé, pero yo diría que lo peta. Bueno, volvamos al tema original.

No solo eran las connotaciones en español, claro, sino también cómo decirlo, que también tenía las suyas en inglés. Bocadillo es sandwich, ahí no hay mayor problema, como no sea el pan, que explícales a los ingleses lo que es una telera. Pero ¿y el relleno? ¿Squid o calamari? Porque un sandwich de squid suena extraño y uno de calamari como fino y exótico-griego. Si nos quedamos con squid, ¿a palo seco o fried? ¿Con o sin mayonesa, como sugería alguien? ¿Lo relacionaría algún lector despistado con el juego del calamar de los coreanos? Que desde luego vaya entretenimientos que tiene la gente ociosa, cómo se ve que es la madre de todos los vicios, el ocio. Todo esto servía para reflexionar (aquí lo tenemos) sobre lo meritorio que es traducir porque hay cosas que se las traen y son intraducibles, como la respuesta multisensiorial que provoca en un lector español el sintagma (nominal) «bocadillo de calamares», que yo mismo estoy ahora como el perro de Pavlov. ¡Qué cosas!

A mí, sin embargo, se me ocurrían otras reflexiones más pedestres. Para mí traducir no es decirlo todo porque te puede pasar como al Jackson con la peli del señor de los ruidillos, que decía que la primera tendría que haber durado como ocho horas (ocho por tres, veinticuatro, en este caso). Es que no se puede. Y además, es que ese todo no es igual para todos. Un poner, muamem, aunque bombero (traducción mía de boomer) que vivió los setenta-ochenta con razonable estupidez juvenil, tengo un recuerdo muy distinto de los bocadillos de calamares porque era algo que tomábamos entre clases de la facultad en una especie de zaguán cerca de la Puerta de Gallegos y no tienen nada que ver ni con Madrid ni con la movida, sino con el tentempié de media mañana. Más relacionados con las connotaciones de las que hablaba nuestro colega inglés, en cambio, eran los bocadillos del bar Bocadi, muy baratos y que se engullían pre y post juerga para que empaparan el bebercio. Pero estos, ¡ay!, eran generalmente de tortilla o panceta (ojo, no beicon). De lo cual infiero que mi experiencia sobre los bocadillos de calamares en origen era muy distinta a la matritense, que sin embargo he podido llegar a comprender en cuanto abrí un poco los ojos y me di cuenta de que los forasteros (en este caso los madrileños) son muy suyos y hacen cosas muy raras, como tomarse los churros fríos. No comparto la experiencia, pero la entiendo.

No hablemos ya de lo que puede pensar una colombiana, como mi compañera Diana, sobre los susodichos bocadillos de calamares. ¿Les parecerán bocadillo de cardenal o una guarrería pestosa? ¿Les echarían mayonesa o echarán cilantro a la tal mayonesa? ¿Les sugerirá algo culturalmente o les parecerá un detalle exótico de los indígenas cuando van a Madrid y pasan por la Plaza Mayor? ¿Qué opinan en Bogotá de los Pegamoides? Y eso que no nos metemos con los contextos históricos, como pasa con los malditos duelos y quebrantos, que cada uno tiene una idea de lo que eran.

De todo ello deduzco que el problema del sagüen de calamares, más que un problema lingüístico, que no dudo de que en inglés se plantee, es una cuestión geográfico-cultural. Y para eso, miren ustedes, lo mismo da que el lector sea de Manchester que de Bogotá porque no se va a enterar de las connotaciones y, si sospecha que aquello tiene gato encerrado, va a tener que espabilar y buscarse la vida, o sea, informarse por otro lado. Se podrían poner notas al pie, claro, pero es posible que acabáramos poniendo notas a las notas y que el texto se quedara tan chiquitillo como el de esas ediciones de clásicos que tienen tres líneas de texto y treinta de notas eruditas y que a mí tanto me gustan, pero que entiendo que no a todo el mundo.

Y no digamos ya si el texto original incluye algún comentario del tipo de los que se podrían oír en verano en Aguadulce: «Pedí en el chiringuito un bocadillo de calamares y me lo pusieron petado (¿?), pero para mí que era pota. Casi echo la pota».

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Principios doctrinales del arte de la traducción

Voy a aprovechar la matanza para hacerme unos huevos con panceta. ¡Bacon frito, bacon frito, tralala!

Como ya estamos en verano, impepinablemente se me viene a la memoria la mili, que pasamos más calor que otro poco y se nos camuflaban las camisas verde otan de blanco con la sal del sudor. Luego pasamos frío, pero no viene al caso. Bien, en la mili nos daban clases de diversas materias de las que, como pueden suponer, no me acuerdo gran cosa aparte de que el coseno de la parábola de un disparo de mortero tiende a ser más o menos uno, así que no hay gran necesidad de calcularlo. Si me preguntan qué es un coseno, ahora no lo sé, pero creo que lo supe. Aparte de las materias más prácticas, como la de los morterazos, cómo leer un mapa para no perderse o las múltiples piezas de un fusil de asalto (canuto, bala y peroné, según Mortadelo), había otras más teóricas, como la de doctrina, que no la llamaban doctrina, pero que sí lo era.

De esas clases de doctrina se me quedó algo porque rápidamente me di cuenta de que servía para aplicarlo a cualquier cosa. Eran los principios del arte de la guerra, que se dividían en principales y secundarios. Los principales son (a) la voluntad de vencer; (b) la libertad de acción; y (c) la capacidad de ejecución. De los secundarios no me acuerdo mucho, sé, por ejemplo, que se incluía la sorpresa, pero el único que nos interesa aquí es el aprovechamiento del éxito. Como digo, se pueden aplicar a cualquier cosa, desde hacer una tortilla hasta una traducción.

La voluntad de vencer es fundamental. Si no tengo la intención de hacer algo, apaga y vámonos. Olvidemos la guerra y usemos el ejemplo de la tortilla. Pensemos: tengo hambre, en la nevera tengo huevos y unos pimientos que me sobraron de ayer, así como otros ingredientes que pueden variar desde unas patatas (todo muy clásico y muy rico), hasta unos boquerones fritos a la tutankamon herencia de una cena de no sé cuándo (posibilidad de nouvelle cuisine). Pues bueno, como esté aperreao en el sillón viendo la tele y carezca de la voluntad de levantarme, ni tortilla ni leches (hay quien le echa leche a los huevos).

Aplicado a la traducción, este principio se manifiesta sobre todo en las largas; o sea, en dar o darse largas (que ahora llaman procas…, no, proclas…, no, proscas…, no pocras…, bueno, como sea). Digamos que te encargan una traducción y ves que es totalmente petarda, tanto que se te quitan las ganas de hacerla y empiezas a decirte, mañana me pongo, la semana que viene, después de Semana Santa, etc., pues vas aviado. Si no vas a hacerla, ¿para qué la aceptas? Si no tienes ganas de que recuerden tu nombre como el del traductor del Mein Kampf, ¿para qué te metes en esos berenjenales? Y si ya has firmado el contrato, pues a remangarse y a ello. Otra posibilidad es que sea muy difícil y te abrume (de esto hablaremos en la capacidad de ejecución). Es decir, aceptas tan contento, te mandan el texto, empiezas a leerlo y te corren las gotas de sudor frío espalda abajo hasta el canal donde esta pierde su nombre, con lo desagradable que es. Entonces te dices, nopuedonopuedo y también empiezas a darle largas hasta que los de la editorial se cabrean, el autor se cabrea, todos se cabrean y se la dan a otro y a ti no volverán a encargarte una traducción en lo que te queda de vida a no ser que no les quede más remedio. Hala, hay que ponerse, a no ser que estés sufriendo algún problema psicológico serio, tipo depresión, con lo cual mejor mandas la traducción a la porra y te vas derecho al psiquiatra, que la salud es lo primero.

Vamos con la libertad de acción. Esto se puede tomar de muchas maneras, pero en lo de la guerra venía a ser que te pegaras con el otro poniendo tú las condiciones. Si te acorralan en un callejón los jets, o los sharks, dependiendo de qué vayas, pues no tienes mucha libertad de acción. O en la nevera no tienes más que dos tristes huevos y solo te quedan unas gotillas de aceite que no te dan para freírtelos y mojar pan y te rugen las tripas pero el único rato que tienes disponible es el de los anuncios porque si no te quedas sin saber quién era el asesino… En todos esos casos y más no tienes libertad de acción. Sin embargo, si no tienes tantísima hambre sino un ligero apetito, si tienes los medios para hacerte los huevos en tortilla, fritos, al plato, con o sin chorizo, etc., y además puedes darle a la pausa a la peli, o bien la estás viendo en una de esas cadenas que cuando ponen anuncios te permiten ir al baño, hacer la cena, poner la mesa, reparar la cadena del retrete, pintar las paredes del cuarto, echar un solitario y leerte los primeros tomos de En busca del tiempo perdido…, entonces sí que tienes más libertad de acción.

Como traductores, la libertad de acción reside, en primer lugar, en la posibilidad de aceptar o no la traducción que nos proponen (traducir un libro sin que te lo hayan propuesto y que tengas visos de publicarlo ya es de nota). Esto yo creo que es evidente y no hace falta dar muchas más explicaciones. Si tengo que aceptar la propuesta (véase la perífrasis «tener que» más infinitivo) para poder comprarme los susodichos huevos y una telera, no es que tenga mucha libertad de acción. Pero también está la libertad de poder hacerlo como mejor se adapte a mis métodos: sentado a una mesa una serie de horas o de páginas, o a ratos cuando me viene la inspiración. Si no tengo mesa, o un cuartito para mí, tendré que traducir en la mesa de la cocina. O si tengo otro trabajo de esos que estás con el alma en vilo porque no sabes cuándo empiezas ni cuando acabas, tendré que traducir cuando pueda, en las colillas del tiempo, que decía mi profesor de lengua. O si tienes que atender a los siete churumbeles, que el uno tiene hambre, el otro se aburre, el de más allá tiene tarea, el pequeño llora y ese que no sabes si es tuyo siquiera está chorreando el aceite con tomate del bocadillo de caballa en el sofá, entonces tampoco tienes mucha libertad de acción que digamos y tendrás que esperar a que caigan rendidos por agotamiento y se duerman. En suma, la libertad de acción es traducir cuándo y cómo te dé la gana, pero sin olvidar que es algo relativo esto. En la realidad del mundo físico, los plazos que te dan las editoriales la limitan mucho, por ejemplo.

La capacidad de ejecución se refiere sobre todo a (a) los conocimientos necesarios y (b) los medios materiales. Si no tengo huevos (ustedes ya me entienden, no estoy hablando de la voluntad de vencer) y no sé cascarlos sin hacer un estropicio digno de Atila o Denethor con los tomatitos, ni tortilla ni huevos benedictinos en vinagre (aquí los hacen encurtidos, no benedictinos, claro, no sé para qué). Con las traducciones, tres cuartos de lo mismo. Si no sé la lengua de partida original, como no traduzca con el corazón, como aquel, rianderian. O si la chapurreo como el primo ese del verano en Londres, churro seguro. Pero también hay que tener o adquirir otros conocimientos, que para eso nuestro oficio es un viaje interior de desarrollo personal hacia metas más elevadas de conocimiento que abran puertas… Uf, parezco el Coelho ese. Lo que quería decir es que a veces una traducción te pide que sepas de algo, y no solo el vocabulario, que también. Imagínense que tengo que traducir una novela en la que sale una escena muy larga sobre la matanza del cerdo en, digamos, Pedroche, no solo tendré que empaparme del vocabulario, por ejemplo, anatomía del marrano y nombres de cuchillos, sino también enterarme de los verbos correspondientes y de lo que se hace exactamente. Y para eso nos hace falta saber cómo se dice en lo nuestro. Lo digo porque, por ejemplo, hace poco me encontré un palafrenero donde debía haber un mozo de cuadra y para mí que no es lo mismo por mucho que en turco pueda decirse igual (que ni lo sé ni me importa ahora mismo). Todavía me acuerdo de los libros de Salgari, con aquello de izar la driza por la banda de babor a sotavento (en efecto, me lo acabo de inventar), que eso no te lo resuelve el diccionario tan fácilmente.

En cuanto a los materiales y medios, está claro que no es lo mismo un cuaderno de espiral y un lápiz del 2B que un ordenador con internés y todo. ¿Y qué me dicen de los diccionarios? Con lo que nos gustan los diccionarios a los traductores… Y eso que, por estas, que son cruces, he visto a algún colega usando tan contento el gúgel transleitor «para hacerse una idea». A lo mejor es que soy muy pijo, pero a mí me da un poco de grima. ¿Y los materiales de referencia? Un manual de anatomía del cerdo, sin ir más lejos. Por cierto, tengo un libro por aquí con los multinombres de los peces del Mediterráneo con recetas y todo para cuando se conviertan en pescados. Luego no me sirve de mucho, porque los nombres suelen ser bastante, bastante locales, pero no está mal como brújula para orientarse en el mar del pescado. También son imprescindibles los cuadernitos para apuntar, muchos, de tamaño bolsillo de chaqueta, más todavía, algunos de repuesto… Así se pueden apuntar las ideas y las equivalencias exactas que se nos vienen a la cabeza agarrados a la dura barra de un metro madridesco (un poner) o, si lo dejamos en la mesilla de noche, en plena fase REM sin que tengamos que golpearnos en las espinillas por salir corriendo a oscuras buscando un papelito. Luego nunca sabes dónde has escrito qué cosa, pero es muy divertido ver años después lo que apuntaste en su momento y siempre puedes reapuntarlo porque es muy interesante y que se te olvide otra vez.

Y llegamos al final, al aprovechamiento del éxito. En el ejemplo de la tortilla, te la comes y la acompañas con un tomate aprovechable que has descubierto entre dos pepinos mohosos. En lo de la traducción, más que hacer chantaje a la editorial diciéndoles que no les mandas la traducción a no ser que te paguen más, que no creo que sirva de mucho, a mí me gusta entenderlo como esos días en que estás en buena forma y traduces como un cohete. Puedes aprovechar ese éxito para seguir tus horas haciendo más páginas y compensarlo otro día rascándote la barriga, que eso sí que es aprovechar el éxito. Porque, desde luego, si crees que aprovechar el éxito en este mundillo va a ser que podrás ligar un montón porque la gente te echa flores y ramitas de olivo por la calle gritando «hosanna, hosanna», aviado vas. O que te van a subir las tarifas…

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