Costumbrismos veraniegos: de barberos y peluqueros

Barry (capitaine). F. 3. Barbier arméniens. Mission scientifique de Mr Ernest Chantre. 1881

«Como le decía, lo del Atleti, bla, bla, bla» «Por Dios, deme la navaja para que me corte el cuello yo mismo y ponga fin a tan cruel tortura»

En aquellos documentales realistas sobre la vida cotidiana de la clase obrera estadounidense titulados Matrimonio con hijos, había un episodio en el que el barbero de Al Bundy no sé si se jubilaba, enfermaba o se moría, pero el caso es que el protagonista tenía que buscarse otro (el masculino es intencionado) que se ocupara de su menguante pelo, con los resultados que se pueden imaginar. Creo, en realidad estoy bastante seguro, que he encontrado al barbero de Al Bundy en mi nuevo barrio.

Por cierto, esto del pelo trae un poco por la calle de la amargura a nuestros estudiantes por aquello de la diferencia entre pelo, cabello y vello (no se me ocurren más ahora), tanto en singular como en plural, a lo que habría que añadir que en turco no hay una palabra específica para «plumas» o «plumaje», hasta el punto de que la palabra que usan para, por ejemplo, hablar del relleno de almohadas o anoraks se podría traducir (literalmente) por «peloave». En turco se diferencia el pelo en general («saç»), del pelo particular que también puede ser cerda («kıl»), de la pelusilla, vello, capa o pluma («tüy»), todo esto más o menos y muy groseramente explicado. El inglés no ayuda a nadie en estos casos porque para ellos, por mucho que presuman de riqueza de vocabulario, todo es «hair» de tal o de cual. Por las redacciones que me entregan los susodichos estudiantes que se molestan en hacerlas (así salen como salen los exámenes), deduzco que los mayores problemas se dan entre (a) pelo y cabello (vello no lo usan y se quedan tan anchos); y (b) entre singular y plural. Como nativo castellanoparlante, me rechinan un poco los dientes (no llego al llanto) cuando les leo que tienen un gato o un periquito con un cabello muy bonito, o me rechinarían si tradujeran por «soy su cabello del culo» la expresión que una  señora, entusiasta pero no en exceso delicada, empleó en un meeting refiriéndose a su fidelidad incondicional hacia el presidente del gobierno. Imagínense si encima fuera en plural: «los cabellos del culo». La verdad es que hacen bien no usando «vello» porque en muchos casos, como cabe deducir del ejemplo anterior, tampoco nosotros usaríamos la palabreja, apuesto que de origen francés, pues no, latino, mejor me callo: «los vellos del culo». No sé si lo habrán pensado, pero con esto del singular y el plural hay que ser muy, muy nativo para encontrar la enorme diferencia existente entre «el pelo» y «los pelos». No es en absoluto lo mismo decir «Hija mía, vaya pelo» que «Hija mía, vaya pelos»; ni «Vé a cortarte el pelo» que «Vé a cortarte esos pelos»; aunque mis estudiantes me discutirían si la fuerza ilocutiva del segundo ejemplo no estaría en el demostrativo. Por cierto, el diccionario de la Academia (una, grande y libre) hace uno de esos razonamientos un tanto circulares que tan divertidos resultan; para pelo dice: (3) «cabello de la cabeza humana»; y para cabello: (1) «cada uno de los pelos que nacen en la cabeza». Pos claro.

Volvamos al barbero de Al Bundy. Los pobres siempre han tenido mala fama por aquello de que eran cirujanos y viceversa. De hecho, nos contaba Leo Hickey en un seminario de pragmática que en el Reino Unido de la Gran Bretaña, mientras cualquier medicucho es «doctor», hasta el más afamado cirujano sigue siendo «mister». Me doy cuenta de que tal y como lo explico, parece que los barberos tienen mala fama por su relación con los cirujanos (ya puestos, también como y con los dentistas, a.k.a. «sacamuelas») y no al revés, pero pelillos a la mar y nunca mejor dicho. Bueno, que como los barberos dieron en tener mala fama, llegaron los peluqueros al rescate. Esto de peluquero viene, evidentemente, de «peluca», así que seguro que es denominación del siglo XVIII y de origen francés, esto fijo. Seguro también que el Nuño de las Cartas marruecas tendría algo (en contra) que decir al respecto pero me da igual y no pienso ponerme a mirarlo. Está claro que el cuidado de una peluca con polvillos de talco es labor munchísimo más fina que rasurar barbazas que pican como bragas de esparto papel de lija. Posiblemente sea ése el motivo por el que incluso hoy (en) día los establecimientos más elegantes responden al nombre (bueno, los establecimientos no responden a nada) de «peluquería de caballeros». También, a ver cómo digo esto sin que nadie se moleste, hay cierto dimorfismo en los establecimientos, siendo las barberías más futbolístico-viriles y las peluquerías (de caballeros) más fluorescentes-fashion y sus regentes más tipo «el hombre y el oso, cuanto más feo más hermoso» los primeros y más andróginos los segundos respectivamente y sin que ello implique ningún juicio de valor por mi parte. En favor de los últimos, precisar también que son más limpios o simplemente limpios, aunque tampoco es cualidad sine die, ay, no, sine qua non de una barbería, puesto que lo que se buscan son otros atractivos.

En Turquía, como en España, también se usan dos palabras: «berber» y «kuaför». Por favor, no me toquen las narices y no me pregunten a cuál corresponde cada una de ellas. El origen de «kuaför» está más claro que la eau y de «berber» nos dice el diccionario que proviene del persa (si fuera un chico fino y elegante diría «farsi», pero tampoco me da la gana), así que no tiene nada de raro que se parezca a nuestro barbero. En cierta ocasión oí que alguien decía que «kuaför» era una palabra extranjera que en turco-turcazo se decía «berber», lo que no deja de ser una tontería bastante notable. También en Turquía podemos encontrar ese dimorfismo del que hablaba antes pero más acentuado (incluso llegando al polimorfismo) porque aquí se siguen efectuando prácticas que en nuestras tierras han desaparecido, como que te afeiten. Como pueden suponer, para un tratamiento completo y una experiencia sin par es mucho mejor ir al berber que al kuaför porque es, como lo diría, mucho más… fetén. Que una mano nudosa te pase una hoja sumamente cortante por el gañote, generosamente enjabonado hasta el punto de que la nuez no se distingue, es toda una experiencia, sobre todo si la boca del cuerpo al que pertenece la mano que sujeta la cuchilla habla sin parar.

En fin, como tenía que cortarme el pelo (no querría que me tomaran ustedes por un beatnik) y desconocía el nivel de riesgo de pelarme en mi nuevo barrio, estuve a punto de acudir a un «kuaför salonu» con muy buena pinta a cuyos propietarios (supongo) había visto comprando en el supermercado y cuyo aspecto (el de los peluqueros) me ofrecía gran confianza. La combinación freddymercuriesca de bigotazos y mini-shorts vaqueros me aseguraba que el suyo era un local limpio y serio para lo que yo pretendía (cortarme el pelo sin excesivos trasquilones y calvas). También suponían un peligro, sin embargo: quizás, no, seguro, querrían hacerme la ficha y, muy probablemente, hablar de algo aparte de las casi obligatorias preguntas de «¿Cómo lo quiere?», «¿Está bien así de corto?», o «¿Le corto las patillas?», frase ésta última que siempre me da la risa, malgré moi, porque me acuerdo del ordinarísimo chiste del enano. Más cerca de casa había (hay) una barbería: anunciada por una toalla de color indefinido puesta a secar en la acera sobre un tendedero portátil, era una especie de celda diminuta con dos sillones, un calentador de agua (apagado), unas fotos de futbolistas (dos, no había sitio para más), otras de canarios (¿?), una televisión (por supuesto) y una especie de banco para esperar. El único barbero, de nombre Osman, al contrario que aquellos colegas suyos con los que coincidí en el súper, tenía un aspecto que podía corresponder a cualquier oficio, sea fontanero, electricista, carpintero, asesino a sueldo, secretario general de la ONU o barbero. Como pueden suponer me decidí por este último.

Cuando llegué estaba afeitando a un cliente mayor y me senté a esperar teniendo cuidado de doblar las piernas por encima de la nuca porque las rodillas no me cabían entre el banco de espera y el sillón claramente de repuesto. Por si la televisión no me servía de suficiente entretenimiento, dejó el afeitado del buen anciano a medias, se fue a la tienda de la esquina y regresó con un periódico claramente compartido con gran parte del barrio, o al menos la calle. Me gustó ver que casi no hablaba; apenas la versión turca de un «pos sí», «digo» o «velay» y únicamente como educadas respuestas a los comentarios del afeitado in péctore. También me gustó su servicio de atención al cliente porque, además de traerme el periódico sin que yo se lo pidiera, pude comprobar que disponía de cita previa. He de confesar que me temí que fueran a detenerle cuando un coche de policía se detuvo a su puerta, pero el jovencísimo agente se limitó a vociferar por la ventanilla el equivalente a: «¿Tiene usté pa mucho?»; a lo que el otro le contestó: «Vuelve (no olvidemos que el agente era muy joven) dentro de media hora», respuesta que me alborozó de gozo puesto que era la cantidad de tiempo que, al parecer, pensaba dedicarme.

Vamos pues, al corte. Como suponía, hablaba poco. Tan poco que ni se molestó en preguntarme cómo quería el pelo, las patillas, etc., y yo le dejé hacer. Miento, muy avanzada ya la operación, me preguntó: «¿Se peina a la derecha o a la izquierda?», como aquellos sastres que ya sólo se ven en películas y te preguntaban por dónde cargabas. Punto. Y final. Tratamiento completo, oiga, fuera lanas con el trasquilador, repaso con tijeras (incluidas ésas con peine que nunca he servido para qué sirven), repaso fino con navaja y demás. A lo que hay que añadir algunos servicios casi-habituales de los barberos turcos: recorte de cejas, eliminación de pelillos de las narices, orejas, pies, y esos otros que se quedan por encima del pómulo. Con estos hay que tener cuidado porque hay algunos barberos antiguos (más que nuestro Osman incluso) que, en lugar de la maquinita, sacan una especie de palitroque con una bola de algodón en la punta; tú, que no tienes ni idea de la que te espera, sonríes bobaliconamente mientras él riega la bola con colonia de limón; la sonrisa se te hiela en los labios cuando ves que le prende candela (o sea, fuego) y te chamusca los susodichos pelillos, que igual podía asarte un ojo como se descuidara. A ésos los evito si puedo (es decir, si sé de antemano que lo hacen). Una vez terminado el corte, lavado de los pelos restantes en la cabeza (cabellos) para lo cual te agarran de la nuca como pollo que fueran a degollar, te humillan el coco en dirección al lavabo como pollo que fueran a degollar también, e intentan ahogarte con chorros de agua a presión (en mi caso fría como el hielo puesto que estamos en verano). Mientras te debates intentando respirar lo suficiente como para sobrevivir, proceden a lavarte a) el pelo y el cuero cabelludo, b) las orejas (por dentro también) y c) las narices (igual tiene que ver con la religión, no lo sé), pretendiendo que te suenes los mocos o algo así, cosa que yo nunca hago porque me daría mucha vergüenza y por si acaso no es lo que pretenden. En cierto momento, si aún vives (no sé qué pasará si has muerto), te enrollan la cara con la toalla, húmeda, para que puedas respirar aún menos y, con un hábil movimiento, tratan de desnucarte tirándote de la cabeza para atrás con una especie de latigazo a la Dr. Jones.

Como estás más pacá que pallá, después de secarte el pelo y las orejas, para lo cual suelen usar unas bolitas de algodón (otras) que algún barbero se queda mirando con interés y/o arrobo para comprobar la cosecha de cera como si tuviera una fábrica de cirios pascuales, proceden a masajearte vigorosamente (lo corriente es que demuestren un exceso de vigor, como si amasaran pan) a) el cuero cabelludo (de nuevo), b) las sienes, c) los arcos superciliares o como demonios se llamen, d) el pescuezo, e) la nuca y, ya puestos, f) los hombros y, si se tercia, g) las manos, y así hasta que a) falleces o b) completan el abecedario. No quiero contarles como decidas afeitarte, entonces sí que destapan el tarrito de las esencias.

Siguiendo la tradicional costumbre turca de que haya un dicho para casi todo, también lo hay para cuando te pelas o te afeitas. Cuando el barbero te quita el babero como haciendo una chicuelina al tiempo que le imprime un giro al sillón para que salgas disparado, exclama «Sıhhatler olsun», que es un dicho que tiene que ver con la salud dicha a la antigua («sıhhat») y que ha originado una de las palabras más difíciles de decir de la lengua (al menos para mí): «sanidad/salubridad» «hıfzıssıhha». Terminado el tratamiento, pagas y a escupir a la calle. Todo hay que decirlo, encima no fue ni caro, así que seguro que repito con el amigo Osman el barbero.

A barbers shop in assize time by Henry William Bunbury

Pues sí, yo soy peluquero y más fino que un coral y mi colega del fondo es barbero y más basto que unas bragas de esparto.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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2 respuestas a Costumbrismos veraniegos: de barberos y peluqueros

  1. Daniel R, dijo:

    Señor Carpintero: Se equivoca usted cuando dice que en nuestras tierras han desaparecido prácticas como la de ir a que lo afeiten a uno en la barbería. En mi barrio, de Hospitalet de Llobregat, provincia de Barcelona, seguimos los señores yendo muy orondos a que nos afeite un barbero, que los hay a porrillo.
    Saludos cordiales

    • Amigo Daniel: Claramente Cataluña es la reserva espiritual de España. No me extraña que despierten la envidia de otras CC. AA. Hace poco escuchaba una guajira en la que un tipo se sentía millonario después de a) tomarse un café bebío; b) darse un paseo con el cigarro encendío; y c) leerse un diario. No le digo si encima hubiera podido afeitarse en la barbería. Así andan ustedes de orondos. Salud y pesetas cordiales.

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