Cinco ciudades/Beş Şehir

Bueno, bueno, bueno, esto son palabras mayores. Aunque yo soy más partidario del Tanpinar de El instituto, Cinco ciudades es jevi, y tendría que serlo más para los fanses de Paz, ya iremos viendo por qué (espero). Con este libro también seguimos a los franceses, aunque no del todo, lo que tiene su parte buena y su parte mala. Me explico, en primer lugar está bastante claro que se publicó en España por la sencilla razón de que previamente se había traducido al francés. Esto da bastante coraje porque siempre hacemos lo mismo más o menos desde que empezó el Camino de Santiago con el breve paréntesis del Renacimiento, que copiamos a los italianos, y ahora, que copiamos a los e,e, punto, u, u, punto. Esa es la parte mala. Pero también es bueno que sigamos a los franceses en esto de traducir a Tanpinar porque si tuviéramos que esperar a las traducciones al inglés iba el pobre hombre bastante aviado porque no parece que les agrade demasiado (además de otras cosillas que, como Lázaro de Tormes, no digo); sin ir más lejos, este libro no habría visto la lus.

Que en algunas cosas no se haya seguido a los franceses tiene su parte buena y su parte mala así mismo o asimismo. Empecemos por lo malo. En un libro como este, que es de ensayos sobre ciudades en las que ha vivido el buen señor (autor) y en unas épocas en las que, no nos engañemos, la vida cultural turca era bastante cutre, como no lo llenes de notas, te enteras de la misa la media. Imagínense que yo escribo: «El Portón Cuatro, uno de los centros de la cultura alternativa de la época de Córdoba, que frecuentaban X e Y»; pues como no sean de mi pueblo y de mis tiempos (aquellos) no tendrán ni idea de qué sitio es ni de quiénes eran X e Y (nombres supuestos para proteger a las víctimas) y muy posiblemente tampoco la tengan de qué época estoy hablando ni de con quién alternaba la cultura. Algo así pasa con el libro del amigo, que a veces se pone en plan guía telefónica y tú ni flores. Para eso están las notas, me dirán ustedes. Para eso están las notas de la edición francesa, me permitiré precisarles, e incluso de la última turca —menos mal, ya era hora de que hicieran una edición anotada, tiene fotos y todo—, pero no de la española. ¿Y eso?, me preguntarán ahora. Y yo les contestaré: Chi lo sa?, en plan políglota. Eso es lo malo, que habría estado mejor con sus notas y su prólogo, como los franceses.

Pero también tiene algo de bueno que no les siguiéramos en todo, como dóciles ovejillas, como el pobre Norit, en suma. Porque los franceses, según su idiosincrasia traductoril, decidieron que el original era notoriamente mejorable en un aspecto, el del orden de las ciudades o dispositio. Por lo menos nuestros estimados traductores —René Giraud y Veda Nedim Örs, con Paul Dumont de cotraductor y prologuista— no decidieron que el pobre autor escribía muy malamente y feo y que aquello había que apañarlo. No, se limitaron al orden de las ciudades-capítulos. Y lo justifican, más o menos. En turco, las cinco ciudades en el libro son (1) Ankara, (2) Erzurum, (3) Konya, (4) Bursa y (5) Estambul, pero en francés son (5) Estambul, (4) Bursa, (3) Konya, (2) Erzurum y (1) Ankara. Uséase, justo al revés. El amigo Dumont no acaba de verle la lógica al orden original, ya digo que lo explica y… O mejor, se lo copio (la pereza como madre de la ciencia) y ustedes mismos opinan:

Mais à vrai dire, aucune des combinaisons possibles n’est totalement satisfaisante. Si l’on prenait pour fil conducteur le déroulement de l’histoire turque, il serait sans doute préférable de placer Konya en tête et de faire suivre l’évocation de cette ville par les textes consacres a Bursa, Istanbul Erzurum et Ankara. La géographie dicte un ordre diffèrent: Istanbul, Bursa, Ankara, Konya, Erzurum (ou l’inverse !). Dans la mesure où les Cinq Villes comportent de nombreux éléments autobiographiques, nous pourrions aussi les lire en suivant l’auteur, étape par étape, dans ses errances a travers le territoire national (Istanbul, Bursa, Erzurum, Konya, Ankara).

No me dirán que no se lo curra. En vista de lo cual, ellos lo hacen a su manera, como el mismísimo Frank. Primero Estambul, que es lo más chuli y el capítulo más largo; después Bursa, que los franceses le tienen bastante afecto a la ciudad (hay/había allí una importantísima fábrica de Peugeot o de Renault o no sé qué, de coches franceses, vaya), hasta la llaman de otra manera: Brousse; luego Konya por lo de que es la capital de los derviches giróvagos o giróscopos, que decía mi primo; Erzurum y Ankara podrían ser perfectamente intercambiables, pero como Ankara es el capítulo más chico y es la capital, pues nada, al final. Este orden alafranga, que es como lo llamarían en turco, tiene la inmensa ventaja de que puedes abrir el libro por el principio, leerte lo de Estambul, cerrarlo, dejarlo en un estante y no volverlo a coger nunca más y todavía presumir de que te lo has leído entero. ¿Que un pariente tuyo viene de vacaciones y se agarra el ferry para darse una vuelta por Bursa? Pues nada, te lees ese otro capítulo. A los otros sitios no va nadie, y si alguien pasa por Ankara camino a Capadocia, le dices: «Uy, madre, lo que ha cambiao eso desde los tiempos del Tanpinar, que no es que cuente mucho, oyes». Y si eres un poco cabroncete le preguntas si ha visto los sitios que menciona en el libro, sobre todo la mezquita de Alâeddin, que nunca la ha visitado nadie, menos un señor que vive por allí, o eso cuentan, y le dices: «Anda, ¿que no la has visto? Pues como si no hubieras ido, no has visto ná».

No es que yo quiera dármelas de más listo que el señor Dumont, lo digo totalmente en serio, pero me parece que se le ha escapado un detalle del orden. Y es que Tanpinar lo que pretende hacer al encuadernar en forma de libro estos ensayos que había ido publicando en la prensa, es ver la evolución de una estética turca particular y propia. Y empieza por Ankara porque es la capital y andaban los tiempos nacionalistas y donde hay patrón no manda marinero, pero también porque le da pie a hablar de los romanos y demás alegres compadres y de la mezcla de lo romano-bizantino con lo turco (como el aceite y el agua, según él). Pasa a Erzurum porque fue de las primeras capitales turcas en Anatolia, sigue por Konya porque fue la capital silyuquí/selyuquí (selyúcida siempre me ha sonado a seléucida, que era otra familia), pasa por Bursa porque fue la primera capital otomana y acaba en Estambul porque, según él, es donde por fin se crea una estética verdaderamente turca-otomana. Y, no, la cronología no le sale tan malamente.

La traducción de este libro fue un poco dolor de muelas, a pesar de la inestimable ayuda de D. Paul et compagnons. Primero por las cosas de siempre de Tanpinar, que si te mete palabras viejas en sentido etimológico que se parece a esos que dicen que «manda huevos» es en realidad «manda uebos» y que en el siglo XI los uebos, bla, bla, bla. O, peor todavía y esto es una teoría mía que no pienso demostrar porque menudo trabajazo, que cuando usa un término árabe no solo lo usa en el sentido original y no en el que tiene ahora la palabra en turco, sino como si ese significado se usara en francés. A ver si me explico… ¿No se han leído la Carta marrueca número 36? Pues, hala, corran, que tiene su gracia. Lo que pasa es que Nuño (un señor) se encuentra una notita de su hermana a una coleguilla y anda todo mosca —el pobre no entiende ni papa— porque dice cosas como:

Hoy no ha sido día en mi apartamiento hasta medio día y medio. Tomé dos tazas de té. Púseme un desabillé y bonete de noche. Hice un tour en mi jardín, y leí cerca de ocho versos del segundo acto de la Zaira. Vino Mr. Lavanda; empecé mi toaleta. No estuvo el abate. Mandé pagar mi modista. Pasé a la sala de compañía. Me sequé toda sola. Entró un poco de mundo; jugué una partida de mediator; tiré las cartas; jugué al piquete. El maître d’hôtel avisó. Mi nuevo jefe de cocina es divino; él viene de arribar de París. […]

Pues a veces con Tanpinar uno se siente como Nuño con la nota de su hermana. Pero con todo el francés de la nota, en árabe o persa. (Me doy cuenta de que el ejemplo no es muy afortunado, pero es que me parto con lo de «hoy no ha sido día», «un poco de mundo» y «viene de arribar».)

Otra de las dificultades trujamaniles es que como son ensayos de ciudades, pues hay un montón de descripciones, que son muy fastidiosas si no ves de qué está hablando e incluso entonces (gracias, santa Internés y san Gogle). Esto el lego no suele entenderlo y te dice: «Pues si en el original pone que hay siete lámparas a la derecha, tú escribes «siete lámparas a la derecha» y adiós muy buenas». El poblema es que no sabes si son lámparas, bombillas, farolas, candilejas o quinqués porque, sencillamente, no es lo mismo pero en turco se dice igual. Pues imagínense con frases del tipo «soberbia pedrería se incrusta en las torcidas pilastras que sustentan la jhgydbs». ¿Eh? ¿Y qué es eso? ¿Las pilastras serán columnas o balaustres? ¿Qué carajo repámpanos quiere decir con «incrustar»? ¿Y qué será «jhgydbs» que no me sale en los diccionarios ni lo saben los más viejos del lugar? ¿Cómo se les queda el cuerpo? Pues eso, que nuestro trabajo nos cuesta que luego quede bien bonito en la traducción. La verdad es que podríamos inventárnoslo, pero… Con esto me he acordado de unos jóvenes compatriotas que se subieron en el mismo autobús que nosotros en Malta (hemos estado unos diíllas/diíyas). Como todos los muros, bueno, todo, casi la gente incluso, son de piedra caliza indígena, el mushasho afirmó ex cathedra: «Las casas son todas de piedra amarilla; es decir, de color ladrillo». Y no «es decir» en el sentido de «borra eso, borra eso», sino de explicación. Pero, alma de Dios, o es amarilla o es color ladrillo; es decir (q.e.d.), el color ladrillo no es el amarillo. Pues imagínense que eso les sale en el original, ¿quién queda mal, ustedes o el autor? Ya les advierto que el autor pasó a mejor vida y le da igual.

El último y peor escollo de la traducción eran/fueron los versos que trae a colación el amigo acá y allá. Que no digo yo que no sean bonitos, pero antiguos una jartá. Para hacerles una comparación en español nos sirve como ejemplo eso de «Arma virumque cano, Troiae qui primus ab oris // Italiam, fato profugus, Laviniaque venit // litora […]» (Troya se lee con «te» como «timeo danaos et dona ferentes»; vid. Astérix legionario). ¿Qué? ¿Que el ejemplo no es español? ¿Pero a que suena bien? Pues así se siente uno cuando tiene que traducir un verso otomano. Tienes que ir palabrica por palabrica a algún diccionario antiguo (preferiblemente el Redhouse edición neanderthal), mirar el significado que podían tener allá por el siglo catapún, compararlo con el etimológico del año de los tiros mengues y formar una especie de nube coctelera a ver si todo aquello tiene algún sentido (que no). El problema más gordo es que tiene que tenerlo (sentido), así que le das vueltas y revueltas hasta que encuentras una manera de que aquello no quede demasiado mal aunque sea en el plano alegórico-simbólico. Como todo hay que decirlo, hay quien no se calienta tanto el tarro y te traduce el ejemplo en plan «Las armas de los virus son el canuto, los troyanos y los primos que [se comen] las oreo» y luego te explican que en épocas antiguas las enfermedades víricas se transmitían sobre todo por el uso de drogas, los piratas informáticos (de entonces) y los parientes gorrones que te dejaban sin merienda. Este tipo de explicaciones exegéticas son especialmente frecuentes en análisis hechos por locales, sobre todo estudiantes de turcología. Sin embargo, es muy fácil darse cuenta de que aquello no tiene ni pies ni cabeza si vemos que el contexto no habla de virus sino de escalas musicales dodecafónicas. Pero, bueno, difícil lo es (para mí) y hay que sudarse la traducción (que también podríamos inventarnos y no se enteraría nadie).

De todas formas, una vez que tuve el libro entre mis manos y lo abrí —algo que me resisto a hacer porque tengo una enfermedad que consiste que cuando abro un libro pillo algún gazapo—, me di cuenta de que no me habían quedado tan mal algunos versicos (los que vi, digo). Me congratulo una jartá.

No se me vayan a creer que el libro es una plasta, oigan. Más tonto sería si lo dijera, pero de verdad que no, palabrita del niño Jesús. Lo que sí le pasa es que no es un libro de viajes, como alguien ha dicho, sino una visión muy personal de esas ciudades. Y así lo que hace es informarnos un poco de su historia —fundamentalmente cotilleos—, de su encuentro con la ciudad y sus impresiones sobre ella —me gustan sobre todo los capítulos de Erzurum y Bursa en eso— y de su importancia para esa evolución del gusto artístico turco de la que hablábamos antes. Y, claro, desbarra un poco, pero eso mismo, que si lo hiciera yo me saldría un churro, a él le queda preciosísimo. A mí me gustó un montón y además me sirvió de mucho en otros asuntillos de los que ya hablaremos otro día, lo que le agradecería muy sinceramente si aún viviera (él; sobre todo porque estaría en el piso de abajo en la facultad, bien cerquita). Eso sí, quien espere un libro de viajes o una novela tipo El corredor del laberinto o Sandokán, va aviado.

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
Esta entrada fue publicada en Ahmet Hamdi Tanpınar, Estambul y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Cinco ciudades/Beş Şehir

  1. Félix G. dijo:

    Salud.
    Ayer leí «Lluvia de verano»
    De un tirón. La releeré varias veces, seguro.
    Nunca, en tan pocas páginas, he sentido el talento del escritor y la brillantez del traductor tan cerca de mi. Me ha encantado.
    Voy a pedir de inmediato el de las cinco ciudades estén en el orden que estén.
    Salud, pesetas y a seguir traduciendo…

    • Oh, me emociona mucho muchísimo el comentario. Gracias mil (enjugándome las lágrimas de gozo). Espero que disfrute la ciudades en cualquier orden, porque mira que fue joío de traducir el muy joío (traducción libre de «jodido»).
      Salud, pesetas y buenas lecturas y relecturas

  2. Pingback: ‘Cinco Ciudades’ en la literatura turca

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