Pal taller que voy

De dorpstimmerman by Tony Lodewijk George Offermans (1854-1911)

¡Jo! Yo me creía que lo de los talleres era otra cosa y me tienen aquí que parezco el Gepoetto.

Pues nada, lo dicho, que se van acercando los talleres de traducción de la isla Príncipe o Isla Gansa (o Grande) y se me ha ocurrido pensar un poco en ellos aunque, se lo juro, tengo cosas mucho mejores que hacer como seguir dándole vueltas a la cabeza a lo del plural de Pokémon o cómo hacen para meter la Fanta en las latas y luego cerrarlas.

Lo primero que he pensado ha sido que no entiendo lo de la moda de que ahora haya tantísimo taller para arriba y para abajo. Taller de escritura creativa, taller de cuentos para niños, taller de traducción, taller de lectura de novelas cuyos protagonistas masculinos sean rusos de mediana edad, etc., cuando antes sólo eran mecánico, de carpintería y tal. Da la impresión de que te tienes que ir a estas cosas con el mono azul lleno de grasa, algo que me parecería una excelente idea, por otra parte, puesto que soy maoísta sólo por lo que me gustaría ir siempre vestido igual y del mismo color sin tener que pensar jamás en qué ponerte o si en los zapatos de la boda no pegan con los pantalones del chándal y los calcetines de rayas de ejecutivo. Lo de las manchas de grasa disimularía las de yema de huevo (frito), de espaguetis napolitana y, mi especialidad, las de ensalada, así que todo son ventajas. Pero resulta que no, y mi gozo en un pozo, mire usted por dónde, que hay que ir como siempre aunque quizás un poco más desenfadado porque estamos entre colegas y tienen que darse cuenta de lo guay que soy, que somos, y así mirar por encima del hombro a los de otros talleres.

Tampoco sé muy bien qué esperan los organizadores que hagamos. Es decir, da la impresión de que piensan lo siguiente: «Angelicos, no hacen más que lloriquear que si no ganan un duro, que si las condiciones de trabajo son malas, que si los plazos, que si los contratos, y venga a dar la murga. Vamos a invitarles unos días a un sitio donde les demos de comer, puedan dormir con calefacción y ducharse con agua caliente y no tengan que hacerse la cama y que hagan lo que les dé la gana.» Pues mire, oiga, no le voy a decir que no soy quejica, además tengo más razón que un santo, y tampoco le voy a mandar a freír espárragos que a equino obsequiado no le examines la dentición (no recuerdo el origen de la cita, pero creo que era de Mortadelo, o de Pumby, o algún filósofo así), pero la verdad es que de eso ya tengo en mi casa. Bueno, sí que tengo que hacerme la cama y no se imaginan lo negativamente que afecta a mi rendimiento laboral (indirecta, indirecta). Pero bueno, a cambio de su amabilidad y del rancho, me gustaría hacer algo que a ustedes les interese, a ser posible relacionado con lo mío, pero no, no te dicen ni mú y te tienes que inventar tú el trabajo.

Fíjense si estaríamos agradecidos por el papeo el año pasado, que los de español (directa e inversa) teníamos a los demás talleres alucinados porque nos pasábamos el día y los días currando. Lo cual, visto lo que hacían ellos, tampoco tenía mucho mérito. La mitad de los del taller X se piraron a la ciudad (eis ten polin) en cuanto vieron que ni se pasaba lista ni te castigaban si no hacías la tarea (que tampoco es que hubiera) y los del taller Y se pasaban el día de paseo en grupo porque tampoco es que hablaran con mucha fluidez la lengua local, que se diga.

Igualmente ignoro qué es lo que esperan, esperamos, muchos de los participantes, porque hay quien llega con las manos en los bolsillos dispuesto a lo que le echen (por ejemplo, comida) pero sin una actitud proactiva (que no sé qué carajo es pero que lo uso para reírme de algunos comentarios en feisbuh del tipo «levántate con energía y verás cómo puedes», que a veces parece que son para estreñidos) o quien hace más o menos lo mismo pero con una miaja de pelotilleo como pasaba con los de la lengua Z, que tenían un señor mayor que parecía que por su boca salía leche y miel (muy rica con galletas maría) porque había tres o cuatro que no hacían más que tomar notas de sus doctos comentarios, supongo que los demás estarían escaqueaos. «En un lugar de la Mancha» se traduse «In a locate of the Spot» y todos venga a tomar apuntes con mucho oh y ah como si estuvieran viendo a, qué sé yo, a Tamariz, por ejemplo.

Por cierto, me reí mucho porque el coordinador del taller de A y s.s.s. de Vds. estábamos bastante moscas con toda la organización y el de B (pongamos árabe, por ejemplo) comentó que ellos estaban muy agradecidos a la organización porque habían traído a unos traductores legendarios épicos (sé que son unos anglicismos que más bien podríamos llamar videojueguismos, pero no he podido resistirme aunque suene un poco bizarro), uno de los cuales había traducido casi cuarenta libros. Mi colega de A (pongamos francés) no pudo aguantarse y le contestó que él mismo, sin ir más lejos, había traducido más de ciento cuarenta. Yo me callé, claro, pero me alegré.

¿Y yo? ¿Qué espero yo de unos talleres aparte de lo de pasarme una semana sin hacerme la cama? Teniendo en cuenta que me supone tener que afeitarme todos los días, no sé si salgo ganando, la verdad. Voy a pensar un par de cosas en contra y otro par a favor, a ver si me compensa. En contra: que dejo el trabajo que estoy haciendo y que trabajo en campos, modos y tenores (los tres tenores no) que a lo mejor (a lo peor) no me interesan. Ambas cosas son chungas, sí señor. A favor: que puedo aprender cosillas y que puedo conocer a nuevos amigüitos aparte de encontrarme con otros antiguos. La verdad es que pesa más lo favorable porque te lo pasas muy bien y echas muchas risas, pero se me hace muy cuesta arriba ponerme a pensar en coger el barco y todo eso… Supongo que todo saldrá bien, pero yo es que siempre he sido muy apocado, que diría Ortega.

(Escrito después de lo escrito pero en la misma fecha, es decir P.S. pero no P.D., por desgracia otro anglicismo, éste ortotipográfico, supongo):

Se me ocurre que a lo mejor algún compañero podría esperar algo de mí. No soy capaz de adivinar qué extraña enfermedad mental podría conducirles a esa conclusión tan peregrina pero se lo agradezco con lágrimas en los ojos. A cambio, les contaré mi gran secreto de traductor insigne, que a su vez me transmitió un profesor de la facultad y que yo he adaptado a mis circunstancias lingüísticas: Hay que empezar el texto por arriba y por la izquierda.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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4 respuestas a Pal taller que voy

  1. Si entre mis idiomas comunes estuviese el turco, como que un servidor también iba a escaquearse por la Isla Grande, por la Isla Cuchara, por la isla Antígona y por todas las demás islas del archipiélago principesco (que para eso son bastante paradisíacas, a pesar de la poca playa). Y un buen café o un buen masaje, junto con una intensa tertulia sobre LeónTrotski o, en su defecto, sobre Barbarroja, siempre sientan mejor que una perorata tallerísitico-traductoril con los nuevos amigüitos o con los antiguos, que tanto da. Lo malo es tener que afeitarse… 🙂

    • Me gusta cómo pone el dedo en la llaga. Lo peor es afeitarse. Por otro lado, parte del debate del año anterior fue si en noviembre las islas parecen más un escenario de Visconti o de Stephen King (yo soy partidario de éste último). Salud.

  2. A mí lo que me irrita hondamente es que eso de “talleres” es una cursilada. Estas cosas de toda la vida se llamaban cursillos.

    • Totalmente de acuerdo. Con ese nombre te da la impresión de estar todo el tiempo entre costuras. Con “cursillos”, en cambio, es como un tripi y fueras de colores. Salud. (P.D. Vaya referencia más antigua, yo mismo me he asustado.)

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