A saber si traduzco bien

Creo que voy a traducir black pudding por morcilla,
aunque en el desayuno no suena a maravilla.

No sé si a muchos de mis colegas les pasará lo mismo, pero la verdad es que no sé si traduzco bien. Es decir, a veces se me ocurre releer tiempo después algo que he traducido, para lo cual es necesario que haya de por medio alguna actividad académico/cultural porque si no ni se me pasa por la cabeza, y me sorprendo de haberlo escrito yo con estos deditos. Y no debería sorprenderme tanto porque tampoco es que lo haya escrito yo de verdad de la güena porque lo ha escrito otra señora, o un señor, vete tú a saber, pero, por otra parte, sí que lo he escrito yo en mi lengua que no sé si es materna o de abuela materna porque la paterna se murió antes de que yo naciera y porque la materna vendría también de parte materna, no sé si me explico.

Por toda esta confusión mental me agrada más la metáfora del violinista que la del puente de entre las habituales para traductores. Imaginemos que fuera violinista (Dios nos libre porque mi nivel artístico musical es como el del burro de, creo, Samaniego), pues cuando me oigo otro día en un disco puedo sentirme satisfecho de haber tocado bien, pero no osaría ir vacilando por ahí de que si la composición tal y la armonía cual porque eso no ha sido cosa mía. Como pueden imaginarse, un puente puede sentirse satisfecho de muy pocas cosas, como mucho de lo bien que lo cruzan arrieros y tires. Bueno, pues como traductor yo me veo violinista. Hay días que me siento contento de mi trabajo porque he hecho muchas páginas o pocas pero muy difíciles y, como decía, cuando tiempo después releo lo que hice, a menudo me parece que no está tan mal.

Y aquí me topo con mi problema mental. Es decir, cuando lo medito, ¿qué criterios sigo para traducir esto por aquello o así o asá y quedarme tan satisfecho? Dicho más finamente, como me preguntó una vez una estudiante de una universidad de la competencia, que me dejó patidifuso: ¿Según qué teoría traduce usted? (En Turquía, como falange tuvo muy poca influencia se sigue usando pródigamente el usted y el tuteo universal no está muy bien visto). Pues no lo sé, palabrita del Niño Jesús. Y, como no lo sé, tampoco sé si traduzco bien o mal, o dejémoslo en mejor o peor.

En parte toda esta comedura de tarro es culpa de Pilar Comín, cuyo blog Atutía para textos recomiendo una jartá, que comentaba sobre una entrada anterior no sé qué de la melodía o del ritmo de la lengua, o incluso de la armonía, que no encuentro el comentario y me da mucho coraje porque era muy interesante, que comentaba, digo, que no es lo mismo «estoy escuchando» que «escucho», hecho bastante evidente puesto que en lo primero hay dos palabras (¿o una perífrasis vale como una palabra?) y en lo otro únicamente una. En fin, que ahí hay tela que cortar, pero si me preguntaran qué es lo que me hace decidirme por una opción u otra, posiblemente pondría cara de bobo y preguntaría «¿mande?», con la intención de ganar tiempo porque la verdad es que no tengo ni idea, aparte de esa blasfemia horrorosa en cualquier clase/seminario/evento académico de traducción que es el «porque me suena mejor así».

Con toda la razón, ustedes dirán que hace unos párrafos he confesado que mi oído natural es tendente a inexistente, pero incluso yo mismo soy capaz de darme cuenta de que esa rimilla «tendente/inexistente», es patente que es bastante malsonante, por ser ejemplarizante. Para mí, todos los efectos que hacen que te fijes en cómo suena la cosa en lugar de lo que se dice ya son chungos, a no ser que sean buscados en el original (si el original es malo y le salen cosas raras es harina de otro costal). Esto es cosa seria cuando se trata de poesía y, en ese caso, uno tendría que arremangarse y ganarse las lentejas como todo un valiente.

¿Qué pasa? Pues que no sale, o que es muy difícil, que puedas transmitir el contenido como es debido y mantener las rimas, los ritmos, las aliteraciones, los quiasmos y la madre que los parió a todos por la sencilla razón de que la lengua original no funciona lo mismo que la lengua tuya y, si no, a ver qué carajo haces traduciendo. Ejemplos muy tontorrones de un libro infantil que estaba traduciendo hace unos días y que no tenía ni rimas ni nada. La protagonista es una niña que se llama NiñaLuna en el original, pero que tendría que ser NiñaSol porque es una botella de aceite de girasol, que en turco se llama «florluna» (era un cuento muy pedagógico sobre el reciclaje). Pues como en el original hicieran un chiste con la luna, la habíamos defecado. Más, resulta que le pide ayuda a un río y a la tierra y en las ilustraciones resulta que el río es una señora y la tierra un señor por aquello de que el turco no tiene género gramatical y pueden ser lo que quieran. Ahí sí que tienes una incongruencia entre el texto y las ilustraciones en español. Casi me habría gustado ser moderno para poder escribir «le ríe» y «le tierre» antes de tirarme por la ventana, que tampoco podría porque, como vivimos en un primero, tiene su buena reja para que no entren amigos de lo ajeno.

Volviendo a la traducción, ¿cómo lo haces para que quede bien? ¿Cómo decides si es mejor «pederse» o «peerse» para mantener las connotaciones afectivas de tan digno verbo si estás traduciendo a Quevedo (aunque creo que Quevedo no usa el verbo en sí)? ¿Eh? Muchos de mis estudiantes/compañeros jóvenes o iunores lo tienen clarísimo (les recuerdo que no doy clases de traducción) y enseguida se ponen a citar a la Academia en sus versiones diccionario, gramática y ortografía. «Es que el original usa un presente actual que en español equivale a un presente continuo» (véase lo del «estoy escuchando»), «es que «peerse» es un uso regional» (véase lo que me pasa cuando quiero comprar alcayatas en Madrid), «es que el tomate es una fruta y no una verdura y, por lo tanto, no debería venderse en las verdulerías» (caso hipotetico, pero ya me entienden). Pues sí, pero es que no suena bien. ¿Qué hacer? ¿Mantengo el soneto a la española abebea, abebea, cedece, decede, o lo hago a la inglesa? ¿Dejo la rima y fastidio el ritmo o me marco unos versos blancos? ¿Dejo la luna o la cambio por el sol? ¿O pongo Catalina y Lorenzo?

Pues miren, hace poco (siempre digo hace poco cuando no sé cuándo, cuándo, cuándo, igual hace años de esto) me encontré un artículo que me dio algo de paz espiritual. Se llama, un momento, que lo voy a buscar, ah, sí, aquí está, «On Aboriginal Sufferance: A Process Model of Poetic Translating» y es de un tal Francis R. Jones (ya se lo buscan ustedes solitos, aunque les doy la pista de que lo publicaron en Target). Yo lo saqueé bastante para otro articulillo cuyo enlace les voy a poner aquí por si lo quieren leer y porque el blog es mío y si no me hago propaganda yo a ver quién me la hace. Pues bien, nuestro amigo Jones (no creo que sea familia de Mrs. Jones) tira de la química y de la noción de valencia (DLE: «Número que expresa la capacidad de combinación de un elemento químico con otros para formar un compuesto») y viene a decir que traduzcas como más valencias te permita o según la valencia más gorda.

Si vas a traducir, qué sé yo, aquello de

El dulce lamentar de dos pastores,
Salicio juntamente y Nemoroso,
he de contar, sus quejas imitando;
cuyas ovejas al cantar sabroso
estaban muy atentas, los amores,
(de pacer olvidadas) escuchando.

y te limitas a trasladar el contenido, es casi seguro que te va a quedar algo bastante cursi, como esos calcetinitos con volantitos que llevan las niñas de aquí cuando la circuncisión de sus hermanos, que van los pobres hechos unos eccehomos y nunca mejor usada la expresión. Así que mejor que seas valiente y empieces a sopesar otras valencias. Y buscas una manera de que suene igual de bonito que en español, si no puedes con endecasílabos, pues con alejandrinos, y con su rima, aunque sea asonante. Porque el contenido, amigos míos, es una chorrada como un camión.

¿Y cuál es el criterio objetivo que tengo yo para valorar estas valencias y saber si estoy traduciendo bien? Pues, por desgracia, lo que mejor me suena. Así que no sé si traduzco bien o mal porque no tengo a qué atenerme, de verdad de las buenas. La vida es así, no la he inventado yo.

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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