Como cochino en un charco o chancho en el barro

INF3-224 Salvage We want your kitchen waste (pig with dustbin) Artist Gilroy

Como como como, es decir, de todo, estoy contento con mi oficio y lo mismo te traduzco un Chéspir que unas sombras del Gris

He estado leyendo unos trujamanes que me han hecho, si no meditar, sí darle algunas vueltas a la cabeza, lo cual tampoco es como para llevarse las manos a la misma (a la cabeza, vaya), sobre todo teniendo en cuenta que pienso, medito, elucubro, reflexiono, rebino y etcetéreo mayormente cuando estoy llevando a cabo mis abluciones higiénicas o fregando la cafetera que para lo demás tenemos una máquina lavaplatosyvajillas no se vayan a creer. El primero de ellos (de los trujamanes) por orden de publicación es uno de Martín Schifino que aparte de entretenido nos impulsa a un mayor uso del diccionario para que busquemos qué demonios puede ser un actuario, aunque, visto lo visto en la primera acepción del diccionario académico (español de la lengua, no sé qué puede decir el, por ejemplo, uruguayo de la Historia), tanto da que consultemos el diccionario como que no porque se queda uno a dos velas (¿de barco, de cera o de mocos, por cierto?) con la definición que dan.

A lo nuestro. Schifino discute tres preguntas que al parecer los traductores (de libros) oyen con frecuencia y que debe de ser verdad porque a mí mismo me las preguntan de vez en cuando, pero hay que tener en cuenta que tengo muy poca vida social y casi toda con gente del gremio. Son, a saber (él las plantea de «vos» pero yo, como soy muy fino, me atengo al usteo): 1) ¿Y cambia usted muchas cosas?; 2) ¿Y se gana bien?; 3) ¿Y usted no escribe? Como vamos a insistir un poquito en esta tercera porque de las otras dos ya hemos hablado bastante, me permito citar un par de frases completas (y no sólo con el ánimo de rellenar espacio, que por esto no cobro, véase pregunta dos y aplíquese a los blogs):

«¿Y vos no escribís?». En apariencia inocente, esta pregunta quiere decir: «¿vos solo traducís?». «Solo» traducir, cuando se hace sistemáticamente, es más o menos como «solo» ser abogado, pero no hay manera de hacerle entender esto a cierta gente.

De la misma forma que me agrada sobremanera que mi madre me diga que un libro que he traducido se lee como si estuviera escrito en español a la vez que estaría dispuesto a decapitar con un cuchillo mellado a cualquier otra persona que pronunciara las mismas palabras, ésta es una pregunta que le respondo con sumo gusto a mi hermana Sole aún cuando sería casus belli con el resto del género humano. ¿Por qué? Pues sencillamente porque mi hermana está alabando mi natural ingenioso (considerando ingenio como «facultad del hombre para discurrir o inventar con prontitud y facilidad» y como «intuición, entendimiento, facultades poéticas y creadoras» y no como «finca que contiene el cañamelar y las oficinas de beneficio», que no tiene nada que ver) mientras que los demás seres miserables (empiezo a preguntarme por qué tendré poca vida social) lo que te quieren decir es que, puestos a perder el tiempo, por lo menos podías hacer algo original en lugar de copiar en tu idioma lo que ha dicho otro en el suyo.

Ni que decir tiene, esta idea de la traducción se basa en el erróneo concepto o maculada concepción de que si a) ganas poco y b) no traduces sentencias de divorcio y certificados de estudios (con lo que sacarías una pasta gansa porque hay que ver lo que le cobraron a mi niño para lo del Erasmo ése) es porque sarna con gusto no pica por mucho que te mortifique y si no te pica será porque te gusta la literatura y para eso mejor que escribieras tú directamente que nadie va a saber mejor lo que te gusta. Esto me resulta la mar de curioso y no sé yo si no tendrá algo que ver con la Biblia y la expulsión del Jardín del Edén y tal, pero me acuerdo de un señor muy cabreado cuando lo del cierre de Megaupload que ponía verde no sé si a Lorenzo Silva cuando defendía los derechos (crematísticos) de autor diciendo algo así como que los autores primero tendrían que tener «como todo el mundo» un trabajo «que no les gustara» y luego hablaríamos. Y me resulta curioso por la extraña relación que se establece entre el dinero, el trabajo y el estar a disgusto.

¿Cómo podría explicarme aparte de mal? Nuestros congéneres prójimos y lehanos están de acuerdo en que todo trabajo por definición es desagradable («Penalidad, molestia, tormento o suceso infeliz. U. m. en pl.») y está mal retribuido («Estrechez, miseria y pobreza o necesidad con que se pasa la vida», hoy tengo el día del diccionario). Sin embargo, o quizás por eso mismo, están dispuestos a conceder que ciertos trabajos («Ocupación retribuida») sean agradables para quien los ejerce siempre y cuando estén espléndidamente retribuidos; un poner, algunos futbolistas que cobran una fortuna y que muy probablemente no estén demasiado a disgusto con la actividad que realizan teniendo en cuenta su juventud y estado físico. Uséase, no puedes tener una ocupación que te retribuyan míserrimamente y que no te atormente. Si fueras el Ken Follet, otro gallo nos cantara porque no sólo te cubrirías bien el lomo, sino que además, gracias a la fama imperecedera que te concederían tus libros, tendrías que quitarte de encima a estacazos a las modelos de Victoria’s Secret, que igual son todas la mar de leídas y escribidas pero no puedo saberlo porque soy traductor y no autor original y mi otro oficio de profe tampoco es que me facilite relacionarme con las altas esferas del espectáculo siempre y cuando consideremos espectáculo, que en este caso concreto creo que sí, el vestir ropa interior en público.

Todo esto tiene bastante que ver, aunque no lo crean, con el segundo de los trujamanes de los que hablaba al principio, de mi idolatrada pero también adorada Mª Teresa Gallego. Me gustaría decir que de mayor querría ser como ella, pero tampoco soy un chavalillo y no sé muy bien cómo se lo tomaría, así que vamos a darle una explicación a la turca y decir que en turco los mayores no sólo tienen por qué serlo en edad, sino que también pueden serlo en sabiduría y experiencia, campos ambos en los que Maite Gallego, si me permite la familiaridad de abreviarle el nombre, me supera y me superaría aunque viviera (yo) ciento veintiocho años y medio o incluso más. Y me gustaría ser como ella, entre otras cosas, por  párrafos como el siguiente:

No es cierto, por lo demás, que un gran escritor sea sistemáticamente más difícil de traducir que cualquier otro de menor envergadura. Un gran escritor puede ser, y es con frecuencia, un viento constante y poderoso que lleva armoniosamente la barca del traductor por sus derroteros. Y escritores menos «grandes» pueden, en cambio, ser soplos aborrascados que dificultan mucho el gobierno de la barca del traductor y le deparan menos lucimiento, pero, desde luego, un gran mérito del que quizá nadie se percate nunca.

Porque ésa es otra. Ya que no escribes tú lo tuyo, por lo menos traducirás autores guays, ¿no? Nada de Corín Tellado y Marcial Lafuente Estefanía, que esos con el Gúgel Transleitor van que chutan, ¿no? Tú de Cicerón parriba por lo menos, ¿no? Pues, en la mayoría de los casos, no. Y tiene más razón que una santa Mª Teresa Gallego (de repente me ha parecido poco digna la familiaridad) y muchas veces es bastante más dificultoso de traducir un texto de lo más normalito que otro megasúperliterario. Como le decía a mi amiga Gülsevim, desde el punto de vista léxico-cultural, una frase como: «todos los días bajaba al bar a desayunar un cortado y media tostada con aceite y azúcar» sería un desafío insuperable para un traductor turco a pesar de su sencillez sintáctica y conceptual puesto que aquí no desayunan en los bares, ni sabrían lo que es un cortado (los que sí lo supieran, tampoco lo tomarían para desayunar) y supongo que se retorcerían de asco al pensar en aceite con azúcar (no lo sé). Por cierto, es curioso lo que define al desayuno según las culturas: para nosotros sería el café; en una serie americana vi que les extrañaba hacerse unos huevos para cenar porque sería como desayunar; en Turquía es, por supuesto, el té, pero sobre todo las aceitunas negras, sin ellas no hay desayuno.

¿Y por qué contaba esto? Ah, sí, porque se supone que todos los traductores de literatura tenemos alma de artista o que, como los críticos, somos unos escritores frustrados que se conforman con las migajas y etc., etc. (léanse la bonita opinión que tenía de los de nuestro gremio el eximio conferenciante Ortega y Gasset) y, ya que no escribimos, deberíamos dedicar nuestro esfuerzo al progreso de las artes y la Humanidad y más etc., etc., porque, ya que cobramos una miseria, al menos que lo hagamos por algo. Sin embargo, no se dan cuenta de que, en general, sí lo hacemos por algo. Y ese algo es que nos gusta traducir, aunque no nos guste (todo) lo que traducimos. Me he acordado de ese dicho tan malvado de «le gusta más X (lo que sea) que a un tonto un lápiz». No sé por qué siempre se me viene a la cabeza la imagen de un tipo (el tonto, ¿the fool on the hill?) perfectamente feliz dibujando o escribiendo con su lápiz. Pues bien, nosotros somos un poco así, no creo que necesitemos ser escritores originales, sino que nos gusta aplicarnos ese otro dicho de «dame pan y dime tonto» (y yo seguiré tan contento con mi lápiz). Contentos y felices como un cochino en un charco.

Grandville Cent Proverbes page213

(Le chevalier): «Nunca la lanza embotó la pluma». (Le cochon): «Cucha qué listo el repipi, ni la pluma la lanza». (Mi cuñado Jose): «Desde luego, el que nació lechón morirá cochino»
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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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Una respuesta a Como cochino en un charco o chancho en el barro

  1. Gracias, Rafa.
    Que sepas que yo también te adoro. Y que hay que ver lo que daría por escribir esas cosas que escribes tú con esa forma deliciosa y divertida y ese fondo tan serio. Y que me paso la vida citando tu “no fluye nada… nada… nada…” https://rafaelcarpinterotraductor.wordpress.com/2012/07/05/como-se-la-lleva-el-rio/
    Besos.
    -Maite-

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