No iba a decir nada, pero…

Ja, ja, ja. Ya verás cómo te voy a hacer la traducción, te voy a cambiar todos los ciruelos por almendros.

Hace unas semanas, Arturo Pérez Reverte publicó un artículo que tenía su miga para comentar en blogs como este, sin ir más lejos. Sin embargo, cuando vi algunos comentarios de compañeros de profesión me dio un poco de pereza escribir algo. Para ponerles en contexto, el artículo era una especie de relato de ficción sobre un novelista de éxito multitudinario mundial que, sin embargo, no acaba de cuajar en no sé qué pequeño país. La culpa es del traductor de sus obras, que se dedica sistemáticamente a boicotearlas traduciéndolo todo a la virulé por puro odio malsano al autor. Hasta aquí el artículo/relato.

Decía que es una especie de relato de ficción porque el propio Pérez Reverte aclara al final que es «casi real» y que prácticamente todos los autores internacionales que conoce se las han visto con algún traductor cabronazo —él lo limita a «cabrón»— como el de su escrito. También decía que me dio pereza opinar porque sacaba a relucir lo del traduttore, traditore, que ya de inmediato me quita las ganas de abrir el pico, y por algunos comentarios de algunos colegas.

Vaya por delante que no tengo nada en contra de Pérez Reverte y que me gustan algunas de sus novelas, otras no. Por ejemplo, me gustaron mucho La sombra del águila, La reina del sur y algún que otro Alatriste. Me parece, además, que le pasa un poco, o bastante, lo que a Pamuk. Son tipos que caen mal a mucha gente por motivos ajenos a su literatura, pero sus detractores tienen como muy a gala no leerlos. Bueno, hay muchos libros, así que cada cual es dueño de leer lo que quiera. También la historia que contaba me recuerda a algo de Pamuk, pero al revés. Según muchos de sus no-lectores turcos, Pamuk escribe horrorosamente mal, pero queda muy bien en las traducciones. Esto es algo que nunca me he sabido explicar. Entiendo que quede bien en algunas traducciones si el traductor lo apaña todo un poco, pero ¿en todas? Me parece rizar el rizo una miaja. Pues el novelista del artículo, al revés, en todas partes gusta más que un Bony helado, menos donde el traductor lo estropicia.

En cuanto a los comentarios de mis colegas, solían ir por donde siempre. Primero por lo de la solidaridad gremial, que ningún traductor que se precie haría eso y que si la responsabilidad hacia el original y tal. Había otros comentarios que me gustaban menos porque hablaban del esfuerzo y la formación necesaria, etc., que siempre me parecen un poco injustos porque creo que, además del esfuerzo, también está el talento. Por mucho que me esfuerce en tocar el violín y estudie solfeo, pueden tener por seguro que sería el pobre que menos limosna se llevaría a la puerta de la iglesia. También estaba lo de los puentes y las culturas y demás, y ya me harté y decidí no escribir nada porque lo único que iba a hacer era repetir lugares comunes.

Pero entonces me pasaron varias cosas seguidas. Se publicó una traducción mía y una colega de universidad me dijo que debería traducir no sé qué otro título de la misma autora. Una exalumna me escribió porque una amiga suya conocía, no sé si personalmente, a un autor fantástico y creían que sería muy interesante que yo lo tradujera. Alguien más se puso en contacto conmigo porque había escrito un libro y, siendo yo traductor, seguro que conocía a muchos editores que estarían interesados en publicarlo. Además, y como siempre, me han preguntado varias veces cómo es que ya no traduzco a Pamuk.

¿Qué tienen en común todas estas cosas y el articulo de Pérez Reverte? En mi opinión, que no tienen en cuenta o no saben cómo funciona el mundo editorial en general y la traducción (de libros) en particular. A juzgar por mi experiencia, (a) ninguna editorial que se precie va a publicar ningún libro porque yo lo recomiende o sugiera; (b) a pesar de que traduzco libros, no conozco editores que me vayan a hacer el favor y mucho menos hacerle el favor a un conocido mío, y además véase el punto (a). Se tiene la idea general de que, como traductores, pertenecemos a una élite intelectual y que mientras tomamos un martini seco escuchando ópera y tomando caviar con los grandes editores mundiales, les decimos: «Oyes, que mesá venío a la cabeza un escritor chachi pa que lo publiques», y que luego nos tumbamos debajo de un olivo y entre siesta y ensueño o en los ratos en el autobús traducimos el libro en unos periquetes. Cuando el editor del martini lee la traducción tiene varios orgasmos seguidos y entre medias nos firma un contrato con unas regalías millonarias que nos sirven para volver a tumbarnos a la sombra del olivo y echarnos a dormir. Pues no.

Lo que pasa es lo siguiente. Yo estoy en casa (pongamos) y recibo un correo electrónico proponiéndome que traduzca la obra tal a tanto el folio (hay varios sistemas para calcular) y con tantos meses de plazo. La cantidad que te ofrecen suele ser inaceptable y el plazo imposible. Corre por ahí un diagrama que reúne las tres puntas del triángulo de cualquier traducción, la calidad, la rapidez y el coste: categorías que suelen tener relaciones inversamente proporcionales. Dicho en plata, si quieres una buena traducción, no será barata ni rápida; o, si la quieres rápidamente, no será buena y barata (observen las conjunciones); y, si la quieres barata, no la pretendas buena y rápida. Si vives única y exclusivamente de la traducción, a lo mejor (peor) tienes que fastidiarte, pero, si no lo haces, puedes negarte y ya está (véase lo de no traducir a Pamuk). Eso no quiere decir que seas menos profesional o que no te importe la pasta, sino que puedes vivir de otra cosa y ese año no te vas de vacaciones.

Una vez llegados a un acuerdo más o menos satisfactorio para ambas partes, uno se sienta hasta que se le queda el culo plano a pasar a máquina el libro que está en otra lengua, pero en la suya. Esto, al contrario de lo que se pueda pensar, no es automático, sino que puede ser bastante entretenido (en el mal sentido, de echarle mucho tiempo). Encima tiene que quedarte bonito, porque los contratos tienen una cláusula que se ocupa exclusivamente de eso, de que si a la editorial no le gusta tu traducción, te la comes con patatas. Una vez que entregas tu paquete bien bonito con su envoltorio y todo, igual la muchísima prisa que tenían en publicarlo se convierte en meses o años, que me ha pasado a mí, que no me lo han contado, vaya. Y ya no está en tus manos.

Porque esa es otra. A partir de ese momento, seas autor o traductor, que se venda y se lea el libro va a depender de que se vea y eso es misión de la editorial y de los libreros (a los cuales posiblemente les importa más o menos un bledo qué libro se ve más o menos, con lo que supongo que existe algún tipo de incentivos por parte de las editoriales para que sea el suyo y no el del vecino). Creo que todos estaremos de acuerdo en que seguro que hay grandes obras maestras y traducciones excelsas de las que nadie se acuerda por la sencilla razón de que nadie las ha leído, y no las han leído porque nadie las ha reseñado y ni siquiera se las ha comentado un coleguilla por la sencilla razón de que nadie se ha parado a mirar de qué iba ese libro que estaba en el estante de la librería entre otros mil doscientos, escrito por un autor del que nadie ha oído hablar en tu país porque nadie sabe que existía, etc. Por el contrario, todos sabemos de grandísimas plastas que ninguna traducción aunque sea en la lengua de los ángeles puede apañar, que se venden como rosarios a la puerta de una iglesia de las de antes en barrio como Dios manda solo porque las vemos anunciadas por todas partes y, en el mejor de los casos, nos da morbo.

Por eso no me entra muy bien en la cabeza que un autor como Pérez Reverte, que se supone que conoce el sistema editorial escriba lo que ha escrito. Primero, que crea que existen tipos tan profundamente masoquistas e irresponsables como para amargarse la vida traduciendo mal a propósito a un autor por puro odio. Seguro que es más difícil que traducir bien y además pasarse meses haciéndolo te debe poner la úlcera como una plaza de toros. Y, encima, por cuatro perras, que estaría mejor traduciendo certificados de estudios para los erasmus. Segundo, que en la editorial, donde alguien debería haberse leído la obra aunque sea en inglés o francés, nadie le diga al traductor sádico/masoquista que según el contrato eso no vale. Tercero, que alguien se crea que las ventas de una novela hoy en día dependen de la traducción y no del marketing. Si la editorial, convenientemente motivada por la agencia del autor, se mueve un poquito, el libro vende por muy mala que sea la traducción. Y, si no vende, muy tontos tienen que ser en la editorial para no preguntarse por qué un tipo vende como churros en todos los países menos en el suyo. No creo que les guste dejar de ganar dinero, por lo que es muy probable que le echaran cruz y raya al malsín traductor. Y no creo que haya traductores tan tontos como para arriesgarse a perder su modus vivendi porque les cae mal un autor.

He visto cómo hay traductores que hacen de su capa un sayo y traducen como les da la gana, sobre todo para figurar ellos, pero también he visto editoriales que adaptan las obras al supuesto gusto de su público con la sana intención de forrarse y luego le echan la culpa al traductor si el publico no es tan tonto como ellos creían. ¿Se imaginan algo así como:

«En un pueblecito de la Mancha, región situada en el centro de la Península Ibérica famosa por sus quesos y de gran riqueza ganadera, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía una vez un hidalgo, caballeros que formaban el estamento inferior de la nobleza española, clase muy característica de la España de principios de la Edad Moderna, y que tenía todo el equipo correspondiente a su clase y comía muchos platos típicos de su tierra»?

Porque yo sí he visto cosas parecidas y les juro que no son cosa de los traductores. O hay mucho pirado por el mundo, que también es verdad, y entonces vuelvo a mi intención inicial y no digo nada.

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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10 respuestas a No iba a decir nada, pero…

  1. Diana Sorgato dijo:

    Este tema tiene mucha tela que cortar y me da mucha pereza, pero, como siempre, ¡tu artículo ha estado muy entretenido! 😉

    • Pereza, gallina y de todo da. Salud y gracias.

      • Diana Sorgato dijo:

        He hecho el camino inverso, primero he leído tu artículo y luego he buscado el de Pérez-Reverte, ya que aún no lo había visto. Aunque parece ficción y me recuerda un poco el cuento «El traductor cleptomaníaco» del escritor húngaro Dezsö Kosztolányi, no me parece del todo imposible, teniendo en cuenta la cirugía plástica que comentas sobre el texto introductorio del Quijote. Y teniendo en cuenta el colectivo de traductoras feministas de Quebec que deliberadamente subvertía el sentido de los originales que consideraba machistas… Yo no creo en los traductores cabrones, pero que los hay, los hay.

      • Mira que el autocorrector… ¿De dónde habrá salido la gallina? Galbana era, galbana. Eso me pasa por responder con el teléfono, que ni veo bien la pantalla ni nada…

        • Diana Sorgato dijo:

          Je je je… ¡Qué gracia! Ya decía yo… debe de ser «piel de gallina», me da pereza y piel de gallina fue lo que deduje 😉

  2. Pepa Linares dijo:

    No sabes cómo te agradezco la frescura y la falta de solemnidad.
    ¿Por qué los traductores somos tan cargantes cada vez que abrimos la boca a propósito de esto nuestro?

  3. Teresa dijo:

    Gracias por su articulo, yo también leí ese artículo de Pérez Reverte, y aunque no lo he leído mucho, es la verdad, no me acaba de atrapar, no entendí el porqué de esa opinión conociendo el mundo editorial. Tengo en la familia un traductor y se su dedicación.
    Además quería agradecerle sus traducciones sin ellas no hubiese podido leer a Pamuk y ahora estoy leyendo Paz de Tanpinar, traducido por usted y es todo un descubrimiento. Muchísimas Gracias!!!

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