Un encargo con un poquillo de prisa

Como le digo; hemos publicado esta Historia Universal de Nuestro Barrio y aquí tenemos en preparación los De Viris Illustribus de cada calle

Me ha llegado un encarguillo de una institución oficial de esas que preparan libros para ir regalando a diestro y siniestro a cualquier prócer extranjero que se deje y la propuesta, que al final rechacé, ha sido bastante típica. Se la cuento, sin decir el pecador, porque es la mar de ejemplar de cómo suelen proponerle a uno estas cosas.

Pues resulta que recibo un correo electrónico en el que (a) la representante de la institución me hace publicidad de las magnas obras que han publicado hasta ahora, asombro del mundo civilizado y ejemplo para el por civilizar, y de las que planean publicar en el futuro y que serán envidia de países enemigos y peluseros (todos los del mundo), así como de los que, además, son más o menos limítrofes (no tantos); (b) expone airada que llamó telefónicamente al número de la facultad, pero que no había nadie en el despacho que atendiera su imperiosa necesidad de comunicar algo importantísimo (cosa no demasiado rara, la de que no hubiera nadie, una tarde pasado el horario laboral en plena época de exámenes en un despacho que compartimos entre unos treinta por mesa) así que se ha visto obligada a recurrir al correo electrónico, que no sabía yo si no le gustaría por plebeyo o por moderno, y me rogaba que le devolviera la llamada fallida al número que me proporcionaba. Y así lo hice.

No sé por qué, pero en mis comunicaciones telefónicas con dicha persona se oía bastante mal, serían los cables, que se les habrían subido muchos pajarracos, o la carbonilla de la máquina, o bien que tenía puesto el sin manos a juzgar por el eco y por los comentarios de fondo, total que yo me enteraba de la misa la media. Tampoco es que importara mucho porque ella cogía carrerilla y no había quien la parara. La conversación transcurría por los cauces habituales en estos casos:

(a) Presentación: Formamos parte de una organización gubernamental y estatal de altísimo copete cuya existencia por sí sola justificaría los impuestos que tan alegremente paga nuestro pueblo, aunque solo sea para poder presumir ante los extranjeros de que nos tienen. Y no nos quedamos mano sobre mano, no, sino que hacemos obras mucho más importantes que embalses, centrales eléctricas y fincas agrícolas de cereales que solo satisfacen las viles necesidades físicas que desembocan en corporales. No, no, nuestra misión es formar el espíritu, no solo el nacional, sino sobre todo el internacional transmitiendo nuestras seculares virtudes mediante la traducción y posterior obsequio de las biografías de nuestras más importantes figuras históricas, faros de la Humanidad.

(b) Pelotilleo: Y queremos que usted, figura también, así como genio del gremio traductoril, traduzca estas obras a eso que ustedes hablan. Su colaboración sería un honor para nosotros ya que las biografías han sido redactadas por grandes académicos, como usted, jefes de departamento…

—Pero es que yo no soy jefe de departamento.
—¿No? Vaya, ¿y no puede proporcionarnos el contacto de su jefe? Por si acaso...

(c) Cebo: Sepa, además, que procederemos a pagarle una cantidad no muy especificada, pero que ya la quisieran para sí Rostchild y Rockefeller, y a cargo de los presupuestos generales, lo que implica que quizá tarde, pero se le pagará, al contrario que otros, que mucha boquilla y luego si te he visto no me acuerdo.

—¿Y para cuándo tendría que estar esto?
—Para primeros de octubre.
—Pues no voy a poder, porque estoy ocupado con otro encargo que tengo que entregar a finales de septiembre y en agosto me voy de vacaciones.
—Perfecto, entonces puede dejar de momento el otro encargo, traducir lo nuestro durante sus vacaciones y así tiene cuatro o cinco meses, de junio al uno de octubre.
—No me ha entendido, (se corta) que de momento no puedo. Necesitaría más tiempo, ver los textos, pensármelo.
—Ya, es que nos corre un poco de prisa porque querríamos tenerlo todo listo para el año que viene. Y los textos, es que todavía no están acabados del todo, tienen que terminarlos, editarlos y tal. Pero nosotros necesitamos tener ya su respuesta para ponerlo todo en marcha. Piénseselo y mientras yo le mando unas páginas de lo que tenemos hecho.

La cosa fue que no me mandó las prometidas páginas y a mí se me olvidó un poco el asunto. Al día siguiente teníamos una reunión de departamento para repartirnos las guardias de verano (como lo oyen/leen) y la jefa comenta que le ha llegado el mismo correo electrónico que a mí. Le pedí que me dejara ver el suyo y pude comprobar que, aparte de ser exactamente igual que el mío, se lo había enviado después de hablar conmigo. Es decir, mientras este tío, que ni es jefe de departamento ni nada, se lo piensa, yo me voy a buscar alguna rueda de recambio. Curiosamente, no me sentó bien.

A la tarde siguiente vuelve a llamarme habida cuenta de que no le había contestado (tono de bronca) con lo que pensaba sobre los textos que NO me había mandado. «Uy, ¿que no se los he mandado? Qué raro. ¿Ha mirado en la carpeta de spam?» Y sí que había mirado.

—Bueno, mire, que como no estaba interesado y es algo institucional, en la embajada nos han recomendado a alguien que por lo visto sabe muy bien turco y puede traducir los libros. ¿Le interesaría editarlos a usted? Porque a nosotros nos encantaría contar con una figura tan importante del mundo académico como usted para editar la traducción...

(Traducción al román paladino: como el otro [quizá otra] pobre es un mindundi, pues necesitamos poner un nombre al que se le puedan anteponer unos títulos que no sean simplemente Sr. D. para impresionar. Ah, donde decimos «editar», entiéndase «corregir», no nos vayamos a liar.)

—Oiga, yo no le he dicho que no estuviera interesado, sino que quería ver los textos y pensármelo. Y además, si tengo que editar la traducción de alguien que no es profesional, no estoy muy seguro. ¿Y qué plazo tendría para eso, además?
—Uy, uy, uy, que se corta. Le escribo un emilio con los términos de la propuesta...

Y me manda el mismo mensaje que al principio, añadiendo, eso sí, quince páginas sin corregir de cada uno de los dos originales. Originales de esa prosa pretenciosa típica de la mayoría de las publicaciones oficiales de este país, sobre todo si pretenden regalarle los libros a diplomatas y autoridades. Total, que me lo pensé, reflexioné sobre mi paz espiritual y mi calidad de vida y le contesté que no, que si ya se habían buscado un traductor que yo no les hacía falta. Me callé lo de que les corrigiera Rita la traducción porque no sé si la tal Rita es correctora, pero yo desde luego que no lo soy y no quiero que nadie me acuse de intrusismo profesional también en el campo de la corrección, que ya lo hacen muy a menudo en los de la traducción y la filología.

Pues bueno, rápidamente me responde ofendidísima que de dónde me había sacado yo todo eso, que sería porque el teléfono funcionaba fatal (el mío, porque el suyo por supuesto que no), que para ellos la única aspiración en la vida era la de contar entre sus colaboradores con insignes traductores como yo, que pocos quedan en el mundo, puentes entre culturas, intérpretes de las más delicadas producciones literarias de las civilizaciones más exquisitas, etc., etc. Desde luego, hay que ver qué mal pensado era yo, sobre todo teniendo en cuenta que pensaban pagarme, etc., etc. Que lo único que me pedían era una respuesta, porque luego tendría como nueve o diez meses, desde finales de junio hasta, digamos, primeros de octubre, etc., etc. Que no se habían buscado ningún otro traductor, sino que la normativa les obligaba a presentar varias candidaturas y que por eso habían hablado de otro, pero que si prefería hacerle de editor, pues que etc., etc.

Total, que tomé aire, me acordé de mi madre cuando me decía que no discutiera, le pedí disculpas por haberla entendido mal (¿?) y le dije que le contestaría esa misma noche. Por escrito, porque a esas alturas me había dado cuenta de que lo que decía y lo que escribía la otra parte solía no corresponderse. Pensé en escribir un mensaje bastante borde para desahogarme, pero luego lo pensé mejor y simplemente le contesté que, sintiéndolo mucho, no podía aceptar el encargo porque no me iba a dar tiempo entre la novela que tengo que entregar en septiembre, los exámenes, las tesis y que en agosto me voy de vacaciones a pasarlas con lo que me queda de familia.

Pues todavía estoy esperando que me conteste, oye.

La verdad es que esto de traducir libros cada vez se parece más a traducir certificados de bautismo para agencias con mucha prisa.

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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4 respuestas a Un encargo con un poquillo de prisa

  1. Mj dijo:

    Panda de maleducados que son todos y qué forma de infravalorar el trabajo de la gente profesional, cosa que ellos, obviamente,no son.

  2. Teresa dijo:

    Ha hecho usted muy bien, nos podía adelantar que libro está traduciendo.

    Un saludo y felices vacaciones

    • Hmmm, no me parece bien adelantar nada por si acaso. Es un libro que, como muchos que se han publicado en países de habla inglesa, tiene dos versiones: una «fácil» para extranjeros y la original. Yo lo he traducido de la original siguiendo instrucciones de la editorial. Ya hablaré más de él cuando salga.
      Salud

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