Un sagüen de potas

Me va a poner en un bocata tu agüela

Hala, ya está s.s.s. otra vez amarrado al duro banco, montando guardia en la facultad y todo, por estas que son cruces, por si igual nos atacan unos alienígenas o viene un estudiante a preguntar si hay que poner alguna póliza en los impresos del erasmus o si el papel del estado lo siguen vendiendo en los estancos, qué sé yo. Aprovechando la circunstancia, procedo a comentar un par de cosillas que me he encontrado perdiendo el tiempo en internés, o sea, plocastillando, que por fin me lo he aprendido.

La primera (la segunda la guardo para otro día) es algo que me recordó a mi abuela porque nunca jamás conseguimos que dijera «sandwich» como «sándgüich» o ni siquiera como «sangüis», a la madrileña, que para eso era de Valladolid y luego había vivido en la capital del reino y la república. Igual es porque había sido de francés y eso imprime carácter, pero lo más que llegaba a decir era «sagüen», y mira que le gustaban los mixtos de cafetería, con su abundante mantequilla, jo, qué hambre me está entrando. Como buenos nietos, nosotros intentábamos enseñar al que no sabe y le decíamos: «A ver, abuela, dí «san»»; y ella: «San»; «Di «güis»»; «Güis»; «Ahora todo junto: «san+güis»»; «Sa-güen». Y no había manera.

Se me vino a la cabeza porque alguien compartió, creo que en lo del pajarito azul, una reflexión de un traductor inglés sobre los bocadillos de calamares y era muy elogiado por reflexionar sobre ello/ellos. Según nuestro colega, el inglés nunca recogería todas las connotaciones que tiene un bocadillo de calamares en un texto sobre el Madrid de los setenta, o los ochenta, no me acuerdo. Es decir, la cutrería, la Plaza Mayor, la Movida etc. Me hizo gracia, además, porque hacía unos días que Mª Jesús y yo nos habíamos tomado un bocata (¿diría «bocata» el original para añadir leña al fuego?) precisamente en la Plaza Mayor porque se nos había antojado y porque la mayoría de los sitios estaban petados, verbo utilísimo que he aprendido en los últimos años y que como «rollo/enrollarse» sirve para casi todo, bueno, malo o regular. ¿Que estas fuerte? Petado. ¿Que está lleno? Petado. ¿Que está bien hecho? Petado. ¿Que está mal y contrahecho? Petardo. ¿Que tiene colores de malaquita iridiscente y un perfume a lirios del campo? No lo sé, pero yo diría que lo peta. Bueno, volvamos al tema original.

No solo eran las connotaciones en español, claro, sino también cómo decirlo, que también tenía las suyas en inglés. Bocadillo es sandwich, ahí no hay mayor problema, como no sea el pan, que explícales a los ingleses lo que es una telera. Pero ¿y el relleno? ¿Squid o calamari? Porque un sandwich de squid suena extraño y uno de calamari como fino y exótico-griego. Si nos quedamos con squid, ¿a palo seco o fried? ¿Con o sin mayonesa, como sugería alguien? ¿Lo relacionaría algún lector despistado con el juego del calamar de los coreanos? Que desde luego vaya entretenimientos que tiene la gente ociosa, cómo se ve que es la madre de todos los vicios, el ocio. Todo esto servía para reflexionar (aquí lo tenemos) sobre lo meritorio que es traducir porque hay cosas que se las traen y son intraducibles, como la respuesta multisensiorial que provoca en un lector español el sintagma (nominal) «bocadillo de calamares», que yo mismo estoy ahora como el perro de Pavlov. ¡Qué cosas!

A mí, sin embargo, se me ocurrían otras reflexiones más pedestres. Para mí traducir no es decirlo todo porque te puede pasar como al Jackson con la peli del señor de los ruidillos, que decía que la primera tendría que haber durado como ocho horas (ocho por tres, veinticuatro, en este caso). Es que no se puede. Y además, es que ese todo no es igual para todos. Un poner, muamem, aunque bombero (traducción mía de boomer) que vivió los setenta-ochenta con razonable estupidez juvenil, tengo un recuerdo muy distinto de los bocadillos de calamares porque era algo que tomábamos entre clases de la facultad en una especie de zaguán cerca de la Puerta de Gallegos y no tienen nada que ver ni con Madrid ni con la movida, sino con el tentempié de media mañana. Más relacionados con las connotaciones de las que hablaba nuestro colega inglés, en cambio, eran los bocadillos del bar Bocadi, muy baratos y que se engullían pre y post juerga para que empaparan el bebercio. Pero estos, ¡ay!, eran generalmente de tortilla o panceta (ojo, no beicon). De lo cual infiero que mi experiencia sobre los bocadillos de calamares en origen era muy distinta a la matritense, que sin embargo he podido llegar a comprender en cuanto abrí un poco los ojos y me di cuenta de que los forasteros (en este caso los madrileños) son muy suyos y hacen cosas muy raras, como tomarse los churros fríos. No comparto la experiencia, pero la entiendo.

No hablemos ya de lo que puede pensar una colombiana, como mi compañera Diana, sobre los susodichos bocadillos de calamares. ¿Les parecerán bocadillo de cardenal o una guarrería pestosa? ¿Les echarían mayonesa o echarán cilantro a la tal mayonesa? ¿Les sugerirá algo culturalmente o les parecerá un detalle exótico de los indígenas cuando van a Madrid y pasan por la Plaza Mayor? ¿Qué opinan en Bogotá de los Pegamoides? Y eso que no nos metemos con los contextos históricos, como pasa con los malditos duelos y quebrantos, que cada uno tiene una idea de lo que eran.

De todo ello deduzco que el problema del sagüen de calamares, más que un problema lingüístico, que no dudo de que en inglés se plantee, es una cuestión geográfico-cultural. Y para eso, miren ustedes, lo mismo da que el lector sea de Manchester que de Bogotá porque no se va a enterar de las connotaciones y, si sospecha que aquello tiene gato encerrado, va a tener que espabilar y buscarse la vida, o sea, informarse por otro lado. Se podrían poner notas al pie, claro, pero es posible que acabáramos poniendo notas a las notas y que el texto se quedara tan chiquitillo como el de esas ediciones de clásicos que tienen tres líneas de texto y treinta de notas eruditas y que a mí tanto me gustan, pero que entiendo que no a todo el mundo.

Y no digamos ya si el texto original incluye algún comentario del tipo de los que se podrían oír en verano en Aguadulce: «Pedí en el chiringuito un bocadillo de calamares y me lo pusieron petado (¿?), pero para mí que era pota. Casi echo la pota».

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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2 respuestas a Un sagüen de potas

  1. Renata dijo:

    Esperamos que en la próxima entrada Vuesa Merced introduzca más expresiones madrileñas contemporáneas como «En plan…», «renta», el adverbio «mazo», la unidad de medición «cero coma», etc.

    Ejemplo: «En plan que de normal si pillo el 51 estoy allí en cero coma, pero iba mazo petado, así que pase del bule y paré un teki».

    Y luego etiquete al inglés de marras.

    • ¿Mande? Nuestro inglés amigo lo hacía muy bien. Mi objeción, un tanto limitada, iba más bien a si la reflexión tenía que ver con la traducción o con el hecho de tratarse de una costumbre madrileña, lo que podía hacerla incomprensible para un, pongamos, uruguayo, que se supone que usamos la misma lengua. En cuanto a la frase ejemplar que usted propone, evidentemente no hay quien la entienda. Un saludable saludo

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