Azúcar, canela y clavo

John James Audubon - Great American Cock (Wild Turkey)

Tengo como un óxido abrillantado en las plumas que me las deja canela, talmente como una armadura

No se lo creerán, pero tengo algunas ventajas que me destacan sobre el resto del género humano, aparte de mi gallarda apostura. Una de ellas es la de ser profesor (universitario) además de traductor. He puesto lo de universitario entre paréntesis no para presumir, que no me hace falta, sino para que sean conscientes de lo absurdo que me resulta cuando en esas reuniones del tipo «tropecientísimodécimas (no tropecientísimoavas) jornadas sobre la traducción de la metáfora impura en los dialectos del turdetano ulterior» el rector, decano o similar (también puede ser alto funcionario de algún ministerio) suelta el tópico de la «oportunidad para el diálogo entre académicos y profesionales» habida cuenta que se trata de un diálogo que sostengo conmigo mismo todos los días mientras me ducho y demás aseos. Por supuesto, no soy el único privilegiado, hay más y somos los guardianes de arcanos saberes que Iä, iä! Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgah´nagl fhtagn! Ejem, ustedes disimulen, es que se le calienta a uno la boca y…

En fin, que mi privilegiada posición como (mal) educador (ahora los que se dedican a la enseñanza de lenguas dirán probablemente «maleducante») me permite un contacto superficial pero constante con las juventudes de hoy día puesto que ellas cambian a menudo sin cambiar y yo no cambio pero cambio. Permítanme que me explique: lo del contacto superficial es, por supuesto, porque el más elemental sentido de la decencia y el decoro me impide contactos más íntimos, que tampoco es que los ande buscando. Lo de que ellos cambian sin cambiar y yo lo contrario se debe a que los estudiantes cambian como personas físicas pero como entes siguen siendo más o menos iguales, es decir jóvenes de entre tantos y cuantos años, mientras que yo me hago mayor y más sabio (ergo cambio), pero sigo siendo yo porque, si no, entonces sería otro y me daría igual lo que hiciera o dejara de hacer (ergo no cambio). Pues bien, según mis observaciones y amplia experiencia, uno de los elementos esenciales del ente «estudiante/alumno» es que es de natural joven, ergo terminante y bastante burro, dicho esto último sin mala intención ni para el ser humano ni para el asno sino porque es una expresión comúnmente aceptada. Llamándoles burros, naturalmente, no quiero insinuar que sean inciviles ni solípedos, ni hablar, sino más bien rudos, en el sentido de toscos y sin pulimento por la sencilla razón de que su propia juventud les ha impedido tener el tiempo suficiente para leer lo mínimo como para dejar de ser ignorantes e ignaros (ya puestos, tampoco han tenido mucho tiempo para otras actividades como, por ejemplo, la numismática, aunque nunca les falten alternativas) y en el caso de los auténticos asnos, éstos sí solípedos, porque su animalidad natural les dificulta el acceso a las letras a pesar del talento de algunos para la música al parecer de Iriarte, un pesado plastífero. En cualquier caso, nada de esto tiene demasiada importancia puesto que la burrería, o capacidad de decir o hacer burradas, es consustancial al ser humano y sólo se cura (o mejora; es decir, empeora la burrería y mejora la condición general) tras un largo proceso de lo que mi padre llamaba «desasnamiento» y que se basa en la lectura, a ser posible de libros útiles e interesantes (como el Kempis, sin ir más lejos).

En el terreno de la lectura-escritura, y no olvidemos que la traducción es una forma de lectura-escritura porque, si no, sería interpretación, ambas cualidades de la juventud, la de ser terminantes (a veces incluso terminatores) y burros, conducen a situaciones pintorescas que, de no corregirse en tierna edad, pueden enquistarse y proseguir en la edad adulta, madura e incluso tercera o cuarta. A juzgar por mi experiencia de trato con los jóvenes, el proceso es el siguiente: 1) El joven no entiende algo; 2) Como tiene que tener un significado, el joven aventura una hipótesis generalmente incorrecta (consecuencia de la burrez); 3) Como la hipótesis es una burrada, el joven la defiende a capa, espada y misil Scud con la determinación propia de su edad; 4) Años más tarde, se morirá de la vergüenza al recordarlo, o no, si no ha sufrido el necesario proceso de desasnamiento. Lo más habitual es que el joven se encuentre con alguna palabra o expresión que ignora (lo que no tiene nada de extraño habida cuenta del poco tiempo que ha tenido desde su nacimiento para aprender vocabulario), acuda a su diccionario favorito, no la encuentre (lo que, bla, bla, bla, habida cuenta de que suelen usarlos diminutos al efecto de que quepan bien en el bolsillo de las monedas) y, asumiendo que el término en cuestión no existe y que incluso, en el caso del diccionario académico, la utilización de dicho léxico inexistente es delito gravísimo amén de blasfemia pecaminosa, nuestro joven puede proceder de dos maneras: 1) Por analogía, relacionando la palabra o expresión con otra conocida (como me ocurrió con alguien que pretendía hacerme comulgar la rueda de molino de que en la expresión «recado de escribir» la palabra «recado» debía ser considerada en su segunda acepción, «encargo, encomienda» y no en la quinta «conjunto de objetos necesarios para hacer ciertas cosas»; o 2) Recurriendo a la retórica clásica, más exactamente a esa parte del arte retórica que los latinos denominaban «inventio» (self-explanatory). Pues bien, si el recurso a tales métodos no se corrige en la adolescencia, puede provocar más tarde males sin cuento («cuento» en su cuarta acepción y como locución adverbial).

Les voy a dar un ejemplo para que se hagan una idea. Hay un ministro de algún ramo de lo suyo, un tal Wert, que al parecer se comparó a sí mismo a un toro bravo puesto que, parafraseo, «se crece con el castigo». La frase tuve la ocasión de leerla en el Piador, donde se le atribuía al susodicho ministro la afición taurina propia de los miembros del gobierno actual, sin que esto pueda considerarse en ningún caso un juicio de valor, así como el origen de tan metafórica cita. A mí, en mi asnez en proceso de rehabilitación, la afirmación me pareció similar a la de Miguel Hernández cuando decía (o escribía): «Como el toro me crezco en el castigo». En caso de que el Sr. Güert o Vert pretendiera citar al ilustre vate, habría ampliado el verso con lo de «bravo» y habría cambiado la preposición «en» por «con», lo cual tampoco tiene demasiada importancia. Observen, de paso, que la sorprendente habilidad que tienen algunas personas para plantarte citas erróneas a la menor ocasión también es consecuencia directa de la burrez o burrería. Pues bien, no me interesa (espero que a ustedes tampoco) el debate de si la cita es de Wert o de Hernández, sino la transcripción que en un sitio werb (no he podido impedir el chiste malo) hacen del cuarto verso del célebre soneto. El primer cuarteto completo es como sigue:

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

Los responsables del sitio web al que me refiero no parecen entender con claridad la referencia metafórica de la marca (natural) de la virilidad como fruto colgante de/en la ingle del poeta, ligeramente complicada, eso sí, por un zeugma si no me equivoco y un hipérbaton (aunque el chiste del fruto de la ingle es bastante self-explanatory también), puesto que, ni cortos ni perezosos, ofrecen la siguiente versión:

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado,
por un varón en la ingle como un fruto.

Donde el subrayado es, por supuesto, mío, aunque ortotipográficamente erróneo tratándose de redonda en lugar de cursiva. En fin, el punto al que debemos prestar atención es a cómo se trata de explicar algo que no se ha entendido, aunque sea a trancas y barrancas. Como es el hierro el que marca, alguien debe manejar dicho hierro y para eso tenemos al varón del cuarto verso (en este caso complemento agente). Esta interpretación tiene la ventaja de que le da mucha mayor profundidad al cuarteto puesto que permite una lectura abierta del ahora complemento de modo «como un fruto» (¿El varón? ¿El hierro infernal? ¿La marca?).

Ni que decir tiene que en las traducciones es éste fenómeno habitual. No acabamos de entender algo (generalmente una palabra o frase puesto que no tenemos en cuenta el sentido general del texto) y lo encajamos con calzador como mejor podemos dejando la posible interpretación al arbitrio o libre albedrío del lector en su supuesta sabiduría pues para eso lee. No hace mucho presencié y tuve la ocasión de intervenir en un caso semejante. Andaba yo dedicado a otras cosas cuando oí una pequeña discusión sobre la siguiente frase de «La mujer negra» de Zorilla, terrorífico cuento por lo demás admirable: «La cruz roja de Santiago resplandecía en su pecho, y resaltaba más colocada en su coraza cubierta de negro pavón». El debate se centraba en la palabra «pavón» que, por lo visto, no aparecía en el diccionario español-turco. Los bandos consistían en, por un lado, la persona que traducía el cuento (en absoluto joven a estas alturas de su vida) y, por el otro, el resto del género humano presente en aquel momento. El audaz traductor, al no encontrar un equivalente exacto en el diccionario, echó mano de la lógica analógica y propuso traducirlo como aumentativo de «pavo», es decir, «pavo grande», probablemente, o eso espero, refiriéndose a una figura repujada en la coraza como las águilas de los altos oficiales romanos de estatuas y  películas y no a un gran ave galliforme colgante y aún viva. El resto del género humano no estaba del todo de acuerdo y la discusión derivó en otra sobre los distintos significados de la palabra «pavo» (por ejemplo, «hombre soso o incauto») e incluso de su femenino, «pava», de la cual un compañero nos ofreció una definición derivada que al parecer se usa en el norte («muchacha de buen ver») y yo me tomé la libertad de añadir otra («dícese del resto de cigarrillo que, una vez apagado, se guarda para ser fumado con posterioridad y para perfumar el bolsillo de la chaqueta o apestar el resto del paquete») subrayando, no obstante, que también se usa en su significado principal y originario de «hembra del pavo (ave)», como bien demostraban Dña. Imperio Argentina y D. Miguel Ligero y para incredulidad de todos.

Con la fogosidad propia del momento, hasta bien tarde a nadie se le ocurrió consultar un diccionario monolingüe, que era donde se encontraba la respuesta: «Capa superficial de óxido abrillantado, de color azulado, negro o café, con que se cubren las piezas de acero para mejorar su aspecto y evitar su corrosión». Significado que casa con «coraza» bastante mejor que la idea de un pavo gigantesco colgando del ristre del peto (que bien podría ser posible si se hablara de conquistadores en el continente americano, que no era el caso).

Lo que debería sorprenderme y no lo hace es lo siguiente: ¿Cómo es posible que en situaciones parecidas no se disparen todas las alarmas cerebrales? ¿Por qué no acudimos a la famosa navaja de fray Occam y negamos la explicación más simple («Esto no puede ser, seguro que no lo he entendido») creyéndonos sin la menor duda otra mucho más rebuscada («Este soldado de antaño debía de colgarse de la coraza el botín de pavos de los pueblos que saqueaba en América»)? ¿Eh? ¿Por qué? Mi hipótesis es que tanto arrojo tiene mucho que ver con la burrez asnal. He podido comprobar que cuanto más leemos, más conscientes somos de nuestra propia ignorancia y menos nos asusta reconocerla. Al fin y al cabo, ¿quién se podría leer los casi cien mil títulos anuales que se publican sólo en España? La falta de experiencia, de años, de rodaje, como decía el Dr. Jones, induce a compensar la inseguridad con unos imperativos categóricos que pondrían los dientes largos al mismísimo Kant. Si encima te fías de los primeros resultados de lo que te sale en internet, o, para el caso, de cualquier libro por el mero hecho de estar impreso, aviados estamos. Ni pensar quiero en cómo traducirían algunos el clavo que Dña. Imperio le echaría a la pava junto con azúcar y canela.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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2 respuestas a Azúcar, canela y clavo

  1. Un deleite y buen ejercicio abdominal pasar por aquí. ¡Qué sabio tu padre! tomo prestada esa estupenda palabra “desasnamiento”

    • Muchas gracias, es un honor. Mi padre era un personaje curioso, uno de esos médicos humanistas de los que tan pocos quedan. De sus frases y dichos me quedo con aquella que reza: «Cortando cojones se aprende a capar», que no sólo es cierta sino que además se puede aplicar a otras actividades.
      Salud y pesetas.

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