Detallitos molestos

Death of Marat by David

¡Merde alors! Me dijeron que tendría que firmar con sangre, pero ¡tanta…!

Hace más bien poco recibí noticias de la agente que representa a un autor que he traducido. Quería saber cómo andaba la cuestión de los derechos de la traducción de un libro que se publicó en su momento en España para publicarlo ahora, años más tarde, en otro sitio o lugar. Según ella, el contrato debía haber cumplido (o como se diga) y la traducción debía estar más o menos libre, o sea, con su destino en mis manos. Me permití contestarle que muy mucho lo dudaba y me puse a buscar la copia correspondiente del susodicho contrato para comprobarlo. Aprovechemos que la estaba buscando para hacer un inciso necesario para el lego.

Han de saber que esto de los derechos de autor, que tendría que ser la mar de sencillito, se ha convertido en un asunto más complicado de lo que parece. Sin ir más lejos, en una serie inglesa que estábamos viendo, la abogada va a los EE.UU. de A. del N. a un congreso sobre derechos de autor y la detiene la agencia de seguridad nacional (de ellos) y no me la torturan por poquito, pero sí que la deportan. Claro que ella iba a otras cosas y que la serie no trataba de derechos de autor, pero se hacen una idea. Bueno, a lo que íbamos. Lo que pasa es que hay unos derechos (de autor) morales inalienables, inefables e ini…, inigualables, que no se los puedes pasar a nadie ni te los pueden quitar, como el derecho a la integridad de la obra o a que se reconozca tu autoría. No vaya a ser que cualquier Dj te haga un sampling (¿se dice así?) del Guzmán de Alfarache y luego diga que lo ha escrito él. Para que no pasen estas cosas, don Juan Manuel (era tan famoso que no tenía apellido) hizo el correspondiente depósito legal de sus obras en el convento de los dominicos de Peñafiel y luego escribió:

Como don Juan ha visto y comprobado que en los libros hay muchos errores de copia, pues las letras son muy parecidas entre sí y los copistas, al confundirlas, cambian el sentido de muchos pasajes, por lo que luego los lectores le echan la culpa al autor de la obra, pide don Juan a quienes leyeren cualquier copia de un libro suyo que, si encuentran alguna palabra mal empleada, no le culpen a él, hasta que consulten el original que salió de sus manos y que estará corregido, en muchas ocasiones, de su puño y letra.

Es decir, si me tocan el libro, luego a mí no me vengan con cuentos. ¿Ven lo que pasa si se saltan a la torera los derechos inalcanzables? Todo esto se debe al desenfreno que reinaba en los reinos por culpa de inconscientes como su colega Juan Ruiz, que decía en el casi epílogo de su obra:

Qualquier omne que lo oya, si bien trovar sopiere,
puede más y añadir et emendar si quisiere,
ande de mano en mano a quienquier quel’ pidiere,
como pella a las dueñas tómelo quien podiere.

Es decir, dando permiso a que se lo toqueteara cualquier hijo de vecina como si de traductor francés se tratara —en realidad no me estoy metiendo con ellos porque asumo que «bien trovar supieren»—, a que se lo subieran a la nube internetera para su correspondiente pirateo («ande de mano en mano», como la farsa monea), e incluso llegaba al extremo de dejar que se jugara con su obra al foot-ball de entonces, o puede que balón-mano o cesto («como pella a las dueñas…», o como las mozas feacias mientras la pobre Nausícaa se lavaba sus trapitos toda hacendosa). Pero me temo que estoy divagando.

A lo que iba es que estos derechos inmarcesibles no se los puedes dar a nadie porque son como abstractos, invisibles y de Pero Grullo. Si tú has escrito eso, tú has escrito eso. Y si eso es eso, no puede ser aquello, etc. Pero hay otros derechos, como el de explotación o distribución. Vamos a dar un ejemplo. Supongamos que tengo un piso y quiero distribuirlo: aquí el dormitorio del gato, acullá el armario de los zapatos… No, no es buen ejemplo. Vamos a otro. Digamos que como soy Carpintero, he hecho una silla en número de muchas unidades y quiero venderla en san Andrés, Cañero y el Realejo, un poner. Como soy vago y no quiero moverme de casa, que además está en el quinto pino, contrato a unos quillos que me las distribuyan por las tiendas a cambio de un dinerillo. En eso consiste la explotación de la cosa, no en reventarla con artefactos, sino en el sentido de «marditos explotadores, go home». Pues bien, aunque no se lo crean, ese es el principio de este derecho (de autor) y sí que se puede ceder, como han visto en mi ejemplo ejemplar. Técnicamente no es que el editor le pague un dinerillo al autor o al traductor y yastá como pasaba en tiempos de Cervantes, sin ir más lejos, sino que tú le permites que se saque unos duros distribuyendo tu magna obra. Muy técnicamente, claro.

Como el límite espacial y temporal de esta cesión de la explotación consta en el contrato, algunos editores malandrines —muy pocos y, por supuesto, ninguno de los que tienen en mientes contratarme en el futuro (captatio benevolentiae)— han pensado diversas mañas para aprovecharla al máximo. Una de carácter prácticamente universal o incluso más allá es la de blindar en lo posible los derechos de explotación ad aeternum mediante cláusulas que impliquen la renovación automática o, en su defecto, un derecho preferencial en caso de que se quiera transferir a otra editorial. Así, si se te olvida que caduca el contrato o te importa más bien poco porque todavía le debes mil millones de maravedíes a la editorial en concepto de adelanto, artomáticamente se renueva otros ciento cincuenta años y ya está. ¿Que simplemente te importaba un pito (aquel del sereno) y de repente te llega otra oferta para tu traducción por diez duros y un cucurucho de pipas? Pues te encuentras con que la editorial primigenia (vid. Lovecraft) tiene derecho de preferencia, puesto que sale por la derecha, y te ofrecerá cincuenta y una pesetas y un cucurucho de cacahuetes, más saladitos y con canción de Machín.

La estimada agente de la que hablaba en el primer párrafo apenas daba crédito a lo que oían sus ojos sobre aquello de la renovación artomática porque, según ella, «en Europa no se hacen las cosas así». ¡Ah, Europa!  ¡Paraíso edénico y parnásico donde los canes son atados con sartas de embutido, posiblemente de aquel chorizo que de chicos llamábamos «de rosario» por metafórica similitud! ¡No serás tan paradisíaco continente cuando los perros se ven condenados a ser patiatados aunque sea con sabrosas longanizas! Ejem. Decíamos que la agente no se creía lo de la renovación automática e insistía en que el contrato del autor/escritor ya había vencido, por lo que el mío también debía de haber pasado a mejor vida. ¡Pobrecilla, todavía le faltaba saber la segunda y la tercera partes!

La segunda es que las duraciones de los contratos no son iguales para autores que tienen agentes que se dejan la piel y luchan con uñas y dientes por ellos, que para traductores que firman un contrato-plato de lentejas, no porque tengas que renunciar a tu primogenitura, sino porque eso es lo que hay y si quieres lo tomas y si no, lo dejas. Como todo hay que decirlo, es falso que normalmente se incluya que tendrás que ceder una libra de tu carne (que recuerdo que en Castilla era nada menos que dieciséis onzas) en caso de inclumplimiento de contrato. Si para un autor como el que hablamos son cinco años —aunque no sé si es la norma general—, para un traductor como muamem, son diez o quince. No hace falta ser un genio de las matemáticas para darse cuenta de que, como el ámbito geográfico de la traducción es para «todo el mundo», se lo juro, que solo falta poner «y planetas satélites», como el Comecon, el astuto editor tiene pillado el libro de facto por dos o tres veces la duración del contrato del autor. Pero no queda ahí la cosa, porque puede que no sean números tan redondos y que el contrato del autor sea, digamos, por siete años, y el del traductor por quince, por lo que, gracias a la cláusula de la renovación automática del segundo, aquello se va enredando hasta el día del Juicio Final. Como el autor ve que no puede usarse la traducción porque todavía está vigente el acuerdo, renueva. Como el traductor ve que no puede pasar la traducción a otra editorial porque la anterior todavía tiene los derechos de la obra original, renueva. Cuando san Pedro saque la lista, dirá: «Vamos a ver, los que estén libres de derechos, a mi derecha y que tiren la primera piedra; los que todavía están pendientes, que se esperen un momentico». Y adiós muy buenas.

En estos casos, lo único que puede hacerse es intentar una cesión a terceros, que es otra cosa la mar de bonita que viene en estos contratos. En teoría es cojonuda, porque dice que si la editorial cede los derechos a otra (la tercera parte en cuestión) los cofres de oros y joyas y los lingotes de plata van a escote entre ella y el traductor derechohabiente o como se llame. Tú te frotas las manos a modo de tío Gilito cuando te piden permiso para ceder los derechos de explotación hasta que te enteras de que es por un monto de «nueve duros y nueve pesetas por un total de 49Ptas. más un cucurucho de garbanzos tostados (blancos)», a repartir. Con un pequeño inri, que tu porcentaje de royalties pasa, también artomáticamente, a un cero coma cero por ciento (Ø%) porque no es con ellos con quienes has firmado un contrato. Como además la segunda editorial sea hermana o prima de la primera, la verdad es que se te queda la mosca un tanto detrás de la oreja, mismamente hacia el mastoideo. Pero, como diría la agente, esas cosas en Europa no ocurren.

Ahora otra espinita que tengo clavá. Como no viene al caso, no voy a entrar en detalle en lo de que en las liquidaciones anuales (ejemplo de preterición), si te las mandan, que a mí sí, para qué voy a mentir, sueles salir a deber siempre porque el adelanto que te han dado es habitualmente sobre el cero coma cinco por ciento, o sea el medio por ciento, sí, no el cinco, el cero coma cinco, del precio de venta al público del libro, que cuando ves lo que técnicamente todavía les debes te entra un sudor frío que no veas hasta que te acuerdas de que es de mentirijillas… Ni tampoco voy a hablar (otra preterición) de las ventas negativas, sino de algo que parece muy tontorrón, como son los ejemplares justificativos, que son aquellas copias del libro a las que tienes derecho según el mismo contrato del que estamos ahora sí hablando u otro similar.

Otro asunto que el personal tiende a creer que ocurre en los países civilizados es que dispones (o sea, te han dado) ejemplares casi infinitos de los libros que has traducido. Hace un tiempo —ahora hago un paréntesis— me llegó un curioso mensaje en el que un profesor de enseñanzas medias de un colegio con pocos recursos de no me acuerdo qué país de Centroamérica me pedía, tal cual, sin más por favor ni más gracias, que le enviara un ejemplar de cada uno de los libros que había traducido para que los pobres niños pobres pudieran solazarse en su lectura. Muy amablemente le expliqué que se fuera a la mierda no me iba a ser posible porque, por lo general, el número de ejemplares de los que las editoriales tienen a bien proveerme es de dos o, en ocasiones felices, alguno más. Teniendo en cuenta (matemática) que uno me lo quedo yo, otro me lo llevo a España, que la universidad pretende otro para su biblioteca, que le doy alguno a un amigo y otro a alguien a quien quiero hacerle la pelotilla, al final me encuentro que, como en las liquidaciones anuales, tendría entre manos un número negativo de libros. Menos mal que no le doy a nadie más que a mi hermana, ni a mi madre le doy (pero se lo pueden prestar entre ellas). Tampoco esto es así de radical, la verdad, y si lo pides educadamente a la editorial (¿y por qué lo ibas a pedir maleducadamente?) siempre te dan alguno más. Pero también existen las que los racanean y te da la mar de coraje porque te consta que a los autores les dan más. Y, lo peor de todo, que si te has ofrecido a escribir un prólogo o algo así no te dan ni un duro y te pagan en más ejemplares, de lo que deduces que les sobran, y eso antes de que te manden las liquidaciones esas de las ventas nagativas. Curiosamente, cuantos más te dan, menos acabas quedándote, pero eso pasa por ser manirroto. Este de los ejemplares justificativos es otro detallito que, francamente y sin relación con Francisco, también me molesta. ¿Por qué, cuando todos sabemos que comen en vajillas de oro y arrojan perrillas y peladillas a los pobres desde sus carrozas, son tan rácanos con los justificativos (a veces, insisto)?

Lo del alcance del contrato y la escasez de ejemplares justificativos coinciden en una palabra (dos, si contamos el artículo): las REIMPRESIONES. El contrato normalmente viene limitado por un número de ediciones, digamos de una a quinientos millones elevado a n, cada una de diez a tropecientos chiquillones de ejemplares. No es que se vayan a alcanzar esas ventas, pero siempre cabe la posibilidad de que establezcamos contacto con una raza alienígena bondadosa que haya colonizado miles de mundos y, mire usted por dónde, se ponga en contacto con la editorial porque son sumamente fans de ese autor que tú habías traducido y que hasta la presente había vendido catorce libros (cinco devueltos). Más vale prevenir. Mientras tanto, tú has visto que ha salido la edición en rústica y llamas a la editorial para que te manden tus dos ejemplares que te corresponden por edición. Gran chasco, te responden que en realidad no es una edición sino una reimpresión, cosa que habrías visto de haberte preocupado en mirar la página legal, etc. Sí, sí, es la reimpresión quincuagésimo octava de la primera edición, pero es por no andar cambiando cosas inutilmente. Por supuesto que te mandarán unos ejemplares, si insistes, en cuanto llegue el botones Sacarino de su mili en Bosnia, lo primero que hará será ir a Correos, etc., etc. Los libros te llegan, pero te vuelve a quedar la mosca en el mastoideo.

¿Que hay cosas peores? Sin duda, pero se me han venido estas dos a la cabeza con la conversación transcrita supra con la agente de la agencia, así que, como mi mayor aspiración es iluminarles en la medida de lo posible, las comparto con ustedes. Seguro que hay algún colega al que le pasa lo mismo. Lo de que un tercer detalle que me molesta sea la tontería de algunos que se creen que en Europa no pasa …………. (añádase lo que se desee), mejor lo dejamos para otro momento.

An old woman reading. Line engraving by J.G. Wille after G. Wellcome V0015827

¡Uf, qué letra más chiquitilla! A ver qué dice…

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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