Principios doctrinales del arte de la traducción

Voy a aprovechar la matanza para hacerme unos huevos con panceta. ¡Bacon frito, bacon frito, tralala!

Como ya estamos en verano, impepinablemente se me viene a la memoria la mili, que pasamos más calor que otro poco y se nos camuflaban las camisas verde otan de blanco con la sal del sudor. Luego pasamos frío, pero no viene al caso. Bien, en la mili nos daban clases de diversas materias de las que, como pueden suponer, no me acuerdo gran cosa aparte de que el coseno de la parábola de un disparo de mortero tiende a ser más o menos uno, así que no hay gran necesidad de calcularlo. Si me preguntan qué es un coseno, ahora no lo sé, pero creo que lo supe. Aparte de las materias más prácticas, como la de los morterazos, cómo leer un mapa para no perderse o las múltiples piezas de un fusil de asalto (canuto, bala y peroné, según Mortadelo), había otras más teóricas, como la de doctrina, que no la llamaban doctrina, pero que sí lo era.

De esas clases de doctrina se me quedó algo porque rápidamente me di cuenta de que servía para aplicarlo a cualquier cosa. Eran los principios del arte de la guerra, que se dividían en principales y secundarios. Los principales son (a) la voluntad de vencer; (b) la libertad de acción; y (c) la capacidad de ejecución. De los secundarios no me acuerdo mucho, sé, por ejemplo, que se incluía la sorpresa, pero el único que nos interesa aquí es el aprovechamiento del éxito. Como digo, se pueden aplicar a cualquier cosa, desde hacer una tortilla hasta una traducción.

La voluntad de vencer es fundamental. Si no tengo la intención de hacer algo, apaga y vámonos. Olvidemos la guerra y usemos el ejemplo de la tortilla. Pensemos: tengo hambre, en la nevera tengo huevos y unos pimientos que me sobraron de ayer, así como otros ingredientes que pueden variar desde unas patatas (todo muy clásico y muy rico), hasta unos boquerones fritos a la tutankamon herencia de una cena de no sé cuándo (posibilidad de nouvelle cuisine). Pues bueno, como esté aperreao en el sillón viendo la tele y carezca de la voluntad de levantarme, ni tortilla ni leches (hay quien le echa leche a los huevos).

Aplicado a la traducción, este principio se manifiesta sobre todo en las largas; o sea, en dar o darse largas (que ahora llaman procas…, no, proclas…, no, proscas…, no pocras…, bueno, como sea). Digamos que te encargan una traducción y ves que es totalmente petarda, tanto que se te quitan las ganas de hacerla y empiezas a decirte, mañana me pongo, la semana que viene, después de Semana Santa, etc., pues vas aviado. Si no vas a hacerla, ¿para qué la aceptas? Si no tienes ganas de que recuerden tu nombre como el del traductor del Mein Kampf, ¿para qué te metes en esos berenjenales? Y si ya has firmado el contrato, pues a remangarse y a ello. Otra posibilidad es que sea muy difícil y te abrume (de esto hablaremos en la capacidad de ejecución). Es decir, aceptas tan contento, te mandan el texto, empiezas a leerlo y te corren las gotas de sudor frío espalda abajo hasta el canal donde esta pierde su nombre, con lo desagradable que es. Entonces te dices, nopuedonopuedo y también empiezas a darle largas hasta que los de la editorial se cabrean, el autor se cabrea, todos se cabrean y se la dan a otro y a ti no volverán a encargarte una traducción en lo que te queda de vida a no ser que no les quede más remedio. Hala, hay que ponerse, a no ser que estés sufriendo algún problema psicológico serio, tipo depresión, con lo cual mejor mandas la traducción a la porra y te vas derecho al psiquiatra, que la salud es lo primero.

Vamos con la libertad de acción. Esto se puede tomar de muchas maneras, pero en lo de la guerra venía a ser que te pegaras con el otro poniendo tú las condiciones. Si te acorralan en un callejón los jets, o los sharks, dependiendo de qué vayas, pues no tienes mucha libertad de acción. O en la nevera no tienes más que dos tristes huevos y solo te quedan unas gotillas de aceite que no te dan para freírtelos y mojar pan y te rugen las tripas pero el único rato que tienes disponible es el de los anuncios porque si no te quedas sin saber quién era el asesino… En todos esos casos y más no tienes libertad de acción. Sin embargo, si no tienes tantísima hambre sino un ligero apetito, si tienes los medios para hacerte los huevos en tortilla, fritos, al plato, con o sin chorizo, etc., y además puedes darle a la pausa a la peli, o bien la estás viendo en una de esas cadenas que cuando ponen anuncios te permiten ir al baño, hacer la cena, poner la mesa, reparar la cadena del retrete, pintar las paredes del cuarto, echar un solitario y leerte los primeros tomos de En busca del tiempo perdido…, entonces sí que tienes más libertad de acción.

Como traductores, la libertad de acción reside, en primer lugar, en la posibilidad de aceptar o no la traducción que nos proponen (traducir un libro sin que te lo hayan propuesto y que tengas visos de publicarlo ya es de nota). Esto yo creo que es evidente y no hace falta dar muchas más explicaciones. Si tengo que aceptar la propuesta (véase la perífrasis «tener que» más infinitivo) para poder comprarme los susodichos huevos y una telera, no es que tenga mucha libertad de acción. Pero también está la libertad de poder hacerlo como mejor se adapte a mis métodos: sentado a una mesa una serie de horas o de páginas, o a ratos cuando me viene la inspiración. Si no tengo mesa, o un cuartito para mí, tendré que traducir en la mesa de la cocina. O si tengo otro trabajo de esos que estás con el alma en vilo porque no sabes cuándo empiezas ni cuando acabas, tendré que traducir cuando pueda, en las colillas del tiempo, que decía mi profesor de lengua. O si tienes que atender a los siete churumbeles, que el uno tiene hambre, el otro se aburre, el de más allá tiene tarea, el pequeño llora y ese que no sabes si es tuyo siquiera está chorreando el aceite con tomate del bocadillo de caballa en el sofá, entonces tampoco tienes mucha libertad de acción que digamos y tendrás que esperar a que caigan rendidos por agotamiento y se duerman. En suma, la libertad de acción es traducir cuándo y cómo te dé la gana, pero sin olvidar que es algo relativo esto. En la realidad del mundo físico, los plazos que te dan las editoriales la limitan mucho, por ejemplo.

La capacidad de ejecución se refiere sobre todo a (a) los conocimientos necesarios y (b) los medios materiales. Si no tengo huevos (ustedes ya me entienden, no estoy hablando de la voluntad de vencer) y no sé cascarlos sin hacer un estropicio digno de Atila o Denethor con los tomatitos, ni tortilla ni huevos benedictinos en vinagre (aquí los hacen encurtidos, no benedictinos, claro, no sé para qué). Con las traducciones, tres cuartos de lo mismo. Si no sé la lengua de partida original, como no traduzca con el corazón, como aquel, rianderian. O si la chapurreo como el primo ese del verano en Londres, churro seguro. Pero también hay que tener o adquirir otros conocimientos, que para eso nuestro oficio es un viaje interior de desarrollo personal hacia metas más elevadas de conocimiento que abran puertas… Uf, parezco el Coelho ese. Lo que quería decir es que a veces una traducción te pide que sepas de algo, y no solo el vocabulario, que también. Imagínense que tengo que traducir una novela en la que sale una escena muy larga sobre la matanza del cerdo en, digamos, Pedroche, no solo tendré que empaparme del vocabulario, por ejemplo, anatomía del marrano y nombres de cuchillos, sino también enterarme de los verbos correspondientes y de lo que se hace exactamente. Y para eso nos hace falta saber cómo se dice en lo nuestro. Lo digo porque, por ejemplo, hace poco me encontré un palafrenero donde debía haber un mozo de cuadra y para mí que no es lo mismo por mucho que en turco pueda decirse igual (que ni lo sé ni me importa ahora mismo). Todavía me acuerdo de los libros de Salgari, con aquello de izar la driza por la banda de babor a sotavento (en efecto, me lo acabo de inventar), que eso no te lo resuelve el diccionario tan fácilmente.

En cuanto a los materiales y medios, está claro que no es lo mismo un cuaderno de espiral y un lápiz del 2B que un ordenador con internés y todo. ¿Y qué me dicen de los diccionarios? Con lo que nos gustan los diccionarios a los traductores… Y eso que, por estas, que son cruces, he visto a algún colega usando tan contento el gúgel transleitor «para hacerse una idea». A lo mejor es que soy muy pijo, pero a mí me da un poco de grima. ¿Y los materiales de referencia? Un manual de anatomía del cerdo, sin ir más lejos. Por cierto, tengo un libro por aquí con los multinombres de los peces del Mediterráneo con recetas y todo para cuando se conviertan en pescados. Luego no me sirve de mucho, porque los nombres suelen ser bastante, bastante locales, pero no está mal como brújula para orientarse en el mar del pescado. También son imprescindibles los cuadernitos para apuntar, muchos, de tamaño bolsillo de chaqueta, más todavía, algunos de repuesto… Así se pueden apuntar las ideas y las equivalencias exactas que se nos vienen a la cabeza agarrados a la dura barra de un metro madridesco (un poner) o, si lo dejamos en la mesilla de noche, en plena fase REM sin que tengamos que golpearnos en las espinillas por salir corriendo a oscuras buscando un papelito. Luego nunca sabes dónde has escrito qué cosa, pero es muy divertido ver años después lo que apuntaste en su momento y siempre puedes reapuntarlo porque es muy interesante y que se te olvide otra vez.

Y llegamos al final, al aprovechamiento del éxito. En el ejemplo de la tortilla, te la comes y la acompañas con un tomate aprovechable que has descubierto entre dos pepinos mohosos. En lo de la traducción, más que hacer chantaje a la editorial diciéndoles que no les mandas la traducción a no ser que te paguen más, que no creo que sirva de mucho, a mí me gusta entenderlo como esos días en que estás en buena forma y traduces como un cohete. Puedes aprovechar ese éxito para seguir tus horas haciendo más páginas y compensarlo otro día rascándote la barriga, que eso sí que es aprovechar el éxito. Porque, desde luego, si crees que aprovechar el éxito en este mundillo va a ser que podrás ligar un montón porque la gente te echa flores y ramitas de olivo por la calle gritando «hosanna, hosanna», aviado vas. O que te van a subir las tarifas…

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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