Industrias y mudanzas de Carpinteruí: la perseverancia y los libros

Sat ud (Henningsen)

Tal que así me veía yo (con la diferencia de que estamos en verano y de que no sé qué tendría que hablar con un guardia urbano de la porra). Premio para quien sepa para qué quería tanta escoba esta familia.

Comprenderán que no estuviera muy de humor para blogues ni blogas después de llamar al dueño del piso para la ceremonia anual de trato de con-trato y que me soltara como quien no quiere la cosa: «¡Qué más da! Total, van a derribar el edificio dentro de un par de meses… Ah, ¿que no sabíais nada?». Tras la primera reacción de pánico vino otra de profunda reflexión: al fin y al cabo, llevábamos un tiempo pensando en comprar un habitáculo, ¿y si…? Tercera fase: las cuentas. Teniendo en cuenta (nunca mejor dicho) que en Turquía los bancos conceden a los extranjeros créditos hipotecarios por un monto nunca superior al sesenta por ciento del valor real del inmueble (que, recuerden, significa que no se puede mover, lo mismo que en turco, aunque en turco, obviamente, es una palabra distinta «taşın-maz», y el guión es mío), el cuarenta por ciento restante te lo tienes que sacar del bolsillo, así que el único cálculo necesario es una regla de tres: tanta pasta tengo, que es igual al cuarenta por ciento de un cien por cien que es el precio máximo de la casa que puedo comprarme.

Para mi sorpresa, nuestro cuarenta por ciento nos permitía ver viviendas de calidad bastante superior a la chabola en la que vivían aquellos siete hermanos pasando fríos y penalidades y sin necesidad de que estuvieran sitas, además, en el quinto pino o  en la quinta forca (expresión que me gusta más por morbosa). Y eso me condujo a otras tres reflexiones añadidas. La primera, a lo incomprendidos que son los alquileres en España. Recuerdo haber leído no sé dónde la noticia de una española, casada con un afgano, que tenía que salir a la calle con burka (ella), cocinar con leña, sin calefacción ni agua corriente, soportando a unos suegros que la tenían en poco más que los sioux a Richard Harris al principio de Un hombre llamado caballo (luego le cogen más afecto), etc. Pues dicha señora afirmaba en la entrevista que su mayor sueño era regresar a España «aunque fuera de alquiler». Y me imaginaba yo los tribunales del Siglo de Oro, con los jueces del brazo secular diciéndole al reo: «Puede usted escoger entre ir a trabajar de esclavo a las minas de plata de Potosí hasta que muera, a galeras durante treinta años, que le plantemos un feísimo sambenito y lo asemos a l’ast por hereje además de ladrón, o irse de inquilino a un piso de alquiler». Y el presunto respondiendo: «Antes que vivir de alquiler prefiero las galeras, que haces deporte, te da el aire del mar e igual te puedes comprar el remo en propiedad con un leasing; o lo de las minas, que siempre educa conocer nuevas culturas. Antes muerto que inquilino». De toda la vida he pensado que de alquiler tienes la oportunidad de vivir en casas (entiéndase pisos) mucho mejores de lo que podrías comprarte, simplemente porque no tienes el famoso cuarenta por ciento de obligado desembolso. Por ejemplo, no digo yo que pudiera vivir en el palacio de Windsor ni siquiera de alquiler, pero en el de Hampton Court, ¿por qué no? Ahora que no fumo, tengo menos gastos. Todo es cuestión de conseguir un buen trato de los dueños, en este caso la dueña, sea Isabelita o su corona. Sin embargo, no podría comprarme ninguno de ambos chalecitos por mucho que ahorrara.

Eso me lleva, o me trae, a la segunda meditación del día: el ahorro. Al principio de mi crisis personal consulté mis cuentas bancarias (una de las bonitas ventajas de vivir en el extranjero es que tienes cuentas por todos lados y en todo tipo de monedas; en cierta ocasión tuvimos incluso una cuenta en ecus, que a efectos prácticos no servían para nada porque no existían pero eran dinero, contante aunque no sonante) y me asombró comprobar que había ahuchado (recuerden que es un verbo que viene de «hucha», en este caso metafórica) bastante más de lo que creía, y casi todo gracias a las traducciones. Así que, desde esta honorable tribuna (¿?), me gustaría dirigirme a mis colegas más jóvenes y animarles a que perseveren como el indio semínola aquél de El fuera de la ley de Clint Eastwood, que no decaigan ante las dificultades y perseveren, que se contemplen en mí como un espejo ejemplar y vean con esperanza cómo en menos de treinta años de profesiones (la de profesor, la de traductor no tanto), sin pasar hambre ni excesivas privaciones (ni fríos ni penalidades, ya puestos), aunque, eso sí, con poca o nula vida social, podrán dar la modesta entrada de una modesta vivienda. ¿Modesta? Sí, pero honrada, pagada con el sudor de los ojos y del túnel carpiano ése. Y, la verdad, a pesar de cómo está el patio patrio, es bastante más difícil que un banco te desahucie a que un dueño te ponga de patitas en la calle porque se casa su hijo Pedrito, por ejemplo, y en algún sitio tendrá que vivir. ¿Quién dijo que no se podía vivir de la traducción como un maharajá? A juzgar por mis lecturas juveniles de Kipling, existían todo tipo de maharajás, y no tenemos por qué ser nosotros de los más ostentosos.

Eso me lleva, o me trae, a la tercera meditación del día: los objetos (cosas) y la ostentación. Como nuestro hogar actual es mucho menos amplio que el anterior nidito (de alquiler, no lo olviden, con la guadaña de cualquier pájaro cuco sobre nuestras cabezas), hemos tenido que desprendernos de una serie de objetos y, de no habernos contenido, nos habríamos desprendido de bastantes más. La verdad, parafraseando a mi abuela, es que el comer y el tirar todo es empezar. Y quien dice tirar, dice vender (si es posible) o donar (si no lo es). Con el pasaporte o DNI, una tarjeta de crédito, el cepillo de dientes, unos calzoncillos limpios porque nunca se sabe y un pen-drive, no te hace falta nada más. Y eso que tengo mis dudas sobre los calzoncillos y el cepillo de dientes ya que tienes la tarjeta de crédito (que es conveniente que tenga saldo) y ahora, con lo de la nube, quizás hasta te sobre el lapicerillo memorístico. Tan radical afirmación viene, por supuesto, por los libros. Estoy empezando a pensar que las personas (humanas) a las que nos gusta leer no amamos especialmente los libros como objetos. Es decir, supongamos que vivo (de alquiler) en Hampton Court (vid. supra), pues no creo que haya problema de espacio para poner estantes. Supongamos ahora que vivo en un pisito como el de El verdugo, con la cama de Pepe Isbert ocupando medio espacio habitable, pues los libros pueden ser un encordio y un engorro. Y entonces te encuentras en la malla mundial fotos de revistas de decoración o algo así que te sugieren que los pongas en las escaleras (si tuviera escaleras tendría sitio, sipooote, y perdonen por el exabrupto), o los uses como patas de mesa, o como lámparas, o como elementos de decoración integrada, o qué sé yo. Y viendo estas fotos me pregunto: ¿esta gente se dará cuenta de que los libros sirven para leerlos? Es decir, si voy a usar una pila de libros como base de una lámpara, ¿no me valdría más venderlos teniendo en cuenta que ya tengo una lámpara como demuestra el hecho de que me los he leído? No voy a decir que no tengo libros que me gusta poseer (no bíblicamente; me consta que es el verbo «conocer», pero ha quedado igual de mal), como, por ejemplo, El libro de las tierras vírgenes de Gustavo Gili que me regaló mi amantísima esposa, pero son escasas excepciones. A mí, con los libros me pasa como a los niños con los bocadillos, me gusta lo de dentro.

¿Y qué pasó con el famoso piso, me preguntarán si es que les importa lo más mínimo lo que cuento, que no sé si me agradaría o me daría un poco de miedo que les interesara en exceso? Pues ocurrió que la literatura intervino en la vida y no nos quedó más remedio que tratar con un banco para que ellos nos adelantaran el restante sesenta por ciento porque si en el asunto intervienen augurios literarios, ¿quién soy yo para oponerme a los dioses?

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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2 respuestas a Industrias y mudanzas de Carpinteruí: la perseverancia y los libros

  1. muertos2009 dijo:

    (De la encíclica “Con sumo gozo recibo la noticia”):

    Con sumo gozo recibo la noticia de que hayas encontrado por fin un techo donde cobijarte. La verdad es que eso de estar a la intemperie tiene que cansar a la larga. Decía Kafka que “cada hombre lleva una habitación dentro de sí”. Yo más bien pienso que cada hombre (u hombra) lleva una casa (o caso) dentro de sí. Confío en que la casa que ahora has encontrado sea la que llevabas ya dentro. En cualquier caso, os deseo buena suerte a los dos.

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