Tumbarse a la bartola

Ya te digo, traduje un libro la mar de entretenido y no he vuelto a dar un palo al agua. También soy rico, pero no tiene nada que ver

Hace unos días una colega (no me acuerdo de quién) decía que se las había hecho muy felices porque el libro que tenía que traducir era muy cortito, pero que resultó ser un plomazo —quizá dijera «un tostón»— y su traducción una tortura fumanchunesca. Sí me acuerdo de que Pilar Ramírez Tello, muy diplomática, comentaba que no todo lo que tenemos que traducir nos gusta. Pues sí, así es, señores míos. No todo lo que tenemos que traducir nos gusta siempre porque a veces son unos tostones de a quilo y traducirlos es como un parto chungo, bueno un parto no sé cómo es, pero lo he visto en la serie esa de las comadronas, y, si no, como un duro estreñimiento. Eso sí, como somos grandes profesionales, por muy estreñidos que estemos traductológicamente, el resultado nunca es una caca, sino que huele a gloria bendita, que ya me había dado cuenta de que se podía hacer un chistecito.

No sé por qué la gente, especialmente en su vertiente juvenil de estudiantes, piensa, cree, supone, etc., que todo consiste en que te lees un libro que cambia tu vida radicalmente, digamos que te conviertes al harekrishna, y que entonces lo traduces lleno de entusiasmo para transmitir a todo quisqui urbietorbi la buena nueva y se pasen al harehare. De entrada, debería quedar muy claro que el entusiasmo se enfría una miaja a las trescientas páginas. Por eso estaba tan feliz la colega que mencionaba al principio. De todas formas, si traduces un libro porque te gusta y no porque te lo han encargado, o tienes una editorial y te lo publicas tú después de buscar a los agentes o herederos del Sr. Krishna, o cuando acabes, lo imprimes y lo metes en un cajón para que coja moho mientras escribes a cuatrocientas ochenta y tres editoriales que, sistemáticamente, te lo rechazarán. Eso sí, luego le publican el libro al primo de un pariente del agente literario que les invitó a unos gin-tonics en Frankfurt. Gin-tonics como es debido, claro, y no esos globos llenos de hielo que los anglos, dicen, llaman Spanish gin-tonic. Ahora bien, si después de leer con fervor el libro y antes de traducirlo, esto último es muy importante, eres tú el que invita a los gin-tonics al editor y, como son de los antiguos, de Larios, al segundo ya está la mar de contento y al tercero trompa perdido, entonces sí que tienes posibilidades de que te lo encarguen y andespués lo publiquen.

Lo normal es que estés mano sobre mano entre libro y libro, si no tienes otra profesión como la de profesor, que entonces aprovechas para corregir ejercicios y preparar programaciones y esas cosas, o de, qué sé yo, que tu padre tiene una casquería y te entretienes en colocar bien los ojos de las cabezas de cordero y en colocar las asaduras, blancas a un lado, negras al otro. Entonces, como de sopetón, una editorial te propone que traduzcas un libro. Como te dicen las páginas para que no te hagas ilusiones con el pago, ya sabes si es gordo o no. A partir de ese momento pueden pasar muchas cosas, pero lo más normal es que, si no conoces de antemano el autor o la obra, te informes un poquillo. O no, si te gustan las sorpresas, aunque yo no lo haría. Si ya te suena el libro de algo, igual hasta lo has leído, la cosa tiene menos emoción: si te ha gustado, estupendo (relativamente); si no, o rechazas la oferta o, si quieres comer caliente, te fastidias y te armas de valor. Si te ha gustado mucho, cabe la posibilidad de que cuando lleves quinientas páginas traducidas que has leído cinco o seis veces cada una, ya no te guste tanto.

El caso ideal es que te mandan el libro, te lo lees, te encanta, lo traduces en éxtasis, encima es corto, la traducción te queda como para cantarle una saeta y además te pagan unos pluses por entregarla el día de tu santo. Esto último nunca me ha ocurrido, pero no pierdo las esperanzas. Es algo que pasa, ojo, ¿eh?, que no es que me lo esté inventado, no lo del santo, que te apasione lo que traduces. Yo, por si acaso y al contrario de lo que siempre digo cuando tengo que darles una charla sobre traducción a los estudiantes, nunca me leo el libro con antelación. ¿Por qué? Porque si es un tostonazo, voy a empezar a traducir malamente, todo amargao, en plan ¿y cuánto queda? Además, si es policiaco, un poner, te enteras de quién es el asesino y pierde mucha gracia. De todas maneras, recuerden que soy de familia de médicos y «del médico, lo que dice (y no lo que hace)».

Lo malo es cuando el libro, además de aburrido, está bien escrito. ¿Cómo?, se preguntarán ustedes con toda razón. ¿Pues no será mayor la tortura cuanto peor escrito esté? Bueno, por lo menos, cuando está mal escrito te entretienes cabreándote, resoplando y enmendándole la plana. Esto es importante porque, total, todo el mundo te va a echar la culpa de que esté mal escrito porque ¿cómo iba a publicar nadie en su sano juicio semejante adefesio? Ojo, no olviden el poder de los gin-tonics. O sea, que como van a decir que es culpa del traductor, es moralmente lícito que le eches un apañiyo y así te entretienes. Pero si está bien escrito, todo es «¿Cuánto queda? Quiero hacer pipí».

¿Y qué me dicen de las víctimas colaterales? En otro lugar he contado lo del amigo que me soltó en tolmorro que le habían dicho que yo traducía unos plomos de impresión, con lo cual estaba confesando que no los había visto ni por el forro ni por la cubierta. Sin embargo, la pobre Mª Jesús, a modo de bienes gananciales, se ha convertido en mi correctora (es muy prudente en eso) y primera lectora y se traga cada tostonazo sin comérselo ni bebérselo que no veas. Menos mal que con lo que me pagan la invito a pipas. Cuando tú eres el traductor, en general el libro acaba interesándote por aquello de que los árboles no dejan ver el bosque. Pero cuando pasabas por allí y te obligan a contemplar el bosque en tida su exuberante naturaleza no precisamente amena…

En fin, no quiero aburrirles demasiado a ustedes, así que voy terminando. Había alguien que nos acusaba a los traductores de copiar un librillo y tumbarnos a la bartola a cobrar los royalties para no dar un palo al agua para siempre jamás en lugar de hacer un trabajo aburrido de nueve a cinco, y no andaba muy fino el buen señor, porque también nosotros nos aburrimos y hacemos trabajos que no nos gustan, aunque quizá no de nueve a cinco. A veces más y a veces menos. Y, desde luego, demostraba no haber cobrado un medio por ciento de regalías en su vida.

Pero nadie te dice que traduces cosas muy aburridas si lo que haces son partidas de bautismo, fes de vida y cartillas militares, sobre todo si las juras por tu madre y por la autoridad que te concede el ministerio del ramo y por las que puedes cobrar un pastón. Se ve que las penas con pan son menos, y los tostones con pasta de por medio, también.

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Que no es que lo diga yo…

Bla, bla, bla, cada día más plasta la Tostonen Übersetzung Zeytung. No trae ni santos.

El otro día me encontré un artículo sobre la traducción al portugués brasileño de Estambul. Ciudad y recuerdos de Orhan Pamuk que me dio la alegría de ver que no estoy solo en el mundo sin perrito que me ladre. (Stella, Paulo y Daniel Cruz [2022]: “Orhan Pamuk’s Reception in Brazil: A Matter of Translation” en Studies in Humanities Conference Proceedings / Spring 2022. Estambul: Dakam Books) Lo del portugués brasileño es cosa de ellos, que lo dejan bien clarito. No es la edición brasileña de la traducción al portugués, no, sino la traducción al portugués brasileño, hecha en Brasil, es de suponer.

No me voy a meter en el cachondeo de las publicaciones académicas en Turquía, que desde que exigen publicar en revistas internacionales todas lo son, hasta las hojas parroquiales más pestosas. ¿Que te exigen también participar en un libro colectivo? No problemo, te montamos un congresillo (internacional) en línealain sobre todo tipo de dimes y diretes porque no eres el único en esa situación, publicamos como libro lo que de toda la vida habían sido las actas y listo. El congreso puede llamarse fácilmente Estudios internacionales de cosas y sucesos y así lo mismo cabe algo de enología sumillerística que de xenoentomología cultural. Todo publicado en una editorial internacional, que así lo piden las instituciones y que consiste en que la susodicha editorial tenga libros en lengua extranjera disponibles en otros países. Total, mandamos unos ejemplares al colegio de las ursulinas de Andorra y otros al IES (lo que sea eso) del Pozo del Tío Raimundo y averiguao, como dicen en mi tierra.

Volvamos al artículo. Para mí que los autores son un poco rojos porque la tesis subyacente, bueno, bastante en la superficie, es que Brasil está subordinado a los dictados culturales imperialistas de los EE. UU. de A. y como prueba presentan la traducción de este libro, que se hizo a partir de la versión inglesa y no del original turco. Esto en sí mismo no tiene nada de raro, ni siquiera de malo, porque igual es que en Brasil no hay traductores de turco. Y no es de guasa o, si quieren, lo reformulo: igual es que los posibles traductores de turco a portugués brasileño que hubiere (traducturus) prefieren dedicarse a los certificados de penales y no meterse en berenjenales que no les den ni para un disco de Vinicius de Moraes y Tonquinho. Entonces, si no es malo, ¿de qué se quejan los autores del artículo?

Pues se quejan, miren ustedes, de que existiendo una traducción al castellano bien bonica y fielmente adecuada al original, se tome la versión inglesa, que hace de su capa un sayo. es decir, más o menos lo que les da la gana. Y uso el plural porque, más allá de la traductora, clarísimamente han metido mano los publishers. Les cortopego un par de cosillas que dicen los autores del artículo. Una:

This cross-cultural interference is also present in the translation of the book to Brazilian Portuguese as it is based on the American English translation. It is worth mentioning here that Portuguese and Spanish are very close languages. And the Spanish version of Istanbul was translated directly from the Turkish language as we can read in the Spanish copyright. Besides that, Spanish translations are well-known for their extremely good quality. The question that stands here is why not using the Spanish edition as basis for the Brazilian translation? The answer may be simple. It is because a Spanish translation does not add so much value to the book as the American one does.

Y esta otra:

If we consider that the Spanish translation is closer to the original Turkish and as we know Portuguese and Spanish are really close languages, why not using the Spanish translation as the basis for the Portuguese one? We also know that Spanish translations are very well made and so one can really trust them. The answer to this question relies exactly in the expected average Brazilian reader. This reader believes that what comes from the USA should be trusted and is certainly well-made so a translation that is based on the American English can only be good and trustworthy.

Que vamos, que no es porque la traducción sea de s.s.s., es que, según ellos, las traducciones al español son en general como para ponerles un piso. Ergo el preferir la traducción inglesa es únicamente por (a) prejuicios y (b) esnobismo tontorrón. Pero no crean que solo ocurre en Brasil. Ya habré contado cómo en la presentación de Me llamo Rojo en el Cervantes de Estambul, con presencia participativa del autor, una lectora turca dijo con toda su boca que se estaba leyendo el libro en inglés. El autor, of course, le recomendó que se lo leyera en turco. O sea, como diría el amigo Carlos Mayor, para esa lectora la traducción al inglés era más original que el original, por mucho que este estuviera en su lengua materna. Esto también tiene que ver con que muchos lectores turcos opinan que Pamuk escribe fatal y no se le entiende, mientras que en inglés todo está mucho más correcto y claro. A mí me mosquea porque (a) no se explica uno cómo el traductor/-a al inglés sí ha entendido algo que los nativos no entienden y (b) es inevitable sospechar que a lo mejor a la traducción inglesa le han metido un buen planchado que elimine todas las irregularidades, como si de sábana de hilo se tratara, porque si el original es difícil de entender y la traducción no, ahí hay algo raro.

En nuestro país también se da bastante eso. No es demasiado inusual la gente que se lee a los clásicos rusos, o a Pamuk, en las traducciones al inglés (curiosamente, no tanto al francés). La idea general es que las traducciones españolas no son de fiar por el mero hecho de ser españolas y cualquiera sabe si no te están dando gato por liebre. Y ahora vienen unos brasileños y te sueltan que no, que es lo contrario, que las traducciones al español suelen ser «very well made and so one can really trust them» y te quedas con dos palmos de narices y sin saber qué decir. A lo mejor están pagados por el lobby de la industria editorial madridista, cualquiera sabe.

A mí me ha dicho un pajarito (esto es una especie de metáfora, claro, porque si un pajarito tipo Piolín me habla de verdad me voy cagando leches a un psiquiatra) que parece ser costumbre en ciertas editoriales anglosajonas hacer ediciones que ellos llaman pomposamente «internacionales» y que con más propiedad podrían llamarse para burros un poco tontos y vagos. Lo voy a explicar más finamente no vaya a ser que alguien se dé por aludido con lo de tontos y vagos, que nada más lejos de mi intención.

Parece ser, bueno no parece ser, es así, porque no solo me lo ha dicho el avecilla que me cantaba el albor, sino que lo he visto yo mismo con estos mis ojos, que existe alguna editorial anglosajona que opina que sus lectores no se van a enterar cuando lean una obra escrita por un extranjero, por muy traducida que esté, porque los extranjeros, siendo ya de suyo bastante raros, no hacen más que hablar de cosas que nadie ha oído mencionar en su vida y así, claro, te quedas totalmente in albis, te pones a pensar en otra cosa, como, por ejemplo, si tendrá bragueta el traje de Spiderman, se te va el santo al cielo, te pierdes, te aburres, dejas el libro y no compras más ni de la editorial esa ni de autores extranjeros, por no hablar de franceses. Por lo tanto, la editorial, asumiendo su compromiso como agente cultural y decidida a desasnar a sus amados lectores, agarra el original y explica lo que haya que explicar en el mismo texto, porque las notas también distraen una jartá, y, claro, como el libro quedaría muy largo, pues no le queda más remedio que cortar algunos detalles de otros lados, por otra parte perfectamente prescindibles. Un poner, seguro que saben qué libro es (o sería):

Vetusta, palabra que significa «viejuna» y a la que irónicamente podríamos describir como una «heroica ciudad», dormía la siesta, costumbre secular del país consistente en dormir un poco después del almuerzo para hacer la digestión de los platos más habituales de la época: el cocido, a base de garbanzos, o la olla podrida, de frijoles.

Así desde luego está todo mucho más claro. Fíjense además que digo «frijoles» porque el público objetivo es de los EE.UU. y de esa manera lo pueden relacionar culturalmente con la comida tex-mex, como si fueran unos tacos de puchero, de tal forma que la imagen que se hacen en la mente, con tanta siesta y tanto fréjol (que también se dice así, que diría Shin-chan), es como la de una introducción de Speedy Gonzales, que daría yo algo por ver al Magistral en plan ratón Pérez, aunque lo de «arriba, arriba» sí que le pega. ¿Ven? Esto en una traducción al español no pasaría porque somos gente seria y formal y nos atenemos a lo que cuenta el original, por muy pegoso que sea.

Pues eso, que no es que lo diga yo, también unos señores brasileños opinan que las traducciones al español son que te defecas, mientras que las de otros (y no estoy mirando a nadie) son, como diría yo, menos ajustadas a la intención, la redacción, la letra, el espíritu, el estilo, la redacción, la ortotipografía y tal del original. Que tampoco digo que no haya lectores que las prefieran y me parece muy bien (eso no es del todo verdad), que igual son más comprensibles, sobre todo en el caso de cierto premio Nobel y otros compañeros suyos, pero que, como decía el tipo del anuncio «No ez lo mizmo».

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Un sagüen de potas

Me va a poner en un bocata tu agüela

Hala, ya está s.s.s. otra vez amarrado al duro banco, montando guardia en la facultad y todo, por estas que son cruces, por si igual nos atacan unos alienígenas o viene un estudiante a preguntar si hay que poner alguna póliza en los impresos del erasmus o si el papel del estado lo siguen vendiendo en los estancos, qué sé yo. Aprovechando la circunstancia, procedo a comentar un par de cosillas que me he encontrado perdiendo el tiempo en internés, o sea, plocastillando, que por fin me lo he aprendido.

La primera (la segunda la guardo para otro día) es algo que me recordó a mi abuela porque nunca jamás conseguimos que dijera «sandwich» como «sándgüich» o ni siquiera como «sangüis», a la madrileña, que para eso era de Valladolid y luego había vivido en la capital del reino y la república. Igual es porque había sido de francés y eso imprime carácter, pero lo más que llegaba a decir era «sagüen», y mira que le gustaban los mixtos de cafetería, con su abundante mantequilla, jo, qué hambre me está entrando. Como buenos nietos, nosotros intentábamos enseñar al que no sabe y le decíamos: «A ver, abuela, dí «san»»; y ella: «San»; «Di «güis»»; «Güis»; «Ahora todo junto: «san+güis»»; «Sa-güen». Y no había manera.

Se me vino a la cabeza porque alguien compartió, creo que en lo del pajarito azul, una reflexión de un traductor inglés sobre los bocadillos de calamares y era muy elogiado por reflexionar sobre ello/ellos. Según nuestro colega, el inglés nunca recogería todas las connotaciones que tiene un bocadillo de calamares en un texto sobre el Madrid de los setenta, o los ochenta, no me acuerdo. Es decir, la cutrería, la Plaza Mayor, la Movida etc. Me hizo gracia, además, porque hacía unos días que Mª Jesús y yo nos habíamos tomado un bocata (¿diría «bocata» el original para añadir leña al fuego?) precisamente en la Plaza Mayor porque se nos había antojado y porque la mayoría de los sitios estaban petados, verbo utilísimo que he aprendido en los últimos años y que como «rollo/enrollarse» sirve para casi todo, bueno, malo o regular. ¿Que estas fuerte? Petado. ¿Que está lleno? Petado. ¿Que está bien hecho? Petado. ¿Que está mal y contrahecho? Petardo. ¿Que tiene colores de malaquita iridiscente y un perfume a lirios del campo? No lo sé, pero yo diría que lo peta. Bueno, volvamos al tema original.

No solo eran las connotaciones en español, claro, sino también cómo decirlo, que también tenía las suyas en inglés. Bocadillo es sandwich, ahí no hay mayor problema, como no sea el pan, que explícales a los ingleses lo que es una telera. Pero ¿y el relleno? ¿Squid o calamari? Porque un sandwich de squid suena extraño y uno de calamari como fino y exótico-griego. Si nos quedamos con squid, ¿a palo seco o fried? ¿Con o sin mayonesa, como sugería alguien? ¿Lo relacionaría algún lector despistado con el juego del calamar de los coreanos? Que desde luego vaya entretenimientos que tiene la gente ociosa, cómo se ve que es la madre de todos los vicios, el ocio. Todo esto servía para reflexionar (aquí lo tenemos) sobre lo meritorio que es traducir porque hay cosas que se las traen y son intraducibles, como la respuesta multisensiorial que provoca en un lector español el sintagma (nominal) «bocadillo de calamares», que yo mismo estoy ahora como el perro de Pavlov. ¡Qué cosas!

A mí, sin embargo, se me ocurrían otras reflexiones más pedestres. Para mí traducir no es decirlo todo porque te puede pasar como al Jackson con la peli del señor de los ruidillos, que decía que la primera tendría que haber durado como ocho horas (ocho por tres, veinticuatro, en este caso). Es que no se puede. Y además, es que ese todo no es igual para todos. Un poner, muamem, aunque bombero (traducción mía de boomer) que vivió los setenta-ochenta con razonable estupidez juvenil, tengo un recuerdo muy distinto de los bocadillos de calamares porque era algo que tomábamos entre clases de la facultad en una especie de zaguán cerca de la Puerta de Gallegos y no tienen nada que ver ni con Madrid ni con la movida, sino con el tentempié de media mañana. Más relacionados con las connotaciones de las que hablaba nuestro colega inglés, en cambio, eran los bocadillos del bar Bocadi, muy baratos y que se engullían pre y post juerga para que empaparan el bebercio. Pero estos, ¡ay!, eran generalmente de tortilla o panceta (ojo, no beicon). De lo cual infiero que mi experiencia sobre los bocadillos de calamares en origen era muy distinta a la matritense, que sin embargo he podido llegar a comprender en cuanto abrí un poco los ojos y me di cuenta de que los forasteros (en este caso los madrileños) son muy suyos y hacen cosas muy raras, como tomarse los churros fríos. No comparto la experiencia, pero la entiendo.

No hablemos ya de lo que puede pensar una colombiana, como mi compañera Diana, sobre los susodichos bocadillos de calamares. ¿Les parecerán bocadillo de cardenal o una guarrería pestosa? ¿Les echarían mayonesa o echarán cilantro a la tal mayonesa? ¿Les sugerirá algo culturalmente o les parecerá un detalle exótico de los indígenas cuando van a Madrid y pasan por la Plaza Mayor? ¿Qué opinan en Bogotá de los Pegamoides? Y eso que no nos metemos con los contextos históricos, como pasa con los malditos duelos y quebrantos, que cada uno tiene una idea de lo que eran.

De todo ello deduzco que el problema del sagüen de calamares, más que un problema lingüístico, que no dudo de que en inglés se plantee, es una cuestión geográfico-cultural. Y para eso, miren ustedes, lo mismo da que el lector sea de Manchester que de Bogotá porque no se va a enterar de las connotaciones y, si sospecha que aquello tiene gato encerrado, va a tener que espabilar y buscarse la vida, o sea, informarse por otro lado. Se podrían poner notas al pie, claro, pero es posible que acabáramos poniendo notas a las notas y que el texto se quedara tan chiquitillo como el de esas ediciones de clásicos que tienen tres líneas de texto y treinta de notas eruditas y que a mí tanto me gustan, pero que entiendo que no a todo el mundo.

Y no digamos ya si el texto original incluye algún comentario del tipo de los que se podrían oír en verano en Aguadulce: «Pedí en el chiringuito un bocadillo de calamares y me lo pusieron petado (¿?), pero para mí que era pota. Casi echo la pota».

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Principios doctrinales del arte de la traducción

Voy a aprovechar la matanza para hacerme unos huevos con panceta. ¡Bacon frito, bacon frito, tralala!

Como ya estamos en verano, impepinablemente se me viene a la memoria la mili, que pasamos más calor que otro poco y se nos camuflaban las camisas verde otan de blanco con la sal del sudor. Luego pasamos frío, pero no viene al caso. Bien, en la mili nos daban clases de diversas materias de las que, como pueden suponer, no me acuerdo gran cosa aparte de que el coseno de la parábola de un disparo de mortero tiende a ser más o menos uno, así que no hay gran necesidad de calcularlo. Si me preguntan qué es un coseno, ahora no lo sé, pero creo que lo supe. Aparte de las materias más prácticas, como la de los morterazos, cómo leer un mapa para no perderse o las múltiples piezas de un fusil de asalto (canuto, bala y peroné, según Mortadelo), había otras más teóricas, como la de doctrina, que no la llamaban doctrina, pero que sí lo era.

De esas clases de doctrina se me quedó algo porque rápidamente me di cuenta de que servía para aplicarlo a cualquier cosa. Eran los principios del arte de la guerra, que se dividían en principales y secundarios. Los principales son (a) la voluntad de vencer; (b) la libertad de acción; y (c) la capacidad de ejecución. De los secundarios no me acuerdo mucho, sé, por ejemplo, que se incluía la sorpresa, pero el único que nos interesa aquí es el aprovechamiento del éxito. Como digo, se pueden aplicar a cualquier cosa, desde hacer una tortilla hasta una traducción.

La voluntad de vencer es fundamental. Si no tengo la intención de hacer algo, apaga y vámonos. Olvidemos la guerra y usemos el ejemplo de la tortilla. Pensemos: tengo hambre, en la nevera tengo huevos y unos pimientos que me sobraron de ayer, así como otros ingredientes que pueden variar desde unas patatas (todo muy clásico y muy rico), hasta unos boquerones fritos a la tutankamon herencia de una cena de no sé cuándo (posibilidad de nouvelle cuisine). Pues bueno, como esté aperreao en el sillón viendo la tele y carezca de la voluntad de levantarme, ni tortilla ni leches (hay quien le echa leche a los huevos).

Aplicado a la traducción, este principio se manifiesta sobre todo en las largas; o sea, en dar o darse largas (que ahora llaman procas…, no, proclas…, no, proscas…, no pocras…, bueno, como sea). Digamos que te encargan una traducción y ves que es totalmente petarda, tanto que se te quitan las ganas de hacerla y empiezas a decirte, mañana me pongo, la semana que viene, después de Semana Santa, etc., pues vas aviado. Si no vas a hacerla, ¿para qué la aceptas? Si no tienes ganas de que recuerden tu nombre como el del traductor del Mein Kampf, ¿para qué te metes en esos berenjenales? Y si ya has firmado el contrato, pues a remangarse y a ello. Otra posibilidad es que sea muy difícil y te abrume (de esto hablaremos en la capacidad de ejecución). Es decir, aceptas tan contento, te mandan el texto, empiezas a leerlo y te corren las gotas de sudor frío espalda abajo hasta el canal donde esta pierde su nombre, con lo desagradable que es. Entonces te dices, nopuedonopuedo y también empiezas a darle largas hasta que los de la editorial se cabrean, el autor se cabrea, todos se cabrean y se la dan a otro y a ti no volverán a encargarte una traducción en lo que te queda de vida a no ser que no les quede más remedio. Hala, hay que ponerse, a no ser que estés sufriendo algún problema psicológico serio, tipo depresión, con lo cual mejor mandas la traducción a la porra y te vas derecho al psiquiatra, que la salud es lo primero.

Vamos con la libertad de acción. Esto se puede tomar de muchas maneras, pero en lo de la guerra venía a ser que te pegaras con el otro poniendo tú las condiciones. Si te acorralan en un callejón los jets, o los sharks, dependiendo de qué vayas, pues no tienes mucha libertad de acción. O en la nevera no tienes más que dos tristes huevos y solo te quedan unas gotillas de aceite que no te dan para freírtelos y mojar pan y te rugen las tripas pero el único rato que tienes disponible es el de los anuncios porque si no te quedas sin saber quién era el asesino… En todos esos casos y más no tienes libertad de acción. Sin embargo, si no tienes tantísima hambre sino un ligero apetito, si tienes los medios para hacerte los huevos en tortilla, fritos, al plato, con o sin chorizo, etc., y además puedes darle a la pausa a la peli, o bien la estás viendo en una de esas cadenas que cuando ponen anuncios te permiten ir al baño, hacer la cena, poner la mesa, reparar la cadena del retrete, pintar las paredes del cuarto, echar un solitario y leerte los primeros tomos de En busca del tiempo perdido…, entonces sí que tienes más libertad de acción.

Como traductores, la libertad de acción reside, en primer lugar, en la posibilidad de aceptar o no la traducción que nos proponen (traducir un libro sin que te lo hayan propuesto y que tengas visos de publicarlo ya es de nota). Esto yo creo que es evidente y no hace falta dar muchas más explicaciones. Si tengo que aceptar la propuesta (véase la perífrasis «tener que» más infinitivo) para poder comprarme los susodichos huevos y una telera, no es que tenga mucha libertad de acción. Pero también está la libertad de poder hacerlo como mejor se adapte a mis métodos: sentado a una mesa una serie de horas o de páginas, o a ratos cuando me viene la inspiración. Si no tengo mesa, o un cuartito para mí, tendré que traducir en la mesa de la cocina. O si tengo otro trabajo de esos que estás con el alma en vilo porque no sabes cuándo empiezas ni cuando acabas, tendré que traducir cuando pueda, en las colillas del tiempo, que decía mi profesor de lengua. O si tienes que atender a los siete churumbeles, que el uno tiene hambre, el otro se aburre, el de más allá tiene tarea, el pequeño llora y ese que no sabes si es tuyo siquiera está chorreando el aceite con tomate del bocadillo de caballa en el sofá, entonces tampoco tienes mucha libertad de acción que digamos y tendrás que esperar a que caigan rendidos por agotamiento y se duerman. En suma, la libertad de acción es traducir cuándo y cómo te dé la gana, pero sin olvidar que es algo relativo esto. En la realidad del mundo físico, los plazos que te dan las editoriales la limitan mucho, por ejemplo.

La capacidad de ejecución se refiere sobre todo a (a) los conocimientos necesarios y (b) los medios materiales. Si no tengo huevos (ustedes ya me entienden, no estoy hablando de la voluntad de vencer) y no sé cascarlos sin hacer un estropicio digno de Atila o Denethor con los tomatitos, ni tortilla ni huevos benedictinos en vinagre (aquí los hacen encurtidos, no benedictinos, claro, no sé para qué). Con las traducciones, tres cuartos de lo mismo. Si no sé la lengua de partida original, como no traduzca con el corazón, como aquel, rianderian. O si la chapurreo como el primo ese del verano en Londres, churro seguro. Pero también hay que tener o adquirir otros conocimientos, que para eso nuestro oficio es un viaje interior de desarrollo personal hacia metas más elevadas de conocimiento que abran puertas… Uf, parezco el Coelho ese. Lo que quería decir es que a veces una traducción te pide que sepas de algo, y no solo el vocabulario, que también. Imagínense que tengo que traducir una novela en la que sale una escena muy larga sobre la matanza del cerdo en, digamos, Pedroche, no solo tendré que empaparme del vocabulario, por ejemplo, anatomía del marrano y nombres de cuchillos, sino también enterarme de los verbos correspondientes y de lo que se hace exactamente. Y para eso nos hace falta saber cómo se dice en lo nuestro. Lo digo porque, por ejemplo, hace poco me encontré un palafrenero donde debía haber un mozo de cuadra y para mí que no es lo mismo por mucho que en turco pueda decirse igual (que ni lo sé ni me importa ahora mismo). Todavía me acuerdo de los libros de Salgari, con aquello de izar la driza por la banda de babor a sotavento (en efecto, me lo acabo de inventar), que eso no te lo resuelve el diccionario tan fácilmente.

En cuanto a los materiales y medios, está claro que no es lo mismo un cuaderno de espiral y un lápiz del 2B que un ordenador con internés y todo. ¿Y qué me dicen de los diccionarios? Con lo que nos gustan los diccionarios a los traductores… Y eso que, por estas, que son cruces, he visto a algún colega usando tan contento el gúgel transleitor «para hacerse una idea». A lo mejor es que soy muy pijo, pero a mí me da un poco de grima. ¿Y los materiales de referencia? Un manual de anatomía del cerdo, sin ir más lejos. Por cierto, tengo un libro por aquí con los multinombres de los peces del Mediterráneo con recetas y todo para cuando se conviertan en pescados. Luego no me sirve de mucho, porque los nombres suelen ser bastante, bastante locales, pero no está mal como brújula para orientarse en el mar del pescado. También son imprescindibles los cuadernitos para apuntar, muchos, de tamaño bolsillo de chaqueta, más todavía, algunos de repuesto… Así se pueden apuntar las ideas y las equivalencias exactas que se nos vienen a la cabeza agarrados a la dura barra de un metro madridesco (un poner) o, si lo dejamos en la mesilla de noche, en plena fase REM sin que tengamos que golpearnos en las espinillas por salir corriendo a oscuras buscando un papelito. Luego nunca sabes dónde has escrito qué cosa, pero es muy divertido ver años después lo que apuntaste en su momento y siempre puedes reapuntarlo porque es muy interesante y que se te olvide otra vez.

Y llegamos al final, al aprovechamiento del éxito. En el ejemplo de la tortilla, te la comes y la acompañas con un tomate aprovechable que has descubierto entre dos pepinos mohosos. En lo de la traducción, más que hacer chantaje a la editorial diciéndoles que no les mandas la traducción a no ser que te paguen más, que no creo que sirva de mucho, a mí me gusta entenderlo como esos días en que estás en buena forma y traduces como un cohete. Puedes aprovechar ese éxito para seguir tus horas haciendo más páginas y compensarlo otro día rascándote la barriga, que eso sí que es aprovechar el éxito. Porque, desde luego, si crees que aprovechar el éxito en este mundillo va a ser que podrás ligar un montón porque la gente te echa flores y ramitas de olivo por la calle gritando «hosanna, hosanna», aviado vas. O que te van a subir las tarifas…

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El minuto heroico

¡Aaaaaah! ¡No me muerdas, canalla! ¡Ya verás, me voy a poner el esnuce y me vengaré!

En el colegio del Opus nos daban bastante la tabarra con el libro de un tal (mon-) señor, con posterioridad ilustrado magistralmente por Perich en esa gran obra de la literatura universal que es Por el Camino hacia Dios. A mí aquellas reflexiones o aforismos o lo que fuera como que me entraban por un oído (no un escucho) y me salían por el otro (solo tengo dos), pero calladito y con cara de meditabundo, como el resto. Con el tiempo me di cuenta de que muchas de las cosas que decía no eran sino una especie de afloramiento piscológico de las propias debilidades del «padre». Por la vía, me hace mucha gracia porque en la serie del Padre Brown le llaman también «padre». «¡Menuda gilipollez, por supuesto que le llaman “padre”!», me dirán ustedes. Y yo les responderé: «Ya, pero me hace gracia que le llamen «padre» en español cuando están hablando en inglés»; aunque la verdad es que dicen «poudddrrre».

Volvamos al Opus. En el libro de instrucciones aquel había una serie de penitencias o sacrificios supongo que para equilibrar el karma si habías sido malo o si le habías visto los tobillos a una señorita y eran todos tal que «Hoy me voy a castigar sin postre» (lo que indica que el buen hombre era goloso); «Esta tarde le daré un duro a un pobre» (para compensar el pecado de agarramiento); «Contaré hasta diez antes de soltar un bofetón» (pecado de mal genio); y así… Bueno, pues había una tontería (en mi opinión —honesta como azucena—) que me llamaba muchísimo la atención: lo que ellos llamaban «el minuto heroico» y que consistía nada menos que en levantarte rápidamente de la cama en cuanto sonaba el despertador (buen karma para el pecado de pereza galbanesca). Para mí el asunto no tiene ni pies ni cabeza: si no te vas a levantar, ¿para qué coño te pones el despertador? Es decir, que pongo la alarma para levantarme, me levanto ¿y soy un héroe? Jo, pues ¿qué pensarían de eso el Capitán Trueno o el Hombre Enmascarado (alias «el fantasma que camina»)? Años más tarde me di cuenta de que los despertadores modernos (de hecho, años antes no había despertadores modernos) traen un botonico que a mí solo me sirve para hacerme la picha un lío y que se llama «esnuce», como de desnucarse, pero sin la «de» del principio y se pronuncia con zeta «esnuze», que sirve precisamente para evitar el minuto heroico; o sea, que los opusianos no iban tan desencaminados y se ve que hay mucha gente que se pone el despertador para volver a quedarse dormida tan ricamente, o, en este caso, con remordimientos.

¿Y a qué viene este súbito arrebato proustiano de Chanel? El hilo es un poco más confuso que el del nudo gordiano; pero como el novio de Ariadna, confío en que nos saque del laberinto (¡qué leído que soy, caramba!). Desde que me echaron del despacho, comparto otro con unas colegas jóvenes, lo que en España serían investigadoras pre-doc, y compartiendo también confidencias traductoriles me tienen alucinadito porque son de esas que traducen cuando tienen un ratillo, poseídas por una especie de frenesí místico y en ese rato no hay quien las pare. Porque no es cosa, que si no serían capaces de traducir agarradas a la barra del autobús. Y no lo hacen mal, oigan, o tan mal como cualquiera, que para eso se corrige luego. Se me pusieron los pelos de punta y la piel de gallina cuando estuvimos hablando de unos plazos y usaban términos tan imprecisos como «unas tardes», «varios días», «algunas semanas» y tal y que calculaban lo que tenían que traducir por semana o mes según el plazo que les daban y no al revés, pedir plazo según lo que tienes que traducir.

Porque, para ponerme a traducir, yo necesito despertador, minuto heroico y esnuce por lo menos. Lo primero que me hago es un gráfico en un papel cuadriculado con sus ejes de ordenadas y de abscisas, en un lado (ordenadas) número de páginas de diez en diez (si el libro es corto) o de veinte en veinte (si es largo); en el otro (abscisas) las semanas teniendo en cuenta mi media semanal en páginas tirando por lo bajo. Luego tiro ese papel y cojo otro más grande porque me he equivocado al contar los cuadraditos y no me cabe. Para cuando he terminado el gráfico, al que le pongo el nombre del libro, lo miro muy orgulloso porque ya llevo traducidas algunas páginas. Entonces me pongo a mirar las semanas del eje horizontal, los meses a los que corresponde, le añado un mes (libro corto) o dos (libro largo) para las correcciones y solo entonces puedo comunicar a la autoridad competente mi cálculo del plazo. Por supuesto, como me doy bastante margen, me sale mucho más tiempo de lo que necesitaría un colega cualquiera que (a) se dedique únicamente a traducir, (b) aproveche «las colillas del tiempo» que decía mi profesor de lengua, o (c) traduzca más rápido que yo, es decir, a una velocidad superior a la de una tortuga o caracol.

Sé que traduzco despasito y que eso no les gusta a las editoriales, pero a cambio me someto a una disciplina férrea (bueno, de algún metal más blando) y creo que siempre, siempre he entregado la traducción antes de la fecha que dije. Observen ese «que dije» y no «que me dijeron» que es lo que me ha llevado a tener que renunciar a traducir a cierto premio Nobel. Y una parte fundamental de la disciplina es que los cuatro días que me dedico a traducir cuando tengo algún libro entre manos, a las nueve en punto de la mañana ya estoy dándole a la tecla y no paro hasta acabar el lote del día. Y no es que me siente a la mesa a las nueve y entonces me tomo un café y contesto el correo y eso, no, a currar directamente. Con la parafernalia matutina que necesito, me supone levantarme antes de que cante el gallo o maúlle el gato. Si tienen en cuenta que traduzco los días que no tengo clase, comprenderán que ese encadenarme a la mesa a la misma hora todos los días (incluidos fines de semana) es mi minuto heroico. Jo, qué envidia me dan los otros.

(Me temo que he exagerado un poco, que tampoco soy tan rígido ni tan disciplinado y que ponerse a trabajar a las nueve no tiene nada de sorprendente —aunque se haga en casa, sobre todo teniendo en cuenta que en el primer semestre mis clases empiezan a las ocho—. Pero espero que quede clara esa diferencia entre el traductor feliz como una perdiz que traduce cuando tiene un rato y donde sea y el que necesita amarrarse al duro banco de una mesa turquesca, como yo.)

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Un encargo con un poquillo de prisa

Como le digo; hemos publicado esta Historia Universal de Nuestro Barrio y aquí tenemos en preparación los De Viris Illustribus de cada calle

Me ha llegado un encarguillo de una institución oficial de esas que preparan libros para ir regalando a diestro y siniestro a cualquier prócer extranjero que se deje y la propuesta, que al final rechacé, ha sido bastante típica. Se la cuento, sin decir el pecador, porque es la mar de ejemplar de cómo suelen proponerle a uno estas cosas.

Pues resulta que recibo un correo electrónico en el que (a) la representante de la institución me hace publicidad de las magnas obras que han publicado hasta ahora, asombro del mundo civilizado y ejemplo para el por civilizar, y de las que planean publicar en el futuro y que serán envidia de países enemigos y peluseros (todos los del mundo), así como de los que, además, son más o menos limítrofes (no tantos); (b) expone airada que llamó telefónicamente al número de la facultad, pero que no había nadie en el despacho que atendiera su imperiosa necesidad de comunicar algo importantísimo (cosa no demasiado rara, la de que no hubiera nadie, una tarde pasado el horario laboral en plena época de exámenes en un despacho que compartimos entre unos treinta por mesa) así que se ha visto obligada a recurrir al correo electrónico, que no sabía yo si no le gustaría por plebeyo o por moderno, y me rogaba que le devolviera la llamada fallida al número que me proporcionaba. Y así lo hice.

No sé por qué, pero en mis comunicaciones telefónicas con dicha persona se oía bastante mal, serían los cables, que se les habrían subido muchos pajarracos, o la carbonilla de la máquina, o bien que tenía puesto el sin manos a juzgar por el eco y por los comentarios de fondo, total que yo me enteraba de la misa la media. Tampoco es que importara mucho porque ella cogía carrerilla y no había quien la parara. La conversación transcurría por los cauces habituales en estos casos:

(a) Presentación: Formamos parte de una organización gubernamental y estatal de altísimo copete cuya existencia por sí sola justificaría los impuestos que tan alegremente paga nuestro pueblo, aunque solo sea para poder presumir ante los extranjeros de que nos tienen. Y no nos quedamos mano sobre mano, no, sino que hacemos obras mucho más importantes que embalses, centrales eléctricas y fincas agrícolas de cereales que solo satisfacen las viles necesidades físicas que desembocan en corporales. No, no, nuestra misión es formar el espíritu, no solo el nacional, sino sobre todo el internacional transmitiendo nuestras seculares virtudes mediante la traducción y posterior obsequio de las biografías de nuestras más importantes figuras históricas, faros de la Humanidad.

(b) Pelotilleo: Y queremos que usted, figura también, así como genio del gremio traductoril, traduzca estas obras a eso que ustedes hablan. Su colaboración sería un honor para nosotros ya que las biografías han sido redactadas por grandes académicos, como usted, jefes de departamento…

—Pero es que yo no soy jefe de departamento.
—¿No? Vaya, ¿y no puede proporcionarnos el contacto de su jefe? Por si acaso...

(c) Cebo: Sepa, además, que procederemos a pagarle una cantidad no muy especificada, pero que ya la quisieran para sí Rostchild y Rockefeller, y a cargo de los presupuestos generales, lo que implica que quizá tarde, pero se le pagará, al contrario que otros, que mucha boquilla y luego si te he visto no me acuerdo.

—¿Y para cuándo tendría que estar esto?
—Para primeros de octubre.
—Pues no voy a poder, porque estoy ocupado con otro encargo que tengo que entregar a finales de septiembre y en agosto me voy de vacaciones.
—Perfecto, entonces puede dejar de momento el otro encargo, traducir lo nuestro durante sus vacaciones y así tiene cuatro o cinco meses, de junio al uno de octubre.
—No me ha entendido, (se corta) que de momento no puedo. Necesitaría más tiempo, ver los textos, pensármelo.
—Ya, es que nos corre un poco de prisa porque querríamos tenerlo todo listo para el año que viene. Y los textos, es que todavía no están acabados del todo, tienen que terminarlos, editarlos y tal. Pero nosotros necesitamos tener ya su respuesta para ponerlo todo en marcha. Piénseselo y mientras yo le mando unas páginas de lo que tenemos hecho.

La cosa fue que no me mandó las prometidas páginas y a mí se me olvidó un poco el asunto. Al día siguiente teníamos una reunión de departamento para repartirnos las guardias de verano (como lo oyen/leen) y la jefa comenta que le ha llegado el mismo correo electrónico que a mí. Le pedí que me dejara ver el suyo y pude comprobar que, aparte de ser exactamente igual que el mío, se lo había enviado después de hablar conmigo. Es decir, mientras este tío, que ni es jefe de departamento ni nada, se lo piensa, yo me voy a buscar alguna rueda de recambio. Curiosamente, no me sentó bien.

A la tarde siguiente vuelve a llamarme habida cuenta de que no le había contestado (tono de bronca) con lo que pensaba sobre los textos que NO me había mandado. «Uy, ¿que no se los he mandado? Qué raro. ¿Ha mirado en la carpeta de spam?» Y sí que había mirado.

—Bueno, mire, que como no estaba interesado y es algo institucional, en la embajada nos han recomendado a alguien que por lo visto sabe muy bien turco y puede traducir los libros. ¿Le interesaría editarlos a usted? Porque a nosotros nos encantaría contar con una figura tan importante del mundo académico como usted para editar la traducción...

(Traducción al román paladino: como el otro [quizá otra] pobre es un mindundi, pues necesitamos poner un nombre al que se le puedan anteponer unos títulos que no sean simplemente Sr. D. para impresionar. Ah, donde decimos «editar», entiéndase «corregir», no nos vayamos a liar.)

—Oiga, yo no le he dicho que no estuviera interesado, sino que quería ver los textos y pensármelo. Y además, si tengo que editar la traducción de alguien que no es profesional, no estoy muy seguro. ¿Y qué plazo tendría para eso, además?
—Uy, uy, uy, que se corta. Le escribo un emilio con los términos de la propuesta...

Y me manda el mismo mensaje que al principio, añadiendo, eso sí, quince páginas sin corregir de cada uno de los dos originales. Originales de esa prosa pretenciosa típica de la mayoría de las publicaciones oficiales de este país, sobre todo si pretenden regalarle los libros a diplomatas y autoridades. Total, que me lo pensé, reflexioné sobre mi paz espiritual y mi calidad de vida y le contesté que no, que si ya se habían buscado un traductor que yo no les hacía falta. Me callé lo de que les corrigiera Rita la traducción porque no sé si la tal Rita es correctora, pero yo desde luego que no lo soy y no quiero que nadie me acuse de intrusismo profesional también en el campo de la corrección, que ya lo hacen muy a menudo en los de la traducción y la filología.

Pues bueno, rápidamente me responde ofendidísima que de dónde me había sacado yo todo eso, que sería porque el teléfono funcionaba fatal (el mío, porque el suyo por supuesto que no), que para ellos la única aspiración en la vida era la de contar entre sus colaboradores con insignes traductores como yo, que pocos quedan en el mundo, puentes entre culturas, intérpretes de las más delicadas producciones literarias de las civilizaciones más exquisitas, etc., etc. Desde luego, hay que ver qué mal pensado era yo, sobre todo teniendo en cuenta que pensaban pagarme, etc., etc. Que lo único que me pedían era una respuesta, porque luego tendría como nueve o diez meses, desde finales de junio hasta, digamos, primeros de octubre, etc., etc. Que no se habían buscado ningún otro traductor, sino que la normativa les obligaba a presentar varias candidaturas y que por eso habían hablado de otro, pero que si prefería hacerle de editor, pues que etc., etc.

Total, que tomé aire, me acordé de mi madre cuando me decía que no discutiera, le pedí disculpas por haberla entendido mal (¿?) y le dije que le contestaría esa misma noche. Por escrito, porque a esas alturas me había dado cuenta de que lo que decía y lo que escribía la otra parte solía no corresponderse. Pensé en escribir un mensaje bastante borde para desahogarme, pero luego lo pensé mejor y simplemente le contesté que, sintiéndolo mucho, no podía aceptar el encargo porque no me iba a dar tiempo entre la novela que tengo que entregar en septiembre, los exámenes, las tesis y que en agosto me voy de vacaciones a pasarlas con lo que me queda de familia.

Pues todavía estoy esperando que me conteste, oye.

La verdad es que esto de traducir libros cada vez se parece más a traducir certificados de bautismo para agencias con mucha prisa.

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A saber si traduzco bien

Creo que voy a traducir black pudding por morcilla,
aunque en el desayuno no suena a maravilla.

No sé si a muchos de mis colegas les pasará lo mismo, pero la verdad es que no sé si traduzco bien. Es decir, a veces se me ocurre releer tiempo después algo que he traducido, para lo cual es necesario que haya de por medio alguna actividad académico/cultural porque si no ni se me pasa por la cabeza, y me sorprendo de haberlo escrito yo con estos deditos. Y no debería sorprenderme tanto porque tampoco es que lo haya escrito yo de verdad de la güena porque lo ha escrito otra señora, o un señor, vete tú a saber, pero, por otra parte, sí que lo he escrito yo en mi lengua que no sé si es materna o de abuela materna porque la paterna se murió antes de que yo naciera y porque la materna vendría también de parte materna, no sé si me explico.

Por toda esta confusión mental me agrada más la metáfora del violinista que la del puente de entre las habituales para traductores. Imaginemos que fuera violinista (Dios nos libre porque mi nivel artístico musical es como el del burro de, creo, Samaniego), pues cuando me oigo otro día en un disco puedo sentirme satisfecho de haber tocado bien, pero no osaría ir vacilando por ahí de que si la composición tal y la armonía cual porque eso no ha sido cosa mía. Como pueden imaginarse, un puente puede sentirse satisfecho de muy pocas cosas, como mucho de lo bien que lo cruzan arrieros y tires. Bueno, pues como traductor yo me veo violinista. Hay días que me siento contento de mi trabajo porque he hecho muchas páginas o pocas pero muy difíciles y, como decía, cuando tiempo después releo lo que hice, a menudo me parece que no está tan mal.

Y aquí me topo con mi problema mental. Es decir, cuando lo medito, ¿qué criterios sigo para traducir esto por aquello o así o asá y quedarme tan satisfecho? Dicho más finamente, como me preguntó una vez una estudiante de una universidad de la competencia, que me dejó patidifuso: ¿Según qué teoría traduce usted? (En Turquía, como falange tuvo muy poca influencia se sigue usando pródigamente el usted y el tuteo universal no está muy bien visto). Pues no lo sé, palabrita del Niño Jesús. Y, como no lo sé, tampoco sé si traduzco bien o mal, o dejémoslo en mejor o peor.

En parte toda esta comedura de tarro es culpa de Pilar Comín, cuyo blog Atutía para textos recomiendo una jartá, que comentaba sobre una entrada anterior no sé qué de la melodía o del ritmo de la lengua, o incluso de la armonía, que no encuentro el comentario y me da mucho coraje porque era muy interesante, que comentaba, digo, que no es lo mismo «estoy escuchando» que «escucho», hecho bastante evidente puesto que en lo primero hay dos palabras (¿o una perífrasis vale como una palabra?) y en lo otro únicamente una. En fin, que ahí hay tela que cortar, pero si me preguntaran qué es lo que me hace decidirme por una opción u otra, posiblemente pondría cara de bobo y preguntaría «¿mande?», con la intención de ganar tiempo porque la verdad es que no tengo ni idea, aparte de esa blasfemia horrorosa en cualquier clase/seminario/evento académico de traducción que es el «porque me suena mejor así».

Con toda la razón, ustedes dirán que hace unos párrafos he confesado que mi oído natural es tendente a inexistente, pero incluso yo mismo soy capaz de darme cuenta de que esa rimilla «tendente/inexistente», es patente que es bastante malsonante, por ser ejemplarizante. Para mí, todos los efectos que hacen que te fijes en cómo suena la cosa en lugar de lo que se dice ya son chungos, a no ser que sean buscados en el original (si el original es malo y le salen cosas raras es harina de otro costal). Esto es cosa seria cuando se trata de poesía y, en ese caso, uno tendría que arremangarse y ganarse las lentejas como todo un valiente.

¿Qué pasa? Pues que no sale, o que es muy difícil, que puedas transmitir el contenido como es debido y mantener las rimas, los ritmos, las aliteraciones, los quiasmos y la madre que los parió a todos por la sencilla razón de que la lengua original no funciona lo mismo que la lengua tuya y, si no, a ver qué carajo haces traduciendo. Ejemplos muy tontorrones de un libro infantil que estaba traduciendo hace unos días y que no tenía ni rimas ni nada. La protagonista es una niña que se llama NiñaLuna en el original, pero que tendría que ser NiñaSol porque es una botella de aceite de girasol, que en turco se llama «florluna» (era un cuento muy pedagógico sobre el reciclaje). Pues como en el original hicieran un chiste con la luna, la habíamos defecado. Más, resulta que le pide ayuda a un río y a la tierra y en las ilustraciones resulta que el río es una señora y la tierra un señor por aquello de que el turco no tiene género gramatical y pueden ser lo que quieran. Ahí sí que tienes una incongruencia entre el texto y las ilustraciones en español. Casi me habría gustado ser moderno para poder escribir «le ríe» y «le tierre» antes de tirarme por la ventana, que tampoco podría porque, como vivimos en un primero, tiene su buena reja para que no entren amigos de lo ajeno.

Volviendo a la traducción, ¿cómo lo haces para que quede bien? ¿Cómo decides si es mejor «pederse» o «peerse» para mantener las connotaciones afectivas de tan digno verbo si estás traduciendo a Quevedo (aunque creo que Quevedo no usa el verbo en sí)? ¿Eh? Muchos de mis estudiantes/compañeros jóvenes o iunores lo tienen clarísimo (les recuerdo que no doy clases de traducción) y enseguida se ponen a citar a la Academia en sus versiones diccionario, gramática y ortografía. «Es que el original usa un presente actual que en español equivale a un presente continuo» (véase lo del «estoy escuchando»), «es que «peerse» es un uso regional» (véase lo que me pasa cuando quiero comprar alcayatas en Madrid), «es que el tomate es una fruta y no una verdura y, por lo tanto, no debería venderse en las verdulerías» (caso hipotetico, pero ya me entienden). Pues sí, pero es que no suena bien. ¿Qué hacer? ¿Mantengo el soneto a la española abebea, abebea, cedece, decede, o lo hago a la inglesa? ¿Dejo la rima y fastidio el ritmo o me marco unos versos blancos? ¿Dejo la luna o la cambio por el sol? ¿O pongo Catalina y Lorenzo?

Pues miren, hace poco (siempre digo hace poco cuando no sé cuándo, cuándo, cuándo, igual hace años de esto) me encontré un artículo que me dio algo de paz espiritual. Se llama, un momento, que lo voy a buscar, ah, sí, aquí está, «On Aboriginal Sufferance: A Process Model of Poetic Translating» y es de un tal Francis R. Jones (ya se lo buscan ustedes solitos, aunque les doy la pista de que lo publicaron en Target). Yo lo saqueé bastante para otro articulillo cuyo enlace les voy a poner aquí por si lo quieren leer y porque el blog es mío y si no me hago propaganda yo a ver quién me la hace. Pues bien, nuestro amigo Jones (no creo que sea familia de Mrs. Jones) tira de la química y de la noción de valencia (DLE: «Número que expresa la capacidad de combinación de un elemento químico con otros para formar un compuesto») y viene a decir que traduzcas como más valencias te permita o según la valencia más gorda.

Si vas a traducir, qué sé yo, aquello de

El dulce lamentar de dos pastores,
Salicio juntamente y Nemoroso,
he de contar, sus quejas imitando;
cuyas ovejas al cantar sabroso
estaban muy atentas, los amores,
(de pacer olvidadas) escuchando.

y te limitas a trasladar el contenido, es casi seguro que te va a quedar algo bastante cursi, como esos calcetinitos con volantitos que llevan las niñas de aquí cuando la circuncisión de sus hermanos, que van los pobres hechos unos eccehomos y nunca mejor usada la expresión. Así que mejor que seas valiente y empieces a sopesar otras valencias. Y buscas una manera de que suene igual de bonito que en español, si no puedes con endecasílabos, pues con alejandrinos, y con su rima, aunque sea asonante. Porque el contenido, amigos míos, es una chorrada como un camión.

¿Y cuál es el criterio objetivo que tengo yo para valorar estas valencias y saber si estoy traduciendo bien? Pues, por desgracia, lo que mejor me suena. Así que no sé si traduzco bien o mal porque no tengo a qué atenerme, de verdad de las buenas. La vida es así, no la he inventado yo.

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No todo el monte es orégano

Se va a enterar el Ikeo ese por haberme llamado cabrón

Notable eco ha tenido en círculos profesionales e incluso cuadrados aficionados… Lo siento, es que me he acordado del ABC y me ha dado la risa. Lo que quería decir es que una amable lectora se leyó la entrada en la que hablaba del traductor terrorístico-cabroncete que podía existir o no según Pérez e hizo un comentario interesante. Por supuesto, era lectora por haber leído (la entrada), así como amable por el mismo motivo y por comentarla. Aseguraba que ella sí que conocía traductores que alteraban/fastidiaban a propósito el texto por diversos motivos. Yo también, pero no era eso de lo que estaba hablando, aunque pienso hacerlo enseguida, sino de que no creo que una actitud saboteadora por parte de alguien no deja de ser un engranaje bastante mal considerado en la maquinaria editorial (el traductor, vaya) pudiera durar mucho si el editor/publisher está a lo que tiene que estar y no, un poner, comiendo tortillitas de camarones en la Tacita de Plata, me parece que era, por la sencilla razón de que donde manda patrón no manda marinero, ni aunque sea de luces. Pocas luces demostraría nuestro publicador si perdiera las suculentas ganancias de un autor mejón-vendedor en el mundo entero y más allá por dejar que un tontolaba se vengara de qué sé yo qué supuestas ofensas. Y créanme, que estoy muy puesto ahora en esto porque nos han obligado a hacer un curso en la línea sobre el bullying, que posiblemente el traductor vengador tradujera por «toreo» y sé cuándo alguien fastidia por fastidiar.

Una vez aclarado este asunto, pasemos al de las traducciones manifiestamente saboteadas. Nuestra amable lectora (Diana Sorgato) menciona como ejemplo a un «colectivo de traductoras feministas de Quebec que deliberadamente subvertía el sentido de los originales que consideraba machistas». Me creo perfectamente que lo hicieran, y que tenían sus razones para hacerlo, además. Sin embargo, lo que no me creo es que vivan de eso, o sea, que les den dineros a cambio de sus traducciones para que ellas, a su vez, los intercambien (los dólares canadienses o como se diga en francés) por pan y queso, o pan y habichuelas si son veganas. Como mi abuela me decía que porfiara pero que no apostara, y la mayor parte de las veces ni ganas de porfiar tengo, no me voy a apostar con ustedes una moneda de dos reales de agujero para ponérsela a un san Pancracio a que las componentes del susodicho colectivo trabajan en alguna universidad o similar. Muamem (que diría Celia Filipetto) trabajo en uno de esos centros de educación superior (para que vean qué educación, nos tratamos de usted y todo) y sé el daño que pueden hacer al intelecto humano.

¿Que por qué? Porque mira que me gustan las teorías, pero a veces se suelta cada gilipollez que alucinas, siempre y cuando esté en formato APA y tenga una bibliografía bien gorda. Incluso hay quien teoriza en formato MLA, que ya hay que ser peor que Cruela de Vil, madre mía. Digamos que, otro poner, me da por traducir al cardabás el Cantar de Mío Cid de forma que luego me citen mucho y suba mi índice de impacto y tal. Pues lo hago en papel pinocho de colores, con letra comic sans, metiendo entre medias haikus chinos (ya hay que ser retorcido) cuando habla Minaya Alvar Fáñez, a quien convierto en un niño sordomudo añadiendo dibujitos del lenguaje de signos, etc., e incluyo un vídeo de lo que se ve por mi ventana una mañana de junio (que son sobre todo vendedores berreando, niños berreando, madres berreando a los niños, perros ladrándose entre ellos con sus dueños berreándoles y gatos maullando porque quieren violar en grupo a una pobre gata subida al árbol que tenemos delante y que berrearía pidiendo ayuda si supiera) simulando que es la exida de Vivar porque en mi calle hay bastantes cornejas a diestro y siniestro… Bueno, se hacen una idea, es que en cuanto abres la ventana con el calor no hay quien pare. Añadan a mi traducción todas las tonterías que se les ocurran, si me hacen el favor.

Pues bien, lo que puedo hacer es colocarle la traducción a cualquier editor amigo (que probablemente luego dejara de serlo) porque, total, el original es de derecho público y, si el amigo no se deja, lo autoedito en uno de esos sitios que te llenan el correo de mensajitos día sí y día también y, si tengo suerte, igual le puedo sacar la pasta de la edición a la oficina de proyectos de la universidad si me invento un nombre chachi del tipo «investigaciones sobre el desarrollo heurístico de la comunicación intermodal en los rizomas de género (literarie)». Aluego andispués (que se dice en cardabás) me averiguo un articulillo en cualquiera de los formatos previamente dichos explicando que si Arsitóteles ya decía tal y Jakobson cual, que si Venuti y que si los polisistemas, y me quedo más contento que otro poco porque ya he justificado la barrabasada que he cometido con el pobre Cid, con doña Jimena y con los infantes de Carrión, por no hablar de Minaya.

Como habrán podido observar, todo este tejemaneje puedo llevarlo a cabo porque (a) no vivo, es decir, no habito una casa, como, me visto, etc., gracias exclusivamente a la traducción; y (b) tanta molestia me vale la pena porque me sirve para algo, que si no me dedico a otros entretenimientos, como mirar por la ventana a la gente que berrea. En este caso me sirve para conseguir los tan preciados puntos para medrar en la universidad y darme pisto en los congresos y eventos a los que me inviten a ver si le saco a alguien un gin-tonic, pero de los antiguos de vaso de tubo, por favor, que los de ensaladera no tienen más que hielo.

Es decir, el traductor cabroncete existe, claro que existe. Yo mismo conozco al perpetrador de lo que pienso que es una de las peores traducciones que han visto mis ojos. De hecho, después de verla tuve que operarme de cataratas. No digo que haya una relación de causa-efecto, pero da que pensar. Pues bueno, este conocido mío justificaba todas sus barbaridades aludiendo a motivos muy literario/teórico/líricos y demás, pero que yo resumo en la frase siguiente: «como no me entero del texto, lo traduzco de forma que no se entere nadie». Y eso para mí no es una buena traducción por mucho Reiss o Vermeer que valgan. Por cierto, tuve la oportunidad de conocer a Hans Vermeer en un seminario y era un tipo encantador, que hablaba español que ya me gustaría a mí.

Pero si eso lo hiciera cualquier traductor mercenario, cualquiera de los que trabajamos para editoriales «normales» que son las que nos proponen lo que hay que traducir («translaturus», podríamos decir), nos iban a dar mucha morcilla. Les pongo un ejemplo parabólico. Imaginen al carpintero que hace los muebles de Ikea en, digamos, San Marino, que le tuviera manía a la silla/estantería Smörgaldörf porque un día le dio un ataque de hemorroides sentado en ella y desde ese momento se dedica sistemáticamente a tallar una pata más corta que otra, con lo que queda coja. Imaginen que ese modelo es uno de los más vendidos del mundo excepto, claro está, en San Marino. ¿No iría el mismísimo Sr. Ikea (D. Lars) a investigar a ver qué demonios pasa y no le daría un tirón de orejas al odiante carpintero? ¿Tendría muchas más oportunidades el tal carpintero de seguir con su profesión en esa empresa u otra a no ser que se alistara en la Legión Francesa para cepillar cajas de municiones para que queden lisitas? ¿Podría trabajar en otro sitio después de que le fusilaran por sabotaje? Pues trasladen el ejemplo al mundo de la traducción y se harán una idea de lo que quería decir.

En cuanto a lo que es para mí una mala o una buena traducción, mejor lo dejamos para otro día.

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No iba a decir nada, pero…

Ja, ja, ja. Ya verás cómo te voy a hacer la traducción, te voy a cambiar todos los ciruelos por almendros.

Hace unas semanas, Arturo Pérez Reverte publicó un artículo que tenía su miga para comentar en blogs como este, sin ir más lejos. Sin embargo, cuando vi algunos comentarios de compañeros de profesión me dio un poco de pereza escribir algo. Para ponerles en contexto, el artículo era una especie de relato de ficción sobre un novelista de éxito multitudinario mundial que, sin embargo, no acaba de cuajar en no sé qué pequeño país. La culpa es del traductor de sus obras, que se dedica sistemáticamente a boicotearlas traduciéndolo todo a la virulé por puro odio malsano al autor. Hasta aquí el artículo/relato.

Decía que es una especie de relato de ficción porque el propio Pérez Reverte aclara al final que es «casi real» y que prácticamente todos los autores internacionales que conoce se las han visto con algún traductor cabronazo —él lo limita a «cabrón»— como el de su escrito. También decía que me dio pereza opinar porque sacaba a relucir lo del traduttore, traditore, que ya de inmediato me quita las ganas de abrir el pico, y por algunos comentarios de algunos colegas.

Vaya por delante que no tengo nada en contra de Pérez Reverte y que me gustan algunas de sus novelas, otras no. Por ejemplo, me gustaron mucho La sombra del águila, La reina del sur y algún que otro Alatriste. Me parece, además, que le pasa un poco, o bastante, lo que a Pamuk. Son tipos que caen mal a mucha gente por motivos ajenos a su literatura, pero sus detractores tienen como muy a gala no leerlos. Bueno, hay muchos libros, así que cada cual es dueño de leer lo que quiera. También la historia que contaba me recuerda a algo de Pamuk, pero al revés. Según muchos de sus no-lectores turcos, Pamuk escribe horrorosamente mal, pero queda muy bien en las traducciones. Esto es algo que nunca me he sabido explicar. Entiendo que quede bien en algunas traducciones si el traductor lo apaña todo un poco, pero ¿en todas? Me parece rizar el rizo una miaja. Pues el novelista del artículo, al revés, en todas partes gusta más que un Bony helado, menos donde el traductor lo estropicia.

En cuanto a los comentarios de mis colegas, solían ir por donde siempre. Primero por lo de la solidaridad gremial, que ningún traductor que se precie haría eso y que si la responsabilidad hacia el original y tal. Había otros comentarios que me gustaban menos porque hablaban del esfuerzo y la formación necesaria, etc., que siempre me parecen un poco injustos porque creo que, además del esfuerzo, también está el talento. Por mucho que me esfuerce en tocar el violín y estudie solfeo, pueden tener por seguro que sería el pobre que menos limosna se llevaría a la puerta de la iglesia. También estaba lo de los puentes y las culturas y demás, y ya me harté y decidí no escribir nada porque lo único que iba a hacer era repetir lugares comunes.

Pero entonces me pasaron varias cosas seguidas. Se publicó una traducción mía y una colega de universidad me dijo que debería traducir no sé qué otro título de la misma autora. Una exalumna me escribió porque una amiga suya conocía, no sé si personalmente, a un autor fantástico y creían que sería muy interesante que yo lo tradujera. Alguien más se puso en contacto conmigo porque había escrito un libro y, siendo yo traductor, seguro que conocía a muchos editores que estarían interesados en publicarlo. Además, y como siempre, me han preguntado varias veces cómo es que ya no traduzco a Pamuk.

¿Qué tienen en común todas estas cosas y el articulo de Pérez Reverte? En mi opinión, que no tienen en cuenta o no saben cómo funciona el mundo editorial en general y la traducción (de libros) en particular. A juzgar por mi experiencia, (a) ninguna editorial que se precie va a publicar ningún libro porque yo lo recomiende o sugiera; (b) a pesar de que traduzco libros, no conozco editores que me vayan a hacer el favor y mucho menos hacerle el favor a un conocido mío, y además véase el punto (a). Se tiene la idea general de que, como traductores, pertenecemos a una élite intelectual y que mientras tomamos un martini seco escuchando ópera y tomando caviar con los grandes editores mundiales, les decimos: «Oyes, que mesá venío a la cabeza un escritor chachi pa que lo publiques», y que luego nos tumbamos debajo de un olivo y entre siesta y ensueño o en los ratos en el autobús traducimos el libro en unos periquetes. Cuando el editor del martini lee la traducción tiene varios orgasmos seguidos y entre medias nos firma un contrato con unas regalías millonarias que nos sirven para volver a tumbarnos a la sombra del olivo y echarnos a dormir. Pues no.

Lo que pasa es lo siguiente. Yo estoy en casa (pongamos) y recibo un correo electrónico proponiéndome que traduzca la obra tal a tanto el folio (hay varios sistemas para calcular) y con tantos meses de plazo. La cantidad que te ofrecen suele ser inaceptable y el plazo imposible. Corre por ahí un diagrama que reúne las tres puntas del triángulo de cualquier traducción, la calidad, la rapidez y el coste: categorías que suelen tener relaciones inversamente proporcionales. Dicho en plata, si quieres una buena traducción, no será barata ni rápida; o, si la quieres rápidamente, no será buena y barata (observen las conjunciones); y, si la quieres barata, no la pretendas buena y rápida. Si vives única y exclusivamente de la traducción, a lo mejor (peor) tienes que fastidiarte, pero, si no lo haces, puedes negarte y ya está (véase lo de no traducir a Pamuk). Eso no quiere decir que seas menos profesional o que no te importe la pasta, sino que puedes vivir de otra cosa y ese año no te vas de vacaciones.

Una vez llegados a un acuerdo más o menos satisfactorio para ambas partes, uno se sienta hasta que se le queda el culo plano a pasar a máquina el libro que está en otra lengua, pero en la suya. Esto, al contrario de lo que se pueda pensar, no es automático, sino que puede ser bastante entretenido (en el mal sentido, de echarle mucho tiempo). Encima tiene que quedarte bonito, porque los contratos tienen una cláusula que se ocupa exclusivamente de eso, de que si a la editorial no le gusta tu traducción, te la comes con patatas. Una vez que entregas tu paquete bien bonito con su envoltorio y todo, igual la muchísima prisa que tenían en publicarlo se convierte en meses o años, que me ha pasado a mí, que no me lo han contado, vaya. Y ya no está en tus manos.

Porque esa es otra. A partir de ese momento, seas autor o traductor, que se venda y se lea el libro va a depender de que se vea y eso es misión de la editorial y de los libreros (a los cuales posiblemente les importa más o menos un bledo qué libro se ve más o menos, con lo que supongo que existe algún tipo de incentivos por parte de las editoriales para que sea el suyo y no el del vecino). Creo que todos estaremos de acuerdo en que seguro que hay grandes obras maestras y traducciones excelsas de las que nadie se acuerda por la sencilla razón de que nadie las ha leído, y no las han leído porque nadie las ha reseñado y ni siquiera se las ha comentado un coleguilla por la sencilla razón de que nadie se ha parado a mirar de qué iba ese libro que estaba en el estante de la librería entre otros mil doscientos, escrito por un autor del que nadie ha oído hablar en tu país porque nadie sabe que existía, etc. Por el contrario, todos sabemos de grandísimas plastas que ninguna traducción aunque sea en la lengua de los ángeles puede apañar, que se venden como rosarios a la puerta de una iglesia de las de antes en barrio como Dios manda solo porque las vemos anunciadas por todas partes y, en el mejor de los casos, nos da morbo.

Por eso no me entra muy bien en la cabeza que un autor como Pérez Reverte, que se supone que conoce el sistema editorial escriba lo que ha escrito. Primero, que crea que existen tipos tan profundamente masoquistas e irresponsables como para amargarse la vida traduciendo mal a propósito a un autor por puro odio. Seguro que es más difícil que traducir bien y además pasarse meses haciéndolo te debe poner la úlcera como una plaza de toros. Y, encima, por cuatro perras, que estaría mejor traduciendo certificados de estudios para los erasmus. Segundo, que en la editorial, donde alguien debería haberse leído la obra aunque sea en inglés o francés, nadie le diga al traductor sádico/masoquista que según el contrato eso no vale. Tercero, que alguien se crea que las ventas de una novela hoy en día dependen de la traducción y no del marketing. Si la editorial, convenientemente motivada por la agencia del autor, se mueve un poquito, el libro vende por muy mala que sea la traducción. Y, si no vende, muy tontos tienen que ser en la editorial para no preguntarse por qué un tipo vende como churros en todos los países menos en el suyo. No creo que les guste dejar de ganar dinero, por lo que es muy probable que le echaran cruz y raya al malsín traductor. Y no creo que haya traductores tan tontos como para arriesgarse a perder su modus vivendi porque les cae mal un autor.

He visto cómo hay traductores que hacen de su capa un sayo y traducen como les da la gana, sobre todo para figurar ellos, pero también he visto editoriales que adaptan las obras al supuesto gusto de su público con la sana intención de forrarse y luego le echan la culpa al traductor si el publico no es tan tonto como ellos creían. ¿Se imaginan algo así como:

«En un pueblecito de la Mancha, región situada en el centro de la Península Ibérica famosa por sus quesos y de gran riqueza ganadera, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía una vez un hidalgo, caballeros que formaban el estamento inferior de la nobleza española, clase muy característica de la España de principios de la Edad Moderna, y que tenía todo el equipo correspondiente a su clase y comía muchos platos típicos de su tierra»?

Porque yo sí he visto cosas parecidas y les juro que no son cosa de los traductores. O hay mucho pirado por el mundo, que también es verdad, y entonces vuelvo a mi intención inicial y no digo nada.

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¿Lo mataron o se murió?

El tebeo o cómic de «El florista del burdel», aquí astutamente titulado «La muerte del florista». No lo llamo novela gráfica porque no es de una novela, como mucho sería «relato gráfico», que suena un poco marrano, la verdad, o igual es que soy muy malpensado.

Uno de los temas que salió con el autor invitado a los talleres de traducción fue el del turco. Que cómo es, que si es muy difícil y raro, que si tal y que si cual. Por supuesto, fue con el autor español, porque el turco ya sabía todo eso, exceptuando quizá lo de la dificultad, pues no tengo la menor duda de que a él le resultó tan fácil aprender turco como lo suyo a los niños franceses aquellos que sorprendían al caballero portugués. Bueno, a lo que vamos.

La idea general que tiene todo español que sepa algo de lenguas y lingüística es que el turco es una lengua aglutinante (esto es de nota, la verdad); es decir, que tienes las raíces y les vas pegando cosas, como calcomanías, pero después, al, digamos, culo de la raíz, de forma que te salen palabros muy largos, algo así como en alemán. Es como en español, qué sé yo, «atontolinamiento»: «tonto» (raíz); «atonto» (verbo); «lin» (diminutivo campanillero); «ar» (voz de mando verbalizadora); «miento» (no digo la verdad y formo sustantivos más o menos abstractos de proceso, resultado y acción, como en «regimiento», no, este no, ah, mira, como en «procesamiento», «resultamiento» o «accionamiento»). Espero que haya quedado más o menos claro.

Otra característica es que lleva el verbo al final como el latín de aquello que mencioné del puto, o sea, lo de «homo sum, humani nihil a me alienum puto» y no, un poner, lo de «timeo danaos et dona ferentes» que lo lleva al principio. Vaya, mismamente como el alemán. Así que, a bote pronto, podemos inferir que el turco es como el alemán. Pues no, mire usted.

De hecho, a mí me recuerda más al latín, que me sirvió de mucho para aprender turco aunque no se parecen en nada (me costó mucho enterarme de que la solución al dicho «se parecen como el huevo a la castaña» es «nada», precisamente). ¿Y por qué, si no se parecen? Porque el problemón del turco es la sintaxis. Resulta que en turco-turcazo el concepto de oración compuesta no es como el nuestro, que coges dos oraciones o rezos y los pegas con una conjunción o algo así a modo de pegamento Imedio, ya que es español, pues en el caso del turco sería Uhu. Ejemplo ejemplar: Tómense dos frases en español, digamos «Me llamaban Tutankamón» y «cuadré la hipotenusa en sus catetos»; únase con una conjunción, por ejemplo, «aunque» (adversativa); péguense: «Cuadré la hipotenusa aunque me llamaban Tutankamón».

Pues en turco no. En turco en las subordinadas lo que se usa (y en eso me ayudó el latín) son infinitivos, gerundios y participios presentes, pasados, futuros y otras zarandajas. Además, se les pueden poner sufijos personales y casos, que el turco también tiene su declinacioncita, aunque una y regular, gracias sean dadas a la musa de la gramática. Y todo al revés, además. Si cogiéramos el ejemplo anterior y lo ponemos en hispanoturco macarrónico sería algo así: «a mi Tutankamón llamado (participio pasado+sufijo 3ª persona del plural+sufijo de posesión) aunque…», etc.

Un ejemplo que he usado un par de veces en clase es el principio de un relato de Ahmet Ümit que, miren ustedes por dónde, tradujimos en la segunda convocatoria de los talleres. El relato se llama «El florista del burdel» y, por cierto, de él hicieron un tebeo la mar de chulo con dibujos de Ismail Gülgeç (el guion es, casi obviamente, del propio Ümit; o mejor, como dicen ahora, «literalmente» ya que lo escribió) y veo que lo tradujimos entre Pepa Baamonde, Gaizka Etxeberría y yo. Aquí no cabría decir «literalmente» porque lo tradujimos entendiéndolo y con mucho (buen) gusto según el sentido (común), uséase non verbum e verbo, sed sensum exprimere de sensu porque tampoco es un texto sagrado, no vamos a exagerar. P.D. Veo que en la edición actual del tebeo consta como «adaptado» también por Ismail Gülgeç, en la mía no lo decía, tampoco nos vamos a pelear por eso.

Lo que me interesa es la tercera frase, que en nuestra traducción reza (esto del rezar siempre me ha hecho gracia): «Pensábamos que lo habían matado el sábado por la noche»; y en el original: «Cumartesi gecesi öldürüldüğünü düşünüyorduk». «Pensábamos» y «el sábado por la noche» no tienen ninguna gracia. Lo bonito es «que lo habían matado», que en turco es una palabra, «öldürüldüğünü», que se descompone (algo le habrá sentado mal) como sigue: «öl-», raíz «morir»; «-dür-», factitivo «que lo mueren otros», o sea, «matar»; «-ül-», pasivo «fue muerto por otros»; «-düğ-», participio pasado «sido muerto por otros»; «-ü-», sufijo de tercera persona «sido muerto por otros él»; «-n-», lo que llaman «letra de unión» y debería llamarse «sonido de unión», que aquí solo sirve para pegar dos vocales, que en turco no pueden ir juntas para evitar la consanguineidad; «-ü-» (esta es otra «ü») sufijo de acusativo porque es el objeto directo de «pensábamos».

Así pues, traduciendo literalmente —ahora sí— la frase sería: «Del sábado su noche sido-muerto-por-otros-él pensábamos». Y así es como funciona el turco y no es como el alemán, sin afán de desmerecer. Chuli, ¿eh?

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