Estambul: ciudad y recuerdos/İstanbul: Hatıralar ve Şehir

Antes de que nadie diga nada, lo sé. Sé que el subtítulo original turco es Recuerdos y ciudad y en la traducción se puso al revés. ¿Por qué? Si observan un poco verán que tenemos tendencia a decir la palabra más corta primero, o de la manera que nos resulta más fácil. ¿Y por qué? Yo qué sé, cállate, niño. Puede que no sea eso, sino sólo manías. No lo sé, pero se me ponen los pelos de punta cuando mis estudiantes dicen que antes la tele era en “negro y blanco”, por ejemplo, y eso que “blanco” tiene seis letras y “negro” cinco.  Bien, resuelto este acuciante problema tengo que decirles que Estambul, como lo llamamos los amigos, ha sido un libro muy importante para su seguro servidor de ustedes. En primer lugar porque sigue siendo el único por el que cobro royalties, lo que significa que se ha vendido una barbaridad. Si las liquidaciones fueran descifrables, podría darles un número, pero cada vez que las mandan me acuerdo de los egiptólogos previos a Champollion. En segundo lugar, porque me da la oportunidad de sentir ganas de estrangular a alguien cada vez que me preguntan “Ése es el libro por el que le dieron el Nobel, ¿no?” y tengo que explicar el mismo rollo por millonésima vez.

También es el primer libro de Pamuk que le publicó Mondadori en España. Es bastante lógico teniendo en cuenta que es Random House-Mondadori y que su editorial en inglés es, precisamente, Random House. Tuvieron además la suerte de que el libro se publicó en septiembre (si mal no recuerdo) y le dieron el Nobel en octubre. Pero, la verdad, se lo habían currado. A Mª Jesús le contó alguien de la editorial que todos los años se llevaban un fin de semana a un grupo de libreros a algún sitio para presentarles las novedades. Y con algún sitio querían decir Pekín, Buenos Aires  o Estambul, en este caso. Y con libreros no sólo se referían a los grandes, sino también a gente de librerías medianas y pequeñas de ciudades medianas y pequeñas. Y, claro, los libreros, agradecidos de que alguien por fin les haga caso y de que les traten a cuerpo de rey, cuando vuelven a su tierra ponen las novedades de Mondadori bien visibles. Aquí todo eso coincidió con la presentación “oficial” de Estambul. Agarraron a Pamuk y a menda de intérprete, organizaron una reunión con la prensa que también se habían traído, luego nos llevaron a dar una vuelta en barquito por el Bósforo y a cenar al palacio Çirağan, que ahora es un hotel, pero el que tuvo, retuvo. Al final se fueron de copas a un sitio muy de moda, aunque nosotros nos volvimos a casa. Me pareció muy buena estrategia de márketing porque, oye, te llevan de viaje y te dan buena cama y manduca de calidad y, si eres periodista, escribirás algo bueno o, si eres librero, te encargarás de que se vean sus libros. Además todo el mundo andaba bastante pendiente de lo del Nobel porque el año anterior Pamuk estaba entre los favoritos de las apuestas, aunque luego se lo dieron a Harold Pinter, y estar con él en el barquito del Bósforo y poder preguntarle cosas sobre el libro tenía que resultar muy agradable. La verdad es que nos lo pasamos muy bien.

Esa tarde pude ser testigo, bueno, lo fui más tarde, de lo influyente que puede llegar a ser un editor astuto. Andaba yo un poco mosca porque el título del capítulo sobre la amargura lo habían dejado en turco, “Hüzün”, como en la edición inglesa. Y estaba mosca porque me había costado mucho trabajo decidirme por “amargura”. Pamuk deja muy clarito que el sentimiento en cuestión no es la melancolía ni la tristesse (en turco el capítulo se titula “Hüzün-Melankoli-Tristesse”), que tampoco es exactamente la tristeza. Total, que le había estado dando vueltas y revueltas a ese sentimiento de haber sido y no ser, de tener delante de las narices un pasado glorioso y un presente mediocre, bla, bla, bla… ¡Y van los tíos y lo dejan en turco!. Riccardo Cavallero, nombrado hacía poco jefazo de la editorial en España y ahora más jefazo todavía, intentaba convencerme de que ya vería lo bien que resultaba aquello. Yo, más terco que una mula, no daba mi brazo a torcer. Ahora, humillado pero no ofendido, humilde y contrito, me quito el cráneo ante la capacidad visionaria de D. Riccardo y me asombra que aún no lo hayan nombrado presidente mundial o algo así. Lo que ocurrió fue de una simplicidad sorprendente. Como nadie sabe lo que significa “hüzün”, cualquiera puede afirmar sin riesgo de equivocarse que quiere decir lo mismito, lo mismito, que la palabra habitual en su pueblo. Es decir, ¿que en tu tierra lo llaman “morriña”?, pues estupendo, puedes decir “la hüzün, que el carpintero traduce por amargura, pero que se acerca más a la morriña…”. ¿Que lo llaman “angustia existencial”, o “zumbalaburra”, o “comefruta”?, hala, a aplicárselo a la hüzün. Es, con diferencia, el capítulo que más le gusta a la gente porque todo quisqui reconoce la sensación y cree que sólo la sienten en su pueblo. Me recuerda a esa gloria universal de la literatura que es La carrera de Oklahoma, de Lucky Luke (no, no es el autor). Allí un pillo usaba hasta la saciedad la palabra “inicuo” en las elecciones municipales porque, como decía él, nadie sabía lo que quería decir y todos podían darle el significado que prefirieran. Algo así es lo que pasa con “hüzün”.

Volviendo a lo de las ventas: ahora que lo pienso, y para que se hagan una idea de lo que ha gustado Estambul, baste decir que no he encontrado críticas negativas a la traducción y mira que se ha escrito sobre el librito, madre mía. Sólo alguien me criticó que en una ocasión usara el término “bachillera”, y ni siquiera yo puedo estar en absoluto desacuerdo. Creo que es un caso único en la historia mundial. Teniendo en cuenta que hacen falta los dedos de muchas manos para contar todas las opiniones sobre Estambul que corren por la red sin ir más lejos, ¿por qué no puedo encontrar críticas airadas que pongan la traducción a moverse hacia abajo por su propio peso desde el lomo de un asno? ¿Será que no disgusta ni irrita? ¿Qué he hecho mal? ¿Acaso he liberado mi lengua de iberismos? Entonces se te enciende la bombillita: el libro gusta a la gente, ergo a la gente le gusta el autor, ergo la gente no va a decir nada bueno sobre la traducción porque lo dicen sobre el autor. Así está mejor.

La verdad es que se trata de una reacción natural y me da la impresión de que precisamente para eso traducimos, para que no se note, mal que le pese a Venutti. Pero entonces te entra una duda existencial: si he traducido un número X de libros del autor Y y se ha criticado la traducción de algunos de ellos pero de otros no, ¿qué significa eso si tanto el autor como yo seguimos siendo los mismos (respectivamente)? Recuerdo que leí por ahí que cuando un español decía “Voy a serle sincero” había que echarse a temblar. Pues bien, voy a serles sincero pero tampoco tanto: cuando el libro te gusta, el autor escribe de maravilla; cuando el libro no te gusta, la traducción es una petardez. Ésa es la idea general y nadie va a dar su brazo a torcer. De hecho, una vez un compañero (sin tener ni papa de turco) comentó que debía de ser un privilegio traducir a Pamuk, porque como todo lo que escribe es perfecto… Y me callé, por supuesto.

Otro motivo por el que Estambul se ha vendido de esa manera (creo) es porque se trata de un libro con santos; bueno, santos no, fotos. Tiene unas fotografías estupendas de ese magnífico artista que es Ara Güler. Sus fotos reflejan muy bien el Estambul de los cincuenta-sesenta que es la imagen que tenemos todos por lo general, incluido el mismo Pamuk. Pero el libro también tiene otras de Pamuk, hechas por él y hechas por otros pero de su propiedad. Éstas tienen la ventaja de que podemos cotillear: “¡Oye, qué madre más guapetona, con lo feo que es él! ¡Hay que ver cómo se estropean los niños!”; “Mira tú, no llevan el gorrito ése de los turcos de tres letras de los crucigramas!”; “¡Uy, qué cara de pillo! No me extraña que le pegara el hermano…”. No sé por qué, a todos nos gusta leer sobre los autores (y los pintores, y los músicos, y los futbolistas) y verlos; en parte supongo que es pura curiosidad, en parte porque, si nos gustan, nos apetece conocerlos como personas para saber sus secretillos (“¡Menos mal, creía que Nabokov era pederasta! Me he quitado un peso de encima”); y, no por último menos importante, supongo que además nos reconforta ver que son personas normales a pesar de que a veces nos asombran con sus obras (“Sí, sí, mucho premio Nobel, pero su hermano le ganaba”). Eso sin contar que gracias a los vuelos charter un amplio porcentaje de la población española acaba viniendo a Estambul por Semana Santa.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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4 respuestas a Estambul: ciudad y recuerdos/İstanbul: Hatıralar ve Şehir

  1. María Jesús dijo:

    Y no me dirás que no te hizo ilusión que todo hijo de vecino viniera con el libro en cuestión debajo del brazo… Porque se ha convertido en una especie de guía alternativa-literaria-intelectual (no de la misma manera para todos, pero algo así sí que es)…

  2. carmen abuela dijo:

    Y mucho que yo me alegro. Si la gente compra el libro, me refiero a los hispanoparlantes, es proque les gusta la traducción sin la cual no se enterarian de como es el libro.
    Besos

  3. Azulzul dijo:

    Fue eso que mencionaste de una buena traducción que me pareció muy cierto y aplicable en este caso; cuando se vuelve imperceptible y el lector siente que el autor le está hablando, sobre todo en un libro tan íntimo como esté. Felicitaciones, que maravilla al encontrar este blog, justo después de haber descubierto a Pamuk y leer algunas de sus obras (por aquí en mi país no le han hecho mucha promoción, menos mal existe la biblioteca de la universidad). Ando entusiasmada leyendo el blog, lo encuentro interesante y divertido, vaya que me he reído mucho.

    • Me alegro de que se haya reído, para eso estamos. Lo del traductor imperceptible es un viejo debate en la profesión. De todas maneras, hay algo que no entiendo: si el lector no conoce el original (y es de suponer que no), ¿cómo se sabe si el traductor es más o menos perceptible? Se le han dado muchas respuestas muy filosóficas a esta pregunta, pero ninguna me parece satisfactoria. Supongo que no hay manera de saberlo.
      Un saludo

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