Lluvia de verano/Yaz Yağmuru

Lluvia de verano es la tercera obra que he traducido de Tanpınar —no sé por qué, pero muy poca gente se acuerda del Instituto para la sincronización de los relojes— y, entre otras cosas, una muestra más de cómo en esto de la traducción de literatura turca vamos bastante a carrete de lo que se hace en Francia. No solo en los títulos que se traducen, que se nota mucho con Tanpınar, sino también en cómo se aprecian las obras. Vaya, con tanta vuelta y revuelta me he acordado de un chiste académico: ¿Para qué decir con dos palabras lo que se puede decir con doce? Lo que quiero decir es, en suma, que en España se ha publicado como nouvelle lo que en Turquía se publica como «cuento» o, si nos ponemos muy pijos, «relato». Es cierto que las fronteras entre una novela corta y un cuento largo son una miaja borrosas, pero (a) ¿por qué esta/-e y no otro, por ejemplo, «Los sueños de Abdullah Efendi»?; (b) ¿por qué tanta insistencia en llamarla nouvelle y no «novelita», «novelica» (en Almería) o «novelilla» (en mi tierra, pronúnciese «noveliya»)? Entiendo que no la llamaran «novelucha», pero lo del francés es mucho cante, en mi opinión.

Y mira que la traducción al francés es bien maja, que se nota que la hizo un turco. Esto que suena tan mal, que la traducción estuviera bien precisamente porque no la hizo un nativo, no lo digo por fastidiar ni para que los más nacionalistas de mis compañeros turcos se pongan muy anchos, sino porque en una gran parte de las traducciones francesas de literatura turca con las que me he topado —y que no son muchas porque el francés tampoco es lo mío, para qué me las voy a dar de listo ahora— es bastante evidente que a mis colegas traducteures el texto original les parecía un poco sosón y bastante poco exótico, así que lo arreglaban acá y allá para que quedara más como debía ser, más en plan belle infidèle, ya me entienden. De todas formas, los campeones de esto del embellecimiento a ultranza son algunos reseñistas de dondequiera que sean, que en cuanto ven que la obra es turca se lanzan como halcones peregrinos sobre conejo al topicazo de oriente y occidente aunque el libro en cuestión sea una adaptación del ratón Mickey (que en turco sería Mihailcik, digo yo, o Miho) y a sacar peras del olmo y, si no las hay, a sacárselas de la manga. Bueno, no quiero irme otra vez por los cerros de Úbeda, pero supongo que es porque se publicó previamente en Francia —y a saber por qué— por lo que aquí se lanzó como nouvelle.

Al contrario que con Paz, podrán ver que ahora el nombre de s.s.s. aparece en la cubierta, con los dos apellidos y sin la hache que en cierta ocasión le colocaron al Ortega, que ya hay que ser liante, por muy aristocrática que la encontrara mi cuñado Antonio. Me gustaría creer que esto del ¡nombre a cubierta! (¡por allí resopla!) fue por una especie de revolución mental que favorece la visibilidad de los galeotes traductores, pero sospecho malignamente que se debe a la necesidad de incluir el nombre del ilustrador, no me fuera a mosquear. Para serles sincero (alguien comentaba que cuando un español dice «Te voy a ser sincero» hay que echarse a temblar), las ilustraciones no me acaban de convencer. No tengo duda (¿cómo voy a tenerla si no tengo motivos de juicio?) de la calidad y el valor de los dibujos del Sr. Zahreddine, pero me resultan muy oscuros (que lo son) y muy poco ilustrativos. A ver, es como si me piden que haga unas ilustraciones para, qué sé yo, la Biblia y pongo una puesta de sol y luego un pan y una cebolla (una patata, no, que todavía no habían descubierto América), pues no es que ilustre mucho el texto. Esa misma impresión me dan las del libro por mucho que un crítico —me huelo que mexicano— diga que son «generosas»: que tienen que ver con este texto lo mismo que con cualquier otro. Por cierto, que el crítico también dice que mi traducción es «noble», lo que le agradezco porque está claro que es algo bueno, pero no acabo de entenderlo. Espero que no sea por aquello del «noble bruto».

Si es así lo lamento porque para hablar de este cuento/relato/nouvelle/novelica me gustaría ser menos bruto de lo que soy y poder ascender a alturas líricas que la pongan por las nubes, pero no acaba de salirme. Me gusta, como casi todo lo que escribe, la reseña que le hizo Ilya U. Topper en M’Sur («Escuchando el tocadiscos bajo la lluvia», aunque yo habría escrito «oír») porque insiste en la lectura de la obra/obraza/obrica/œuvrelle como un acto de placer, ya que nos ponemos franceses. La reseña de la editorial dice que es «sutil y preciosista», adjetivos que tuvieron tanto éxito que se repiten con frecuencia en las de la prensa, entre las que se pueden encontrar párrafos tan curiosos como el siguiente:

El lenguaje es mesurado, armonioso y equilibrado, pero sin llegar a ser barroco en ningún momento ni a hacer exibiciones de virtuosismo gramatical, con una contención muy medida.

Que ya me gustaría ser capaz de escribir algo así en un artículo científico manteniendo la cara de póquer porque no entiendo cómo siendo mesurado, armonioso y equilibrado es posible siquiera despertar sospechas de que puedas ser barroco. Pero, en fin, como la verdad debe ir ante todo (liberavit vos), tengo que confesar que, como decía uno, para mí el éxito en la redacción consiste en escribir cuatro párrafos y borrar solo tres al cabo del día, así que me consta que escribo muchas frases semejantes hasta que me las releo en otro momento. Bueno, dejemos estos comentarios de lado o acabaremos con lo del violinista y el puente entre culturas.

Un asunto que se subraya bastante en todas las reseñas críticas de Lluvia de verano es el asunto de la melancolía. Por cierto, hay alguna que dice que el prota, Sabri Bey, llega «a las puertas de la infidelidad», que digo yo que será de ahí de donde viene el dicho «de puertas pa dentro» o es que soy muy malpensado y veo polvorones donde no hay mantecados. Volvamos a lo de la melancolía. Como me repito más que el pepino, he contado varias veces lo del hüzün del Pamuk. Yo, como traductor que soy, lo traduje, pero el publisher insistió en dejarlo en turco porque ya vería yo qué risa (no lo dijo exactamente así) y la verdad es que dio en el clavo porque ahora no se le cae de la boca lo de hüzün a todo el que se haya leído Estambul. Y resulta que, de la misma forma que todos los andaluces somos un poco flamencos, todo turco que se precie tiene que ser una miaja hüzünlü o, en su defecto, melancólico. Esto está bien porque enseguida podemos mezclarlo con lo del Imperio/República y Oriente/Occidente y ya tenemos medio comentario hecho. Como les digo, soy un poco burro, así que no le doy tanta importancia filosófica a la melancolía si un personaje antes vivía como un pachá (traducido quiere decir «como un cura») y ahora no tanto. Es como, no sé, como si hubiera desayunado churros y luego se me repitieran y me acordara con agrado de ellos, que no acabo de verlo una muestra de melancolía sino de necesidad de sales de frutas. O como salir a la carretera y decir: «Antes to esto era campo». El problema, supongo yo, es que en la novela sale el Bósforo y ya tenemos la jugada completa.

Lluvia de verano es una novela (o relato) preciosa, pero no la veo yo muy melancólica y mucho menos oriental, por mucho Bósforo que haya —que además lo pintan bastante sucio—. Tengan en cuenta que está escrita en 1955 aunque la acción se sitúe en 1944, y que ya hacía unos añitos de la República y del ciao imperio. Como es verano y según la novela hace una jartá de calor, qué quieren que diga, yo a la moza, más que con aspecto de odalisca de Ingres ahí toda tirada en pelota o de las de Matisse que a Tanpınar debían de gustarle porque las menciona en Paz, me la imaginaba como a una de esas ilustraciones de moda de los cuarenta o cincuenta —precisamente— como las que dibujaba un tal Sáenz de Tejada según me acabo de enterar mientras buscaba un retrato como el siguiente, que muy bien podría ser ella, que parece bastante pijilla en la novela:

¡Hola! Me llamo Fatma y este es mi caique del Bósforo porque vivo en los años cuarenta más o menos.

Y es que lo cortés no quita lo valiente y no tienes que andar por ahí de faralaes para pensar que todo tiempo pasado fue mejor si, además, fue mejor, ni con esa cara triste como la de la cubierta (del libro). Porque es que además nuestra amiga Fatma —esto quizá haya sido un poco de destripe— no es nada triste, sino más bien lo contrario. De hecho, eso es lo que más me gusta (casi) de Lluvia de verano: mientras que Paz tiene tres días con pasado mañana de melancólica y triste y oriente/imperio/occidente/república, Lluvia, con un ambiente muy parecido en más de un detalle o dos —Bósforo, música, grandes casas (en ambos sentidos) del pasado perdido que nunca más ha de volver y de blanco satén— no es nada tristona; o a mí no me lo pareció, a lo mejor porque es bastante más corta, como hemos estado discutiendo al hablar de la morfología de los diminutivos franceses, y no te da tiempo a que te dé la murria.

Pero lo que más me gusta de verdad de Lluvia de verano es, mire usted por dónde, lo que más me fastidia. Y es que toda la historia que ella le cuenta al gachó, y que igual se la ha inventado de pe a pa, pero, como dicen, è ben trovata, que si está lo bastante pirada como para andar por ahí bajo la lluvia con lo malos que son los resfriados de verano…, pues esa historia, decía, encaja en el resto del relato/nouvelle principal como a un Cristo le sientan dos pistolas, y es una mala costumbre que tiene más de un escritor (turco) como tendremos ocasión de ver sin que pase mucho. Es decir, colega, si tienes dos buenas historias ¿por qué coño no las escribes las dos por separado en vez de todo arrejuntao? Y, además, ¿por qué coño es siempre la historia que más me gusta, o sea, la objetivamente mejor, la que sale perdiendo en el trato? Es que no hay derecho, oiga, ni visión comercial/empresarial. Cómo se nota que eran otros tiempos. Si lo pillan ahora hacen por lo menos cuatro películas.

En fin, que si le gustó Paz… Mejor dicho, si es de los que les gusta Tanpınar y si dentro de ese subgénero humano es de los que prefieren Paz al Instituto, tiene asegurado pasárselo pipa con la Lluvia. Eso sí, le sabrá a poco.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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2 respuestas a Lluvia de verano/Yaz Yağmuru

  1. Lucía Ciriani dijo:

    Yo creo que nadie se acuerda del “Instituto…” porque es dificilísimo encontrarlo. Yo lo conseguí después de muchos esfuerzos y me salió carísimo. Valió la pena, claro.

    • Pues lo siento y lo lamento y me irrita y me molesta. La vida de los libros en el sistema editorial español es de una crueldad increíble. Parece que se puede conseguir en Amazon, pero a saber en México. Me alegro de que le gustara, a mí me dejó bastante turulato. Un profesor de historia de la ciencia de Madrid se lo propuso de lectura a sus estudiantes. No sé si continuará siendo docente.
      Salud

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