El silbato del vigilante nocturno

Sereno

¿Que toque el pito? Pero, oiga, ¿usted por quién me toma?

Aunque la profesión de traductor tiene sus ventajas —la de ser menos arriesgada que la de, por ejemplo, bombero, que además requiere una forma física que obligaría a hacer deporte, actividad harto desagradable; o ser menos estresante que la de controlador aéreo y, sobre todo, profesor de enseñanzas medias, empleos que requieren un autocontrol de proporciones hercúleas, y me permito recordar que Hércules mató a sus hijos solo después de que le poseyera la locura inducida por Hera, que supongo que las clases de ESO no serían como son si a los profesores Hera les indujera un aire que me los dejara como cabras—, también tiene sus inconvenientes. Uno de los principales es la propensión a las hemorroides, pero no es de esa exquisite little inconvenience, que diría Frank Zappa (s.t.t.l.), de lo que vamos a hablar hoy, sino de cierto tipo de acosos o asaltos inesperados por los, llamémoslos así ya que la traducción tiene mucho de sacerdocio, legos (non vid. el juego de construcción).

Dos o tres veces al año me suele ocurrir algo muy curioso y que no sé si les pasará a los compañeros que traducen de lenguas más «normales» o que residen en España, o allá doquiera que se hable su lengua materna. Suele empezar por una llamada telefónica o, en gran parte de los casos, por un correo emiliano que a su vez suele ser de alguna exestudiante o estudiante en ejercicio con unos mínimos de sensibilidad artística. Obsérvese el uso tan preciso del femenino; se debe a que los estudiantes varones no poseen o demuestran por lo general tanta delicadeza estética —posiblemente a imitación de sus maestros, yo mismo—, o no escriben, o su mensaje podría ser bastante más críptico e incomprensible. Como decía, todo empieza por un correo cuyo texto podría ser más o menos así:

Muy estimado mi profesor usted:
Ayer hemos veído con mi amigo un teatro que ha afectado muy muchísimo en mi espíritu de mí misma. En cuando salimos, hablemos con el muy bueno escritor y decimos que tú estaba el transletor de importante escritores de literatura turca. Él muy contento si usted traduces su teatro por que todos los niños de España son amarán este teatro. Yo doy tu e-mail. Yo quiero muchísimo que amigos españoles ven también este teatro que es tan bien y muy maravilloso.
En espera de sus noticias, se despide atentamente con afeto y muchos abrazos,
Tal de Cual XOXOXO

Este tipo de mensajes me llenan de desazón a pesar de que lo que debería llenarme es el orgullo de tener estudiantes que sean capaces de escribir tan bien con las pocas posibilidades de práctica que tienen (¿Es que no me creen? Ya me gustaría a mí escribir en turco como ellos; bueno, como algunos, no todos) y de tener el morro de (a) irse a hablar con el autor porque la obra les ha gustado mucho; (b) prometer a un ser humano que otro ser humano trabajará para él sin habérselo consultado al segundo interfecto; (c) escribir al profe para informarle de que le han prometido al autor en cuestión que va a traducir su obra. Se pueden imaginar ustedes el brete —palabra tontorrona donde las haya, como «oso»— en que se ve metido uno. Porque a no tardar mucho el susodicho autor teatral se pondrá en contacto contigo más contento que unas pascuas y tú te verás obligado a decirle (a) que no has visto su obra ni piensas verla porque el teatro no es lo tuyo; (b) que traducir una obra cualquiera sin saber si se va a representar o publicar es trabajar bastante en el aire; (c) que, como has insinuado, traducir es trabajar y que, al contrario que muchos autores cuya máxima aspiración es ver su obra publicada y/o representada o al revés (o/y), el traductor medio no se conforma con la íntima satisfacción del deber cumplido sino que espera una retribución monetaria o crematística; (d) que además traducir teatro es algo bastante distinto a traducir novelas y que quizá sería mejor buscarse un traductor con más experiencia en el asunto; (varias letras más); y que (z) encima no tienes tiempo. Con esta última afirmación, la digas o no, estás cavando tu propia tumba porque te aseguras que, pasado un plazo razonable y cuando ya no te acuerdas para nada del asunto, el señor en cuestión reaparezca intentando convencerte de la inmensa ganancia que sería para la literatura universal que tradujeras su trabajo.

Ese es más o menos el esquema básico de la cadena de acontecimientos, pero pueden darse variantes. Por ejemplo, en lugar de una (ex) estudiante decidida puede ser directamente un escritor que ha encontrado tu teléfono Dios sabe dónde y ha optado por llamarte, de noche, a la hora de la cena, entre semana, para asegurarse de que estás. Ahora me dirán ustedes, como me repito yo a menudo, que por qué no invisibilizo mi teléfono en el espacio virtual si no quiero que me molesten y les responderé, como me contesto yo a menudo, que entonces cómo podría encontrarme esa editorial que va a proponerme que traduzca ese libro que cambiará mi vida como se la cambió a la (ex) estudiante la obra susodichamente mencionada (basado en hechos reales). Este tipo de contacto directo autor-traductor es normalmente menos violento porque le puedes contar que has fallecido hace unos meses y no tiene manera de comprobarlo, o bien, y es lo que yo hago, que no trabajas así, sino por encargo de una editorial, lo cual significa (3) que hay que encontrar una editorial allí (dondequiera que sea) dispuesta a publicar tan despampanante libro, pero como ese no parece ser el caso sería conveniente (2) encontrar un agente o similar que se ocupe de semejantes menesteres en ferias de salchichas u otros lugares parecidos donde se pueda encontrar bebercio gratis, siempre y cuando (1) el libro en cuestión, por fascinante que sea, esté escrito y editado convenientemente por alguna casa o imprenta local. Todo esto abate al autor como Messerschmitt perseguido por Spitfire y, con suerte, se quedará balbuciendo un no sé qué, que probablemente sea que le des tu dirección postal para enviarte los libros —misteriosamente en plural— para que al leerlo caigas de hinojos sin tener en cuenta que la luz cegadora que de ellos emana probablemente te ciegue y no puedas traducirlos. Esto último no recomiendo emplearlo como argumento para escaquearse porque, con razón, suena bastante a choteo y la vida da muchas vueltas y arrieritos semos.

La obra de teatro o lo que sea puede ser también una novela, casi siempre bastante tocho y de aires paulocoelhianos tan bonita que es que no se puede aguantar y entonces te escribe una conocida de una conocida (que ha conseguido tu correo electrónico a través de la primera conocida, que quizá te escriba a posteriori para informarte de que se lo ha dado y de que espera que no sea una molestia) para preguntarte cómo es eso de traducir un libro. Y tú, todo educación y buenas maneras, respondes que no solo es traducir —que, al fin y al cabo, decía una compañera mía y suya de ustedes si son traductores, se soluciona cogiendo un diccionario y adiós muy buenas, y para eterno rencor mío se lo decía a mis estudiantes de doctorado— sino que además hay que publicar el libro y que eso es más peliagudo y que hay que tener cuidado con quién tiene los derechos y bla, bla, bla y que para eso es mejor ponerse en contacto con los titulares o su agente para, en resumen, vid. supra lo de los numeritos del autor del teléfono.

Una vez comprendido eso, se pasa al cuánto viene a pedirse por una traducción y cuánto se tarda y si es lo mismo un folio a un espacio que a dos y si febrero cuenta como mes entero aunque solo tiene veinticocho días. Y tú, que entiendes tu trabajo como una vocación que conlleva lo de enseñar al que no sabe, sobre todo al neófito que, deslumbrado por la alta literatura, decide embarcarse en la aventura del traslado entre lenguas y culturas, le explicas que normalmente y por desgracia se cobra por palabras o caracteres y que el tiempo es la cuarta dimensión y demás. Y por fin llega la pregunta de cuál es la editorial a la que hay que enviar la traducción para que sea un éxito inenarrable en España y tú le dices que de eso debería encargarse su propia editorial local o, de nuevo, el agente, tras lo que llega la confesión final de que no existen tales editorial local ni agente, sino que se trata de un maravilloso manuscrito noimpreso aún, pero que la publicación es evidente habida cuenta de su calidad y el pago de la traducción, en sacas de plata, vendrá tan pronto como se venda por millones de ejemplares. Y tú, imbuido de amor al prójimo colega, le adviertes con firmeza que no se le ocurra ponerse a traducir un libro en semejantes condiciones porque es sumamente peligroso.

Y es entonces cuando, entre amistosas risas, el otro se da cuenta de tu confusión y te aclara que se supone que eres tú quien va a traducir la excelsa obra porque la conocida común le había dicho que tú traducías libros. ¡Para atrás el duelo que el muerto cabecea! ¡A los refugios! No, no, no tienes tiempo, tú no trabajas así, el vecino (de la conocida) lo haría mucho mejor… Cualquier excusa es buena para quitarse el muerto de encima. Y para rematar, te piden que por favor pongas todo eso por escrito para comunicárselo al autor, que el pobre se va a llevar un disgusto.

Claramente todo este personal no tiene muy claro cómo funciona la industria editorial y piensa que el traductor es quien decide qué se traduce y qué no y que además hace su trabajo —cobrando, eso (casi) nadie se lo niega, excepto los propios colegas del «lo haría sin cobrar»— basándose en su gusto, supuestamente bueno. Vista mi experiencia (ni uno de los libros que he traducido ha sido a propuesta mía… A ver… No, ni uno) creo que nos dan una importancia que no tenemos. Supongo que me imaginan llamando al Sr. Penguin, o a la Sra. Planeta, y diciéndoles: «Oyes, que aquí un colega ha escrito un libro chachi, así que detén las rotativas y échale un vistazo a las cien primeras páginas, que he traducido en un ratillo en el metro con el teléfono. Eso sí, pídete la tarde libre que te vas a quedar como en trance». Ahora que lo pienso, así, así exactamente, pues no, pero sí que he dado la tabarra a más de uno para que publicaran alguna obra que me interesaba con resultados por completo nulos. Anda que si por mí fuera…

Cuando con la mayor amabilidad que te es posible en esas circunstancias —porque hay gente muy, muy pesada— les explicas todo eso y logras quitarte de encima al entusiasta autor o amante de la literatura, es cuando por fin le rezas a san Venuti para que, si no es molestia, te haga invisible y que así no te tomen por el silbato que llevaban aquellos vigilantes nocturnos de chuzo y manojo de llaves.

Pues eso, lo dicho, a ver si puedo terminar mi ronda sin que me toquen las narices ni el silbato.

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

8 respuestas a El silbato del vigilante nocturno

  1. Itziar dijo:

    para los callos del nalgario, ya decía Rivas que decía Cunqueiro, baños de cebada y citrón.
    para el resto, santa paciencia.

  2. Carlos dijo:

    Rafael, usted, por su forma de escribir, me hace acordar a Mariano José de Larra.
    ¿Para cuándo un libro suyo tipo » Vicisitudes de un traductor en Estambul » ?
    Saludos.

  3. Félix G. dijo:

    Feliz de verle de nuevo por aquí y con y además con frecuencia.
    Arrieritos semos, está claro.
    El Museo de la Inocencia tendrá que esperar. Parece que aún no ha suficientes zaragozanos como para llenar un avión a Istanbul. A última hora siempre lo anulan. Aún hay miedo, ¿Precaución?
    Constatar que sigue usted al pie del cañón alienta mis esperanzas de que algún día podré realizar mi sexta visita a la Sultanhamet Camii.
    De momento, y para engrosar sus royalties, ya he encargado (no estaba disponible en la librería) «Lluvia de verano»
    Ya me está gustando…
    A ser feliz…

  4. carlos47 dijo:

    Pues yo, que ya soy un poco mayor, y que me encuentro a veces con amigos de amigos con quien hemos coincidido un día en una exposición, o personas a quien he sido recomendado por alguien que me piden que les haga algo, he encontrado, tras algunos años de «trial and error», la solución. Decir que no. Un lacónico «lo siento pero no hago esas cosas» con un semblante serio. O bien, con una sonrisa de oreja a oreja: «estupendo, déjame echarle una mirada y esta misma semana te envio el presupuesto». Lo que no me ha valido nunca es dar largas o dar excusas… el que lo pide se atreve a pedirlo porque suele conseguir sin pagar lo que otros consiguen pagando. Asi que nada, un no, escueto y rotundo. Nada a lo que se puedan agarrar para volver a la carga

    • La primera es la mejor solución, pero hay un peliagudo equilibrio entre la delicadeza natural de mi alma pura y la piel de rinoceronte de más de uno que no se da por aludido. Al final acaba uno despeinándose en plan Orlando furioso.
      Salud

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s