Costumbrismos veraniegos: La banda del tuerto

2013-08-06 15.24.43

Munchísimo ojito, oyesss

Manuel y su hijo avanzan por la calle apenas iluminada. A esas horas del anochecer está prácticamente desierta puesto que es la hora de la cena. Charlan alegres llevando bajo el brazo el pan que acaban de comprar en el horno de la esquina. Todo parece tranquilo y apacible. Mientras caminan pueden ver a las familias sentadas a la mesa, charlando y viendo algún programa de televisión. Apenas hay tráfico y no se oyen otros pasos que los suyos. Un oído atentísimo quizás podría percibir un suave roce, pero su condición de extranjeros les hace ajenos al peligro que les acecha.

Cuando llegan al portal se encuentran de repente con la enorme mole del rubio tuerto apoyado en el zaguán y mirándoles con aire chulesco con su único ojo. Intentan dar media vuelta pero comprueban sorprendidos que varios secuaces del capo les bloquean el paso. Lo mismo ocurre a izquierda y derecha. Varias percantas amuradas, evidentes concubinas del jefe, maúllan provocativamente. El rubio tuerto va sacando sus filosas con chasquidos de adamianto: una, dos, tres, cuatro… Manuel y su hijo comprenden que están rodeados y que no tienen escapatoria.

Los protagonistas de este relato son mi cuñado y mi sobrino (supongamos que mi cuñada estaba ya en nuestra casa y a ellos los habíamos mandado a por pan) y cualquier habitante de Estambul sabrá identificar en los malencarados facinerosos que les asaltan a esos felinos callejeros a los que llamamos vulgarmente gatos (Felis silvestris catus). Los gatos son unos animalillos muy queridines que han visto algún capítulo del Discovery Channel o algo así sobre los leones del Serengeti y se creen la repera cuando deciden desperezarse un poco  y perseguir una cucaracha o una mosca o una hoja o algo así (o sea, cuando son chiquitillos). Los gatos gustan porque son independientes (no te andan babeando como los perros), no hay riesgo apenas de que te muerdan (como los perros) y porque, como en Estambul son peludos como el oso de Mimosín (en Turquía, Yumoş) particularmente en invierno, y si les pasas la mano por la pelambrera (que no huele a rayos podridos como la de los perros) producen iones negativos (cat-iones), que resultan muy relajantes. Ya sé que el chiste de los cationes es malo, pero échenle la culpa a Julian May y no a mí. Ya saben, de mis pasos en la Tierra responda Julian May, y no yo. Por cierto, la Sra. May es autora grandemente recomendable pero ha sido publicada muy a salto de mata en España, qué se le va a hacer. Los gatos callejeros, además y por motivos que se me escapan como explicaré más adelante si no se me olvida, tienen bastante mejor fama que los perros homónimos. Especialmente por estas tierras turcas, porque hasta hay un hadiz sobre una gata y tal. Mientras, los pobres perros sufren en silencio.

2013-08-03 12.38.34

En la acera de enfrente, el perro sufre en arresto domiciliario. De todas formas, me apuesto lo que quieran a que no se atrevería con el tuerto

Como encima a los gatos les gusta más la calle que a una adolescente en edad de merecer (no sé por qué, pero me he acordado de mis sobrinas, a quienes me gustaría enviar un afectuoso saludo), no tienes que sufrirlos en casa, ni llevarlos al veterinario, ni comprarles tierra de retrete (o sea, que les sirva de tal, la tierra), ni pelotillas para comer, ni caparlos, ni otros cuidados no por cariñosos menos molestos. (Un paréntesis con información respecto a la entrada anterior: que me dice mi madre que les informe de que la flautilla del afilador, de nombre trénico “siringa” o “chiflo”, en su pueblo la usaban también los capaores; dicho queda, aunque me inquieta la idea de un gremio de capadores ambulantes.) Total, que como son monos, queridines y peludos y no tienes que llevártelos a casa si no quieres, pues el personal se dedica a darles de comer y de beber. Y de beber, les dan agua; pero de comer no se crean que pieles de chorizo y restos de la paella de ayer, no, no (además sería absurdo en un país como Turquía, donde no hay chorizo y comen el arroz blanco mayormente), sino pienso del específico con auténtico sabor a ratoncito, bateas de embutido pensado para el consumo humano, carne picada y tal. Y, claro, venga a papear y sin necesidad de sudar la frente, pues se reproducen como conejos porque no tienen otra cosa que hacer y a más velocidad que los zombies de la Guerra Mundial Z (el libro, claro). Y, como son muchos y comen y beben tanto, pues mean y cagan que huele que tira patrás y rompen las bolsas de la basura probablemente buscando palillos de dientes porque la comida que les ponen las almas cándidas les sobra y parte de ella acaba pudriéndose. Por ejemplo: una señora les bajó una bateita de macarrones (lo juro) y un vecino de arriba les da auténticos trozos de pollo; ¿qué creen que se comerán los gatos y qué será de los macarrones? Así las ratas campan por sus respetos, porque los gatos no les hacen ni caso, ¿pa qué?

¿Y qué me dicen de las fornicaciones que se traen para ser tantos, que más parecen violaciones en grupo, pobres gatas? Estás dormitando tan guapamente una merecida siesta y te despierta el aullido de ultratumba de la niña del Exorcista (the movie) mezclado con un llanto infantil y te levantas de un salto con el corazón en un puño diciéndote: “Vaya por Dios, ya atropellaron al chiquillo de enfrente”; y resulta que te ves a una pobre gata encaramada a un árbol y a un montón de pretendientes debajo rondándole que se debe de sentir como Penélope y maullándole: “en cuanto bajes, date por invitada al cine y a cenar”, en versión felina. Y qué zarpazos que se pegan, madre mía, que si supieran leer seguro que también para ellos sería un best-seller lo de las sombras de Grey. En fin, que lamenta uno que no haya en su calle un ofisial Matute que ponga orden en todo esto aunque visto lo que le luce el pelo, no sé yo.

Pero no se crean que soy un ser sin sentimientos que odia a los gatos, no señor. No es que me gusten para comerlos, pero tampoco me molesta observarlos. De hecho, creo que hasta me agrada. También me agrada ver a las modelos de Victoria’s Secret, para que se hagan una idea de mi aprecio por los gatos desde un punto de vista cuantitativo. Por ejemplo, en la facultad tenemos una gata (recuerden, tres colores o capas, siempre gata) que me cae la mar de bien, quizás porque la encuentro bastante filósofa, lo cual no tiene nada de extraño. O el de mi hermana Carmen (técnicamente de mi sobrino Jose), de acertadísimo nombre Barrabás por cómo trataba al pobre perro (viejo, ciego, sordo y demás desastres, aprovechaba para pegarle buenos zarpazos como quien no quiere la cosa) pero agradable y simpático. O el de nuestros antiguos vecinos, de nombre Tobi (y eso que todos sabemos que es nombre de perro), que se pasaba a nuestro balcón a que le diera el aire y no me extraña, con la dueña que tenía. O tantos otros que no recuerdo ahora…

Imagen024

La gata filosofa sobre la esencia de la nieve (foto en petardodefinición)

Sin embargo, no obstante, pero, etc., como trinque al que se nos metió en casa y se meó en a) la puerta por dentro y b) el felpudo por fuera, o aunque sean dos distintos, que se preparen, que estoy muy loco y me voy a poner a mirar en el gúgel recetas de liebre.

P.D. Anoche, cuando dormía, soñé, ¡bendita ilusión!, que se podría hacer un interesante carré sémiotique con las categorías de “gato callejero asesino” y “gata callejera violada” como opuestas y “gato capón rollizo” y “gata casera más salida que el pico de una plancha” como sus respectivos contradictorios para completar las cuatro categorías básicas. Si quieren, pueden hacerlo como ejercicio para el rientro vacacional, pero no se lo recomiendo.

Anuncios

Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Costumbrismos veraniegos: La banda del tuerto

  1. Abdullah YALVAÇ dijo:

    Cuando estuve en España era una de las cosas que ecahaba de menos ver los gatos callejeros que no existía casi ninguno sino habían esos malditos perros de casa andando al lado de sus dueños que no me gustaban nunca porque me parecían muy artificiales. Eran como los juguetes pequeñitos que estan de moda…
    A proposito, esta frase de usted me dió una risa grande: “… que si supieran leer seguro que también para ellos sería un best-seller lo de las sombras de Grey.”
    Un saludo señor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s