Tumbarse a la bartola

Ya te digo, traduje un libro la mar de entretenido y no he vuelto a dar un palo al agua. También soy rico, pero no tiene nada que ver

Hace unos días una colega (no me acuerdo de quién) decía que se las había hecho muy felices porque el libro que tenía que traducir era muy cortito, pero que resultó ser un plomazo —quizá dijera «un tostón»— y su traducción una tortura fumanchunesca. Sí me acuerdo de que Pilar Ramírez Tello, muy diplomática, comentaba que no todo lo que tenemos que traducir nos gusta. Pues sí, así es, señores míos. No todo lo que tenemos que traducir nos gusta siempre porque a veces son unos tostones de a quilo y traducirlos es como un parto chungo, bueno un parto no sé cómo es, pero lo he visto en la serie esa de las comadronas, y, si no, como un duro estreñimiento. Eso sí, como somos grandes profesionales, por muy estreñidos que estemos traductológicamente, el resultado nunca es una caca, sino que huele a gloria bendita, que ya me había dado cuenta de que se podía hacer un chistecito.

No sé por qué la gente, especialmente en su vertiente juvenil de estudiantes, piensa, cree, supone, etc., que todo consiste en que te lees un libro que cambia tu vida radicalmente, digamos que te conviertes al harekrishna, y que entonces lo traduces lleno de entusiasmo para transmitir a todo quisqui urbietorbi la buena nueva y se pasen al harehare. De entrada, debería quedar muy claro que el entusiasmo se enfría una miaja a las trescientas páginas. Por eso estaba tan feliz la colega que mencionaba al principio. De todas formas, si traduces un libro porque te gusta y no porque te lo han encargado, o tienes una editorial y te lo publicas tú después de buscar a los agentes o herederos del Sr. Krishna, o cuando acabes, lo imprimes y lo metes en un cajón para que coja moho mientras escribes a cuatrocientas ochenta y tres editoriales que, sistemáticamente, te lo rechazarán. Eso sí, luego le publican el libro al primo de un pariente del agente literario que les invitó a unos gin-tonics en Frankfurt. Gin-tonics como es debido, claro, y no esos globos llenos de hielo que los anglos, dicen, llaman Spanish gin-tonic. Ahora bien, si después de leer con fervor el libro y antes de traducirlo, esto último es muy importante, eres tú el que invita a los gin-tonics al editor y, como son de los antiguos, de Larios, al segundo ya está la mar de contento y al tercero trompa perdido, entonces sí que tienes posibilidades de que te lo encarguen y andespués lo publiquen.

Lo normal es que estés mano sobre mano entre libro y libro, si no tienes otra profesión como la de profesor, que entonces aprovechas para corregir ejercicios y preparar programaciones y esas cosas, o de, qué sé yo, que tu padre tiene una casquería y te entretienes en colocar bien los ojos de las cabezas de cordero y en colocar las asaduras, blancas a un lado, negras al otro. Entonces, como de sopetón, una editorial te propone que traduzcas un libro. Como te dicen las páginas para que no te hagas ilusiones con el pago, ya sabes si es gordo o no. A partir de ese momento pueden pasar muchas cosas, pero lo más normal es que, si no conoces de antemano el autor o la obra, te informes un poquillo. O no, si te gustan las sorpresas, aunque yo no lo haría. Si ya te suena el libro de algo, igual hasta lo has leído, la cosa tiene menos emoción: si te ha gustado, estupendo (relativamente); si no, o rechazas la oferta o, si quieres comer caliente, te fastidias y te armas de valor. Si te ha gustado mucho, cabe la posibilidad de que cuando lleves quinientas páginas traducidas que has leído cinco o seis veces cada una, ya no te guste tanto.

El caso ideal es que te mandan el libro, te lo lees, te encanta, lo traduces en éxtasis, encima es corto, la traducción te queda como para cantarle una saeta y además te pagan unos pluses por entregarla el día de tu santo. Esto último nunca me ha ocurrido, pero no pierdo las esperanzas. Es algo que pasa, ojo, ¿eh?, que no es que me lo esté inventado, no lo del santo, que te apasione lo que traduces. Yo, por si acaso y al contrario de lo que siempre digo cuando tengo que darles una charla sobre traducción a los estudiantes, nunca me leo el libro con antelación. ¿Por qué? Porque si es un tostonazo, voy a empezar a traducir malamente, todo amargao, en plan ¿y cuánto queda? Además, si es policiaco, un poner, te enteras de quién es el asesino y pierde mucha gracia. De todas maneras, recuerden que soy de familia de médicos y «del médico, lo que dice (y no lo que hace)».

Lo malo es cuando el libro, además de aburrido, está bien escrito. ¿Cómo?, se preguntarán ustedes con toda razón. ¿Pues no será mayor la tortura cuanto peor escrito esté? Bueno, por lo menos, cuando está mal escrito te entretienes cabreándote, resoplando y enmendándole la plana. Esto es importante porque, total, todo el mundo te va a echar la culpa de que esté mal escrito porque ¿cómo iba a publicar nadie en su sano juicio semejante adefesio? Ojo, no olviden el poder de los gin-tonics. O sea, que como van a decir que es culpa del traductor, es moralmente lícito que le eches un apañiyo y así te entretienes. Pero si está bien escrito, todo es «¿Cuánto queda? Quiero hacer pipí».

¿Y qué me dicen de las víctimas colaterales? En otro lugar he contado lo del amigo que me soltó en tolmorro que le habían dicho que yo traducía unos plomos de impresión, con lo cual estaba confesando que no los había visto ni por el forro ni por la cubierta. Sin embargo, la pobre Mª Jesús, a modo de bienes gananciales, se ha convertido en mi correctora (es muy prudente en eso) y primera lectora y se traga cada tostonazo sin comérselo ni bebérselo que no veas. Menos mal que con lo que me pagan la invito a pipas. Cuando tú eres el traductor, en general el libro acaba interesándote por aquello de que los árboles no dejan ver el bosque. Pero cuando pasabas por allí y te obligan a contemplar el bosque en tida su exuberante naturaleza no precisamente amena…

En fin, no quiero aburrirles demasiado a ustedes, así que voy terminando. Había alguien que nos acusaba a los traductores de copiar un librillo y tumbarnos a la bartola a cobrar los royalties para no dar un palo al agua para siempre jamás en lugar de hacer un trabajo aburrido de nueve a cinco, y no andaba muy fino el buen señor, porque también nosotros nos aburrimos y hacemos trabajos que no nos gustan, aunque quizá no de nueve a cinco. A veces más y a veces menos. Y, desde luego, demostraba no haber cobrado un medio por ciento de regalías en su vida.

Pero nadie te dice que traduces cosas muy aburridas si lo que haces son partidas de bautismo, fes de vida y cartillas militares, sobre todo si las juras por tu madre y por la autoridad que te concede el ministerio del ramo y por las que puedes cobrar un pastón. Se ve que las penas con pan son menos, y los tostones con pasta de por medio, también.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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