Casos y cosas

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¡Oyes! Me le dices a Henry Hamilton-Smythe que me traduzca un libro… No, dos. No, me lo he pensado mejor y que no, que lo deje. Y llévate esa subvención de ahí antes de que se enfríe

Sigamos con lo de los talleres, que estuvimos muchos días e hicimos muchas cosas aparte de rascarnos la tripa. Entre otras, aunque aquí parece que no pega mucho, descubrir un Starbucks en el que podíamos conversar como hacían los de Gabinete Caligari en los bares. Ustedes se preguntarán que hacíamos en un establecimiento de una cadena que fomenta el imperialismo cultural un grupo de traductores de libros literarios y demás poesías filosóficas siendo como somos todos los que nos dedicamos a este oficio de natural intelectuales y progresistas. La verdad es que el amigo Serdar y yo ya habíamos superado ese trauma y, como nos gusta el café, no nos daba el menor remordimiento. Ahora les toca a ustedes, cómodamente instalados en España u otros faros de Occidente, decir eso de que Turquía es famosa por el café (turco) y bla, bla, bla. Cuando acaben y me toque a mí, les desafiaré a que se tomen un café turco con leche para desayunar, con sus posos y todo, y entonces hablamos. Además, como decía el del chiste, tó cansa, y la cadena imperialista te permite (previo pago) ajustar el grado de café en tu capuccino hasta que te salga pelo en el pecho o te den palpitaciones. Yo, por un café que no sea de polvillos estoy dispuesto a pasar por encima del cadáver de Juan Valdés, a quien, por otra parte, le deseo una larga y próspera vida puesto que no tengo nada en su contra personalmente, exceptuando, quizás, el ritmo al que cosecha cada grano de café, que así tiene el precio que tiene.

Bueno, en suma, que teníamos conversaciones más relajadas, que no todo iban a ser insolubles problemas lingüísticos y retóricos, y nos dedicábamos a criticar al prójimo (por ejemplo a los de los talleres de chino, ruso y francés, puesto que de los de árabe y alemán no teníamos noticia) y a compartir experiencias, que era de lo que quería hablarles aquí. Y digo aquí y no hoy porque escribo estas entradas un poco, bastante, a salto de mata y en ocasiones la actualidad me brinda materiales nuevos y me hago un lío. Por ejemplo, a quien más criticábamos era a la inexistente organización (y sí, ya sé que la organización no es una persona, pero está formada por ellas, o, en nuestro caso, presuntamente formada por personas ausentes y por tanto criticables) y hoy (martes) he recibido un correo electrónico de la dirección general del libro recordándonos qué traducciones habían sido subvencionadas por tan digna institución pública. El mensaje tenía un tono inequívoco de «a ver qué soltamos por esa boquita que aquí somos nosotros quienes aflojan la panoja» sin tener en cuenta que a nosotros nos pagan las editoriales y no ellos. Pero no siempre es así, y ésas eran en parte las experiencias que compartíamos.

Por ejemplo la de un colega traductor de poesía, probablemente la facción más puteada del gremio. Resulta que le propuso la traducción de un libro a un editor amiguete suyo la mar de intelectual y tal. Sin embargo, el editor tenía el problema de que la publicación del libro le salía por un huevo de la cara, según él. En fin, para eso están las ayudas de la dirección general del libro de Turquía, tanto a la edición como a la traducción. Lo malo es que los muy perversos, antes de abrir la bolsa, exigen que se presente el contrato firmado con el traductor porque las ayudas a la traducción consisten exactamente en el reembolso del importe. Me explico, yo soy el editor, firmo el contrato con el traductor (y el autor, claro) y pido las ayudas a la edición, más estrictamente a la impresión, presentando un presupuesto; luego pago la traducción, envío la factura y me reembolsan la pasta. Pos resulta de que el colegui de nuestro compañero debía de estar a la cuarta pregunta y no andaba como para adelantar el dinero, porque le propuso lo siguiente: «Vamos a hacer una cosa: como ahora ando un poco apurado de líquido y no te voy a poder pagar la traducción, tú me firmas una factura como si la hubieras cobrado, con la factura yo pido la subvención y te ingreso el dinero en cuanto me la paguen. Total, tanto da, es el mismo dinero y yo ahora no puedo publicar el libro. Si no…». Claro, se habrán dado cuenta, aquí el truco está en el «si no». No es que el sistema suene a muy legal, pero, si no… No es que me dé lo mismo que me paguen ahora o cuando las ranas críen pelos, pero, si no… Si no, pues no se publica el libro y te quedas compuesto y sin novia (que te habrá dejado porque no puedes invitarla a café imperialista). Así que nuestro querido compañero aceptó. Y el editor cobró la subvención. Y, como podían suponer, el editor desapareció, la editorial declaró una suspensión de pagos, el libro no se publicó y nuestro compañero se quedó sin cobrar aunque con una factura como que sí lo había hecho con lo que igual le persigue Hacienda y todo porque, como el Gran Hermano, cada vez está más cerca.

O el caso de otro, que se había pasado un año traduciendo un tocho inmenso y luego (una vez entregada la traducción) el editor, el publisher, español decide que le gusta más la versión francesa del libro, que es una versión reducida como las que hacían en el Selecciones del Readers’ Digest, y nuestro amigo se queda con un montón de trabajo sin que le luzca, aunque, eso sí, parece que va a cobrarlo todo. No se crean, los traductores también tenemos nuestro corazoncito y nos molesta que no se publique el trabajo que  tantos sudores y amarguras nos ha costado, porque, si no se publica, no nos luce el pelo. No sólo andamos pendientes de la pela, ahora euro, también miramos lo espiritual, o sea, el currículum.

De esas me han pasado a mí unas cuantas. Un poner, la editorial que me encargó un libro y me dijo que lo fuera empezando mientras me preparaban el contrato y luego se lo pensaron mejor y decidieron que nada y me quedé con dos palmos de narices. O la otra que me hizo traducir un librote de varios quilogramos de un escritor muy conocido y que lo tienen ahí esperando el santo advenimiento porque están publicando cosas más actuales. O la otra que decidió no publicar el segundo libro de una autora porque el primero no había cumplido sus previsiones de ventas. O el autor que decidió cambiar el contenido de una antología de ensayos cuando yo ya llevaba la mitad traducida y la editorial se decidió por la «edición internacional». Todos estos ejemplos tienen en común, menos el primero, que, mejor o peor, más o menos, cobré el trabajo hecho, pero no me ha lucido el pelo para nada y ahora, a efectos curriculares, parece que el año pasado, sin ir más lejos, he estado en coma o padeciendo el virus solanum, que tampoco es verdad, hombre, y no es que me matara a trabajar, pero tampoco estuve hurgándome las narices.

Por supuesto, este tipo de casos se dan en todas las profesiones: el albañil al que le dejan plantado un arreglo; el pastelero que se tiene que comer la tarta de bodas porque los novios se han peleado; el médico que se queda sin operación porque el desaprensivo del enfermo se ha muerto sin avisar… Pero, qué quieren que les diga, a mí los demás me dan bastante igual y en nuestra profesión muchas veces vas un poco a salto de mata. Para rematar la faena, ahora los imperialistas ésos no venden ya un bizcocho de limón que estaba para chuparse los dedos. Malhayan por malos.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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