Lluvia de verano/Yaz Yağmuru

Lluvia de verano es la tercera obra que he traducido de Tanpınar —no sé por qué, pero muy poca gente se acuerda del Instituto para la sincronización de los relojes— y, entre otras cosas, una muestra más de cómo en esto de la traducción de literatura turca vamos bastante a carrete de lo que se hace en Francia. No solo en los títulos que se traducen, que se nota mucho con Tanpınar, sino también en cómo se aprecian las obras. Vaya, con tanta vuelta y revuelta me he acordado de un chiste académico: ¿Para qué decir con dos palabras lo que se puede decir con doce? Lo que quiero decir es, en suma, que en España se ha publicado como nouvelle lo que en Turquía se publica como «cuento» o, si nos ponemos muy pijos, «relato». Es cierto que las fronteras entre una novela corta y un cuento largo son una miaja borrosas, pero (a) ¿por qué esta/-e y no otro, por ejemplo, «Los sueños de Abdullah Efendi»?; (b) ¿por qué tanta insistencia en llamarla nouvelle y no «novelita», «novelica» (en Almería) o «novelilla» (en mi tierra, pronúnciese «noveliya»)? Entiendo que no la llamaran «novelucha», pero lo del francés es mucho cante, en mi opinión.

Y mira que la traducción al francés es bien maja, que se nota que la hizo un turco. Esto que suena tan mal, que la traducción estuviera bien precisamente porque no la hizo un nativo, no lo digo por fastidiar ni para que los más nacionalistas de mis compañeros turcos se pongan muy anchos, sino porque en una gran parte de las traducciones francesas de literatura turca con las que me he topado —y que no son muchas porque el francés tampoco es lo mío, para qué me las voy a dar de listo ahora— es bastante evidente que a mis colegas traducteures el texto original les parecía un poco sosón y bastante poco exótico, así que lo arreglaban acá y allá para que quedara más como debía ser, más en plan belle infidèle, ya me entienden. De todas formas, los campeones de esto del embellecimiento a ultranza son algunos reseñistas de dondequiera que sean, que en cuanto ven que la obra es turca se lanzan como halcones peregrinos sobre conejo al topicazo de oriente y occidente aunque el libro en cuestión sea una adaptación del ratón Mickey (que en turco sería Mihailcik, digo yo, o Miho) y a sacar peras del olmo y, si no las hay, a sacárselas de la manga. Bueno, no quiero irme otra vez por los cerros de Úbeda, pero supongo que es porque se publicó previamente en Francia —y a saber por qué— por lo que aquí se lanzó como nouvelle.

Al contrario que con Paz, podrán ver que ahora el nombre de s.s.s. aparece en la cubierta, con los dos apellidos y sin la hache que en cierta ocasión le colocaron al Ortega, que ya hay que ser liante, por muy aristocrática que la encontrara mi cuñado Antonio. Me gustaría creer que esto del ¡nombre a cubierta! (¡por allí resopla!) fue por una especie de revolución mental que favorece la visibilidad de los galeotes traductores, pero sospecho malignamente que se debe a la necesidad de incluir el nombre del ilustrador, no me fuera a mosquear. Para serles sincero (alguien comentaba que cuando un español dice «Te voy a ser sincero» hay que echarse a temblar), las ilustraciones no me acaban de convencer. No tengo duda (¿cómo voy a tenerla si no tengo motivos de juicio?) de la calidad y el valor de los dibujos del Sr. Zahreddine, pero me resultan muy oscuros (que lo son) y muy poco ilustrativos. A ver, es como si me piden que haga unas ilustraciones para, qué sé yo, la Biblia y pongo una puesta de sol y luego un pan y una cebolla (una patata, no, que todavía no habían descubierto América), pues no es que ilustre mucho el texto. Esa misma impresión me dan las del libro por mucho que un crítico —me huelo que mexicano— diga que son «generosas»: que tienen que ver con este texto lo mismo que con cualquier otro. Por cierto, que el crítico también dice que mi traducción es «noble», lo que le agradezco porque está claro que es algo bueno, pero no acabo de entenderlo. Espero que no sea por aquello del «noble bruto».

Si es así lo lamento porque para hablar de este cuento/relato/nouvelle/novelica me gustaría ser menos bruto de lo que soy y poder ascender a alturas líricas que la pongan por las nubes, pero no acaba de salirme. Me gusta, como casi todo lo que escribe, la reseña que le hizo Ilya U. Topper en M’Sur («Escuchando el tocadiscos bajo la lluvia», aunque yo habría escrito «oír») porque insiste en la lectura de la obra/obraza/obrica/œuvrelle como un acto de placer, ya que nos ponemos franceses. La reseña de la editorial dice que es «sutil y preciosista», adjetivos que tuvieron tanto éxito que se repiten con frecuencia en las de la prensa, entre las que se pueden encontrar párrafos tan curiosos como el siguiente:

El lenguaje es mesurado, armonioso y equilibrado, pero sin llegar a ser barroco en ningún momento ni a hacer exibiciones de virtuosismo gramatical, con una contención muy medida.

Que ya me gustaría ser capaz de escribir algo así en un artículo científico manteniendo la cara de póquer porque no entiendo cómo siendo mesurado, armonioso y equilibrado es posible siquiera despertar sospechas de que puedas ser barroco. Pero, en fin, como la verdad debe ir ante todo (liberavit vos), tengo que confesar que, como decía uno, para mí el éxito en la redacción consiste en escribir cuatro párrafos y borrar solo tres al cabo del día, así que me consta que escribo muchas frases semejantes hasta que me las releo en otro momento. Bueno, dejemos estos comentarios de lado o acabaremos con lo del violinista y el puente entre culturas.

Un asunto que se subraya bastante en todas las reseñas críticas de Lluvia de verano es el asunto de la melancolía. Por cierto, hay alguna que dice que el prota, Sabri Bey, llega «a las puertas de la infidelidad», que digo yo que será de ahí de donde viene el dicho «de puertas pa dentro» o es que soy muy malpensado y veo polvorones donde no hay mantecados. Volvamos a lo de la melancolía. Como me repito más que el pepino, he contado varias veces lo del hüzün del Pamuk. Yo, como traductor que soy, lo traduje, pero el publisher insistió en dejarlo en turco porque ya vería yo qué risa (no lo dijo exactamente así) y la verdad es que dio en el clavo porque ahora no se le cae de la boca lo de hüzün a todo el que se haya leído Estambul. Y resulta que, de la misma forma que todos los andaluces somos un poco flamencos, todo turco que se precie tiene que ser una miaja hüzünlü o, en su defecto, melancólico. Esto está bien porque enseguida podemos mezclarlo con lo del Imperio/República y Oriente/Occidente y ya tenemos medio comentario hecho. Como les digo, soy un poco burro, así que no le doy tanta importancia filosófica a la melancolía si un personaje antes vivía como un pachá (traducido quiere decir «como un cura») y ahora no tanto. Es como, no sé, como si hubiera desayunado churros y luego se me repitieran y me acordara con agrado de ellos, que no acabo de verlo una muestra de melancolía sino de necesidad de sales de frutas. O como salir a la carretera y decir: «Antes to esto era campo». El problema, supongo yo, es que en la novela sale el Bósforo y ya tenemos la jugada completa.

Lluvia de verano es una novela (o relato) preciosa, pero no la veo yo muy melancólica y mucho menos oriental, por mucho Bósforo que haya —que además lo pintan bastante sucio—. Tengan en cuenta que está escrita en 1955 aunque la acción se sitúe en 1944, y que ya hacía unos añitos de la República y del ciao imperio. Como es verano y según la novela hace una jartá de calor, qué quieren que diga, yo a la moza, más que con aspecto de odalisca de Ingres ahí toda tirada en pelota o de las de Matisse que a Tanpınar debían de gustarle porque las menciona en Paz, me la imaginaba como a una de esas ilustraciones de moda de los cuarenta o cincuenta —precisamente— como las que dibujaba un tal Sáenz de Tejada según me acabo de enterar mientras buscaba un retrato como el siguiente, que muy bien podría ser ella, que parece bastante pijilla en la novela:

¡Hola! Me llamo Fatma y este es mi caique del Bósforo porque vivo en los años cuarenta más o menos.

Y es que lo cortés no quita lo valiente y no tienes que andar por ahí de faralaes para pensar que todo tiempo pasado fue mejor si, además, fue mejor, ni con esa cara triste como la de la cubierta (del libro). Porque es que además nuestra amiga Fatma —esto quizá haya sido un poco de destripe— no es nada triste, sino más bien lo contrario. De hecho, eso es lo que más me gusta (casi) de Lluvia de verano: mientras que Paz tiene tres días con pasado mañana de melancólica y triste y oriente/imperio/occidente/república, Lluvia, con un ambiente muy parecido en más de un detalle o dos —Bósforo, música, grandes casas (en ambos sentidos) del pasado perdido que nunca más ha de volver y de blanco satén— no es nada tristona; o a mí no me lo pareció, a lo mejor porque es bastante más corta, como hemos estado discutiendo al hablar de la morfología de los diminutivos franceses, y no te da tiempo a que te dé la murria.

Pero lo que más me gusta de verdad de Lluvia de verano es, mire usted por dónde, lo que más me fastidia. Y es que toda la historia que ella le cuenta al gachó, y que igual se la ha inventado de pe a pa, pero, como dicen, è ben trovata, que si está lo bastante pirada como para andar por ahí bajo la lluvia con lo malos que son los resfriados de verano…, pues esa historia, decía, encaja en el resto del relato/nouvelle principal como a un Cristo le sientan dos pistolas, y es una mala costumbre que tiene más de un escritor (turco) como tendremos ocasión de ver sin que pase mucho. Es decir, colega, si tienes dos buenas historias ¿por qué coño no las escribes las dos por separado en vez de todo arrejuntao? Y, además, ¿por qué coño es siempre la historia que más me gusta, o sea, la objetivamente mejor, la que sale perdiendo en el trato? Es que no hay derecho, oiga, ni visión comercial/empresarial. Cómo se nota que eran otros tiempos. Si lo pillan ahora hacen por lo menos cuatro películas.

En fin, que si le gustó Paz… Mejor dicho, si es de los que les gusta Tanpınar y si dentro de ese subgénero humano es de los que prefieren Paz al Instituto, tiene asegurado pasárselo pipa con la Lluvia. Eso sí, le sabrá a poco.

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Autores que cuidan a sus traductores

Después de la cena de la primera noche. Además de los traductores también hay amigos, gente de la editorial, de la agencia y de la universidad donde se celebraba el simposio

Hablábamos de Réquiem por Estambul y de Ahmet Ümit, así que no me queda más remedio que contarles sobre el simposio traductoril organizado el año pasado—¿por él, por la agencia, por la editorial, por la universidad en cuestión? Qui lo  sá y a quién le importa—. Ümit es de esos autores que le tienen verdadero afecto a sus traductores y además le parece estupendo lo que hacen y, en general, lo que hagan. Lo demostró cuando la presentación urbi (Estambul) et orbi (planeta Tierra, así como una serie de editores llegados del extranjero) de su última novela por entonces: Elveda Güzel Vatanım, que si tuviéramos valor y no temiéramos ser tomados por asturianos —que tendría que darnos igual— deberíamos traducir por Adiós, patria querida o Estambul de mis amores. Como es bastante consciente de aquello de que para vender hay que anunciarse, no se limitó a preparar un booktrailer, práctica que ya llevaba un tiempo poniendo en ídem, sino que aquello fue una campaña que nada tenía que envidiar a la de invierno de Napoleón contra la Madre Rusia, exceptuando que sus resultados fueron mucho mejores.

Parte de esta campaña consistió en obsequiarnos a todos los traductores de sus novelas que estuviéramos más o menos a tiro (ojo al «menos», porque también se trajo a algunos). Aparte de una cena suprema —el papeo ha sido una constante en todos los eventos relacionados con él— y otro día un festolín  abierto a parientes y amigos (y ojo también a esto porque no es una cena y después una fiesta, sino que implica varios días de desenfreno), organizó una excursión con los mencionados traductores a la que s.s.s. de Vds. no pudo acudir porque tenía clases, que impartirlas. Por cierto, esto es algo que me molesta enormemente cuando lo hace alguna instancia administrativa o autoridad y no un autor: suponer que, como somos traductores y trabajamos en casa —aunque la amiga Hanneke van der Heijden se alquiló una oficinilla con otros colegas para evitar distracciones, tentaciones y lavadoras—, estamos a disposición de cualquiera que toque el silbato porque no tenemos nada que hacer. Otro tanto puede decirse (otrosí digo) de la comida y demás: he estado en saraos institucionales en los que poco menos que esperaban que cayeras rendido a sus pies gritando alborozado «¡Aleluya, aleluya, aleluya! (si no se canta puede omitirse)» por el mero hecho de que te dieran de comer y, si era necesario, albergue. Claramente estas instituciones no piensan que hay traductores que tienen otros trabajos o empleos y mucho menos se les pasa por la cabeza que aquellos que no lo tienen deberían estar traduciendo si quieren llevarse un mendrugo de pan a la boca en el futuro —quizá lo del mendrugo sea un poco exagerado, pero supongo que se me entiende—, lo que creo que se llama «lucro cesante» y que consiste en que si no trabajas, no cobras. Posiblemente las instituciones piensan, en su infinita compasión y sabiduría, «vamos a darles de comer algo que no sea el mendrugo famoso a estos muertos de hambre, nunca mejor dicho, y que se pongan tan contentos». Pero, bueno, que me caliento y se me va el santo al cielo. Con los autores, insisto, esto no pasa porque siempre hay de por medio una relación de (a) respeto y (b) afecto, o por lo menos algún sentimiento, mismamente de odio, pero sentimiento.

El caso es que cuando un autor como Ahmet Ümit, que además es amigo, me invita a lo que sea, acudo con sumo gusto. Si encima es un sarao con más compañeros traductores, pues mejor, porque de esa forma nos conocemos y, evidentemente, tenemos muchas cosas en común. Y si no las tenemos, mejor, así ampliamos horizontes. Total, que cuando el amigo Ümit me llamó para invitarme a participar en un simposio titulado Traducir a Ahmet Ümit a las lenguas del mundo, acepté de inmediato, porque también tiene uno cierta sensación de obligación (para) con sus autores, que no son suyos, sino que solo los traduce. Con eso de las «lenguas del mundo» no querían decir, por supuesto, que con posterioridad se fuera a celebrar otro simposio sobre la traducción de su obra a lenguas extraterrestres o alienígenas, lo que habría sido mucho más interesante, sin duda, sino que nos íbamos a juntar un alegre grupillo de aquí y allá sin demasiadas exigencias de origen, aunque todos terrestres o terrícolas, eso sí. Pero no solo eso, sino que también nos había reservado habitación a Mª Jesús y a mí en el Pera Palas, que iba a ser el centro organizativo y geográfico del simposio en cuestión.

El Pera Palas —en turco, en otras lenguas es «palace»— es el famoso hotel al que llevaban a los viajeros del Oriente Express una vez llegados a su destino estambuleño. Tuvo unos años que decayó bastante, pero lo arreglaron teniendo la precaución de dejar lo antiguo como estaba y ahora la verdad es que hace honor a su nombre porque es bastante la pera. El chistecito es tan horroroso que de escribirlo me ha dado dolor de los pecados, pero no he podido evitarlo. En fin, que el hotel está estupendamente, pero me parecía un poco absurdo quedarme allí viviendo en la misma ciudad, tonto de mí, así que menos mal que Ümit me convenció con el indiscutible argumento de que no tendríamos que hacernos la cama ni el desayuno durante un par de días. Para que se hagan una idea de lo bueno que es el hotel, cuando el recepcionista me preguntó de dónde venía y, graciosillo de mí, le contesté «Şişli», que es como si en el Palace de Madrid dijera, qué se yo, «Prosperidad», por ejemplo, o en Córdoba «San Lorenzo» o qué sé yo, el tipo, muy sonriente, eso sí, ni se inmutó. Para mí, uno de los detalles que demuestran el lujo y el savoir-faire en un hotel es que los recepcionistas sean inmutables, aunque los huéspedes lleguen mismamente a un simposio de lenguas extraterrestres.

El simposio en sí fue únicamente un día y, si nos ponemos muy puntillosos, una tarde. Por la mañana hubo charlas de los diversos capitostes y discursitos de la universidad donde se hacía (en un edificio antiguo en pleno centro de Beyoğlu, de los discursos deduje que el Sr. Ümit había soltado una cierta cantidad de pasta para mejoras) y una primera mesa con el autor, su agente y no me acuerdo de quién más sobre cómo se había ido difundiendo su literatura por esos mundos de Dios/Alá.

Por la tarde hablábamos los traductores, algo que me fastidia enormemente porque me entra el sopor siestorro y no me encuentro nunca en my finest hour. En la primera mesa estábamos (de izquierda a derecha, no pretenderán que me acuerde, estoy mirando una foto) la rusa, muamem, la alemana, la italiana y el inglés. La segunda me parecía más interesante en principio porque sí tenía tema de verdad, aunque acabaron hablando de lo mismo. Se titulaba «el recuerdo de Estambul y Europa Oriental» porque en principio trataría de la traducción de la novela de la entrada anterior a las lenguas balcánicas, donde el turco, muchas veces a regañadientes, sí que tiene un peso cultural. Venían de Macedonia, Bulgaria, Croacia, Grecia y Serbia (de esta mesa no tengo foto, así que puede que fuera en otro orden). Como decía, al final acabamos hablando todos de lo mismo, es decir, de cómo empezamos a traducir una lengua tan rara, cuáles son las mayores dificultades —por lo general, siempre las mismas y casi nunca las que espera el respetable—, qué interés creemos que tiene el autor en nuestros respectivos países, etc., pero poco etc.

Con Mª Jesús y algunos de los estudiantes que vinieron a oírme hablar en turco. Les puse muy buena nota.

Me resulta muy curioso que lo que de verdad le interesa a la gente que acude a estas cosas sean tus aventurillas personales y no los procesos transformacionales de la estructura profunda en superficial. Es como si prefirieran el ¡Hola! (¡qué va!, ¡el Diez Minutos!) a Syntactic Structures. De verdad que no me entra en la cabeza. Y además que cómo se dice esto o lo otro, que nunca se dice porque no lo hay. Oiga, ¿cómo se dice «bollo preñao» en turco? Pues mire, no se dice, pero hay otra cosa parecida. Oiga, ¿y cuando el personaje de tal dice: «hoy no estoy muy católico y se me ha ido el santo al cielo»? Pues mire, tampoco existe eso en turco, pero yo me he inventado algo que queda tan terne. Por supuesto, a todos nos gustaría saber cómo se dicen un sinfín de guarreridas y palabrotas, pero no es lugar un simposio como para preguntarlas. Por otra parte, a mis estudiantes suele hacerles mucha ilusión (o eso me dicen para hacerme la pelota) oírme hablar en turco, porque la verdad no es que me prodigue con ellos. Les hablo en español para que aprendan y para que tengan una oportunidad de practicar porque soy un profesor muy sacrificado.

Lo que más me gustó de todo el invento fue que, al contrario que en otras ferias de este tipo, éramos muchos traductores de países distintos del mismo autor. Lo normal es que sean/seamos muchos traductores de distintas lenguas pero del mismo país. Fue muy, muy interesante. Por ejemplo, el traductor de griego había nacido en el barrio en que yo vivo porque su familia fue de las que echaron con cajas destempladas del país. De eso trata la película Un toque de canela, que tampoco es la repera, pero que no está mal. Hace poco se hizo aquí una exposición muy interesante sobre el tema titulada 20 dólares, 20 kilos porque era todo lo que se les permitía llevar. Aquí les dejo un enlace en inglés. También me reí mucho con las tribulaciones de la macedonia porque se había lanzado de cabeza de traducir culebrones de televisión o folletos turísticos a autores dificilísimos («Oye, ya que sabes inglés y me has traducido un capítulo de Scandal, ¿por qué no te atreves con este librillo que se llama Finnegans Wake? Total, es más o menos lo mismo»).

Sobre todo me resulta interesantísimo conocer a traductores normales, como eran la mayoría. Me explico, en congresos, simposios y jornadas diversas, en cuanto sean de una lengua «rara» (y el turco lo es, para los extranjeros, claro) la mayoría del personal es académico, como la rusa, por ejemplo, y yo, y tendemos a irnos por los cerros de Úbeda y a hablar de cosas y personas de las que nadie tiene la menor idea y, encima, tampoco les importa. Es bueno y te pone bastante los pies en la tierra encontrarte con colegas que se hinchan a traducir certificados de estudios y de penales para luego ponerse a traducir poesía, o con madres abnegadas que sufren los ataques de sus niños a los folios que acaban de imprimir a limpio, o con otras/-os que alternan la traducción con los grupos turísticos y de empresas, etc. Tuve la suerte de poder compartir con ellas siete y ellos dos las dos cenas y la fiesta final. Siempre me queda la impresión de que es ese tipo de traductor heroico el que se merece los homenajes y los premios y no tanto la gente como yo que luego mete estas reuniones en el informe anual de actividades académicas por aquello de que se celebran en una universidad (cosa que hice, claro).

La foto-finish

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Réquiem por Estambul/İstanbul Hatırası

Me he dado cuenta de que hace ya la mar de tiempo que no escribía en esta bitácora mía y de quien la lea y, entre pitos y flautas, se me iban pasando las publicaciones, que para eso lo hice, para dar propaganda en la medida de lo posible a los libros que traduzco, que se vendan como churros y así poder tumbarme a la bartola a la espera de los royalties. Bueno, una vez arreglado el asunto con esta tan poco captatio benevolentiae, vamos a lo nuestro, que es este libro del amigo Ahmet Ümit. Y discúlpenme, que ando muy falto de práctica.

A Ahmet Ümit lo conocerán por la entrada sobre La tumba negra/Patasana, supongo, y, si no, pues les recomiendo que se la lean (la novela). Por si no lo saben, es con diferencia el autor de novelas policíacas más conocido de Turquía y, en más de un sentido, el gran renovador y casi inventor del género. Hace poco estuve en un homenaje que le hicieron y un crítico literario, quizá fuera Doğan Hızlan, hablaba de la poca y mala consideración que había tenido el género policíaco en Turquía y ponía un ejemplo bastante divertido. Recordaba que el gran crítico Fethi Naci, después de deshacerse en elogios sobre Dashiell Hammett, afirmaba con toda su pachorra que  «lamentablemente, escribía novela policíaca» o que «por desgracia, solo lo podrían apreciar los lectores de novela policíaca», que, la verdad, no me acuerdo muy bien, pero sí recuerdo perfectamente que era un comentario que ponía a parir al género y a los lectores. También habría que ver si el colega Fethi Naci —a quien admiro muchísimo— no hablaba bien de Hammett por aquello de que eran del mismo o parecido palo ideológico y habría que ver qué decía de Raymond Chandler, por ejemplo.

En fin, se hacen ustedes idea de que la novela policíaca no ha sido muy bien considerada. Pues bueno, llega nuestro amigo Ümit en los noventa y se saca unas novelas con bastante sabor local que tienen un éxito casi inmediato y lo convierten en un superventas (me contaba un mozuelo de la editorial que de la última habían hecho una primera tirada de 260.000, que se dice fácil y esperaban llegar al medio millón a no mucho tardar). El salto fue sobre todo a partir de Patasana, pero la verdad es que el hombre se lo curra porque no hay feria del libro donde no esté firmando a larguísimas colas ni programa de televisión en el que no esté promocionando sus libros. Porque no sabe que estoy escribiendo esto, que si no seguro que aparece…

Bueno, vamos a lo nuestro. De entrada, Réquiem por Estambul no se llama así en el original, sino Recuerdo de Estambul, pero a los editores de la traducción no les hizo mucha gracia por eso de que «recuerdo» puede ser lo mismo verbo que sustantivo y, como hay muertos, pues «réquiem» queda mejor y más siniestro. En el original el título recuerda, como su propio nombre indica, a las fotos que se hacía la gente de pueblo (si fuera de Madrid diría «de provincias») con fotógrafos callejeros tiempo ha, que solían poner un fondo con un letrero que rezaba —o sea, decía— «Recuerdo de Estambul», con una «ese» al revés, para que quedara más cutre. En español parece más como souvenir o algo así, de manera que se puso a lo Mozart y adiós muy buenas. Tendrán que leerse el libro para opinar qué título es mejor.

DESCLAMANTE: Ahora viene un muy ligero destripe, así que luego no me lloren. La novela es una de las del comisario jefe Nevzat, el poli recurrente de Ümit, aunque no sale en todas sus novelas. En español no es comisario, sino inspector, porque el escalafón policial no es igual en Turquía y España y los turcos no tienen inspectores sino comisarios y nuestros comisarios son sus jefes/directores. El cambio me lo sugirió el propio Ümit porque en inglés también habían degradado al pobre Nevzat y lo habían hecho DCI (supongo).

No es casualidad que la novela se publicara en el año 2010 porque fue el año en que Estambul fue capital europea de la cultura y Ümit pensó lo siguiente (y ahora viene el destripe): «¿Y si aprovecho lo de la capital cultural y escribo una novela que sea al mismo tiempo policíaca y guía turística?». Digo yo que lo pensaría, que tampoco soy telépata. El caso es que lo hizo siguiendo un método muy práctico que consistía en que los fiambres —los muertos asesinados, vaya— fueran apareciendo en lugares emblemáticos de Estambul según su cronología y nuestros policías no tuvieran más remedio que hablar de la historia de la ciudad. Astuto, ¿verdad? Como he dicho, Ümit se lo curra, y no se le ocurrió nada mejor que montarse unas excursiones guiadas por la ciudad para promocionar el libro como si él mismo fuera guía turístico/ciego de romance sangriento. Yo no pude ir, por desgracia, pero salieron en la prensa, en la tele y demás, lo que no fue malo para la publicidad del libro. Les pongo una foto de Ümit con su muerto de cartulina (juraría que delante de Santa Sofía) y un enlace, que aunque esté en turco siempre pueden darle una pasada por el gúgel transleitor, como hace mi hermana con las instrucciones de la sopa de sobre, que tampoco es alta literatura.

Fin de los destripes.

Hablemos todos juntos y yo el primero por la senda de la traducción, aunque ya he mencionado el detalle del comisario que fue inspector. Como había pasado con Patasana, empezamos la casa por el tejado a pesar de mis siempre sabios consejos. Es decir, Ahmet Ümit me encargó la traducción antes de tener una editorial que la publicara. Como somos amigos —de antes—, me puse a sus órdenes y manos a la obra. Tampoco quiero decir que nos diéramos la mano y adiós, que siempre nos firmamos nuestros contratos como si fuéramos empresarios (y tengo que decir que es más cumplidor en los pagos que más de una y dos editoriales que yo me sé). Esto fue —¡madre mía, cómo pasa el tiempo!— más o menos cuando los follones del parque Gezi porque recuerdo que encontré muchos augurios fastos en la novela que nos aconsejaban mudarnos a donde vivimos ahora. Tempus fugit, que en turco se dice «Hey gidi günler, hey!».

Luego pasa lo que pasa, claro, que no es tan fácil encontrar una editorial que lo publique, pero, como se diría Ümit, ¿para qué están entonces los agentes? Y la agente se portó y encontró una editorial, esta vez en México. Sí, sí queridos compatriotas, eso quiere decir que esta novela no la podrán disfrutar en la madre patria (mía) a no ser que la pidan de importación, ¡qué se le va a hacer! Mala suerte. Y mala no solo —me voy esforzando en quitarle la tilde desde que me convencieron— en ese sentido, sino también en el de los derechos de traducción porque en México ná de ná, como en España antes de la L.P.I., la del derecho romano. La verdad es que luego, al menos en mi caso, que traduzco de lenguas que venden poco, acaba uno saliendo mejor a tanto alzado, pero, qué quieren, ya me había acostumbrado yo a mi copyright y van y me lo quitan. [Paréntesis cuadrado: Consultando mis carpetas, es decir, correos emilios antiguos, veo que en origen la traducción iba a ser para una editorial española que incluso debió de mandarme sus normas de estilo. De todo esto no me ha quedado el menor rastro en la memoria.]

Otro asunto vicevérsico, o sea, algo bueno que acaba siendo no tan bueno, es el de las subvenciones. En Turquía existe un programa de apoyo a la traducción llamado TEDA que consiste en que esta institución asume el monto crematístico de la traducción y todos tan contentos. El problema que se ha creado es que ahora la mayoría de las editoriales se niegan a publicar literatura turca a no ser que tengan pillada la subvención, pero como solo —sin tilde, ¿ven?— se concede a libro publicado, se montan unos líos de esos de pescadilla que se muerde la cola y que a veces acaban muy, muy malamente y con el libro sin publicar. No fue este el caso, por fortuna, pero casi casi.

Lo mejor de todo el proceso de traducción fue que me permitió conocer al editor de mesa, Gerardo de la Cruz, también crítico literario y autor de la novela La inacabada vida y obra de J. Chirgo, que tuvo la inmensa amabilidad de enviármela. Empezamos, como siempre empiezo por si acaso, muy de usted y estimado y atentamente, pero acabamos pasándonoslo la mar de bien. Supongo que porque él me consultaba muchas pijadillas (que si tal o cual iba en mayúscula, que qué significaba una cosa u otra y por qué lo hacía así) y a mí me parecía todo estupendamente. Lo mejor fue lo que él llamó el proceso de «tropicalización» del texto, es decir, y casi en sus propias palabras, hacerlo menos «chocante» al lector mexicano. Veo por nuestros correos que casi todo consistió en algunos cambios de vocabulario que me importaban un pimiento (o chile) como «computadora», «estacionar» y demás; en cambiar muchos de mis «le» por «lo» (lo —este es otro «lo»— que lleva a que algunos colegas llamen a ciertos editores americanos «lolos», que sin duda no está muy bonito); algún problemilla con judías, fríjoles o habas; y muy poco etc. Pero bueno, como me dedico a las lenguas, pues ya sabía que habría diferencias. Y además tenía nociones de mexicano gracias a que en mi más tierna infancia los tebeos de Supermán, Batman, Periquita, la pequeña Lulú y otros (recuerdo con especial espanto terrorífico los del vaquero-cantante Gene Autry y compadritos de parecido pelaje como Hopalong Cassidy, así como unos terribles de historias pías) procedían precisamente de aquel país y decían cosas un tanto raras para nosotros (como la exclamación «sí» en lugar de «ea»). Y no era yo solo, que también Ventura y Nieto lo encontraban curioso, como denota el siguiente fragmento de viñeta de Trinca:

Quizá lo más interesante desde el punto de vista lexicográfico fue el debate sobre el apodo de un personaje y que corresponde al apelativo vulgar del órgano sexual femenino. Probablemente influido por el rigor lingüístico-médico de mi madre que la lleva a criticar inmisericordemente el mal uso de «vagina» por «vulva», yo lo —este sí lo es; por cierto, me dijo Gerardo que la Republicana Academia Mexicana de la Lengua ¿? ordena que se acentúen los pronombres demostrativos— llamé (al personaje) Zeki el Chocho, pese a que Gerardo me comentó que los apodos ya no van en cursiva aunque cada editorial tiene su librillo. En fin, juzguen por el siguiente fragmento:

« [Yo] Entonces no estaba con Cello sino con Chocho —de repente notó la presencia de Zeynep y, cosa extraña, aquel vagabundo se ruborizó como una jovencita—. Perdona, hermana, pero ese era su mote. Zeki el Chocho

Gerardo prefirió cambiarlo por «Panocha», que tampoco suena mal, porque allá lo habrían entendido únicamente en el sentido de «que chochea». Ya le conté yo que por aquí también lo usamos en ese sentido, así como para denominar a los altramuces o saladitos, pero que siempre está latente la connotación anatómico-sexual-basta que nos permite reírnos un rato cuando en el cine de verano decimos: «Voy a trincarme un paquetito de chochos». Tampoco le pareció muy comprensible el elegante sinónimo «chumino», aunque a mí tampoco me volvía loco porque en mi tierra también puede significar puntilloso hasta el extremo de la tontería, por ejemplo, usualmente con un sufijo derivativo, como en «Nene, no me seas chuminoso».

Recientemente puede ser testigo en una red social de caras de libro de un eruditísimo debate sobre el tema, casi de arqueología etimológica, de cuál habría podido ser el término original inglés para que en la serie de televisión Jessica Jones opinara en español —negativamente— sobre el uniforme de superheroína: «Si me pongo ese disfraz se me marcará el chumino». Habida cuenta de la pobreza léxica del inglés en estos temas, la mayoría de los eruditos opinaba que sería «pussy», pero resultó ser «cameltoe», que siempre me ha parecido un término más basto que unas bragas de esparto y nunca mejor dicho.

Volviendo a nuestro libro, otra cosa que hizo Gerardo fue acompañarlo con unos grabados históricos de los lugares relacionados con los crímenes, y que se mencionan en la novela, así en plan cutre-antiguo. Y un mapa, que está como muy histórico y que a mí me habría gustado que se viera mejor, pero siempre pueden hacer lo que mi amiga Pepa Baamonde y leer la novela consultando el gúgelmaps.

En fin, que si piensan venir por Estambul de visitilla y quieren, de paso, leerse algo entretenido, les aconsejo que se pillen como puedan la novela, que de verdad de las buenas que eso sí que es instruir deleitando. O, todavía mejor, si van a Cancún de vacaciones y luego planean pasar por Estambul, se la compran allí mismo.

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Descanse en paz

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La cubierta clásica de Memed el Flaco, con un diseño de Abidin Dino

Ayer falleció Yaşar Kemal. Tenía unos noventa y dos años (no está muy claro si nació el año que su padre hizo constar en el registro civil) y llevaba unos meses muy malito, pero sigue dando pena que se haya muerto. Descanse en paz.

Yaşar Kemal era, sobre todo, una buena persona. Un ser generoso que se pasó la vida luchando contra lo que no le parecía bien, lo que tiene mucho que ver con su idea del héroe como «hombre obligado». Sus protagonistas, probablemente porque él mismo se viera así, no son de esos luchadores incansables que se mencionan en los discursos, sino tipos normales que se cansan pero a los que no les queda más remedio que seguir luchando (por parafrasear a un personaje de Mafalda, quizás ella misma). Y si uno de los conceptos clave de sus monumentales novelas es ése del «hombre obligado», el otro es Çukurova, la Cilicia clásica. Una tierra que, hasta cierto punto, recuerda a Andalucía porque es un valle fértil dominado por terratenientes y rodeado por montañas que desde siempre han sido refugio de bandoleros. Çukurova (pronúnciese «Chukurova») era para Yaşar Kemal una geografía humana que representaba al mundo entero. Como le gustaba repetir, Çukurova es cualquier lugar.

No pienso escribir una biografía suya ni hablar sobre su obra más conocida (Memed el Flaco) porque para eso tienen ustedes en la línea la excelente tesis doctoral de Mª Jesús Horta (aquí), que tiene una versión en francés traducida por el amigo Pablo Moreno (acá y acá). La tesis estudia estos dos puntos que hemos mencionado, el bandido generoso y Çukurova, a partir de la definición de Hobsbawm del bandido social, que ponía como ejemplo a Memed el Flaco. No en vano ambos, Hobsbawm y Yaşar Kemal, eran comunistas (más el primero que el segundo, en mi opinión) y lo que el uno teorizaba, el otro lo convirtió en material literario. Si todavía están leyendo esta entrada en lugar de la tesis, están perdiendo el tiempo. Tampoco pienso entrar en si tendrían que haberle dado el Nobel (que creo que sí, pero no a pesar del otro) ni en su condición de kurdo, medio kurdo, medio turco o turco (escribía en turco y eso es lo que más me importa). También me parece una pérdida de tiempo dedicarse a esas discusiones bizantinas en lugar de leer sus libros.

Yaşar Kemal fue y es uno de los más grandes novelistas en turco, si no el más importante. Para mí, es como el Galdós de Turquía; les podrá gustar o no, les parecerá más o menos popular (“don Benito el garbancero”, dicen que llamaba Valle-Inclán a Galdós), pero no cabe duda de que  hay pocos como él. Sobre todo, y eso no lo digo sólo yo, Yaşar Kemal fue un gran constructor de mundos. Decía alguien que un autor tenía que ser local para lograr ser universal; pocos lo han conseguido de una forma tan impresionante como Yaşar Kemal.

En español se pueden encontrar algunas de sus obras, el cuarteto de Memed el Flaco; la novela corta al estilo de las epopeyas antiguas La furia del monte Ararat (sobre las cinco escribí en su momento en este blog); otra novela corta, Si aplastaran la serpiente; el libro de relatos Calor amarillo; y puede que algunos poemas (no me consta que estén publicados, pero sí que se han traducido). Nada más. Y podrán encontrarlos si tienen suerte en libreros de ocasión y similares porque, al menos los publicados por Ediciones B, se descatalogaron y ahora estarán más que destruidos. Poca fortuna ha tenido en nuestra tierra un autor tan grande en la suya que ni siquiera necesita apellido.

P.D. Les añado un enlace a la entrada en la que contaba cómo le conocí, por si les interesa.

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Paz/Huzur (3-El bar de la mona Juana)

PSM V03 D336 Oriental plane

Aquí no era donde el orangután le vacilaba a la orangutana

En otro lugar de este mismo cuaderno de navegación (en concreto aquí) he hablado de una maldición que nos persigue a los traductores de lenguas raras. Nuestras traducciones, al contrario de aquellas latinas del cole de «La Galia toda está divisa en partes tres», no se juzgan según el original en la lengua que sea, sino según las traducciones al inglés o, en menor medida, al francés. Lo repito porque, sinceramente, no me gustaría que mi traducción de esta novela al castellano se juzgara por su versión anglosajona.

Al contrario que otros colegas, que de todo hay en la viña del Señor (Dios, vaya, y tampoco es una viña de verdad), soy  firme partidario de usar traducciones previas de los libros que me encargan. ¿Para qué voy a meter la pata en la trampa que otro ha eludido antes? Es decir, lo que hago es lo siguiente: yo me pongo a traducir y si de repente escribo algo que suena más a chino que a castellano o a turco, lo miro en la otra traducción si tengo alguna o si la entiendo (las traducciones al ruso o al alemán me resultan bastante inútiles para esto). ¿Qué también ahí el resultado es más raro que un perro verde? Me mosqueo y empiezo a darle vueltas a la cabeza y a veces concluyo que el original es así (no siempre) y mejor que se quede como está. ¿Que resulta que le andaba buscando tres pies a un gato que tiene cuatro patas? Humildemente corrijo la burrada que había tecleado. Verán que falta una tercera opción (la cuarta, que tanto la otra traducción como yo estemos cometiendo un profundo error supone que vivimos en la ignorancia y, por lo tanto, felices): aquella en la que me doy cuenta de que «la otra» está metiendo la pata hasta el corvejón en algo que a mí me mosqueaba ligeramente tan sólo. ¿Y entonces? En ese caso pienso que errar es humano y lo diabólico es perseverar, etc., etc. Sin embargo, si los errores se convierten en barbaridades y dichas barbaridades son hasta cierto punto buscadas y encima aplaudidas, entonces me cabreo.

Cuando me puse a traducir este libro, la agente (literaria) tuvo a bien enviarme la traducción al inglés, que apenas hojee porque estaba en formato letrónico para ordenador, que no me gusta para leer. Sin embargo, no me acuerdo por qué, me puse a mirar por internés y me encontré una entrevista con el traductor que me mosqueó muy mucho. Aparte de un montón de tópicos, decía cosas como que libros como éste «lleva unos pocos de años traducirlos» (se ve que los editores en su pueblo tienen más paciencia que en el nuestro, que ponen el grito en el cielo en cuanto les pides quince días), que Tanpınar usa «el árabe y el persa a lo largo de todo el libro dándole un toque de estilo otomano» (cuando, si se hubiera molestado en hojear un periódico de la época, se habría dado cuenta de que es un vocabulario que no se usa ahora pero bastante corriente entonces) o, quizás lo que más me escandalizó, decía sin cortarse un pelo «traté de embellecer el texto» (¿a cuento de qué?) y «no traduje algunas palabras turcas que había en su poético texto original», palabras como «compuesto» o «clima» (todavía si hubiera dicho «nemoroso» habría tenido un pase, pero ¿«clima»?).

Así que decidí echarle un vistazo al texto inglés con la traducción ya muy empezada y me di cuenta de dos cosas. (A) La lengua que se usa en la traducción al inglés me hizo pensar que mis padres habían tirado el dinero a la basura cuando me mandaron a Irlanda de chico, pero no. En la página Goodreads hay muchos anglosajones que no entienden gran cosa tampoco (síndrome True Detective). Particularmente me resulta conmovedora una señora que lo encuentra insoportablemente barroco y precisa que se ha leído dos veces En busca del tiempo perdido. También hay quien dice que la redacción parece de un siglo antes de que el libro fuera escrito, y una tal Suzy Hansen comenta en una crítica en la New Republic «The major problem with this edition of Tanpinar’s novel is that the translation makes it impossible to know whether or not it is actually a good novel», lo cual no entra en mis estándares de «buena traducción». (B, o sea, segunda cosa de la que me di cuenta) No era que el traductor hubiera adornado una miajilla el texto, es que le ha puesto dorados y lentejuelas y pompones y entorchados y bordados y oropeles. De entrada comienza el texto con un « la ciudad de dos continentes» que en el original no aparece y a partir de ahí, sigue. Eso no es simplemente «embellecer», es sacarse de la manga lo que no hay.

Se me ocurrió poner en la red social del anuario (así lo traducen en las series) algo que me escandalizó y que a Celia Filipetto le hizo mucha gracia porque la tiene: nuestro amigo traducía «un árbol bastante grande» por «a sprawling Platanus orientalis». A mí lo del «sprawling» ya me parece adornar, pero lo del plátano (que no banano) y encima en latín es que me dejó patidifuso. Lo hice público con la (mal-) sana intención de echar unas risas, pero, hoygan, una colega casi me capa emascula por mal compañero y demás y lo dejé correr porque no tenía ganas de follones. Según ella, las únicas formas decentes de criticar a un colega son (a) presentando una ponencia científica en un foro académico o (b) ante el comité (¿cómitre?) de ética de la asociación o colegio de traductores correspondiente. Airear las miserias del gremio en público es una indecencia que debe ser castigada.

Pero ahora han publicado la traducción en español (evidentemente, si no, no estaría escribiendo esto) y anda el personal dando la tabarra con la ciudad de los dos continentes y tal y yo temiéndome que me comparen con el colega. Total, que me acordé de algo que contó Eduardo Mendoza en Tarazona:

Hace poco protesté muchísimo en una editorial a propósito de un libro muy mal traducido. Al editor, que es amigo mío, le dije que tendría que darle cien azotes al traductor. El editor me dijo: “Vaya, tú que siempre defiendes a los traductores”. Y le contesté: “Por eso mismo: ya que no vais a premiar a los buenos, por lo menos castigad a los malos, que será una forma de establecer categorías”. Algo hay que hacer.

y he decidido compartir con ustedes algunos detallicos que me llamaron la atención aparte del plátano latino (en nuestro caso yo soy el bueno no premiado y el otro el malo no castigado). Los he clasificado en las tres categorías de las que hablaba el mismo señor traductor, pero en otro orden: la del embellecimiento, la del turco raro del autor y la de la no traducción (o hípernotraducción). Voy a dar muy poquitos ejemplos de cada porque no tengo paciencia y me aburro, pero si se molestan, cosa que dudo, podrán encontrar muchos más.

a) Embellecimiento. Un poner, donde el texto dice, o yo traduzco: «Lo cierto era que el suyo había sido un matrimonio infeliz desde el principio»; él dice, o adapta: «Truthfully, this had been no union of contentment from its genesis», que a mí me parece rizar el rizo una miaja. O llamar a la amada (en el amado transformada) «dulcinea» o «inamorata» (ambas en inglés en el original, digo, en la traducción). O «La claridad cristalina de la melodía estaba tan llena de reflejos oscuros que, sin quererlo, se unían los dos polos que hacen funcionar el espíritu humano, el amor y la muerte», que se convierte en «The lucid melody was laced with such crepuscular undertones that Eros and Thanatos, the two polarities in which the soul of mankind dwelled, merged involuntarily» (en turco es «Nağmenin billuru öyle karanlık akislerle doluydu ki, insan ruhunun çalıştığı iki uç, aşk ve ölüm ister istemez birleşikti», que no quiero que piensen que me comí lo de Eros y Tánatos).

b) Turco raro (que tampoco lo es tanto). Me limito a un ejemplo. En cierto momento le ocurre una cosa muy curiosa. En un párrafo, muy enrevesado, todo hay que decirlo, hay un personaje «que se paseaba con el orgullo de un toro asirio, convencido de que los antiguos dioses de la fertilidad le habían otorgado su potencia» (insisto en que esta traducción es mía). Pues bien, nuestro colega opina que no es un hombre sino una mujer (recuerden que en turco no hay género gramatical) con lo que se ve obligado a hacer el pino con las orejas para que aquello tenga algo de sentido, aunque tampoco es que le preocupe gran cosa.

c) Hípernotraducción. Lo curioso no es que no traduzca algunas palabras porque no le da la gana, sino que otras que están en turco normal y corriente él las transcribe en árabe. Es el caso de «mirac», «ascensión/elevación», que traduce (¿?) casi impepinablemente por «Mi’raj», aunque no se use en el sentido religioso («Mümtaz, in other words, believed he was living through a Mi’raj of Being and an Exaltation of Eşya»). Y, por si acaso, escribe también en árabe algunas que en el original no están (ni siquiera en turco). Por ejemplo, «La diferencia entre ellos residía…», lo traduce por «The difference between them, aşık and maşuk, was…», con esos aşık y maşuk que quién sabe de dónde habrán salido. Es decir, no está en el texto, pero si estuviera, y debería estar, no lo traduciría.

Hay también un cuarto apartado que podríamos llamar «cagadas generales» en el que no voy a entrar demasiado porque a todo el mundo le puede pasar (aunque ya tiene mérito estar haciendo una traducción con un lenguaje anticuado a propósito y luego soltar un «the hips of the sumptuous girl, which were exposed to the bikini line» en un libro escrito en los años cuarenta, y, sí, el subrayado es mío). Sin embargo, me veo obligado a citar una (otra) porque me parece un bonito ejemplo de equilibrio sobre el alambre cuando no se sabe lo que se está diciendo (podrían aprender muchos políticos). En cierto momento el original dice que el sultán Mehmet II y Descartes eran muy jóvenes cuando, respectivamente, el uno conquistó Constantinopla/Estambul y el otro escribió el Discurso del método. Por desgracia, nos vemos obligados a suponer que nuestro compañero ignoraba que ése era el título de un libro, porque «Estambul sólo se conquista una vez. El discurso del método sólo se escribe una vez» («İstanbul bir kere fethedilir. Usul Üzerinde Konuşma da bir kere yazılır»), lo traduce por «Istanbul was conquered just once. As is customary, a lecture is written only once»; es decir «método»>«as is customary» y «discurso»>«a lecture», que igual no había estado mal en otro contexto. De forma similar, traduce el «liquid splendour» de Shelley por «exquisite effluvia» (sí, ya sé que Shelley escribía en inglés, pero igual se dice de otra forma en EE. UU.-nidense; para comprobarlo he probado a poner en el gúguel Shelley+«exquisite effluvia» pero no me sale ná).

Por supuesto, cualquier universitario de medio pelo (yo mismo, que me lo tengo que cortar, el pelo) puede justificarles todas estas decisiones en dos patadas tirando de Nida por acá y de Venuti por allá, pero no sé si es lo que espera un lector de una edición comercial. ¿Qué? ¿Que da igual porque el lector no va a saber cómo es el original y que mira tú las Rubaiyat? Bueno, es verdad, pero, de todas formas, es mosqueante que sólo a uno de los comentaristas de la obra en Amazon no le parezca mal la traducción. Claro que serán lectores normales y corrientes y no traductólogos de pro.

En fin, me dirán ustedes que chivato, acusica, y que la rabia me pica y demás, y que cómo se me ocurre hablar así de un compañero y que si no será envidia. Pues miren, igual sí, pero lo que no me gustaría es que cualquier pijo que le haya echado una ojeada a la versión en inglés y esté en pleno orgasmo lírico porque no entiende nada lea la mía y piense que es una caca porque sí se entiende. Oiga, que el original también lo entendían los que lo leyeron por entregas en su momento en el periódico. Si lo hiciéramos todos así, acabaríamos traduciendo el latín en, ¿lo adivinan?, en latín, pero adornado por si acaso.

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Paz/Huzur. 2-El tiroriro

«¡Pero no me toques el peşrev en suz-i dilara cuando yo estoy en mahur, quilla!» «No me toques tú otra cosa, harmel favol»

«¡Pero no me toques el peşrev en suz-i dilara cuando yo estoy en mahur, quilla!» «No me toques tú otra cosa, harmel favol»

Bien, sigamos con lo que íbamos, que era la novela ésa que les espera en un anaquel de una librería para que me hagan rico y pueda pagar las mensualidades que les debo a los de SPECTRA.

Uno de los temas importantes del libro y que me puso en un serio brete (palabra ridícula donde las haya, como, en opinión de mis estudiantes «oso») fue el asunto de la música. Obviamente, si la acción se sitúa en 1939 y se publicó en 1948, no va a ser la música de Antonio Molina, ni siquiera la de los Shadows, por muy de moda que estuvieran cuando nací, y mucho menos la de, qué sé yo, Ana Belén o Rocío Jurado, a pesar de su relación con Turquía. Ni siquiera, hoygan, la de Palestrina o Mozart (Beethoven una miaja, pa qué nos vamos a engañar). La música de la que tanto hablan en el libro es lo que aquí llaman «música artística turca» o «música turca artística», que más o menos monta tanto, o «música clásica turca» y me les dan ustedes mismos la vuelta a los adjetivos. En fin, es esa misma música que cuando la pasan por la radio, cambio de emisora porque tiendo a quedarme dormido con dolor de cabeza.

Esto último, por supuesto, es por puro desconocimiento prejuicioso, que de haber sabido de antes, no me habría dedicado a hacer lo que hice. ¿Y qué hice? Pues un momentico y empecemos por el principio. La cosa está en que el libro es la continuación de otro que se llama Mahur Beste (de 1944); como uno (yo) sabe idiomas (que no es lo mismo que «hacerse lenguas») era consciente de que «beste» es «composición» en el sentido musical (no en el de, un poner, «en la composición del hormigón armado…»); pero como los conocimientos de uno tienen un límite, también era consciente de que a saber qué significaba «mahur», que podía ser mismamente un nombre, como «Florinda» o «Fulgencio». Pero resultó que no, que «mahur» es un/-a «makam», que el diccionario de İnci Kut (que sí sabe, y mucho, de música porque para eso es hija de sus padres) me traducía como «tonalidad». Muy bien, estupendo, perfecto, o sea, que «mahur beste» es una «composición en (tonalidad)  mahur». Bueno, ¿y qué coño es una tonalidad?

Me fui a la Wikipedia para ver si conseguía saber algo y, como suele pasar porque ahí escribe todo perro pichichi y es pasto de especialistas en el tema que se trate, no me enteré de nada. Si no me creen, sepan que hay artículos muy sesudos que lo demuestran (que no se entiende) porque al contrario que la Británica o la UTEHA (que era la que andaba por casa) los artículos no están escritos por especialistas en redacción comprensible sino por entes que pretenden ser tan exactos que no hay quien se entere. Como me dé por escribir algo de semiótica cuántica se van a enterar. En fin, que me caliento… Miren lo que me dice la Wikipedia:

Los conceptos de tonalidad (clave) y la escala (diatónica mayor o menor) expresan ambos el mismo conjunto de sonidos. La leve diferencia es que el concepto de escala diatónica se refiere al movimiento conjunto (ascendente o descendente) dentro de estas notas, mientras que en la tonalidad (de una obra) se refiere a las notas en si que las forman, junto a sus relaciones: no importa el orden de presentación: pueden presentarse por movimiento conjunto o disjunto, lo cual obedece a los designios del compositor.

Total, que me quedé igual. Gracias de nuevo a İnci Kut (esta vez a su persona, no al diccionario), supe más o menos que las tonalidades son todos esos rollos del sol mayor y el re menor y que tiene algo que ver con las teclas blancas y las teclas negras (lo importante es que cace ratones) del piano, pero ahí ya me perdí bastante, la verdad. Lo malo es que mis amigos turcos que saben de música saben de música clásica occidental, pero de esta otra no tienen ni pastelera idea. El caso es que la música de la que hablan en la novela es sobre todo la que se usaba en las ceremonias de los derviches giróscopos o giróvagos o mevlevíes y de eso sí sabía algo (yo), así que decidí seguir adelante aunque estuviera totalmente pez en lo de la tonalidad. Sin embargo, me roía el gusanillo de la curiosidad y me compré un par de discos, uno se llama, precisamente, Mahur, para ponerlos mientras traducía a ver si me inspiraban, que no. Y fue una pena, porque me resulta muy interesante que bastantes sultanes fueran compositores de este tipo de música y uno de los discos que me compré era, mire usted por dónde, de sultanes compositores como Selim III. Otra cosa de la que me enteré gracias a mis amigos (y resumo) fue que nosotros, los occidentales, usamos pocas tonalidades y los próximo-medio-orientales usan muchas (no me pregunten por qué, ni en un caso ni en el otro, para mí con que hubiera una…).

Y no sólo eso. Mientras nosotros las nombramos sol mayor y re menor como si fueran puertas de un bloque de pisos, en plan 3º B o 5º D, ellos las bautizan a todas y cada una, como la «mahur», sin ir más lejos, pero tienen mismamente una hartá de tonalidades y subtonalidades y qué sé yo. Uf, cada vez me iba liando más porque también tienen sus escalas y sus tonos y su la madre que los parió a todos; yo, que nunca fui capaz de tocar «Era de latón» en la pajolera flauta dulce y mi madre sigue partiéndose de la risa cuando se acuerda de lo que lloraba porque no me salía (ahora que lo pienso, suena un poco sádico por su parte), teniendo que traducir una cosa de música y con el tiroriro del disco que me había comprado induciéndome profundo sopor. Pa que luego digan que traducir no es sacrificado. Por cierto, se me ha venido a la cabeza aquello del concierto para Bangla Desh cuando Ravi Shankar y su grupo tocaron un rato y la gente les aplaudió muchísimo y dice el tío: «Muchas gracias, si les ha gustado como afinábamos, espero que les guste más cuando toquemos». A mí me pasaba algo parecido con esta música.

Al final me acordé de mi antiguo compañero y coleguilla Antonio Torralba, que se hizo profesor de música y forma parte del excelentísimo grupo Cinco Siglos, que hasta tienen canal en yutub y que como son de música arcaica seguro que sabía de makam y maqams y eso por lo de los sefardíes y los moriscos y los musdejáis (esto es de mi padre) y demás. Y resultó que sí sabía porque su grupo es de los mejores del mundo universal (el jamón me lo mandas a casa de mi madre, Antonio, plis, ya hablaremos de lo que te corresponde de los royalties del libro). Y me explicó que la música a la que estamos acostumbrados, como Pablo Abraira o Mozart, es polifónica y esta otra del mahur y los sultanes, pues no, y por eso a mí, que soy un cateto, me resulta un poco plasta y, sin embargo, Pimpinela, que son dos voces, no. Antonse se arma todo el lío de las armonías, que, por ejemplo, no creo yo que la música turca se pueda tocar con una armónica, para que se den cuenta de que voy aprendiendo.

Total, al fin y al cabo tampoco es que los protagonistas sepan mucho de música «antigua» como la llaman ellos, sino que simplemente les gusta y se dejan llevar por el rollo místico. Tengan en cuenta que por entonces no era de muy buen tono y hasta había estado prohibida en la radio año y pico (técnicamente por cateta). Y nuestros protas, aunque les gusta la música (toda), en esto andan una miaja perdidillos. Como dice el libro (o sea, el señor que lo escribió, el original, no este ejemplar en concreto): «Aunque ambos amaban profundamente la música a la turca, no iban mucho más allá de determinadas tonalidades». En plata: que les gustaba lo que les gustaba y lo demás no les gustaba. Por otra parte, también pueden ustedes darle un sentido simbólico a todo esto de la música, no soy yo quien se lo va a impedir porque lo hago moi-même, que sin duda le habría gustado decir a Tanpınar. Pero, en conclusión, si los protas no se parten la cabeza para enterarse de qué es una tonalidad, ¿por qué va a hacerlo uno?

Y ahora viene la pregunta. ¿Hacía falta tanta movida para traducir «makam» por «tonalidad» y «mahur beste» por «composición en mahur»? Pues oigan, no, pero en algo tiene que entretenerse uno, que la ociosidad es la madre de todos los vicios. Y además así en la piscina tendré otro tema de conversación con mi hermana aparte de Penny Dreadful.

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Paz/Huzur (1-Pax vobiscum)

paz

Dirán ustedes con más razón que sendos santos que hace la mar de tiempo que no me dignaba aparecer por aquí. Podría darles mil millones de explicaciones y ninguna satisfactoria, así que me quedaré con la que me parece más válida: durante la mudanza nos deshicimos del sillón en el que escribía estas entradas y ahora, como diría aquél, «no ez lo mizmo». ¿Entonces a qué vengo ahora a molestarles con tonterías? Pues resulta (de) que se acaba de publicar Paz, el último libro que he traducido y me gustaría que lo compraran para ver si me dan royalties, ande, armus telfavol, lo pueden regalar y no hace falta que se lo lean si no quieren.

Bueno, vamos a otra cosa, que van a pensar que soy un interesado cuando en realidad tengo alma de artista. El libro en cuestión, cuya presiosisísima ilustración de cubierta, obra de Ernest Descals pueden ver en la foto (espero), es una jartá de famoso en Turquía, pero ya lo era antes de que lo dijera Pamuk mal que le pese a más de uno en España. De Tanpınar había traducido s.s.s. de Vds. El instituto para la sincronización de los relojes, pero a los turcos tanpinaristas de pro (incluido Pamuk) el que les priva es este otro. ¿Y por qué?, se preguntarán, pues porque trata de (a) de un Estambul del pasado (1938-1939) en el que los personajes recuerdan (b) un Estambul del pasado (de ellos). Es decir, tiene todas las ventajas. Imagínense que viven ustedes en Barcelona (es un poner, por la amiga Celia Filipetto) y se leen un libro (pongamos  Últimas tardes con Nuran) en el que los personajes pasean por las Ramblas de los años sesenta hablando cómo eran antes de, qué sé yo, la guerra de Cuba, todo en plan abuelo Cebolleta, mientras escuchan habaneras y hacen lo que hagan los barceloneses en esos menesteres.

Pues bien, nuestros protagonistas, Mümtaz y Nuran, se pegan buenas vueltas por el Estambul de las mezquitas (resulta que la casa del primo de Mümtaz estaba al ladito de donde tenemos la facultad, miren ustedes por dónde), por el Bósforo antes de que hicieran carreteras y accesos por tierra (así que no hablemos de torres de hormigón y urbanizaciones de cementazo) y hasta se montan una garçonnière y se van de cañas (sobre todo él) por la parte moderna. Lo de poner en francés lo que en mi tierra, obviamente, NO se llama un  «pie a tierra», se debe a que me encontré con que al prota alguien lo llamaba un «flâneur», que, para mi sorpresa, no es un hacedor de flanes, con lo cual no tiene nada que ver con aquel amable mandarín de nuestra infancia, polo opuesto de Fú Manchú. Y, qué quieren que les diga, a mí lo de un pisito de soltero para compartir con la novia me suena más guarro, es decir, mejor, en francés. Por cierto, la palabra garçonnière la he aprendido traduciendo este libro.

El primer problema con la novela me vino gracias a la traducción al inglés (como casi todos, y más adelante hablaremos de eso) porque en turco se llama Huzur y en inglés la titularon A Mind at Peace, por lo que en España se conoce (no gracias a mí, desde luego) como Una mente en paz. Si son ustedes de ciencias se habrán dado cuenta de que mientras en turco el título consta de una (1) palabra, en inglés y, por ende (expresión que me da la risa) en español, está compuesto de cuatro (4). Hummm, vaya… Qué cosa más rara… O puede que no sea tan rara si tenemos en cuenta que más de un diccionario turco-inglés traduce «huzur» como «peace of mind». Sospecho que el responsable del título inglés puede ser el mismo traductor, puesto que en ocasiones parece ser partidario de rizar el rizo y eso de la paz mental (que a mí me recuerda a una canción de Billy Joér simplemente por el «of mind») debió de parecerle muy trillado y como de tirar por lo facilón y le dio la vuelta y en vez de «peace of mind» queda «mind at peace». Creo que podemos estar de acuerdo en que, en principio, sobra lo de la mente. Bien, prosigamos.

Veamos a ver. En turco hay varias palabras que pueden traducirse por «paz» y similares. Lo contrario a la guerra es «barış» o, si eres de antes de la guerra (primera, mundial, gran), «sulh». Por eso uno se puede encontrar el libro del Tolstonoi como Harp ve Sulh, antaño, o Savaş ve Barış, hogaño. La peli aquélla del baile de Audrey Hepburn con Mel Ferrer, acabo de comprobar que era Harp ve Sulh, a la antigua. Otra acepción de paz, como nos indica la SMA (Santa Madre Academia), es «virtud que pone en el ánimo tranquilidad y sosiego, opuestos a la turbación y las pasiones», que parece algo muy santo y muy bueno y alejado del demonio, el mundo y la carne. Que es un poco a lo que van los protagonistas de la novela, exceptuando lo de la carne en ambos sentidos (o, ya puestos, el bebercio). Ésta es bastante parecida a la que nos toca de «huzur», que según el diccionario grande de Petete, digo, la TDK, es (traducido un poco así como manga por hombro a la buena de Dios) «salud, vigor, tranquilidad de corazón, comodidad, descanso» y todo en el sentido de «paz y tranquilidad» como en expresiones: «¡Déjame de una vez en paz, so pelmazo!», o «Pa ti la perra gorda y tengamos la fiesta en paz». También significa, no quiero ocultarlo, «presencia» o «estar» en el sentido de «ante mi presencia se encuentran…». O la presencia de la autoridad por antofagasta, es decir, el sultán. La raíz árabe (la palabra lo es) es la de estar presente, establecerse y tal (de ahí los segundos significados, que no nos interesan), pero también nos dice el diccionario (el normal y Corriente), que significa «presencia de ánimo, serenidad».

A mí me habría gustado mucho traducirlo por «sosiego» porque hay un artículo muy interesante de Berna Moran sobre la novela que se titula: «Bir Huzursuzluk Romanı: Huzur», o sea «Huzur: novela de un desasosiego». Ven el juego de palabras, ¿no? Tampoco hay que ser muy listo. Ahora que lo pienso, tampoco habría estado mal «vivir» y que fuera «Huzur: novela de un sinviví». Ambos títulos habrían sido la mar de chulis porque el truco es que el prota (el de los flanes) es un poco culillo de mal asiento y, sobre todo, está de morros porque la novia le ha mandado a tomar viento (esto no es ningún espoileo [del inglés «disembowel» o, más en general, «rip»] porque lo dicen al principio de la novela) y al muchacho le gustaría tener un poco de paz y tranquilidad opuestas a la turbación y a las pasiones, uséase, sosiego, y poder sentarse al lado de la ventana a que le diera el aire sin peligro de que, en lugar de fresco, los niños le dieran la tabarra con el baloncito de las gónadas masculinas.

Pero la acción se sitúa el día antes de que se declare la Segunda Guerra Mundial y no hay que ser excepcionalmente listo para darse cuenta de que hay ciertas similitudes paralelísticas entre el desasosiego del prota y el de Europa. Así que aquí «paz» y después guerra. Por lo tanto, fuera lo de la «mente en paz» porque (a) se carga el paralelo comparativo y (b) lo mires como lo mires la mente del chiquillo no está en paz, más le gustaría a él, como mucho estará en busca dehacia. Pues bien, por una vez en la vida y desesperando que sirva de precedente, la editorial no hizo caso omiso de la humilde propuesta del traductor y el título en español, como pueden ver, es Paz sin más nada. ¡Ay, qué alegría y qué contento! En fin, les dejo en paz, pax vobiscum et cum espíritu suyo.

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Miguelón Saavedra, el manco del coñac

Battle of Lepanto 1571

Y todo porque se llamaron “Felipillo” y “Selo”

No sé si sabrán que se ha muerto un escritor sudamericano, o hispanoamericano, o latinoamericano, o iberoamericano (no tengo muy claro de qué país era) bastante importante porque le dieron el Óscar mundial de literatura en su momento y el tío no se puso un frac para besarle el anillo al rey ése de Noruega o no sé dónde tampoco, que yo me creí que el anillo sólo se les besaba a los obispos y a los coroneles.

Bueno, pues resulta que si te mueres, a todo el mundo le da por llamarte por como te llamaban tus amigos, probablemente a tus espaldas, y los josés se vuelven repentinos pepes; los franciscos, pacos y así sucesivamente hasta llegar a los gabrieles, gabos como el de fifí y moloko (Gaby era el de Fofó y Miliki, por supuesto). A todo esto, como aquí no se enteran de lo de los dos apellidos, todo el mundo le llama «marcues», menos mis estudiantes que le llaman «marqués», que para eso han estudiado. Y mira que lo de los apellidos tiene lío, porque a, digamos, Cervantes, le llamamos por el primer apellido, a Galdós por el segundo, a Garcilaso por el nombre y a García Marcués por los dos apellidos. Y los estudiantes se me lían, claro, y te hablan de Vega o de Pérez y tú no tienes ni idea de qué te están hablando, menos mal que suele dar igual.

De todas formas, es curioso que todo quisqui de repente sea tan amigo del difunto, es como eso de que todo el mundo tiene un amigo que vio  salir de una discoteca al rey con una rubia. ¿Se imaginan que yo le llamara «Miguelín» a D. Miguel de Unamuno por el mero hecho de que está muerto y no puede darme un capón? ¿O qué me dicen de Miguelón, el manco de la batalla ésa que ganamos para hacer un  coñac carísimo? ¡Qué falta de respeto! Y a D. Pío Baroja, ¿cómo le voy a llamar? ¿Póo, como el teletubi? ¿Piolín? Pues no tenía cara de mala uva con la boina y la bufanda. Todo esto me recuerda a un cura que nos decía que los santos tenían que ser nuestros amigos y que debíamos hablar con ellos apeándolos del título (de san) y tal. En plan, «Oyes, Antoñillo, que me encuentres novia», o «Jerónimo, a ver si haces que me paguen esta traducción sin que se entere la autoridad vasca de la competencia», o «Cucufato, ves y me encuentras las gafas o le hago un nudo a una servilleta y aplícate el cuento». Muy irreverente todo.

A mí Ahmet Ümit me llama Rafo, así que si me muero para todo el mundo seré Rafortega, que no es que me haga muy feliz, pero como estaré muerto, que me echen un galgo. Por cierto, me contaba un colega que en la facultad de letras de Granada a Lorca (segundo apellido), también llamado «Fede» por los entendidos, le llamaban «el Muerto», por antropofagia, o paronomasia (es que ahora no me sale la palabra y eso que la tengo en la punta de la lengua). Lo que puede que no me sentara tan bien sería que me recordaran mayormente por una carta que escribí pero que resulta que no escribí yo, o sea, que la escribió otro señor pero que como resulta que es cursi (y no lo digo yo) gusta mucho más que mis novelas, que son muy largas y con pocos santos y además más raras que sendos perros verdes. Con ocasión del fallecimiento, vuelve a rodar por internés la carta de marras, que está muy bien porque es mega-súper-profunda porque todo lo dice en un par de frases sin que tengan mucha conexión unas con otras. Como no me gustaría que mi carta fuera escrita por otro, voy a intentar pergeñar (este verbo me gusta mucho no sé por qué, como el sustantivo «artilugio») una yo mismo, así más o menos, para que luego no digan. A ver… Ejem, ejem:

«Si el Supremo Hacedor de los Espacios Infinitos Interestelares [es importante citar a Dios aunque seas más ateo que paqué, porque le da un tufillo de trascendencia a tu carta. Todos sabemos que los ateos se van al hoyo mientras los más vivos se comen sus bollos; jo, qué mal suena eso] tuviera a bien concederme un retazo del Tiempo Intemporal [que no lo tendrá] emplearía todas mis fuerzas en cruzar fuentes y fronteras y ser más amable con mis semejantes y, en suma, feliz [esto es importante también, no le pides tiempo al Señor, con lo ocupado que estará para ser un cabrón y encima pasarlo mal].

»Trataría de despertarme más tarde para soñar más [aunque no lo lograría porque me despierto pronto y entonces tendría que acostarme tarde pero me da sueño, y si los sueños son pesadillas, andamos listos]. O soñaría despierto mientras camino por vereditas alegres con luz de luna o de sol [y sin farolas].

»Suspendería menos para tener que corregir menos exámenes [idea que le debo a mi amigo Miguel, a quien puedo llamar Miguel, y no Miguelín o Miguelón, porque de verdad es amigo mío y no un escritor muerto].

»Trataría de levantarme temprano [¿?] para disfrutar de placeres como el de sentarme en una terraza [en primavera-verano] a tomar chocolate con un buen pegotón de nata en lo alto y churros mojados en azúcar para luego poder comprarme pantalones con la cinturilla elástica.

»Aprobaría más para tener que corregir menos.

»Corregiría mis errores y a los demás que les den.

»Le pediría al Altísimo Sacramento [¿pues no se me olvidaba el Señor?] que me infundiera amor [¡fundamental!] para amar a los que amo y a los que amaría amar en el amor amada en el amado transformada.

»Si el Señor me diera valor para expresar mis sentimientos no dudaría en proclamar que Pablo Abraira es el mejón cantante del mundo, y el Puma también, con su pelito; que el mejor poeta es Perales y que los after eight de naranja no están mal. Y dejaría que el odio mese conviltiera en amol por mi prójimo, amén.

»¡Oh, Supermán (© Homero Simpson), haz que los hombres sean lo que son, estén donde estén, sin que parezcan lo que no son porque entonces no sería parecer sino ser y no es así como debería estar [me parece que me he liado, pero bueno]. Mañana es mañana porque es el día después de hoy, nunca lo olvides, porque si mañana afirmas que ayer sabías lo que iba a pasar hoy, serías un economista [si mal no recuerdo].

»Recuerda que cuando la espiches, nadie te recordará, así que no te líes mucho la cabeza sobre si te llamarán Pepe o Juanillo. Allá se pudran.

Podría seguir, claro, pero ya me estoy hartando porque me fallan las fuerzas y creo que he cubierto los puntos fundamentales (felicidad, amor, Señor). También porque tengo exámenes que corregir. A ver si encuentro pirata la peli de «Cien años de Soledad» (aunque mi hermana no tiene tantos años, ni mucho menos, y no sé por qué ese señor tenía que mentarme a la hermana, que mira lo que le pasó al del Martín Fierro) y me la veo para hablar con base del escritor de la carta filosófica.

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Laurentius de Voltolina 001

A ver, los del fondo, no me hablen que como los catee ni Erasmus ni leches…

Últimamente me llevo unas broncas de agárrate y no te menees y más o menos todas por el mismo motivo: mi condición general de intruso. Lo cual, posiblemente, no deje de ser cierto. Es como con mis estudiantes (o empezando por mis estudiantes) cuando me dicen que, como soy español, no entiendo su país. No importa que yo lleve en Turquía más tiempo del que ellos llevan en el mundo: entender un país sólo se logra por derecho de nacimiento. Posiblemente también haya que pertenecer a una raza concreta o haber estudiado la carrera correspondiente.

En primer lugar, soy intruso porque trabajo en un departamento de filología española no siendo de hispánicas. Ser de hispánicas siempre ha sido algo que, como el orden sacerdotal, imprime carácter. No sólo te permite dar clases de lo tuyo, sino también de todo lo que suene a general o teórico y los demás siempre serán unos advenedizos. Vamos a poner un ejemplo para que quede más claro. Jorgito y Pepito estudiaron, respectivamente, filología inglesa e hispánica a principios de los años setenta. Jorgito, que dominaba la lengua inglesa, se fue a hacer el doctorado a Nueva Zelanda (no siempre va a ser EE. UU.) y presentó una tesis calificada con muchas sumas, multiplicaciones, laudes y maitines sobre el reflejo en la estructura profunda de la métrica cualitativa de unos cánticos sobre las ovejas de los aborígenes de allí, entró en el departamento de lingüística universal de la universidad de Aotearoa, de allí pasó a la de Kartoffel en Liechtenstein donde era muy admirado por la aplicación de sus descubrimientos a los tanguillos de Cádiz, y luego a la de Sancta Sanctórum en el Vaticano para traducir a las lenguas angélicas (Corintios, 13, 1) Los siete infantes de Lara, etc., etc., etc. En los cuarenta años de amistad que les unen, Pepito, que nunca ha salido de Villamelonillos de Abajo, donde trabaja en el Instituto de Enseñanzas Mediocres, siempre, pero siempre, siempre, le echa en cara que tenga el morro de trabajar sobre la estructura tonal de los tanguillos cuando no es de hispánicas y él, en cambio, sí, así que sabe de qué está hablando.

Otra intrusión que se me critica es cuando me da por hablar de esa cosa que la gente llama «mundo real» siendo, como soy, profesor. Se produce en dos variantes. La primera es la de los estudiantes, que están convencidos de que no tienes ni idea de lo que ocurre en el «mundo real» por el mero hecho de ser profesor. Es decir, da igual que Juan, además de su actividad como profesor, tenga que pagar un alquiler, lidiar con bancos y hordas de fontaneros, electricistas y demás, que tenga un firme compromiso político que le conduce a un posicionamiento vinculante y dialéctico con los colectivos de los más desfavorecidos, que los domingos vea er fúrbos con los amigos, etc., etc., etc., que Juanillo, que vive con sus padres y repite por cuarta vez segundo de hispánicas, siempre le mirará por encima del hombro porque no sabe lo que pasa «de verdad» «en la calle», que es su lugar de residencia desde el viernes por la tarde hasta la madrugada del domingo. La segunda variante es la del «traductor profesional» (aunque lamento decir que muchas veces no les falta razón). Ya puedes haber traducido cienes y cienes de libros, que como das clases en la universidad, no importa de qué y bien podría ser de derecho laboral, no estás al tanto de lo que supone discutir los contratos con los editores y demás. Tú, supuestamente, te limitas a tu Virgilio y a tu Terencio (aunque luego resulte que traduces las sombras del gris y los códigos leonardos) y te dan igual los aspectos crematísticos (aunque en realidad dependas de los royalties para comprarte un termo nuevo, que hace meses que no te ves la pichilla de tanto ducharte con agua fría).

Esto último se relaciona con la tercera intrusión, la de ser filólogo y osar traducir, manque sean libros de la literatura y también se da en dos variantes. La primera, más rara pero en ocasiones más molesta, es la de los profesores de traducción que te leen la cartilla porque no te preocupas demasiado (o das la impresión de no preocuparte demasiado) por la teoría de la traducción. Es prácticamente la otra cara de la del «profesional» de la que hablaba hace un instante. En la última reunión del gremio a la que fui me llevé un buen rapapolvo de un compañero, al que tengo en alta estima, que me recordó la necesidad que tienen los profesionales de unos mínimos conocimientos de teoría para un mejor desempeño de la profesión, «especialmente los filólogos», añadió sonriéndome amablemente. La verdad, sigo sin creer que para ser un buen artesano tengas que estudiar teoría, pero eso tampoco implica que la desconozca. De la misma forma, no creo que lo que pueda saber de teoría me ayude a traducir mejor, sino a publicar tediosísimos artículos que nadie se lee pero que me dan puntos para cuando me pueda presentar a catedrático. Por cierto, el compañero mencionado (que de verdad que me cae muy bien, palabrita del niño Jesús) es filólogo de formación aunque trabaje en un departamento de traducción.

Y esto nos lleva a la segunda variante de esta crítica de la intrusión pura y práctica y más habitual, la de los (por lo general recién) licenciados en Traducción e Interpretación que inevitablemente te ven como un intruso porque no tienes la titulación que te permitiría traducir impunemente. En esto yo observo un par de puntos discutibles. El primero es que difícilmente podría haber estudiado Traducción e Interpretación si dichos estudios no existían cuando me planteé estudiar una carrera allá por los siglos pasados. Es como si a Arquímedes lo criticaran por no ser licenciado en física cuando en su época no había ni universidades ni casi mundo conocido (ni formatos MLA o APA). A esto se debe el que una simpática lectora de este blog me llamara ladrón de profesión. Es decir, no es que mi profesión sea la de ladrón, sino que, al ejercerla sin estar titulado, le estoy robando su profesión y, es de suponer, su trabajo. Esta idea se debe al segundo punto, que es el que he dejado intuir con el adverbio «impunemente». Sólo los licenciados en Traducción e Interpretación están capacitados para traducir. Pues, oiga, que no estamos hablando de neurocirugía, e incluso así. Es decir, cuando pillan a un neurocirujano falso muchas veces los pacientes están tan contentos y supongo que el problema de la falta de titulación es la ausencia de garantías (que no sé si darán los colegios profesionales), más que los malos resultados, que en neurocirugía pueden ser más graves que en traducción. Porque en el caso de un libro, el editor no se muere como consecuencia de una mala traducción, sino que se atiene al contrato, no la paga y santas pascuas. (Inciso: admito que puede ser más lioso de lo que digo, pero no se muere nadie a no ser que editor y traductor lleguen a las manos y saquen las navajas.)

Por otra parte, tampoco el que el traductor sea licenciado de lo suyo asegura que la traducción sea buena. Por suerte o por desgracia, que de todo hay en la viña del señor, en la traducción de literatura (buena o mala, no importa) hay un cierto componente, digamos, artístico que no tiene nada que ver con una fidelidad exacta al texto original, que es lo que suelen buscar los traductores menos avezados y los críticos de periódicos. Es más una cuestión de swing o de duende flamenco que de exactitud, correspondencia o, ya puestos, de teoría. Muchas veces, al empezar en esto uno no se da cuenta (a todos nos ha pasado) de que una novela (buena o mala, insisto) no es un certificado de estudios ni una sentencia de divorcio. Es decir, no es un objeto que sirve para un fin más o menos específico sino algo cuya misión principal es entretenernos, distraernos y divertirnos en la acepción más básica que tienen estas palabras que es la de hacernos olvidar dónde estamos. Yo leo en el metro para olvidar que estoy en el metro (que tiene un paisaje muy confuso y relativo, como le dijo a su padre un niño que iba a mi lado: «¡Papá, las paredes se mueven!», pero no, nos movíamos nosotros) y para ignorar las miradas de odio que me lanzan los envidiosos porque estoy sentado y ellos de pie. A la literatura hay que darle cierto aire para conseguir del lector ese nivel de abstracción, y a identificar ese duende flamenco sólo se aprende leyendo (literatura y no teoría). De algo así es de lo que habla el amigo David Paradela en un interesantísimo Trujamán que da para mucho más que para esta breve mención, por lo que me disculpo en la esperanza de tratarlo en más profundidad.

Sinceramente, me preocupa bastante que licenciados en Traducción e Interpretación que pueden dedicarse a la traducción de literatura no hayan leído nada de, por ejemplo, Pérez Galdós, que sería más o menos garbancero, allá ustedes, pero es de ésos que hay que leer, y se crean que con un ligero conocimiento de la cultura del país de la lengua de la que traducen ya les vale. Porque, oiga, al fin y al cabo va a tener usted que reescribir un libro y que le quede bonito y ¿cómo carajo va a aprender a escribir bonito en su lengua si no lee a sus autores más clásicos? Cierto, mis estudiantes tienen serias dudas de que para aprender a escribir haya que leer puesto que se trata de actividades (y verbos) distintas, pero es que es una verdad como un templo (de Salomón, digamos). Como decía mi padre: «cortando cojones se aprende a capar». O bien: «leyendo se aprende a escribir». Y ningún título universitario asegura que sepas escribir de forma por lo menos agradable.

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Magma

Fil and Filippa - Chapter 2

No metas el deo que te quemas, ten cuidao.

Existe en este país una especie de magdalena industrial llamada «magma» porque promete un corazón como de nocilla a modo de (y mezclo definiciones del DRAE) sustancia espesa en el interior de la magdalena cual masa ígnea en fusión (aunque habría que meterla en el microondas). La verdad es que decepciona bastante a pesar de que la combinación magdalena+chocolate es infinítamente superior a la conocida de magdalena+té.

No les cuento esto porque tenga hambre, que un poco sí, la verdad, sino porque es una palabra (magma, no magdalena) que se me viene bastante a las mientes cuando traduzco libros como el de ahora. ¿Por qué? Porque lo que ocurre es que entiendes más o menos lo que quiere decir el autor pero no es nada tan claro como aquí te pillo, aquí te mato, cambio esta palabra por esta otra del diccionario y ya está, no señor. Supongo que cuando las lenguas en cuestión están bastante alejadas es más normal que ocurra eso. Es decir, tú te coges en inglés Sense and Sensibility y lo puedes traducir alegremente por Sentido y sensibilidad sin que te importe un comino qué puede querer decir ahí con (especialmente) «sentido».  Muy distinto sería el caso si la obra se titulara, un poner, Bjlomnarl pardtz Lkjioñlid por mucho que supongamos que «pardtz» es «y». Igual significa lo mismo, pero ahí tenemos el magma del que les hablaba.

Es decir, te encuentras con que «Bjlomnarl» quiere decir «sentido», sí, pero tanto el de la vista como el de la visita (chiste familiar que ustedes no comprenderán), y además «sensatez», «sentimiento», «sentina» y «asentamiento». Si la frase es «Pepe se disculpó por sus palabras, no había querido decirlo en ese bjlomanrl. Así que, como demostración de la prudencia y la bjlomanrl que le caracterizaban, expresó sus bjlomanrls más profundos», pues tampoco tiene mucho problema. Lo malo es cuando el libro va de poético. Ojo, no me meto con la poesía, que para mi gusto es una forma de comunicación muy económica (¿quién da más por menos?) sino que hablo (en realidad, escribo) de esa concepción rococó de lo literario que cree que lo más bonito es lo más a) incomprensible y b) hortera o repipi. Veamos un ejemplo: «Pepe vio ante sí el pan chorreante de nocilla (ya puestos…) y egresó en un mimbar de resolutos contraltos que sundrían los amordes de la zolandra matutina en sus más profundos bjlomanrls». Pues te hacen los ojos chiribitas, claro. A saber qué carajo (ustedes disimulen) a) quiere decir todo eso; b) qué quería decir el autor con todo eso; c) si a alguien le importa lo que pueda querer decir todo eso; y d) querrá decir «bjlomanrl» en ese contexto. Si por lo menos hubiera algún falso amigo, te quedaba la posibilidad de traducirlo aunque fuera (¿manque juera?) mal, pero así…

Con el turco me pasa eso a menudo porque muchas veces no tienen un vocabulario tan específico como nosotros (cuando es específicamente específico, uséase técnico, es igual) y las palabras pueden significar varias cosas en español, cosas distintas, añado. Lo normal es tener un poco de sentido (¿?) común y resolverlo de la mejor manera posible. Pero, claro, para eso hay que enterarse de lo que quiere decir, y no siempre es tan fácil por mucho que quiera mi amiga Carmen Francí, a quien pueden felicitar porque le han dado el premio Esther Benítez de este año (a ella con su partenaire artístico Ismael Attrache   y a Mª Teresa Gallego con la doña Bovary). Sobre todo si no te importa no enterarte o bien si lo retuerces todo de forma que parezca que tiene sentido. A ver… Pensemos en una frase como: «Homo sum, humani nihil a me alienum puto». Si me entero y lo traduzco bien, pues no pasa nada. Puedo enterarme y traducirlo mal o feo (caso escolar o traducción cuasi-poética) «Hombre soy, de lo humano nada a mí ajeno considero». También puedo no enterarme y fumarme un puro «Hombre, en suma, los humanos nihilistas a mí, alienígenas putas» en la confianza de que o bien no tiene sentido en el original, o bien algún lector listo se lo encontrará. Por último (casi) está la posibilidad de no enterarse pero aparentar que sí poniéndolo todo la mar de bonico: «La suma de lo humano, que no deja de ser, en mi opinión, nihilista, es una forma de prostitución proveniente del extranjero». Luego está la traducción Lin-Shu, que consiste en enterarte de lo que quiere decir el autor y ponerlo en lo tuyo sin tener ni idea de idiomas y como Dios te dé a entender: «Como soy tío, me gustan las titis», que es una traducción que igual Terencio habría aprobado.

Ahora ando liado con un párrafo más pesado que una vaca en brazos en el que se habla de a) las personalidades particulares de los presentes; b) una frase musical de un caramillo (esto es otra broma familiar); c) la unión mística; d) recuerdos y valles de sombras. Es decir, más o menos intuyes que las almas de los presentes se unen místicamente con la frase musical, pero ¿quién cruza el valle de las sombras, las almas, la frase, los recuerdos, el padre que los parió (el autor es varón)? ¿O es que la música hace que las almas se unan entre ellas en una orgía mística en el valle de las sombras? ¿Ven qué lío? Como el turco no se parece para nada al cristiano, te armas unos follones de no te menees.

Meso curre un poné del libro de ahora que discutí en su momento con Dña. Celia Filipetto. Supongamos un, digamos para no liarla, sintagma nominal de tres palabras. Vamos a ver los equivalentes que nos da de cada una Dña. İnci Kut en su diccionario gordo:

1) X: método, procedimiento, ritmo en la música turca. Me permito añadir que también es «estilo» como en «pollo al estilo de Kiev», por ejemplo.

2) Y (en locativo): encima de, sobre, acerca de. En otra forma: para, como, con el fin de que…

3) Z (en infinitivo como sustantivo a partir de un verbo): habla, conversación, discusión, discurso, conferencia.

Bueno, como ven, podemos hacer bastantes virguerías. «Discusión acerca del ritmo en la música turca», o «Charla con el fin [de establecer] el procedimiento», o «La tertulia como procedimiento», etc. Tengo que avisarles de que las últimas dos posibilidades (no así la primera) contienen amplias dosis de invento traductoril.

El sintagma verbal del predicado dice: «Sólo se escribe una vez», sin demasiados problemas de interpretación. Vale, ¿y qué hago? (Piensen que tenemos a nuestro favor que el editor ignora por completo la lengua turca). Pues menos mal que podemos echar mano del contexto, ver que está hablando de un tal Descartes (un francés de antaño, creo) y, tras una consulta a la wikipedia, intuir que a lo mejor se refiere a un librillo titulado Discurso del método y no tiene nada que ver con tertulias ni charlas. Menos mal, porque igual podíamos haber traducido: «As is customary, a lecture is written only once», que tampoco está tan mal, oigan.

¡Ay, qué disgusto, qué sufrimiento! Con lo bien que están los textos de sota, caballo y rey. Aunque a ésos también hay que meterles un poco de mano con el rollo de la fluidez. Como el magma mental se me ponga tonto, igual entro en erupción (no en regüeldo), me lo invento todo y santas pascuas.

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