Réquiem por Estambul/İstanbul Hatırası

Me he dado cuenta de que hace ya la mar de tiempo que no escribía en esta bitácora mía y de quien la lea y, entre pitos y flautas, se me iban pasando las publicaciones, que para eso lo hice, para dar propaganda en la medida de lo posible a los libros que traduzco, que se vendan como churros y así poder tumbarme a la bartola a la espera de los royalties. Bueno, una vez arreglado el asunto con esta tan poco captatio benevolentiae, vamos a lo nuestro, que es este libro del amigo Ahmet Ümit. Y discúlpenme, que ando muy falto de práctica.

A Ahmet Ümit lo conocerán por la entrada sobre La tumba negra/Patasana, supongo, y, si no, pues les recomiendo que se la lean (la novela). Por si no lo saben, es con diferencia el autor de novelas policíacas más conocido de Turquía y, en más de un sentido, el gran renovador y casi inventor del género. Hace poco estuve en un homenaje que le hicieron y un crítico literario, quizá fuera Doğan Hızlan, hablaba de la poca y mala consideración que había tenido el género policíaco en Turquía y ponía un ejemplo bastante divertido. Recordaba que el gran crítico Fethi Naci, después de deshacerse en elogios sobre Dashiell Hammett, afirmaba con toda su pachorra que  «lamentablemente, escribía novela policíaca» o que «por desgracia, solo lo podrían apreciar los lectores de novela policíaca», que, la verdad, no me acuerdo muy bien, pero sí recuerdo perfectamente que era un comentario que ponía a parir al género y a los lectores. También habría que ver si el colega Fethi Naci —a quien admiro muchísimo— no hablaba bien de Hammett por aquello de que eran del mismo o parecido palo ideológico y habría que ver qué decía de Raymond Chandler, por ejemplo.

En fin, se hacen ustedes idea de que la novela policíaca no ha sido muy bien considerada. Pues bueno, llega nuestro amigo Ümit en los noventa y se saca unas novelas con bastante sabor local que tienen un éxito casi inmediato y lo convierten en un superventas (me contaba un mozuelo de la editorial que de la última habían hecho una primera tirada de 260.000, que se dice fácil y esperaban llegar al medio millón a no mucho tardar). El salto fue sobre todo a partir de Patasana, pero la verdad es que el hombre se lo curra porque no hay feria del libro donde no esté firmando a larguísimas colas ni programa de televisión en el que no esté promocionando sus libros. Porque no sabe que estoy escribiendo esto, que si no seguro que aparece…

Bueno, vamos a lo nuestro. De entrada, Réquiem por Estambul no se llama así en el original, sino Recuerdo de Estambul, pero a los editores de la traducción no les hizo mucha gracia por eso de que «recuerdo» puede ser lo mismo verbo que sustantivo y, como hay muertos, pues «réquiem» queda mejor y más siniestro. En el original el título recuerda, como su propio nombre indica, a las fotos que se hacía la gente de pueblo (si fuera de Madrid diría «de provincias») con fotógrafos callejeros tiempo ha, que solían poner un fondo con un letrero que rezaba —o sea, decía— «Recuerdo de Estambul», con una «ese» al revés, para que quedara más cutre. En español parece más como souvenir o algo así, de manera que se puso a lo Mozart y adiós muy buenas. Tendrán que leerse el libro para opinar qué título es mejor.

DESCLAMANTE: Ahora viene un muy ligero destripe, así que luego no me lloren. La novela es una de las del comisario jefe Nevzat, el poli recurrente de Ümit, aunque no sale en todas sus novelas. En español no es comisario, sino inspector, porque el escalafón policial no es igual en Turquía y España y los turcos no tienen inspectores sino comisarios y nuestros comisarios son sus jefes/directores. El cambio me lo sugirió el propio Ümit porque en inglés también habían degradado al pobre Nevzat y lo habían hecho DCI (supongo).

No es casualidad que la novela se publicara en el año 2010 porque fue el año en que Estambul fue capital europea de la cultura y Ümit pensó lo siguiente (y ahora viene el destripe): «¿Y si aprovecho lo de la capital cultural y escribo una novela que sea al mismo tiempo policíaca y guía turística?». Digo yo que lo pensaría, que tampoco soy telépata. El caso es que lo hizo siguiendo un método muy práctico que consistía en que los fiambres —los muertos asesinados, vaya— fueran apareciendo en lugares emblemáticos de Estambul según su cronología y nuestros policías no tuvieran más remedio que hablar de la historia de la ciudad. Astuto, ¿verdad? Como he dicho, Ümit se lo curra, y no se le ocurrió nada mejor que montarse unas excursiones guiadas por la ciudad para promocionar el libro como si él mismo fuera guía turístico/ciego de romance sangriento. Yo no pude ir, por desgracia, pero salieron en la prensa, en la tele y demás, lo que no fue malo para la publicidad del libro. Les pongo una foto de Ümit con su muerto de cartulina (juraría que delante de Santa Sofía) y un enlace, que aunque esté en turco siempre pueden darle una pasada por el gúgel transleitor, como hace mi hermana con las instrucciones de la sopa de sobre, que tampoco es alta literatura.

Fin de los destripes.

Hablemos todos juntos y yo el primero por la senda de la traducción, aunque ya he mencionado el detalle del comisario que fue inspector. Como había pasado con Patasana, empezamos la casa por el tejado a pesar de mis siempre sabios consejos. Es decir, Ahmet Ümit me encargó la traducción antes de tener una editorial que la publicara. Como somos amigos —de antes—, me puse a sus órdenes y manos a la obra. Tampoco quiero decir que nos diéramos la mano y adiós, que siempre nos firmamos nuestros contratos como si fuéramos empresarios (y tengo que decir que es más cumplidor en los pagos que más de una y dos editoriales que yo me sé). Esto fue —¡madre mía, cómo pasa el tiempo!— más o menos cuando los follones del parque Gezi porque recuerdo que encontré muchos augurios fastos en la novela que nos aconsejaban mudarnos a donde vivimos ahora. Tempus fugit, que en turco se dice «Hey gidi günler, hey!».

Luego pasa lo que pasa, claro, que no es tan fácil encontrar una editorial que lo publique, pero, como se diría Ümit, ¿para qué están entonces los agentes? Y la agente se portó y encontró una editorial, esta vez en México. Sí, sí queridos compatriotas, eso quiere decir que esta novela no la podrán disfrutar en la madre patria (mía) a no ser que la pidan de importación, ¡qué se le va a hacer! Mala suerte. Y mala no solo —me voy esforzando en quitarle la tilde desde que me convencieron— en ese sentido, sino también en el de los derechos de traducción porque en México ná de ná, como en España antes de la L.P.I., la del derecho romano. La verdad es que luego, al menos en mi caso, que traduzco de lenguas que venden poco, acaba uno saliendo mejor a tanto alzado, pero, qué quieren, ya me había acostumbrado yo a mi copyright y van y me lo quitan. [Paréntesis cuadrado: Consultando mis carpetas, es decir, correos emilios antiguos, veo que en origen la traducción iba a ser para una editorial española que incluso debió de mandarme sus normas de estilo. De todo esto no me ha quedado el menor rastro en la memoria.]

Otro asunto vicevérsico, o sea, algo bueno que acaba siendo no tan bueno, es el de las subvenciones. En Turquía existe un programa de apoyo a la traducción llamado TEDA que consiste en que esta institución asume el monto crematístico de la traducción y todos tan contentos. El problema que se ha creado es que ahora la mayoría de las editoriales se niegan a publicar literatura turca a no ser que tengan pillada la subvención, pero como solo —sin tilde, ¿ven?— se concede a libro publicado, se montan unos líos de esos de pescadilla que se muerde la cola y que a veces acaban muy, muy malamente y con el libro sin publicar. No fue este el caso, por fortuna, pero casi casi.

Lo mejor de todo el proceso de traducción fue que me permitió conocer al editor de mesa, Gerardo de la Cruz, también crítico literario y autor de la novela La inacabada vida y obra de J. Chirgo, que tuvo la inmensa amabilidad de enviármela. Empezamos, como siempre empiezo por si acaso, muy de usted y estimado y atentamente, pero acabamos pasándonoslo la mar de bien. Supongo que porque él me consultaba muchas pijadillas (que si tal o cual iba en mayúscula, que qué significaba una cosa u otra y por qué lo hacía así) y a mí me parecía todo estupendamente. Lo mejor fue lo que él llamó el proceso de «tropicalización» del texto, es decir, y casi en sus propias palabras, hacerlo menos «chocante» al lector mexicano. Veo por nuestros correos que casi todo consistió en algunos cambios de vocabulario que me importaban un pimiento (o chile) como «computadora», «estacionar» y demás; en cambiar muchos de mis «le» por «lo» (lo —este es otro «lo»— que lleva a que algunos colegas llamen a ciertos editores americanos «lolos», que sin duda no está muy bonito); algún problemilla con judías, fríjoles o habas; y muy poco etc. Pero bueno, como me dedico a las lenguas, pues ya sabía que habría diferencias. Y además tenía nociones de mexicano gracias a que en mi más tierna infancia los tebeos de Supermán, Batman, Periquita, la pequeña Lulú y otros (recuerdo con especial espanto terrorífico los del vaquero-cantante Gene Autry y compadritos de parecido pelaje como Hopalong Cassidy, así como unos terribles de historias pías) procedían precisamente de aquel país y decían cosas un tanto raras para nosotros (como la exclamación «sí» en lugar de «ea»). Y no era yo solo, que también Ventura y Nieto lo encontraban curioso, como denota el siguiente fragmento de viñeta de Trinca:

Quizá lo más interesante desde el punto de vista lexicográfico fue el debate sobre el apodo de un personaje y que corresponde al apelativo vulgar del órgano sexual femenino. Probablemente influido por el rigor lingüístico-médico de mi madre que la lleva a criticar inmisericordemente el mal uso de «vagina» por «vulva», yo lo —este sí lo es; por cierto, me dijo Gerardo que la Republicana Academia Mexicana de la Lengua ¿? ordena que se acentúen los pronombres demostrativos— llamé (al personaje) Zeki el Chocho, pese a que Gerardo me comentó que los apodos ya no van en cursiva aunque cada editorial tiene su librillo. En fin, juzguen por el siguiente fragmento:

« [Yo] Entonces no estaba con Cello sino con Chocho —de repente notó la presencia de Zeynep y, cosa extraña, aquel vagabundo se ruborizó como una jovencita—. Perdona, hermana, pero ese era su mote. Zeki el Chocho

Gerardo prefirió cambiarlo por «Panocha», que tampoco suena mal, porque allá lo habrían entendido únicamente en el sentido de «que chochea». Ya le conté yo que por aquí también lo usamos en ese sentido, así como para denominar a los altramuces o saladitos, pero que siempre está latente la connotación anatómico-sexual-basta que nos permite reírnos un rato cuando en el cine de verano decimos: «Voy a trincarme un paquetito de chochos». Tampoco le pareció muy comprensible el elegante sinónimo «chumino», aunque a mí tampoco me volvía loco porque en mi tierra también puede significar puntilloso hasta el extremo de la tontería, por ejemplo, usualmente con un sufijo derivativo, como en «Nene, no me seas chuminoso».

Recientemente puede ser testigo en una red social de caras de libro de un eruditísimo debate sobre el tema, casi de arqueología etimológica, de cuál habría podido ser el término original inglés para que en la serie de televisión Jessica Jones opinara en español —negativamente— sobre el uniforme de superheroína: «Si me pongo ese disfraz se me marcará el chumino». Habida cuenta de la pobreza léxica del inglés en estos temas, la mayoría de los eruditos opinaba que sería «pussy», pero resultó ser «cameltoe», que siempre me ha parecido un término más basto que unas bragas de esparto y nunca mejor dicho.

Volviendo a nuestro libro, otra cosa que hizo Gerardo fue acompañarlo con unos grabados históricos de los lugares relacionados con los crímenes, y que se mencionan en la novela, así en plan cutre-antiguo. Y un mapa, que está como muy histórico y que a mí me habría gustado que se viera mejor, pero siempre pueden hacer lo que mi amiga Pepa Baamonde y leer la novela consultando el gúgelmaps.

En fin, que si piensan venir por Estambul de visitilla y quieren, de paso, leerse algo entretenido, les aconsejo que se pillen como puedan la novela, que de verdad de las buenas que eso sí que es instruir deleitando. O, todavía mejor, si van a Cancún de vacaciones y luego planean pasar por Estambul, se la compran allí mismo.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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8 respuestas a Réquiem por Estambul/İstanbul Hatırası

  1. Me alegra que haya regresado. Siempre es grato leerlo. La verdad, estaba un poco preocupado por su silencio. Saludos desde Bogotá que, el próximo abril, será sede de la Cantera de Traductores 2018, organizada por la Alianza iberoamericana para la promoción de la traducción literaria (ALITRAL), que aglutina a las asociaciones de traductores editoriales de Argentina, Colombia, España y México. Por cierto, qquí tendremos a Carlos Fortea, presidente de ACEtt.

  2. Carlos dijo:

    Volvió, estimado. Una muy buena noticias. Saludos.

  3. Carlos dijo:

    “Volvió, estimado. Una muy buena noticias. Saludos”.
    Suelo mezclar el singular con el plural para hacerme el interesante, no es que le haya pifiado, eh!
    Bue’, hablando en serio, quizás sea el exceso de mate acá en Uruguay.
    Por cierto, ¿no traduce más a Pamuk ?
    Un abrazo.

    • Muchas gracias. A ver si esta vez tengo dolor de los pecados y propósito de enmienda de verdad y soy capaz de seguir un poco. Y no, no traduzco más a Pamuk porque los plazos que imponía la editorial me traían por la calle de la amargura. Mi amigo Pablo Moreno, con más voluntad que yo, es capaz de negarse en redondo y nos les queda más remedio que aguantarse.
      Salud y pesos

  4. Fëlix dijo:

    La mar, la mar de tiempo hace. Se notaba su ausencia.
    Ojalá que podamos disfrutar de sus entradas con o sin Pamuk de por medio.
    En Semana Santa tengo previsto un viaje a Estambul y espero pasar por el Museo de la inocencia.
    Un efusivo y virtual abrazo

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