El minuto heroico

¡Aaaaaah! ¡No me muerdas, canalla! ¡Ya verás, me voy a poner el esnuce y me vengaré!

En el colegio del Opus nos daban bastante la tabarra con el libro de un tal (mon-) señor, con posterioridad ilustrado magistralmente por Perich en esa gran obra de la literatura universal que es Por el Camino hacia Dios. A mí aquellas reflexiones o aforismos o lo que fuera como que me entraban por un oído (no un escucho) y me salían por el otro (solo tengo dos), pero calladito y con cara de meditabundo, como el resto. Con el tiempo me di cuenta de que muchas de las cosas que decía no eran sino una especie de afloramiento piscológico de las propias debilidades del «padre». Por la vía, me hace mucha gracia porque en la serie del Padre Brown le llaman también «padre». «¡Menuda gilipollez, por supuesto que le llaman “padre”!», me dirán ustedes. Y yo les responderé: «Ya, pero me hace gracia que le llamen «padre» en español cuando están hablando en inglés»; aunque la verdad es que dicen «poudddrrre».

Volvamos al Opus. En el libro de instrucciones aquel había una serie de penitencias o sacrificios supongo que para equilibrar el karma si habías sido malo o si le habías visto los tobillos a una señorita y eran todos tal que «Hoy me voy a castigar sin postre» (lo que indica que el buen hombre era goloso); «Esta tarde le daré un duro a un pobre» (para compensar el pecado de agarramiento); «Contaré hasta diez antes de soltar un bofetón» (pecado de mal genio); y así… Bueno, pues había una tontería (en mi opinión —honesta como azucena—) que me llamaba muchísimo la atención: lo que ellos llamaban «el minuto heroico» y que consistía nada menos que en levantarte rápidamente de la cama en cuanto sonaba el despertador (buen karma para el pecado de pereza galbanesca). Para mí el asunto no tiene ni pies ni cabeza: si no te vas a levantar, ¿para qué coño te pones el despertador? Es decir, que pongo la alarma para levantarme, me levanto ¿y soy un héroe? Jo, pues ¿qué pensarían de eso el Capitán Trueno o el Hombre Enmascarado (alias «el fantasma que camina»)? Años más tarde me di cuenta de que los despertadores modernos (de hecho, años antes no había despertadores modernos) traen un botonico que a mí solo me sirve para hacerme la picha un lío y que se llama «esnuce», como de desnucarse, pero sin la «de» del principio y se pronuncia con zeta «esnuze», que sirve precisamente para evitar el minuto heroico; o sea, que los opusianos no iban tan desencaminados y se ve que hay mucha gente que se pone el despertador para volver a quedarse dormida tan ricamente, o, en este caso, con remordimientos.

¿Y a qué viene este súbito arrebato proustiano de Chanel? El hilo es un poco más confuso que el del nudo gordiano; pero como el novio de Ariadna, confío en que nos saque del laberinto (¡qué leído que soy, caramba!). Desde que me echaron del despacho, comparto otro con unas colegas jóvenes, lo que en España serían investigadoras pre-doc, y compartiendo también confidencias traductoriles me tienen alucinadito porque son de esas que traducen cuando tienen un ratillo, poseídas por una especie de frenesí místico y en ese rato no hay quien las pare. Porque no es cosa, que si no serían capaces de traducir agarradas a la barra del autobús. Y no lo hacen mal, oigan, o tan mal como cualquiera, que para eso se corrige luego. Se me pusieron los pelos de punta y la piel de gallina cuando estuvimos hablando de unos plazos y usaban términos tan imprecisos como «unas tardes», «varios días», «algunas semanas» y tal y que calculaban lo que tenían que traducir por semana o mes según el plazo que les daban y no al revés, pedir plazo según lo que tienes que traducir.

Porque, para ponerme a traducir, yo necesito despertador, minuto heroico y esnuce por lo menos. Lo primero que me hago es un gráfico en un papel cuadriculado con sus ejes de ordenadas y de abscisas, en un lado (ordenadas) número de páginas de diez en diez (si el libro es corto) o de veinte en veinte (si es largo); en el otro (abscisas) las semanas teniendo en cuenta mi media semanal en páginas tirando por lo bajo. Luego tiro ese papel y cojo otro más grande porque me he equivocado al contar los cuadraditos y no me cabe. Para cuando he terminado el gráfico, al que le pongo el nombre del libro, lo miro muy orgulloso porque ya llevo traducidas algunas páginas. Entonces me pongo a mirar las semanas del eje horizontal, los meses a los que corresponde, le añado un mes (libro corto) o dos (libro largo) para las correcciones y solo entonces puedo comunicar a la autoridad competente mi cálculo del plazo. Por supuesto, como me doy bastante margen, me sale mucho más tiempo de lo que necesitaría un colega cualquiera que (a) se dedique únicamente a traducir, (b) aproveche «las colillas del tiempo» que decía mi profesor de lengua, o (c) traduzca más rápido que yo, es decir, a una velocidad superior a la de una tortuga o caracol.

Sé que traduzco despasito y que eso no les gusta a las editoriales, pero a cambio me someto a una disciplina férrea (bueno, de algún metal más blando) y creo que siempre, siempre he entregado la traducción antes de la fecha que dije. Observen ese «que dije» y no «que me dijeron» que es lo que me ha llevado a tener que renunciar a traducir a cierto premio Nobel. Y una parte fundamental de la disciplina es que los cuatro días que me dedico a traducir cuando tengo algún libro entre manos, a las nueve en punto de la mañana ya estoy dándole a la tecla y no paro hasta acabar el lote del día. Y no es que me siente a la mesa a las nueve y entonces me tomo un café y contesto el correo y eso, no, a currar directamente. Con la parafernalia matutina que necesito, me supone levantarme antes de que cante el gallo o maúlle el gato. Si tienen en cuenta que traduzco los días que no tengo clase, comprenderán que ese encadenarme a la mesa a la misma hora todos los días (incluidos fines de semana) es mi minuto heroico. Jo, qué envidia me dan los otros.

(Me temo que he exagerado un poco, que tampoco soy tan rígido ni tan disciplinado y que ponerse a trabajar a las nueve no tiene nada de sorprendente —aunque se haga en casa, sobre todo teniendo en cuenta que en el primer semestre mis clases empiezan a las ocho—. Pero espero que quede clara esa diferencia entre el traductor feliz como una perdiz que traduce cuando tiene un rato y donde sea y el que necesita amarrarse al duro banco de una mesa turquesca, como yo.)

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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9 respuestas a El minuto heroico

  1. Renata dijo:

    A mí me parece indudablemente heroico que Ud. se ponga el despertador, SE DEPIERTE sin darle al «esnuce» 70 veces y se levante a (tele)trabajar a las 9am y atarse a la mesa.
    En mi experiencia de teletrabajo: para levantarme a las 9 y empezar a trabajar, tenía que ponerme el despertador a las 8.15-8.30 para irme mentalizando, y esa media hora / tres cuartos la pasaba venga a darle el «esnuce» durante media hora. Ahora ya sabe para que sirve el botón y cuál es su público objetivo (o «público target», que también se dice allí).

  2. Diana Sorgato dijo:

    Es ciertísimo eso de que hay que ser puntual y organizado para lograr entregar las traducciones a tiempo, e incluso antes, si es posible. Pero lo que me ha dejado con la mosca detrás de la oreja (en Brasil es con la pulga y no la mosca), en el sentido de que me ha despertado la curiosidad y la desconfianza. A propósito, en también España se usa con ese sentido, ¿no? Continuando, lo que me dejó patidifusa es saber de dónde sacaste eso de «esnuce», que no lo he visto en ninguna parte. ¿Existe ese botonico de verdad o te lo has inventado? A propósito hoy ya casi nadie usa el despertador, solo el del móvil que tiene la función «soneca» (en portugués), algo así como «pestañita», mucho más creativa que «posponer», ¿a que sí? Saludos desde Brasil.

    • Me temo que soy más viejo de lo que creía. ¿De verdad no ha oído hablar del snooze? He mirado en mi teléfono (que apago durante la noche) y he visto que, en efecto, tiene la opción de aplazar, concretamente tres veces cada cinco minutos o algo así. Por cierto, lo de la mosca y la oreja es en el sentido que dice, sí. Un saludo

  3. A. Yalvaç dijo:

    Me parece muy interesante lo del Opus. Si algún día se pone a escribir una autobiografía o algo como memoirs me encantaría ser el traductor del libro. Por cierto, lo del snooze yo también lo sé, así que no debe preocuparse de lo de la edad, creo, o quizás ¿soy yo el que tiene que preocuparse? Saludos.

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