Tintín, el amargao o el fartusco al que le quirraban los pegoletes

Portrait of a young man standing under a tree, leaning on a halberd in the attitude of a melancholy shepherd, gazing at a suit of black tilting armour, with a fortified city and a battle in progress in the distance. Probably Sir Robert Sidney; possibly Sir Thomas Knollys.

¡Ay, mísero de mí! ¡Ay fartusco! Con el hüzün que tengo me ha dao por los pegoletes y por eso me tengo que apoyar en el abrelatas

En las últimas semanas me he topado varias veces con una palabreja sobre la que tuvimos ocasión de hablar en las entradas correspondientes a Estambul de Orhan Pamuk. Se trata de «hüzün», que traduje en su momento por «amargura». Me permito refrescarles la memoria: poco antes de que se publicara el libro, uno de los jefazos de la editorial me comunicó que el título del capítulo correspondiente —que en turco se llama «Hüzün, melankoli, tristesse», y no creo que tengan dificultad con las dos últimas palabras— lo iban a dejar en turco, más exactamente con la única palabra turca, tal y como habían hecho en la traducción al inglés. Aunque en su momento no me pareció del todo bien, tengo que reconocer que nunca he visto una operación de mercadotecnia parecida. El capítulo se refiere a un sentimiento que según Pamuk es muy propio de Estambul, y la astucia comercial consistió en que al dejarlo en turco todo el mundo puede decir que en su pueblo existe algo muy parecido y que se llama de una forma igualmente extraña —lo cual, entre otras cosas, contradice la idea de que sea un sentimiento propio de Estambul, pero pelillos a la mar—. También podríamos utilizar la técnica contraria y llamar así a cualquier estado de ánimo, mientras no sea de euforia feliz: «¿Quieres una galleta príncipe estrella? —que es lo más exquisito del mundo—. Te veo con una miaja de hüzün»; «No, si yo iba a hacer las cuentas y las oraciones, pero me entró un poco de hüzün y no pude acabar la tarea». Por ejemplo.

De las dos personas que me escribieron con esto de «hüzün», una lo hacía para un curioso proyecto de arte, sí, para crear un archivo audiovisual en el que los traductores habláramos de las dificultades de traducción —evidentemente— de la palabra y de los silencios que oculta, idea que me pareció un tanto curiosa hasta que me acordé de aquel poema de Cernuda titulado «Palabra amada»:

– ¿Qué Palabra es la que más te gusta?
– ¿Una palabra? ¿Tan sólo una?
¿Y quién responde a esa pregunta?
– La prefieres por su sonido?
– Por lo callado de su ritmo,
que deja un eco cuando se ha dicho.
– ¿O la prefieres por lo que expresa?
– Por lo que en ella tiembla,
hiriendo el pecho como saeta.
– Esa palabra dímela tú.
– Esa palabra es: andaluz.

Que también anda con eso de lo que calla la palabra y lo que tiembla en ella y otras zarandajas, así que me callo. No sé si a una compañera que tengo y que opina que mi filología no es «de verdad» le parecerá bien que mencione un poema de un poeta de la literatura, pero me considero capacitado para citar este porque soy andaluz. En fin, la entrevista con la artista fue muy entretenida y espero que les salga muy bien el proyecto, aunque sigo sin entender qué es lo que pretenden hacer.

El otro mensaje era de un lector (del libro) que estaba escribiendo un artículo sobre Estambul (la ciudad) y me preguntaba si mi «amargura» tenía connotaciones parecidas a la melancolía porque en la nueva edición en inglés lo habían traducido por «melancholy». Le tuve que decir que Pamuk especifica que la/el tal «hüzün» no es la melancolía —ni tampoco la tristeza, si vamos a eso—, así que no tenía ni idea de por qué lo habían traducido así. En ambos casos defendí mi postura de haberlo traducido por «amargura», entre otras cosas porque sería un poco estúpido por mi parte (Cipolla, 1988) asumir que lo mío era una defecación como una catedral mientras que lo anglosajón, obviamente inspirado por Traduverte, la musa de la traducción, roza lo sublime. De todas formas, lo más importante es que da igual como lo llames porque en el texto lo explica todo bastante clarito, pero cada cual lo va a llamar a su manera. Aunque para llamarlo melancolía hay que haberse leído el capítulo una miaja deprisa, la verdad.

Esto de que cada hijo de vecino se identifique con la palabreja porque lo que quiere decir es igualico, igualico que lo que hay en su pueblo, es algo que analizaba Scott McCloud en relación con Tintín. Y no porque Tintín sea melancólico, triste, amargado o, ya que estamos, hüzünlü, qué va, todo lo contrario —aunque a veces sí amargue un poco al pobre Milú cuando le impide desarrollar su vocación de catador de Loch Lomond—, sino porque, según McCloud, todos podemos identificarnos con Tintín. La idea es la siguiente: los tebeos de Tintín tienen unos fondos y demás de un increíble detalle y realismo, con lo que no tenemos que hacer demasiado esfuerzo mental para imaginárnoslos (o imaginarnos que estamos allí); por el contrario, las caras de los personajes, y particularmente de Tintín, son de una abstracción que tira de espaldas, unas curvas para las cejas, unos puntos negros para los ojos, otro para la boca y una especie de parábola acostá para la nariz y pare usted de contar. Por supuesto, tiene el tupé, pero la idea es mantener los rasgos distintivos al mínimo, de forma que con un poco de studioline-esculpetuscabellos, puedes parecerte a Tintín en un periquete (siempre y cuando vuelvan a ponerse de moda los bombachos, porque lo de Tintín y los Pícaros fue una puñalada trapera, vamos, hombre).

Y con las palabras se ve que puede pasar lo mismo. Se mantiene un mínimo de significado y cada cual la usa para lo que le dé la gana. Algo así hacían en La carrera de Oklahoma de Lucky Luke (que en Turquía es Red Kit, no sé por qué), cuando el malo emplea en su periódico sin parar las palabras «inicuo» e «iniquidad» (y, como siempre, me acojo al derecho de cita precisando que el autor de Lucky Luke es Morris, como supongo que ya sabían):

El éxito que tiene una palabra que nadie entiende me lleva a pensar si no sería una buena técnica, especialmente vistos muchos artículos académicos. Así que he decidido emplear en mis comunicaciones y escritos más serios palabras más o menos típicas de mi tierra por aquello de colaborar al desarrollo de Andalucía y a su difusión en el mundo. Muchas de ellas son derivaciones de otras que ya existían, pero todo es cuestión de inventarse una etimología más o menos chorra para darle una pátina auténticamente cardabasa (¿ven?). Por ejemplo, qué sé yo, «quiyo», que es evidentemente un apócope de un diminutivo de un término que de por sí significa «pequeño» o «menudo». Pues se puede decir que en realidad viene del latín «illo» con el árabe-persa «ki» y significa «lo ello», pero por evolución peyorativa, «lo ello», es decir los asuntos públicos de la medina, devino en lo poco importante, de ahí en lo minúsculo y posteriormente en lo pequeño, de forma que acabó siendo una forma cariñosa de llamarse los ciudadanos unos a otros en plan vocativo, como si dijéramos: «Oh, pequeño burgués o sacrificado ciudadano; oh, infelice».

A algunas de estas palabras les tengo especial cariño, por ejemplo a «garvana», que he mirado en el diccionario y se escribe «galbana», cualquiera diría que por un proceso de confusión de la lateral y la vibrante, pero posiblemente porque viene del beréber «garv-ana» que significa «estado de extrema abulia (ana), próxima a la actividad vegetal (garv)»  y no, por supuesto y Dios nos libre, «pereza» o «desidia» como nos dice la Academia que significa «galbana». Mientras que la pereza es un pecado capital, la «garv-ana» es ajena a la voluntad propia y viene producida  por el temor insuperable a la «gofetá» (observen qué armónica la velarización de la oclusiva inicial) de «la caló» (así, en femenino, como «la mar» y con una bonita fonologización por apertura de la «o» tónica final). Bueno pues con esos mimbres, abulia, quizá un pelín de poca gana de nada…, podemos hacer no solo un cesto, sino cien. «Cuando en mi pueblo le entra a la gente la garvana…»; «hoy no me viene bien por la de garvana que hay, sabes?», etc.

Otra que me gusta es «jarapiyo», que viene de «harapo», pero que se usa para los faldones de la camisa («¿Aónde va así, nene? Pero métete el jarapillo, padre, que va enseñando el ombligo»). Podríamos usarla con toda facilidad para la vestimenta informal o causal o casual o serendípica (a veces la Academia también se inventa palabras que no entiende nadie). Por ejemplo: «Pues, oyes, como que fue una boda muy hipster, súper de jarapiyo». Y te quedas tan contento. O para la ropa regional: «En Andalucía el traje regional masculino es pantalón, jarapiyo y calañés». ¡Qué bonito!

Pero la que se lleva la palma para mí es «fartusco». Según un diccionario cordobés que tengo por aquí (de la fundación Córdoba, Ciudad Cultural), significa: «tontorrón/-a», lo que, por supuesto, es una valoración muy a la baja del vocablo. El verdadero fartusco no solo es un estúpido en el sentido de necio, sino también en el de desagradable y se trata de una condición sólidamente enraizada en su ser-en-sí. No sé si todos mis paisanos estarán de acuerdo, pero la fartusquez es una cualidad innata, aunque con esfuerzo se puede adquirir también. No tienen más que pensar en Juanillo, sí, sí, ese al que le dieron un carguillo. Obviamente, aquellos que no estén de acuerdo con mi sabio juicio es más que probable que posean cierto grado de fartusquez. Y que ellos opinen lo mismo de mí no implica que lo anterior no sea cierto. Con todo, como nadie más allá de nuestras fronteras sabe lo que es, propongo esta palabra para su uso universal. Por ejemplo, al aceptar el Óscar: «Quiero agradecérselo a mi madre, a mi vecina Julita y a todos los fartuscos que he encontrado a lo largo de mi carrera». O en el banco: «Venía a hacer un ingreso porque ayer estaba su fartusco de usted y no pude». O ligando en la barra de un bar (actividad puramente mitológica): «Hola, ¿cómo te fartuscas? ¿Estudias, diseñas o fartuscas». Aunque, la verdad, esto último suena como lo de los pitufos. Que, de haber sido su guionista Pamuk, igual eran los «pitüzün».

En fin, que tienen ustedes un montón de palabras por ahí que pueden usar a su libre albedrío. Y si no están seguros de cuál emplear, siempre pueden acudir a «pego» o su diminutivo «pegolete», como he hecho yo en el título de esta entrada. Si lo piensan bien, sirve para todo. Y siento haber estado un poco fartusco, pero es que últimamente con tanto pegolete…

P.D. Un artículo de Fruela Fernández me recuerda que también en España alguien escribió sobre lo de Pamuk:

En el corazón de este libro late un sentimiento (hüzün), palabra imposible de traducir, pero que traduciremos como melancolía.

Mientras que en libro del Pamuk dice, un poner (cito por la edición que en este momento tengo en mis manos, aunque ustedes no lo vean):

Ahora llegamos a lo que diferencia la melancolía de la amargura. Nos aproximamos no a la melancolía que siente una persona individualmente, sino a ese sentimiento oscuro compartido por millones, a la amargura. Estoy intentando hablar de la amargura de toda una ciudad, de Estambul. (pág. 114)

O bien:

Pero ahora estoy intentando hablar no de la melancolía, sino de la amargura, que tanto se parece a aquélla […] (pág. 115)

Y donde dice «amargura» me ponen ustedes «hüzün» si me hacen el favor. De lo que se deduce que en ocasiones es conveniente volverse a leer el libro antes de reseñarlo. O volverse a leer la reseña. O que se la lea un vecino antes de publicarla. Buenos pegoletes les deseo con mi mejor fartusco.

 

Anuncios

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
Esta entrada fue publicada en Costumbres, Crítica de traducciones, Cultura, Registros. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Tintín, el amargao o el fartusco al que le quirraban los pegoletes

  1. Maite Gallego dijo:

    Don Rafael, ¿me admite la variante “faltrusco” que decimos en mi casa?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s