Conciertos a cuatro, ocho, o las manos que quieran

Mieris Frans Duet

Así sí que da gusto trabajar, con tu nene que te trae el té, tu ordenador con teclado último modelo, tu loro para la musiquilla…

A lo mejor al leer la entrada anterior se quedaron con la idea de que no me parecen bien las traducciones hechas por más de una persona. Lo de las personas lo digo porque cuando un texto lo traduce más de una máquina sí que me parece francamente mal, aunque no deja de tener su gracia lo de pasar un par de veces un texto por el transleitor. Bueno, a lo que íbamos. No, no me parece mal. Me da bastante igual casi siempre e incluso hay ocasiones en que no queda más remedio, así que lo de Herodes. Pero hay excepciones, claro.

En la historia de la traducción desde Cicerón o así hay grandes parejas artísticas cuyos resultados no tienen nada que envidiarles a Fred Astaire y Ginger Rogers, por ejemplo (iba a decir el Gordo y el Flaco, pero no quiero levantar suspicacias). Se me vienen a la cabeza así de repente la pareja formada por Carmen Francí e Ismael Attrache, que se llevaron el premio Esther Benítez por La pequeña Dorrit, que yo habría traducido por Dorritita, o bien La Dorritín, pero ya saben cómo son las editoriales. De todas formas, en estas lides de la traducción en pareja artística o a cuatro manos se llevan la palma Atalaire, que en realidad son, por orden alfabético, Mercedes Fernández Cuesta y Mario Grande. Juntos han traducido casi toda la literatura universal y me llevé una grata sorpresa cuando un verano descubrí en la piscina del bloque de mi madre que hasta han traducido los diversos volúmenes de la autobiografía de ese gran aventurero que es Gerónimo Stilton. (Paréntesis, evidentemente. No lo descubrí porque en la piscina haya ratones, que no parece, sino porque era la lectura de algún sobrino. De todas formas, los ratones son tan chiquitos que solo se pueden ver con el rabillo del ojo cuando hacen la maratón del zócalo del pasillo o cuando requiescan en paz.)

Otro caso, no necesariamente de parejas sino más bien de ménage à muchos, sucede cuando la editorial quiere tener el manuscrito de mil millones de páginas para el martes porque tienen pensado mandarlo a la imprenta en octubre y así tener un margen. En situaciones parecidas no es raro que el libro se parta en cachos y se mande a varios traductores. Incluso hay quien dice que alguna editorial partía en muchos trocitillos los libros, los iba mandando a traductores diciendo que eran una prueba de traducción, luego decían que no habían quedado satisfechos, juntaban los pedacitos como quien hace un puzzle y a otra cosa mariposa. Cosn este tipo de traducciones puede llevarse uno bonitas sorpresas, como aquella novela en la que a veces traducían los apodos de los personajes y a veces no. Y no es que esté yo en contra de semejante práctica, sino que si se lo encargas a varios, convendría que hubiera alguna persona responsable que le diera un aire unitario o uniato. Creo que el nombre técnico de semejante ente es editor, pero no me hagan mucho caso. Yo lo apunto por el bien de la humanidad, por aquello de que las prisas son malas consejeras y si ya van con bulla… También se le puede encargar el pulido final a un agente externo, como me propusieron una vez que no tenía tiempo para aceptar un encargo que querían urgentísimo: «Eso pillas a unos estudiantes que te lo traduzcan en sucio y luego lo pasas a limpio y ya está». Idea de la que me apoderaría con sumo placer si tuviera más espacio en mi casa. Pensaba llamarlo «traducir a galeras» (en lugar de «galeradas») y a mí mismo «cómitreditor». O bien llamarlo a todo ETT; es decir, «emprendimiento de traducciones temporales».

Conscientes de que esto de la traducción de todos arrejuntaos no es tan fácil, pero que se hace (lo mismo que también se hace eso de encerrar a los traductores en las mazmorras de un castillo para que no filtren el último best-seller, incluso antes de sell nada), un grupo de traductoras crearon el colectivo Anuvela, que no sé si sigue activo (me sale «404 not found»), pero que en su momento explicaron cómo trabajaban en Vasos comunicantes, en el número 42, a partir de la página 99 para ser más exactos, en un artículo titulado «La unión hace la fuerza», que podrán leer en el enlace si es que ustedes son capaces de ver algo en el cacharro este del Calameo. La idea es que siendo algo que se hace de hecho (la traducción conjunta), ¿por qué no hacerlo con gusto y al revés? Es decir, en lugar de buscar un grupo, que el grupo esté ya hecho entre colegas y más o menos amiguetes. ¿Que son traducciones individuales? Pues ahí está el colega para echar una mano, por ejemplo, mirando en ese diccionario tan gordo. ¿Que hace falta un colectivo de traductores? Pues henos de Pravia. Por cierto, que a mí eso del colectivo me sigue sonando a asamblea de la facultad, que tampoco es malo per se.

Cuando se traduce del turco u otra lengua igual de rara todo este lío de la multiplicidad de traductores, sean unos o trinos, es casi necesario. ¿Por qué? Iba a decir que porque hay pocos traductores lenguarara/castellanospañol lo bastante buenos como para no hundir la editorial que los publique, pero no sería demasiado exacto. Hay pocos, por supuesto, pero es que además muchos de los pocos que existen prefieren cobrar espuertas de oro por traducir proyectos de empresas en lugar de unos miserables maravedíes por poemas sublimes (un poner). Pero bueno, en cualquier caso, hay pocos. Así que se suele recurrir al nativo, cuya lengua nativa no es nuestra lengua nativa porque no son nativos de donde nosotros somos nativos. Y además suelen tener más idea del panorama literario de su pueblo. Dicho de otra forma, suele/puede recurrirse a un traductor turco —en el caso que nos ocupa—, pero como el idioma español de suyo no será muy perfestisimo, pues se acude a algún hispanoparlante desde chico para que le dé un repasillo o repasazo. Lo ideal, por supuesto, es que este último sepa turco. Entonces, me preguntarán, ¿para qué hace falta el turco/persona? Pues porque el turco/idioma del español/persona suele/puede ser tan poco muy perfestísimo como el español del turco. Les voy a ofrecer una imagen visual: digamos que, como me aburro, me amputo la pierna izquierda, convenzo a alguien que se ampute la derecha y así, si él se pone a mi izquierda y yo a su derecha, es como si tuviéramos las dos piernas; si queremos andar cada uno por su lado iremos a trancas y barrancas, y si nos ponemos al revés, probablemente nos demos un buen trompazo. Algo así es el sistema. Pero si las dos piernas que quedan son flacas, tampoco funciona muy bien; ambas tienen que tener sus musculitos y alguna idea de cómo se anda.

Y puede producir muy buenos resultados, como demostró desde el principio Fernando García Burillo en Ediciones del Oriente y del Mediterráneo con sus diversos partenaires hasta que decidió traducir él solito. O Irfan Güler y Pepa Baamonde, de profesión artística sus traducciones de poesía. El último libro que publicó está pareja, insisto, artística y no de la Guardia Civil, fue un bonito ejemplo de la cantidad de gente que puede acabar metiendo las narices en una traducción sin que por ello el resultado sea malo. Tradujeron la poesía de Yaşar Kemal, asimismo para la editorial de Fernando García Burillo que, como es natural, editó el texto y el libro —y escribió el postfacio—, pero también intervino Çağla Soykan, que tradujo un par de poemas, Güven Turan, que escribió la presentación… Y los que opinaron, entre otros muamem y un señor que pasaba por allí. En realidad, y ahora que lo pienso, siempre es mejor esto que traducir a través de una lengua interpuesta porque conoces al otro y muchas veces lo tienes delante, no como si tuvieras un libro en, digamos, inglés o francés y tú mismo no tuvieras ni idea de la lengua original del original.

De todas formas, para que el resultado sea óptimo son convenientes unos mínimos. Por ejemplo, que cada cual tenga su ordenador y su lápiz porque si no todo es «aparta la cabeza, que no veo», «punto y coma, no; coma, coma», «déjame a mí, que tú no tienes ni idea de cómo poner unas comillas», «haz el favor de no pringarme la pantalla con los dedos de tu asqueroso bocadillo de caballa con kétchup», «Me gustaría que no chuperretearas mi pluma párker». Y unos mínimos de espacio personal: «¿Podrías echar el humo del cigarro a algún sitio que no fuera mi cara?», «Por el amor de Dios, no me pongas el sobaco delante de las narices», «Hazme el favor de no dejar caer la Enciclopedia Británica en mi pie», «¿Quieres dejar de dar pataditas a la pata de la mesa?», etc. Entre otras cosas porque si no se dan estos mínimos, veo difícil que se repita el tándem, sobre todo si el libro es muy gordo y requiere meses de convivencia. Miren si no, cómo acabaron a la greña Scott y Shackleton o Góngora y Quevedo y eso que no tuvieron que traducir nada juntos.

Si no se presentan problemas de fuerza mayor (divorcio, infanticidio, etc.), la situación no no suele ser tan grave y la traducción llega a buen puerto, como lo prueba el que, si todo va bien (crucen los dedos —de la mano—, pongan cirios a Sta. Rita, hagan un nudo en una servilleta y recen a S. Cucufato aunque eso sea para encontrar cosas), en un futuro próximo los participantes de los segundos talleres de la isla Príncipe (alias Büyükada) vamos a publicar el resultado de unas traducciones en conjunto, que fueron en plan como… cómo les diría yo, como cuando en el colegio les decían —yo soy muy viejo para eso— «formad grupos, que vamos a hacer una actividad con la plastilina», algo así. Y nos pusimos a traducir unos relatos en grupos móviles con peleíllas diverguay y de utile dolci del tipo: «Yo creo que eso habría que traducirlo por “mejillón” y no por “almeja” porque en tu vida te has comido unas almejas si dices “almejas al vapor”», o «pa mí que eso no es “en tiempos de los moros”», o «es que eso es lo que se llama “sujeto” y eso otro lo que llamamos “complemento directo”». En fin, yo quería que se hiciera un ejercicio de traducción destinada al gran público —lo que implica que no te puedes andar con muchas zarandajas de literalismos— y no necesariamente difícil y parece que va a llegar a buen puerto. Mejor tarde que nunca.

Sin embargo, por muy fan que sea de la traducción a varias manos, hay dos ocasiones en que no me hace demasiada gracia. La primera, como ya he dicho, es cuando la editorial anda con prisas y no se molestan en editar como es debido el libro. Como no me canso de repetir a quien no pueda impedir oírme (actualmente, «escucharme»), son los traductores quienes se llevan siempre la culpa de un producto mal presentado. Si el original es un mojón de a kilo (-gramo) escrito con los pies, el lector va a suponer que el autor es inocente porque si no la editorial no habría publicado semejante plasta. Y si al libro final se le notan las costuras, más de uno dirá: «Ya podían haberse puesto de acuerdo los traductores, que no es tan caro mandarse un correo electrónico».

El segundo caso es, como dije en la entrada anterior, cuando unos cardan la lana y otros se llevan la fama. Es lo que podría haber hecho yo de haber montado mi equipo de estudiantes (igual lo he hecho, pero ustedes no lo saben, ¿no?). Y no me parece mal porque el libro/producto esté mal hecho, sino porque me parece de mal compañero no reconocer el trabajo del otro. Entre otras cosas porque la traducción de libros es una actividad que genera derechos de autor, y me refiero a los morales, especialmente, no empiecen a pensar en las pelas, que ya no existen. Mientras que las instrucciones de montaje de una silla forman parte de la propia silla; mientras que un certificado de estudios es un documento que documenta lo que tú has hecho; y mientras que una sentencia judicial no es exactamente el papel donde está escrita; goza instrucciones, certificado y sentencia, ay no, que eso es otra cosa la obra literaria goza del privilegio de ser un ser-en-sí que no puede ser modificado y cuya autoría debe ser reconocida (a menos que sea anónima). No sé en España, pero aquí en Turquía han limitado el número de puntos que un catedrático puede atribuirse anualmente por publicación porque, sobre todo en ciencias, existe la costumbre de que el catedrático firme todo lo que se publica en el departamento como primer autor, aunque ni se lo haya leído. ¿A que les parece muy mal que haga eso? Pues lo mismo pasa con algunas traducciones a varias manos en las que una de las manos es muy decampanillas. ¿El barón por buey tomado? No me gusta, no me gusta.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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4 respuestas a Conciertos a cuatro, ocho, o las manos que quieran

  1. Carlos dijo:

    Yo lo único que le voy a decir, Sr. Rafael , es que usted es un gran traductor. Lo conocí por Pamuk, y pronto leeré algo de Tanpınar. Solo quería decir eso, y agrego que este sitio lo tengo entre los favoritos y que si bien no siempre escribo algo, siempre lo leo. Saludos, estimado.

    • Muchas gracias. Estos comentarios animan más que las cheerleaders de Tejas (que supongo que lo hacen). Ánimo con Tanpinar; para algo más lírico-contemplativo: Paz; para algo más loco-simbólico: El instituto para la sincronización de los relojes; para algo corto: Lluvia de verano; y ya después, Cinco ciudades.
      Gracias por pasarse por aquí y salud y saludos

  2. Carmen Francí Ventosa dijo:

    Aquí la mitad de la pareja artística Attrache-Francí: tomo nota de la Dorritita para ver si cuela en futuras ediciones. Sin descartar “La bella Dorrita”, en sentido homenaje a la cantante de cabaré, estrella del Molino barcelonés, nacida en Cuevas de Almanzora, que también luchó con denuedo para mantener a su familia. No es que Dickens trabajara mucho el tema cabaré: lástima, él se lo perdió.

    • ¡Cucha! ¡Usted por aquí! ¡Qué alegría! La verdad es que mis propuestas de título eran bien buenas, pero palidecen ante La bella Dorrita. Amelia Pérez de Villar tenía un libro sobre Dickens y algo así como el cabaré, tengo que leérmelo algún día ahora que he visto Dickensian.
      Por cierto, ya podía contar voacé cómo lo hacen para traducir a cuatro manos si no es secreto del resumen, digo, sumario.
      Salud y pelas

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