Traducir la ciudad. Espacios de Estambul en español

Me parece que traducir y dar clases tienen mucho en común: repetimos lo que otros han dicho, pero de otra manera (U. Eco dixit). Al principio te cuesta mucho trabajo disentir o alejarte de lo que has leído, sobre todo si son autoridades de las del principio —de autoridad—, pero después vas cogiendo confianza poco a poco y empiezas a plantearte lo que creías que eran dogmas de fe y a darte cuenta de que con un retoquecillo quedarían bastante mejor. «Para mí que esta frase no se entiende del todo bien, ¿y si pongo en plural el complemento directo?»; «Nadie en su sano juicio dice “como eso” ni “¿quieres que hablemos de ello?”»; «Platón será Platón, pero la manía que le tenía a los poetas era un poco exagerada»; «Claramente la bandera de Andalucía es una imposición del centralismo sevillano porque viene directamente de la del Betis, de la misma forma que la existencia del Sevilla como club de fútbol es una demostración de fuerza del imperialismo capitalista madridista». Bueno, puede que esto último sea una exageración.

Adonde quiero llegar es que a partir de cierto momento se ve que todo lo que has ido acumulando de lecturas y experiencias, aunque estas últimas son más engañosas, empieza a rebosarte por las orejas, a perderse y a mezclarse todo en la mollera febril y es entonces cuando, si das clase, comienzas a soltar cosas raras a los estudiantes y, si traduces, a no tratar de justificarte cada decisión que tomas. Ese es el momento en que empiezas a funcionar como es debido. Reconozco que parece bastante escolástico: leo muchas tesis, las hago un gazpacho con un montón de antítesis y con mogollón de síntesis me sale un churro que ni yo me entero. No obstante, también me parece que es cuando uno empieza a decir algo medianamente original, aunque igual no lo es del todo por aquello de que no hay nada nuevo bajo el sol, etc., etc.

O igual es que estoy un poco influido por esa lógica boy-scout de tebeo de la Marvel de que llega un momento en que, después de pasarte la vida absorbiendo cosas más o menos interesantes –bocadillos de jamón, por ejemplo–, debes reintegrar o aportar algo a la sociedad. Es aproximadamente la lógica de los impuestos, vaya, y me la tomo bastante en serio porque trabajo en una universidad pública y, por lo tanto, en parte mi sueldo sale de mis impuestos como si yo mismo fuera D. Juan Palomo, así que tengo derecho a exigirme.

En suma, que cuando llegas a determinada edad, te parece que puedes decir algo que no sea únicamente repetir, o por lo menos eres capaz de hacer un cóctel con lo que repites de varios. Pero no solo eso, no solo crees que puedes decir algo, sino que además, si trabajas en la universidad, te obligan. ¿Cómo? Simplemente por aquello que en inglés dicen de una forma tan bonita: publica o perece (publish or perish). Si quieres llegar a alguna parte, o, dicho de otra forma, si quieres medrar, no te queda más remedio que publicar. Y puedes hacerlo de varias maneras, sobre todo si es a través de nuestros amados papers, siendo la más práctica, al menos en estudios de traducción, pero también en literatura, la de coger cualquier teoría –digamos la heliocéntrica—, aplicarla a la traducción de un texto cuanto más breve y raro posible, mejor –algún poema dadá— y concluir que o bien la teoría o bien la traducción del poema son un excremento empalado. Para literatura, quiten lo de traducción y dejen lo demás igual. No es mal sistema y da mucho de sí, así que no seré yo quien lo critique. No obstante, no sirve para todo, por ejemplo para escritos largos.

Y el problema es que el sistema académico turco exige –exigía—, entre otros requisitos, tener publicado un libro de investigación para ascender a los cielos de lo que en España era ser adjunto o catedrático. En las correspondientes instrucciones normativas te dejan bien clarito que no sirven manuales ni métodos y que el susodicho libro –uno por escalón— no debe estar basado, casi ni inspirado, en la tesis ni en la tesina. En plata, que si quieres que te paguen más –en caso de ser extranjero, o sea, contratado— o que te paguen más y acceder al ansiado funcionariado –si eres turco— tienes que tener un libro publicado por categoría como mínimo. Se supone, como siempre, que funciona un poco al revés, es decir, si tienes un montón de publicaciones, entre ellas libros de investigación, y miles de actividades, se asume que tienes lo que hay que tener (the right stuff) para ser académico de pro y yastá. Por supuesto, todos nos lo tomamos al revés, cogemos la lista de los requisitos mínimos y empezamos a echar cuentas: diez puntos por dar clases, tres por ir a misa, siete por participar en la procesión del Corpus, dos por ser del Atleti, cuatro por ser editor de la hoja parroquial, dos por artículo en Nature y Science. Te faltan cuatro y medio, así que empiezas a mirar qué te puede dar exactamente eso, no cinco, no, cuatro y medio o dos y dos y medio. No, tampoco dos y tres cuartos, así que no vale la pena ponerse a aprender a tocar la bandurria.

Como decía, una de las condiciones mínimas para Humanidades es tener un libro de investigación. Así que se ha llegado a lo que el vulgo llama “la tesis de doçentlik (lo que antes era ser adjunto y ahora titular)”, que en realidad no es una tesis, pero como hay que hacerlo, pues como si lo fuera. Para escribir el libro famoso también se te abren diversas posibilidades —como encargárselo a un negro o copiarlo— en las que no voy a entrar, sino que voy a hablarles de lo mío porque yo he venido aquí a hablar de mi libro.

Encontrábame en dicha tesitura de querer subir en el escalafón (Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura), así que empecé a darle al magín sobre qué tonterías podría decir que dieran de sí un libro. De haber sido cierto compañero mío, habría pensado en términos de páginas, pero no, yo soy más chulo que un ocho. Por supuesto, empecé con ese tema sobre el que todos pensamos escribir en un primer momento: el universo mundo y el ser humano. Sin embargo, lo encontré un tanto poco preciso y decidí concretarlo algo más.

Así que me puse a pensar –lo cierto es que llevaba un tiempo pensando en estos asuntos y de ahí mis dolores de cabeza— en cómo podía aprovechar lo que soy –igo— y lo que abro y cierro –ogo, pero también libro–. Y ya tenemos los dos o tres padres del cordero porque madre no hay más que una. La fusión o fisión entre mi yo-traductor y mi yo-profesor. Como he estado bastantes años dando clase de teoría de la narrativa (a), de comentario de textos (b) y de redacción más o menos académica (c), se me ocurrió que podía integrar todo en un gran sistema retórico, en general, y en concreto escribir algo sobre cómo en las novelas que he traducido (turcas) se pasa de una idea abstracta del espacio (en la esfera de la intellectio) a unos lugares concretos (un procedimiento de la inventio) que, evidentemente, no significan lo mismo para el lector turco que para el lector español.

El impulso inicial me lo dio la traducción de “Aceitunas con pan” para ¡Hjckrrh!, a la que veo que tengo que dedicarle una entrada como es debido. En el cuento pueden verse tres espacios —en realidad alguno más— que para cualquier estambuleño son altamente significativos, como si en el/la Madrid de hace bastantes años hablaras del barrio de Salamanca y de Vallecas o ahora de Chueca. Que no digo que tengan significados ni parecidos, pero sí que significan algo, unos aquí y otros allí. Como es de suponer, en la mayor parte de estos casos, el lector de la traducción se queda a dos velas. Si el autor es medianamente hábil, lo apaña de forma que cualquiera se haga una idea. Ejemplo, la novela fretziabana Bajrn ux kuhdnb dice en cierto momento: «Busgd se compró un pisito en el barrio de Jgbvlain, lo que sin duda representaba un ascenso social para él» y con eso nos quedamos medianamente contentos. Sin embargo, nos estamos perdiendo algo básico para cualquier lector fretziabano que se precie: que en ese barrio son famosos los caracoles en salsa, que como todos sabemos son gran haram para los musulmanes. Y claro, de eso no nos enteramos en la traducción a no ser que estuviera llena de notas y tuviera una introducción más larga que la novela, con lo cual le daría un infarto al publisher o editor-capitoste.

Mi idea era escribir un libriyo (librillo es de papel de fumar) mucho más amplio de como me salió, con los tres espacios básicos de Paz (Estambul, años cuarenta: la península histórica, el Bósforo y Taksim como parte moderna), algunos de Pamuk, quizás de El libro negro y casi seguro El museo de la inocencia (Estambul, años setenta-ochenta, Nişantaşı, Taksim y Cihangir) y también los de Dos chicas de Estambul (Estambul, años noventa, los centros comerciales y el Beşiktaş de las academias de preparación para la selectividad). Me habría quedado canela, pero no me dio tiempo porque tenía que estar publicado antes del verano del año pasado (2017) porque a principios de este (2018) cambiaban los requisitos para aspirar al catedratilicio cielo (que todavía no me ha oído) y la cosa se volvía bastante más peliaguda. No pudo ser por aquello de vísteme despacio que tengo prisa, así que todo se quedó en los espacios de Paz, que dan bastante de sí, no crean.

También me habría gustado que saliera en turco, que me habría sido bastante más fácil de publicar porque aquí conozco a más gente, pero la colega que me lo iba a traducir al final no pudo (en —gran— parte fue culpa mía porque me salió más difícil y largo de lo que parecía en un principio). Así que me vi en un buen brete porque tenía que publicar ya el mardito libro. Estábamos, si mal no recuerdo, en mayo y si quería entregar mi expediente con tranquilidad, el libro tenía que estar listo, como tarde, en julio. De mis escasos contactos en la madre patria a nadie le importaba un bledo (normal, por otra parte) o me contestaban que, como pronto, saldría cuando las ranas criaran pelo. Mientras investigaba, desesperado, posibilidades de autoedición, me acordé de que Mª Jesús había publicado una versión corta en francés de su tesis —La figure du brigand d’honneur dans la saga de Mèmed le Mince de Yaşar Kemal— en la editorial local The Isis Press. Es una editorial que únicamente publica sobre temas turcos y en lenguas extranjeras —tiene colecciones en inglés, francés, italiano y español— y es bastante prestigiosa en lo suyo. Me puse en contacto con el editor, Sinan Kuneralp, al que le pareció requetebién, le mandé el archivo correspondiente, enseguida me envió las galeradas —que, por supuesto, él no tocó mucho porque estaba todo en español, así que eso de que los errores son míos en este caso es mucho más cierto de lo habitual— y más o menos un mes después ya tenía el libro en las manos. De esa forma pude entregar mi expediente en rectorado, aunque en principio no querían aceptarlo porque soy contratado y no de cuadro y luego me lo perdieron (¡qué casualidad!). Menos mal que lo hice con tiempo.

No fue como me habría gustado, en turco en Turquía y, si no era posible, en español en España, sino en español en Turquía, lo que va a dificultar bastante que sea leído y por lo tanto que se convierta en un súperventas, pero a caballo regalado mejor que te des con un canto en los dientes. Por lo menos ahí está para quien le interese y como parte de mi Summa Translaticia, con la que quiero reivindicar la traducción como forma o parte de la Retórica (todavía no lo tengo muy claro). A ver si hay suerte y me citan mucho aunque sea para mal y así salgo en los famosos índices de impacto y la gente me trata de usted y los gatos dejan de bufarme por las calles. ¡Me sentiría como si fuera talmente don Pantuflo Zapatilla, catedrático de filatelia y numismática!

P.D. Unos detalles sobre Sinan Kuneralp, a quien le estaré eternamente agradecido. Es hijo de Zeki Kuneralp, que fue embajador turco en Madrid entre 1972 y 1979, años moviditos. Fue su último destino antes de jubilarse (creo) y poco después escribió un libro de memorias —Sadece Diplomat/Solo diplomático— en el que hablaba bastante de nuestro país y al que Martínez Montávez le dedicó una conferencia en unas jornadas que se celebraron en la UAM. Los Kuneralp tienen un mal recuerdo de Madrid, por desgracia, porque un comando terrorista armenio atacó el coche de la embajada el dos de junio de 1978 matando a Necla Kuneralp, esposa del embajador y madre de Sinan, a un cuñado de Zeki Kuneralp, el embajador jubilado Beşir Balcıoğlu, y al chófer, Antonio Torres Olmedo.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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6 respuestas a Traducir la ciudad. Espacios de Estambul en español

  1. Abu Ilyás dijo:

    Yo, visto el nombre de la editorial y el despiste de algunos, le auguro un gran éxito a la publicación.

    • Je, je. No es el primero que lo menciona y supongo que al señor Kuneralp le daría un síncope. De todas formas, viendo el catálogo, lo dudo. Me da la impresión de que es una Isis anterior, con mayúscula solo la primera letra. Quizá sea la de Alaska:

      Salud y saludos

  2. Pilar Herraiz dijo:

    Acabo de descubrir este maravilloso blog. Y ahora, la cuestión: ¿dónde podría comprar el libro en Estambul? Muchas gracias y voy a seguir, que hay muchas entradas que leer.

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