¿Vergüenza propia o modestia aparte?

Baudouin, Pierre Antoine - The Honest Model - 1769
«¡Ay, qué vergüenza que me da que me vean así, al natural!» «¡Que no, que no, que ya verás cómo nadie le da importancia! Lo que se han de comer los gusanos…»

Me piden que escriba (una vez más) un artículo sobre la literatura turca que hay traducida al español y, como siempre, me encuentro con el mismo problema: cómo hablar de mí (mismo) sin enrojecer como un tierno doncel cuando le preguntan quién le gusta más, si Marfisa o Choni, y, al mismo tiempo, sin dejar de mencionar mi contribución al asunto. Porque, ¡aparta, modestia molesta!, lo cierto es que he aportado más que un granito de arena o, mismamente mostaza, a esto de la literatura traducida en español. Y eso que no sé, qué sé yo, quichua, que si no…

Para hacer este tipo de artículos es conveniente mirar qué es lo que hay traducido y no inventárselo por aquello de que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo (por mucho que grites lo de «no corráis, que es peor»). Para ello lo más práctico es buscar en la página web del ISBN y hacerse una idea más o menos completa. También se lo puedes preguntar al librero de tu barrio, si aún existe —el librero—, o, en su defecto, al del bar, que seguro que continúa existiendo, aunque los resultados serán más dudosos, por mucho que puedas saciar tu sed y tomarte una tapita. En fin, que vas a mirar al ISBN en búsqueda avanzada o como se diga, pones «turco» en «del» y «castellano» (o «español») en «al», y con eso ya tienes para estar entretenido un ratillo.

Pues bien, resulta que una buena parte de las obras que salen, eliminando repeticiones de títulos en distintos formatos y colecciones, reediciones, círculos de lectores y demás zarandajas, las ha traducido s.s.s. de ustedes. Más o menos una cuarta —parte—, si no me equivoco (algo que suele ocurrirles a quienes tienen boca). Pues no es poco, hoygan. Antonse me vienen las dudas de cómo expresar por escrito eso, así como lo demás que haya podido hacer más o menos pioneramente.

Pongamos por caso que a Napoleón cuando estaba en Santa Elena le pidieran un artículo para la revista International Review of the Guerras and sus Cosillas and Curiosidades sobre “grandes generalotes conquistadores” en formato APA y con un máximo de veinte mil caracteres con espacios, pero sin contar puntos y coma y dos puntos. Total, que mi amigo Napo (si hay gente que a García Márquez le llama «Gabo» talmente como si fueran primos carnales suyos, ¿por qué no voy a poder yo con el pequeño gran corso?) acepta alegremente y se pone a escribir la historia de los grandes generalotes empezando por Alejandro (a mis sobrinos les gustó mucho el «İskender kebab», que siendo «İskender» «Alejandro» en turco, resulta que no tiene nada que ver, no obstante), siguiendo por César (el del plátano del Alcázar de los Reyes Cristianos), después… El que sea, que no se me ocurre. Luego el de Prusia, el de los bigotes no, el de antes; sí, también era Káiser pero no el del plátano. Y por fin llega a brumario y demás y se da cuenta de que lo suyo no estuvo tan mal de no ser por el advenedizo del Güelinton («The history book on the shelf /is always repeating itself/la, la, la,/promise to love forever»), así que decide hablar de suámem.

Pero, horrible duda, ¿cómo hacerlo? ¿En tercera persona, como el César de los bellos, pero con un granito de modestia? «No es de despreciar la contribución al arte de la masacre del entonces emperador de Francia, Sr. D. Napoleón», pero queda como muy cursi, y además todo el mundo sabe que es él quien lo escribe porque lo pone más arriba. No digamos ya si la frase fuera más rimbombante y presumida: «Ares se despoja del tremolante casco y cae de hinojos deslumbrado por las olímpicas gestas del Caudillo de Francia, Generalísimo de los Ejércitos de la república imperial». Eso pega un cante que no veas. Para eso, mejor contratarse unos flamencos que le toquen las palmas cuando va por el pasillo. Por otra parte, en una obra de estas características, más analítica que otra cosa, no pega ponerse en plan numérico si con los demás has estado más bien lírico, por muy objetivo que pretendas ser porque queda bastante chocante:

«Las impresionantes hazañas de Alejandro demuestran un genio que pa qué y que venía anunciándose desde la juventud del macedonio, lo que ya notara en su momento el Estagirita, […, mucho bla, bla, bla]. Tanto en la conquista de las Galias como en la Bella Civil, César supo, en su inconmensurable sabiduría estratégica, táctica y pragmática, utilizar magistralmente los recursos […]. Napoleón, por su parte, tuvo no sé cuántas batallas, otras poquillas batallotas, algunas escaramuzas y tal, donde palmaron tantos infantes y otros pocos de los tíos esos del gorro con plumero y la chaquetilla de lao, sin olvidar a los de la coraza, con el calor que pega».

Qué quieren que les diga, no me negarán que queda muy deslucido lo propio y no es demasiado justo (ni necesario). Pero casi peor es hacerlo en primera persona (en segunda sería totalmente tonto). Sin ir más lejos miren ustedes la de tonterías que utilizo en esta noble tribuna para no decir «yo» ni «mí», desde el «muamem» que le copié a Celia Filipetto al «s.s.s.» que no sé de dónde me habré sacado, pero probablemente de un libro de modelos de cartas de antes de la Revolución Francesa («Muy mi amadísima amiga: En ésta que le escribo, letra, le besa los pies y demás, su esclavo, que lo es…»). Y es que me da mucho corte echarme flores en público, aunque no sean ni flores sino fríos datos. O sea, que hablo del pionero de esto de las traducciones del turco (D. Solimán Salom), le dedico un rato a los otros que me precedieron o contemporizaron —contemporáneos míos, en suma—, ¿y qué hago conmigo?: «Una tercera etapa es la caracterizada por la aparición del primer español que hizo traducciones comerciales directamente del turco, YO». No me queda muy bonito, sobre todo lo de las comerciales, que parece uno un representante con el muestrario. ¿Algo más seco, en plan filete que hace bola?: «Importante aportación es la del Carpin Traductor, que…», ¿que qué?

Me dirán ustedes que lo haga como si estuviera hablando de otro y yastá, pero es que me sigue dando reparo. Lo que pasa es que no es lo mismo traducir del turco que del inglés. Del inglés hay tropecientos (sin ánimo de despreciar) y es muy fácil diluirse en la masa: «A partir de los años XXX puede verse un importante incremento en traductores del inglés, lo que repercute en lo que sea». Pero es que del turco somos tres y antes prácticamente era yo solo, así que es muy fácil ser importante. «Soy el mejor del mundo haciendo pajaritas con papel de aluminio mientras toco La internacional con un matasuegras», pues claro, hombre, a quién se le ocurre.

¿Qué hacer? ¡Qué angustia vital! ¡Cómo adolezco, peno y muero sin vivir en mí! ¿Y si digo que no puedo escribir el artículo porque he perdido la movilidad del brazo en una batalla naval de nombre de coñac? ¿Y si mato al que me hizo el encargo? ¿Cómo puedo hacerlo para no desmerecerme y no sujetar mi valor sin que suene presuntuoso y feo (y, ya puestos, tampoco torcer mi rumbo)? ¿No tendrán ustedes algún consejillo útil que no sea el de «tú no te cortes, que otros no lo hacen»? Y mucho menos lo de «la íntima satisfacción del deber cumplido», que ya hace que terminé la mili.

Y ahora que me doy cuenta, ¿qué hago escribiendo esto en vez de meterle mano al articulillo?

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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Una respuesta a ¿Vergüenza propia o modestia aparte?

  1. Carlos dijo:

    Estimado, volvió…bue’, creo que estaba en las sombras (no dije preso, eh, que conste).
    Un abrazo, siempre es un gusto leerlo.

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