De títulos y titulillos universitarios

«Veamos a ver. Como puede comprobarse por el grabado adjunto, un profesor es un docente y sí es profesor, pero no es doçent; y un doçent es docente, pero no es profesor, aunque también lo es y lo son ambos. ¿Me sentiende?» «La gallina, profe.»

Muy a menudo me cuesta bastante trabajo explicar qué soy en la universidad turca. Se me llevan un poco los demonios cuando veo que en mi tierra nadie entiende que tengo una categoría X en una universidad pública, pero que no soy funcionario porque soy extranjero —esa es harina de otro costal, parecido, pero otro—. Me recuerda a cierto empleado de banca que era incapaz de comprender cómo era posible que yo tuviera deneí si tenía una cuenta de no residente; y cuando le contestaba que tenía deneí porque era español entonces me preguntaba cómo era posible que tuviera una cuenta de no residente; y cuando le contestaba que la tenía porque no era —no soy— residente en España, me preguntaba cómo era posible que tuviera deneí; etc. Lo único que me consuela es que aquí, en Turquía, tampoco se enteran. Debo de ser muy, muy tonto si me consuelo con eso.

Por otra parte, este verano tuvimos una conversación muy sabrosa los tres cuñados, nuestro amigo Manolo y un par o tres de sobrinos/hijos con el fin de iluminar y confundir, casi deslumbrar, a estos últimos, sobre cómo era el sistema de profesorado universitario en nuestros respectivos tiempos y carreras. He de confesar que es un tema que me resulta bastante más divertido que el fútbol, posiblemente por mi ignorancia de tan importante deporte, o viceversa (es decir, que no sé de fútbol porque no me interesa). Todo acabó con que antiguamente existían unos seres terribles llamados catedráticos que tenían unos secuaces llamados adjuntos y unos esbirros o asistentes. Hasta ahí llegaban mi madre y Manolo; los tres cuñados éramos más bien de la generación de los penenes, en la que los catedráticos eran unos entes abstractos suspendedores de unas asignaturas que impartían los mencionados penenes. Mis sobrinos, no demasiado aficionados a asistir a clase para qué nos vamos a engañar, simplificaban y diferenciaban sobre todo entre estudiantes —en silla, antiguamente banco— y profesores —en tarima tras mesa, de pie o sentados—.

El esquema es bastante simple para los que estamos en el ajo. Hace mucho, mucho tiempo, antes de la primera/segunda trilogía de la Guerra de las Galaxias, cada una de las facultades estaba dividida en «cátedras», que es un nombre raro para llamar al «sillón» desde el que peroraba el capitoste correspondiente (por eso el Papa habla «ex cathedra», uséase «desde su sillita»), y de ahí que le dieran el nombre de «catedrático» (al Papa, no; al capitoste). Como en las sillas solo puede sentarse una persona —sema que las diferencia de los bancos—, únicamente había un catedrático por asignatura. Los que le seguían en sabiduría y categoría eran los «adjuntos» (a la susodicha cátedra), en este caso, un poner, «persona que acompaña a otra para entender con ella en algún negocio, cargo o trabajo». O sea, que los adjuntos acompañaban al catedrático sin sentarse en su silla. No obstante, a los adjuntos no les faltaban ganas de tener su propia silla, como al Gran Visir Iznogud, aunque usualmente tenía que ser en otro sitio porque eran plazas contadas y con nombre casi. A ambos cargos (¿empleos?) se accedía por oposición porque eran funcionarios, llamados «numerarios», quizá por aquello que decía de que eran habas contadas. Tenemos, pues, un primer conjunto de profesores numerarios por oposición, que es lo que los anglos vienen a llamar «tenure track». Sigamos.

En mis tiempos de cuando estudiaba la carrera había tropecientos mil profesores que, por el momento, no habían aprobado las oposiciones y que, por lo tanto, eran P[-rofesores] N[-o] N[-umerarios], vulgo «penenes». Como no eran funcionarios, supongo que tendrían algún tipo de contrato. Los había que tenían terminada y defendida ya la tesis y otros que no. Aparte de ellos y un poco más abajo solo estaban los (escasísimos) becarios de investigación y los de la limpieza. Los bedeles constituyen un cuerpo aparte, solo por debajo de los catedráticos más veteranos.

Al convertirse las cátedras en departamentos —todo esto es un poco más lioso, pero es que si no resumimos nos dan las tantas—, había más disponibilidad de sillas y, por lo tanto, podía haber más catedráticos por departamento. Con lo que —ahora sí que damos un salto casi sideral—, alguien se dio cuenta de que una cosa era lo que eras —humano/alienígena, varón/mujer, alto/bajo, moreno/pelirrojo, catedrático/adjunto, sin que el orden suponga un juicio de valor por mi parte— y otra cómo existías y dónde —silla/tarima, en/junto a ella—, de forma que ahora la categoría no dependía de la plaza que ocupabas, sino de que demostraras, oposición o concurso-oposición mediante, que cumplías una serie de condiciones mínimas. Para evitar la endogamía o enchufismo, esto lo lleva una agencia o ente externo a la propia universidad que te «acredita» (en otros sitios dicen «habilitar») de tal —catedrático— o cual —adjunto—. Por cierto, con la silla o cátedra, desaparecieron los adjuntos, que pasaron a llamarse «titulares», supongo que por aquello de que «adjunto» suena a subordinado y con «titular» no hay quien te tosa. Miren si no los titulares de los periódicos, qué letras más grandes.

Los penenes también desaparecieron y fueron más o menos absorbidos por una categoría, la de profesores asociados, que se suponía reservada a personal ajeno a la universidad cuya experiencia y conocimientos pudieran ser útiles para los estudiantes. Fue algo que le pasó, sin ir más lejos, a mi padre. También ellos tuvieron que acreditarse y encima, con la excusa de que los asociados podían tener contratos por horas, conformarse con unos contratos mierdosos. Hay también profesores «ayudantes», «contratados» y categorías intermedias o mixtas con la característica básica de un sueldo nivel escatológico o la mierdez en general. Por lo menos, de funcionario no te echan. Pero no vamos a profundizar, sino que únicamente queremos tener un contexto para la comparación.

En Turquía el sistema no era demasiado distinto. Los nombres de cada cosa se tomaron en principio del alemán: el títular de una cátedra («kürsü», del árabe «kursi», «silla») era el «profesör». El que le seguía en sabiduría y experiencia era el «doçent» (pronúnciese «dochent»). Por debajo estaba la legión general de «asistentes», que lo mismo te daban una clase que iban a la tintorería a recoger la toga del catedrático, que en verano olía que no veas. También los llamaban «çömez», que en las madrasas era algo así como el discípulo amado (no me sean mal pensados, hombre ya) y que ahora podríamos traducir como «chavalín» si tuviéramos mucha mala leche. La diferencia básica y fundamental era —es— que los profesör y los doçent, aparte de funcionarios, podían dirigir tesis y tesinas, mientras que los demás no. Pasando el tiempo, a los asistentes pasó a llamárseles «investigadores» y se supone que están liados con sus cosas de doctorado y no pueden dar clases, pero no solo las dan, sino que además se ocupan de la burrocracia de los departamentos, y no se hacen ustedes idea de la de papeles que es capaz de generar la universidad, no únicamente papers. Hay otra categoría interesante de profesores, que son los «okutman», literalmente «lectores», que en teoría se limitan a dar tropecientas mil horas de clase, supuestamente de temas más generales. Y existe alguna más, pero también pasamos. Por supuesto, un «okutman» no es para nada lo que en España entendemos por «lector», pero explíqueselo usted a los diplomáticos que firman los acuerdos bilaterales. Yo lo hice y la entonces agregada cultural me colgó el teléfono entre gritos (suyos). Pena que no podía amenazarme con el fusilamiento o el garrote vil.

El problema básico era que entre el investigador/asistente y el doçent funcionario por oposición no existía nada, te quedabas en la calle y no había nadie con doctorado a quien se le pudieran encargar las asignaturas más feas. Esto se solucionó creando la figura del «yardımcı doçent», o sea, el «doçent ayudante». Lo del «ayudante» ha sido y es ocasión de frecuentes dolores de cabeza, sobre todo al traducirlo con malicia. El problema es que en turco «yardımcı» se usa exactamente igual que nosotros usamos «sub-»; pero, claro, no tiene esa idea de «por debajo» que tiene, un poner, «submarino», así que es mucho más fino decir «director ayudante» que «subdirector», otro ejemplo. Ojo, sí que hay formas de decir «sub-», y más de una, pero como en la universidad todos somos hermanos y democráticos, somos iguales dentro de lo que cabe en una estructura jerárquica, cada uno en su sitio y el catedrático en el de todos, pero educadamente. ¿Qué pasaba? Que muchos de estos «doçent ayudante» en cuanto salían por la puerta de la facultad se apeaban rápidamente del «ayudante», lo que fastidiaba enormemente a los «doçent» fetén. Total, que al final le han cambiado de nombre a la categoría y ahora se llaman «doctores miembros del profesorado».

Como comprenderán, lo que acabo de hacer es una traducción bastante chapucera, porque lo suyo habría sido llamarlos «doctores docentes» o algo así, pero, claro, «doçent» viene precisamente de «docente», que no es lo mismo en español y en turco. A mí me fastidiaba enormemente cuando era «doçent» que dijeran en español que era «docente en la Universidad de Estambul» porque en español también lo eran (docentes) mis compañeros que no lo eran en turco (doçent). ¿Para qué hablar de profesor/profesör? Conozco a más de uno que, como era profesor en España —igual sin doctorado ni nada, al menos en su momento— aquí decía que era profesör, o sea, catedrático, y se quedaba tan ancho cuando en Turquía lo recibían con grandes alharacas. Si allí era asistente chavalín, aquí iba de catedrático catedralicio. Para que vean la diferencia que pueden provocar una cedilla o una diéresis.

Como todo se puede liar aún más, todas estas categorías suelen traducirse al inglés de los Estados Unidos de América del Norte, donde, más o menos, «professor» es todo aquel que da clases en la universidad. Claro que diferencian entre el «assistant», el «associate» y el «full», pero qué más da, todos son «professor». Lo normal, pues, es que si en Turquía eres de aquellos «subdoçent» y en España lo que menos se despache, en la tarjeta de visita siempre puedes poner «professor» y que te echen un galgo, a ver si es mentira.

¡Madre mía, qué lío! Pues ahora nos toca tratar con los extranjeros. Hasta el año 2002 o así, no me acuerdo exactamente, los extranjeros únicamente podíamos ser «okutman» porque los demás puestos eran de funcionarios o casi casi (los yardımcı doçent eran un caso muy especial) y los extranjeros no pueden ser funcionarios, ni aquí ni allí. Pero entonces, posiblemente por aquello del espacio (común) europeo de enseñanza superior y demás y con el rollo de las acreditaciones/habilitaciones, empezó a diferenciarse entre el rango o grado y lo que en el ejército llamarían «empleo» (aunque tanto monten, monten tanto las tres cosas). Es decir, que tú, extranjero, puedes obtener perfectamente el título de catedrático, pongamos por caso, siempre y cuando alcances o superes las oportunas condiciones, pero eso no implica que tengas la plaza, para lo cual tendrías que enfrentarte a un concurso-oposición público al que solo pueden presentarse nacionales. Eso nos abrió el camino a los extranjeros a ser «doçent» y «profesör» sin que tengamos la plaza en propiedad, sin ser funcionarios y con nuestro contrato anual de siempre, eso sí, mejor pagado que el de «okutman».

Y en eso estamos. Claro que ahora ponte tú a explicar a la gente que eres —en caso de ser doçent— como un profesor titular pero sin ser titular de nada o —si eres profesör— que eres catedrático pero sin cátedra. Todo quisqui empieza a hablarte de derechos adquiridos, sexenios, plazas, moscosos y otros términos no menos misteriosos que te suenan a música celestial porque tú, como cualquier asociado/chavalín tienes tu contrato y ya está, y tanto aquí como allí te miran como si fueras tonto si no cobras dietas o extras por formar parte de un tribunal o dirigir una tesis, a lo que no tenemos derecho. Mucho peor lo tienes, por supuesto, si dices en España que eres docente o profesor, porque todos los del gremio lo son y no entienden a cuento de qué te das tanto bombo.

En fin, que otra más con eso de ser extranjero, que como el de la canción ni somos de allí ni somos de allá. Pero encima ni somos (funcionarios) ni dejamos de ser (titulares/adjuntos o catedráticos). Y, por supuesto, tampoco cobramos lo que en Europa.

 

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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2 respuestas a De títulos y titulillos universitarios

  1. Madre mía, esa sí que es una verdadera situación kafkiana. Yo aborrezco la «burrocracia» porque ya he tenido innumerables problemas en ese ámbito. Figúrate que mi padre era alemán, mi madre cubana, y yo nací en España, pero mi nacionalidad era alemana y luego me naturalicé brasileña, así que no veas la mar de aburrimientos…
    Saludos desde Brasil.

    • ¡Uy! Yo tenía un colega colombiano de nacionalidad canadiense y casado con una neozelandesa o australiana (no me acuerdo) y con una cara de colombiano total y el pobre se iba al aeropuerto un montón de horas antes porque sabía la que le esperaba.

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