Aceitunas con pan/Zeytin Ekmek

Ay, ay, ay, pero qué cabeza la mía. ¿Pues no se me había olvidado hablar de una de las experiencias traductoriles más curiosas/interesantes que he tenido? Desde luego… Cría cuervos… Si hasta me entrevistaron desde la China y si mal no recuerdo incluso me pagaron por la entrevista. Tengo que confesar que no me entrevistaron por ser vos quien sois, traductor infinito, sino que era parte de un proyecto, tesis o similar, que nos entrevistaba a todos los que habíamos participado en el invento.

¿Y cuál era el invento? Pues érase una vez un dulce niño llamado Juan Gabriel López Guix (supongo que en cierto momento de su vida fue un dulce niño) que se juntó con unos coleguillas y colegas y junticos crearon el ente llamado ¡Hjckrrh! («Jáquer» o «Hácker» para amigos y conocidos), una editorial güeb o como quieran llamarlo, con la intención de traducir y publicar textos que fueran de dominio público —a eso tendríamos que dedicarle otra entrada, aunque evitando polémicas—, venderlos en la línea —incluso en La Línea— y enriquecer prudentemente a los traductores implicados evitando intermediarios.

Mi relación con Juan Gabriel, pero no de las de casarse, de las de mutuo aprecio sin más, se inició gracias a un profundo agradecimiento por mi parte por haberme mencionado sin ponerme verde, él y su compañera Pilar Orero, en un artículo en el que creaban el término «pentecostismo», que aplícase a los críticos literarios, preferiblemente de prensa, que parecen poseer el don de lenguas pues leyendo la traducción son capaces de opinar sobre la lengua del original. El artículo debo de tenerlo en fotocopias en alguna carpeta —eran otros tiempos— pero como no me voy a poner a buscarlo, les dejo un enlace a un Trujamán con los ejemplos que usaban (por lo menos López Guix).

Más tarde nos e-milieamos, no me acuerdo de quién disparó primero, porque me propuso que escribiera un artículo sobre la literatura turca traducida en español para la revista de historia de la traducción 1611. Era un tema sobre el que ya había hecho un par de cosas, pero parece que tenía cierto gancho, así que me subí al carro. 1611 es una revista en (la) línea y de acceso abierto y era mi primera experiencia con este tipo de publicaciones. Estas cosas se agradecen en un mundillo en el que muchos académicos se aferran al papel como a un clavo ardiendo, o caen de hinojos ante él como ante una zarza ardiente, o simplemente lo idolatran porque el olor del papel viejo y mohoso nunca se podrá comparar al de los píxeles de una pantalla y bla, bla, bla —los píxeles no huelen a nada—, sobre todo si la revista en cuestión se coloca en un estante para que haga bulto y nadie la lea. Ejem, disculpen, que me enciendo como el clavo y la zarza (-mora, que a todas horas…).

Y por fin llegamos a «Aceitunas con pan», aunque esté publicado como Aceitunas con pan. La idea de López Guix era publicar en Hácker —no me obliguen a mirar cómo se escribe, plis— una colección de relatos de distintos países sobre la Primera Guerra Mundial o Gran Guerra, simplemente. Como además se quería que fueran autores de dominio público —es decir, que hubieran pasado a mejor fiambre hace setenta años o más, menos en España que son ochenta si se alargó la pierna antes de 1986 u 1987, no me acuerdo— eso limitaba bastante las posibilidades de autores turcos, que, además y como veo que le comenté en algún mensaje, solían ser más dados a escribir sobre la Guerra de Liberación, inmediatamente posterior a la otra y que encima ganaron.

Ajá, pero el astuto López Guix había encontrado este Zeytin Ekmek de Ömer Seyfettin que, aunque no hablaba estrictamente de la guerra, sí lo hacía de sus consecuencias, y su autor cumplía con las condiciones requeridas. Antes de leerme el cuento yo tenía mis dudas, porque Ömer Seyfettin (a quien no le dio tiempo a tener apellido) es cosa seria en Turquía. Aquí se le considera el padre de la narrativa turca contemporánea y el gran pionero del turco moderno, así que, como además escribía cuentos/relatos, es lectura obligada en todos los colegios, logrando que muchas generaciones de niños turcos hayan sufrido pesadillas durante años, no porque sus cuentos sean malos, sino todo lo contrario. Lo que pasa es que nuestro autor también era un nacionalista de tomo y lomo y tiene algunos cuentos de un truculento que te pone los pelos de punta, y más si piensas que se los hacen leer a pobres tiernos infantitos que pasan prácticamente de un semestre a otro de la nube rosa y el lagarto risueño a la Gloria Fuertes al mártir decapitado o a la gente a la que casi matan a palos sometiéndolos a la falaka, falanga o bastinado, castigo antiguamente (o eso espero) muy popular por esta geografía consistente en zurrarte con una vara en las plantas de los pies y que no es cosa de risa. Yo ya había propuesto traducir algunos cuentos suyos para los talleres de TEDA y por el mismo motivo de que eran de derecho público, pero la sensibilidad comprensible y herida de algunos compañeros nos hizo decidirnos por autores menos peliagudos.

No obstante, junto a sus relatos sanguinarios, belicistas y, ¿por qué no decirlo?, racistas, Ömer Seyfettin tiene otros preciosos, muy delicados y francamente bonitos, además de que, como buen pionero del realismo turco que era, reflejan muy bien la época en que vivió, o las épocas. Y Aceitunas con pan es uno de ellos, lo que me sorprendió muy agradablemente. López Guix se encargó de la edición y me permitió que le escribiera una pequeña introducción para que el lector hispano pudiera situarse un poco. Creo que nos quedó precioso, sobre todo con ese detalle del cuadro de la cubierta, de Osman Hamdi Bey, un arqueólogo y pintor orientalista otomano, que no sé por qué siempre resulta muy curioso eso de un otomano pintor orientalista cuando tampoco es para tanto.

En cuanto a la traducción, no fue particularmente complicada porque, como digo, Ömer Seyfettin es el gran pionero de la sencillez del turco contemporáneo, pero sí tuvo algunos detalles interesantes. Como la de vueltas mentales que le dí a la ventana de la casa de la protagonista porque no acababa de hacerme una idea de lo que podía verse desde la calle y así tendría que traducir de una forma u otra palabras que en turco significan únicamente «cobertor» o «revestimiento». O que pude usar la expresión «camino de fieltro» porque solo hacía unos meses nuestra amiga Inci Kut nos había pedido que le buscáramos un camino de mesa, invento absolutamente inútil cuya existencia conocía, pero que no tenía ni pajolera idea de que tuviera un nombre específico, habiéndolo llamado en mi inocencia hasta ese momento «el trapillo ese» o, si tenía el día bueno, «pañito». Hubo más cosas, como la cuestión de pesos y medidas, pero de lo que estoy más orgulloso es del título. En turco es «Aceitunas, pan» y lo lógico es que lo hubiéramos titulado «Aceitunas y pan» o al revés, no «Al revés», sino «Pan y aceitunas». Sin embargo, yo pensaba (quizás López Guix también) que quedaba algo flojo y soso, de forma que, anticipándome a la polémica de las reclamaciones que los o algunos panaderos le hicieron a la Sacrosanta Academia del Lenguaje, quise ofrecer este título a la lengua española o castellana para que se creara espontáneamente el refrán «Aceitunas con pan, comida de pobres», pero, curiosamente, hasta ahora no he tenido éxito. «Pan con aceitunas» es, obviamente, lo que uno compra en panaderías moernas y, por ende, de todo menos de pobres.

También le estoy profundamente agradecido al relato porque me permitió disponer de un ejemplo perfecto para la idea que quería desarrollar en el libro de Traducir la ciudad del que hablé hace un par de entradas. Como me dé la ventolera igual lo publico como artículo académico-coñazo, que estoy mu loco.

Les recomiendo que se pasen por la página güeb del relato, para ver si el material les hace la boca agua, pero también que no se queden solo en esa, sino que visiten el proyecto entero, el de la Gran Guerra y el de ¡Hjckrrh! en general porque me parece una idea buenísima y con mucho futuro.

 

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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