¿Para qué cambiar de tema si el de siempre da para tanto?

Francisco de Goya, Saturno devorando a su hijo (1819-1823)

¿Quién al gran Duque entretiene?…
ya el gran cortejo se irrita…
Pero el Duque no viene…
¡se lo ha comido Paquita!

En los talleres en los que acabamos de estar se le ha dado mucha importancia a la poesía, como siempre que hay unos talleres de éstos. Yo creo que todo se debe a la conjunción de dos factores: 1) Al hecho de que los poemas suelen ser textos más o menos cortos que dan muy bien de sí para un taller; incluso los largos no son comparables a Guerra y paz o Los miserables, por dar un par de ejemplos. 2) A la coincidencia espacio-temporal de personas que tienen otro empleo y no necesitan subsistir de las traducciones, con lo que se pueden permitir dedicarse a la poesía, parte de los cuales son académicos, con lo que además pueden presumir de lo difícil que es lo que traducen y plantear unas traducciones alternativas que ningún editor con dos dedos de frente se atrevería a publicar.

A mí, y creo que a estas alturas tendría que haber quedado claro, no me gusta demasiado traducir poesía y empiezo a pensar (en realidad llevo mucho tiempo pensándolo) que se debe a que, en el fondo, me gusta la poesía. Es decir, no es que sea un fanático como esos que te dicen: «Yo no leo novelas porque en la poesía ya están contenidos todos los sentimientos, sensaciones y estados de ánimo que un ser humano puede percibir y sentir a lo largo de su vida natural», que cosas así se oyen a veces. A mí me gustan las novelas, que me cuenten una buena historia que me distraiga porque para sensaciones y sentimientos ya me tengo a mí. Y, desde luego, lo que no me hace mucha gracia es esa poesía conceptual que consiste en acumular imágenes supuestamente sorprendentes o chocantes del tipo «dioses de chocolate en vórtices de rubí»; es decir, me gustan esas cosas cuando canta en la radio «L. A. Woman» el Jim Morrison con los puertas de la percepción, que para eso lo hace en inglés y puedo desconectar y no enterarme. Pero en español, no me hace muy feliz.

¿Qué es lo que me gusta entonces? Pues para mí, leer poesía tiene que ser algo así como montarse en una tabla de surf, a juzgar por las posturas que pone el personal porque es algo que nunca he hecho, una postura de equilibrio emocionante, pero a la vez, y que me perdone Salia Dulítel, fluida como la del Silver Surfer (que en español tenía un nombre munchísimo más bonito y poético: «Estela Plateada», donde plateada va en mayúsculas porque era el apellido). O sea, cuando el San Juan decía aquello de: «Buscando mis amores, / iré por esos montes y riberas; / ni cogeré las flores, / ni temeré las fieras, / y pasaré los fuertes y fronteras», el mensaje igual es bastante gilipollesco y, sinceramente, (no) me importa un pimiento si la señorita en cuestión coge o no las flores y si no teme las fieras probablemente se la coman y, si no me creen, miren lo que la pasó a la Caperucita, pero la estrofa suena la mar de bien. Tampoco es que vaya a dármelas ahora de Verlaine (si mal no recuerdo), pero creo que la poesía necesita una musiquilla que justifique que se escriba en verso. Es decir, yo creo que la poesía se escribe en verso porque tiene su ritmillo y no que tiene que declamarse raro porque está escrita en verso. Y al fraile Luis que le den con sus tmesis, que seguro que por eso no llegó a santo siquiera. Luego también me gusta que la poesía salga por sí sola y que no dependa ni de palabras rebuscadas ni de conceptos muy complejos que luego me den dolor de cabeza o ganas de llorar o de hacerme socio de algo. Volvemos al ejemplo de antes, que tampoco el amigo se complicó mucho la vida. Fíjense sin ir más lejos qué bonito e ingenioso es el soneto de «La camarera del cine Doré» de Carlos Martínez Aguirre si no me creen.

Es que como la poesía suene mal, malo (menuda tontería que acabo de escribir). Les voy a poner un ejemplo que nos salió en el taller de un poema de Bedri Rahmi Eyüpoğlu. El poema, la mar de bonito, empieza con tres versos que casi nos dan una sobredosis de donosura, lisura y todas esas «-uras» que podrían salir en un bolero:

İstanbul deyince aklıma martı gelir.
Yarısı gümüş, yarısı köpük
Yarısı balık, yarısı kuş.

Versos que en turco suenan que te cagas, uy, perdón, de puro fino, y cuya traducción más o menos petarda sería: «Cuando se dice / menciona / habla de Estambul, se me viene a la cabeza / mente / memoria la (-s) gaviota (-s) // Mitad / medio plata, mitad / medio espuma // Mitad / medio pez / pescado, mitad / medio pájaro / ave». Les pongo bastantes posibilidades para que se crean que es un examen de opción múltiple y para que vean que traducir de una lengua que no tiene nada que ver con la de uno tiene a) desventajas porque no hay traducciones exactas, exactas, exactas y b) ventajas porque puedes poner lo que te dé la gana dentro de lo que cabe con esa excusa. En fin, volvamos a la gaviota. Me gusta la idea de que al señor se le vengan a la cabeza las gaviotas cuando se habla de Estambul porque, aunque sean bichos desagradables, agresivos, sucios y ruidosos, son bonitas de ver cuando vuelan y aquí hay muchas. También me recuerdan a El templo del sol de Tintín porque ahí aprendí la palabra «guano». Por cierto, las manchas de guano no se quitan. Me gusta también la comparación que hace con la espuma y los peces y tal porque, como les decía antes, se me viene a la cabeza Estela Plateada. Además, en turco suena estupendamente, se lo juro, váyanse al primer puesto de kebab y pídanle al dependiente que se lo lea, siempre y cuando no sea marroquí, que para ese viaje no les hacen falta alforjas porque se lo podrían leer ustedes mismos. El poblema (el corrector artomático me corrihe, como es su deber) es que en español esos versos no suenan tan bien, como habrán podido observar, incluso aunque quitemos las opciones.

Pues bien, como me despertaba con las gallinas y las gaviotas porque por la ventana me entraba mucha luz, me ponía a pensar en cosas absurdas como en que creo que no existen dos números primos seguidos, o en estas cosas, o en qué se podría hacer para que la traducción sonara mejor. Y así pensé en dos cosillas. Primera: a mí lo de «mitad» en esos dos versos me suena a estar pidiendo jamón de York («Póngame usted cuarto y mitad, harmel favol») y, por lo tanto, me gusta. Segunda: no me gustaba cómo sonaba lo de «Mitad plata, mitad espuma / mitad pez, mitad ave». Y aquí vino en mi ayuda el duque Nuez, ah, ¿no se saben lo de «Hoy se casa el duque Nuez; / viene el chantre, viene el juez; / y con pendones escarlata / florida cabalgata» de José María Eguren? Pues ustedes se lo pierden. De todas formas habrán percibido esa sílaba aguda en «-ez» que tan molesta podría resultar en otro lugar del verso y que en el poema del duque Nuez sirve para ponerla al final (y para rimar, de paso). Así que ¿por qué no cambiarla de sitio en la traducción? ¿Qué nombre científico le podíamos dar a lo que vamos a hacer para que nadie nos lo eche en cara? ¿Modulación, transposición, quiasmo interlingüístico? Invéntenselo ustedes mismos, porque lo que no podemos negar es que (A) «mitad ave, mitad pez» suena bastante mejor que (B) «mitad pez, mitad ave». Y ahora nos sacamos de la manga los motivos. Primero, a ver, a ver… si «pez» está al final nos queda un octosílabo de 4+4 sílabas mientras que (B) es un heptasílabo de 3+4=7, que incluye dos números primos. Segundo, pensemos, pensemos… como «mitad» es palabra tan aguda como «pez» en (A) los acentos van seguidos y son antirrítmicos (¿eso es malo?) pero quedan en medio de los, llamémoslos así para no pelearnos, hemistiquios (oó óo / oó óo) que tiene una pinta muy mona, mientras que en (B) se apelotonan (oó ó / oó óo), o a lo mejor es que en (A) los desplazamos. Empiezo a pensar que nuestra compañera Zekine tenía razón cuando nos decía que los españoles pensábamos con los dedos.

Con los motivos previamente expuestos sería capaz de convencer a mis alumnos, pero es que además creo que es verdad. O sea, de verdad que me suena mejor cuando los versos tienen bien puestas sus silabitas y sus acentitos. Me dirán ahora que a ver cómo apaño las nueve sílabas del verso anterior: pues tampoco suena tan mal (sobre todo si también le damos la vuelta), la verdad. O lo del primero: pues no lo sé, pero tampoco lo estaba traduciendo yo. A lo que voy es que para mí todo esto es mucho esfuerzo para los resultados que voy a obtener, al contrario de lo que logran muchos traductores de poesía, que los hay magníficos. Encima, si me limito a leerlos y no traduzco, puedo criticarlos a gusto sin que nadie me suelte el típico «¡Pues anda que tú…!». Claro que también pueden soltarme un nada despreciable: «¡Pues hazlo tú mejor, so listo!».

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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10 respuestas a ¿Para qué cambiar de tema si el de siempre da para tanto?

  1. Salia Dulitel dijo:

    En donde dice: “el corrector artomático me corrihe, como es su deber”, leí en un primer momento “el corrector automático me cohíbe, como es su deber”. Muy bueno el post, Carpintero. Salia Dulítel

    • Gracias. Lo de “corrihe” es muy de mi tierra. Ahora que lo pienso, el corrector automático también me cohíbe. Otra cosa, en los talleres, en ocasiones, aparte de ver muertos, me sale a mí también la vena más académica y propongo traducciones curiosas. Total, qué más me da si no tengo nada mejor que hacer. Saludos.

  2. Buenas, Rafael:

    Este año repasé, después de… ¿doce o trece años, quizá? la métrica en los versos. Qué dolor de cabeza. ¡Anda que no tienen mérito ni nada los traductores de poesía! Las conclusiones a las que llegó la clase un poco por consenso fueron «no merece la pena» y «no lo hagas a menos que tú también seas poeta». No obstante, supongo que lo malo de ser poeta y traducir poesía es que uno se vería obligado a no imprimir («contaminar», que se diría en algunos círculos) el texto con sus propias ideas o adaptaciones. Sin embargo, el razonamiento que has expuesto aquí me parece de lo más acertado y eso que, si he entendido bien, no eres poeta, así que imagino que lo que comentaba anteriormente queda un tanto anulado, si no del todo. Se ve que el único cualificado para formular máximas era Grice.

    No quiero ser polémico, pero algo de lo que me di cuenta es que los estudiantes de Filología parecían estar más preparados para traducir poesía que los traductores debido a que han visto más textos de esa índole durante la carrera. Al menos, preparados en cuanto a las normas métricas, claro; porque uno siempre se ve impulsado a hacerlo «por instinto» y no es lo mismo. Y es que en la carrera de TeI no tratamos ningún texto poético, que yo recuerde (a lo mejor es que mi subconsciente prefirió borrar el recuerdo). Creo que como ejercicio de creatividad es estupendo, una vez se ha pasado el tedio de aprender métrica.

    Te felicito por la entrada; he disfrutado mucho con tus reflexiones, como siempre.

    Un saludo,

    Sergio

    • Querido amigo Sergio: Plantea usted unos problemas muy profundísimos que hunden sus raíces en la más lejana noche de los tiempos de la evolución humana. Los de Filología, que competimos con los de Derecho, nos hemos visto obligados a convertirnos en seres mucho más altos y apuestos que los demás si queríamos perpetuar nuestros genes. También hemos desarrollado una capacidad estética superior que deja al resto de la Humanidad a la altura de unas bragas de esparto.
      Lo de ser poeta para traducir poesía se basa en dos circunstancias muy particulares. Primero: todo poeta tiene otro trabajo (por ejemplo, dentista) o se moriría de hambre y ese trabajo le puede permitir traducir poesía, siempre y cuando no ande muy inspirado para escribir la suya y sepa idiomas (esto es optativo). Segundo: el poeta puede hacer de su capa un sayo sin temor porque todos los críticos, académicos y críticos-académicos afirmarán que su traducción es sublime e ingeniosa puesto que es poeta, o se arriesgarían a ser tratados de incultos, inflexibles y, en última instancia, de fascistas.
      También es cierto, o al menos yo creo que es cierto, que un poeta, o incluso poetastro, identifica por instinto, como usted dice, lo que nosotros, pobres filólogos, pero, no lo olvide, más altos y apuestos, reconocemos usando los dedos o las normas métricas. Ahora que lo pienso, bastantes de mis compañeros de carrera eran un poco poetas. No se crea que ligaban mucho más.
      Un zaludo afeztuozo (aliteración en “z” como en el “zuzurro de abehaz que zonaba”).

  3. María Galera dijo:

    Ojeando el envés de la foto en “Alcatraz” -tras Fernando García Burillo-, encontré la poesía de
    Nazim Hikmet. Magnífica justificación para hacer imprescindible la traducción poética como única vía para acceder a su conocimiento. Claro que, el verso libre debe ser más dúctil y flexible; que habrá excelentes y medianos traductores. Pero, en este mundo pluriparlante, de ustedes dependemos para derribar los muros de Babel. La mayoría de los poetas se enorgullecen de haber sido traducidos a tropecientas lenguas; y seguro que desconocen el grado de similitud con su propia obra.
    Estaba don Quijote visitando una imprenta en la que encontró a un traductor -había traducido un libro toscano al castellano-, y tras un intercambio de palabras don Quijote le dijo: “Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir de lenguas fáciles ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio de traducir, porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre y que menos provecho le trujesen”. (El Quijote, II Parte, cap.62)
    PD. ¿De verdad esta “foto” fue tomada en la isla?
    Saludos.

  4. María Galera dijo:

    ¡Qué torpeza la mía! Seguro que Goya tampoco me ha entendido.
    Abreviando: La traducción poética, es imprescindible si queremos leer autores extranjeros.
    Cervantes, también se planteó las dificultades y limitaciones propias de la
    traducción.
    Desde la Torre de Babel, SALUDOS. .

    • No me refería a eso, sino más bien a la relación entre verso libre y excelentes y medianos traductores o a la frase “La mayoría de los poetas se enorgullecen de haber sido traducidos a tropecientas lenguas; y seguro que desconocen el grado de similitud con su propia obra”, que sigo sin entender.
      Cervantes, por muy Cervantes que fuera, se limitó a repetir los tópicos de siempre (“traduttore, traditore”; todas las traducciones son malas menos las de las lenguas clásicas, que benefician nuestra propia lengua, etc.) añadiendo de paso un insulto: siempre es mejor que tu hijo sea traductor que yonqui desvalijador de pobres ancianitas. Eran otros tiempos y más o menos todos los que sabían leer y escribir tenían suficientes nociones de toscano (que de eso se trata) como para poder leer a Petrarca en el original. Si hubiera tenido que leer a Dostoyevski habría dicho que las traducciones españolas eran muy malas y lo habría leído en francés, seguro.
      Salud

  5. María Galera dijo:

    Disculpe mi falta de claridad. Agradezco su atención: mi comentario no merece el tiempo dedicado.
    Donde dije digo, digo…
    -La traducción del verso libre, entiendo que debe ser menos compleja.
    (Leer a Nazim Hikmet -a través de García Burillo- conmueve y emociona.)
    -Supongo que habrá traductores que transmitan la poesía mejor que otros, y que un poema
    puede tener tantas versiones como traducciones se hagan.
    – Los poetas celebran ser traducidos, desconociendo hasta que grado, las nuevas recreaciones,
    se ajustan al original. Lo importante es que les traduzcan; queda bien en el currículo.
    – El comentario de don Quijote, siempre pensé que lo hace en tono jocoso, nunca hubiera apreciado el sarcasmo o el insulto.

    Desde la Torre de la Pólvora, Saludos.

    • No es que tenga mucha importancia, pero el tono jocoso del comentario de Cervantes es similar a lo de “filología es de niñas”, chiste cuya gracia se soporta las primeras mil veces.
      Gracias por las aclaraciones. Lo del verso libre, depende. Si un soneto lo traducimos en prosa, tanto da que sea soneto como verso libre. No creo que sea posible mantener todos los efectos, y toca decidir. De todas formas, ¿cómo podemos saber qué efectos produce la lectura de un texto en cada cuál?

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