Al pasar por el puente de Santa Clara sur le pont d’Avignon

Ya me gustaría a mí tener un chalet así. Estábamos en el edificio de la derecha pero no se me ve porque estaba haciendo la foto.

¿Se acuerdan de Céline, la de la vecina millonaria? Pues yo también me levanté un samedi matin, de hecho, me levanté asimismo el vendredi matin, para acudir al tercer simposio internacional de traductores y editores de literatura turca que celebróse los días veintisiete y veintiocho de mayo en el marco incomparable de la universidad del Bósforo (Boğaziçi Üniversitesi). Si no me creen lo del marco incomparable miren ustedes qué vistas tiene:

Vista del Bósforo desde la universidad del ídem. Al fondo tendría que verse el puente pero estaba nublado. No es el mismo puente del título, como verán si tienen un poco de paciencia.

No pude quedarme a todas las ponencias y mesas redondas porque el viernes tenía que estar de tribunal en un examen y el sábado me vi obligado a regresar a casa para meditar sobre una serie de misterios de la profesión traductora que me habían conmovido profundamente. Eso sí, me quedé lo bastante como para aprovechar el almuerzo (mens sana in corpore sano). El primer día me tragué los discursos de apertura. Y ahora invito al estrado a la vicerrectora de no sé qué, bla, bla, bla, mundo actual, bla, bla, bla, cultura, aplausos. Y ahora el director general de dimes y diretes, bla, bla, bla, la importancia de la literatura, bla, bla, bla, la comunicación entre países y culturas, aplausos. Y ahora un escritor muy importante que sale en la tele, la literatura universal, la hermandad de los hombres, la inspiración, sin traducción habitaríamos provincias lindantes con el silencio (George Steiner, lo he copiado de la página de ACEtt), bla, bla, bla. Aplausos más o menos fervorosos. Hola, hola, ¿cómo estás? ¿Tú por aquí? ¿Y qué hay de lo mío? Corriendo al examen.

Pero el sábado… Ah, el sábado, sabadete, camisa nueva y simposiete (parte más menuda y deshecha de la tierra muy seca, que con cualquier movimiento se levanta en el aire)… El sábado matin (¿para qué me levantaría yo?) unas personas muy, muy cultas e inteligentes me descubrieron varias cosas que me hicieron caer del caballo como si fuera camino de Damasco (Carpintero, carpintero, ¿por qué me persigues?). Un poner:

Para traducir (bien) hay que dominar las dos lenguas y, si se conocen ambas culturas, miel sobre hojuelas. Esto de las lenguas es interesante porque hay gente que traduce a lo loco (como un tal Lin-Shu, personaje curiosísimo que sale en la wikipedia) sin saber idiomas ni nada. Así se arman las que se arman, claro. Lo de las culturas es más complejo porque, como nos ilustró con un ejemplo una señora también china, si traduces (mal) del inglés al chino “bocadillo de pimientos”, que no sé si sale en el libro de Simone Ortega, pero que debería, a lo peor escribes “bocadillo de pimienta”, que te dejas un sueldo luego en cerveza y agua del grifo para ver si se te pasa el picor. Me quedé de piedra porque yo, ingenuamente, creía que para no meter así la pata bastaba con tener dos dedos de frente, pero igual hay culturas que toman bocadillos de pimienta y voy y no lo sabía. Me pregunto cómo harán para que no se les caiga por los lados, ¿será pimienta en grano? Estos extranjeros tienen cada cosa… Menos mal que en español tenemos el género como categoría gramatical (no me refiero al constructo cultural, que vaya palabro “constructo”) y no nos confundimos.

(Posible respuesta: para tocar el violín en una orquesta sinfónica hay que tener nociones de música y es mejor no ser manco.)

Lo que hay que traducir son los sentimientos porque tienes que sentir “the mood of the story” (esto último lo dijeron en inglés en el original y me limito a dejar constancia). Mira tú, tanto diccionario y tanta tontería. Ya decía aquél que lo importante no era saber idiomas porque hay que traducir con el corazón. Por cierto, pongo acentos en los demostrativos porque me da la gana (sentimiento negativo hacia la RAE). Esto de los sentimientos tiene su truco. Por ejemplo: yo, como traductor, leo que el protagonista (no necesariamente) de una novela se pilla un dedo con la puerta del coche y pienso “¡Uy, qué daño!”. Si el original es bueno y yo medianamente sensible, es más que probable que se me salten las lágrimas por simpatía. Bien, ¿cómo hacer para que a un lector de, pongamos por caso, Teruel (por aquello de que también existe) se le salten también las lágrimas? Como pueden figurarse, esto requiere una serie de cualidades que no todo el mundo posee. Los que dicen lo de “the mood of the story” sí las poseen, por supuesto.

(Posible respuesta: callarse educadamente.)

Los lectores de la traducción son tontos y hay que ilustrarles con muchas notas (cuantas más mejor). Que el lector de una traducción es tonto lo sabíamos todos. Si no, ¿por qué lee una traducción en vez del original? La misma señora china de antes nos dio otro ejemplo: en cierta novela turca una chica se pone un vestido rojiblanco porque es fiesta nacional. Nota al canto. Desen cuenta de que si no ponemos un notón explicando que la bandera turca es roja y blanca, el señor de Teruel que hemos mencionado podría creer que el personaje de esa novela, cuya acción se desarrolla entre Estambul y Ankara, quizás perteneciera a alguno de los clubes atlético-futbolísticos que existen tanto en Madrid como en Bilbao y que estaba poniendo de manifiesto su afición por un equipo español el día de la fiesta nacional de Turquía, lo cual tendría mucho mérito. Pero según nos explicó otra señora (ésta rusa), al parecer existe una especie de contubernio o conspiración de las editoriales que pretende eliminar esas notas fundamentales de los libros con la absurda excusa de que si el lector quiere saber más, que lo busque en internés. ¡Dónde se ha visto semejante barbaridad! ¿Y si no me doy cuenta y creo que la chica se viste de rojo y blanco porque le apetece? ¿No me estaría perdiendo unos parámetros fundamentales para la comprensión integral de la novela? Y yo aún diría más. Pongamos que escribo una obra incomparable y un personaje exclama: “¡La cagaste, Burt Lancaster!”. ¿Cómo va el lector a ir corriendo al ordenador para buscar la biografía de tan importante actor (y previamente artista de circo)? ¿Cómo podría un lector, digamos, chino, saber que la frase es asimismo el nombre de un disco de los hombres g? O, ya puestos, ¿cómo puede saber quiénes son los hombres g? Que, por cierto, aunque sólo fuera porque lo ignoran, te entran ganas de ser chino.

(Posible respuesta: el lector de una traducción es consciente que lee una obra de otro país y está dispuesto a aceptar una serie de cosas extrañas, aunque puede que tenga sus dudas con los bocadillos de pimienta. Por otra parte: a) a la mayoría de los lectores no se les caen los anillos si tienen que informarse cuando algo les interesa; y b) no nos creamos que los lectores del original se enteran de todo, todo, todo. Y además, joroba, yo traduzco novelas, no profundísimos tratados culturales.)

Para que existan buenas traducciones es preferible ser soviético. Esto, que no lo sabía, nos lo explicó otro señor ruso. Antes, cuando la URSS, se publicaba como es debido, es decir, obras de alto valor literario que provocaran en los lectores sesudas meditaciones. ¿Quién soy? ¿Qué haría si me da un pronto y mato a una vieja? ¿Cómo me sentaría si los franceses invadieran mi tierra y yo fuera un sí es no es afrancesado? ¿Y si me tiro a la vía de un tren? Y lo mismo con las traducciones. ¡Ahora sólo se traducen novelas policíacas y rosas! ¡El pueblo unido jamás será vencido no piensa! ¡Se han puesto de moda los suecos, que no son precisamente amigos de los soviéticos (o eso tengo entendido)! ¡Qué decadencia! Y si encima no ponemos notas, ¿cómo puede el lector saber si los suecos prefieren pistolas o revólveres (en el caso de la subliteratura policíaca) o si se dan dos besos o tres (novela rosa)?

(Posible respuesta: de todo tiene que haber en la viña del Señor. Es una respuesta cristiana por eso de que ya no existe la Unión Soviética. Por otra parte, podemos remitirnos a la respuesta anterior y sugerir que a lo mejor los lectores no son tan tontos.)

Los traductores no somos caminos, canales ni puertos. ¡Ánimo, que queda poco! ¡A ver si lo adivinan! ¿Cuál es la palabra más repetida en los congresos, jornadas, simposios y otros eventos de traducción en los que hay una alta participación de personajes y personajillos pertenecientes a las administraciones públicas? ¡La palabra “puente”! ¡Premio para el caballero! Y aquí en Turquía, no veas. Como está Asia a un lado y al otro Europa, todo son puentes. En la universidad, nuestra misión, o nuestra visión (me armo un poco de lío y siempre me acuerdo del Saulo de antes que iba camino de Damasco y que tuvo una visión que hizo que consagrara su vida a una misión), es ser puente de no sé qué. Turquía, de hecho, es puente entre Asia y Europa, oriente y occidente, levante y poniente, viento del este y viento del oeste, crisol de culturas, lenguas y religiones. Claramente me han afectado a las meninges los puerros del almuerzo. ¿Y los traductores? Somos puente entre culturas, lenguas, literaturas, formas de entender la vida y el universo y, sí, ¿por qué no?, distintas tradiciones culinarias. Como puentes, somos también embajadores, aunque no le veo yo la relación, y tenemos una enorme responsabilidad moral. Dicho en plata, tenemos que agarrar a los autores que nos gustan y torturar a algunos editores hasta que los publiquen, quieran o no. Como embajadores, aunque no somos funcionarios ni cobramos sus sueldos, debemos dar a conocer la cultura inmensa a la que tenemos acceso gracias a nuestra habilidad lingüística o sentimental y, como puentes, debemos transmitirla a nuestra cultura de origen, que para eso son un poco burros.

(Posibles respuestas. A lo primero: “¿Y cómo se aprende a ser puente?”, o bien “Quisiera ser tan alto como la luna, ay, ay”. A lo segundo: “No me sea usted iluso, hombre”.)

De todo lo anterior, me he permitido extraer las siguientes conclusiones:

-Cuando a los traductores nos dejan solos nos lo pasamos mucho mejor porque hablamos de concordancias de verbos en moldavo y temas parecidos. Desde luego, ni en las reuniones de ACEtt en España ni en las de Çevbir en Turquía, se menciona eso de que hay que saber las dos lenguas (como el valor al soldado, se supone).

-Cuando empiezan a hablar de los sentimientos me da sueño o me cabreo. Prefiero que me dé sueño.

-Si quieren embajadores culturales, creen unas plazas en el ministerio de cultura correspondiente y no se los busquen gratis.

-Si quieren difundir la literatura, difundan antes la lengua para que haya traductores y luego camélense a las editoriales. La verdad es que esto último los turcos lo hacen bastante bien con un programa de subvenciones llamado TEDA. No olviden tampoco la importancia de las agencias literarias.

-No es misión inexcusable del traductor decirle a los editores qué deben publicar. Para eso se inventaron las ferias del libro (como la de Frankfurt con sus salchichas).

-En lugar de dorarnos tanto la píldora con lo del puente, a ver si alguien se ocupa de que traducir libros sea tan rentable como traducir, por ejemplo, certificados de penales.

Y creo que eso es todo. Espero que lo que se dijo en el simposio les haya resultado tan revelador como a mí. Un afectuoso saludo.

Anuncios

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
Esta entrada fue publicada en Traductores. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s