La buena, la fea, la mala y el original

El hombre y el mono, cuanto más feo, más hermoso. Y más original, oiga

Un par de comentarios leídos en las redes sociales me han llamado la atención. En realidad han sido bastantes más ―como por ejemplo el interesantísimo caso del perro que observaba fijamente un teléfono móvil sin dar crédito a sus ojos―, pero voy a hablar únicamente de estos dos porque tratan de traducción, tienen que ver con asuntos que repito más que el pepino y, en última instancia, porque me da la gana, si a ustedes no les importa.

El primero era de una compañera que protestaba de algo que ignoro pero que estaba claramente relacionado con ciertos comentarios exagerados sobre el oficio de traducir, o bien, pero posiblemente tam-bién, con la traducción como proceso o producto. Como podrán intuir, escribo esto desde un aula, gracias a que mis estudiantes han tenido a bien enviarme un guásap informándome de que llegarán una miaja tarde, más exactamente un miajón. Por eso es posible que se me escape alguna palabra rara como epistemológico o heurístico, pero no me hagan caso. Por lo menos empleo la palabra «aula» como es debido y no como sinónimo perpetuo de «clase», como la gente que dice «el uso de tareas lúdicas en el aula de matemáticas», que cuando lo oigo me pone malo.

A lo que íbamos. Han de saber que esto de traducir libros de literatura literaria te imbuye de un espíritu un tanto lírico que te lleva a elevar tu discurso todo lo que den de sí las musas; además, tiendes a darle una pátina de hermetismo gnóstico al oficio, así como a subrayar sus dificultades. Esto de parecer recién salidos de Nueva Necrópolis se debe a un único motivo ya tratado previamente: que acabas hasta la coronilla de que te tomen por el pito del sereno, en dos sentidos fundamentales: (me gusta esto de los dos puntos después o dentro de otros dos puntos)

(a) Que el personal piense y, si lo hace, crea, que traducir es todo cuestión de agarrarte un buen diccionario y adiós, o, todavía peor y como decía Larra, que un buen traductor puede y debe prescindir de diccionarios, como aquel de Kundera que, sin saber checo, traducía con el corazón. En suma, que haces lo mismo que el Gúguel Transleitor o que sabiendo el idioma no te hace falta nada más. A esto nosotros oponemos el argumento de que traducir es como un parto mejorado (® Quevedo) y que cuesta más que yo qué sé qué y que necesitas tener más arte que Curro Romero a riesgo de que te salga un churro. O sea, que para que la traducción te quede bien, primero tienes que entrar en un trance que para sí lo quisiera un maestro zen de los del i ching y la túnica azafrán de esos que no tienen un pelo de tontos.

(b) Que el personal opine que lo mismo es traducirte un certificado de estudios que, qué sé yo, el Cantar de los Cantares, porque al fin y al cabo traducir es traducir y hay que hacerlo motamot porque si no te estás saltando la mitad y no vale y si no, pues entonces es un jeringo, que ya hemos usado la palabra churro. Y entonces nosotros contestamos que no es lo mismo, no, que hay cosas que es mejor traducir para que quede bonito y que por mucho que en español exclamemos con épica nobleza castellana y ansia altiva de grandes hechos: “¡Defeco en la leche, otra vez me han dejado la mesa manga por hombro!”, es más que probable que una traducción literal a las lenguas de nuestro entorno o más allá no produzca el efecto artístico pretendido. Y entonces empezamos a hablar de la cultura y los puentes y los violinistas.

Lo malo es que tampoco es tan difícil, la verdad. Aunque a veces te atranques, otras coges el piloto automático y te pones a traducir como una máquina y te queda de rebién que tú mismo te quedas boquiabierto en onanista admiración. Otras, en cambio, no das pie con bola por muy fácil que parezca y la traducción te queda como para usarla en un foro de esos donde se comenta lo mal traducidos que están los títulos de las pelis —delito en el que no suelen participar los traductores—. Lo que quiero decir es que, como con todo, te hace falta saber y aprender lo que no sabes, pero también un pelín de talento porque si no mejor te dedicas a los certificados de estudios y encima ganarás bastante más.

Porque, ¿en qué consiste una buena traducción y cómo se diferencia de una mala? Pues miren, se me ocurren los tres criterios que proponía el Sr. García Yebra: Decir todo lo que dice el original; no decir nada que el original no diga; y hacerlo con gracia y salero para que quede bonito. Hasta aquí todo muy bien. Pero entonces llega el tipo ese del que hablaba Mª Teresa Gallego al que le cabreaba que ella tradujera «Il le visita» por «Fue a verlo» porque se había comido la visita y se ve que el hombre ya había preparado el té y las pastas y lo de ir a verlo le supo a poco. O sea, que lo de decirlo todo, todo, todo, regular, que a veces es mejor saltarse la visita. Y no digamos ya lo de decir lo que el original no dice, que hay cada uno que se dispara y no hay quien lo pare, que sé yo de gente que te pillan el Quijote y empezarían:

En un lugar de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme porque no me da la gana, pero que me parece que es Motilla del Palancar, que una vez pasamos con el coche y nos tomamos un pisto que no te menees y luego un queso para reventar, hace bastante vivía un señorito de tronío y olé…

Y así podríamos seguir, pero me canso. En cuanto a lo de hacerlo con mayor o menor gracia —o corrección y naturalidad—, depende bastante del duende de uno, pero desde el punto de vista del lector y el publisher medio aquí nos topamos con la iglesia de la mardita fluidez, y ahora defeco en la mar océana. Llegamos al punto verdaderamente crucial: el criterio más importante a la hora de juzgar una traducción como buena es que sea bonita, como ya decían los franceses, aunque tampoco es necesario que sea infiel. Como sea fea, por más feo que pegarle a un padre que sea el original, mejor que te busques otro oficio.

En el fondo, y sobre todo si traduces de lenguas que no sabe nadie, al lector le importan un comino, un pimiento y un pepino cómo sea el original. Él lo que quiere es quirrarse leyendo en español y lo demás le da igual. Ya lo decía el amigo Lefevere, para el lector de la traducción, la traducción es el original, y eso tiene mucha miga. Para el lector español el texto turco siempre dirá «guachi, guachi, guachi» y si lo traduces por «con la cara lavada y recién peiná», le va a parecer la mar de horroroso (ergo mala traducción), mientras que si traduces «en tanto que de rosa y de azucena se muestra la color en vuestro gesto» alucina en colores y le entra un tembleque que la gente del metro se le va a quedar mirando (buena traducción).

El otro comentario que he visto en las redes sociales fue uno de Celia Filipetto, a quien le sorprendía haber encontrado el enunciado sintagmático «el autor original», como si hubiera un autor que no lo fuera. Legalmente los hay, por supuesto, y los mismos traductores lo somos. Autores de obra derivada, si no me equivoco, y, por lo tanto, autores derivados. Y esta es otra cuestión que a los traductores nos sienta como un cabezazo en la barriga o una coz en las gónadas. Resulta que a cualquier perro pichichi que derive una obra todo el mundo le ríe las gracias. le reconoce como autor y nadie se acuerda ya del autor original. ¿O es que alguien se acuerda del autor original de las Variaciones Goldberg de Glenn Gould, o de las Sinfonías del Karajan, o del Señor de los Anillos de Peter Jakson, o del Drácula del Coppola? Y en algunas cambian lo que les da la gana, además, que el Drácula pasa de ser la encarnación del mal a un pobretico enamorao al que la gente no comprende, que desde luego menuda decepción, como si a la niña del Exorcista me la sacan con la Julie Andrews en plan Sonrisas y lágrimas… A mí me gustaba el Drácula de siempre, más malo que un rajón y que permitía que en congresos diversos se hicieran ponencias diciendo que sale la Santísima Trinidad porque Van Helsing es como Dios padre y Quincey Morris como Jesucristo (el Espíritu Santo debe de ser alguno de los murciélagos, y de los demás personajes, si te he visto no me acuerdo), o que es una muestra del imperialismo europeo como lo prueba el que la gachí se llame Mina, diminutivo de Guillermina, clara alusión al Káiser, y el «malo» (entre comillas) sea un emigrante del levante oriental. Ambos ejemplos son verdaderos como puños y no me dirán que no tienen gracia.

Bueno, al grano, pues eso no pasa con los traductores de libros, que nadie se acuerda del derivado y sí del original, por muy petardo que sea. Y en esto se me viene a las mientes una de las grandes decepciones que sufrí de adulto. Resulta que como siempre he sido un gran amante de la alta literatura, tanto epopéyica como lírica, de adolescente me gustaban una jartá las novelas de Tarzán (sí, sí, las novelas), que andaban por casa en edición del año de los tiros mengues en traducción de Emilio Martínez Amador, de quien no se acuerda nadie. ¡Madre mía, qué cosa más bonita y más artística! ¡Qué traducción más buena (más buena=mejor)! Pues bien, en un momento crucial de mi vida —estaba en la playa y no sabía qué leer—, decidí leerme el original del autor original en la lengua original. ¡Qué decepción! ¡Qué poco arte y qué falta de duende (no tiene nada de extraño)! ¡Qué mal fluía aquello! En suma, ¡qué original más malo de una traducción más buena! Y, para que vean ustedes, tooodo quisqui se acuerda del autor original, sí, ese mismo, que lo tengo en la punta de la lengua, ¿no fue nadador olímpico? Ah, que ese no era, ¿seguro?

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
Esta entrada fue publicada en Adaptaciones, Adaptaciones cinematográficas, Crítica de traducciones, Emilio Martínez Amador, Fluidez. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a La buena, la fea, la mala y el original

  1. Maite Gallego dijo:

    Eso del Quijote lo hizo Trapiello hace una temporada, Rafa… Traducción para que se entendiera ese maldito libro pasado de moda o algo así lo llamó.

    • ¿No hizo algo parecido también Pérez Reverte? Me parece muy bien, ¿no hay que reescribir los clásicos cada generación? ¿O eso eran las traducciones? ¡Uf, qué lío con tanto libro raro que no hay quien entienda!

  2. Alicia dijo:

    Tú sí que tienes arte, Rafaelín.
    Es verdad que un texto y su traducción son entidades distintas. Me gusta eso del texto derivado, es un buen concepto.
    A lo mejor es que simplemente Burroughs era un pesado. Yo tampoco he podido leer Sherlock Holmes en v.o. por ejemplo.
    Y una cosa. ¿Alguien podría subtitular en cristiano algún poema leido de Nazim Hikmet en Youtube? Porfa.
    Así tendríamos los dos textos en uno, el bonito sonido que no entendemos los lectores de aquí , y las ideas en español que sí entendemos. Y si está bonito, mejor, pero vale con que sea buen castellano, u otra lengua conocida
    Se puede decir que los traductores hacéis una obra social. Animo

    • Muchas gracias por el pelotilleo, viene muy bien a fin de curso. Lo de texto derivado es una cuestión legal, así que me temo que no tengo ningún mérito en eso.
      No sabía que hubiera vídeos en yotuve de Nazim Hikmet (y tampoco sé cómo se le pondrían subtítulos). En España estaba la traducción clásica de Solimán Shalom, pero luego hizo las suyas Fernando García Burillo en Ediciones del Oriente y del Mediterráneo que están muy bien.
      Salud, saludos y pesetas (y francos, que son más de un duro)

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