A. B. en el país de las cuculíes

1859 West Peruvian Dove 1 (1947516416)

«Cucha tú, qué bonico el palomo» «Tesquivocas, berzotas, que soy una cuculí, ji, ji, ji»

Lo malo que tiene aprender una lengua extranjera en tu tierra es que, aparte de que nunca serás profeta porque a) para eso es tu tierra y b) estarías hablando en lengua extranjera y nadie te entendería, es que nunca puedes estar completamente seguro de si lo que dices se dice así y ahora. Me explico, mi antigua alumna y actual colega y, espero, amiga A. B. me escribió para pedirme sabio consejo o exponer acuciante inquietud, no estoy seguro, sobre una cuestión que le preocupaba. A. B. era una alumna extraordinaria, parecía interesarle lo que contábamos y además no sólo estudiaba sino que también leía. Espero que lo siga haciendo, la verdad. El problema que abruma, bueno, incomoda a A. B. reside en que, a juzgar por los comentarios de jóvenes hablantes nativos de lo que para ella es lengua extranjera (y para ellos no, evidentemente), su vocabulario está un tanto… digamos, démodé.

A mí mismo me resultaba curiosa su preferencia por expresiones como «por ende», pero como me comunicaba con ella sobre todo a través de ejercicios y exámenes escritos, pues la verdad es que su vasto léxico me resultaba satisfactorio y enriquecedor. Claro, me rechinaba ligeramente cuando también lo decía y no se limitaba a escribirlo, pero bueno, peor será el llanto y el rechinar de dientes de otro sitio que me sé, así que se lo corregía un poco como de pasada. Comparado con lo que le pasó al amigo D. Quijote, ojalá todos los males provenientes de la lectura (que pueden ser muchos si son lecturas ociosas) fueran que nos proveen de un léxico abundante. Por desgracia, el problema del vocabulario es muchas veces su uso concreto en contextos específicos. Veamos a ver si se nos ocurre un ejemplo. Ummm, bueno, y ya que es una palabra que se le escapa a A. B., pensemos en «infante». Hala, vamos corriendo (metafóricamente) al DRAE (por cierto, léanse esto, que tiene mucha gracia) y nos encontramos que dice, en el primer puesto del top of the pops «Niño que aún no ha llegado a la edad de siete años»; luego se arma un follón con «infante» e «infanta» como hijos e hijas de reyes (la entierran en el altar / a él como hijo de conde / cuatro pasos más atrás) que no son el príncipe o la princesa en su defecto, con lo claro que me lo explicaron a mí; y hasta el quinto puesto no aparece el «soldado que sirve a pie», lo cual tampoco es exacto, como sabemos quienes hicimos la mili en infantería, puesto que el infante es el fusilero/granadero del arma de infantería, siendo los demás lo que sean que no me lo sé pero seguro que los de caballería no son todos caballeros. Pero vaya, que por mucho que esté la primera, no creo yo que ahora nadie use la palabra «infante» en el sentido de «niño», que me acuerdo de mi padre usando la expresión «tierno infante» y engolando la voz para que fuéramos conscientes de que la usaba como si de actor de teatro se tratara, o sea, no en serio sino de mentirijillas (ya puestos, también nos llamaba «perversos criaturos»). Porque el problema se produce precisamente si la usamos en serio. ¿Por qué? Pues porque si digo «estoy esperando que lleguen los infantes» puedo parecer a) un general tras un intenso bombardeo artillero de las posiciones enemigas, o b) un emperifollado chambelán a la puerta del Palacio de Oriente y nunca c) un progenitor untando unas rebanadas de pan tostado con Nocilla (¡qué merendilla!). Por cierto, lo de la Nocilla tiene su aquél en Turquía puesto que habiendo dos marcas (Nutella y Chokella), se pueden llegar a producir violentísimos debates sobre las bondades de un producto u otro.

En fin, a lo nuestro. Que la pobre A. B. tiene el poblema ése de que no tiene muy claro por qué su súper-vocabulario no sirve de mucho y a mí me da cosilla no vaya a ser que en parte tengo yo la culpa. Un poner, un día me poseyó el espíritu hispano de las ínclitas razas ubérrimas cuando otra estudiante osó decirme que la copla que tenía de tono en el teléfono  (ésta) era una canción francesa, cuando cualquier persona con dos dedos de frente sabe que la canción original es esta otra y que lo de la buena señora Edith (¿-ora?) es uno de los múltiples trucos ladinos de los franceses para apoderarse de lo nuestro y dejarnos peor que la mohosa, que nos tienen una envidia que paqué y menos mal que el libro de Victus me ha abierto todavía más los ojos, que, salvando las distancias (Barcelona-Cádiz, 1284 km.), me paso el día cantando lo de los fanfarrones y los tirabuzones y me lo paso como un enano. Totás, que con el pecho henchido de amor patrio, me dispuse, no corto ni perezoso, a darles una clase sobre valses criollos o valsesitos peruanos de chuparse los dedos (qué mal me ha quedado esta frase; fluye, pero suena horrorosa).

Y no había caído en la cuenta de que desde mi más tierna infancia (mire Vd. por dónde, sí se dice «infancia») dichos valsesitos despertaban en mí el embrujo del vocabulario desconocido, hasta el punto de que estuve muchos años tatareando aquello de «derramaba lisura / y a su paso dejaba /aromas de mixtura / que en el pecho llevaba» de «La flor de la canela» sin tener ni idea de lo que berreaba, es decir, de su significado, pero sin que me preocupara lo más mínimo saberlo porque sonaba bonito (P.D. Haciendo examen de conciencia, la verdad es que lo encontré bonito cuando ya sabía lo que significaban «lisura» y «mixtura», bueno, más o menos, pero de pequeño odiaba profundamente la cancioncita en cuestión; cosas de mi padre, again). No obstante, no me ilusionaba en exceso la idea de usar como ejemplo la canción que me había conducido a tan azarosa aventura o dichosa ventura, a pesar de versos tan inmarcesibles como: «¿qué gano con  desir / que una mujer cambió mi suerte? /se burlarán de mí / ¡que nadie sepa mi sufrir!» (los cortes de los versos están hechos a ojo de buen cubero). Así que opté por «Fina estampa» porque, curiosamente, aquí en Turquía suena bastante en la radio la versión jazzístico-flamenquera de Pasión Vega, que, por cierto, me parece mil veces mejor, y no me peguen, plis, o por lo menos no en la cabeza, no me vaya a quedar más tonto todavía, que la de Caetano Veloso, que me suena a extranjero cantidá, es decir a extranjero cantando una canción de otro país, como, sin ir más lejos, yo mismo cuando friego la cafetera y me da por el Génesis, no el bíblico, el otro.

El caso es que «Fina estampa» tiene un par de versos que dicen: «y la cuculí se ríe / y la ventana se agita», el primero de los cuales yo había entendido toda la vida como «y turururí tirire» sin que me quitara el sueño la lejana posibilidad de no comprenderlo del todo (el segundo es: «ylaven tana sagita»). Pero, claro, como era para clase y soy un profe responsable, me tuve que buscar la letra y descubrí, sin maravilla alguna, que no tenía ni repajolera idea de lo que era una cuculí. Lo busqué, cuando llegó el momento me  preguntaron qué era, se lo expliqué, y debió de gustarles el palabro porque lo usaron como nombre para una especie de grupo de alguna red social. Visto lo visto, tampoco me maravilló nada que ninguno de los amigos hispanos (se ve que no los había peruanos) de mis estudiantas (ellos tienen menos éxito internacional, la verdad) supiera ni por asomo lo que era una cuculí, que suena un poco como el Cocoliso de Popeye. Pero ellas tan contentas con el nombre, usándolo con tanta naturalidad como si se tratara de una de esas pestosas palomas o de las endémicas tórtolas turcas (cucha tú) que infestan nuestras mediterráneas urbes en lugar de tierna avecilla peruana (que probablemente a ellos no les parezcan tan tiernas cuando tengan que limpiar sus deposiciones o cagadas no metafóricas).

Y es que es dificilísimo saber si el vocabulario que nos encontramos en los diccionarios u otros libros se usa y cuándo y cómo. Y lo mismo pasa con el que no viene en los diccionarios, no nos vayamos a engañar. Yo mismo me he pasado años poniendo cara de enterarme cuando la gente decía «hacer un simpa» o «aquí hay mucho cani» a pesar de no tener ni idea, y seguro que hay muchas cosas de las que sigo quedándome a dos velas y por eso no soy capaz de ponerlas aquí. También hay un poco de brecha generacional en todo esto, por supuesto, que todavía me corre un sudor frío por la espalda cuando mi madre me pide que le explique lo que es un «friqui». En fin, que yo creo que a lo que se refería el portugués del poema cuando se asombraba de lo bien que hablaban los niños franceses era a lo siguiente: como no te andes con cuidado o tengas un nativo a mano, te arriesgas a ir por ahí hablando en román paladino del mester de clerecía y, lo que es peor, sin que nadie te entienda. Así que, andes lo que andes,   nunca andes por los Andes (arrebato proustiano irreprimible), que decía el pato Donald, a ése sí que no había forma de entenderlo.

Donald Duck - The Spirit of '43 (cropped version)

¡Ja, resulta que soy el único pato Donald de dominio público! ¡Ah, je ris comme une cuculí! Cuadftrmbs, ja, ja, cuacuaklnjbhcss.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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7 respuestas a A. B. en el país de las cuculíes

  1. Salia Dulitel dijo:

    A juzgar por la foto hubiera jurado que es una paloma torcaz. Pero no, un cuculí. O una cuculí. Es lo que tiene la fauna, variedad y nombres comunes que cambian de un pueblo a otro. Aunque entre un pueblo y otro a lo mejor no hay ni 20 kilómetros. Salia

    • ¡Oh, mi querida Clementina! No me hables de palomas torcaces que estuve bastante tiempo ejerciendo de perro de caza de mi padre habida cuenta de que el nuestro era, por vocación, pastor. Sería capaz de reconocerlas incluso sin estar ensangrentadas y esto no lo es. (Aparte: el truco de las cuculíes parece estar en el contorno azul del ojo.)

    • ¡Vaya, no había opinado bien, usted disculpe! Por ejemplo, en mi tierra (de secano) el nombre del pescado es a la malagueña. Mi hermana vive en Almería y no tienen mucho que ver. Salud.

  2. ¿Tú también tuviste aquel tomo de la colección Dumbo que se llamaba “Andes lo que andes no andes por los Andes”? Lloro de emoción.
    Creo que todavía lo tengo, por cierto.

    • ¡Ostras, y yo, por el contrario, me parto de la risa de la emoción! ¿El de los huevos cúbicos que ponían gallinas cuadradas? ¿O me lo estoy inventando (que también es posible)?

      • mmmhhh… ¿era el mismo? Está en una estantería alta con otros tebeos antiguos… me subiré a una escalera y miraré a ver.

        Me he acordado de una cosa en relación con eso de los guiris y las lecturas de los clásicos.
        Escenario: un autocar que acaba de recoger a un grupo de alumnos adolescentes en el aeropuerto de París y los lleva al liceo en que se encontrarán con los alumnos franceses que les van a dar cobijo durante una semana.
        Profesora ´de español de los alumnos franceses, empuñando briosa el micrófono: Vuestros compañeros os están esperando impacientes y todas las chicas se han afeitado hoy más que nunca.
        Silencio horrorizado de los alumnos. La fracción femenina mira a su profesora de francés, o sea, yo, con pasmo. Y la masculina con recelo, reproche y rencor. Hay incluso un discreto amago de bajarse del autocar.
        Profesora de francés de los alumnos, o sea, yo: Estoooo, Nicole, ¿que las niñas se han afeitado hoy con especial esmero has dicho?
        Profesora de español de los alumnos franceses (radiante): Síííí, se han puesto sus mejores afeites para recibir a los chicos españoles.

        • Déjelo usted no me se vaya a escalabrar. Le preguntaré a mi hermana, que los tiene más a mano.
          Lo del afeitado de las chicas es uno de los mejores ejemplos de lo que quería decir. La profesora de español ha encontrado un término no sólo exacto y preciso sino, además, lógico. “Afeitarse”, de “afeite” ¿Y qué tiene que ver “afeite” con “rasurarse” (otro verbo que seguro que empleaba)? Pues, por desgracia, todo, así que su gozo en un pozo porque la vida es así y no la he inventado yo. Por supuesto, tiro la primera piedra sobre mí mismo porque tengo mil ejemplos de mi propia experiencia, pero son en turco y mi madre no los comprendería.
          Salud y os.

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