Estambul: ciudad y recuerdos/İstanbul: Hatıralar ve Şehir (2)

Mi amiga Carmen Anisa me dice lo siguiente de Estambul (entre otras cosas):

Disfruté mucho con este libro lleno de morriña, saudade, amargura… Me descubrió un mundo desconocido y a la vez cercano. Conservo todavía impresiones del paisaje urbano, los palacios del Bósforo, el frío…

Lo de la “morriña, saudade…” es por fastidiar con lo de la “hüzün” de la entrada anterior, lo sé, pero el comentario también tiene su aquél. Así que, con permiso de Celia Filipetto, me voy a poner un poco perifrástico y silogístico sin que sirva de precedente.

Creo que el motivo del éxito de Estambul (el libro) está en lo que dice Carmen, en que descubre “un mundo desconocido y a la vez cercano”. Ésa es mi opinión y yo la comparto. Lo de desconocido está claro, es porque no lo conoces. Lo de cercano, no tanto, aunque más que, digamos, Buenos Aires en horas de vuelo. Cuando yo llegué a Estambul me encontré una ciudad muy gris, muy del Pacto de Varsovia, si es que vale la expresión, y muy poco exótica. Un Estambul muy en blanco y negro, en suma. No era para nada la imagen que uno tenía de lo que debería ser Estambul, una imagen mucho más a lo Beau Geste donde, en palabras de mi hermana Mª Carmen “cayeran de rodillas” al sonar la llamada del almuédano desde el alminar.

(Inciso parentético: habrán visto que prefiero usar palabras como “almuédano” y “alminar” en lugar de “muecín” y “minarete”. Cosas de la formación como arabista.)

En algún momento al amigo Pamuk le hizo mucha gracia que le comentara, no sé a cuento de qué, que mis recuerdos infantiles son también de una España en blanco y negro. Supongo que en gran parte se debe a las fotos familiares y al No-Do, el mundo al alcance de

Un servidor en blanco y negro por culpa de la foto. En realidad soy en colores.

los españoles… Demonios, menudo arrebato proustiano lo del No-Do.

(Otro inciso: a mi bisabuela, creo recordar que se trataba de ella, le preocupaba mucho que mi madre fuera al extranjero. Dicen las crónicas medievales que el No-Do tenía por aquellos tiempos una parte titulada “Estragos y catástrofes” que, como es lógico, ocurrían allende nuestras fronteras.)

Bien, pues en una curiosa reunión de un foro mediterráneo de no sé qué a la que me invitaron como convidado de piedra de D. Juan Zorrilla, apareció en mi corrillo nada menos que ¡Carlos Solchaga! ¿Se acuerdan del ministro de Hacienda? Pues dicho señor, a quien yo recordaba siempre bastante cabreado y que resultó tener mucha gracia, dijo sobre Estambul que a los buenos escritores se les notaba la casta en la forma que tenían de tratar la propia infancia. ¡Ajá, ahí tenemos lo cercano! Aunque ahora no nos lo creamos, todos hemos sido chicos, incluso Pamuk.

No es que mi familia tuviera nada que ver con la suya. No vivíamos todos en el mismo bloque, ni siquiera en la misma ciudad. Tampoco éramos ricachones venidos a menos, ni mi abuela era una especie de materfamilias. Por no tener, no tengo hermanos varones (aunque Pamuk tampoco tiene hermanas). Sin embargo, todo tiene un airecillo que resulta familiar. Vamos a ver si no me lío. Pongamos por caso la abuela de Pamuk. Mi abuela, por mucho que de pequeña fuera a un colegio de esos de señoritas donde enseñaban un poco de francés y un poco de piano (supongo, nunca la vi hacer uso de ninguna de ambas habilidades), no tenía nada que ver con esa tiranuela que se despertaba bien temprano para que sus hijos se despidieran de ella antes de marcharse a trabajar, ay bo, ay bo (en inglés “heigh-ho, heigh-ho”, lo juro, qué curioso esto de los idomas), pero que se levantaba de la cama a mediodía y que luego jugaba al póquer y al bezique con sus amigas. No, mi abuela no era así, pero la abuela de Pamuk podría haber sido perfectamente abuela mía. ¿Ven? La cuestión no está en los parecidos, sino en que podría haber sido así si yo hubiera nacido en otra familia. Encima, sí he conocido a más de una señora parecida a la abuela de Pamuk. Es decir, por muchas vueltas que le dé a la cabeza, soy incapaz de identificarme con Flash Gordon o con Ana Ozores, pero me identifico muy fácilmente con Pamuk de pequeño.

Los Cridens en una foto familiar y hogareña.

Y luego están los detalles. Como que le gustaran los Creedence Clearwater Revival. Son muy anteriores a mi edad del pavo, pero tuve una novia que tenía Cosmo’s Factory. O esa foto del capítulo “Empellones entre hermanos” en que sale él con las orejas al aire libre y su hermano parece que está dándole un besito pero en realidad intenta estrangularle. ¿Quién no tiene una foto parecida o no recuerda una situación similar? O, ¿qué me dicen de su sana afición a buscar grabados de torturas en la Enciclopedia de Estambul? ¿Quién no ha tenido entretenimientos así? Por eso, cuando traducía el libro me dejaba inspirar por el espíritu de la infancia universal y del pasado reciente y, reclamando aliento de Calíope, me decía: “¡Qué joío este Pamuk!”. Por otra parte, tengan en cuenta que le lleva a mi hermana mayor lo que ella me lleva a mí; es decir, podríamos haber sido primos perfectamente (obviamente, tenemos distintos padres Pamuk y yo, así que no podríamos haber sido hermanos).

Para mí, además, Estambul tiene algo a lo que me he referido antes. La ciudad que describe Pamuk no es tan distinta de la que yo me encontré al llegar. Para más inri llegué en invierno, un invierno tan desagradable que no se veía la parte asiática desde el puente de Gálata. Y a principios de marzo cayó una nevada de aquí te espero. ¡Qué más amargura, saudade, morriña o hüzün quieren! ¿Y aquellos autobuses de cuando Franco era corneta? ¿Y aquellos despachos a los que iba a buscar la beca y parecían la oficina siniestra? ¿Y la residencia cuartelera en la que vivía? ¿Y la calle İstiklâl con tráfico en los dos sentidos? Ubi sunt? Eso sí, se lo pasaba uno como un enano (ay bo), la verdad. Es lo que digo siempre: el día que al supermercado que hay cerca de casa llegó la fregona Vileda, fue un gran día para Turquía y para mí. Pero nada fue igual a partir de entonces… “No te vayas, Shane”, pero el cabrón se fue.

El mismo servidor de antes el año que llegó a Estambul. Está delante de Sta. Sofía, saliendo de Siberia a la izquierda.

En suma, que yo vi el Estambul que describe Pamuk en mi Córdoba de mis entretelas y vi el Estambul que describe Pamuk en el Estambul al que llegué, aunque bastantes años más tarde. Querida amiga Carmen, ¿un mundo cercano? Claro que sí. ¿Desconocido? Hasta que lo conoces.

No sé si sabrán que hace poco ha fallecido el gran traductor Miguel Martínez Lage. En un artículo que Muñoz Molina escribió sobre él se asombraba de que dijera que Faulkner se traducía solo. Por supuesto exageraba, pero Martínez Lage tenía razón en que hay libros que se traducen con muchísima soltura. Algo así me pasó con esos capítulos familiares de Estambul, con los más ensayísticos (como el de la “hüzün”) no tanto porque cuando el autor desbarra el traductor se distrae.

Uno siempre ha mantenido que hay que diferenciar las reacciones de lector de las reacciones de traductor. Dejando de lado exageraciones como llorar, no comer o no dormir, más propias de enfermos de hüzün-melancolía-tristesse, creo que identificarse con un libro, un autor o un personaje es una reacción de lector. Y sospecho que lo que Martínez Lage quería decir es que, en muy contadas ocasiones, mientras traduces un libro te sientes también lector y casi es como si estuvieras leyéndoselo a alguien en voz alta. Por lo menos, es lo que me pasa a mí, y son ratos de una enorme felicidad. Puede que sea una felicidad tan pequeña como la de oler café por la mañana, pero no por eso deja de serlo. ¿Se nota esta felicidad en la traducción? Sinceramente, espero que no. ¿Para qué revisamos los textos, entonces? Pues estaríamos aviados si encima nos exigieran trabajar siempre felices, heigh-ho.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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