Una breve reflexión / sobre premios de traducción

«Vengo a comunicarle la grata noticia de que le hemos concedido el premio de nuestra asociación de vecinos» «Pero, buen hombre, ¿no podría haber venido antes de que nos enzarzáramos en fogoso debate sobre a quién debían dárselo?»

Acabo de ser honrado por el blog Estado crítico con el premio de traducción del año 2018. Vistos los nombres que me acompañan —Mona Eltahawy en ensayo, Isaac Rosa en narrativa y Felipe Benítez Reyes en poesía— y los de quienes me han precedido —me limito a citar a Malika Embarek el año pasado por aquello de que también obtuvo el premio nacional a la obra de una traductora—, está claro que es algo serio, de lo cual me congratulo profundamente. Un galardón de esta categoría obliga a un humilde examen de conciencia y según lo voy haciendo se me ocurren algunas tonterías sobre los premios en general y los de traducción en particular.

La primera es que gusta que te den un premio. Esta mañana, sin ir más lejos, me he dado cuenta de que me habían tocado tres en una de las loterías primitivas de aquí y me he puesto tan contento. No es lo mismo que cuando te toca un premio en un huevo Kinder, por mucha ilusión que te haga, porque no has hecho nada para merecerlo (aunque ahora dicen que los van a quitar o que van a ir por fuera del huevo). Para que te toque el par de eurillos que me he llevado con la loto (a) te tienes que acordar de comprarla, (b) luego de mirar si te ha tocado o no y, last but not least, (c) tienes que acordarte también de recoger las perrillas que te has llevado. No es que pretenda comparar la lotería primitiva con el premio de traducción —entre otras cosas porque este último no tiene dotación económica—, ya que la lotería tiene un componente bastante más azaroso que la traducción por mucho que digan algunos. La traducción tiene mucho más mérito porque tiene mucho más trabajo, dónde vamos a parar, ya que consiste, en última instancia, en copiar un libro, que además está escrito en otra cosa, en lo que decimos nosotros. Y en copiarlo a mano o tecla desnuda, sin que valgan fotoxerocopias. Es decir, además del gusto del premio en sí (placer básico tipo huevo Kinder), se le añade el componente de azar (placer semievolucionado tipo «¿me lo darán? ¿no me lo darán? ¡me lo dieron!») y, por fin, el mérito al trabajo (placer evolucionado tipo «íntima satisfacción del deber cumplido»). O sea, que gusta que te lo den.

Por el mismo motivo, disgusta que se lo den a otros. No es simplemente la decepción «¿me lo darán? ¿no me lo darán? ¡NO me lo dieron!», sino también la profunda angustia existencial del «¿qué tiene él que yo no?». Estoy hablando de la envidia, simple y llanamente, no de la mala-mala que te gustaría que al otro le salieran unas almorranas en los ojos de coraje de que le hayan dado un premio, ni tampoco de la sana envidia que te mueve a emular a quienes se convertirán para ti en modelo de comportamiento en el futuro (menuda gilipollez), sino de la envidia normalita de «¿y por qué yo no?». Si hay jamones de por medio, es muy distinto, pero si no hay nada, ¿por qué se lo dan a ese, con lo que me he currado yo lo mío? Rápidamente se darán cuenta de lo débil del argumento, que hayas trabajado mucho no significa que tu resultado sea mejor. Supongo que esto es bastante más normal en autores de obras derivadas, como veremos más adelante y consúltese la LPI, porque en las originales parece como un poco menos subjetivo. Supongamos que yo he escrito una obra literaria digna del Parnaso como cualquiera de las inmarcesibles novelas de Corín Tellado o Marcial Lafuente Estefanía costándome sudores de sangre y millones de horas de trabajo y se me cuela un recomendado como Cervantes o Pérez Galdós y le dan el premio. Bueno, pues te jodes como Herodes te fastidias porque no es que tú seas malo, sino que el otro es ligeramente mejor, mala suerte, y da igual a quién le cueste más trabajo. Sin embargo, cuando la novela que yo he copiado es más larga que la de ese de ahí, es bastante injusto que no te premien a ti, sobre todo porque tú no has escrito originalmente esa caca.

Ambas cosas, gusto o disgusto, van en proporción directa con lo gordo que sea el premio, en el sentido de premio gordo. Si lo que te dan es una reproducción en metacrilato del Sagrado Corazón de Jesús (un poner) en tu parroquia, pues te pones muy contento, le regalas el bibelot a tu primo el heavy por su santo, lo pones en el currículum y adiós muy buenas. Pero si te dan pasta como para comprarte por fin el lavavajillas o incluso más, entonces son palabras mayores. Te llena de gozo no contribuir a la contaminación del mar fregando a mano y más todavía el mero hecho de no tener que fregar a mano. Y si no te lo dan, ¡qué decepción, qué profundos pozos de negra depresión cuando ves cómo crece la montaña de platos grasientos del fregadero!

Por supuesto, si no tienes bien cubierto el riñón. Si sí lo tienes, o quizá ambos riñones, entonces te puedes permitir el lujazo de rechazar el supuesto honor que pretendidamente quería hacerte una institución fascista y caduca que inculca en todos sus actos la libertad de expresión y bla, bla, bla. Además tienes la ventaja de que igual te premia otra institución opuesta y te quedas con lo servido por lo comido. Y si no te honra nadie, bueno, pues lo de la zorra y las uvas…

El problema con los premios de traducción es que nunca puedes estar seguro de hasta qué punto te lo han dado a ti o a los autores originales. Volviendo al ejemplo anterior, igual tu traducción de El mejor colt de Texas (título elegido al azar) al turdetano es la repanocha y recoge y refleja todos los matices poéticos del original, pero tengo mis dudas de que te premien por la traducción. En cambio, si traduces cualquier chorrada de un enchufado en boga, por ejemplo, Las soledades del tal Góngorilla, es más que probable que llames positivamente la atención de unos jurados más dados a cumplir con la moda de turno que a honrar valores eternos. De hecho, unos colegas (un colega y una colega) y s.s.s. tienen en proyecto traducir al turco aquel poema de Cirlot que dice «Geirn / ne / Nreig / re / Irgen / ge…», ya saben cuál, ¿no? O ese otro tan espiritual de:

Pues le metemos un buen prologazo sobre deconstrucción, relativismo cultural, puentes interculturales fluidos y otras zarandajas, unas buenas notas que ocupen tres cuartas partes de la página y seguro que tenemos premio al canto.

Lo cierto es que la mayoría de las veces te podrías inventar lo que traduces porque nadie se va a leer el original. Del turco ni te cuento. Igual hay gente que se lee el libro en inglés, pero puedes dar por seguro que esos no van a estar en el jurado del premio de traducción que te lo dé (si no te lo dan, puede que sí). Y, de todas formas, ya sería mala suerte. Si te pillan y peligra tu premio empiezas a hablar de escopos y canibalización y estás atento a ver si ponen caras raras. Si las ponen les puedes soltar un clásico: «Si no sabes, mejor que te calles». Adonde quiero llegar es que en realidad los premios no se dan a cómo de buena es la traducción, sino a lo bien que suena en lo nuestro. Y para que suene bien, en mi opinión es condición, sin la cual no y con un granito de sal [ejemplo de traducción chunga que suena muy mal], que el original sea, por lo menos, decente.

Se me viene a la cabeza lo del Pamuk. Saben que le dieron un premio, ¿no? (no, de traducción, no; de lo otro, de lo de escribir él). Bueno, pues aquí en Turquía hay mucha gente que opina que escribe como si lo hiciera con las nalgas, o sea, muy mal, porque se hace líos con el predicado y los complementos y las concordancias y los tiempos de verbo (en parte porque no me lo entienden, probetico mío) y achacan que le dieran el premio a que al traducirlo queda muy bien. Pero es lo que yo digo, entiendo que en mi traducción quede muy bien porque es casi inevitable (vean si no el premio que me han dado), pero que quede bien en todas las lenguas del mundo y que el original sea malo… Menuda coincidencia, tú, que esté mal escrito y que suene bonico en japonés y en gallego y en persa y en alemán. Me parece que se pasan un poco… Me entienden ustedes, ¿verdad? O sea, que para que una traducción esté fetén fetén (a) tiene que quedar chuli en lo nuestro y (b) conviene que tenga un buen original. Y ahora me dicen ustedes dónde se ha perdido aquello de que sea una buena traducción, es decir, adecuada al original comilfó y como un guante si en lo único que nos fijamos es en que sea aceptable y presentable.

En mi caso dicen que me han dado el premio por ser «veterano trasladador», que no en vano soy alférez de infantería —aunque quizá con lo de «trasladador» quieran decir que me he mudado varias veces de casa—, porque tengo currículum y porque no traduzco del inglés. Todo ello es cierto y tiene su mérito. Prueben si no, a ver si tienen ustedes el currículum actualizado, que seguro que no. También me lo han dado porque «pone [yo] de relieve su [mi] capacidad de traernos a casa una literatura que no nos debería ser ajena», y así queda más claro lo del trasladador y lo de no traducir del inglés. Es decir, se supone que yo traigo una literatura no en inglés y que tendríamos/tenemos que conocer, como aquello del Terencio de «humani nihil a nos alienum puto» [yo, es decir, «yo considero/opino/creo», no me sean mal pensados]; y que «casa» es una metáfora por «España» o «lengua española». Y no se crean que llevo la literatura a sus casas físicamente vendiéndola en fascículos a cómodos plazos, no, que es todo una alegoría alegórica. Pues también es verdad y encima tienen el detalle de no llamarme «puente» (D.g.).

Agradezco sinceramente a los miembros de Estado crítico que me hayan tenido en cuenta y me hayan premiado y espero no haber soltado ningún pegolete molesto (captatio benevolentiae, mangas verdes). Supongo que algo habrá tenido que ver Ilya U. Topper, a quien aprovecho para enviar un saludo (¿afectuoso?, ¿cordial?, siempre me hago un lío, lo que sea más). No me pasaba algo así desde que en el colegio me dieron una medalla por buena conducta y aplicación.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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4 respuestas a Una breve reflexión / sobre premios de traducción

  1. Renata dijo:

    Pues yo creo que es bien merecido. Primero leí algunos libros de Pamuk en castellano, y cuando tuve nivel los releí en turco e incluso tenía las traducciones delante por si me atascaba (aunque no me resultó complicado de entender, a pesar de lo que se dice) y puedo decir que me transmitían el mismo “feeling” – porque si no de usa una palabra en inglés, no se es nadie en este país – ambas versiones, y creo que la atmósfera estaba perfectamente capturada y transmitida en la traducción.

    Y bueno, esto lo digo yo opinando desde la barra del bar, porque no soy experta, ni de lejos, en la materia de la traducción y desconozco los criterios que se siguen para conceder estos premios, pero a mí como lectora y estudiante las traducciones me parecen estupendas y ne han servido de ayuda y de inspiración.

    Cuando alguien está tan perdido cuando empieza a aprender un idioma como el turco, la motivación que da tener ejemplos como Ud. es también de un valor incalculable.

    • Oh, amigüísima Reyhan, no creo ser merecedor de tan amables comentarios. En fin, que gracias por lo de creer que es merecido, pero no pienso que eso invalide mis dos teorías principales, tres en realidad: que es más fácil que te den un premio si traduces a/de una lengua “rara”; que si es lo bastante “rara” tienes mucho margen para inventar al traducir y nadie (excepto usted, por supuesto) se dará cuenta; y que también es más fácil si tienes un buen original (por mucho que les pese a los detractores turcos de Pamuk). Salud y un abrazo.

  2. Belén Santana dijo:

    Enhorabuena, Rafael. Un premio merecido, malgretú. Esto me ha encantado: “Pues le metemos un buen prologazo sobre deconstrucción, relativismo cultural, puentes interculturales fluidos y otras zarandajas, unas buenas notas que ocupen tres cuartas partes de la página y seguro que tenemos premio al canto”.

    • Ja, ja, ja. Me temo que me he pasado un poco con eso (y no creo que sea un criterio para dar premios o no), pero como estamos en plena temporada alta de simposios y de temas de tesis, estoy de postmodernismos y deconstrucciones hasta el gorro. Salud.

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