Autores que cuidan a sus traductores

Después de la cena de la primera noche. Además de los traductores también hay amigos, gente de la editorial, de la agencia y de la universidad donde se celebraba el simposio

Hablábamos de Réquiem por Estambul y de Ahmet Ümit, así que no me queda más remedio que contarles sobre el simposio traductoril organizado el año pasado—¿por él, por la agencia, por la editorial, por la universidad en cuestión? Qui lo  sá y a quién le importa—. Ümit es de esos autores que le tienen verdadero afecto a sus traductores y además le parece estupendo lo que hacen y, en general, lo que hagan. Lo demostró cuando la presentación urbi (Estambul) et orbi (planeta Tierra, así como una serie de editores llegados del extranjero) de su última novela por entonces: Elveda Güzel Vatanım, que si tuviéramos valor y no temiéramos ser tomados por asturianos —que tendría que darnos igual— deberíamos traducir por Adiós, patria querida o Estambul de mis amores. Como es bastante consciente de aquello de que para vender hay que anunciarse, no se limitó a preparar un booktrailer, práctica que ya llevaba un tiempo poniendo en ídem, sino que aquello fue una campaña que nada tenía que envidiar a la de invierno de Napoleón contra la Madre Rusia, exceptuando que sus resultados fueron mucho mejores.

Parte de esta campaña consistió en obsequiarnos a todos los traductores de sus novelas que estuviéramos más o menos a tiro (ojo al «menos», porque también se trajo a algunos). Aparte de una cena suprema —el papeo ha sido una constante en todos los eventos relacionados con él— y otro día un festolín  abierto a parientes y amigos (y ojo también a esto porque no es una cena y después una fiesta, sino que implica varios días de desenfreno), organizó una excursión con los mencionados traductores a la que s.s.s. de Vds. no pudo acudir porque tenía clases, que impartirlas. Por cierto, esto es algo que me molesta enormemente cuando lo hace alguna instancia administrativa o autoridad y no un autor: suponer que, como somos traductores y trabajamos en casa —aunque la amiga Hanneke van der Heijden se alquiló una oficinilla con otros colegas para evitar distracciones, tentaciones y lavadoras—, estamos a disposición de cualquiera que toque el silbato porque no tenemos nada que hacer. Otro tanto puede decirse (otrosí digo) de la comida y demás: he estado en saraos institucionales en los que poco menos que esperaban que cayeras rendido a sus pies gritando alborozado «¡Aleluya, aleluya, aleluya! (si no se canta puede omitirse)» por el mero hecho de que te dieran de comer y, si era necesario, albergue. Claramente estas instituciones no piensan que hay traductores que tienen otros trabajos o empleos y mucho menos se les pasa por la cabeza que aquellos que no lo tienen deberían estar traduciendo si quieren llevarse un mendrugo de pan a la boca en el futuro —quizá lo del mendrugo sea un poco exagerado, pero supongo que se me entiende—, lo que creo que se llama «lucro cesante» y que consiste en que si no trabajas, no cobras. Posiblemente las instituciones piensan, en su infinita compasión y sabiduría, «vamos a darles de comer algo que no sea el mendrugo famoso a estos muertos de hambre, nunca mejor dicho, y que se pongan tan contentos». Pero, bueno, que me caliento y se me va el santo al cielo. Con los autores, insisto, esto no pasa porque siempre hay de por medio una relación de (a) respeto y (b) afecto, o por lo menos algún sentimiento, mismamente de odio, pero sentimiento.

El caso es que cuando un autor como Ahmet Ümit, que además es amigo, me invita a lo que sea, acudo con sumo gusto. Si encima es un sarao con más compañeros traductores, pues mejor, porque de esa forma nos conocemos y, evidentemente, tenemos muchas cosas en común. Y si no las tenemos, mejor, así ampliamos horizontes. Total, que cuando el amigo Ümit me llamó para invitarme a participar en un simposio titulado Traducir a Ahmet Ümit a las lenguas del mundo, acepté de inmediato, porque también tiene uno cierta sensación de obligación (para) con sus autores, que no son suyos, sino que solo los traduce. Con eso de las «lenguas del mundo» no querían decir, por supuesto, que con posterioridad se fuera a celebrar otro simposio sobre la traducción de su obra a lenguas extraterrestres o alienígenas, lo que habría sido mucho más interesante, sin duda, sino que nos íbamos a juntar un alegre grupillo de aquí y allá sin demasiadas exigencias de origen, aunque todos terrestres o terrícolas, eso sí. Pero no solo eso, sino que también nos había reservado habitación a Mª Jesús y a mí en el Pera Palas, que iba a ser el centro organizativo y geográfico del simposio en cuestión.

El Pera Palas —en turco, en otras lenguas es «palace»— es el famoso hotel al que llevaban a los viajeros del Oriente Express una vez llegados a su destino estambuleño. Tuvo unos años que decayó bastante, pero lo arreglaron teniendo la precaución de dejar lo antiguo como estaba y ahora la verdad es que hace honor a su nombre porque es bastante la pera. El chistecito es tan horroroso que de escribirlo me ha dado dolor de los pecados, pero no he podido evitarlo. En fin, que el hotel está estupendamente, pero me parecía un poco absurdo quedarme allí viviendo en la misma ciudad, tonto de mí, así que menos mal que Ümit me convenció con el indiscutible argumento de que no tendríamos que hacernos la cama ni el desayuno durante un par de días. Para que se hagan una idea de lo bueno que es el hotel, cuando el recepcionista me preguntó de dónde venía y, graciosillo de mí, le contesté «Şişli», que es como si en el Palace de Madrid dijera, qué se yo, «Prosperidad», por ejemplo, o en Córdoba «San Lorenzo» o qué sé yo, el tipo, muy sonriente, eso sí, ni se inmutó. Para mí, uno de los detalles que demuestran el lujo y el savoir-faire en un hotel es que los recepcionistas sean inmutables, aunque los huéspedes lleguen mismamente a un simposio de lenguas extraterrestres.

El simposio en sí fue únicamente un día y, si nos ponemos muy puntillosos, una tarde. Por la mañana hubo charlas de los diversos capitostes y discursitos de la universidad donde se hacía (en un edificio antiguo en pleno centro de Beyoğlu, de los discursos deduje que el Sr. Ümit había soltado una cierta cantidad de pasta para mejoras) y una primera mesa con el autor, su agente y no me acuerdo de quién más sobre cómo se había ido difundiendo su literatura por esos mundos de Dios/Alá.

Por la tarde hablábamos los traductores, algo que me fastidia enormemente porque me entra el sopor siestorro y no me encuentro nunca en my finest hour. En la primera mesa estábamos (de izquierda a derecha, no pretenderán que me acuerde, estoy mirando una foto) la rusa, muamem, la alemana, la italiana y el inglés. La segunda me parecía más interesante en principio porque sí tenía tema de verdad, aunque acabaron hablando de lo mismo. Se titulaba «el recuerdo de Estambul y Europa Oriental» porque en principio trataría de la traducción de la novela de la entrada anterior a las lenguas balcánicas, donde el turco, muchas veces a regañadientes, sí que tiene un peso cultural. Venían de Macedonia, Bulgaria, Croacia, Grecia y Serbia (de esta mesa no tengo foto, así que puede que fuera en otro orden). Como decía, al final acabamos hablando todos de lo mismo, es decir, de cómo empezamos a traducir una lengua tan rara, cuáles son las mayores dificultades —por lo general, siempre las mismas y casi nunca las que espera el respetable—, qué interés creemos que tiene el autor en nuestros respectivos países, etc., pero poco etc.

Con Mª Jesús y algunos de los estudiantes que vinieron a oírme hablar en turco. Les puse muy buena nota.

Me resulta muy curioso que lo que de verdad le interesa a la gente que acude a estas cosas sean tus aventurillas personales y no los procesos transformacionales de la estructura profunda en superficial. Es como si prefirieran el ¡Hola! (¡qué va!, ¡el Diez Minutos!) a Syntactic Structures. De verdad que no me entra en la cabeza. Y además que cómo se dice esto o lo otro, que nunca se dice porque no lo hay. Oiga, ¿cómo se dice «bollo preñao» en turco? Pues mire, no se dice, pero hay otra cosa parecida. Oiga, ¿y cuando el personaje de tal dice: «hoy no estoy muy católico y se me ha ido el santo al cielo»? Pues mire, tampoco existe eso en turco, pero yo me he inventado algo que queda tan terne. Por supuesto, a todos nos gustaría saber cómo se dicen un sinfín de guarreridas y palabrotas, pero no es lugar un simposio como para preguntarlas. Por otra parte, a mis estudiantes suele hacerles mucha ilusión (o eso me dicen para hacerme la pelota) oírme hablar en turco, porque la verdad no es que me prodigue con ellos. Les hablo en español para que aprendan y para que tengan una oportunidad de practicar porque soy un profesor muy sacrificado.

Lo que más me gustó de todo el invento fue que, al contrario que en otras ferias de este tipo, éramos muchos traductores de países distintos del mismo autor. Lo normal es que sean/seamos muchos traductores de distintas lenguas pero del mismo país. Fue muy, muy interesante. Por ejemplo, el traductor de griego había nacido en el barrio en que yo vivo porque su familia fue de las que echaron con cajas destempladas del país. De eso trata la película Un toque de canela, que tampoco es la repera, pero que no está mal. Hace poco se hizo aquí una exposición muy interesante sobre el tema titulada 20 dólares, 20 kilos porque era todo lo que se les permitía llevar. Aquí les dejo un enlace en inglés. También me reí mucho con las tribulaciones de la macedonia porque se había lanzado de cabeza de traducir culebrones de televisión o folletos turísticos a autores dificilísimos («Oye, ya que sabes inglés y me has traducido un capítulo de Scandal, ¿por qué no te atreves con este librillo que se llama Finnegans Wake? Total, es más o menos lo mismo»).

Sobre todo me resulta interesantísimo conocer a traductores normales, como eran la mayoría. Me explico, en congresos, simposios y jornadas diversas, en cuanto sean de una lengua «rara» (y el turco lo es, para los extranjeros, claro) la mayoría del personal es académico, como la rusa, por ejemplo, y yo, y tendemos a irnos por los cerros de Úbeda y a hablar de cosas y personas de las que nadie tiene la menor idea y, encima, tampoco les importa. Es bueno y te pone bastante los pies en la tierra encontrarte con colegas que se hinchan a traducir certificados de estudios y de penales para luego ponerse a traducir poesía, o con madres abnegadas que sufren los ataques de sus niños a los folios que acaban de imprimir a limpio, o con otras/-os que alternan la traducción con los grupos turísticos y de empresas, etc. Tuve la suerte de poder compartir con ellas siete y ellos dos las dos cenas y la fiesta final. Siempre me queda la impresión de que es ese tipo de traductor heroico el que se merece los homenajes y los premios y no tanto la gente como yo que luego mete estas reuniones en el informe anual de actividades académicas por aquello de que se celebran en una universidad (cosa que hice, claro).

La foto-finish

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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7 respuestas a Autores que cuidan a sus traductores

  1. Aysen Soydemir dijo:

    ¡Enhorabuena, amigo! Çok tebrik ederim…

  2. Belén Santana dijo:

    Me ha encantado la entrada, he disfrutado de lo lindo. Me quedo con todo (autor y novela incluidos), pero en especial con el último párrafo sobre lo enriquecedores que resultan los encuentros con traductores “normales”. Los que sufrimos de personalidad múltiple, sobre todo si una de ellas es la académica, estamos muy necesitados de terapia de grupo. Qué bueno que regresaste. Un abrazo desde Salamanca.

    • Gracias por el comentario. Para mí es muy importante recordar a los traductores «normales». A veces en los encuentros académicos, o, peor, en los que predominan los académicos, se crea un ambiente (iba a decir «se establece una dialéctica») maestro-alumno que no me gusta un pelo. Gran parte de la mala prensa que tiene la teoría es culpa nuestra por ir de perdonavidas en lugar de intentar aprender de quienes de verdad se ganan la vida con el oficio. Es algo que también ocurre en otras profesiones, por ejemplo la medicina, pero no vamos a ser tontos porque sea mal de muchos. Salud y pesetas.

  3. Joaquin dijo:

    Querido Rafael, ¡qué suerte que te puedas dar una fiesta con tu autor! Los míos llevan siglos muertos. Es lo malo de dedicarse a la literatura clásica, aunque el lado bueno es que no se pueden quejar. Un abrazo. Joaquín (traductor de persa)

    • Querido Joaquín:
      No crea, que a veces no es tanta suerte, sobre todo si les da por opinar (una me preguntó si había aprendido turco en el Gran Bazar y me recomendó que leyera a Joyce y demás compañeros mártires). Pero con autores como Ümit sí que lo es, de verdad.
      Por cierto, qué pena que no sea traductor de farsi, que es infinitamente más guay que el persa. (Aquí trato a todo el mundo de usted, de cuerpo presente hago más bien todo lo contrario, espero que lo entienda y me disculpe.) Salud y saludos y pesetas y euros.

    • Otro por cierto: Un día tendríamos que hablar de Hüsrev y Şirin y Leyla y Mecnun.

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