Costumbrismos veraniegos: Las tres culturas de los mil rayos

2013-09-09 13.33.01

En Prosperidad la cuarta cultura es la caribeña

De vuelta al tajo y en casita tras el periplo francés de las maletas y nuestra tradicional estancia en tierras patrias. Se han quedado en mi retina imágenes imborrables de nuestra tierra… No, mejor será decir que ha habido varias cosas que me han llamado la atención a pesar de mi habitual falta de ella. La primera ha sido (en la frente) que la crisis se nota una barbaridad, sobre todo, o eso me ha parecido a mí, en Almería (Cthulhu fhtagn!, por otros motivos y sin que deba considerarse una toma de postura por mi parte). No obstante, y no olviden que resido en ese amplio mundo llamado extranjero, lo anterior no ha sido óbice para que las terrazas de los bares (eso sí, en Córdoba) estuvieran rebosantes de vida (masculina encorbatada y femenina enfaldada) a esa misteriosa hora llamada «del desayuno», y no pretendo sugerir que estuvieran holgazaneando ociosamente porque todos mascaban a dos carrillos poniendo en funcionamiento sus mandíbulas. A los extranjeros (en general) ya les cuesta, ya, entender nuestros horarios comerciales, pero, a juzgar por mis estudiantes, aún les cuesta más entender nuestros hábitos alimenticios.

Con las legañas puestas nos tomamos el famoso café bebío (recuerden: café y cigarro, muñeco de barro; si el cigarrillo es un «Bisonte», es el mejor remedio contra el estreñimiento) y nos vamos a trabajar (caso de no estar en paro) o a seguir durmiendo en clase (según la hora). Mis estudiantes también lo hacen, porque Estambul es ciudad inmensa e ir de un sitio a otro requiere bastante tiempo y paciencia y además aquí la idea platónica de desayuno no es tomarse una madalena o unas galletas con sólo media nalga en una silla, sino una mesa puesta como para saciar el apetito más recio (o los apetitos, caso de que caigamos en el pecado de la gula [recuerden, templanza]) con su pan, su mantequilla, quesos, tomate, pepino, mortadela y, lo más necesario y sine qua non, aceitunas negras (las verdes son optativas), pero el resto del día son más templados (de templanza). Los españoles desayunamos (lo sólido) a media mañana interrumpiendo la jornada de trabajo, lo cual tampoco está mal teniendo en cuenta la maldición divina. A la hora a la que se almuerza en los demás países del mundo (y se almorzaba aquí) nos tomamos un aperitivo que no se lo salta un torero (tipo enormísima cuña de tortilla) y luego nuestras madres nos riñen. Almorz(-áb-)amos un primero y un segundo de insorribles platos indigestos (véase fabada de primero y manitas de cerdo de segundo, etc.) poco antes de emprender la segunda parte de la jornada laboral. Si eres menor de edad, a media tarde tienes la merienda y si no lo eres, pues te tomas otras tapichuelas al salir del trabajo (albóndigas, ¿por qué no?). Y por fin, a la hora en que los europeos, africanos, asiáticos, americanos y oceánicos se acuestan, nos embaulamos nuestro par de huevos fritos con lo que haya sobrado de ayer, sean habichuelillas verdes, filetes empanados o pescada rebozada. A mis estudiantes, que son jóvenes, les cuesta entenderlo, y tampoco entienden que todo (menos el Corte Inglés) cierre a mediodía, pero a ver quién es el guapo que no se echa una cabezadita después de la fabada y las manitas.

Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención este verano ha sido lo siguiente: Estaba yo sentado en una terracita con unos compañeros de colegio (dato verídico) a los que veo cada cuarenta años (modismo turco) y poco a poco fui oyendo como un tumulto a mis espaldas, como si estuviera paseando por la Casbah del anuncio de Patrick’s. Me doy la vuelta, miro, y me habría caído de la sorpresa de no haber estado convenientemente sentado: ¡Un enorme paso de Semana Santa en fecha tan alejada de esta última como la primera semana de septiembre! ¡Y con los mádelman tapados con trapos ad-hoc! ¿Qué de foco (mala traducción)? Pos resulta que mis amigos (algunos) tuvieron a bien explicarnos al resto (para nuestra estupefacción) que se trataba de una especie de entrenamiento para un via crucis que se iba a llevar a cabo en breve. Teniendo en cuenta que dicho entrenamiento no sólo se realizaba en pleno siglo XXI sino también en la céntrica plaza de las Tendillas (que tiene una estatua ecuestre del Gran Capitán en extremo conveniente para indicar direcciones: «para donde mira el caballo», «para donde mira el culo del caballo»), me atreví a proponer que se celebraran también autos de fe en la plaza de la Corredera («para donde mira el culo del caballo»), donde antaño se hacían, a modo de festividad lúdico-turística. Mi propuesta agradó a mis compañeros, pero la vieron poco realista, no sé por qué, quizás porque la mayoría de los turistas son extranjeros y, por lo tanto, herejes y quizás no les guste el olor a chamusquina.

Pero bueno, no me voy a poner radical, que lo fundamental es ser tolerante y para eso nos hemos inventado el rollo de las tres culturas. Como lo de ser tolerante es una virtud, hay que serlo por narices y si alguien lo pone en duda, partirle la cara. «¿Que no soy tolerante yo? ¿A que no me lo dices en la calle?». Hombre, es que es como que duden de tu heterosexualidad, aunque haya multitud de homosexuales infinitamente más viriles que tú («tú» soy yo); delgadito y poca cosa pero hetero a marchamartillo y tolerante hasta la muerte (del otro). Lo malo es que tanto españoles como turcos tenemos ciertos momentos más o menos oscuros en nuestra historia de la tolerancia (por ejemplo, ni judíos ni moriscos acabaron de comprender que los reyes españoles les enviaran al extranjero para completar su formación, como diría no sé qué señora del gobierno) así que lo mejor es demostrar que somos tolerantes ahora. ¿Y cómo lo hacemos? Pues nos inventamos lo de las tres culturas y ya está y vamos dando la tabarra a todas horas, que ni en España (al menos en Córdoba y en Toledo) ni en Turquía se nos cae de la boca en todo el día. En realidad, como ustedes habrán podido darse cuenta, son tres religiones, pero pelillos a la mar. También es cierto que en las edades medias (España) y modernas (Turquía) dos de las culturas/religiones andaban generalmente a la greña o a estacazo limpio y la tercera de vez en cuando cobraba de ambas, mal asunto. En fin, lo bueno del pasado es que pasado está, y lo bueno del pasado lejano es que nadie se acuerda, así que podemos dar rienda suelta a nuestra tolerancia.

En mi tierra esto se lleva a cabo sobre todo con dos adjetivos que acaban en «i» acentuada: sefardí y andalusí. Casi cualquier cosa puede ser sefardí o andalusí; por ejemplo, por ejemplo, por ejemplo, la música, el acento, el pelo, los diseños y, con ellos, cualquier objeto, desde un cuaderno hasta una camiseta. Con que tenga unos cuadrados que se cruzan formando estrellas de ocho puntas, ya está, se le ponen unas letras árabes y andalusí al canto; con triángulos, estrellas de seis puntas y letras en hebreo, sefardí. Por supuesto, lo que ponga en dichas letras da absolutamente igual y podría ser una cita de algún libro sagrado, «viva el Betis manque pierda» (no olvidemos que el Betis ha proporcionado la bandera a nuestra comunidad autónoma. ¿Qué? ¿Que es al revés? Lo dudo munchísimo), o «zoy españó y andalú, cazi ná», frase esta última que nos serviría para aprovecharnos de la confusión habitual que tienen los extranjeros entre andalusí y andaluz.

No obstante, lo sefardí y lo andalusí lucen sobre todo en la comida. Supongamos que hace usted un gazpacho de chuparse los dedos (algo muy difícil de hacer con un gazpacho, o no quiero pensar en el nivel de guarrería necesaria para lograrlo) pero el nombre le parece soso; pues le echa unas uvas pasas, por ejemplo, y ya lo puede bautizar (chiste muy, muy malo) con el bonito nombre de «gazpacho sefardí». Si alguien le recuerda que los tomates vienen de América (caso de añadirle pimiento, pues también), descubierta, uy, perdón, mutuamente encontrada el mismo año en que se les dio la patada a los sefardíes, no caiga usted en el error de tirarlo por el fregadero y preparar un gazpacho blanco, sino oféndase violenta pero tolerantemente y vocifere: «¿Y las uvas qué? ¡So listo!». ¿Que prepara usted la fabada de la que habíamos hablado previamente? No problemo. Se le echa un poco de miel y ya está la fabada andalusí. Si el pelmazo de antes empieza a darle la tabarra con que aquello lleva chorizo, morcilla, tocino y demás productos puercos, replíquele que su plato es, ante todo, tolerante y por eso fusiona la cultura cristiana (carne de cerdo) con la musulmana (miel) y que si usted se toma la puerca miel, bien podría la otra parte soportar el cochino cerdo, caramba.

Además, en nuestro caso es extraordinariamente cómodo ser tolerante porque echamos a las otras culturas años ha (bueno, las echaron unos antiguos) y no opinan, de forma que todo consiste en que el prójimo (no necesariamente de las otras dos culturas) tiene que ser tolerante con lo nuestro. Por ejemplo, supongamos que a mí me molesta sobremanera que hagan prácticas de procesiones en periodos no procesionales (Semana Santa) y manifiesto en voz alta mi incomodidad; siempre se me puede reconvenir de la manera siguiente: «¡Qué intolerante eres! Seguro que si fueran moros o judíos no protestabas tanto». Por supuesto, es inútil recordar que moros y judíos no hacen procesiones o que también protestaría en caso de que las hicieran, porque como no hay, pues nada… «Sí, sí, seguro que no protestabas». Y aquí conviene recordar ese uso correcto de la palabra «moro» que se refiere al emigrante pobre. «Árabe», en cambio, es el ricachón de los petrodólares y/o el andalusí, culto, rico, guapo, alto y listo, que no en vano eran antepasados nuestros. No me consta que se dé el mismo caso con los judíos porque el uso de «israelita» por «israelí» no tiene nada de peyorativo, que digamos, pero da igual.

En fin, que podemos andar por ahí dando el tostonazo con lo de las tres culturas, que nadie se atreverá a decirnos ni mú para no quedar de intolerante. De paso, podemos cobrar más por el gazpacho gracias al añadido de la miel o pedirle a los Reyes Magos (no sé si atreverme a espoilear quiénes son los RR. MM., verbo, por cierto, que me da mucha más risa que «destripar» o «reventar», infinitamente más sanguinarios) una Barbi andalusí y un Ken sefardí (¡enamorados como corderos a la miel!) y un aifón v.5 FW. 7.01 «Tres Culturas» con tres alfabetos de distintos colores.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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