Al césar, lo suyo

Hamdi Tanpınar (6) Umbrío por la pena y casi bruno, me doy cuenta de que a causa de diversos factores ajenos a la voluntad del autor de los libros puede que las entradas sobre Tanpinar no le hayan hecho justicia. Con la cosa de la guasita, ja, ja, ja, y un poco de complejo de inferioridad por mi parte, la verdad es que me da la impresión de que le pongo un poco verde, pero puedo prometer y prometo que no era mi intención. Y no era mi intención porque Tanpinar es un muy escritor muy grande y muy fino (no en su sentido de delgado). Si no fuera repetirse más que el pepino, volvería a comentar que es el gran maestro del Pabú, digo, del Pamuk, cosa que de hecho estoy haciendo (lo de repetirlo), pero no por eso deja de ser verdad. Él es más serio, formal y exquisito —vid. Paz— y también tiene unas bases estético-filosóficas más sólidas —vid. Cinco ciudades—, pero también sabe tener su mala uva —vid. El instituto para la sincronización de los relojes—.  Me preguntarán ustedes: «¿Y cómo, si tan bueno y tan listo es, fuera de Turquía no lo conocen ni en su casa a la hora de comer?». Y yo les responderé que, primero, fuera de Turquía no es su casa y, segundo, lo que vamos a ver a partir del párrafo siguiente.

Tanpinar ha tenido mala suerte, suerte regular y buenísima suerte («bonísima» según los curas de cuando era chico, que también decían «nono») en sus ediciones en Turquía. Además me da la impresión de que en vida debió de ser bastante insoportable, aunque más fino que un coral, y más arisco que un cactus (una vez muerto, eso no tuvo gran importancia). Es una impresión puramente personal y basada en que me lo he inventado, así que cabe la posibilidad de que no sea cierta. Se consideraba poeta ante todo, pero era tan perfeccionista que publicó bastante poca poesía y además, por mucho que dijera que no, se le notaba, se le debían de llevar los demonios de estar a la sombra de su maestro y mentor, Yahya Kemal, y de que le compararan con él. Así que se dejó de simbolismos parnasianos rimbombantes y de quioscos de malaquita y se pasó al lirismo personalista de qué es la vida un frenesí, un engaño, una ficción o del rincón en el ángulo oscuro. Después de muerto, su discípulo amado, que se había quedado con todos sus archivos, cuadernos, diarios y demás con el beneplácito de sus herederos y no dejaba que los viera casi nadie, basó parte de su carrera en ir publicando y comentando su poesía y en que se le considerara lo buen poeta exquisito que era en plena época de la poesía es un arma cargada de futuro y a las barricadas camaradas. En fin, que para mí que nadie le/lo leía.

(Por la vía, este alumno suyo era un gran defensor del uso de la asociación libre de Jung para analizar textos. Los resultados eran más o menos como sigue y como podrían escribírmelo algunos estudiantes a pesar de mis amenazas de desatar sobre ellos los fuegos del infierno y gritarles hasta que lloran y les rechinan los dientes. «Comente el siguiente poema lírico: “Cuatro esquinitas tiene mi cama // Cuatro angelitos que me la guardan”. Respuesta: Aunque aparentemente el autor habla de su cama y de ángeles custodios, la mención a las cuatro esquinas implica inevitablemente una interpretación de la cama como el mundo. El hecho de que sea la cama la que se usa como símbolo, nos lleva a la conclusión de que trata del viaje de la vida, desde la concepción en el tálamo nupcial hasta la muerte en la cama/túmulo. En ese sentido cabe interpretar a los cuatro ángeles como los cuatro vientos, pero también relacionarlos con los elementos y con los evangelistas, ya que no en vano S. Juan era conocido como el águila de Patmos —de la luz vendrá la luz y lucirá la cruz del águila— y el símbolo de S. Mateo es un ángel. También, dada su posición amenazante en las esquinas de la cama, cabe considerarlos como las cuatro grandes multinacionales que acechan sobre el mundo/cama. Por último, apuntar que es una muestra de paternidad irresponsable dejar a los niños solos al supuesto cuidado de unos seres fantásticos —o, cuando menos, sobrenaturales— como los ángeles, sin olvidar que también fueron ángeles Lucifer y/o Satanás». Cerramos paréntesis.)

Debe de ser duro eso de que te tengas a ti mismo como poeta y el personal te reconozca por tu prosa. Que tampoco mucho, vamos a ver. Él se quejaba de que era víctima de una «conspiración de silencio», lo que es una miaja paranoico. La verdad es que también hay que darle la razón a mi amigo Javier González-Cotta cuando habla de Cinco ciudades: en plena Guerra Mundial (II o 2ª), el tipo se pone a hablar de arquitectura selyuquí en Erzurum, con la que estaba cayendo (la expresión es de Javier); y yo aún diría más, y de poesía mística en Konya, y de paseos en barquita por el Bósforo, y de fuentecitas en Bursa, etc., etc. Y encima, si en poesía estaba la cosa militante, en prosa no veas. Supongo que en gran parte sería por lo de la censura, pero también me da la impresión de que después del sustazo de si entraban en la guerra o no (que es uno de los temas de Paz), con lo bien que les había ido en la última, respiró tranquilo y le importó bastante menos que lo suyo (en el sentido de “¿Y qué hay de lo mío?”). ¿No es también Lluvia de verano en el cuarenta y pocos? Pues eso.

Pero la que le caía por la izquierda —por usar la misma expresión que Javier— por aquello de que no se preocupaba por la lucha del pueblo, que era un preciosista y un escapista y encima no hacía más que decir que a su parescer todo tiempo pasado fue mejor y demás, le caía parecida por la derecha: que si había sido diputado kemalista, que si era un inmoral porque le gustaban mucho las mozas de buen ver, el bebercio y las cartas —me refiero a los naipes de juego, que, según dicen, fueron causa de que no ahorrara como es debido—, que si en su obra las mujeres casadas —vid. Nuran— fumaban y hablaban de tú a los hombres y, para acabar de liarla, fornicaban, etc. Total, que el pobre hombre era como aquel chiste antiguo (tiene que ser de cuando las primeras elecciones) de Forges (s.t.t.l.) en que un hombre con los ojos a la virulé preguntaba si el lector podía adivinar a qué partido político pertenecía y la respuesta era que al centro porque tenía ambos ojos morados. ¡Pobretico! (o desus., u. c. vulg. ¡probetico!)

En resumen, que para mí (y más para él) que no le leía ni el Tato. Así que cuando se murió, menos. Además, el personal se había acostumbrado a la literatura tipo «mi mamá me ama, me mima» y en cuanto la frase se complicaba un poco, ya no la entendían. Para acabarlo de fastidiar, la izquierda era aficionada a usar el turco moderno neoturco y la derecha los palabros arábigo-persianos arcaicos, por lo que se llegaba a la conclusión de que lo vicevérsico era también válido. Así que como en general el personal lector o consumidor de literatura tiende al progresismo izquierdoso —a mi experiencia me remito, si la suya es distinta no me dé la tabarra, plis— y nuestro amigo Tanpinar habría redactado la frase anterior de la siguiente manera: «mi ínclita progenitora me aprecia ubérrima y, por ende, me trata con excesivo regalo, cariño y condescendencia», la conclusión era fácil: «Este tío es un facha». Encima la editorial que le publicaba y que tenía y tiene los derechos de los que hablamos en la entrada anterior no era precisamente de las que ondean banderas colorás al ritmo de los parias del mundo. Así que se leyó todavía menos porque unos lo despreciaban y otros no lo entendían y también lo despreciaban.

Pero se ve que tenía sus lectores subterráneos, por ejemplo el tal Pamuk, que es un poco otro de esos que si todos quieren el café con leche, él lo quiere solo y si todos piden azúcar, él pregunta si no hay sacarina… Y se convirtió una miaja en un autor de o-culto, que seguro que el personal se leía sus libros de noche y no a oscuras porque no verían la letra, pero casi. Y entonces, ¡oh!, ocurrió el milagro y le vino la buena fortuna. Resulta que por un lío de derechos más enrevesado que otro poco, Enis Batur, un conocido poeta y ensayista con un currículum progre impecable —hasta vive por temporadas en Francia— y del que s.s.s. tradujo un librito más raro que un perro verde, publicó en 1992 una antología suya (de Tanpinar) en la editorial Yapı Kredi Yayınları, que a pesar de ser del banco del crédito a la construcción también es bastante progre. ¿Es casualidad que fuera el mismo año que la exposición universal de Sevilla? Hmmm, da que pensar.

A partir de ese momento todo perro pichichi empezó a ir con su Tanpinar debajo del brazo. Para que se hagan una idea: de Paz hubo cuatro ediciones entre 1949 y 1986 (una de ellas de una colección oficial) y doce entre 1992 y 2009 —el año de la edición que yo tengo—, o sea, que se pasa de una por década a casi una por año; y del Instituto para los relojes hubo seis entre 1961 y 1999 en la editorial anterior y actual y ¡trece! entre agosto del 2000 y febrero del 2004 —de nuevo, fecha de la edición que tengo— en Yapi Kredi. Esto sí que da que pensar y no lo de antes.

¿Significaba eso que de repente la gente empezó a entender sus frases enrevesadas (aunque no tanto como las mías), sus palabras arcaicas (aunque prácticamente iguales a las que empleaba la prensa de su época) y sus chistecitos hipercultos sobre poesía y música de aquí (oriente, aunque próximo a medias) y allá (occidente, por ejemplo el finis terrae y non plus ultra)? Tengo mis dudas habida cuenta de que conozco a estudiantes que dicen haber tenido que comprarse un diccionario de otomano para entender su vocabulario —me parece una exageración— y a otros que dicen sentirse elevados en nubes líricas cuando leen sus poéticas páginas pero que he podido comprobar que no entienden ni papa en cuanto la cosa va un poco más allá de «Managua es la capital de Nicaragua», ay, no, que eso era del cuaderno de caligrafía, bueno, se hacen una idea, en cuanto la frase se complica. Y las hay que se complican, que no se hacen idea de lo que suda uno para traducirlas. Pero de repente todo era Tanpinar para arriba y Tanpinar para abajo, de lo cual me congratulo porque es grandísimo escritor y, como además no es un Galdós sino que tiene una obra razonablemente breve, da muy bien para tesis y papers, con lo que no hace sino ponerse más de moda (sin necesidad de leérselo de verdad) entre la intelectualidad académica.

Esa fue la buenísima suerte. ¿Y la regular? Pues la regular fue que después de bastantes años en los juzgados, Yapi Kredi perdió los derechos de explotación de sus obras en favor de la editorial anterior, que por eso vuelve a ser la actual. Y estos últimos da la impresión de que no han hecho mucho más que chupar carrete de la fama que le trajeron los otros y dedicarse a publicar hasta las listas de la compra del buen señor. Esto es más literal de lo que parece porque han publicado sus diarios, que su discípulo amado tenía en custodia bajo siete llaves para que no los leyera nadie.

De todas formas, que le quiten el baile que le dieron a partir de los noventa. Lo que se ha conseguido, y en gran parte gracias a Pamuk y a Paz/Huzur es que se reivindique a este gran autor y se le considere el autor de Estambul por antropofagia, digo, por antonomasia. Del Estambul que fue, de acuerdo, pero no por eso es menos bonito.

Print, Otsu Teahouse Fountain, in The Fifty-Three Stations of the Tokaido Road (Tokaido Gojusan Tsugi-no Uchi), ca. 1834 (CH 18608917)

¿Y tú crees que entenderán el chistecito de la fuente y el amanecer?

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
Esta entrada fue publicada en Ahmet Hamdi Tanpınar, Estambul, Lengua turca, Libros, Poesía. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Al césar, lo suyo

  1. Carlos dijo:

    “Es una impresión puramente personal y basada en que me lo he inventado, así que cabe la posibilidad de que no sea cierta”.
    Usted me hizo reír mucho, en demasía.
    Saludos, estimado.

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