Good cop, bad compadre

Monsó_Esquilache

¡Capadlo! Digo… ¡Cortadle la capa!

Estoy la mar de preocupado porque la pobre Vic Moretti, la ayudanta del jerife Walt Longmire, de Guallomín, se ha metido en un lío de agárrate y no te menees no sé si por ser buena o mala policía. Me explico: en su momento (illo tempore) denunció una situación ilegal e inmoral, lo que debería ser función de una buena policía, pero fue interpretado por sus compañeros como mal comportamiento, propio de mala policía,  puesto que el tipo a quien denunció era un colega y entre colegas te callas la boca (aunque igual de poco te sirve, vid. Serpico).

Bueno, pues algo parecido en esencia pero no en extensión o gravedad me ha ocurrido a mí. Y, como me suele suceder, la experiencia me ha conducido a la reflexión (la experiencia es la madre de la maledicencia, dicen). Les pongo en antecedentes. Me di cuenta de que no había compartido con mis amigos turcos la bonita anécdota del señor que traducía «árbol bastante grande» por «extenso Platanus orientalis» que tanto éxito había tenido entre mis coleguillas hispanoparlantes, así que, ni corto ni perezoso, colgué la frasecita en el muro del feisbuq y estábamos echando unas risas cuando una señora (o señorita) me acusó de a) chismoso y b) carente de ética profesional por hacerlo. Según ella, no se puede juzgar una traducción por una frase, algo en lo que estamos todos completamente de acuerdo, pero le precisé que a) toda la traducción es un despropósito y b) que una cosa es una cagada (que te equivoques, vaya) y otra que te saques de la manga lo que no existe. No voy a entrar en más detalles porque la señora se airó (de airarse) bastante y yo me cansé enseguida, pero me quedaron claras dos cosas: 1) nadie es quién para decir que una traducción es mala a no ser que haya publicado un extenso informe de cada uno de los presuntos errores de acuerdo con las normas éticas de la asociación de traductores correspondiente; 2) ironizar sobre el producto del esfuerzo de un compañero es de cotilla y poco ético, como dije antes. Y, claro, no le llaman a uno esas cosas todos los días, así que me puse a pensar y llegué a algunas conclusiones.

La primera es que el esfuerzo no está en relación directa con la calidad del resultado. Es decir, puedo estar mucho tiempo esforzándome en algo y que me salga un churro. Es, por ejemplo, mi experiencia con la flauta dulce y la canción «Era de latón»; de hecho, cuanto más me esforzaba, peor me salía. Así que nada, si algo me parece malo o feo, me parece malo o feo por muchos sudores que les hayan costado a quienes lo hicieron. Sé que en esto hay mucho susceptible (yo mismo), pero no todos somos iguales y hay gente a la que todo le sale estupendamente sin que les cueste trabajo y no por eso los resultados son malos por muy dignos de (insana) envidia que sean ellos o los frutos de su poco esfuerzo. Qué se le va a hacer. Lo siento mucho, la vida es así y hay que saber aceptar las críticas con deportividad. Yo, por ejemplo, soy muy abierto a la autocrítica y siempre tomo buena nota de lo que me critico a mí mismo. Curiosamente, cuando me critican otros (para mal) me gustaría coger un cuchillo mellado y mohoso y arrancarles los ojos y llenarles las cuencas con plomo fundido (ideas que me ofreció mi capitán de la mili) pero me fastidio y no lo hago por simple convivencia ciudadana.

Lo segundo y principal es sobre quién puede decidir si una traducción es buena o mala. Y esto es la mar de peliagudo porque, si como sugería la señora, sólo los traductores asociados son capaces de emitir el informe pericial pertinente, pero luego resulta que denunciar en público que el fruto del esfuerzo de un compañero es una puerta miércoles (tengo el mismo corrector ortográfico que el Hematocrítico) es de poca ética, va a hacerlo Rita la Cantaora. Ella me sugería que escribiera directamente al autor del desaguisado y le expusiera todo lo que me había parecido mal, pero no sé qué haría si recibiera una carta mía con un «Estimado colega: Me es grato comunicarle que, en mi modesta opinión, su traducción de la obra TAL me parece una hez fecal por las razones que a continuación le detallo» incluyendo cuarenta folios de burradas. Estoy seguro de que sólo le quitarían el sueño la magnitud de la empresa y el hecho de que yo demostrara una carencia tan absoluta de vida social, personal, profesional, sentimental, etc., como para dedicarme a semejante tontería porque, además, una vez publicada la obra, ¿a cuento de qué le escribo? ¿Para que haga examen de conciencia y con dolor de los pecados y propósito de enmienda le diga al editor que retire todos los ejemplares de su traducción del mercado? Me da en la nariz que no.

Este último detalle elimina la posibilidad de que, a toro pasado, sea el editor quien juzgue si una traducción es mala o no. Una vez que la ha puesto en la calle no se va a andar con remilgos. Por lo menos, escribirle a éste sí que tendría más lógica. (Paréntesis. Se preguntarán ustedes cómo es posible que un editor publisher comilfó ponga una traducción chunga en circulación. Pues a mí no me miren, pero alguna vez he tenido que dejar de leer un libro porque la [mala] calidad de la traducción me distraía en exceso de la trama. Sólo una vez, eso sí, pero me ha pasado. ¿De quién es la culpa? ¿Del traductor jovencísimo, muy probablemente, al que hacen trabajar a toda pastilla y que confía en una corrección inexistente por aquello de la crisis?) 

Otros tipos típicos a los que se suele pedir opinión son los académicos, pero son capaces de enredarles con cualquier discusión bizantina de forma que al final no sepan ustedes a qué carta quedarse (yo mismo lo soy, ahora que me doy cuenta, no carta, académico). «Esta traducción no es un churro, sino genial, porque según Venuti… ¿No se ha leído Vd. a Venuti? Pues entonces, ¿para qué habla?» Y si sí te has leído a Venuti, pues se coge a otro intelestuás que haya escrito algún libro densísimo (por ejemplo, Sergio Viaggio, que tiene un libro que me encanta y les recomiendo pero que dudo que se hayan leído más allá del millón de personas). Con uno de ésos fundes a quien se atreva a querer mojarte la oreja. Ay, madre mía, cuánto daño han hecho estos lectores de Venuti y, en menor medida, Eco… Más o menos vienen a justificar que hagas de tu capa un sayo y te defiendas diciendo que los demás son unos catetos que no te entienden. Y así pasa lo que pasa, claro. Y si encima el autor te apoya (véase la tontería de García Márquez sobre la traducción de Cien años de soledad de Rabassa, y no digo que la traducción sea mala; no me la he leído porque me parece una majadería leerme una traducción a una lengua extranjera de un libro escrito originalmente en mi lengua materna), pues miel sobre hojuelas. Y si además de traductor trabajas en la universidad, les aseguro que prácticamente puedes hacer lo que te dé la gana y salir bien librado. Sólo en un congreso alguien tuvo el valor de preguntar a la ponente: «Y si la traducción no hubiera sido de tal-autor-famoso, ¿también la habrían considerado genial?» Y la ponente tuvo el valor también de contestar: «No, todo lo contrario», y casi le damos todos de besos.

Supongo que se irán dando cuenta de por dónde van los tiros. Si no eres traductor, no eres quién para opinar, por supuesto; sería como decir que la aspirina te sienta mal si no eres médico (¿Eh? ¿Que puedes decirlo? Vaya, no lo sabía). Si eres traductor, cualquier opinión negativa es de mal compañero. Si eres editor, no vas a opinar mal de un producto que estás vendiendo. Si eres académico, da igual lo que digas porque otro (o tú mismo) puede decir lo contrario. Si eres juez, te tienes que limitar a si hay plagio o no. Entonces, ¿quiénes pueden opinar sobre la calidad de una traducción? Pues, IMHO, los fruteros, conductores de autobuses, enfermeros, enfermos, bomberos, toreros, peones camineros, camareros, niños y niñas, capitanes y sargentos, damas y caballeros, proxenetas, monjas, merceros, farmacéuticos, carreros, acemileros, camelleros, agricultores y, en suma, cualquiera que se lea un libro traducido y tenga algo que opinar de la traducción, sepa o no la lengua original porque para eso se está leyendo esa traducción. Es decir, cuando yo digo que una traducción me parece mala, no lo digo como traductor, ni como universitario, ni como cordobés, ni como ex alférez de infantería, lo digo como lector, que ya es bastante. ¿Y no tendría que justificarlo o qué sé yo, escribir al traductor? Les voy a contar un secreto profesional: cuando voy a una heladería pido helado de chocolate y no le justifico al heladero (que igual está leyendo un libro traducido por mí) por qué no lo quiero de mantecado; si el helado no me gusta, lo tiro y no vuelvo a comprar en esa heladería, no redacto un pliego de agravios.

¿Y a mí qué me va ni qué me viene en todo esto? Pues muy sencillo: los editores españoles van a juzgar los libros que me van a encargar y mis traducciones por las que se leen en otros idiomas más conocidos internacionalmente. Y eso sí que me importa si el otro traductor se ha inventado la mitad de la novela.

P. D. Mesocurre que muchas veces pagamos pecadores (traductores) por otros pecadores (autores) y ahí tenemos una buena defensa: «Es que eso es lo que dice el autor en el original». Pero si nos inventamos cosas que el pecador original no dijo… chungo.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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12 respuestas a Good cop, bad compadre

  1. Félix G. dijo:

    ¡A sus órdenes, mi ex alférez!
    Es curioso que la afición a la lectura me conduzca hasta Orhan Pamuk y mi gusto por mejorar mi pobre español me estanque en los escritos frescos y personales de su traductor.
    Ahora busco en el mapa de Estambul el nuevo barrio de Rafael Carpintero en vez la “Casa Pamuk” del premio Nobel.
    Gracias por sus entradas Rafael, y por llamar “plátano” al que todo el mundo, al menos en Zaragoza, llama “platanero”. Eso los “entendidos”, los que no se quedan en “ese árbol”
    Estoy llegando a la conclusión de que quizás me haya gustado Pamuk por su traductor, como en su día lo hizo Malcolm Lowry por la traducción que el señor Raúl Ortiz y Ortiz hizo de “Bajo el Volcán”
    No sé ni inglés ni turco. Pero sé algo de español y tengo sentimientos.
    ¿Tiene alguna opinión de su colega de oficio e idioma mejicano?
    Saludos desde la orilla del Ebro

    • Lamento decepcionarle, pero soy del tipo “ese árbol”, pese o gracias a mi padre. Supongo que llamarlo plátano me viene de que no da plátanos y de un árbol de mi ciudad que, según la tradición, había sido plantado por el mismísimo Julio César (Cayo) y los niños nos reíamos mucho con lo del “plátano de César”.
      En cuanto a Bajo el volcán, me consta que lo leí mientras Raquel Welch luchaba contra unos dinosaurios y que me gustó, así que la traducción debió de parecerme magnífica, es decir, nada. En su momento no es que me fijara mucho en los traductores, la verdad.
      Muchas gracias por sus exageradísimos elogios, que me obligan a ruborizarme como una colegiala de antaño, algo harto violento en un varón adulto que presume de ser más duro que Chuck Norris (que no es mi caso, D.g.).
      Salud desde el quinto pino (a partir del Ebro)
      P.D. Se me olvidaba la alferecía. Me siento relativamente orgulloso de haberlo sido porque entre un compañero y yo conseguimos (por pura suerte) acabar con la leyenda urbana de que los de letras sólo podían aspirar a ser sargentos como máximo. Sólo había que solicitarlo.

  2. e62zacae dijo:

    Dices que cualquier dama o caballero está legitimado (o legitimada) para valorar el trabajo de un traductor, aunque no conozca el idioma original del texto. Juraría (pero no tengo paciencia para buscarlas) que en otras entradas de este blog has insinuado lo contrario: que nadie puede decidir si un libro traducido es malo debido a que el texto sea malo o a que lo sea la traducción, SI NO TIENE UNO LA POSIBILIDAD DE ECHAR UN VISTAZO AL ORIGINAL.

    Al margen de lo que hayas dicho o hayas dejado de decir: creo que es un tema apasionante. Mi experiencia personal es la siguiente: existen libros que he tenido que dejar a la cuarta o quinta página porque tenía la impresión de que la traducción era horrible, aunque soy incapaz de leer ningún idioma extranjero. Pero si me paro a recapacitar, ¿cómo sé que lo horrible no es el texto original? Sencillamente por el argumento de AUTORIDAD. Presumo que si tal autor es “reconocido” entre quienes hablan su idioma, lo es porque reúne méritos suficientes para serlo. En cambio, del traductor, que apenas conozco nada, tampoco sé cuál es su valía profesional. Por tanto, me resulta más fácil concluir que lo que es malo es la traducción, aun cuando no tenga elementos para probarlo.

    Mucho más peliaguda es la cuestión cuando se trata no de un texto malo (cuya maldad no sabe uno si dimana del autor o del traductor), sino de un texto mejorable. Quiero decir: he leído traducciones, por ejemplo, de Rilke, que me han fascinado; otras, me han dejado frío. Pero tengo la certeza de que ninguno de los textos en español (desvinculados del alemán) eran malos en sí. Sencillamente uno me gustaba MUCHO más que otro. ¿A quién atribuir ese mayor placer, a Rilke o al traductor?
    Ah, amigo mío, mais que sais-je?

    • Querido amigo Pepe: Debo confesar que me decepciona que no se oculte una bella admiradora tras el pseudónimo, sobre todo hoy, que a duras penas he logrado salir vivo de unos talleres o cursillos, como preferiría llamarlos una compañera. Pasemos ahora a sus comentarios/preguntas. Es más que probable que esta entrada contradiga a otras o al revés, ventajas de los blogos, que no mira uno hogaño lo que escribió antaño y puede permitirse que no le importe el consabido bledo. No obstante, supongo que se podría diferenciar entre un crítico de un medio de comunicación y adoctrinamiento de masas o de una prestigiosa alma muerta que pontifica que una traducción es (del verbo ser) mala sin conocer el original y un lector corriente que opina que la traducción le parece (de parecer) mala ante sus compañeros de caña o, ¿por qué no?, amistades feisbuqueras. Incluso podría hacerlo el mismo crítico. Sinceramente, no estoy seguro de que sea lo mismo.
      Como dice, el tema es fascinante, sobre todo lo de la autoridad, que deriva en otro razonamiento mucho más dañino: si todas las personas de buen gusto opinan que tal autor es magnífico y a mí, que soy un árbitro de la elegancia, me parece un pelmazo, el defecto no puede ser mío ni del autor, ergo lo es del traductor. En este caso, lo que ocurre es que se confunde gusto con buen gusto o qué sé yo. Bueno, creo que me he perdido, pero seguro que me entiende.
      Hace ya muchos años en casa nos dimos cuenta de que algunos de los libros de Guillermo Brown eran muy graciosos y otros no; como usted, y por los mismos motivos, lo atribuimos al cambio de traductor aunque igual era fallo de la autora. Se trata de un tema que, hasta hoy, nunca me ha quitado el sueño.
      No obstante, me zacaba docurrir que eso implica todo el rollo de la autoría compartida de la obra traducida y tal y cual. Le recomiendo que no desarrolle el tema a sus compañeros de asiento en el transporte público o le mirarán con mala cara.
      Un abrazo, joven,
      Salud

  3. José Zafra dijo:

    e62zacae soy yo, no sé qué puñetas pasa con el correo este de las narices…

  4. Estoy de acuerdo en llamar al plátano “ese árbol”, sobre todo cuando lo podan de esa forma tan lamentable, en fin, respecto de las traducciones, también pienso que el juicio es personal y, por tanto, muy subjetivo, excepto en casos flagrantes (como puede ser el caso, por ejemplo, de la edición de Alianza (2012) de “El libro de la almohada” de Sei Shonagon en una traducción -dice Alianza- de Borges y kodama desde el inglés y que no termino de creerme semejante autoría para esta traducción perpetrada). Todos hemos leído -y yo las recuerdo bien- aquellas traducciones de Moby Dick, Aladino, Simbad, Las fundaciones de Asimov, casi todas las de Bruguera de aquellos tiempos de mi lejana juventud y tantas otras traducciones que ahora casi nos dan la risa tonta, pero que en su tiempo leímos con gusto (y a veces con considerable esfuerzo), y pienso que es así porque -en general- una mala traducción no logra destrozar un buen texto de tal manera que haga imposible su lectura. Así que también de acuerdo con tu juicio.
    Lo único que no entiendo es el cuadro que encabeza el artículo, ¿o acaso se refiere a que traducir es recortar? ¿Que hay un Esquilache por encima del Colegio de traductores? ¿Que otrora los traductores llevaban una espada bajo la capa para asesinar a los autores?

    Salud. Y gracias por tus artículos: siempre paso un buen rato y aprendo cosas.

    • Totalmente de acuerdo en que una mala traducción no puede acabar del todo con un buen original. Una traducción espantosa es otro asunto, pero bueno.
      El cuadro de Esquilache es que me lo encontré por ahí y me sentía un poco como casi víctima de un linchamiento y me acordé del chiste de la colecta para la capa del cura, que el ateo del pueblo quería dar dinero a condición de caparlo él. La verdad es que tendría que haberlo puesto ayer por la noche, que casi me cuelgan.
      Salud y pesetas

  5. José dijo:

    Lo que dice “don RafaelCarpinteroTraductor” es palabra de santo para mí, así que me embarqué en la tarea de buscar el libro de Sergio Viaggio que le encanta y que nos recomienda pero que dudo que se hayan leído más allá del millón de personas….Lamentablemente, después de recorrer muchas librerías de Buenos Aires tengo que concluir que Viaggio no es profeta en su tierra, porque no he conseguido encontrar su libro.
    Ya de vuelta a mi Sevilla seguiré con la empresa. Un saludo.

    • Lo mejor de TODO es que el otro día abro mi cuenta de correo y me encuentro un mensaje del mismísimo maestro Sergio Viaggio… Cucha tú qué sorpresa.
      El libro lo publicó la Universidad de Alicante. A mí me lo mandaron por correo sin ningún problema.
      Saludos varios

      • Roberto dijo:

        Fui yo el que le escribió un correo a Viaggio diciéndole que había visto una referencia a un libro suyo en tu blog. Supongo que el de la Universidad de Alicante es sobre su teoría. Yo estaba interesado en su novela, que se puede encontrar en su blog. En cualquier caso encantado de haber servido de nexo entre vosotros. Un saludo desde Sevilla. ( Roberto, aunque “esto” diga que soy José…..)

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