¡Ay mi niño!

2013-04-01 17.27.22

Ni hipster ni san hipster, tienes que ser un poco tonto para escribir a máquina a estas alturas (observen la tirilla de típex, un poco tutankamon).

La felicidad, ja, ja, ja, ja, que me dio tu amor, or, or, or, or, hoy hace cantar, ar, ar, ar, ar, a mi corazón, on, on, on, on. ¡Ah, hola! Buenos días, niños y niñas, señoras, caballeros y caballos. Hoy estoy muy contento porque he recuperado mi ordenador portátil. Agradezco la diligencia con que el servicio técnico ha traído el cablecito que hacía falta, probablemente desde el mismísimo Celeste Imperio, y con diligencia no me refiero a «prontitud, agilidad, prisa», que no se han dado ninguna, sino al más que probable «coche grande […] arrastrado por caballerías» que han debido de usar si tenemos en cuenta el cuajo con que se han tomado la reparación. Bueno, pelillos a la mar, que ya tengo a mi niño en casa.

La cosa está en que en casa hay más ordenadores y además tengo el de la facu, pero no ez lo mizmo. Y no ez lo mizmo por dos motivos: a) el portátil me lo tengo ya apañao con mis cosillas, macros, accesos directos, poglamas, combinaciones teclísticas y demás; b) cuando dejo de trabajar por las mañanas en mi mesa, como los niños buenos, me agarro mi ordenador, lo coloco en la especie de atril extraterrestre que le compré, me siento en un sillón, pongo las patas por alto en el otro (sillón) y me dedico a errar por la malla mundial para, entre otras cosas, redactar para ustedes estas entradillas. Ahí a medio retrepar como que los dedos me corren más libremente por el teclado (licencia poético-literaria) y me se ocurren más cosas.

2013-04-01 15.53.19

Q.E.D.

De todas formas, hay que ver lo bien que nos vinieron a los traductores los ordenadores portátiles. Antes no era lo mismo tampoco y eso que el primero que tuvimos ya era portátil, para que vean que soy modelno (de hecho, el primer mádelman que tuve fue el no sé si astronauta o cosmonauta según fuera de los u ese a o de la u erre ese ese, pero daba igual porque era de dos mil y uno –la película–, que también podría haberme quitado el gusto por los ordenadores, pero no). Aunque habría que precisar un par de cosas. Primera: con «primero que tuvimos» me refiero a Mª Jesús y a mí porque oficialmente antes tuve otro con mi hermana cuando convencimos a mi padre de que nos lo comprara pero que el susodicho padre copó de manera absoluta impidiéndonos el acceso cual can Cerbero. Segunda: con «portátil» quiero decir que tenía un asa para asirlo (curioso, ¿verdad?) porque era como una especie de ladrillo alargado de unos tres metros por dos con una bolsa para el transporte y la referida asa para, con grandes esfuerzos y resoplidos, introducirlo en ella (la bolsa). A cambio tenía la pantalla más pequeña quizás que la de mi teléfono actual.

En mi tierra había chumineado un poco escribiendo en la Hispano Olivetti que había heredado de mi padre (el que nos impedía el acceso al ordenador) cuando él se compró una máquina más moderna. La vieja era una de ésas de hierro forjado que pesaba su buen par de toneladas y que me quitó todo gusto por la mecanografía puesto que había que imprimir varios kilos de fuerza (¿la fuerza se mide en kilos?, parece que son newtons, da igual) a aquellas teclas defendidas por una circunferencia de acero cromado y un círculo de cristal. Total, que siempre he escrito fatalmente a máquina. Las máquinas, además, carecían de lo que para mí, y otros como yo, es el aspecto más simpático de la máquina ordenadora: que se puede borrar y reescribir alegremente. Yo no era ya de los tiempos en que se borraba con una goma de lija o, aún mejor, con una hoja de afeitar, de modo que el papel quedaba hecho unos zorros, pero el típex aquel de tiritas de papel era una solemne guarrería (no porque fuera pringoso como el líquido, sino guarrería en el sentido de miseria cutre) que tampoco te arreglaba los agujeros que le hacías al papel con los puntos. Los jóvenes de ahora es que no saben lo que era eso. «¡Claro, como están todo el día fumando porros y dale que te pego con la maquinita! ¡No sé dónde vamos a parar!» «Pero, señora, ¿a usted quién le ha dado vela en este entierro? ¡Váyase a freír espárragos con el collar de perlas de tres vueltas de súpernumeraria! No te…». Volvamos a lo nuestro.

En fin, una cosa era el chumineo y otra escribir en serio. Cuando me tuve que hacer la primera versión de la tesina a máquina, con la cantidad de notas al pie que tenía y yo venga a tirar de regla y recorta por allí y pega por acá pero con tijeras y pegamento de verdad y no como ahora que se hace virtualmente, me dije que Santo Tomás, una y no más, y que costara lo que costase me iba a hacer con un ordenador que borrara y pusiera notas al pie y la máquina que la usara Rita la cantaora. Como no quiero que se hagan una mala impresión de mí, permítanme que les explique que el cortado y posterior pegado era el de las notas al pie del texto principal y no lo que hacen algunos (malos) estudiantes cuando se les pide un trabajo.

Como les decía, seguía, y sigo, dactilografiando fatal, así que las traducciones de los primeros tiempos se hacían de la manera siguiente: Escribía el primer borrador a mano en unos cuadernos cuadriculados de tamaño folio (cada hoja, no cada cuadro de la cuadrícula) con mi letruja diminuta habitual de cuando estoy concentrado (por aquel entonces desarrollé una gran afición por los Pilot de punta fina, pero no los roller, que se desmochan enseguida, sino los que tienen una especie de punta de lanza que te permitiría defenderte del ataque de presuntos agresores que quisieran degollarte mientras traduces, al módico precio de, como mucho, tener que ponerles un estanco después del juicio porque un ojo se lo sacas seguro). Mª Jesús, capaz de comprender mi letruja e infinitamente mejor mecanógrafa que yo, lo pasaba al ordenador optando por algunas de las posibilidades que proponía s.s.s. de ustedes (así, si gustan, pueden echarle a ella la culpa de las cagadas de mis primeras traducciones. Total, yo se la echaré a los editores y éstos a los correctores…). Luego lo imprimíamos con la impresora que teníamos y que habría podido tallar inscripciones en piedra, etc., etc. (Estos dos etcéteras sirven para decir que a partir de ahí se seguía el mismo proceso que ahora y que no les voy a repetir).

Como los ordenadores aquellos no tenían disco duro, había que guardarlo todo en disquetes más o menos floppies con una capacidad, los más pequeños y menos floppy, ¡de casi un megabyte! ¡Oigan, que es casi un millón de bytes, uséase ocho millones de ceros y unos nada menos! ¡Qué cosas inventan! Por aquellos días oíamos rumores que hablaban de que se estaba barajando la posibilidad de unidades de almacenamiento en cantidades llamadas «gigabytes» pero dudábamos de la utilidad de semejante barbaridad. Pero, bueno, almacenamiento o no (aprovecho para transmitir a todos los niños de España el consejo que me dio mi amigo Paco: Niños, haced dos copias de seguridad en lugares distintos, una para los días pares y otra para los impares. En el peor de los casos, sólo pierdes un día de trabajo) cuando ya tuve mi portalillo liberé a Mª Jesús de aquel destino peor que la muerte y me arranqué a teclear yo mismo y hasta hoy. Velay.

De todas maneras, aparte de lo de internet, que ahora ya puedes acceder incluso él, las ventajas que le veo al ordenador siguen siendo fundamentalmente las mismas: puedes borrar, intercalar cosas o cambiarlas de sitio y no te hace falta andar regla en mano para poner notas al pie de página. Igual a las nuevas generaciones (sin ánimo de molestar) les parece poca cosa, pero tendrían que haberse pringado los dedos con la cinta de la Olivetti y el papel carbón para poder opinar con fundamento. No es que me quiera poner panglosiano a estas alturas, pero seguro que están de acuerdo conmigo todos los que han oído la campanilla para darle a la palanca del carro.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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19 respuestas a ¡Ay mi niño!

  1. MJ dijo:

    Reconozco que fue reconfortante leerse las cosas en una letra normal (punto 12) y dejar de quedarse ciego con la caligrafía manual pata de mosca… Y la de tiempo que he ganado yo para mis cosas… (eso es lo mejol)

  2. Yo nunca tuve que trabajar propiamente en una de esas máquinas de escribir, pero sí que recuerdo que mi madre (¿o era mi hermano mayor? ¿Mis abuelos? No, sería mi madre…) tenía una, que venía en su cajita verde metálica y se podía transportar (porque ya era de las modernas modernas y era extraplana y todo). Yo recuerdo mancharme las manos de la tinta y la m***** del tippex del papelito que tenías que colocarte encima y darle exactamente a la misma letra… recuerdo que por entonces me gustaba, pero claro, yo debía tener 9 o 10 años como muchísimo cuando jugaba con ella…

    Como traductora NO la echo de menos, sin duda… entre otras cosas porque ser traductora audiovisual antes de los tiempos de los ordenadores uf uf… y con lo que me gusta a mí en los textos escritos cambiar de opinión y poner diferentes opciones… no, no, quita. Fus fus.

    Felicidades, ahora tengo añoranza de mi infancia :P.

    • Supongo que fus fus es para los gatos lo mismo que mi abuela decía ox ox para las gallinas. Supongo que la mayor ventaja que tenía la máquina sobre el ordenador era que podía ser muy ruidosa. Ventaja para tener nueve o diez años, como era el caso. Me parece que la máquina de su madre era el mismo modelo que la mía (también verde, portátil, etc.). Saludos.

  3. Pepe Zafra dijo:

    ENCENDIDA ENHORABUENA REGRESO HIJO PRÓDIGO STOP ¿SACRIFICIO RESES BIENVENIDA? STOP CONFORME CUTREZ TIRILLA TÍPEX STOP VAGO RECUERDO LETRA DIMINUTA STOP ¡CÓMO PASA EL TIEMPO, SO LECHE!

    • Para celebrar el regreso del hijo prodigio ése, pensaba sacrificar el gato que nos rompe las bolsas de la basura, que está bien cebado, pero se me escapó. Ahora que lo pienso, en realidad era una excusa para su sacrificio porque, en cambio, su prima la gata me cae bien. Ya lo decían los romanos, tempus fugit, el tempo de la fuga (de Bach), debe ser porque se tocan deprisa.
      Oh, por cierto, hay un inmenso novelón de un tal Javier García Sánchez en la que el protagonista era un mecanógrafo (se llama así la novela) al que le gustaban las variaciones Goldberg de Bach, mire usted por dónde.
      Saludos y expresiones

      • Pepe Zafra dijo:

        Hace 30 años quedé traumatizado cuando, con el ardor propio de la juventud, me abalancé sobre un libro que el tal García Sánchez había escrito sobre Hölderlin y encontré que toda la introducción la dedicaba a contar lo cansado que había llegado a su casa, el bienestar que le producía escuchar el adagio de Albinoni y el temor y temblor que le provocó la escritura del libro (de la que, por cierto, habría podido abstenerse sin causar por ello perjuicio a nadie). Por desgracia el resto del libro no desmerecía ni un ápice de la penosa obertura. No quiero ni imaginar mil páginas del tal García hablando de mecanografía y variaciones Goldberg.

        • ¡Es peor todavía! También habla de los últimos días de Kant de Thomas de Quincey, un poner… Lo bueno que tiene es que es tan anestésico que acaba siendo lisérgico. Ah, y las variaciones Goldberg tienen que ser las de Glenn Gould (yo me compré el disco, por si acaso).

  4. ¿Tu portátil/ble antiguo no sería un Osborne? Con los 11 kilos que pesaba. además de traducir, también practicabas la halterofilia sí o sí… Y, si te llevabas la colección de floppys, ya ni te digo. Uno acababa con complejo de cangrejo violinista. ¡Qué tiempos aquellos¡ XD

    • ¡Vaya cacharrazo! No, el mío era infinitamente más moderno. Me ha costado trabajo, pero lo he localizado en internet: era un Amstrad PPC 640 (vid.). No me resisto a dar algunos detalles técnicos: funcionaba a corriente o con diez (¡sic!) pilas de las gordas; el 640 eran los 640 kilobytes de memoria; no tenía disco duro; y la pantalla era de nueve pulgadas (menos que algunas tabletas). Peso: casi diez kilos según las especificaciones (creo recordar que con las pilas, seamos justos). Fue lo mejor y más apañado que encontré de segunda mano porque, por entonces, los ordenadores eran la mar de caros.
      Los disquetes: ocho o nueve de sistema operativo, siete u ocho de windows (que era un entorno del DOS), etc., etc…

  5. Ana Vega dijo:

    Buen día. Cuando estuve en secundaria (será cosa de ocho o nueve años) recuerdo haberme manchado las manos con las cintas Olivetti y hacer trabajos a máquina unas cuantas veces. ¿La razón? Eran parte del taller de contabilidad, en el que estudié. Mi madre fue secretaria y recuerdo sus consejos para el momento de emplear la máquina. Siempre vi cierta “magia” en su uso: me hacía más consciente de estar haciendo un trabajo de calidad o de cuándo me estaba pasando de la raya, literal. O será porque soy una nostálgica empedernida a pesar de estar en mis veinte.

    Eso sí, como dijeron antes no la echaría de manos al momento de traducir. Sinceramente (y a pesar de lo que escribí sobre su “magia”) no puedo concebir la traducción con máquina de escribir como único recurso a la mano. Supongo que la comodidad que me otorga el portátil no me permite siquiera imaginarlo.

    ¡Gracias por escribir! Saludos.

    • Más o menos ésa es la idea. A mí me gusta escribir a mano en cuadernitos y fichas, pero no se me pasaría por la cabeza ponerme a redactar un artículo, pongamos por caso, a mano. Notas, sí; redactar, no. Lo más importante es que me parece absurdo presumir de eso. La máquina tenía de insuperable que se aprendía a mecanografiar a la fuerza. Hoy escribo con tres dedos y gracias, ya me gustaría usar los otros siete. Son siete ¿no? Saludos.

  6. Llegué a usar dos máquinas de escribir distintas, una de esas en las que si utilizabas el meñique para sus letras correspondientes te arriesgabas a perder un dedo por a tecleada que no escrita (eran verdaderos inventos del diablo, ¿quién tiene esa fuerza en los meñiques?). Después llegó a mi casa una máquina de escribir eléctrica, q también borraba pero sin mancharte: le dabas a una teclita (si te quedaba cinta de borrar) y flas, flas, borrado, era magia. Esa sí la usé para hacer varios trabajos para el cole, pero ya, luego para entretenerme yo con mis chorradas, no me imagino redactando la tesina con eso… uf, ¡cuántos bosques se han salvado!

    PD: ¡qué bien q ha vuelto! ¿el niño/ordenador bien?

    • No sé por qué, mi padre nunca se decidió a comprarse una máquina eléctrica, a pesar de la insistencia de mi madre, así que nunca pude disfrutar de la tecla correctora. Insisto: ésa es la causa de que mecanografía tan mal. El ordenador-niño, bien, incluso más limpio. Paso a otro comentario.

  7. Alicia dijo:

    Pero ¿de verdad guardais la máquina y el tipex? ¿O es un montaje?

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