No todo el monte es orégano

Se va a enterar el Ikeo ese por haberme llamado cabrón

Notable eco ha tenido en círculos profesionales e incluso cuadrados aficionados… Lo siento, es que me he acordado del ABC y me ha dado la risa. Lo que quería decir es que una amable lectora se leyó la entrada en la que hablaba del traductor terrorístico-cabroncete que podía existir o no según Pérez e hizo un comentario interesante. Por supuesto, era lectora por haber leído (la entrada), así como amable por el mismo motivo y por comentarla. Aseguraba que ella sí que conocía traductores que alteraban/fastidiaban a propósito el texto por diversos motivos. Yo también, pero no era eso de lo que estaba hablando, aunque pienso hacerlo enseguida, sino de que no creo que una actitud saboteadora por parte de alguien no deja de ser un engranaje bastante mal considerado en la maquinaria editorial (el traductor, vaya) pudiera durar mucho si el editor/publisher está a lo que tiene que estar y no, un poner, comiendo tortillitas de camarones en la Tacita de Plata, me parece que era, por la sencilla razón de que donde manda patrón no manda marinero, ni aunque sea de luces. Pocas luces demostraría nuestro publicador si perdiera las suculentas ganancias de un autor mejón-vendedor en el mundo entero y más allá por dejar que un tontolaba se vengara de qué sé yo qué supuestas ofensas. Y créanme, que estoy muy puesto ahora en esto porque nos han obligado a hacer un curso en la línea sobre el bullying, que posiblemente el traductor vengador tradujera por «toreo» y sé cuándo alguien fastidia por fastidiar.

Una vez aclarado este asunto, pasemos al de las traducciones manifiestamente saboteadas. Nuestra amable lectora (Diana Sorgato) menciona como ejemplo a un «colectivo de traductoras feministas de Quebec que deliberadamente subvertía el sentido de los originales que consideraba machistas». Me creo perfectamente que lo hicieran, y que tenían sus razones para hacerlo, además. Sin embargo, lo que no me creo es que vivan de eso, o sea, que les den dineros a cambio de sus traducciones para que ellas, a su vez, los intercambien (los dólares canadienses o como se diga en francés) por pan y queso, o pan y habichuelas si son veganas. Como mi abuela me decía que porfiara pero que no apostara, y la mayor parte de las veces ni ganas de porfiar tengo, no me voy a apostar con ustedes una moneda de dos reales de agujero para ponérsela a un san Pancracio a que las componentes del susodicho colectivo trabajan en alguna universidad o similar. Muamem (que diría Celia Filipetto) trabajo en uno de esos centros de educación superior (para que vean qué educación, nos tratamos de usted y todo) y sé el daño que pueden hacer al intelecto humano.

¿Que por qué? Porque mira que me gustan las teorías, pero a veces se suelta cada gilipollez que alucinas, siempre y cuando esté en formato APA y tenga una bibliografía bien gorda. Incluso hay quien teoriza en formato MLA, que ya hay que ser peor que Cruela de Vil, madre mía. Digamos que, otro poner, me da por traducir al cardabás el Cantar de Mío Cid de forma que luego me citen mucho y suba mi índice de impacto y tal. Pues lo hago en papel pinocho de colores, con letra comic sans, metiendo entre medias haikus chinos (ya hay que ser retorcido) cuando habla Minaya Alvar Fáñez, a quien convierto en un niño sordomudo añadiendo dibujitos del lenguaje de signos, etc., e incluyo un vídeo de lo que se ve por mi ventana una mañana de junio (que son sobre todo vendedores berreando, niños berreando, madres berreando a los niños, perros ladrándose entre ellos con sus dueños berreándoles y gatos maullando porque quieren violar en grupo a una pobre gata subida al árbol que tenemos delante y que berrearía pidiendo ayuda si supiera) simulando que es la exida de Vivar porque en mi calle hay bastantes cornejas a diestro y siniestro… Bueno, se hacen una idea, es que en cuanto abres la ventana con el calor no hay quien pare. Añadan a mi traducción todas las tonterías que se les ocurran, si me hacen el favor.

Pues bien, lo que puedo hacer es colocarle la traducción a cualquier editor amigo (que probablemente luego dejara de serlo) porque, total, el original es de derecho público y, si el amigo no se deja, lo autoedito en uno de esos sitios que te llenan el correo de mensajitos día sí y día también y, si tengo suerte, igual le puedo sacar la pasta de la edición a la oficina de proyectos de la universidad si me invento un nombre chachi del tipo «investigaciones sobre el desarrollo heurístico de la comunicación intermodal en los rizomas de género (literarie)». Aluego andispués (que se dice en cardabás) me averiguo un articulillo en cualquiera de los formatos previamente dichos explicando que si Arsitóteles ya decía tal y Jakobson cual, que si Venuti y que si los polisistemas, y me quedo más contento que otro poco porque ya he justificado la barrabasada que he cometido con el pobre Cid, con doña Jimena y con los infantes de Carrión, por no hablar de Minaya.

Como habrán podido observar, todo este tejemaneje puedo llevarlo a cabo porque (a) no vivo, es decir, no habito una casa, como, me visto, etc., gracias exclusivamente a la traducción; y (b) tanta molestia me vale la pena porque me sirve para algo, que si no me dedico a otros entretenimientos, como mirar por la ventana a la gente que berrea. En este caso me sirve para conseguir los tan preciados puntos para medrar en la universidad y darme pisto en los congresos y eventos a los que me inviten a ver si le saco a alguien un gin-tonic, pero de los antiguos de vaso de tubo, por favor, que los de ensaladera no tienen más que hielo.

Es decir, el traductor cabroncete existe, claro que existe. Yo mismo conozco al perpetrador de lo que pienso que es una de las peores traducciones que han visto mis ojos. De hecho, después de verla tuve que operarme de cataratas. No digo que haya una relación de causa-efecto, pero da que pensar. Pues bueno, este conocido mío justificaba todas sus barbaridades aludiendo a motivos muy literario/teórico/líricos y demás, pero que yo resumo en la frase siguiente: «como no me entero del texto, lo traduzco de forma que no se entere nadie». Y eso para mí no es una buena traducción por mucho Reiss o Vermeer que valgan. Por cierto, tuve la oportunidad de conocer a Hans Vermeer en un seminario y era un tipo encantador, que hablaba español que ya me gustaría a mí.

Pero si eso lo hiciera cualquier traductor mercenario, cualquiera de los que trabajamos para editoriales «normales» que son las que nos proponen lo que hay que traducir («translaturus», podríamos decir), nos iban a dar mucha morcilla. Les pongo un ejemplo parabólico. Imaginen al carpintero que hace los muebles de Ikea en, digamos, San Marino, que le tuviera manía a la silla/estantería Smörgaldörf porque un día le dio un ataque de hemorroides sentado en ella y desde ese momento se dedica sistemáticamente a tallar una pata más corta que otra, con lo que queda coja. Imaginen que ese modelo es uno de los más vendidos del mundo excepto, claro está, en San Marino. ¿No iría el mismísimo Sr. Ikea (D. Lars) a investigar a ver qué demonios pasa y no le daría un tirón de orejas al odiante carpintero? ¿Tendría muchas más oportunidades el tal carpintero de seguir con su profesión en esa empresa u otra a no ser que se alistara en la Legión Francesa para cepillar cajas de municiones para que queden lisitas? ¿Podría trabajar en otro sitio después de que le fusilaran por sabotaje? Pues trasladen el ejemplo al mundo de la traducción y se harán una idea de lo que quería decir.

En cuanto a lo que es para mí una mala o una buena traducción, mejor lo dejamos para otro día.

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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3 respuestas a No todo el monte es orégano

  1. Estoy hasta el cogote de trabajo, pero aún me quedan unos minutos antes de las 8 de la mañana que es cuando toca la sirena imaginaria de la fábrica… y pienso: ¿En qué me gasto estos minutos que me quedan? ¿Estudio algo de alemán? ¿Hago el desafío diario de Wordle en español y en portugués? ¿Leo el artículo del carpintero traductor que lleva aí dos días abierto? Y decido pasármelo bien leyendo lo de «no todo monte es orégano», que, a propósito, tuve que investigar qué significaba porque vivo desde hace más de 40 años en Brasil y muchos dichos y expresiones españoles ya no los pillo. Y qué sorpresa cuando veo mi nombre ahí entre paréntesis en medio del texto, creo que me sonrojé y todo… En resumen, lo he pasado muy bien leyendo este artículo, incluso ya ha tocado la sirena y aún no me he puesto a trabajar. Estoy totalmente de acuerdo con lo que dices de que eso es cosa de artículo científico, de investigación académica y otras maravillas. Saludos desde Brasil, que ya ha sonado la segunda sirena, ¡y yo sí que vivo de eso!

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