Me ha quedado cicatriz

Pues si no te gusta el zurcido lo haces tú, niño

Las redes sociales tienen de bueno que uno siempre encuentra material para escribir. Es decir, con esto de la red dospuntocero, por mucho que la proporción sea noventa-nueve-uno u ochenta y nueve-diez-uno, que no nos vamos a pelear por un quítame allá esas pajas, con que sólo escriba gilipolleces un uno por ciento del personal (me incluyo, también en lo de las gilipolleces), ya es una barbaridad de gente opinando de cualquier cosa que se les pueda ocurrir, que hasta me he encontrado esto de amantes de las coles de Bruselas, que supongo que en eso consiste la democracia directa, en que cada uno pueda expresar sus opiniones más pervertidas y los demás tengamos que soportarlo con tolerancia, porque si no, cogíamos la escopeta y la liábamos, con lo que apestan la escalera las coles.

¿A que se habían perdido, eh? Yo también. Hablaba de que en la red opina todo quisqui, por ejemplo sobre literatura, traducciones e incluso sobre literatura traducida, luego alguien lo cuelga en las redes sociales, yo lo leo y encuentro material para estas entradas que espero que aprecien ustedes porque me las curro una barbaridad (véase la entrada anterior sobre el esfuerzo). Recientemente me he leído gracias al libro de las caras un par de cosas la mar de curiosas.

Por ejemplo, mis amigas aún no desvirtualizadas, pero todo se andará, Amelia Pérez de Villar y Julia Alquézar protestan, con razón, de que el comentario mejor valorado a una noticia (¿?) sobre traducción sea el de una grasiosa que dise: “La próxima vez que vea un laísmo en una novela traducida me aguantaré las ganas de lanzar el libro a la pared”. Y se quejan porque no digo yo que no se te pueda escapar un laísmo, siempre y cuando seas laísta, que no es mi caso pero sí el de mi amada esposa, por ejemplo, que para eso es de Madrid, pero las novelas en general son muchas y gordas y no es justo juzgarlas por un, mire usted por dónde, quítame allá un laísmo. A mí, sin ir más lejos, me ha pasado, que me han llamado pésimo traductor porque el libro tenía gazapos que, en última instancia, tampoco eran solamente culpa mía, pero me he tenido que aguantar porque, según tengo entendido, recientes cambios en la legislación parece ser que pudieran haber prohibido los duelos a muerte, aunque quizás sigan permitidos a primera sangre, no lo sé. En fin, que ó téngase por prohibido qualquier papel que contenga injurias, ó si ha de seguir como hasta aquí, pido que se levante la prohibición de los duelos, y quede esto como estaba en tiempo de nuestros mayores, porque los hombres se acostumbran á mirar con indeferencia las injurias divulgadas en internet y luego pasa lo que pasa.

De todas formas, la noticia, opinión o lo que fuera, tenía su miga de por sí, sin necesidad de comentarios. Por ejemplo, empezaba diciendo que iba a hablar de la situación de los traductores de libros en España y se pasaba todo el rato hablando de los anglosajones porque el tío se ha leído el libro del pez en la oreja de David Bellos que, claro, no habla de España. No habla de España porque el muchacho es inglés; o sea es Deibid Bel-lous, o algo así. Al final menciona a Unamuno, menos mal, aunque tampoco es de una actualidad como para tirar cohetes, pero sólo porque la anécdota es también del libro de Bel-lous. Por lo visto a D. Miguel le pagaban 225 pelas por una traducción que le llevaba cien horas mientras que cobraba treinta duros por un artículo que tardaba media (hora) en escribirlo. Han tenido que pensarse lo de los duros, ¿verdad? Je, je, je. Panta rei, que decía el filósofo (no Unamuno). El autor del artículo tenía una frase que me hizo mucha gracia (es un decir):

Un traductor que quiere vivir exclusivamente de su trabajo probablemente deberá sacrificarse durante jornadas maratonianas que incluso comprometan los fines de semana.

Aparte de que no veo muy claro el indicativo de “quiere vivir” con el “probablemente deberá” que le sigue, lo que más me gusta es eso de las jornadas maratonianas que “incluso” pueden llegar a fastidiarte los fines de semana. Y me gusta por dos motivos, primero por la idea de que una jornada (laboral, supongo) pueda extenderse a más de un día, y segundo porque no tengo muy claro en qué mundo vivirá el autor, pero me temo que no en uno de traductores o de trabajadores autónomos en general. Es decir, los traductores (de libros) que conozco trabajan cuando pueden, en el peor de los casos, o cuando quieren, en el mejor, pero no tienen muy en cuenta si es jueves o sábado y sólo si son muy religiosos dejarán el ordenador un ratito el viernes (si son musulmanes) o el domingo (cristianos) para acudir a los respectivos ritos y el sábado íntegro si son judíos ultraortodoxos. Vamos, que yo cuando tengo un libro entre manos, ni fiestas ni nada. Pero como en eso soy autónomo, pues si tengo algo que hacer un día, ese día no traduzco y Santas Pascuas. Bueno, es posible que traduzca también en Pascuas, pero es que es un dicho y no me queda más remedio que decirlo así.

Volviendo al comentario, lo que le ha sentado mal a mis amigas es que se trata de un tipo de opinión muy extendida y el personal se la suelta hasta al lucero del alba. Por supuesto, con los originales no se atreven, que a ver qué harían con Delibes si no. Una cagada, si de verdad quiere llamarse cagada comilfó, tiene que ser de una traducción o no vale, pero tampoco es para tanto, oyes. Me estaba leyendo la traducción al panocho de En busca del tiempo perdido tan a gusto y de repente, zaca, un laísmo; se me quitaron todas las ganas de leer y me entraron de vomitar (ganas) y de estampar el libro contra la pared y que se le quedaran ahí pegaos los sesos. ¿A que parece una miajita exagerao? Es como si te encontraras por la calle con un conocido y le dijeras: «Me he enterado de que te dio un ataque al corazón mientras estabas pilotando un Jumbo que llevaba varios colegios de niños huerfanitos de peregrinación a Lourdes y el avión estaba a punto de estrellarse contra un refugio de ciegas (mujeres invidentes) desamparadas, pero en ese momento una azafata que había sido cirujana y guide, o sea, niña scout, pudo operarte con una lata vacía de mejillones en escabeche que llevaba uno de los pelegrinitos en su zurrón salvándote así la vida y de un destino ignominioso peor que la muerte». Y fuera el otro y te contestara: «Sí, pero la muy fartusca me ha dejado cicatriz con el pespunte que me echó».

P. C. («Por cierto», pensaba ponerlo de moda como los anglos BTW para que resultara más corto, pero parece «Partido Comunista» o «Personal Computer» y, como hay que dar muchas explicaciones, la brevedad se va al garete) Por cierto, hay personal y existen personas que se han tomado un tanto a pecho lo de que (yo) comentara que a los traductores nos sienta mal que se diga que un libro, tras salir de nuestras manos, no parece una traducción. Lo que es peor, tratan de dar explicaciones. La realidad es muy simple, somos (al menos soy) consciente de que es un elogio y cuando me lo dicen mi madre, mis hermanas, mis suegros, mis cuñadas y cuñados y mis sobrinos (todavía no ha caído esta última breva), se me queda el  corazón henchido de orgullo como si de amor patrio lo fuera (henchido el corazón). En cambio, cuando me lo suelta cualquier tipo que no ha visto un libro más que para forrárselo a sus niños para el cole (y, por lo tanto sólo ve el forro), el ardor guerrero vibra en mi voz porque lo que quiere significar es que parece que estuviera viendo del derecho el tapiz del traductor de Barcelona de D. Quijote cuando no ha visto un tapiz en su vida. No sé si me explico.

P. D. Me parece que la otra cosa que leí la dejo para otra semana y así no la gasto. Que ustedes lo pasen bien.

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Acerca de Rafael Carpintero

Traductor y profesor en la Universidad de Estambul
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Una respuesta a Me ha quedado cicatriz

  1. carmen dijo:

    Muy divertido. Y muy cierto que hay, como diria tu paisano El Guerra “gente pa´tó”

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