Más difícil todavía

¿Me permite usté la tarjeta embarque, plis?

Los talleres de traducción de los que hablamos tienen, o tenían, también otras tradiciones aparte de ajuntar a un puñao de traductores traduciendo —como su nombre indica— como posesos (vid. la niña de El exorcista). Por ejemplo, no dar morapio (antiguamente sí, y mucho, en el cóctel de presentación), pero a cambio dar abundancia de comida porque la organización debe de suponer, con razón, que con lo que se paga a los traductores de libros tienen que estar todos como los niños de Biafra, referencia que solo los de mi generación y anterior podrán entender, especialmente si tuvieron la desdicha de que en el cole les plantaran una hucha del Domund y los lanzaran a pedir por esas calles de Dios. Hay que reconocer que existen compañeros que realmente hacen como los osos antes o después de hibernar y aprovechan para ganar unas grasas que les hagan pasar el año.

Otra de las tradiciones, y veo que es igual en talleres parecidos de otros países, es la de traer algunos ínclitos escritores para que viertan perlas de sabiduría y que la audiencia espectadoril se quede boquiabierta y como en éxtasis. Aquí me veo en la obligación de confesar dos cosas: la primera es que el adjetivo «ínclito» lo aprendí leyendo Mortadelos; y la segunda, que por muy interesante que sea el autorescritor, y generalmente lo son, lo que tienen que decirnos a los traductores es, como lo diría sin que sea una burrada, tangencial (un poner) a nuestro oficio. Una tercera confesión, también tangencial, es que me sigue sorprendiendo mucho que los turcos distingan entre «escritor» y «poeta», como si el escritor fuera una especie de evolución del escribano y el poeta un ser poseído por las musas (otra vez la niña exorcizada) que va por ahí gritando y tocando la bandurria. Todo sea dicho, cada vez lo veo más a menudo también en español, a lo mejor porque me fijo más.

Los autores, conscientes del público, suelen tratar el tema de la traducción y suelen asimismo hacerlo siguiendo dos líneas temáticas. Una es que traducir es muy difícil, o debe de serlo, porque hay muchas palabras que a ver cómo se traducen si no. Por ejemplo, la palabra «salmorejo» que además tiene la característica cultural de que no lleva pepino y el gazpacho sí, bla, bla, bla. Tan difícil es traducir que, miren ustedes, me hicieron una chapuza al traducir mi insigne obra del cardabás al castellano septentrional porque me tradujeron «saquito» por «chaleco» cuando todo el mundo sabe que el chaleco no lleva mangas, bla, bla, bla. Eso sí, reconociendo que lo de traducir tiene mucho mérito.

Pues bien, uno de los autores (este sí, porque no era poeta) que nos trajeron este año nos confesó que él se había ganado la vida como traductor. Y uso (yo) el verbo «confesar» con todas las de la ley porque reconoció que traducir no le gustaba nada, nada, nada, pero nada, vamos. Eso sí, como traducía mayormente a una de las lenguas periféricas del estado español (y yo no tengo la culpa de que la periferia no sea el centro) se sacaba unos duros que no habría ganado de hacerlo a la lengua central y centralista. Todo ello tuvo diversos efectos en nosotros, como que el personal le guardara rencor eterno por decir que había ganado lo bastante como para vivir cómodamente haciendo algo que no le gustaba apenas y que es precisamente lo que hacemos los demás y el motivo por el que estábamos allí (traducir), o que mi amigo Miguel lamentara que no hubiera una normalización comilfó del andaluz que nos permitiera llenarnos la faltriquera, algo con lo que yo estuve en completo desacuerdo porque, por supuesto, es una muestra de centralismo hispalense. Como pueden comprender, son reacciones de envidia cochina, pero homo sum et nihil no me acuerdo de más pero acaba en puto.

Más interesante me pareció otra opinión del escritor de hogaño y traductor de antaño que también les puso los pelos de punta a mis compañeros como si les acercaran una varilla de ámbar tras frotarla con un paño. Según él, tanto da la calidad literaria porque, al fin y al cabo, todo es traducir y lo mismo te da Homero (el griego, no el Simpson) que Marcial Lafuente Estefanía porque, total, te van a pagar por caracteres, porque de esa manera les salen mejor las cuentas a las editoriales que antes pagaban por páginas con un montón de blanco, que así de chunga anda la selva tropical amazónica. No solo eso (pelos cada vez más electrificados que casi tocan el cielo raso), sino que lo difícil de verdad es traducir petardos pestosos porque no hay por dónde meterles mano y siempre se le va a echar la culpa al traductor de aquella hez maloliente porque nadie se ha leído/lee el original. Por lo tanto (y esto fue ya el acabose), a una mala novela hay que meterle mucha mano y eso nadie te lo paga, o abona, ya que hablamos de heces.

Muchas de mis compañeras más jóvenes (los varones éramos casi una anomalía estadística) reaccionaron como si hubieran oído una blasfemia tremebunda. ¡Cómo le vas a enmendar la plana al original! A mí, en cambio, quizá por mi fatalismo occidental, me pareció que tenía más razón que un santo, y no santo Tomás apóstol precisamente, que es como ellas reaccionaban. Cierto, como se publique una plasta ilegible, nadie se va a preguntar cómo era el original porque, por el mero hecho de haber sido publicado en su país de origen y haber merecido una traducción, se supone que es bueno, como el valor al soldado (expresión que he visto, pero en mi cartilla no ponía nada de eso, sino rollos de destinos y revistas). Ergo, si el texto es tan ilegible que no se puede leer, la culpa es del traductor, que no sabe que «relative» es «pariente» como se puede ver en que ha traducido «relativity theory» por «teoría de la relatividad» en lugar de «teoría del parentesco», etc. Esto es así.

Últimamente he visto con lágrimas de emoción en los ojos que bastantes de mis colegas veteranos se rebelaban (con be) contra el cliché topicazo de que lo muy dificilisísimo es traducir obras inmarcesibles (este no es del Mortadelo, pero no me acuerdo de dónde lo he sacado) de la literatura universal, mientras que las novelillas de esas que cambias por un duro cuando ya te la has leído en el quiosco del aeropuerto en salidas internacionales las traduce uno como una máquina pensando en otras cosas, por ejemplo, en cómo es posible que mi sobrino lance las pokebolas con el dedo pulgar (únicamente). Puede que sea verdad, pero siempre que la novelilla tenga pies y cabeza y los tenga donde debe tenerlos, que, si no, te va a tocar apañarla, lo quieras o no.

«Era de noche y, sin embargo, llovía. Ella le confesó que no le quería como habría querido que quisiera que la quisiera si su familia hubiera querido. Además, habida cuenta de que estaba amaneciendo, ya era hora de que los fuera tuteando como si no se conocieran. Fue la conclusión a la que llegó siendo jueves como era».

Lo admito, puede que haya exagerado un poco, pero a ver quién traduce algo así y se atreve a entregárselo así a la editorial. Supongamos que no le emasculen y no le denuncien por incumplimiento de contrato y lo publiquen tal cual, el arrojado traductor puede tener por seguro que le señalarán por la calle, los perros le ladrarán y le perseguirán con hoces, guadañas y antorchas como responsable de blasfemia gorda. Eso si es una novelilla; si lo ha escrito, qué sé yo, James Joyce, todos se harán lenguas diciendo lo difícil y meritorio que ha sido transmitir el tono onírico del original (efecto sokal traductoril).

En resumen, que aunque no se lo crean, a menudo traducir un churro y que quede comestible (no como en los bares de Madrid, que los sirven fríos) es más difícil todavía que traducir una obra maestra.

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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4 respuestas a Más difícil todavía

  1. Teresa dijo:

    Pues no se quien será el escritor que haces referencia pero yo si me fijo cuando compro un libro quien lo ha traducido, para mi hacéis un trabajo inestimable, gracias por vuestro trabajo y dedicación.

    • Uy, no quiero decir que sea mal traductor ni nada parecido, sino que no le gustaba mucho la profesión. Como quien es cajero de banco y no le gusta estar contando billetes todo el día, vaya. Y lo que él decía (y es verdad) es que siempre se dice que es más difícil traducir a los grandes autores, pero muchas veces lo verdaderamente difícil es traducir las obras mal escritas de forma que queden legibles (para qué se publican es harina de otro costal).

  2. Carlos dijo:

    Una alegría que haya regresado.
    Un saludo desde Uruguay .

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