¿Que por qué traduzco?

Theodora de Verdion, an eccentric teacher of languages, a bo Wellcome V0016218EL

Con los millones de los royalties me he podido comprar un paraguas y un sombrero

Un comentario de mi amiga Carmen Anisa (que tiene un estupendo blog de literatura) me ha hecho reflexionar sobre algunos aspectos de la profesión y, claro, me ha dado dolor de cabeza. Así que he decidido poner por escrito mis cuitas a ver si me aclaro. El comentario de Carmen era sobre la importancia de los traductores para la literatura universal y puede parecer una perogrullada, pero hay que entenderlo en su contexto (y esto sí que es una perogrullada, aunque muy de traductores; ¿saben el chiste de cuántos traductores hacen falta para cambiar una bombilla? Respuesta: depende del contexto). Contexto: Carmen es profesora de enseñanzas medias, profesión que despierta en mí un temor reverencial; temor, obviamente, a las hordas adolescénticas que me mirarían por debajo de sus ceños fruncidos coloreados por el acné de no ser porque he logrado evitarlas dando clase en una universidad, donde (a) son un año o dos mayores que los anteriores, lo que no es poco a esas edades, y (b) si no quieren, no van a clase. ¿Y qué tiene eso que ver, me dirán? Con las reverencias del temor, no sé, con la afirmación, mucho, porque en esos años de formación, de // formación (separado) y búsqueda del yo-self, o sea, cuando estás en como se llame ahora el B.U.P., uno necesita que sus guías-profesores le confirmen determinadas realidades que ya intuía o que habría intuido de haberlas pensado. Una de ellas es que los escritores escriben en su lengua (usualmente materna) que solo es una en número, de forma que si quiere multiplicar su obra en varias (lenguas) para enriquecer la literatura universal y su propio bolsillo, alguien tendrá que hacerlo. A la persona que se encarga de ello la llamamos ser humano traductor, para distinguirlo del gúgel transleitor.

He estado meditando en cuál será el motivo para que tengamos que ir soltando semejante afirmación y repetírnosla como loros en todo tipo de encuentros profesionales para quedarnos más contentos (de donde se infiere que no es únicamente una perogrullada destinada a adolescentes) y he llegado a una doble conclusión, o a dos conclusiones. La primera es que, como hemos visto, el autor es uno y los traductores múltiples, podríamos decir ex uno plures, aunque no estoy seguro de los casos, por lo que el autor tiene nombre y el traductor no. Bueno, sí tiene, pero no consta, o no tanto porque serían varios nómbrenes, al menos uno por idioma. Así que hay que recordar que existen en realidad y no son entes virtuales. Y de ahí podemos extraer la segunda conclusión: como hay mucha gente sin nombre que lo hace —y cabe pensar que en muchos casos puede que sean máquinas—, tampoco tiene tanto mérito. No digo yo que no me gustara ser una máquina, como aquel intérprete que me contaron que hojeaba el periódico, supuestamente las páginas deportivas, mientras interpretaba simultáneamente, y con esto no quiero decir que actuara y al mismo tiempo leía el periódico, sino que hacía interpretación simultánea de una lengua a otra y al mismo tiempo, o simultáneamente, miraba el resultado del Betis-Atlético de Madrid. Anécdota que no acabo de creerme, todo sea dicho. Con todo, los resultados no son tan satisfactorios con una máquina que con un ser humano, créanme (o eso me dicen).

En suma, que siendo un trabajo anónimo que puede hacer cualquiera que tenga un diccionario a mano, pero que no por ello deja de ser un trabajo o maldición bíblica, me pregunté por qué traduzco, ya que es algo que me ha salido en las escasas ocasiones en que me he visto en la tesitura de hablar con adolescentes y nunca he sabido muy bien qué responderles. Y empecé a repasar las posibles causas. Todo cartesiano, descarté rápidamente el ABURRIMIENTO como causa eficiente ya que entonces me dedicaría a alguna otro entretenimiento, por ejemplo, a matar gente con cualquier Call of Duty (es muy relajante si piensas que son conocidos tipo jefes y colegas), o a leer clásicos (traducidos) de la literatura universal, como Nostradamus, Alex Raymond o Enid Blyton. Así que pasé a la causa que mueve el mundo.

El DINERO: Ah, el vil metal… Poderoso caballero… Causa de todos los males… Vamos a ver, no es que me disguste. La verdad es que es muy útil para comprar corbatas y sopa (Gila dixit) y cosas así, pero no es mi primera motivación para traducir por varios motivos. El primero y principal es que traducir (libros) es mi actividad segunda y secundaria. Quiero decir que lo que me da de comer y cubre mis necesidades básicas (no esas escatológicas, no, otras necesidades) es mi actividad (¿?) como docente (¿?) de enseñanza superior (¿?), mientras que la traducción me ha servido para el lavavajillas y eso (Tahsin Yücel dixit). Con esto no quiero decir que me considere poco profesional o amante aficionado a tan noble arte o artesanía, sino que, habida cuenta de lo que se paga, como dependiera del menos de un libro que traduzco al año, aviado iba. Esto de la escasez del paganini es mal general, como podrán comprobar si asisten a cualquier reunión de traductores (de libros) y es la principal causa de que los publishers nos tilden de quejicas y amenacen con «deslocalizarse», o, dicho en plata, agarrar sus bártulos e irse con la música a otra parte donde los traductores locales los recibirán —según los antedichos publishers— con gritos de «hosanna, hosanna» (vid. Jesucristo Superstar o, mismamente, El día de la bestia). Claro que, ahora que lo pienso, los mismos publishers lloriquean una jartá de que nunca tienen un duro, y los agricultores, y los financieros, y los banqueros (curiosamente), y el vecino, y el señor que pasa vendiendo roscos de pan con ajonjolí (supongo), y…

Lo que verdaderamente me decide a pensar que no es el dinero lo que me motiva es que ganaría mucho más, por carácter, palabra o folio, haciendo otro tipo de traducciones, no digamos ya si son juradas (palabrita del niño Jesús). Sacaría una buena tajada si me dedicara a traducir pasaportes y certificados de penales, títulos de licenciado y certificados de estudios (por ejemplo, a mis exestudiantes), libros de familia y sentencias de divorcio (no se hacen idea del éxito que tienen), etc., etc. Sobre todo si respondiera a los cantos de sirena de esas simpáticas agencias de traducción que a menudo me mandan mensajes como «Oyes, hemos visto no haces juradas pero necesitamos presupuesto urgente en veinte minutos para traducción cien páginas sobre equipación cabezas nucleares para mañana antes ocho» y que cuando les respondes que, efestiviwonder y con gran dolor de corazón (esto no es cierto), no te dedicas a ese tipo de traducciones, te contestan «Sabes quien hace? Urgente», de forma que acabas con cierto complejo de oficina de información para gente que no tiene tiempo para escribir pronombres relativos. Supónganse que a lo mejor cobro, qué sé yo, pocos euros (brutos) por página traduciendo libros (Virgencita, que no me pille el tribunal de la competencia, voy a hacer como en las pelis por si acaso) «hipotéticamente». Pues bueno, «hipotéticamente» podría pedir chiquicientos por folio de certificado de estudios que, total, la agencia le va a cargar al chiquillo chiquicientos y mucho pico. Y encima los textos son casi todos más o menos iguales, que visto uno… Incluso me han propuesto negocios bastante inmorales, como que haga estas traducciones con máquinas de computar en lugar de con pluma de ganso u oca, pero yo sigo incorruptible.

Visto que no es el dinero lo que me mueve a traducir libros, se me ocurre que quizás sea la FAMA, pero me ha dado la risa. Hombre, no es que no podamos llegar a tener cierto renombre, así, entre colegas, especialmente si, como yo, te prestas a ir a darles charlas a sus estudiantes y te das con un canto en los dientes si te regalan un boli y un cuaderno, pero puedes tener por seguro que nunca serás tan famoso como, parafraseando a mi sobrina Sole cuando era chica, David Bisbal, sin ir más lejos. Lo que está claro es que en este negociado el gachó es el autor y que los únicos traductores verdaderamente famosos son los que ya y además son autores de gran renombre. Borges, por poner un poner que todos conocemos. Además, si eres un autor universalmente conocido nadie te va a decir que en tus traducciones no das pie con bola porque no sabes hacer la o con un canuto, sino que te admirarán por tu originalidad y la audacia de tus soluciones a los problemas de traducción. Todos caerán a tus pies si traduces «The Fall of the House of Usher» como «El otoño de la casa del ujier», fijo.

Esto me trae a la mente otra posibilidad de fama inmarcesible: la académica. Si en vez de traducir te dedicas a escribir papers explicando lo chungamente que han traducido otros tal y cual obra y que tendría que ser así y asá, que tú sí que sabes, conseguirás sin duda poca fama (total, nadie se lo va a leer), pero si lo publicas en revistas intergalácticas con alto índice de impacto, por ejemplo, el boletín de la comunidad de vecinos, que siempre citan sus artículos en el boletín del bloque de al lado y viceversa (basado en hechos reales, se lo juro por la memoria de mi gameboy), conseguirás los ansiados puntos para medrar. Esto está muy bien, porque se supone siempre que eres mucho más listo que el criticado, que tampoco tiene forma de contestarte si es que se entera. Me acuerdo de una crítica de una traducción al inglés de un libro que s.s.s. había traducido con anterioridad, que la despachaban como infame partiendo de un par de desacuerdos (sacados de su contexto) en el primer párrafo, ¡de una novela de tropecientas páginas! Pues nada, según el crítico la habían defecado porque ya habían desvirtuado para siempre al protagonista, a pesar de que queda por delante toda la novela.

Total, la fama no va a ser mucha ni buena (había un poema de Nabokov al respecto, creo) porque excepción hecha de algunos lectores y colegas, nadie te va a agradecer el trabajo. De hecho, todo es susceptible de empeorar y que te identifiquen con los autores que has traducido, porque el personal tiene la peregrina idea —y ya puedes explicárselo del derecho y del revés que no te hacen caso— de que eres tú quien elige los libros que traduces. Y como no les gusten, adiós muy buenas. Por ejemplo, un amigo me comentó una vez: «Me han dicho que traduces unos truños que no veas», a lo que le contesté que yo no tenía la culpa. Afortunadamente no se los había leído, que si no… Pero uno tiene su corazoncito y le da coraje que no le doren la píldora de vez en cuando por sí mismo y no por los autores de los libros que ha traducido.

O sea, que la fama tampoco es un elemento motivador para traducir.

Me entran ganas de decir que a lo mejor es mi deseo de ganarme el Cielo en la Otra Vida, pero no sé por qué me parece un poco calvinista. A lo mejor es porque todos los traductores (de libros) somos escritores frustrados, como reza el dicho habitual entre no-traductores. Nosotros, a cambio, tenemos el de que tal o cual compositor era un pésimo y muy mierdoso pianista, con lo que dejamos inferir que hay autores que muy probablemente suspendieron el examen aquél de las oraciones, los complementos directos y los diagramas en árbol, así como la ortografía, o bien es que faltaron el día que lo explicaron, vaya lo uno por lo otro. Pero no creo que sea por eso, porque si quisiera ser autorcreador, preferiría escribir algo yo, por malo que fuera, que hacerle de violinista a otro.

A lo mejor traduzco por aquello del DICHOSO PUENTE y quiero convertirme en la piedra y los arcos que, cual ONG, unen culturas y gentes a uno y otro extremo del bla, bla, bla, para así mejor contribuir al entendimiento entre pueblos, aldeas, villas y burgos, etc., etc., etc. Pero tampoco me lo creo, porque las lenguas como medio de comunicación me parecen una absoluta vulgaridad chapucera comparadas con las antenitas de las hormigas. Por ejemplo, cuando nos vinimos a Estambul, Mª Jesús buscaba escarpias y yo alcayatas y no nos entendíamos y hablamos la misma lengua. En realidad, lo que me parece una vulgaridad es eso de comunicarse, ganas de meterse en líos.

Y entonces caigo en lo que sí que me gusta de verdad de traducir, que es no solo saber qué coño dice ahí (o síndrome de Champollion) sino en lo bonitas que son las frases cuando no anda uno preocupado con lo de la comunicación, con sus verbitos, sus sujetillos, sus subordinadicas… Y sus palabritas que, ¡qué cosa tan curiosa!, quieren decir lo mismo o parecido que las tuyas, pero no son como las tuyas. Y lo bien que te lo pasas intentando pasarlo a lo que hablas o escribes tú mismo, que parece que estás haciendo a la vez un crucigrama y un sudoku. Y me doy cuenta de que eso me pone tan contento y se me pasa el rato sin sentir.

Los adolescentes mencionados supra creen por lo general que te pones a traducir cuando lees un texto que te arrebata poéticamente y, como te quedas balbuciendo un no sé qué, pues intentas poner más claro (o sea, por escrito) lo que balbuces y, envuelto por el aura literaria, ya te da igual que llueva o truene. Sin embargo, por lo menos en mi caso, todo es bastante más simple aunque sea lo mismo: que me gusta saber qué pone ahí (CRUCIGRAMA) y ver cómo puedo ponerlo yo (SUDOKU). Y, por supuesto y porque traduzco de una lengua tan poco conocida como el turco, que nadie pueda saber si me lo he inventado o no.

Teacher and Pupil, Strauss, St. Louis

Cucha, ven acá pacá. Que no me entere yo de que vas por ahí haciendo el puente

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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4 respuestas a ¿Que por qué traduzco?

  1. Se me saltaron las lágrimas al llegar aquí: 《lo bonitas que son las frases cuando no anda uno preocupado con lo de la comunicación, con sus verbitos, sus sujetillos, sus subordinadicas…》. Eso es dar en la alcayata, digo en el clavo. ¡Gracias!

    • ¡Qué alegría! A veces se siente uno tan solo en los espacios siderales con tanta empatía hacia el autor, tanta integración psicológica con los personajes, tanta responsabilidad intercultural, etc. y tan poco amor por los acusativos y los participios presentes…
      Salud y pesetas

  2. Di que sí, Rafael. Dejémonos de genialidades teoréticas y sumámonos solo en el áurea de la lengua.
    Un saludo,
    David.

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