Mis estudiantes y la traducción

Parte de las aludidas en esta entrada con Juan Goytisolo. Para que vean la hartá de cultos que somos.

A pesar de lo que me parece que cree Celia Filipetto, no doy clases de traducción. Con muy buen sentido, las da una compañera turca porque lo que les faltaba a los pobres que nos sufren serían clases de traducción inversa, y conmigo. Las asignaturas que imparto (¿no sería mejor “exparto”?) son, sobre todo, de comentario de textos y de expresión escrita. De estas últimas doy en segundo y en cuarto. Mientras que en segundo les pido redacciones del tipo “Tradiciones familiares en Ramadán” por aquello de que no celebran la Navidad (todavía no me he atrevido a pedir ninguna sobre “El día de mi circuncisión” en lugar del clásico español “El día de mi primera comunión” y, además, como somos de letras, tenemos una mayoría apabullante de chicas), en cuarto curso intento que consigan un cierto nivel de redacción académica. Vistos algunos de los artículos científicos que se publican, es posible que mis estudiantes no lo necesiten, pero en algo tenemos que entretenernos.

Lo que vemos son exposiciones en el primer semestre y argumentaciones en el segundo y a veces no se me ocurren temas para los exámenes, así que pongo lo primero que pillo. En este último parcial tuve la brillante idea de que uno de los temas de examen fuera “¿Se ‘pierde’ al traducir una obra literaria?”. Sabiendo lo que normalmente piensa la gente sobre las traducciones y siendo yo traductor, debo de ser además un poco imbécil, porque tendría que haberme supuesto que la opinión mayoritaria no sería precisamente muy positiva. Una llegó al punto de titular su argumentación “Matar la literatura”. Tengo que confesar que no suelen ser muy sutiles argumentando.

Otra es como más científica y empieza su escrito con una frase rotunda: “Según las investigaciones, la mayoría de los críticos tiene la visión de que leer una obra traducida es una profesión dificultosa”. Dejemos de lado lo de esas supuestas investigaciones sobre los críticos y centrémonos en la segunda parte. No sé si leer obras traducidas será una profesión dificultosa, pero seguro que es engorrosa. Imagínense que van a cualquier institución pública y tienen que rellenar un formulario. Imagínense cuando el amable funcionario les pregunte: “¿Profesión?”, y se vean obligados a responder: “Lector de obras traducidas”. En singular sería todavía peor. Esta misma alumna, muy buena estudiante, por otra parte, pone luego el dedo en la llaga declarando expresamente uno de los grandes problemas de la traducción a lo largo de la Historia de la Humanidad: “Son muy comunes en las traducciones de obras literarias las oraciones en que no se pone el punto para hacer sufrir al lector”. Como todo el mundo sabe, el contubernio mundial de traductores pretende asfixiar a parte de la población usando escasamente los puntos para que los lectores se queden sin respiración.

En general, mis estudiantes (no son estrictamente míos, sino suyos o, como mucho de sus padres, pero se dice así), no son muy partidarios de las obras traducidas, porque “para pensar los sentimientos vitales, es mejor leer obras no traducidas”. Es decir, una obra sin traducir nos permite sublimar los sentimientos hasta el punto de razonarlos. O sea, si un alemán se mataba tras leer Werther, era un suicidio pensado, mientras que si lo hacía alguien que hubiera leído la traducción sería un suicidio sentimental. Su poco aprecio por las traducciones se debe a que no pueden reflejar con exactitud lo que ellos llaman “la originalidad”, y que es la originalidad en sentido estricto etimológico y no la originalidad como la entendemos ahora. Un poner, si mi mujer me dice: “¿Te has vuelto a poner los vaqueros? ¡Qué originalidad!”, no es a eso a lo que se refieren mis estudiantes. Es más “perteneciente o relativo al origen” que resultado de la inventiva (según el DRAE más o menos). La idea general es que “la traducción hace a la obra perder su originalidad” porque “no hay traducción de todas las palabras de un idioma a otro [y] eso hace que la obra pierda su significado y, por supuesto, su originalidad”.

Puesto así, cabe la posibilidad de que no tengan ustedes una impresión muy elevada de mis estudiantes y, por ende, de su profesor. Por supuesto, una traducción no es el original porque es una traducción (“Papá, ¿qué significa ‘perogrullada’?” “Lo que acaba de decir este señor”). Pero se equivocarían creyendo que mis estudiantes son unos simples, porque lo cierto es que todo se resume en lo que una de ellas titula “El dilema de la originalidad”. Vamos a ver, rebobinemos… “Bien mirado, podemos notar que la obra es recreada con la traducción”. ¿Y qué pasa si la traducción es una re-creación? ¡Pues que no es el original pero sí es original! Por lo tanto, nuestra alumna concluye que uno se las tiene que ver con dos originales, el fetén y la obra traducida. Esto, que constituye el núcleo de muchos congresos y tendencias de la traductología actual lo resuelven mis estudiantes en dos patadas. Pa que vean que son listos, y, por ende, su profesor. Miren si no me creen el libro de Lefevere Traducción, reescritura, y la manipulación del canon literario prestando especial atención a lo de la reescritura.

Eso sí, hay traductores con muy mala leche que “ponen sus sentimientos personales o expresiones especiales” o que “comentan el texto según su punto de vista”. Y es algo muy, muy, pero que muy feo ya que “cada persona nace en un mundo especial y su familia, sus amigos, su ambiente, así como sus libros, sus pensamientos, todas las cosas y todas las personas de su alrededor hablan la misma lengua”. ¿Cómo diablos puede pretender un traductor que las cosas le hablen igual que al autor si hablan otro idioma? ¡Hasta ahí podríamos llegar! Pero, ¿quienes son esos malvados traductores que tergiversan así la originalidad de las obras originales? Gente sin escrúpulos y, sobre todo, sin preparación. Al parecer, los traductores deberían conocer muy bien las dos lenguas en cuestión y también las culturas implicadas. “Por ejemplo, si un traductor turco vive en Inglaterra y hace traducciones del inglés al turco, puede traducir bien porque no sólo sabe el idioma, sino que también vive en el ambiente del idioma y la cultura”. ¿Ven? Por eso mis traducciones son tan chulis, porque vivo en Turquía (a esta chica le tengo que poner buena nota). Además los traductores tienen que ser “profesionales” para “contribuir al desarrollo de las ciencias y la civilización”. Porque “La traducción es una ciencia y, si los traductores son profesionales, las obras no pierden significado”. ¡Tanta discusión sobre si traducir es un arte o un oficio y resulta que es una ciencia! ¡Pues claro que sí! Por eso la traducción de una obra literaria no se le encarga a cualquiera: “Una obra literaria no se consigna a las manos de un hombre común, sino a los traductores con experiencia y conscientes del mundo, la época de la obra y del autor (original)”. Lo importante, como decía Horacio con aquello de “Nec verbum verbo curabis reddere fidus interpres”, es “traducir lo que la obra quiere decir, no traducir la obra a por a y be por be”.

Lo de contribuir al desarrollo de la civilización es una manía muy particular que tienen en este país, o muy original pero en el otro sentido, si lo prefieren así. Las obras literarias tienen que ser útiles. ¿Para qué? ¡Ah, a mí no me miren! “Las obras literarias son trabajos cuidadosos que enriquecen al pueblo culturalmente”, sentencia una de nuestras alumnas. (Por desgracia, nuestros alumnos varones no sólo son pocos, sino además poco interesantes por lo general.) Una verdadera obra literaria tiene un mensaje que si no se cuida en la traducción “al leerlo el lector se aburre y lo deja”. De eso me entraban ganas a mí leyendo Los miserables, por cierto, de dejarlo, y no por la traducción, sino por el morro que tenía el Víctor Hugo ése, que te plantaba todo lo que se leía en la Wikipedia. ¡Oh, perdón! Divago… Bien, lo que está claro es que “leer una obra literaria enriquece al pueblo, le da otras visiones profundas, pero nadie lee una obra sólo por leer, hay que destacar todos los mensajes”. Es lo que yo he dicho siempre “utile dulci”, es decir, “¡Qué útiles son los dulces!”. No hay que leer por leer, total, no lo hace nadie, sino para vitaminarse y supermineralizarse.

De todas formas, es evidente que los traductores siempre tropezamos con la misma piedra, que son las palabras. Es que las palabras no quieren decir exactamente lo mismo, es que hay palabras que no existen en el otro idioma, es que hay expresiones que no se dicen igual, es que… Y encima, a veces mis pobres estudiantes lo piensan al revés. Me explicaré mejor con un ejemplo de las clases de máster: decían que traducir “karısı” por “su esposa” era una especie de anacronía porque la palabra “esposa” era demasiado moderna. Por supuesto, me quedé de piedra y les pedí una explicación que resultó de lo más simple. En su forma de traducir una palabra=un significado por una palabra=un significado, “esposa” no sería “karı” sino “eş” que sí es una palabra moderna, pero en turco. Ajá, así claro que no cuadra. El problema no sólo es la traducción, sino también la traducción de la traducción y lo de buscar palabra por palabra. Por ejemplo, si pongo “vaya churro que me has hecho” en el traductor de un popular buscador de internet, la traducción es “churro go I’ve done”, que no sé qué significa.

Además, como en el caso anterior con “churro”, hay traductores que ante la imposibilidad de ofrecer una traducción como es debido dejan la palabra tal cual. “Por ejemplo, ustedes leen un libro turco traducido al español y ven el verbo ‘baklava’, que se supone que nunca lo han oído. El traductor lo deja así sin traducir ni explicarlo”. Y claro, se quedan ustedes a dos velas. Es que hay cada tipo por ahí suelto… Qué menos que atiborrar el texto de notas. Vean si no lo que decía de la Semana Santa en otra entrada. Como no lo expliques, no hay quien lo entienda. Como no hay quien entienda por qué en los libros de Guillermo Brown a veces desayunaban riñones, por ejemplo. Con eso de las palabras que si sí, que si no, luego pasa lo que pasa, que en no sé qué juego de Final Fantasy salía un niño diciendo “qué frío”, “qué frío” y venga a dar la tabarra con el frío y resulta que en inglés era “How cool!” que si lo ve mi amiga Curri se le ponen los pelos de punta y encima no tiene nada que ver con el frío.

La verdad sea dicha, leer traducciones es como tomar café descafeinado con leche desnatada y sacarina. Tengan en cuenta que “Todos nosotros leemos algunas cosas en nuestra vida diaria. A veces leemos un periódico, a veces una revista, a veces un libro…”. Por supuesto, en ocasiones el texto que tenemos en nuestras manos está traducido y si es una porquería “Los culpables son los traductores y las editoriales, pero no importa, debemos preferir leer todo original, y, si no podemos leerlo, pues nos esforzamos en desarrollar nuestra capacidad”, es de suponer que de adquirir nuevas lenguas. Pero tampoco es necesario tanto esfuerzo. Me acuerdo de un compañero de facultad que decía muy orondo que no leía traducciones. Le pregunté qué lenguas sabía y me respondió que ninguna (aparte de la materna). Y luego añadió: “Pero la literatura en español es tan rica…”.

De todas formas nos queda un consuelo: “Aunque hay puntos negativos, las traducciones tienen algunos puntos positivos. Por ejemplo, las personas que no saben la lengua original de la obra pueden leer la traducción”. Que es algo que también decía Lefevere.

P.D. Sería injusto si no les explicara que nuestros estudiantes llegan a la universidad sin tener ni papa de español. Además he seleccionado cuidadosamente las citas para que, fuera de contexto, tuvieran más gracia. Peor aún, las he colocado en un contexto/cotexto absolutamente traidor. Pido disculpas a sus autoras y espero que comprendan mi intención. Lo cierto es que podemos darnos con un canto en los dientes (“we can see with a song in the teeth” según el traductor de antes, no sé por qué “see” y no “give”).

Y aquí al salir de otra conferencia. Las damos en una antigua madrasa o medersa. Rabia rabiña. Yo debía de haberme ido a por tabaco.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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Una respuesta a Mis estudiantes y la traducción

  1. María Jesús dijo:

    Lo que les pasa es que, sin saberlo, llevan a cuestas una bonita educación nacional romántico-nacionalista en el más puro de los estilos y eso de que las obras tengan que servir para algo y ser originales no hay quien se lo quite de la cabeza… Unida , por supuesto, a la necesidad (que todo el mundo conoce) de que la acción del autor-comprometido con su pueblo quede y no sea desvirtuada… Ésta no la han aprendido en el cole sino de colegas, amigos y lecturas “educativas”.

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