Alístate y te harás hombre

Alístate y verás mundo, decían. Ya me avisaba mi abuelita de que no tenía edad para esto

Últimamente (cuando digo últimamente por lo general me refiero a los últimos treinta años o, como poco, al desplome de la Unión Soviética o URSS, aunque los Beatles lo decían al revés, USSR, vete tú a saber por qué), últimamente, decía, no hago más que ver la etiqueta «young adult» por aquí y por allá, e incluso por acullá, aplicada a determinado (sub-) género de novelas.

De entrada me mosquea el hecho de que sean dos adjetivos juntos y que con el repajolero inglés no sepa uno cuál va primero, o sea, cuál funciona como sustantivo. ¿Es un adulto joven, úsease no maduro para que se lo coma alguien cronológicamente hablando (vid. Mafalda)? Porque ahora no está muy claro eso de ser joven, y menos según vas entrando en la edad provecta. Antes había formas muy fáciles de calcular la adultez juvenil, que era en cuanto entrabas en quintas. Igual era al revés, que entrabas en quintas cuando llegabas a la adultez, pero a nosotros nos da igual para el argumento, total, es por discutir. La cosa era que con dieciocho años ya se te consideraba mayor de edad, pero todavía no eras un hombre porque no habías hecho el servicio militar: a eso se le llamaba «mozo», palabra que podría sustituir perfectamente a la tontuna del «young adult» si lo entendemos en ese sentido. Para las mujeres era todo mucho más confuso desde que quitaron el servicio social ―que yo no llegué a conocer, no se crean que soy tan viejo― y además no sé si las llamaban «mozas». Teniendo en cuenta que el número quince era «la niña bonita», es decir, que con quince años todavía era niña mientras que sus compañeros varones entrarían ya ―lo sé por experiencia personal― en la clasificación de «cretinos», igual sí que a los dieciocho años les daban el carnet de moza. Lo que sí sé seguro era que las adultas jóvenes de mi entorno no tenían que pedir prórroga ni hacerse un pasaporte todos los años.

La otra posibilidad es que se trate de un «joven adulto». Esto es mucho más subjetivo porque se refiere a la adultez mental, ahora sí la madurez, es decir a esos muchachitos prematuramente viejunos que en lugar de ir por ahí pegándose cantazos con los demás mozos ―era un rito de paso para acostumbrarte a sufrir descalabros― o jugando al fútbol como en El rey Lear ―para ir preparando tu espíritu patriótico—, preferían hacer calceta sentaditos a la mesa camilla ―como Fernando VII, por ejemplo― u otras actividades inútiles y parasitarias como la lectura (de libros o, aún peor, de novelas, porque, evidentemente, solo puedo darle el nombre de «libros» a los provechosos, como el catecismo o el manual de cocina de la sección femenina). Claramente, a estos jóvenes cabría llamarlos «adultos» en su acepción de ―y a la RAE me remito― «ser vivo», llegado a «la plenitud de crecimiento» (¡Qué crecidito está el niño! ¡Y cuánto lee!), o «a cierto grado de perfección» (pongamos noventa grados), porque la de «que posee plena capacidad reproductora» no nos sirve de mucho si hablamos de literatura, a no ser que el mozo en cuestión se dedique a reproducir y compartir libros en pdf u otros formatos.

En cualquier caso, fue un tema que abordamos muy ligera y tangencialmente (me gusta mucho esto de no poner «-mente» en la primera palabra y en la segunda sí, aunque me temo que no es muy normativo) en una charla terturial entre amigos. No sé a cuento de qué surgió la cuestión de si los mozuelos leían más o menos y qué leían. Como pueden ver, estábamos bastante aburridos y cuando el diablo se aburre, con el rabo mata moscas. Tampoco me acuerdo de cómo, le indiqué a mi amigo Pepe que él, con quince o dieciséis años, es decir, con la edad del «niño feíto» (porque ninguno de nosotros hemos sido nunca precisamente «bonitos»), se tragaba lo mismo a Proust que a Joyce, por no hablar de Kafka o Dylan Thomas, por los extranjeros, y lo mismo a Quevedo que a Clarín o Lorca por los nacionales. Y estamos hablando de antes de ser mozo siquiera. Dicho de otro modo, antes de que se inventaran lo de literatura «young adult» lo que leía un «young adult» o «adult young» era literatura. De hecho, estoy convencido de que para leerte plomos como Dostoyevski, o eres joven o no lo lees (porque tienes mejores cosas que hacer). ¿A quién que haya hecho la mili se le ocurre cargarse a una vieja más o menos porque sí? ¿Y luego te arrepientes, capullito de alhelí? Pos claro…

Y aquí conviene hacer otra precisión. Como uno es un intelestuás y se mueve en círculos muy leídos y escribidos, en cuanto dices que te gusta algún clásico que no esté de moda como, un poner, Corín Tellado, rápidamente alguien te suelta que eso no es literatura. Y aquí viene mi precisión: sí que es literatura, sí, pero mala. Es decir, de la misma forma que hay malas películas y que yo pinto mal, o que está mal no ceder el asiento en el metro a las jóvenes trabajadoras, también hay literatura buena o mala. Quitarte de un plumazo todo lo que no te gusta diciendo «Esto no es literatura» me recuerda ciertas prácticas muy desagradables. ¿Que no te gusta? Bueno, puedo aceptar que sea «mala», pero no que no sea.

Como habrán podido apreciar si han leído alguna entrada anterior, a mí siempre me gustó lo que en tiempos se llamaba «literatura juvenil», sin adulteces ni tonterías. No toda, claro. Han de tener en cuenta que cuando yo leía literatura juvenil no se había inventado todavía lo de la igualdad de géneros y a mí solo de pensar en leer libros de Enid Blyton —una clásica del género, literario— me daba una alferecía o el sarampión menudito, aunque esto último da más cuando hace calor y sudas mucho. Había sobre todo unos libros de un colegio que se llamaba Torres de Malory que las pobres niñas nunca acababan los estudios, oyes, que si primer curso en Torres de Malory, que si segundo, que si tercero, al final nunca llegaban al COU, yo creo que porque no estudiaban y tenían que repetir, pero no lo sé porque no me leí los libros, entre otras razones porque me parecía masoquista estar tú estudiando y leer novelas de gente que está estudiando, a no ser que te alegres de que suspendan y repitan, que esa es otra. A mí me gustaban más las novelas de Salgari, todas llenas de piratas, sea en los mares de la Malasia o en el Caribe, en los del sur o en los del norte, este u oeste. Estranguladores por aquí y por allá, a la derecha un tigre, a la izquierda un inglés, o un indio occidental u oriental o un sarraceno, y los protagonistas mata que mata, pero no sin razón, que siempre era posible encontrar alguna, como que el tigre en cuestión le había mirado mal. Pues bien, en mi vida se me ocurririría llamar a eso «literatura para adultos» por muy jóvenes que sean, ni a dar la tabarra con que eso sí que es literatura de la buena.

Esta literatura «young adult» de hogaño se parece sospechosamente a lo que yo leía entonces. Quiero decir que no me parece que sea… no sé, La Eneida en latín, por ejemplo. Vamos, que no quiero decir que sea literatura pestosa, pero que tampoco está orientada a lectores muy estrictos ni exigentes en eso del arte retórico-poético. La diferencia más grande que veo entre Sandokán y cualquier novela joven y adulta es que esta última siempre es una distopía ciencia-cientificosa o de anticipación mala follá (si no, sería una utopía), mientras que Sandokán vivía en una entropía colonial-imperialista y, como decía Savater, era el padre del capitán Nemo. Supongo, no lo sé seguro porque Julio Verne, a pesar de mi padre, siempre me resultó bastante plasta exceptuando algunas novelas como, gracias a mi madre, Las Indias negras. A lo que íbamos. El adolescente que yo era estaba (si vieran mis estudiantes ese «era estaba», me mataban) claramente sediento de aventuras sanguinarias y había llegado a la conclusión de que, mejor que estudiar física o ingenería —requisito para ser astronauta—, era hacerse pirata y saquear un par de barcos. El joven de ahora, en cambio, lo ve todo bastante más negro con la crisis y aspira a matar a todo el mundo para quedar él y a los demás que les den morcilla. Ella en el caso de Los juegos del hambre.

Y esta es otra diferencia: los roles de género como constructo cultural holístico y los modos de producción de poder. En mi literatura (mala) non-adult, las mujeres (o mozas, quizá) no pintaban mucho más que meterse en líos. Bueno, también eran hijas de alguien, o amadas del bueno, al que embobaban innecesariamente, pero adolecían de cierta pavisosez. En cambio, ahora no hay quien les tosa, lo que me parece muy bien, que para matar al vecino no te hace falta ser una cosa ni otra. La presencia femenina en la literatura jovenesca adulta tiene también la ventaja de que puede haber sexo si se tercia. Con Sandokán y demás compañeros mártires todo era de un platónico y un relamido que espantaba —no es de extrañar que los adolescentes odiáramos las escenas románticas— y así pasaba lo que pasaba. Miren si no La Regenta, que va el gachó y le da un toquecito con el pie y ella se desmaya de la emoción y lo siguiente que sabemos es que andan como locos retozando por los pajares. Del toquecito en el pie al polvo y al lodo y al fango, ¡qué represión, madre mía! Sin embargo, ahora todo es más natural; dentro de lo que cabe en una distopía horrorosa, naturalmente.

Observarán ustedes que aunque hablo de young adult y ahora de romanticismo no menciono a los vampiritos enamorados e incomprendidos. Dejémoslo así que no estoy de humor.

Otra de las grandes diferencias con la literatura juvenil de aventuras (pues eso es) de antaño es que ahora todo son trilogías. Trilogías de las que, curiosamente, se sacan cuatro películas. ¿Y por qué no seis o nueve? Pues no, cuatro, para fastidiarte las cuentas. De hecho, ¿por qué trilogías? ¿Son ahora los libros más chicos o la letra más grande? Sandokanes había tropecientos, y otros tantos corsarios de colores, pero no recuerdo trilogías en sí. Igual es por aquello de la presentación-nudo-desenlace, pero no lo tengo demasiado claro tampoco. La verdad es que los juegos del apetito podían haberse quedado en una única novela (en el fondo, eso es un elogio) y las de la de convergente-detergente, pues no lo sé porque me harté y dejé de leerlas, por no decir el tío del laberinto. Pero, eso sí, ahora hay trilogías hasta en la sopa: The Soup Eater 1) Menudillos, 2) Letras, 3) Cocido. Igual es que ha tenido éxito internacional una política que se seguía aquí en España: cuando el libro era un bestsellerazo y gordo que no veas, pues se partía en tres y se iba sacando poco a poco para que a los enganchados les diera el mono. Véase esa obra de arte que es el Criptonomicón, que nunca me atrevería a calificar de young adult aunque perfectamente pueden leerla jóvenes y adultos, como si fuera un Tintín, de siete a setenta y siete años.

Pero tampoco calificaría yo al Criptonomicón de alta literatura sublime. Así que quienes pretenden convencerme de que Crepúsculo es comparable a, sin ir más lejos, La Regenta, no lo van a conseguir. Insisto, literatura sí que lo es, como las novelas de Corín Tellado o las de Marcial Lafuente Estefanía, que no eran precisamente buenas. Entonces, ¿por qué hay adults por muy young que sean que se las leen con tanto entusiasmo? Pues se me ocurren varias posibilidades. La primera es que no sean adultos sino quinceañeros y, de paso, sus hermanos mayores y padres. Eso no está mal, pero entonces que lo llamen literatura juvenil de todas todas. La segunda es que los que se han leído libros bestiajos de chicos, como yo, han crecido y ya son adults mayorcitos y, como dice mi cuñado, quien nació lechón morirá cochino. O igual es porque los que crecieron leyendo el lobito bueno y el tigre generoso en lugar de las barbaridades de Mowgli (el de los libros, no el petardo, más Sabú que Disney), se han hartado y reclaman su porción de sangre.

Uniforme_de_los_Tercios_en_el_siglo_XVII

—¿Que se ha puesto de moda la canción del legionario? ¡No me forniques! —Como lo oyes, ya me gustaría verlos en Flandes. —O con Flanders.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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