Licenciado a cadena perpetua

Laurentius de Voltolina 001

A ver, los del fondo, no me hablen que como los catee ni Erasmus ni leches…

Últimamente me llevo unas broncas de agárrate y no te menees y más o menos todas por el mismo motivo: mi condición general de intruso. Lo cual, posiblemente, no deje de ser cierto. Es como con mis estudiantes (o empezando por mis estudiantes) cuando me dicen que, como soy español, no entiendo su país. No importa que yo lleve en Turquía más tiempo del que ellos llevan en el mundo: entender un país sólo se logra por derecho de nacimiento. Posiblemente también haya que pertenecer a una raza concreta o haber estudiado la carrera correspondiente.

En primer lugar, soy intruso porque trabajo en un departamento de filología española no siendo de hispánicas. Ser de hispánicas siempre ha sido algo que, como el orden sacerdotal, imprime carácter. No sólo te permite dar clases de lo tuyo, sino también de todo lo que suene a general o teórico y los demás siempre serán unos advenedizos. Vamos a poner un ejemplo para que quede más claro. Jorgito y Pepito estudiaron, respectivamente, filología inglesa e hispánica a principios de los años setenta. Jorgito, que dominaba la lengua inglesa, se fue a hacer el doctorado a Nueva Zelanda (no siempre va a ser EE. UU.) y presentó una tesis calificada con muchas sumas, multiplicaciones, laudes y maitines sobre el reflejo en la estructura profunda de la métrica cualitativa de unos cánticos sobre las ovejas de los aborígenes de allí, entró en el departamento de lingüística universal de la universidad de Aotearoa, de allí pasó a la de Kartoffel en Liechtenstein donde era muy admirado por la aplicación de sus descubrimientos a los tanguillos de Cádiz, y luego a la de Sancta Sanctórum en el Vaticano para traducir a las lenguas angélicas (Corintios, 13, 1) Los siete infantes de Lara, etc., etc., etc. En los cuarenta años de amistad que les unen, Pepito, que nunca ha salido de Villamelonillos de Abajo, donde trabaja en el Instituto de Enseñanzas Mediocres, siempre, pero siempre, siempre, le echa en cara que tenga el morro de trabajar sobre la estructura tonal de los tanguillos cuando no es de hispánicas y él, en cambio, sí, así que sabe de qué está hablando.

Otra intrusión que se me critica es cuando me da por hablar de esa cosa que la gente llama «mundo real» siendo, como soy, profesor. Se produce en dos variantes. La primera es la de los estudiantes, que están convencidos de que no tienes ni idea de lo que ocurre en el «mundo real» por el mero hecho de ser profesor. Es decir, da igual que Juan, además de su actividad como profesor, tenga que pagar un alquiler, lidiar con bancos y hordas de fontaneros, electricistas y demás, que tenga un firme compromiso político que le conduce a un posicionamiento vinculante y dialéctico con los colectivos de los más desfavorecidos, que los domingos vea er fúrbos con los amigos, etc., etc., etc., que Juanillo, que vive con sus padres y repite por cuarta vez segundo de hispánicas, siempre le mirará por encima del hombro porque no sabe lo que pasa «de verdad» «en la calle», que es su lugar de residencia desde el viernes por la tarde hasta la madrugada del domingo. La segunda variante es la del «traductor profesional» (aunque lamento decir que muchas veces no les falta razón). Ya puedes haber traducido cienes y cienes de libros, que como das clases en la universidad, no importa de qué y bien podría ser de derecho laboral, no estás al tanto de lo que supone discutir los contratos con los editores y demás. Tú, supuestamente, te limitas a tu Virgilio y a tu Terencio (aunque luego resulte que traduces las sombras del gris y los códigos leonardos) y te dan igual los aspectos crematísticos (aunque en realidad dependas de los royalties para comprarte un termo nuevo, que hace meses que no te ves la pichilla de tanto ducharte con agua fría).

Esto último se relaciona con la tercera intrusión, la de ser filólogo y osar traducir, manque sean libros de la literatura y también se da en dos variantes. La primera, más rara pero en ocasiones más molesta, es la de los profesores de traducción que te leen la cartilla porque no te preocupas demasiado (o das la impresión de no preocuparte demasiado) por la teoría de la traducción. Es prácticamente la otra cara de la del «profesional» de la que hablaba hace un instante. En la última reunión del gremio a la que fui me llevé un buen rapapolvo de un compañero, al que tengo en alta estima, que me recordó la necesidad que tienen los profesionales de unos mínimos conocimientos de teoría para un mejor desempeño de la profesión, «especialmente los filólogos», añadió sonriéndome amablemente. La verdad, sigo sin creer que para ser un buen artesano tengas que estudiar teoría, pero eso tampoco implica que la desconozca. De la misma forma, no creo que lo que pueda saber de teoría me ayude a traducir mejor, sino a publicar tediosísimos artículos que nadie se lee pero que me dan puntos para cuando me pueda presentar a catedrático. Por cierto, el compañero mencionado (que de verdad que me cae muy bien, palabrita del niño Jesús) es filólogo de formación aunque trabaje en un departamento de traducción.

Y esto nos lleva a la segunda variante de esta crítica de la intrusión pura y práctica y más habitual, la de los (por lo general recién) licenciados en Traducción e Interpretación que inevitablemente te ven como un intruso porque no tienes la titulación que te permitiría traducir impunemente. En esto yo observo un par de puntos discutibles. El primero es que difícilmente podría haber estudiado Traducción e Interpretación si dichos estudios no existían cuando me planteé estudiar una carrera allá por los siglos pasados. Es como si a Arquímedes lo criticaran por no ser licenciado en física cuando en su época no había ni universidades ni casi mundo conocido (ni formatos MLA o APA). A esto se debe el que una simpática lectora de este blog me llamara ladrón de profesión. Es decir, no es que mi profesión sea la de ladrón, sino que, al ejercerla sin estar titulado, le estoy robando su profesión y, es de suponer, su trabajo. Esta idea se debe al segundo punto, que es el que he dejado intuir con el adverbio «impunemente». Sólo los licenciados en Traducción e Interpretación están capacitados para traducir. Pues, oiga, que no estamos hablando de neurocirugía, e incluso así. Es decir, cuando pillan a un neurocirujano falso muchas veces los pacientes están tan contentos y supongo que el problema de la falta de titulación es la ausencia de garantías (que no sé si darán los colegios profesionales), más que los malos resultados, que en neurocirugía pueden ser más graves que en traducción. Porque en el caso de un libro, el editor no se muere como consecuencia de una mala traducción, sino que se atiene al contrato, no la paga y santas pascuas. (Inciso: admito que puede ser más lioso de lo que digo, pero no se muere nadie a no ser que editor y traductor lleguen a las manos y saquen las navajas.)

Por otra parte, tampoco el que el traductor sea licenciado de lo suyo asegura que la traducción sea buena. Por suerte o por desgracia, que de todo hay en la viña del señor, en la traducción de literatura (buena o mala, no importa) hay un cierto componente, digamos, artístico que no tiene nada que ver con una fidelidad exacta al texto original, que es lo que suelen buscar los traductores menos avezados y los críticos de periódicos. Es más una cuestión de swing o de duende flamenco que de exactitud, correspondencia o, ya puestos, de teoría. Muchas veces, al empezar en esto uno no se da cuenta (a todos nos ha pasado) de que una novela (buena o mala, insisto) no es un certificado de estudios ni una sentencia de divorcio. Es decir, no es un objeto que sirve para un fin más o menos específico sino algo cuya misión principal es entretenernos, distraernos y divertirnos en la acepción más básica que tienen estas palabras que es la de hacernos olvidar dónde estamos. Yo leo en el metro para olvidar que estoy en el metro (que tiene un paisaje muy confuso y relativo, como le dijo a su padre un niño que iba a mi lado: «¡Papá, las paredes se mueven!», pero no, nos movíamos nosotros) y para ignorar las miradas de odio que me lanzan los envidiosos porque estoy sentado y ellos de pie. A la literatura hay que darle cierto aire para conseguir del lector ese nivel de abstracción, y a identificar ese duende flamenco sólo se aprende leyendo (literatura y no teoría). De algo así es de lo que habla el amigo David Paradela en un interesantísimo Trujamán que da para mucho más que para esta breve mención, por lo que me disculpo en la esperanza de tratarlo en más profundidad.

Sinceramente, me preocupa bastante que licenciados en Traducción e Interpretación que pueden dedicarse a la traducción de literatura no hayan leído nada de, por ejemplo, Pérez Galdós, que sería más o menos garbancero, allá ustedes, pero es de ésos que hay que leer, y se crean que con un ligero conocimiento de la cultura del país de la lengua de la que traducen ya les vale. Porque, oiga, al fin y al cabo va a tener usted que reescribir un libro y que le quede bonito y ¿cómo carajo va a aprender a escribir bonito en su lengua si no lee a sus autores más clásicos? Cierto, mis estudiantes tienen serias dudas de que para aprender a escribir haya que leer puesto que se trata de actividades (y verbos) distintas, pero es que es una verdad como un templo (de Salomón, digamos). Como decía mi padre: «cortando cojones se aprende a capar». O bien: «leyendo se aprende a escribir». Y ningún título universitario asegura que sepas escribir de forma por lo menos agradable.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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24 respuestas a Licenciado a cadena perpetua

  1. ¡Qué bueno, Rafael! Ahora que Rajoy está por Turquía, se supone, entre otras cosas, para apoyar la entrada del país en la UE (?), todos sus estudiantes se beneficiarán del manido concepto de “competencia” que es de lo más “in” (de incompetencia, claro).
    Un saludo

    • La visita de Rajoy es algo que, por supuesto, me llena de gozo y emoción. Gracias al Ser Supremo, hace tiempo que formamos parte del espacio europeo de educación superior. Por lo que veo, consiste sobre todo en rellenar miles de millones de formularios. De todas formas hace ya tiempo que me he desentendido de esos conceptos filosóficos, en concreto desde que me dieron la “suficiencia” sin hacer nada más que rellenar un formulario (¡sorpresa!). Ahora que lo pienso, sería bonito unir la “competencia” ésa a lo del “emprendedor”: “título superior de emprendedor competente”, o “facultad de empresas competidoras”, no está mal, ¿eh?
      Supongo que el pequeño Roldán sigue vivo. Me alegro de que le vaya bien (la falta de noticias son buenas noticias).
      Salud y pesetas

  2. Félix G. dijo:

    ¡Qué sería del mundo sin intrusos en competencias ajenas!
    Sin el “Coooontaaaamínameeee” de Ana Belén.
    Supongo que los estudios y títulos universitarios no le han impedido cambiar un fusible (ya apenas existen) o apretar la tuerca a un grifo (siguen goteando).
    Cuidado no le “intrusionen” en un mítin islamista (moderado por supuesto).
    ¡Malditos efectos del agua fría!
    Salud

    • Totalmente de acuerdo. Sin embargo, la comparación con la fontanería es bonita pero peligrosa. Es decir, yo me hago mis traducciones juradas (a mi mujer también), lo que sería una especie de traducción doméstico-hogareña comparable a cambiar un fusible (sé) o una zapata a un grifo (no sé). El truco está en que por ninguna de esas cosas (ni por montar muebles de cierta cadena nórdica) cobro en metálico ni en especie, pero sí por traducir libros.
      De todas formas, y hablando un poco más en plata, esas objeciones suelen ser un recurso de gente mediocre (no diré envidiosa). Pocas veces o nunca he oído decirlo a colegas licenciados en Traducción e Interpretación que trabajen bien y sin problemas, que a veces, sobre todo últimamente, no depende lo segundo de lo primero. En fin, también hay que tener en cuenta que la carrera tampoco la hacen en todas las lenguas del mundo…
      Lo del mitin me recuerda a un punto de Camino que, en realidad, leí en Por el Camino hacia Dios, que era Camino ilustrado por Perich: «Si no eres malo y lo pareces, además de malo eres tonto».
      Salud

  3. Inma Sánchez dijo:

    No sabes cómo te entiendo. Tengo dos filologías (ninguna de ellas hispánicas) y siempre tengo la “sensación” de no ser una verdadera filóloga. En cuanto a la traducción, como aprobé el examen de IJ, me lo perdonan todo, aunque no sea ninguna eminencia.
    Saludos

    • Es que para ser filólogo, o lingüista, o crítico, o teórico de la literatura, o pragmatista, o gramático, o etc., hay que ser de hispánicas. A mí algunos me toleraban un poco porque hice uno de esos planes antiquísimos con tres años de comunes, por lo menos me trataban como a un hermano pequeño y no muy listo. En cuanto a lo del examen de jurado, también lo hice, pero sólo he conseguido comentarios del tipo: “es que no es justo que un examencillo valga lo mismo que nuestros cinco años de carrera”, y también etc.
      Salud y pelas

      • Inma Sánchez dijo:

        Debemos ser de la misma quinta porque yo también hice los dos años de comunes. ¿Algún consejo para aprender turco en una ciudad donde no hay ningún sitio donde se imparta?
        Un abrazo

        • Ejem, me temo que igual hasta yo soy un poco más joven porque hice tres años de comunes y sólo de filología. Los de dos eran los de filosofía y letras, me temo. Bueno, pelillos a la mar a pesar del asco que da encontrárselos.
          ¿Cómo aprender turco en un sitio donde no se imparte? Pues no lo sé, la verdad. Echando un rápido vistazo por internet se encuentran bastantes cosillas en los foros, pero no sé hasta qué punto son buenas. Quizás fuera mejor que mirara en http://renostan.wordpress.com/ donde tienen una solapilla al respecto.
          Buena suerte

  4. Pepe Zafra dijo:

    Déjese de pamplinas y reconozca que su condición de intruso le rejuvenece. No quiero ni pensar qué sería de Vd. si algún día dejara de serlo. Al asilo le conducirían, supongo.

    Respecto al “duende”: ¿será justo eso lo que un programa informático de traducción nunca podrá plasmar? ¿Por qué siento un escalofrío cuando dudo de la perdurabilidad de ese “nunca”? ¿No cree Vd. que las asociaciones llenas de curvas y vericuetos que las palabras establecen en el interior de nuestros cerebros de carbono nunca podrán ser idénticas a esas autopistas rectilíneas que se producen en los cerebros de silicio? ¿Soy muy romántico por pensar eso, Sire?

    • Puede que me rejuvenezca, pero acaba cansando cuando te lo repiten a menudo. Y cada vez voy teniendo peor genio.
      Había por ahí (en Ciberíada) un cuento muy divertido de un robot que hacía poesía, se llamaba el “electrovate” o algo así. Sinceramente, estoy convencido de que en el futuro la cibernética traducirá la mar de bien, pero no creo que nos deje sin trabajo. Mire los contables, que ahí siguen. No obstante, también estoy convencido de que las relaciones autor-(editor)-(traductor)-lector están cambiando a unas formas más dinámicas que crearán nuevas oportunidades para todos. Esto no es decir mucho, pero, por poner un ejemplo, antes era muy raro que figurara el nombre del traductor, mientras que ahora se le puede echar la culpa si el libro es un bodrio. Todo son ventajas.
      Ya que está romántico, me despido con un casto beso. Salud

  5. arantxanoren dijo:

    No sé si a vd. le servirá de consuelo, pero yo sí estudié la carrera de Traducción, pero he cometido el “pecado” de dedicarme también a la docencia… Ahora me miran mal tanto traductores como profesores. Algunos traductores te miran como si fueses de una casta inferior y algunos profesores te miran como si fueses de otro planeta…Bueno, eso no sé si es por mi condición de traductora o de inmigrante. En fin.

    • Claramente, lo mejor es no complicarse la vida (como decía mi paisano: “ándeme yo caliente / y ríase la gente”). Su caso es en parte el que menciona David Paradela cuando lo presentaron de la siguiente manera en la universidad: «Tenemos hoy aquí a un espécimen raro: un traductor profesional». Para los profesores sin duda es una advenediza y para los profesionales una traidora. Con su pan se lo coman.
      Salud

  6. Alicia dijo:

    Curioso, a mí nadie me pide el curriculum para creerse mis sesudas notas sobre comercio internacional. A lo sumo resulta exótico que no sea economista.

    Por favor, Sr. Carpintero, no deje a la licenciada que le acusa de ladrón que traduzca a Yashar Kemal ni a Pamuk. Ni aunque haya estudiado a Chomsky. No sé si podríamos soportarlo.

    • Je, je, y luego pasa lo que pasó con Roldán. Pues a mí me piden el currículum casi para hacer aguas menores (digo casi porque para eso piden el servicio militar cumplido).
      La licenciada no era mía, D.g., así que no puedo dejarle ni dejar de dejarle que haga nada (en Madrid, dejarla). Tampoco podría aunque lo fuera, ahora que lo pienso. Y, por supuesto, estoy convencido de que no ha estudiado a Chomsky.
      Salud y pelas

  7. Silvia dijo:

    ¡Qué gran escrito, Carpintero!
    Yo estudié filología inglesa, e igual, no hice Traducción e Interpretación porque, al momento de meter la cabecita en la Universidad, tales estudios no existían. Con el tiempo llegaron (a mitad de ciclo de 5 años), claro, pero estaba super cómoda en Filología. La cuestión es que 1) me siento más traductora que filóloga (hagan las actividades que hagan profesionalmente, que las pintan muy bien), y 2) siempre me he preguntado si soy intrusa, si un filólogo puede ser traductor. Porque, vaya, antes de que llegara Traducción e Interpretación, ¿quiénes hacían de traductores? ¡EUREKA!,. Los señores filólogos y las señoras filólogas. Por cierto, este término ya está quedando obsoleto…

  8. Silvia dijo:

    El término filólogos, Carpintero. Si ahora no hay filologías sino “grados en lenguas modernas”, ¿eso convierte a los nuevos expertos en lenguas en filólogos? ¿Cómo llamarles pues si son graduados en… y no licenciados en X filología?

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