Las bibliotecas de Dédalo/Kütüphane: Bir Başka Labirent Öyküsü

Las bibliotecas de Dédalo es uno de los libros más raros que me ha tocado traducir. Y no sólo por ese Dédalo del título, que cualquiera sabe de dónde ha salido. Bueno, mucho peor habría sido si lo titulan Las bibliotecas de Dédalo del Bósforo en Estambul. De Enis Batur me había leído sobre todo ensayos de crítica literaria porque lo que es su literatura creativa (no sé muy bien cómo llamarlo) no me apasiona precisamente. A mí me quitan de los tebeos y El código Da Vinci y es que me entra un sopor… O quizás no sea para tanto, porque con el Da Vinci ése tampoco es que me diera por tirar cohetes; cuando lo acabé, sí.

Digo que es un libro raro porque yo soy muy cuadriculado, muy de sota, caballo y rey. Muy de sujeto y predicado. Muy, como dicen mis estudiantes, de introducción, nudo y desenlace. Y Las bibliotecas, que en turco es sólo una, me desconcertó porque se trata de un texto que no pude encajar en ninguno de los géneros que conocía (a saber: policíaco, del oeste y rosa). Me recuerda a esas cosas que escribe Vila-Matas a las que a veces les ponen la etiqueta de “novela”, pero que si eso es una novela yo soy el Santo Padre, por ejemplo, aunque nunca digas de este agua no beberás.

Y el libro tuvo su éxito, no se crean, se ve que hay gente menos cateta que yo. Si echan un vistazo a foros y blogs podrán comprobarlo. Por ejemplo, dice un tal Luis Manuel Ruiz:

En capítulos breves que asemejan entradas de un diario o conversaciones entrecortadas con la posteridad o con el olvido (que son lo mismo), Batur indaga en los principales síntomas de esta enfermedad de papel y cuero [bibliofilia o bibliopatía, el carpintero traductor]. La Biblioteca que le obsesiona, el prototipo en el que las menores y cotidianas se reflejan indirectamente como rostros en gotas de agua, es un edificio inacabable, diseñado por Étienne-Louis Boullée, con pasillos como los de las fábulas de Kafka y las escaleras entrecruzadas que ilustran los delirios de Piranesi.

Se pueden imaginar la de tiempo que anduve informándome sobre toda esa gente. Menos mal que ahora con internet no tengo que subirme a una silla para alcanzar los tomos de la Biblioteca Británica que tenemos en el departamento en lo alto de un armario porque, entre otras cosas, tienen una cuarta de polvo. Y, de esos polvos, estos lodos.

En fin, que acepto a regañadientes que estoy traduciendo un libro que no puedo colocar en mis parámetros mentales y entonces viene la segunda parte. El librito, y mira que es breve, me fastidió lo que, en mi opinión, es el requisito fundamental de todo traductor: el sentido común. Porque mira que somos capaces de poner burradas por no pensarlo. Por ejemplo, si veo escrito en el original que un francés come ancas de rana, se me disparan las alarmas del sentido común. ¿Cómo va a comer un europeo una guarrada semejante? Así que tomo nota, lo compruebo y veo que sí, que las ancas de rana se comen y, al parecer, son un bocado exquisito. Con su pan se lo coman. Y lo traduzco tal cual. Pero si veo que comen, digamos, chochos y moscas (y antes de que nadie proteste, me permito informarles de que “chocho” es el nombre que se le da en mi tierra a los altramuces -fruto del lupinus albus, que se puede disparar al cogote de la persona que tenemos delante en el cine de verano dándole un leve mordisco y presionando la piel-, no me sean malpensados). Decía que si veo que los franceses comen chochos y moscas, ahí ni me documento, porque ¿quién va a comer moscas a pesar de su alto contenido en proteínas? Así que lo investigo de otra forma, generalmente preguntando a algún amigo, y lo traduzco de manera distinta, qué sé yo, como “tontadas y porquerías”, por ejemplo.

Todo esto viene a cuento de frases como: “En sus rostros aguarda mi secreto, mis secretos; y en la otra cara oculta lo que expresa de manera indirecta”, que les juro que dice eso. Es decir, que dice lo que quiere decir, aunque nosotros… ¡Uf, que lío! Y a mí me costaba un trabajo traducir estas frases que no vean ustedes. O formas de expresarse como “un sistema de escaleras de peldaños en número creciente”, ¿crecen los peldaños o las escaleras? ¿Quién sabe? ¿Cómo va a existir una escalera que no tenga un número creciente de peldaños? Mi único consuelo es que mis amigos turcos estaban tan confusos como yo. Mal de muchos…

Lo mejor en estos casos es hacer como en la traducción francesa. Claro que ellos tienen la ventaja de que Batur sabe muy bien francés, no como el hidalgo portugués del poema, y me huele que revisó la traducción. Y me huele que la revisó porque la versión francesa hace de su capa un sayo y donde dice digo dicen Diego cuando les place (me permito recordar que la doctrina del libre albedrío ha sido justificada por S. Agustín y Sto. Tomás, así que no es pecado traducir como te dé la gana). Supongo que no se habrían atrevido a hacerlo de no contar con el beneplácito del autor. Eso sí, en mi poco conocimiento del francés, me parece que suena la mar de bien, como muy místico-poético-metafísico. También me da en la nariz, y la tengo bastante hermosa, que no es una práctica poco habitual en la France. ¿Será algo que les queda de cuando lo de las “belles infidèles”?

Por si hay alguien que no lo sabe, los franceses del siglo XVII opinaban, de una forma políticamente muy poco correcta, que las traducciones eran como las mujeres: si es fiel, es muy poco probable que sea bella, y viceversa. Claro que eran mujeres francesas de aquella época, que a las españolas les puedes dar un beso en la mano, o de hermano, pero un beso de amor no se lo dan a cualquiera. Y además, vamos a ver, ¿prefiere usted leerse un pestiño o algo bien bonico? Pues algo bonito, claro que sí. ¿Y usted sabe, pongamos por caso, chino cantonés? ¿Que no? ¿Pues que más le da lo que diga el original? Vamos a ver si no somos pejigueras y entramos un poco en razón, hombre. Tanta tontería.

A todo esto, me he entretenido en buscar un correo que me mandó Enis Batur cuando le pregunté algunas dudas y me escribe lo siguiente: “Fransızca çeviriye çok güvenmeyin, derim !” que lo podemos traducir a lo feo, o sea, a lo fiel, como “No confíe mucho en la traducción francesa, ¡digo!” y a lo bonito infiel de esta guisa: “Yo le diría que no confiara mucho en la traducción francesa”. ¿Por qué sería?

P.D. Acabo de darme cuenta de que esa actitud me molesta un sí es no es. O sea, escribes un libro, sabes francés, dejas (más o menos) que te lo traduzcan, ¿y luego no te fías? Entonces, ¿para qué sabes francés? Revísalo, muchacho, que no creo que te lo vayan a impedir. Pero es que es tan fácil… Consigo que me traduzcan, me invitan a hacer unos bolos por el mundo, y si alguien me suelta en los ruegos y preguntas “Su libro de usted es una miaja raro, ¿no?”, suspiro profundamente, enarco las cejas y murmuro cabeceando: “Es que estos traductores…”.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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6 respuestas a Las bibliotecas de Dédalo/Kütüphane: Bir Başka Labirent Öyküsü

  1. carmen abuela dijo:

    ¡Huy! ¿no se enfadará contigo ese señor autor del libro? La verdad es que sí es un pelin rarito pero yo he leido o, mejor dicho, he intentado leer algunos escritos en mi propia lengua materna y pensaba que si no les pillaba la onda era por mis gustos porteriles, y que me perdonen las porteras intelectuales.

  2. Celia Filipetto dijo:

    Carpintero, a mí me pasa lo mismo que a usted.

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